BLOGS Actualidad

08
03
2016
Ricardo Abdahllah

Soy hombre y soy feminista

Por: Ricardo Abdahllah

Soy hombre y soy feminista. Eso no tiene ningún mérito, o no debería tenerlo, porque en la época que vivimos y sobre todo si miramos hacia adelante, todo mundo tendría que ser feminista y las explicaciones tendría que darlas los que sufren de la única forma nociva de nostalgia: la obsesión por conservar el estado actual de las cosas cuando el estado actual de las cosas es una mierda. “Ser feminista” y definirse como tal no quiere decir estar de acuerdo con todas las corrientes y métodos del feminismo, lo que además es imposible porque no son uniformes, sino compartir dos principios difícilmente controvertibles. El primero, que hombres y mujeres deben tener los mismos derechos; el segundo, que para lograrlo hay que hacer algo y el camino es largo.

El feminismo es eso: un objetivo y una lucha que hay que dar para avanzar hacía él. Cierto, hubiera sido mejor llamarlo “igualitarismo de género” (porque es eso) pero el nombre “feminismo” es el que se usa , tal vez porque habla del trabajo que se requiere deconstruir el machismo y el patriarcado, que existen, que aunque hayan ido desapareciendo de los textos legales al menos en los países donde la razón se impone a las razones morales y religiosas, siguen presentes en las mentalidades y no van a desaparecer sin décadas de educación, de reivindicaciones y de enfrentamientos contra los que de ellos se benefician.

Quiero pensar que quienes critican el feminismo como un estado en el que las mujeres tendrían más privilegios que los hombres no lo hacen por pura imbecilidad, sino porque no entienden esa condición de camino, que el feminismo no es un punto de llegada. Los hombres no tienen nada que temer: aunque las mujeres tendrían derecho a siete mil años de patriarcado como compensación apenas parcial por los que nosotros les hemos impuesto, no es eso lo que reclaman. La fantasía de la feminista que busca y convertir la sociedad en un matriarcado no existe más que en las mentes de los hombres y mujeres que más temen a las libertades que existirían en una sociedad igualitaria.

Más cuando muchas de las mujeres que militan en el feminismo, desde las que lo apoyan a punta de likes o lo ejercen en su vida cotidiana, hasta las que terminan en prisión por exigir sus derechos, suelen estar involucradas en muchas otras causas: algunas militan por los extranjeros indocumentados, otras por las minorías étnicas o de género. Otras están vinculadas a las reivindicaciones de los trabajadores o los campesinos, los movimientos por los derechos de los animales, las sexualidades alternativas, la responsabilidad ecológica o la oposición a la mega-minería. Ellas comprenden que todas las luchas van juntas.

En ellas pensaba esta mañana (en ellas pensaba y me venían docenas y docenas de nombres propios). Y el primer borrador de este texto decía:

Qué se vayan al carajo las flores!! que esta fiesta tiene mas que ver con huelgas, marchas, policía tirando lacrimógenos, tiene que ver con rabia y libros, activismo, solidaridad, riesgos, hablar, no, no hablar GRITAR lo que se quiere, denunciar las injusticias, escupirle en la cara a un sistema que cree que puede darle a las mujeres otro papel diferente al que a ellas se les pueda dar la gana. No es una cuestión de rosas, sino de libros leídos , investigación académica y coctéles molotov, de viajar sin pedir permiso, de invertir los roles,de dejar todo tirado, de luchar al lado de los refugiados, de los detenidos, de todas las minorías, de los marginales, de los que perdieron su tierra, de los que aún no son libres de hacer lo que quieren con su cuerpo. Es cuestión de no tener miedo, o de tenerlo pero tragárselo y salir a la calle a cambiar las cosas y seguir más allá de la calle y no parar. No es cuestión de frases lindas y de chocolates, sino de un homenaje a esas mujeres guerreras y militantes, de agradecerles sus luchas, de saber que aunque muy bien podrían arreglárselas sin nosotros, aquí estamos a su lado, en su combate. (Todo esto lo he aprendido de mujeres, algunas que conozco desde que nací y otras que ni siquiera he visto en persona).

Soy hombre y soy feminista, pero eso no tiene ningún mérito, porque no se puede no ser feminista, porque no ser feminista es hacerle el juego a las fuerzas que van contra el progreso de la sociedad, porque no ser feminista hoy es admitir que se valía no serlo ayer, cuando las mujeres no tenían derecho a la propiedad, a la anti-concepción, al voto o al divorcio. Cuando el adulterio femino era considerado como un atenuante en casos de asesinato.

Soy hombre y soy feminista. Sé que eso no es cosa de machos de verdad. Mejor así. ¿A quién le interesa ser un macho de verdad?

Soy hombre y soy feminista, pero eso viene sin que me haya puesto a pensar en ello. Porque una mujer no puede pasarse de tragos con la tranquilidad de un hombre, porque en ningún país del mundo – EN NINGUN PAÍS DEL MUNDO -se ha alcanzado la igualdad salarial, porque toda mujer que se destaca aún despierta sospechas, porque hay personas que se oponen al lenguaje incluyente escudándose en los conceptos de una institución obsoleta como la Real Academia de la Lengua (ycompuesta en su mayoría por hombres), porque todavía se hacen chistes sobre cómo conducen las mujeres, aunque la mayoría de los accidentes mortales sean causados por hombres.

Soy hombre y soy feminista. Tuve la suerte de que así me criaron. No se puede no ser feminista cuando el aborto aún no es un derecho en la mayoría de países, cuando una mujer que tiene múltiples compañeros sexuales sigue siendo señalada en la sociedad, cuando dos mochileras de veinte años acaban de ser asesinadas por ser mujeres. (Porque el feminicidio existe y no es cuando se mata a una mujer sino cuando se la mata por ser mujer ¿Es tan difícil entender la diferencia?).

Soy hombre y soy feminista. No es lo mismo que decir “Soy un hombre pero soy feminista” porque el “pero” suena a una excepción y no. Que se expliquen los que no lo son, porque el feminismo, entendido como un camino hacia la igualdad, es inseparable de la condición humana. Si la historia parece sugerirnos lo contrario es porque ha estado equivocada. La lucha consiste en demostrárselo.

