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Eso que quisiera cambiar de mi país

Por: MANUELA RESTREPO SYLVA (@manurs13)

Hace algunos días reunida con un grupo de amigos, reflexionábamos sobre “eso” que queríamos cambiar en este país. No nos pusimos de acuerdo, eran tantas cosas y todas de tanta importancia; sin embargo el ejercicio (que aún no hemos terminado) fue tan interesante para mí, que quiero compartir en este espacio cuales fueron mis conclusiones.

El peor problema que tenemos como sociedad los colombianos es el hecho de que sea inaceptable el que el otro piense diferente. La diferencia es vista como un fantasma, como un lugar en el que no es posible encontrarse, como un error del otro, como esa dimensión desconocida donde no se puede estar porque entonces se está del lado del mal. No nos es posible comprender posturas disímiles y mucho menos contrarias, no se puede considerar una opción alternativa a la que tenemos concebida y más grave aún, es deporte nacional atacar, rebajar y minimizar al que no está de nuestro lado.

Nuestro pensamiento sesgado nos ha llevado a crear prejuicios en torno a casi todo. La religión, si es católica es buena, si se es cristiano es porque algo deplorable se hizo antes y si es de una tercera opción, algo raro debe tener. En los edificios públicos siguen existiendo capillas católicas, sostenidas con recursos públicos, pero es impensable que haya espacio para una mezquita o una sinagoga. El homosexualismo va en contra de lo establecido, el transexual es un enfermo y el bisexual es discriminado aún dentro de su propia minoría.

Si estamos hablando de política, la parcialización entre uribistas y antiuribistas es tan primaria, que para los primeros cualquier acto protagonizado o defendido por el expresidente es digno de admiración y todos aquellos que no lo comparten son simplemente catalogados de guerrilleros, mientras que los segundos rebajan a punta de críticas vagas y vergonzantes a todo aquel que se atreva a defenderlo.

La diferencia en nuestro hecho de ser colombianos ha sido tan difícil asimilar que hasta la historia nos muestra cómo durante el Frente Nacional, preferimos negociar con ella antes que aceptar victorias del otro. Esta característica tan nuestra y tan nociva, nos ha llevado a protagonizar episodios deplorables como aquel del senador Gerlein, cuando en medio del debate del matrimonio igualitario en el Congreso se refirió al sexo entre homosexuales como de “excremental” y de “merecer repudio”; o aquella silenciosa pero ardua batalla del procurador en contra de la Clínica de la Mujer en Medellín por no comulgar con los mandatos de la iglesia católica, para no mencionar su lista de homicidios políticos; y como dejar por fuera el penoso incidente de la representante electa María Fernanda Cabal cuando le deseaba el infierno al recién fallecido Gabo.

Nos parece sospechosa una coalición política entre posturas tradicionalmente diferentes. ¡Que como es posible que Claudia López ahora este con Peñalosa! O ¡Lucho Garzón con Santos! Nunca consideramos la posibilidad de beneficiarnos con eso que es el otro, porque no nos han enseñado que en la diversidad se encuentra la riqueza.

Nos hacemos los tontos al saber que las sociedades más educadas y desarrolladas del planeta, han logrado avances sociales increíbles a partir de la comprensión del otro disímil, de la aceptación de la diversidad humana y de la pluralidad de pensamientos, y hasta en lo provechoso que es para una economía el contar con culturas diferentes dentro del mismo territorio. Estados Unidos de Norte América, a pesar de toda su historia relacionada con las actividades racistas, logra tener un presidente afro descendiente. Europa, por su parte, ha logrado entender con el tiempo que su potencial se encuentra en el aceptar y compartir la diversidad de naciones y lenguas que comparten el mismo continente, y Canadá, aún con todo el espíritu independentista que en la historia ha tenido por épocas Quebec, ha logrado consolidarse como uno de los países con mejor calidad de vida en el mundo.

Aprender de la diferencia y del otro diferente, de los beneficios que esta nos trae y que ella se constituye, sin duda alguna, como la base de cualquier sociedad, tendría que ser lo primero que nos enseñaran en el colegio, mucho antes que a sumar, a escribir o a rezar el Padre Nuestro. Nuestro sistema educativo está en deuda de construir una metodología de enseñanza de la mano del otro, de educar a nuestros niños para compartir una ciudad, para convivir y no simplemente para vivir. Los medios están en la obligación de eliminar los debates que excluyen la opinión del otro, los políticos están en deuda de mostrarnos como sus ideas pueden ser confrontadas y complementadas con las del otro, y nosotros como ciudadanos tenemos el deber moral de prescindir de la aniquilación del otro como único medio de victoria.

No podemos seguir con esta mala costumbre de preferir ver al diferente muerto sea física, política o socialmente hablando, antes que dando la batalla con ideas y argumentos. No podemos seguir buscando el camino para hacer de nuestra manera de ver el mundo una hegemonía.

 

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