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El fin del mundo*

La superstición es algo inherente a los seres humanos, algo muy frecuente en nuestros días, algo que muchos usan para explicar lo inexplicable negándose a la razón. Y es que la razón y la superstición (o trascendencia, metafísica, o como quiera llamársele: religión) son irreconciliables aunque muchos argumenten lo contrario.

Hace unos meses Stephen Hawking –el físico teórico más famoso del mundo– avivó polémica al afirmar que el cielo no existía y era una idea para quienes le tienen miedo a la muerte; un estudio este año publicó que en una década varios países desarrollados –del corte de Países Bajos o Suiza– dejarían de lado la religión; hace varios meses El Tiempo publicó que los colombianos tienden a ser más religiosos pero menos católicos, que las iglesias protestantes en Colombia se han multiplicado impresionantemente al igual que otras religiones han crecido. A mí me parece una noticia genial en estos tiempos de crisis económica, la gente tiene que ser recursiva.

Pero no voy a arremeter contra las religiones, ese trabajo se lo dejo al señor Hawking o al doctor Rodolfo Llinás, para mí que crea cada quien lo que la parezca. Lo que sí no puedo tolerar es la estupidez a la que conducen algunas religiones que fanatizan a sus seguidores, y ahí sí le hallo la razón a los pastores cuando dicen tener ‘ovejas’, pues esta gente pareciera que no viera más allá de un metro de distancia.

Falsos profetas ha habido muchísimos, y aunque suene cruel me río de la gente que se reunió en el año 2000 a esperar el fin del mundo y se terminó suicidando, definitivamente les llegó el fin del mundo. Me río también de los que esperan el 21 de diciembre de 2012, como  de los mentecatos que viven enviando mensajes repitiendo que en la Biblia dice que habrá terremotos, se levantarán guerras entre las naciones, los días se harán más cortos (cuando los días cada vez se hacen más largos por simples leyes físicas), y una cantidad de argumentos más. Como si todo lo que dijeran fuera algo propio de nuestros tiempos «apocalípticos».

Dentro de todos esos impostores están los que predican esa mezcla abominable de creencias a la que denominan New Age: sí, esos que se inventaron el cuento de El Secreto. También el pastor Harold Camping, quien anunció que el fin del mundo sería el 21 de mayo, y luego de su evidente fracaso repitió el embuste arguyendo errores de cálculo y que el fin del mundo sería este 22 de octubre.

Gran cantidad de personas se unieron a su campaña para anunciar el fin del mundo, hubo quienes invirtieron cientos de miles de dólares en publicidad para proclamar que sólo se salvarían quienes tenían fe. El mundo no se acabó, la vida continúa y los pobres incautos que hicieron sus donaciones reclaman rabiosos para que les devuelvan su dinero: ya verán.

Aprovecharé este espacio para iniciar una gran obra: ayer tuve un sueño en el que estaba en mi casa, encendí el computador, miré el calendario y era 22 de diciembre del 2012, salí a la calle y me encontré con la gente de siempre, y un anciano se me acercó y me reveló el verdadero Secreto.

–Escúcheme mijo –me dijo solemnemente– el mundo se va acabando para quien se va muriendo. Anúnciele la verdad al mundo.

Luego el anciano fue levantado por palomas blancas y se desapareció en los aires.

Es cierto, quien quiera creerme puede dejar su comentario y le diré dónde puede hacer las donaciones para llevarle la verdad al mundo. Amén.

*Por compromisos no pude escribir un artículo para esta semana, sin embargo, con motivo del segundo fracaso de las profecías fanáticas de Harold Camping, publico esta entrada que la escribí y publiqué en mi blog personal en mayo, para los días de la primera farsa en este año. La siguiente semana seguiré con actualidad. Saludos.

@VicentePerezG

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