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29
12
2015
Ricardo Abdahllah

La tiranía de la belleza

Por: Ricardo Abdahllah

De todos los argumentos que debían servirnos de consolación para soportar la terrible tragedia que significó perder una corona cuya ilusión nos duró (a nosotros, los colombianos, a quienes nos importan esas cosas) cuatro minutos, el más absurdo fue decir que “de todas maneras sabemos que las mujeres colombianas son las más lindas del planeta” porque no sólo olvida que el famoso concurso que se precia de ser “universal” nunca ha tenido representantes de Venus ni del asteroide B612, sino que ignora las mujeres que pueden verse en una tarde de verano en la Plaza de la Unión de Timisoara.

O las militantes kurdas, con esos ojos dulces pero llenos de la rabia de un pueblo que nunca ha tenido patria y que sabe que al resto del mundo ese dolor parece no interesarle.

O que las armenianas tienen la piel morena, el cabello crespo y los ojos café oscuro y las rusas una voz mucho más dulce y una risa mucho más frecuente de la que se les suele atribuir.

O que las iraníes son siempre elegantes, pero sin arrogancia. o que para describir a las mujeres de Somalía y Etopía se necesita tomar prestadas palabras de poeta viejo, como “altivas” o algo así (para las coreanas habría que decir “gráciles”)

Que las estadounidenses están siempre sonriendo hasta que se desmorona la fiesta pero entonces la siguen y así son de bellas.

Que en Marruecos los rostros resaltados por los cabellos cubiertos darían para decir que las marroquís, como las estadounidenses y armenianas y perunas y salvadoreñas y ucranianas son las mujeres más hermosas del mundo. Y no sólo las que tienen un cuerpo de reina (¿qué estupidez es eso “un cuerpo de reina”?) ni la edad de las misses (las mujeres mayores son hermosas, siguen siéndolo porque son mujeres). (Vicente Fernández y Ricardo Arjona salgan de este cuerpo!!!)

Decimos que nos robaron la corona porque somos un país acomplejado que tiene que proyectarse en los reinados y los deportes, que tras de que son falsos triunfos son triunfos individuales, para purgar la frustración de una construcción no como nación (la idea de nación me desagrada) sino como comunidad. Como no podemos avanzar en un proyecto social común, porque elegimos malos gobernantes y nos portamos peor que ellos, le damos la responsabilidad a los atletas y a las jóvenes ingenuas de dejar en alto el nombre de esa cosa que no existe pero de todas maneras llamamos “Colombia”.

Esa mentira “las mujeres de Colombia son las más hermosas” viene encaramada sobre otra igual de grave, que esos maniquís standard que envíamos a los concursos internacionales, esas mujeres convertidas – con su complicidad – en aproximaciones a un falso ideal de belleza que mucho tiene de complejo de inferioridad nacional se supone que “representan a la mujer colombiana”. Falso, las mujeres colombianas no tienen esa estatura, esos dientes perfectos, ni esa edad. Lo hermoso de las mujeres colombianas es que si hay algunas que son altas, que en algo se parecen a la “miss”, hay tantas, todas, que no. Que son bajitas, que son más delgadas, que son más gordas, que se alejan de esas medidas ideales. Que son mestizas. Tienen pecas. Churcos. Que no hay manera de representarlas.

Ese ha de ser el punto. Que buscar una representación de la belleza es negar que la belleza nace de la diferencia. Que valorar las personas en función de qué tanto se acercan a un standard, que de por sí no tiene sentido pero además nos es ajeno, es una discriminación de la misma naturaleza que el racismo e igual de artificial. Hoy nos parece que es absurdo decir que alguien es menos entre más oscura sea su piel, pero seguimos aceptando que lo es entre más se aleja de un ideal físico con el que no tenemos nada que ver. Los reinados, además de ser clasistas, ridículos, incitadores al consumismo y explotadores de la mujer, son la exacerbación de la “belleza” como discriminación.

Yo sé, todo este texto suena cargado de resentimiento. No es la intención, pero concedo que tras el tono hay tres importantes razones.

La primera es que estoy celoso porque a Ariadna Gutiérrez por su segundo lugar le propusieron un millón de dólares por hacer porno y a mí a pesar de tanto segundazo en premios literarios, jamás me hicieron una oferta similar.

La segunda, que no puedo no encontrar hermosas a TODAS las mujeres (y lamento haber nacido en una época en la que aún no se educa para encontrar hermosos a todos los hombres) y por eso no soporto rankings y clasificaciones de supuestas bellezas nacionales.

La tercera es que la belleza física es una tiranía y yo soy un demócrata radical, de esos que piensan que, con la excepción del Rey del Despecho y la Reina de la Tecnocumbia, a todos los monarcas habría que pasarlos por la guillotina. En sentido figurado (al menos) y así todos seríamos más iguales (iguales de lindos por ejemplo) y sobre todo más felices.

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12
2015
Ricardo Abdahllah

La fábula de los pedófilos y los carnívoros militantes

Por: Ricardo Abdahllah

Se me ocurre que podríamos llamar “carnívoros militantes” a las personas que no sólo comen carne sino que se dedican a joder la vida de quienes han escogido no comerla. Hubiera también podido decir “carnivoristas”, para dejar  en claro  que no sólo llevan un modo de vida sino que buscan imponerlo, pero me pareció que el “-istas” les daba ciertas letras de nobleza. Un mérito que no tienen, porque no hay ninguna gracia en “luchar” por defender un modelo ultramayoritario y perfectamente implantado. Al atacar en posición de fuerza (como quienes defendían la esclavitud cuando la esclavitud era la norma o quienes se oponen todavía a los derechos de quienes viven una sexualidad alternativa) actúan como los matones de la clase.

Pero insisten. Joden. De la misma manera en la que a un racista le duele que uno de cada cien inmigrantes ocupe una posición diferente a un trabajo de mierda, a ellos les duele que uno de cada diez restaurantes proponga una opción vegetariana y uno de cada mil una carta libre de productos de origen animal. Es demasiado, amenaza un modo de vida ancestral.

Y eso es falso, lo del modo de vida ancestral, no como hecho sino como razón, pero ellos los carnívoros militantes, saben que el argumento de que el cuerpo necesita carne para ser saludable ya ha sido científicamente desestimado y siempre te van a sacar eso, que el modo de vida ancestral, anclado en los instintos y tan ligado al placer, que nadie les va a quitar el derecho de ser cazadores.

