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25
08
2013
Juan Carlos Torres

Televisión en Colombia, una apología al delito.

Por: Juan Carlos Torres

La responsabilidad social de los medios de comunicación  con el tipo de sociedad que queremos construir, ha sido mancillada por la eterna disputa de los canales de televisión más poderosos del país, por el rating en el horario prime time. Como corolario, la dimensión de los  contenidos inadecuados que infringen la regulación jurídica en el incumplimiento de las franjas horarias en las que se emiten.La vorágine está directamente relacionada con la inclusión y el asentamiento del actuar violento e impúdico en la programación de la televisión nacional, es de caracterizar los realities y las narco novelas entre otros; sin que medie una interpretación didáctica adecuada principalmente para nuestra juventud y niñez. La ausencia de valores, la disfunción familiar, la prostitución, la delincuencia y todas las formas de transgresión en su máxima expresión son elementos asociados a este flagelo.

No obstante, paralelamente los padres de la patria, las altas cortes y el procurador general de la nación, promueven leyes contra el aborto, la dosis personal, la eutanasia y la seguridad ciudadana; inobservando la influencia de las programaciones televisivas altamente nocivas, verdadera apología de la promiscuidad sexual, prostitución, sicariato, mafias y la degradación corporal y moral de la mujer colombiana en los medios.

La situación es insostenible, como lo dijera el maestro Ernesto Sábato, en su libro “La Resistencia”: “El rating es lo supremo, no importa a costa de qué valor, ni quién lo financia. Son esos programas donde divertirse es degradar, o donde todo se banaliza. Como si habiendo perdido la capacidad para la grandeza, nos conformáramos con una comedia de regular calidad. Esta desesperación por divertirse tiene sabor a decadencia”.

Son en vano los esfuerzo de la cátedra cristiana y escolar; y de  la familia en su rol de formar en valores a nuestros hijos, enfrentado al abuso desde posiciones de poder que aprovechan la dependencia que han generado en las personas por una programación mayoritariamente decadente. Los canales Caracol y Rcn  abanderan el listado de los responsables de una cultura endeble que embarga y avergüenza nuestra sociedad ante el mundo.

Tenemos la oportunidad histórica de iniciar el debate nacional sobre la forma como los medios de comunicación emiten sus programas, amparados en la libertad de expresión y el argumento acomodado: “esa es nuestra realidad y no podemos negarla”. Si queremos desterrar la violencia en las calles, debemos empezar desterrándola de la televisión.

Si bien toda intervención en las informaciones públicas y de la libertad de expresión artística o del espectáculo debe indignarnos; fundados en la consecuencia dañina y nefasta tangible, donde nuestra niñez y juventud son el blanco lógico, cabe empezar a discutir la posibilidad de la censura por inconstitucional que parezca, pues está demostrado que no existe autoridad que  regule a estos medios.

Los acuerdos 02 y 03 de 2011 de la Autoridad Nacional de Televisión hacen referencia a los contenidos que pueden emitirse en determinados horarios, donde el tope de las sanciones estipuladas para los casos en que hubiere violación a los acuerdos de contenidos es de 600 salarios mínimo legales mensuales vigentes, es decir, algo más de $350 millones, cifra ínfima que permite colegir que el infractor prefiere pagar la sanción, a cambiar el libreto y perder el usufructo del rating.

Esa brutal contienda sin escrúpulos, por el liderazgo en la audiencia, transgrede los principios de la sana recreación, educación e información veraz y objetiva. Como se decía en la Roma antigua: “al pueblo pan y circo”. En los realities podemos ver como se rompe con todo esquema de respeto por la intimidad, los participantes pierden  su dignidad, enseñan su desnudes y sostienen relaciones sobre la base de la atracción corporal. Lo peor de ello, es que quebrantan los principios éticos y morales que por años intentamos inculcar desde la infancia, donde enseñamos a nuestros hijos a edificar la comunión sobre la base del amor, el respeto y la confianza.

En la reciente emisión del 21 de agosto del programa el Desafío África del canal Caracol, los participantes del realitie sin ningún tipo de consideración sacrificaron y cenaron del chivo que la producción les había regalado, osando del libre albedrio de éstos, generando al inicio, un conflicto de criterios en torno al sacrificio o no del animal. Lo mismo ocurrió el 5 de noviembre de la pasada anualidad en el programa Mundos Opuestos del canal RCN, cuando de igual manera, bajo las mismas condiciones sacrificaron un chivo.

Es inconcebible que no formando parte de un mundo real, donde no se presenta la necesidad de sobrevivencia, tal como el canal pretende mostrar,   deba contemplarse el someter  al animal al sacrificio, lo que contraviene la declaración Universal para el Bienestar Animal que reza: “Ningún animal debe ser sacrificado innecesariamente  o ser expuesto a actos crueles por parte de un ser”. En ese sentido, la legislación colombiana regula las formas de sacrificio disponiendo el uso de anestésicos, (métodos que tampoco comparto, como el aturdimiento eléctrico con descargas que dejan inconsciente al animal previo al sometimiento, la bala reutilizable de penetración en el cerebro y el gaseado). Y aunque el sacrificio no se consumó en suelo colombiano, este tipo de escenarios propuestos por la televisión nacional, despierta el instinto animal del hombre convirtiéndonos en inhumanos, pues seguramente, terminaremos insensibilizados ante la violencia o peor aún, acabaremos imitándola.

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