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10
09
2012
umpala

El año de nuestros clásicos.

Por: Ricardo Abdahllah

El 10 de septiembre de 1991 se lanzó el sencillo de ‘Smells Like Teen Spirit” . Hace veinte un años, las cuatro bandas de rock más importantes de los noventa publicaron sus obras maestras.

En 1990 mi tía Patricia me regaló el primer casete de los Beatles que tuve en la vida. Era una compilación que ella misma había grabado en casete a partir de los LPS en vinilo de algún conocido. Los casetes, para quienes no los conocen, eran unas cajitas plásticas de más o menos el peso y tamaño de 10 iPod Nano en los cuales cabían unas doscientas veces menos música que en un sólo iPod del modelo más sencillo en el mercado.

Los vinilos, para quienes no los conocen, eran discos plásticos de treinta centímetros de diámetro, que no se podían exponer al sol por mucho rato porque luego la música sonaba como amelcochada. El tema más reciente incluido en la compilación era Let It Be de 1970.

Let It Be tenía veinte años. Era música buena, pero de adultos.

En mayo de 1991, Nirvana entró al estudio Sound City para comenzar la grabación de Nevermind. El primer sencillo del álbum, ‘Smells Like Teen Spirit’ se lanzó el 10 de septiembre.
Han pasado veintiun años desde entonces.

Ni siquiera quienes escribían en las revistas musicales underground habrían podio imaginar en enero del 91 que ese sería el año en que el público se daría gusto escuchando una cantidad de obras maestras que se habían estado cocinando en la segunda mitad de los ochenta. La cocina principal era Seattle. Una ciudad de la que musicalmente se hablaba poco excepto porque allí había nacido Hendrix, pero en la que abundaban los bares donde se tocaba por cerveza. En ese ambiente grupos como Green River y The Melvins se habían hecho un nombre y llenaban discos con un híbrido musical que reconciliaba a Zeppelin con Black Sabbath y a los Beatles con los Sex Pistols. Era el grunge, una denominación que nunca le gusto a los que terminaron reunidos en torno a ella y de la que el mundo no se habría enterado sino fuera por un seguidor joven de esas bandas, Kurt Cobain que empezó el año sin domicilio fijo y lo terminó en la cima de la celebridad que le iba a costar la vida.

La clave fue un álbum de doce temas donde, de la mano del productor Butch Vig, el grunge por fin pudo sonar decente y sobre todo sonar variado, porque a pesar de los tres acordes, comunes al punk y a la primera época de los Beatles, había todo un rango de música entre la susurrada ‘Something in the Way’ y los alaridos de ‘Territorial Pissings’.

Pero Nevermind no fue la única obra maestra made in Seattle en el 91 y, a la hora de hacer cuentas, ni siquiera fue la obra-maestra-made-in-Seattle con mayor éxito comercial. Cuando los miembros de Mother Love Bone, una banda que había quedado huérfana tras la muerte por sobredosis de su vocalista, Andrew Wood lo remplazaron por un amante del surf de San Diego , dieron no sólo con una voz de baritono sino con un activista político, un magnifico letrista y un frontman que con una rabia tranquila contrastaba las guitarras rotas de Cobain.

Como a la historia del rock le gustan las rivalidades, se empezó a hablar de un Nirvana vs. Pearl Jam que, antes de una reconciliación en la cual Vedder y Cobain bailaron juntos ‘Tears in Heaven’ durante una presentación de Eric Clapton, pasó por una disputa sobre cuál de los dos discos del 91 sería el más vendedor.
Y fue Ten, el debut de ‘la otra banda de Seattle’.
Ten estaba marcado por melodías de hard rock muy elaboradas e influencias blueseras y Nevermind por los acordes básicos y repetitivos que iban a hacer que la música de Nirvana fuera la escuela de los que en esa época apenas empezaban a coger una guitarra y repetían una y otra vez la línea de bajo de ‘Come as you are’ y los acordes rasgados de ‘Smells Like Teen Spirit’. Los dos en cambio tenían en común una cantidad inusual de canciones memorables más allá de la idea de buen-sencillo-para-radio y que terminarían por ayudar a las dos bandas a pasar por encima de las condiciones de sus casas disqueras y las restricciones de la onmipresente MTV. Los dos discos tenían también letras oscuras que contaban historias, o por lo menos impresiones sobre historias, que no eran evidentes para quien las escuchaba. Había que dedicarle tiempo al asunto y buscar referencias, para descifrar que ‘Polly’ era el relato de un violador que siente una cierta simpatía por la víctima que ha secuestrado y ‘Jeremy’ el de un adolescente que se había suicidado en frente de su clase en una escuela de Texas.