Sólo que hay poco de la mística del cazador en un tipo con las arterias llenas de colesterol que pide un domicilio o va en carro al supermercado o  su restaurante favorito. Toda esa historia del instinto, no es sino una manera de embellecer una verdad mucho más simple, los carnívor0s, como los omnívoros que son casi todos los humanos, comen carne porque sabe bueno.

Eso.

No soy quién para negarlo. Ahora he perdido la costumbre y las únicas tres o cuatro veces que en los últimos años he comido carne, el sabor me pareció más neutro que delicioso (y la última fue una empanada que me quemó el paladar). No fue así al principio, porque sabía que el fastidio que le tomé cuando dejé de comerla era temporal y muchas veces, en particular después de cinco cervezas, sufrí soportando la tentación frente a un amigo que se devoraba un kebab bien grasocito o una hamburguesa de tres de la mañana. Con todo y que con los años he descubierto que los productos vegetarianos o veganos bien preparados saben mejor que la carne y sobre todo la barata, eso se los concedo amigos carnívoros: LA CARNE SABE BUENO.

Y lo repito LA CARNE SABE BUENO

MMMM

Pero moralmente esa razón es insostenible a la hora de justificar su consumo.

“Loveme” por Nicolas Dessaux – Fotografia própria. Licenciado sob CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons – https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Loveme.JPG#/media/File:Loveme.JPG

“Loveme” por Nicolas Dessaux

Me considero un hedonista y nunca he juzgado a nadie por lo que ve, escucha, folla, bebe o se mete en la nariz o los pulmones, pero creo también que aunque el placer es un derecho inalienable, éste está subordinado a que no cause daño. Manejar a cien kilómetros por hora ha de ser una delicia, pero aceptamos que no es posible hacerlo en el interior de una ciudad porque para garantizar el placer de la conducción a altas velocidades no podemos poner en riesgo la vida de los peatones. Algo parecido ocurre con la pólvora: tengo excelentes recuerdos de quemar totes, pitos y truenos y brincar por encima del añoviejo cuando era niño, pero entiendo que la pólvora se prohiba porque por culpa de ese placer (era un placer) había cientos de niños quemados. No fumo PERO entiendo el placer de los fumadores PERO (como la mayoría de ellos) acepto que no está bien fumarle en los pulmones a los que no quieren fumar.

A lo mejor lo que más se parece a historia de la carne es el sexo (por algo la metáfora que une las dos ideas es frecuente). Yo me gozo el sexo, yo estoy de acuerdo con todas las perversiones (digan no más) pero existe (y en eso mis colegas pervertidos están de acuerdo) el límite del consenso. Vale hacer lo que sea con el otro si éste lo acepta, pero no vale dañarlo ni pasar por encima de su consentimiento. Lo primero se llama lesiones personales, lo segundo violación. Está comprobado que, contrario a lo que se cree, los violadores no siguen una pulsión incontrolable, sino que buscan placer, pero difícilmente se encontraría alguien que justificara una violación basándose en que el agresor “seguía sus instintos” o “buscaba darse placer”. Como sociedad estamos construidos sobre el principio de que debemos controlar nuestros instintos cuando estos dañan a otro. Es una regla simple y la buena noticia es que sólo en raras ocasiones los placeres que nos procuramos dañan al otro.

El hecho de que en inglés la palabra predator se utilice tanto para los depredadores como para quienes abusan de los menores tiene, al final de cuenta, mucho sentido. Como un pedófilo no puede justificar que lo que hace es “saludable” o “necesario”, le quedan como justificaciones posibles que “sigue sus instintos” o “busca el placer”.

Nadie es culpable de lo que desea. No soy de los que creen que habría que castrar a los pedófilos o que sean monstruos inhumanos- al contrario, son un producto de la sociedad- , pero al mismo tiempo, la sociedad está obligada a poner en marcha todos los mecanismos necesarios para que esa pulsión/impulso/deseo no se satisfaga a costa del sufrimiento de los niños, así sea de manera directa, a través de la agresión, o indirecta, al consumir y así estimular la producción de pornografía infantil.

Como los niños no tienen los elementos de juicio suficientes para evaluar y expresar su consentimiento, aceptamos que la realización del deseo pedofílico es nociva en sí. No creo que ningún carnívoro militante (ni ningún militante del auto particular o la posesión de armas o de algún otro de esos “falsos nuevos derechos fundamentales”) se muestre en desacuerdo y salga a decir que “No hay defensor de la infancia que pueda oponerse al derecho de los pedófilos a consumir menores de edad”.

Sin embargo, a la hora de defender el consumo de carne, los carnívoros militantes utilizan el mismo razonamiento : “Tengo derecho a consumir lo que me da placer, aún si al hacerlo causo daño”.

Nadie es culpable de lo que desea. No soy de los que creen que habría que quitarle los dientes a los carnívoros (tampoco castrarlos) pero al igual que con los pedófilos y los locos de la velocidad, el placer que defienden es incompatible con una cierta idea de sociedad, aquella en la que somos libres de darnos todos los placeres que queramos con la única excepción de aquellos que destruyen la integridad de otros seres dotados de sentimientos.

Cuando los carnívoros militantes admiten que si aceptamos su razonamiento debemos también aceptarlo para los pedófilos, estarán claros los términos del debate. A partir de ahí  podemos seguir discutiendo el temita.

 

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28
12
2015
Ricardo Abdahllah

Star wars: más grande que los spoilers

Por: Ricardo Abdahllah

Taylor Durden es el mismo narrador que nos ha estado contando la historia. Marcus y Pierre terminaran por matar a golpes a un tipo que no es quien en realidad ha violado a Alex. La madre de Norman Bates ha estado muerta desde el principio. Dulcinea es una alucinación. El padre de Edipo es Layo y Edipo lo mata a crucetazos por un problema de transito. Otelo, muere, Macbeth muere, Hamlet muere y Romeo se casa son Julieta. Como casi siempre esas obras nos llegan después de haberlas leído a través de los comentarios de otros, o porque son parte de la cultura universal, nos enfrentamos a ellas conociendo el desenlace. Sin embargo a nadie se le ocurriría decir que por eso que ya no vale la pena ver El Club de la Pelea, Irreversible, Psicosis o que habría que dejar de leer a Cervantes, Sófocles o Shakespeare. Más aún, una de las primeras lecciones que se aprenden en un taller de literatura es que una de las características de una historia magistral es que supera su propio argumento. Es decir que hay en ella suficiente riqueza del lenguaje (escrito, cinematográfico o musical) y suficientes posibilidades de interpretación o goce para que no se agote en la primera lectura.

