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Prohibiciones

Antes de que se me olvide, acabo de ver un video increíble en Facebook: un bebé de elefante lloró durante cinco horas porque su mamá lo había rechazado. Adorable, uno casi pensaría que tendrá serios traumas en su vida, porque podría desarrollar un complejo de Edipo lastimero. Aunque ese pensamiento casi infantil sea agradable, no es más que una caricaturización de la naturaleza, quizás una perversión de nuestra visión ególatra de la vida que nos hace pensar que todo lo demás existe del mismo modo que el animal humano.
Hay que resaltar este aspecto para rescatar, dentro de tanta celeridad de una actualidad frenética, la racionalidad, que es una característica humana, esa sí, por su naturaleza. Esta idea, la de que hay que ser racional porque eso es lo que nos distingue como humanos, más que otra entidad confusa como el alma, es lo que nos diferencia de las demás especies animales por lo menos desde Descartes. Es la racionalidad, no nuestra superioridad ideológica, ni nuestra espiritualidad o perfección moral.
Esa es la base del Derecho civilizado, proyectado para tener un funcionamiento respetuoso de las libertades particulares pero que cada vez ha degenerado más en un gran instrumento de constreñimiento ideológico, a partir de la desastrosa idea de resolver problemas sociales con prohibiciones normativas.
Valdría la pena entender qué es lo que encuentra excitante, si es que es así, el ser humano con la prohibición y el castigo. Nada explicaría mejor por qué, cuando se buscan las normas para regular algún tema, se hace con prohibiciones antes que con mandatos de inversión o fomento de discusiones, por ejemplo, de tipo científico o moral. Sin embargo, cada vez las tensiones sociales parecen resolverse banalmente a través de prohibiciones respaldadas judicialmente, sin importar que las tensiones sociales estén originadas en sistemas morales muy distintos.
Si de lo que se trata es de ser superiores moralmente, deberíamos empezar por pedir que se prohíba, por ejemplo, la enseñanza de cualquier religión, por partir de la imposibilidad de probar lo que afirman. Digo, suena igual de absurdo. Yo no discuto que sea, quizás, superior moralmente no matar animales que hacerlo, pero debemos distinguir que lo que nos caracteriza es poder contener la regulación —que implica intrusión— del Estado en nuestras acciones particulares, lo que significa una prohibición, y todavía más una reforzada con posibles sanciones de tipo criminal o administrativo.
Particularmente, solo tengo una objeción para los antitaurinos: muchos de ellos han confundido durante muchos años el arte con la cultura, y la cultura con la civilización, y el arte con la moral, y mucho peor, la civilización con la moral. Parece que ellos tampoco entienden nada de eso. Ahora, ya que su grandísimo problema con las corridas de toros es, en principio, una cuestión imperativa, parecen confundir también la moral con el Derecho, y ampliar una forma de ver el mundo como visión restringida de la existencia. Eso se hace, obviamente, con prohibiciones.
La cuestión es precisa: el problema de la tauromaquia es que, aparentemente, ya no es una expresión mayoritaria, ergo, ya no es la cultura oficial del establecimiento, y esa incompatibilidad moral sugiere la prohibición. La historia demuestra que en cualquier sociedad es mucho más fácil prohibir, y reforzar poderes estatales a la vez de promover latentemente la clandestinidad de lo prohibido, que regresar esa ola punitiva.
Todos deberíamos ser, en cambio, reforzadamente liberales y permitir, en la medida de lo posible por el orden público general, que se manifieste cualquier modelo de vida. Claro que eso es utópico, pero necesariamente la utopía marca hacia donde debemos mirar cuando tenemos duda de nuestras decisiones.

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