Uno iba entendiendo de a poquitos. Era lo de menos porque cada pedazo de letra parecía a la medida para las preocupaciones que se tenían en la cabeza. Cuando uno creía que el coro ‘Alive’ hablaba de sobrevivir en la guerra, la letra servía a la perfección. Cuando luego se enteraba que era una madre que decía a su hijo que siempre había mentido sobre la identidad del padre, seguía sirviendo.

Había entonces ya tres razones entonces para volvernos fans consumados, la primera era que las canciones, al menos de Nirvana, eran fáciles de tocar; la segunda, que había entender de qué hablaban las letras; la tercera, que sí las letras hablaban de que el rechazo en el colegio era razón suficiente para aislarse en la música y pegarse un tiro al final, adheríamos a la causa.

El grunge fue sobre todo eso, un aire de melancolía y rebeldía que se extendía contra la industria musical. Vedder y Cobain y compañías recuperaron, así fuera a medias, la actitud provocadora, que habían tenido los punk y que en los ochenta se había limitado a las excentricidades de nuevos ricos del heavy de Poison y Motley Crue y a un satanismo que, para gran tristeza de los pastores evangélicos que siguieron martillando el tema de los mensajes subliminales hasta el cambio de siglo, ya no asustaba. El desadapte y la espontaneidad reflexiva, contra el metal de negro y el rock descrestante y perfeccionista.

Que antes de comenzar su decadencia alcanzó también su apogeo en el 91, que produjo ese año discos clásicos que íbamos a añadir a nuestra banda sonora sin saber, o sin ponernos a pensar, que al hacerlo atentábamos contra los valores de los músicos de Seattle.

Poniendo las cosas en su sitio así como Guns N’  Roses no era lo mismo que el glam de Bon Jovi y Def Leppard, Metallica llevaba tres álbumes alejándose de los estandares del trash a toda velocidad de Slayer y Testament. Sin embargo, y a pesar de las quince millones de copias vendidas, el “álbum negro” que la banda grabó en 1991, fue un trabajo incomprendido. Los que compraron el disco por los sencillos que sonaban en la radio no entendieron ni la complejidad de las letras de ‘The Unforgiven’ ni que, más allá de los primeros acordes, que podían tocarse sin utilizar la mano izquierda, ‘Nothing Else Matters’ era una canción muy elaborada. Los metaleros duros que se rasgaron las vestiduras, (camisetas negras y jeans que a lo mejor ya estaban rasgados) gritando la traición comercial de Metallica pasaron por alto que ‘Sad But True , ‘Of Wolf and Man’ y ‘Don’t Tread On Me’ no desmerecían en fuerza y al contrario ganaban en densidad respecto a los temas más largos de …And Justice For All y que las recriminaciones que James Hetfield hacía al ‘Dios que falló’ a la hora de curar a su madre enferma de cáncer valían por docenas de portadas de discos con charcos de sangre y crucifijos invertidos. El álbum negro sacó el metal de un ghetto y le evitó a Metallica la pena de pegarse a una fórmula como desde hace treinta y pico de años lo siguen haciendo Iron Maiden y AC/DC.

Cierto que no pudieron superarlo. No importa. Nadie pudo superar 1991. Ni siquiera la banda más grande del mundo de la época, que a diferencia de Metallica, que dividió a sus seguidores, y de Pearl Jam y Nirvana, que se dividieron los suyos, marcó 1991 con uno, dos, tres, y cuatro discos perfectos.