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Con Star Wars, (esa serie de películas que cuando yo era pequeño se llamaba La Guerra de Las Galaxias) pasa lo mismo. La creación de George Lucas no sólo tiene la vocación de las “novelas totales” de Tolstoi y Victor Hugo, con sus centenares de personajes que evolucionan en el tiempo y sus intrigas y sub-intrigas (así traduje ‘sub-plot’ en el borrador de este texto y no encontré nada mejor en toda la mañana) y los giros inesperados en la narración marcados por la inefabilidad (severa palabra!) del destino, sino que es sin duda el fenómeno de cultura popular más importante desde Los Beatles. Más aún, muy por encima de obras como El señor de los anillos, Harry Potter o Game of Thrones, Lucas y su equipo (y su ejército) logran crear un universo y darle coherencia. Borges, que sin duda siempre quiso lograrlo, no pudo con eso y tuvo que contentarse con escribir una historia sobre una cofradía secreta que sí podía. Con sus posibles interpretaciones políticas, metafísicas, políticas y teológicas y sus productos derivados que se incrustan en el mundo real, La Guerra de Las Galaxias es la materialización del Tlön borgiano.

Nada menos que eso.

Tanto que estoy pensando seriamente en ir a ver la película.

Gracias a las redes sociales me he dado cuenta de cuántos de mis amigos y de las personas que admiro hicieron fila juiciosos para ver la película apenas salió, se disfrazaron de startroopers o coleccionan muñecos de R2-ri-2 y lo lejos que están de los artículos que los critican a partir de los estereotipos. Escribo esto casi como una carta de disculpas a esos fans apasionados de la serie, que hace un par de semanas se molestaron tanto por un inocente comentario donde revelaba un punto importante del argumento de la parte VII. Yo a ratos me pregunto si aún soy fan de algo) pero no se necesita serlo para reconocer que La Guerra de las Galaxias tiene todos los méritos de una obra mayor del espíritu humano y que gracias al encanto de las historias que se nos convierten en clásicos perdurará por mucho más tiempo que muchos delirios intelectuales posmodernos, que por eso mismo no hay ‘spoiler’ capaz de arruinarla.

Ese es el mejor homenaje póstumo que podemos hacer al hermoso forajido que fue Han Solo.

 

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26
11
2015
Ricardo Abdahllah

París no tiene la culpa (de que la queramos tanto)

Por: Ricardo Abdahllah

1511 19ParisToujours (11) (Copier) Hoy es el segundo miércoles después del viernes 13. Si escribiera en francés, este texto sería diferente, pero en Colombia saben, sabemos, lo que son los atentados y los tiroteos. Aunque nunca mataron a 90 personas en un concierto de rock crecimos con eso. Nos enseñaron a evacuar el colegio en caso de carro bomba y cuando escuchábamos las explosiones, nos asomábamos por la ventana a ver de dónde era que salía la columna de humo. Un juego.

En París, en donde he vivido nueve de los últimos diez años, y donde no ha habido bombas desde 1995, no sabían de esas cosas. Claro, habían tenido la doble advertencia de Charlie y el supermercado kasher, pero no podían, no podíamos, imaginarnos. Viernes 13 por la noche. Como soy periodista no he parado desde entonces para tratar de contar lo que pasaba. Por un lado para desenredar la madeja, para darle un cierto orden; por otro para acabar de enredarla, porque lo más peligroso es creer que la cosa es simple. A lo mejor eso es lo que hacemos los periodistas, encontrar los hilos de la madeja y mostrar que para dehacerla no basta tirar con fuerza de las puntas. Todas las noches soñé con testimonios. Con la gente que me había contado lo que vio o que conocía mejor los fenómenos que llevaron a que pasara Luego, a horas imposibles, me sonaba el celular y via telefónica a través de un teléfono que se escucha mal luego de tanto golpe, tenía que explicar a radios de ya no sé dónde un asunto que yo tampoco era capaz de entender.

Escribí todo el tiempo y sin embargo hasta ahora tengo la impresión de que escribo. El domingo pasado la baja de adrenalina trajo la reflexión y a fuerza de no tener que hablar más al respecto el hueco que deja la falta de palabras. De ahí qué se hace sino volver a los bares y escuchar a los amigos decir que también ellos al entrar miraron cuál sería el lugar más seguro en caso de tiroteo. Yo no creo que, como dicen, los comandos atacaran un estilo de vida festivo,porque disparaban a ciegas y mañana se encontrarán otra justificación pero entiendo esa reacción de salir a tomar para mostrar que se sigue viviendo. Vi las flores que llenaban el andén frente a La Belle Équipe. Una señora africana llevaba a sus nietos de la mano para depositar dos volantines de colores. Con dos cervezas en la cabeza, era aún más duro pasar frente a las terrazas y ver a la gente cenando o tomando una cerveza y pensar que los que mataron eran gente como ellos. Como uno. Como los amigos. No es que la ciudad esté triste. Hay, al contrario, una euforia grave. Uno sabe que se va a morir algún día , pero tienen que venir los manes de las kalachnikov a recordárselo.

Es inútil decir que yo no pienso que esos muertos valgan más que otros, lo irónico es tener que salir a decir que a) no, esos muertos tampoco valen menos que otros.

Y b) sobre todo que no, no merecían morir.

1511 19ParisToujours (3) (Copier)

a) no, esos muertos no valen menos que otros

Estos días he tratado de poner en una palabra lo que se siente en las calles. No es precisamente tristeza, aunque de eso hay algo y también de decepción, de esas perdidas de la inocencia. En cambio no había odio, ni rabia. Era una indignación de dientes apretados. Del que no entiende. La rabia vino de afuera, de aquellos para los que era indignante que el mundo de indignara con los muertos de París, de aquellos que con el argumento de que “las vidas de los muertos en otras partes no valen menos” insinuaban que ”las vidas de los parisinos sí que valen menos”.

