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De cuando el centro visita la periferia

Por: SANTIAGO SILVA (@santiagosilvaj)

El avión abre sus puertas y una hilera de escoltas empieza a descender con sus paranoicas maneras. Luego de ajustar la seguridad, del avión baja el Ministro, lo esperan en tierra las “autoridades locales”, alcaldes (reunidos luego de un par de horas de viajes), concejales y secretarios. Lo reciben con rostros sonrientes, saludos animosos y docenas de aduladores “dotor”.

El Ministro saluda a la comitiva con ligera exasperación, hace calor y la humedad es molesta, deberá hacer su trabajo con agilidad, para continuar con este recorrido regional, con este viaje de anuncios de nuevas políticas, la renovación de subsidios, o el recorte de presupuestos; la promoción de nuevos cultivos, o el apoyo a los viejos; la construcción de autopistas de cuatro carriles, o la reducción a carreteras de dos.

Ha llegado el “Gobierno Nacional”, en esos arranques esporádicos, desorganizados, e inconstantes de gobernar la periferia. Y las autoridades locales acuden en masa, primero, porque supone una oportunidad de acceder a los ministros sin la intermediación de los odiosos gobernadores o congresistas y sus comisiones políticas, y segundo, porque puede configurarse en la amenaza de intereses locales de las élites políticas regionales.

Por ejemplo, en 2012, en el marco de la lucha del Gobierno Nacional contra la “minería criminal”, como la llamaban desde el Plan de Desarrollo Nacional, el presidente expidió el Decreto 2235 que facultaba a alcaldes y Policía a destruir la maquinaria que fuera encontrada en explotaciones mineras ilegales.

Sin embargo, esta facultad les permitió a algunos alcaldes y policías evitar la destrucción y más bien “comercializar” su poder por medio de extorsiones a los mineros. De igual forma (en los municipios donde era efectivamente ejercida) fue la chispa que terminó estallando el barril de pólvora del paro minero de 2013.

En muchos casos, ideas que parecen geniales en Bogotá resultan tontas, o perversas, en las localidades. Primero, porque desconocen las realidades locales, como las economías políticas que determinan las relaciones de los actores políticos, y segundo, porque suelen subestimar o sobreestimar los recursos con los que cuentan las autoridades locales para asumir los nuevos retos de gobierno dictados desde el centro.

El resultado son políticas dictadas desde el centro que no entienden a la periferia y terminan haciendo daño a las dinámicas políticas, sociales y económicas locales.

Colombia necesita crear políticas nacionales con enfoque territorial. Esto es, desarrollar procesos de construcción de políticas (y de toma de decisiones en el nivel central) que no solo “consulten” con los actores territoriales para tener ese permiso tácito de hacer arbitrariedades, de mantener sus caprichos; que acudan a los territorios, recurran a las experiencias de sus poblaciones, reúnan las opiniones de sus líderes, e incluyan estas expresiones en sus intervenciones.

Los ministros (y el presidente y sus consejeros, y el resto de la burocracia ejecutiva del centro), no pueden continuar viajando por las regiones, visitando las periferias, con ánimos de salvadores civilizados de los salvajes bajo su tutela; su aproximación a las localidades debería ser respetuosa, pero sobre todo, ingeniosamente inclusiva.

 

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