Blog de notas

Publicado el Vicente Pérez

Amistades peligrosas

Tomada de: «El País» de Madrid.

Hombre, cómo no lamentar que, ya por estas fechas, se cumplan cinco años (¡todo un lustro sin brillo!) desde el cierre, por mandato político de Caracas, y después de Bogotá, del continuum de naturaleza y vida social unido por el río Táchira —principalmente—, pero también por el Catatumbo, el Arauca y el Orinoco; es decir, la frontera colombovenezolana, que por presión ideológica se ha pretendido trazar recientemente como si se tratara de una doble fortaleza infranqueable, como una muralla china, cuando en realidad es, por encima y por debajo de los ríos, la misma tierra, literalmente la misma cordillera y los mismos llanos y el mismo desierto fantástico de Paraguachón, al que no lo separa ningún río, sino que se detiene, como una mula, antes de llegar a la bahía del lago Zulia.

O nos detenemos los colombianos, como mulas, antes de la bahía; y se detienen los venezolanos, de camino a la otra bahía —la de Santa Marta—, a la que hasta hace pocos años todavía era más fácil, más rápido, más barato y más sabroso llegar desde Cúcuta (¡tan lejos!) atravesando Venezuela, volviendo a entrar por Paraguachón, y luego adentrarse en el litoral del caribe.

¿O las mulas no se frenan, sino que lo hacen los burros? No sé, pero sí parece una burrada del tamaño de nuestros gobernantes el haber clausurado este paso y que, como consecuencia, hoy pululen pandillas armadas que controlan el contrabando, principalmente de cocaína de Colombia a Venezuela, y que siembran terror y muerte en las poblaciones empobrecidas que quedan al borde de la frontera.

Sería importante auscultar los motivos de tan importante y severa decisión, para preguntarse si son legítimos o, por lo menos, razonables. Pues no lo son: esta rencilla entre Colombia y Venezuela es una pelea fálica que se inventaron hace dos décadas Álvaro Uribe y Hugo Chávez, cada uno enardecido por su propio ego de tirano latinoamericano, a que aspiraban y llegaron ciertamente los dos, aunque escorados a cada orilla política, remembrando una opereta de la guerra fría que no tiene ningún sentido en América Latina.

Ahora se anuncia con bombos y platillos el restablecimiento de las relaciones diplomáticas, producto de la nueva alineación política del gobierno de Colombia, encabezado por Gustavo Petro, quien está haciendo sus pinos como líder latinoamericano y quiere cultivar su propio feudo político, de modo que le conviene desmarcarse de sus antecesores en el solio de Bolívar, pero sin ceder ni mostrarse subordinado a quien es comendador de la escuela socialista de la que Petro proviene: Nicolás Maduro, el otro que se sienta en el solio del primero de los tiranos criollos. ¿No será, entonces, que la pugna es, como parece, porque ambos se sientan en el mismo trono?

Por ahora no hay más que eso: apenas pompa y burbujas, pero cambios reales y tangibles, ninguno. Ya va a cumplirse un mes desde que Petro llegó al poder y la frontera no se reabre, con la excusa de que hay muchos temas logísticos y de «seguridad» que se deben revisar antes de anunciar el paso legal para un pueblo, que no es hermano, sino que es el mismo. A este paso, incluso los pregoneros del cambio han terminado por aceptar como normal lo anormal, como natural el abandono de la frontera.

Quizás es porque, como decía al principio, es una decisión de Caracas y de Bogotá, y no de Cúcuta ni de San Cristóbal ni de Maicao.

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