Apenas el mundo se enteró de las masacres comenzaron las muestras de “solidaridad”, que yo prefiero llamar de “empatía” ya que son más una reacción emocional que una acción concreta. Es el 2015 y el vehículo principal de esas muestras son las redes sociales y allí había para escoger entre las dos opciones más populares que fueron el hashtag #prayforparis en Twitter o el filtro que permitía combinar la foto de perfíl con la bandera francesa en Facebook. Como soy ateo y no me gustan las banderas (con excepción de la del arcoiris) no me uní a ninguna de las dos, pero así supiera que la euforia era pasajera y el gesto estuviera cargado de ingenuidad, había en él mucho de sinceridad. Por lo menos un “No está bien que maten a la gente”, que para los que estamos aquí se sentía también como un “No estaría bien que te mataran por andar en la calle”. Una extensión del #JeSuisCharlie que quería decir “No estaría bien que te mataran por unos dibujos” y también de los mensajes personales de amigos y desconocidos que me llegaron por todas partes y que entendí como un “No me gustaría que te mataran A TI, RICARDO NI A NINGUNO DE TUS AMIGOS”.

Era uno de esos raros momentos en los que la gente es capaz de compaginar con una tragedia que no la ha tocado directamente, pero a ese gesto le salieron críticos. El argumento era que la reacción, de los medios, de la gente, era desproporcionada comparada con la que se había visto por otros actos del mismo tipo, lo que es medio falso y medio explicable.

Medio falso porque apenas unas semanas antes la foto de un niño kurdo ahogado en una playa de Turquía, había provocado una reacción de “emotividad global” comparable o tal vez mayor y logrado un cambio en la actitud hacia los refugiados que en muchas casos ha perdurado hasta ahora. Cada tragedia natural o cada acto de guerra particularmente cruel o inusual trae su “ola de solidaridad” así sea virtual. Ese fue el caso de las niñas secuestradas por Boko Haram, o de el reclutamiento de menores en las tropas de Joseph Kony, de la persecución de cristianos por parte del Estado Islámico, del sitio de Kobane, o los 33 mineros chilenos. Todas estas causas despertaron simpatía a pesar de que sus víctimas no eran “blancos/europeos/privilegiados” , de hecho muchas de las víctimas de París no lo eran por la simple razón de que los parisinos no lo son. Tampoco se puede culpar a los medios. Los atentados de Beirut, un día antes de los de París, y de Tunez esta semana tuvieron la cobertura que se los podía dar en ciudades donde hay menos corresponsales y menos facillidades para la prensa que en Europa occidental, pero la empatía global no llegó. Puede que los lectores se saltaran la noticia porque un atentado les parece normal en “esos países por allá”.

Por ahí llegamos a la mitad “explicable”: somos más empáticos cuando la idea mental de una explosión (el ruido, el fogonazo) podemos completarla con referentes conocidos. Y París es una ciudad llena de referentes, tanto que no se necesita visitarla para conocerla. Puede que muchos de esos referentes sean falsos: los Campos Elíseos no son más que una avenida llena de marcas globales y empaques de comida rápida llevados por el viento y el París-Disneylandia en el que vive Amélie Poulain nunca lo he visto (para ser justos, tampoco el de “Rayuela” ni el de Hemingway) pero esa París vista o leída o escuchada nos sirve para darle cuerpo a una información abstracta. Esas construcciones mentales por supuesto tienen raíces en factores geopolíticos que pasan por la colonización (ahorita hablamos de eso) en el sentido de que las metrópolis exportaban la imagen de sus capitales hacia las colonias, pero también tienen que ver con el arte, la academia y la cultura: los cientos de miles de estudiantes extranjeros, refugiados e inmigrantes han participado tanto como Henry Miller, Woody Allen y Bolaño en la construcción de esa Idea-de-París que el resto del mundo vio tan herida o más que la París de verdad.

1511 19ParisToujours (20) (Copier)

b) esos muertos no merecían morir

El 11 de septiembre del 2001, muchos estudiantes de mi adorada UIS aplaudieron cuando vieron en el televisor de la cafetería universitaria cómo se derrumbaba la primera de las torres gemelas. Lo hicieron porque lo veían como un castigo justo y necesario a las políticas estadounidenses, como si a Bush y “al fantasma de McCarty y a los recuerdos de Nixon” les importaran los empleados de todas las nacionalidades que estaban en las torres. Mi hermana, a quien de todo se le puede acusar menos de pro-estadounidense, no lo hizo porque sabía que esta belleza de hermano que soy estaba ese año en Estados Unidos.

Y ahí está la diferencia.

Cuando en enero pasó “lo de Charlie” tuve que escuchar las excusas más cínicas del mundo de parte de quienes justificaban el ataque. Muchos de esos “se lo buscaron” que venían de una tierra que había llorado unánime a Jaime Garzón, que es lo más parecido a Charlie Hebdo en el mundo. Esta vez supuse que quienes decían “esos caricaturistas de la burguesía se lo merecían” no iban a encontrar argumentos para condonar la muerte de ciento y pico de transeúntes. Con más timidez, o mejor dicho, más cobardemente, pero ahí terminaron por aparecer. Y quienes lo usaban tenían el descaro de decir que lo hacían en el nombre de otros muertos.

Nadie se merece que lo maten, pienso yo. Pero poner una bandera de Siria justo después de los atentados de París era insinuar que sí. Que se lo merecían. Esa “solidaridad” repentina no nace de la compasión por la población civil de Siria o Líbano o el resto del mundo, sino del desprecio de la población civil de Paris. Más aún si quienes ponían las banderas árabes lo hacían con una ignorancia total de la situación que los llevaba a decir cosas como que estamos en una guerra “por el petróleo” aunque no haya reservas en Siria y sobre todo a poner fotos y videos de niños sepultados entre los escombros de ciudades como Homs y Alepo que supuestamente buscaban concientizar al mundo sobre las consecuencias francesas de los bombardeos en Siria, cuando en realidad se trata de imágenes de los bombardeos e incursiones de las tropas de Bachar Al-Asad, un dictador que durante cuatro años ha masacrado a su pueblo para conservar el poder que heredó de su padre y a quien se le deben más del ochenta por ciento de las víctimas de la guerra. En ese contexto muchos sirios solicitaban ayuda militar extranjera y aunque uno esté en principio en contra del intervencionismo, también entiende que la gente acepte ayuda para no dejarse masacrar. Aún se acusa a Europa de no haber intervenido a tiempo en el genocidio de Rwanda y de una falta de determinación que terminó por provocar varias de las peores carnicerías en las guerras de la ex-Yugoslavia. Por otro lado fue en París donde nacieron organizaciones como la Federación Internacional de la Cruz Roja, Médicos Sin Fronteras y Médicos del Mundo sino que durante décadas, Francia ha recibido exiliados y perseguidos políticos de todo el mundo además de participar con recursos, ideas y logística en numerosas negociaciones de paz entre ellas varias de las que han tenido que ver con el conflicto colombiano. Nuestra guerra y nuestras víctima, vea pues, les han importado.