El álbum de debut de Guns N’ Roses, Apetite For Destruction, prometía tanto como los tres temas que la banda había adelantado de lo que sería su trabajo del 91. Dos canciones ‘Knockin’ on Heaven’s Doors’ y ‘You Could be Mine’ habían aparecido en bandas sonoras y las dos llevaban más allá el rock duro y las baladas melancólicas que los Guns habían mostrado en sus primeros discos. La tercera canción fue ‘Civil War’, que hizo parte de un álbum de beneficencia organizado por la esposa de George Harrison para recaudar fondos para los orfanatos rumanos. ‘Civil War’ era la canción más larga de la banda hasta el momento, incluía piano, reivindicaciones políticas, recuerdos de infancia, diálogos de películas y hasta un extracto de un comunicado de Sendero Luminoso. Una lista que servía para imaginar la del álbum, Use Your Illusion: treinta músicos, incluídos Alice Cooper y Michael Monroe, un cover de Paul McCartney, una canción dedicada a insultar con nombre propio a varios periodistas musicales norteamericanos, rap, jazz, funk, country, coqueteos sinfónicos y trece de las treinta canciones que duraban más de la barrera comercial de los cinco minutos.

Cinco de los videos de esas canciones de larga duración dieron para videos. Para el de ‘Estranged’ Rose tuvo a su disposición un helicóptero, un carguero, varios delfines y catorce millones de dólares. Los uso para contar la vida de un rockero atormentado que vive en una mansión en las colinas de Los Ángeles.
Y a pesar del aire ‘bling bling’ y casi traqueto del video, Axl no nos había decepcionado. No es por unos delfines que uno se va a molestar con el tipo que, ya que los de Seattle habían dado el ambiente general y Metallica la fuerza que se necesitaba para seguir viviendo, había puesto las cosas en practica. ‘Breakdown’, ‘Locomotive’ y ‘November Rain’ tenían tantas frases memorables y, aunque menos crípticas que las de Nirvana o Pearl Jam, ambiguas que funcionaban como manifiestos perfectos para toda la gama de adolescentes que en el los años siguientes iba a a descubrir que en el 91 la música había comenzado a hablarles directamente: ‘Don’t cry’ era el epitafio de un hombre que se suicida porque nunca pudo sentirse bien con el mundo que lo rodeaba y no, como insistían las profesoras de inglés que se atrevieron a ponerla en clase, la despedida que un tipo le dedica a su novia porque deben separarse un tiempito.

Pero no es la idea hablar mal de las profesoras de inglés y sobre todo aquellas que, ya que el currículo no les ponía ninguna obligación, prefirieron las baladas de los Guns en lugar de quedarse con ‘Please Forgive Me’ de Brian Adams.

Por donde había pasado ‘Don’t Cry’ quedaba la puerta abierta para ‘One’ y ‘Losing My Religion’; por donde entraba ‘Nothing Else Matters’, pasaba ‘Under The Bridge’´.

Porque en el 91 además de los discos de Metallica y Pearl Jam y Guns y Nirvana, aparecieron el Achtung Baby de U2 , el ‘Blood Sugar Sex Magick de los Red Hot Chili Peppers, el Arise de Sepultura  y el Out of Time’de R.E.M, que además de completar nuestra educación sentimental nos enseñaron que mientras el resto de nuestra generación se consumía entre los bailes del mono y el perrito, a nosotros nos quedaba la verdadera danza. Si uno no optaba por la guitarra invisible y pesada como la que llevaba Cobain, podía bailar moviendo los brazos como Michael Stipe en el video de ‘Losing My Religion’ y seguir bailando como lo hacía en el de ‘Shiny Happy People’. Van tres formas de bailar. Existen otras tres: el cabeceo de Kirk Hammet, el meneito sabrosón de Axl, el desbaratrse de Cavalera y el salto con las rodillas al pecho en el coro de ‘Give it Away’.
Todas las maneras de bailar se inventaron en 1991.

1991 inmusic

Nosotros, los que llamábamos a las emisoras para que las canciones de nuestro credo hecho en el 91 subieran en las listas y comprábamos la revista ‘Cante en inglés’ para completar los vacíos enormes de las profesoras, nos pasamos el resto de nuestra juventud bailando esas canciones, y usándolas como oráculo para esa cosa tan dura e imposible que es crecer. Elegimos a nuestros amigos entre las personas que habían escuchado ese mensaje, intentamos reclutar para la causa las chicas lindas que no nos hacían caso y fuimos a llorar la decepción a las faldas (largas) de las mediometalerasmediogrunges que como nosotros habían construido sus principios morales con base en frases a medias traducidas de gente que ya empezaba a decaer.

El 91 pudo terminar el día en que Kurt Cobain, que era un hombre complicado pero de principios, le dijo que no a la propuesta de Axl Rose de hacer un tour con Metallica. O quizás cuando Axl Rose, que era un hombre complicado pero además un cabrón, mandó ese tour al carajo luego de cuatro presentaciones.

