Semejante metáfora es apropiada, sin duda, para el reino animal y salvaje, en donde lo que prevalece es la ley del más fuerte, la ley de la selva, pero no lo es para el mundo político.
Semejante metáfora es apropiada, sin duda, para el reino animal y salvaje, en donde lo que prevalece es la ley del más fuerte, la ley de la selva, pero no lo es para el mundo político.

Hernando Llano Ángel.
La expresión “cargado de tigre”, como toda metáfora, puede tener muchos significados, pero el primero que acude a la mente es el de la ferocidad felina con todos sus atributos: rugidos intimidatorios, zarpazos mortales, ataques sorpresivos con dentelladas desgarradoras y depredadoras. Por eso es pertinente preguntarse si Colombia es una nación cargada de tigre, más ahora que quien la preside y gobierna se considera un auténtico tigre y llama manada a quienes le siguen. Semejante metáfora es apropiada, sin duda, para el reino animal y salvaje, en donde lo que prevalece es la ley del más fuerte, la ley de la selva, pero no lo es para el mundo político, cuyo nacimiento histórico se explica precisamente por el tránsito del llamado “estado de naturaleza” al “estado civil”, donde la ley convenida y la civilidad sustituyen la del más fuerte, violento y salvaje. Es lo propio del Estado de Derecho moderno, alumbrado por una pléyade de pensadores contractualistas, filósofos y juristas, tan célebres y antagónicos, como Hobbes, Locke, Rousseau, Diderot y Montesquieu, a los que se sumaron en América todos los padres de las modernas Constituciones, junto a rebeldes e ilustrados libertadores como Simón Bolívar y Bernardo O´Higgins, forjadores de nuestras Naciones, liberadas del dominio imperial europeo. Por todo ello, no deja de ser preocupante que, transcurridos casi cuatro siglos de esas epopeyas políticas civilizadoras, hoy lo que predomine en el mundo sean gobernantes que apelan al salvaje oeste y a feroces animales como símbolos de su poder y gobernabilidad. Se me dirá que exagero, pues solo se trata de metáforas, pero no hay que olvidar que las “metáforas matan”, pues en política se empieza por llamar “alimaña”, “cucaracha”, “culebra” y “rata” al adversario que se quiere eliminar, neutralizar, destripar o dar de baja, deshumanizándolo totalmente.
Metáforas políticas letales
Con dichas metáforas empiezan todas las guerras. Es más, incluso la filosofía política no está a salvo, pues tiene un repertorio de sentencias, como “Homo homini lupus”, el “hombre es un lobo para el hombre”, con fundamento en la cual numerosos autócratas y dictadores justifican arbitrariedades y brutalidades para arrasar con el Estado de derecho, legitimar sus guerras contra los terroristas y hasta promover la defensa de la “libertad” y la “democracia” contra izquierdistas y comunistas, que deben ser aniquilados y destripados. Lo más grave es que se citan como artículos de fe, dogmas imposibles de cuestionar y son utilizadas para actuar con la mejor buena conciencia y convicción absoluta, porque son tomadas fuera de contexto. Es lo que acontece con esa sentencia atribuida a Hobbes, tomada de su obra “De Cive”, que precisamente es la piedra angular para salir del estado de naturaleza e ingresar al “Estado Civil”, es decir, al universo de la política y su obra más conocida: “Leviatán, o La materia, forma y poder de un estado eclesiástico y civil”. Sentencia de la que abusan los dictadores y autócratas, con el respaldo de incautos y temerosos electores, para hacer del Estado una lanza mortal, utilizada sin límite y a su discreción, en lugar de un escudo protector de los derechos fundamentales, principal responsabilidad y sentido del Estado de derecho y sus transitorios gobernantes, sometidos a la Constitución y la legalidad, que los abogados retóricamente llaman el “imperio de la ley”.
Riesgos mortales de manadas armadas
Tal es el mayor riesgo en que se incurre cuando un presidente, más aún siendo abogado, se identifica con un tigre y no como jefe de Estado, que además ruge e invoca a “Cristo Rey” para vencer a los criminales. Todavía es peor y más peligroso, cuando ese Tigre promueve que la manada pueda portar armas de fuego, pues renuncia a la regulación y control exclusivo de esa fuerza letal por parte del Estado y sus autoridades competentes. Al respecto, el Tigre debería tener en cuenta la experiencia de lo que sucede en Estados Unidos, ya que también tiene esa ciudadanía, donde “millón y medio de norteamericanos han perdido la vida a balazos desde 1968: más muertes que la suma de todas las muertes sufridas en guerra por este país desde que se disparó el primer tiro de la Revolución Norteamericana”, según lo documenta Paul Auster en su libro Un país bañado en sangre en la página 170. Con mayor razón en nuestro caso, pues Colombia “es el país con la red más densa de crimen organizado del mundo. Entre los 165 países analizados por Global Initiative against Transnational Organized Crime, GITOC (2023), es el país que tiene más mafias y más redes criminales”, de acuerdo con cita de Eduardo Lora en su libro Los Colombianos somos así, en la página 235. Ello explica porque Santa Marta, Riohacha y sus alrededores[i] estuvieron sitiados por casi tres días por la acción armada y la intimidación terrorífica de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada, pese al rápido y numeroso despliegue de la Fuerza Pública, bajo el mando del Tigre con pistola al cinto. Los límites de dichos operativos pueden ser analizados y comprendidos, según lo resaltan la investigadora Laura Bonilla, subdirectora de PARES y el abogado Carlos Villamizar, en magnífica entrevista de Cecilia Orozco EN LA RAYA, que pueden ver en https://www.facebook.com/watch/live/?ref=watch_permalink&v=1437739161755244. De no tenerse en cuenta dichos límites, entonces es probable que prevalezca la ley de la selva en vastas regiones de Colombia, pues la legitimidad que precisa el Estado no proviene tanto de la violencia y la fuerza, sino sobre todo de la confianza y el apoyo de sus ciudadanos. Esa es la legitimidad democrática que surge del cumplimiento de esta sentencia de Séneca: “homo, sacra res homini“, que se ha traducido como «el hombre es algo sagrado para el hombre» y no de la preferida por quienes reducen la política a la fuerza y la violencia, “Homo homini lupus” y todavía creen, tanto desde la institucionalidad como de la ilegalidad, que el “poder nace de la punta del fusil” o del porte personal y legal de armas para disparar primero, sustituyendo rápidamente a la Fuerza Pública. En ese caso, Colombia no solo estaría cargada de tigre, sino llena de hienas que se disputan salvajemente el control del territorio, sus riquezas y la vida de sus moradores.
[i] https://www.elespectador.com/judicial/el-paro-armado-en-santa-marta-existe-una-especie-de-estado-en-obra-negra/?utm_source=insider&utm_medium=push&utm_campaign=judicial&utm_content=todos&webPushId=MTAyMTg=
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