Eso no quiere decir que Francia (o Rusia o Turquía o las monarquías del Golfo) estén interviniendo en Siria por razones humanitarias, ni tampoco que no exista una responsabilidad europea en el surgimiento del Estado Islámico. Tampoco puede negarse el peso de las políticas coloniales y neocoloniales europeas en la degradación de la situación en el tercer mundo ni menos aún las responsabilidades que de ellas se derivan, en particular en términos de acogida de inmigrantes, pero si justificamos que como consecuencia de esas políticas se asesinen civiles en territorio francés entramos en la peligrosa doctrina de la “responsabilidad colectiva” y justificando barbaries que van del incendio de Dresden y las bombas de Hiroshima a los bombardeos sobre Gaza y la deportación de colombianos en la frontera con Venezuela.

Los que mostraron su empatía hacia París no merecen ser criticados por no tener tantos referentes acerca de Siria o Beirut; los que murieron en las calles y en la sala de conciertos el pasado viernes 13 no eran responsables del pasado colonial de Francia ni de sus recientes torpezas estratégicas. Tampoco París tiene la culpa de que la queramos tanto.

 

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10
11
2015
Ricardo Abdahllah

Peñalosa podría paradojicamente participar positivamente proyecto político Petro próximo presidente

Por: Ricardo Abdahllah

Desde que Jesús ascendió al cielo en cuerpo y alma dejando tirados a los cristianos para que se los comieran los leones no creo en los mesías. Por eso, y porque el gran error en la historia de la izquierda ha sido amañarse en el poder, se me ocurría que aunque yo habría votado por Clara López, Pardo o Peñalosa, que vienen de una centro-derecha más o menos civilizada y respetuosa de la democracia, podrían también hacer un buen trabajo en la Alcaldía de Bogotá. Que ya que no había más que hacer, habría que darles su oportunidad.

El nombramiento de Pardo como ministro del POSconflicto, acabó con la mitad de esa ilusión porque demostró que a pesar de que sea un hombre sin acusaciones de corrupción (lo que no debería ser un caso raro sino el requisito de todo aspirante a un cargo público) pertenece al fin y al cabo a esa casta de políticos a los que “hay que tenerles puesto” de manera que si los votantes no los aprueban, haya que darles una embajada o ministerio para curarles la depresión POSelectoral.

De Peñalosa sabemos por ahora que suspenderá los centros de atención a drogadictos y que por las reservas de su equipo de gobierno se ha congelado el apoyo presupuestal del Gobierno al metro de Bogotá. Así echará por tierra dos de los logros que hasta muchos de los más amargos opositores de Petro le reconocían como vitales para la ciudad. La jugada es tan torpe que no hay otra opción que creerle a quienes dicen que lo que único que busca es demostrar que la izquierda no le dejó nada bueno a la Capital.

Al fin y al cabo fue para eso que lo eligieron. Petro podrá tener un montón de defectos que no hay que dejar de criticarle, y cometió torpezas que no había que celebrarle, pero muchos de los votantes de Peñalosa y sobre todo de las fuerzas políticas y de opinión que le dieron fuerza, no están movidos por un odio hacia Petro como persona sino por un miedo a que la izquierda se crezca como fuerza política. Ese miedo ni siquiera es ideológico. Las clases altas no le temen a la izquierda como ideología sino a la idea de “expropiación “porque lo único que defienden es la propiedad privada. La de cada uno de ellos, por supuesto, ni siquiera la del vecino. Peñalosa podrá hacer lo que quiera con sus bicicletas y sus ideas urbanísticas de avanzada importadas del Primer Mundo, pero nunca se convertirá en un presidenciable y menos aún en uno que hable de nacionalización o reforma agraria.

Como Bogotá es una megalopolis inmanejable y aún no ha calado la idea de que no porque un alcalde no logre convertirla en un paraíso es un mal administrador, todo alcalde de Bogotá es malo a los ojos de una gran franja de sus electores. En ese sentido una alcaldía de Clara López, habría sido un desastre para la izquierda nacional porque reforzaría la idea de que la izquierda es incapaz de arreglar las cosas.

La alcaldía de Peñalosa, a juzgar por los indicios que nos ha dado, va a demostrarle a los bogotanos, que la derecha no sólo es incapaz de arreglar lo inarreglable, sino que no hace el mínimo esfuerzo por trabajar allí donde se puede. Que por definición, la derecha intenta conservar las cosas como están y que por eso no tiene sentido votar por la derecha cuando las cosas están jodidas. Puede que Peñalosa no se contente con quedarse mirando, pero Bogotá que estará lejos del paraíso que los opositores de Petro querían hacer creer que algún día existió. Los dos grandes problemas de la ciudad, la inseguridad y el transporte, seguirán ahí, intactos y tal vez más graves, porque a la ciudad seguirán llegando desplazados por el conflicto, la hiperconcentración de la tierra y la desastrosa centralización que hace imposible encontrar trabajo en las ciudades intermedias. El genial primer paso de Peñalosa al desmontar dos avances claves en esos aspectos no hará por supuesto nada más que agravarlos.

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Al final de la era Peñalosa, los bogotanos habrán perdido cinco años, pero es posible que Colombia los haya ganado, porque esa cuarta parte de los colombianos que vive en Bogotá, se habrá dado cuenta que la derecha no sólo no logró solucionar los problemas históricos y estructurales de los que acusa a tres administraciones de izquierda, sino que además dejó agravar aquellos relacionados con la exclusión social, el acceso a la educación y la salud y la integración de los nuevos habitantes a los que los gobiernos de izquierda había comenzado a darles solución.

