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Marcha y dignidad

Colombia termina cada semana con un nuevo “deporte nacional”, a veces son los goles de unos, después los saltos de otra, o el ciclismo y sus giros europeos. Y no está del todo mal, aquí las glorias son colectivas y después cada quien que mire cómo logra terminar el día.

Pero hay un deporte que últimamente ha tomado más fuerza: las marchas. Por la vida, por la paz, contra la Farc, por los secuestrados, por aquellos, por estos, por el matrimonio igualitario, por el mar perdido, por la solidaridad; por lo que sea.

“Por un país con dignidad”, fue el nombre de la marcha organizada por el Centro Democrático y el expresidente Álvaro Uribe el pasado 7 de agosto, porque el supuesto “terrorismo crecido” y los “atentados recurrentes contra la aviación militar”.

¿Por cuál dignidad, queridos?

¿La de las familias de los 4567 falsos positivos asesinados por militares?

¿La de los desaparecidos de la operación Orión enterrados en La Escombrera de Medellín?

De las últimas diez marchas similares convocadas por el uribismo, desafortunadamente está ha sido la más concurrida: peligrosa y tóxica mezcla de patrioterismo, proselitismo, cortinas de humo y miedos enlatados (las Farc y su inconmensurable estupidez política contribuyen mucho a estos fenómenos).

Estamos a tres meses de las elecciones regionales y una de las graves consecuencias de estas manifestaciones es incrementar el caudal político del CD en regiones como Antioquia, y dejarnos, por ejemplo, de alcalde de Medellín a un tipo irrelevante e inexperto como Juan Carlos Vélez.

¿Marchas?, la única gran marcha debería ser el 25 de octubre, cuando los colombianos salgan a votar tranquilamente por hombres y mujeres preparados para liderar, gerenciar y administrar centros urbanos y departamentos; no por una secta de “dignos” políticos de carnitas y huesitos, de miedos y debacles.

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