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15
09
2013
Juan Carlos Torres

Colombia: la mitad de lo que fue.

Por: Juan Carlos Torres

De las pocas cosas en común que nos caracteriza a los colombianos por estos días, se destaca el dolor de patria, producto del fallo del Tribunal Internacional de la Haya que nos quitó cerca de setenta y cinco mil kilómetros cuadrados de territorio marítimo. Sin embargo inobservamos la tendencia de nuestros gobiernos desde épocas de la independencia a ceder territorio, donde mal contados se ha perdido más de un millón de kilómetros cuadrados, equivalentes a casi la mitad del mapa político adquirido por nuestros próceres en la emancipación de Colombia del imperio español.Después de la división de la Gran Colombia, hacia 1830 perdimos territorio con Venezuela sobre los llanos orientales y la Guajira, cediendo la mitad del terreno en las comisarías de Guainía y Vichada; y el espacio marítimo comprendido entre el Cabo Chichibacoa y la península Cerro Teta, perdiendo posesión sobre el litoral del golfo, gracias a un tratado de “amistad” celebrado entre el ministro  venezolano Santos Michelena y el secretario de Relaciones de la actual Colombia, Lino Pombo.

Tras varias invasiones militares de Perú a nuestro territorio desde 1829, con las viles pretensiones de  apoderarse  de Ecuador y de las provincias colombianas de Pasto y Popayán, en 1911 nuestra guarnición comandada por el general Gamboa fue sometida por las tropas Peruanas. El Estado colombiano  asumió una actitud pasiva, suspendiendo las acciones militares y llevando a la diplomacia la disputa de territorios legítimos. Fue así como los peruanos ocuparon La Pradera y toda la margen derecha del Caquetá, como Puerto Pizano y las Delicias; perdiendo la soberanía y la honra de los colombianos que allí habitaban.

Ecuador no se perdió del pastel e invadió paulatinamente el territorio nacional ante la mirada indiferente de los gobiernos de turno, sus ansias de conquistas estaban puestas sobre las extensas regiones del sur de Colombia, en las provincias de Pasto, Popayán y los cantones de Buenaventura y Tumaco. Durante 30 años continuos invadieron nuestro territorio y en cada una de ellos fueron apropiándose de extensas áreas.  Brasil hizo lo propio, aprovechando la bonanza y a los inermes que gobernaban por esos días a Colombia; en incesantes irrupciones a nuestro territorio usurparon y desmembraron los territorios del Amazona, Caquetá y Putumayo.

El centro del pastel lo representa Panamá, un territorio olvidado (así como San Andrés y Providencia) producto del centralismo que aún caracteriza a nuestros gobiernos, lo que provocó un descontento entre los panameños, quienes con el apoyo de los “generosos” estadounidenses, cuyas pretensiones sería la construcción del canal interoceánico más  importante del mundo, se separaron de Colombia, conformando su propia nación. La separación se produjo por los acostumbrados errores del gobierno colombiano y sus legisladores, la traición de alguno de ellos y las ambiciones imperialistas de los Norteños presididos en ese entonces por Theodore Roosevelt. Paralelamente se llevaba a cabo en Colombia la guerra civil, recordada por la historia como la guerra de los mil días,  entre liberales y conservadores, que no dejó ganadores, donde el país perdió territorio e importantes usufructo, pues el mundo tenía puesto los ojos en Colombia, igual que hoy, para seguir aprovechándose.

La Costa de Mosquitos, hoy de Nicaragua; y la provincia de Veraguas y el Cabo gracias a Dios, hoy de Costa Rica y otros territorios adyacentes, también nos pertenecían desde épocas de la colonia. Colombia descuidó esos terrenos y cuando quiso darse cuenta de cuánto representaban; los países centros americanos alegaron dominio por la posesión ejercida durante varios años y nuestro generoso gobierno no le apostó al litigio.

En 1952, el ilustre canciller colombiano Juan Uribe Holguín, conceptuó que los Monjes, cinco islotes rocosos deshabitados y desprovistos de vegetación en el Océano Atlántico, a 18 millas de la Guajira, no pertenecían a Colombia, desconociendo el criterio de los eminentes que publicaron el mapa sobre los límites nacionales en 1944. Ante este nuevo litigio con el vecino país el canciller envió una nota manifestando que Colombia carecía de soberanía sobre los monjes y que no se oponía a ninguna reclamación ante cualquier acto de dominio sobre el archipiélago. Aduciendo por último, que valía más la cordialidad con Venezuela demostrándole el aprecio a su amistad que la posesión de los islotes. ¡Así como lo leen, los cedió generosamente!

Conocedores del desamor de los gobierno Colombianos por sus tierras, especialmente en zonas fronterizas y territorio marítimo; en el 2001, Nicaragua demandó  a Colombia ante la Corte Internacional de la Haya,  logrando,  once años después, la posesión de tres cuartas partes del mar colombiano, dejando dos cayos importantes enclavados en aguas nicaragüenses. Esto le da pie a Nicaragua para seguir en la búsqueda de ejercer soberanía sobre San Andrés, Providencia y Santa Mónica; territorios, reitero, abandonados por el centralismo gubernamental.

Aunque consideremos que el fallo es ilegitimo, es el veredicto y por ende es invariable, no hay forma de volver a un estado diferente y como tal, es de estricto cumplimiento, quizás no se cumpla hoy y se siga dilatando, pero tarde o temprano debe cumplirse. El Presidente Santos se dirigió al país aduciendo que el fallo es inaplicable, lo cual es FALSO, su discurso es más político y reeleccionista que jurídico. Su intervención cargada de “patriotismo”  cayó bien al país y mejorará sin duda el nivel de impopularidad del 72% que registra según la firma Gallup.

Es importante señalar que Nicaragua pagó ilustres abogados internacionales y los hospedó durante años en Haya (países bajos) mientras nuestros intelectuales abogados liderados por Julio Londoño Paredes, litigaban desde la sabana de Bogotá, inobservando el día al día del proceso. Ahora, de manera tardía, cuando ya poco o nada queda por hacer, la canciller María Ángela Holguín (familiar de Juan Uribe Holguín, el de la nota de los monjes) salió al paso a contratar una firma británica que estudie el fallo emanado por la Corte Internacional de Justicia.

Esta es la historia de cómo seguimos perdiendo territorio nacional en pleno siglo XXI, producto de las políticas funestas, centralistas y endebles de nuestros gobiernos, caracterizados por una mentalidad entreguista, donde creemos que somos los más generosos y felices del mundo, mientras las otras naciones dolientes de sus territorios nos siguen viendo como la patria boba.

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