De esa comprobación y la inteligencia política de los bogotanos saldrán millones de votos para la izquierda en unas elecciones presidenciales en las que el nombre de Gustavo Petro sin duda estará en la baraja. Puede que sea tanta la buena suerte, que el Partido Liberal, encabezado por Pardo incluso termine por adherir al proyecto petrista con la ilusión de que al menos les quede el ministerio del Posposconflicto. Puede también que Peñalosa, que siempre es hincha del que va ganando, termine también por ofrecerle su apoyo.

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08
11
2015
Ricardo Abdahllah

Por qué no iría a ver a los Stones (y por qué no vale la pena ese concierto)

Por: Ricardo Abdahllah

¿Cuánto llegarían a pagar los colombianos por ver una banda de la que se saben una sola canción? Hasta 1.800.000 pesos según los rumores.
¿Cuántos colombianos pueden pagar fortunas para ir a un concierto con un grupo por el que no sienten ninguna empatía particular¿. 50.000. O 49,000 mejor dicho, ya les explicaré por qué.
¿Cuándo? El 10 de marzo del 2016, según puede leerse aquí, pero para eso habrá que trasnocharse frente al computador el próximo 18 de noviembrey a lo mejor haber empeñado un higado para contar con el dinero.

Si me preguntan en abstracto si aún vale la pena pagar para ver a los Stones digo que sí. Si me preguntan si vale la pena pagar lo que están pidiendo en Colombia por ver a los Stones en un estadio con cincuenta mil personas, digo que yo los ví por ochenta euros, unos 300.000 pesos y que ya me iba pareciendo demasiado. A los precios colombianos, no, no iría a verlos y no creo que valga la pena.
Y eso a pesar de que alguna vez dije que un polvo, un viaje y un concierto son vainas que uno no deja pasar sin que luego le queden remordimientos y eso a pesar de que durante el evento viví momentos tan especiales como este

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Al pensar en los conciertos inolvidables de mi vida me vienen a la cabeza el de La Pestilencia en el Coliseo de Lagos III en Bucaramanga, las dos veces que he visto a Amanda Palmer y a Roger Waters y cada una de las presentaciones de Leonard Cohen o de R.E.M. También la única vez que vi a Pearl Jam, en el Festival de Arras. En cada una de esas ocasiones artistas que la daban toda en el escenario, sin hacer concesiones al facilismo tenían enfrente espectadores que no sólo conocían las canciones sino que las sentían desde adentro por todo tipo de razones: porque Cohen es el mejor letrista del último siglo, porque Vedeer y porque en el colegio uno se había definido a partir de las letras de Dilson Díaz.
Cuando el artista ofrece una presentación marcada por la honestidad, y el público, así sea movido por la nostalgia, llo espera con una apreciación sincera, se crea entre los dos una conexión que produce lo que en el lenguaje especializado se denonima “un concierto ni el hijueputa”.
Ese es el ideal, pero un concierto puede ser al menos un “conciertazo” si por lo menos una de las condiciones se cumple. Yo no sabía gran cosa de bandas como The Killers, Placebo o Florence and The Machine cuando los vi por primera vez en vivo pero me convertí en fan absoluto después de ver lo que eran capaces de entregar. Por otro lado, aún si los artistas se limitan a cumplir sus papel, un “conciertazo” también lo puede hacer el público. A estas alturas de la vida es difícil seguir admirando a W. Axl Rose o negar que MetallicA no es una banda de metal sino una empresa a la que sólo mueve el dinero, pero la gente que va a verlos o a los Gunners no sólo conoce de memoria las letras de las canciones sino que siente cada golpe de guitarra, bajo o batería. Gracias a esa emmoción, puede que aunque uno tenga en frente a un payaso patético, un hombre cansado del oficio o un cerdo capitalista, la música basta para olvidarlo por unas horas. Al otro día tenga la voz ronca y el cuello adolorido de tanto cabecear. Yo volvería a pagar caro por ver a esas dos bandas, o a Maiden o a Slayer o Cradle of Filth y porque sé que en esos conciertos se transforman en eucaristías paganas no sólo porque la gente se sabe las letanías sino porque cree en ellas, o al menos en una época creyó. Por esas mismas razones aún tengo entre los pendientes a Aerosmith.
Queda una tercera opción los “shows que se dan garra”. Esos espectáculos que hacía Michael Jackson, que aún hacen Madonna , AC/DC o tal vez Kiss.

Los Stones no dan un “show que se da garra”, sólo un mes después de verlos asistí en el mismo escenario a una presentación de Indochine que sí se la daba. Cómo también es ingenuo pedirle a los mejores performers del mundo la honestidad humilde que diera para un “concierto ni el hijueputa”, el precio de la boleta sólo podría justificarse con la opción “conciertazo” pero para eso se necesitaría un público que los adorara. Ý la banda de Jagger/Richards y compañía nunca tendrá suficiente público que los quiera de corazón para llenar un estadio en Colombia.
La culpa lo tienen los Stones, por ser tan buenos músicos y tan complejos como los Beatles, pero porque a diferencia a de los chicos de Liverpool, nunca tuvieron una época de pop lígero que les sirviera de gancho y no cedieron a la tentación, o no supieron cómo, de hacer canciones pegajosas que funcionaran en los estadios. Como siempre han sido más blues que rock n’ roll, sus canciones con coros cantables son poquísimas y de esas ninguna tiene además estrofas que una multitud pueda entonar sin esfuerzo. Paradojicamente los Stones son tan buenos han logrado mantenerse durante cincuenta años en la cima del mundo sin que casi nadie se sepa sus canciones.

Por eso mismo los verdaderos “stonianos” del país , los que se las cantan todas y lloran con varias, los que podrían crear una conexión que convirtiera un banal estadio de fútbol en templo del rock n’ roll, no han de ser más de mil y eso si contamos a Carlomago Umaña y a Sandro Romero Rey.

