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El sabor del petróleo

No tener agua precisamente por la lluvia resulta no poco irónico. Que se lo lleve a uno un río mientras viaja por carretera no es menos impensable que volcarse en un barco por una tormenta. Pero bien, a ese tipo de tristes ocurrencias se ha acoplado este país. Ocurrencias, cuando no injusticias, como sufrir los golpes de este clima vesánico que se ha despachado tres veces en dieciocho meses contra un país con carreteras de barro. Lo anterior sugiere una maldad en el clima, y constituye un despropósito. Falta precisar la injusticia: el clima que arremete no está loco, o no debería si el calentamiento global no lo discutieran en cómodas charlas en Sudáfrica mientras en Bogotá, una ciudad que se supone debería tener infraestructura, el río se lleva todo. Hasta algún ladronzuelo que se lanza para huir. Pero continúo: más injusto que todo lo anterior es que los dos mayores contaminadores de todo el mundo, China y Estados Unidos, que entre otras cosas son responsables indirectos de los daños a los cultivos colombianos, no hayan firmado el Tratado de Kioto y así no tengan compromiso alguno por reducir las emisiones. Y ni hablar de la impresentable Canadá, país exverde, que se retiró del Tratado pues tiene la tercera reserva más grande de petróleo, que sólo es explotable con un método más contaminante que el ordinario.

El petróleo canadiense será otra gota para este planeta que es una copa de humo. Una gota al aire, similar a las gotas de Ecopetrol. Corrijo, a los chorros que se derramaron —aproximadamente 3200 barriles— sobre el río Pamplonita cerca a Cúcuta dejando a más de un millón de personas sin agua hasta después de nochebuena. Peor que no tener agua para evitar bañarse con agua turbia es evitar bañarse, o comer con petróleo. Aunque aquí no cabe decir qué es peor que qué, eso sí, peor que ser incompetente y no prepararse para un invierno más que avisado, es tener el descaro de salir a decir en el funeral de unas víctimas del invierno:

—Hemos hecho todo que está a nuestro alcance para atender la emergencia por las lluvias -dijo el presidente Santos. Por lo menos es sincero: habla de atender y no prever. Atender, como todavía esperan miles de damnificados de los inviernos pasados por ser atendidos.

Es normal, aunque por eso no deje de ser grave, que sigamos siendo curativos en vez de preventivos. Y que no se haga nada al respecto, por ejemplo, cuando miles de millones de Colombia Humanitaria están detenidos en los bancos y con tanta emergencia. Y que muchos dirigentes, que se pasan por servidores públicos, vean en televisores 3D la lejana realidad nacional, como de película.

Es desagradable imaginar un sancocho con sabor a petróleo, pero sabemos que es ficción. Es más desagradable imaginar la absurda escena de miles de peces y animales acuáticos muriéndose intoxicados por el petróleo, echando a la borda un trabajo de recuperación ambiental de tres años —después de un derrame más absurdo por la incompetencia de Ecopetrol— en el río Pamplonita, pero sabemos que es realidad.

El río Pamplonita luego del derrame de crudo.

El río Pamplonita luego del derrame de crudo.

@VicentePerezG

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