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Los límites de la Libertad «de expresión»

Por: Juan Felipe Suescuen 

“Dice Rodrigo que felicitaciones, que ya estás donde tenías que estar. Que en este país uno sólo es alguien cuando alguien más quiere hacerle daño”, son las palabras de Magdalena la mujer de Javier Mallarino el caricaturista que protagoniza el libro “Las Reputaciones” de Juan Gabriel Vásquez, cuando recibe una nota amenazante por sus dibujos.

Esa radiografía de la vida de los caricaturistas en Colombia no se aleja de la realidad a nivel internacional como lo demuestra el ataque al semanario Charlie Hebdo en sus oficinas de Paris la semana anterior.

Estos hechos han puesto sobre la mesa un interesante debate en el que algunos se preguntan si hay límites a la libertad de expresión. Claro que los hay! Filosóficamente la libertad no se puede concebir sin límites. Es posible hablar de libertad porque existen unos límites que la demarcan. Si no es con límites no tiene sentido hablar de libertad. Pregúntense ustedes ¿es posible pensar en la libertad absoluta?

En ese sentido, preguntarse si hay límites a la libertad, en cualquiera de sus formas llámese “de expresión”, “de prensa”, “de movilización”, “de culto”, etc. en si, es un absurdo.

Los límites a la libertad de expresión siempre han existido, son límites culturales que algunas veces se materializan en normas sociales o institucionales.

Cada país tiene sus leyes y cada institución, periodística en este caso, tienen sus normas. Todos los Estados tienen un marco que regula la “libertad de prensa”, es decir, que pone límites a lo qué puede decir una casa editorial, un periodista, un caricaturista, un cineasta, un escritor, o incluso un artista.

La libertad de expresión es diferente en cada país. Un periodista cubano no puede decir lo mismo que un ecuatoriano, pero con seguridad éste puede decir menos que un colombiano. Un caricaturista norteamericano tiene más libertad que un chino, pero tiene más límites que uno francés.

Aun así Charlie Hebdo en Francia, desde su nacimiento en los años 60 bajo el nombre de ‘Hara-Kiri’, fue prohibida varias veces por sus duras críticas.

A nivel institucional un columnista de El Espectador tiene menos límites que uno de El Tiempo o El Colombiano. Recordemos los casos de Claudia López en El Tiempo cuando se refirió al conflicto de intereses entre este diario y la primera candidatura presidencial de Juan Manuel Santos; el de Pascual Gaviria en El Colombiano por escribir sobre las habilidades de Madona con el micrófono, la elegancia de Luis Pérez, y la dosis personal; y el caso de Javier Darío Restrepo en el mismo diario, cuando se refirió a la “Libertad de discrepar” en la que sería su última columna.

Asimismo, en 2008, Charlie Hebdo despidió a Siné, uno de sus más importantes caricaturistas, por ridiculizar al hijo del presidente Nicolás Sarkozy con alusiones que las directivas del semanario consideraron antisemitas.

El columnista y director editorial del semanario Philippe Val declaró en ese entonces que “hay espacio para expresar opiniones diferentes de las mías. Ese espacio, sin embargo, está limitado por una carta que proscribe cualquier declaración racista y antisemita en el diario y Siné transgredió ese límite”.

Charlie Hebdo es un medio que se mueve en los límites de la libertad de expresión, pero que aún así tiene límites.

Como vemos sí hay límites a la libertad de expresión, que pueden ser tan amplios como reducidos, dependiendo de la sociedad o el medio de comunicación.

Ahora bien, quienes se mueven en las fronteras son los encargados de expandirlas, son los marginales porque amplían la margen, los transgresores del sistema, los que en los límites de los conocido exploran nuevos caminos hacía los desconocidos.

Por esto el que vive en los límites es quien mejor los conoce, quien sabe donde puede estar, en la zona de confort donde vivimos la mayoría de las personas, o si decide ser crítico y cruza el umbral para experimentar terrenos inexplorados llenos de incertidumbre, pero también de nuevas experiencias.

Esa es la labor del artista, en este caso del caricaturista, expandir a través de nuevas técnicas y de nuevas ideas las fronteras de lo existente.

Si bien reconozco que, como toda libertad, la “de expresión” conceptualmente tiene unos límites, esos límites se deben cruzar porque es gracias a quienes los han cruzado en su momento, a quienes han sido críticos, que hemos podido alcanzar la de libertad de expresión que hay en la actualidad que tiene, de lejos, unos límites más amplios que hace 100 años.

 

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