Cada uno por su lado Metallica y Guns se fueron de gira sin parar durante dos años desde entonces. La gente que los vio todavía se acuerda de esos conciertos, pero a la hora de volver a crear canciones Axl prefirió pelearse con sus compañeros de banda y Metallica, que no merecieron el calificativo de ‘vendidos’ que les aplicaron cuando sacaron ‘The Unforgiven’, se lo fueron ganando de sobra conforme se dejaban llevar por la espiral de concesiones que los llevó con los años a grabar ‘The Unforgiven II’ y, mire usted, ‘The Unforgiven III’. Los dos le dan la razón a Eddie Vedder, que sigue reuniendo a sus fans de entonces, y a las cenizas de Kurt. El hecho de que hace seis años escribí creo una línea muy parecida a esta, es como señal de que nada va a cambiar de que las cosas se han estabilizado para mal.

Por que 1991 fue una explosión de rock. Después nada. Un par de discos memorables, el Ok Computer, Antichrist Superstar, koRn, Nine Inch Nails, los proyectos de Jack White, Pete Doherty y Amanda Palmer. Media docena de discos y media docena de artistas en veinte años que han estado marcados por una serie de vedettes pop de los más intrascendentes, la desaparición de la idea de álbum y el problema de que por interesante que pueda resultar un artista Indie, es imposible encontrar un amigo que lo conozca.

En el primer año de la década siguiente, que fue el primero del siguiente siglo y, ya que en esas estamos el primero del nuevo milenio, los clásicos de 1991 se seguían escuchando en cuanto bar decorado con afiches baratos de rock existiera en el territorio nacional. Diez años de vigencia le daban a nuestra música el status de clásica. Cuando el 91 cumplió sus 15, gente que cuando Kurt Cobain se pegó un tiro apenas aprendía a gatear todavía se paraba cuando sonaba ‘Spirit’ y movía el cuello con ‘Sad But True’. Me recuerdo diciendo, orgulloso, que entre las últimas novedades de ese 2006 se colaban cantidades de canciones de la primera mitad de los 90, que en el 91 el rock fue de obras maestras, himnos generacionales y canciones inolvidables, las nuestras, que fue como si Jesús, Buda y Mahoma hubieran predicado al mismo tiempo.

Yo me recuerdo también recibiendo el consejo de no hablar tan alto con tantas copas encima y luego haciendo cuentas. Si en 1968 habían aparecido el álbum blanco de los Beatles, el Electric ladyland de Hendrix, el Cheap Thrills de Janis y el Beggars Banquet de los Stones, el siguiente gran año del rock ocurriría en 1991-1968=23; 1992+23=2014.

Pero no va a pasar. He escuchado hace poco en un bar a dos veinteañeras que se burlaban de un tipo que bailaba al estilo Cobain en medio de un grupo que a pesar de las guitarras se movía con las manos en el aire como si escucharan techno o, qué se yo.
¿House como la que escuchaban los demás en el 91?

Estamos en el 2012. Youtube producen fenómenos (en el sentido de espectáculos de circo que atentan contra la dignidad humana) que desaparecen en meses. Es eso o era que uno quería tanto la música que había comprado con la plata de la lonchera y las cosas que se compran con hambre se quieren mucho. Contra el hecho de que uno envejece no vale la pena patalear. Cabecear, en cambio, sigo siendo posible, así que me pongo lo que queda de mis converse y una camiseta de Use Your illusion y moviendo el cabello antes de que acabe de caerseme  escucho a todo volumen ‘Spirit’, que tiene la edad de la música de los Beatles cuando la escuché por primera vez.

Jeremy habló en la clase de hoy.

Categoria: General

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Opiniones

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Opinión por:

elvergomézt

10 septiembre 2012 a las 13:48
  

zzzzzzz….

Opinión por:

aleksortizr

10 septiembre 2012 a las 17:27
  

Una buena síntesis y muy de la escena rockera nacional de esa época. Yo sigo pensando que lo que hicieron los guns fue muy grande y muy superior a nivel lírico. Lo de Radiohead no tiene discusión, si bien OK Computer es una obra maestra, discos como Hail to the thief no demeritan en lo absoluto. Si no has escuchado a fondo a The Strokes, los dos primeros álbumes son para tenerse en cuenta.

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