Esos fans de corazón, boca gritona y lengua afuera, se terminarán diluyendo entres los 49.000 asistentes que no irán al estadio para ver a la banda sino para decir que la vieron. Gente que de los Stones sólo conoce la letra de “Angie” y el punteo de “Paint it Black” pero al leer este texto ni siquiera se dará cuenta que al título de la canción le falta una coma. Espectadores de todo lo que sea cool y caro a los que el nombre de Brian Jones no les dice gran cosa, que ignoran que el primer productor de la banda vive hace décadas en la 72 con Séptima y que cuando, como en toooodos los conciertos, los Stones toquen de penúltima “Sympathy” va a contentarse con decir “Uh uh. Uh Uh” en lugar de cantar a todo pulmón esa severa reflexión sobre el papel del diablo en la historia que Jagger escribió directamente inspirado de “El Maestro y Margarita”.

Porque, admitálo querido lector que ya anunció en todas partes que comparará la mejor boleta como hizo con Depeche Mode de quien sólo conocía “Personal Jesus” y de The Cure aunque no supo nada nuevo desde “Killing An Arab”. Usted que por esa vocación medio traqueta de mostrarse hace subir los precios de las boletas y se le tira la fiesta a los fans de verdad obligándolos a quedarse en casa o a ver de lejos a las artistas por los que ha esperado toda la vida, usted de “(I Can’t get no)Satisfaction” sólo se sabe el coro y nunca se ha puesto a pensar en de qué putas habla la canción.

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23
10
2015
Ricardo Abdahllah

Daniel Raisbeck, el Ron Paul de los trópicos, el uribista ilustrado.

Por: Ricardo Abdahllah

Si yo votara en Bogotá, a estas alturas estaría sufriendo de esquizofrenia. Ninguno de los tres candidatos “de verdad” (Pacho Santos es de mentiras) carece de ciertos méritos para el puesto: Peñalosa hasta podría retomar la política urbanística de su primer mandato, donde continuó la línea de Mockus y logró que Bogotá diera un salto de décadas; Pardo es un político ponderado que quizar administraría la ciudad con cierta ponderación y “sabiduría”; Clara López garantizaría una continuidad de las políticas de inclusión de los gobiernos de izquierda que han hecho avanzar socialmente a una capital acostumbrada a la indiferencia y la segregación (y creo que de las tres cosas esa es la más importante)
Yo creo que con una alcaldía colegiado ganaríamos todos. Puro poliamor democrático.

En cambio es preocupante el furor que está causando Daniel Raisbeck, un candidato que nadie conocía y que no va a ganar, pero que juega sobre la idea de ser “diferente” y “silenciado por los medios”, en la misma estrategia de la extrema derecha europea y norteamericana, para difundir ideas que al final resultan más peligrosas que las de los candidatos tradicionales.

Raisbeck, que es más joven que yo, es decir, un mocoso, se define como “Libertariano”. Según quienes lo reinvidican (al término, no a Raisbeck), un libertariano puede, entre muchas otras cosas, ser un defensor de la autogestión que simpatiza con el socialismo o  un fánatico  furibundo de la libre empresa y el “todo vale”.

Es ese tipo de “libertarianismo de sálvese quien pueda” el que nos propone Raisbeck:  lo largo de su programa, subyace la idea de que si se eliminan las restricciones (que ya son pocas) al capitalismo y la “libre” empresa, la competencia y la dinámica de oferta y demanda se encargarán de mejorar las condiciones del total de la población. Si le creemos a Raisbeck, la “mano invisible del mercado”, un concepto marginal (y según Noam Chomsky, irónico) dentro de la obra de Adam Smith, que no ha dado resultados positivos en ninguna sociedad en los pasados dos siglos, funcionaría mágicamente si se aplica a dos mil seiscientos metros más cerca de las estrellas.

Pero, no exageremos, Raisbeck tampoco aboga por la desaparición total del estado. Cuando  le preguntan por el tema se define como “minirquista”. “-ista” porque hay que poner un sufijo y “mini” porque le parece esencial que quede un poquito de estado, porque si el estado desaparece del todo, se caería en el anarquismo y esa libertad total (a la que temen los libertarianos)  pondría en riesgo la propiedad privada.

Cuya defensa es uno de los pilares de su programa.

Es decir, que para el libertariano Raisbeck lo único que debe quedar de ese estorbo llamado estado es la policía.

Por eso el énfasis de su plan de gobierno en reforzar el margen de acción y el número de agentes y endurecer los castigos penales. Como complemento a “castigar al hombre” nada mejor que “no tener que educar al niño”: en lugar de fortalecer la educación pública universal, que es la base del desarrollo de cualquier sociedad, Raisbeck propone se otorguen a los padres de familia bonos para que inscriban a sus hijos “en el colegio privado que quieran”.

Por supuesto en Colombia, tampoco uno puede pretender que sus hijos estudien en Miami, como Rainsbeck tuvo la suerte de hacerlo.

Por supuesto, según los principios de no-intervención libertarianos, el estado no podría obligar al Gimnasio Moderno, al Liceo Francés o al Helvetia a recibir miles y miles de alumnos pobres. Es escándalo de las viviendas de interés social en un barrio estrato 6 nos puede dar una idea de la tolerancia de “ciertos sectores” a la hora de mezclarse con ciertos otros sectores.

Con seguridad, esos alumnos pobres no admitidos en instituciones para ricos,  tampoco tendrían cupo en una red de colegios distritales debilitada a causa de la disminución de recursos. La mano invisible aparecería tal vez con la creación de aún más centros educativos privados de baja calidad, sin ningún control de instalaciones ni de contenidos pedagógicos y con profesores explotados laboralmente, (a Raisbeck no le gustan los sindicatos, a los que también como un estorbo) que de todas maneras no cubrirían las necesidades de la totalidad de la población. ¿Suena a déjà vu? Claro, porque Colombia intentó ese enfoque de disminución de la intervención del estado, libre competencia sin regulaciones y concesiones a particulares en el campo de la salud. Se llamó  la Ley 100 de 1993. Sólo que como somos un país tan tercermundista ni nos dimos cuenta que era una ley “libertariana” y apenas podemos constatar que la gente se siguió muriendo más y de cosas menos grave que cuando existían los hospitales de caridad.

¿Candidato diferente Raisbeck porque dice que los semáforos atentan contra la libertad de circulación de los automovilistas? Diferentes Mockus cuando enseño a los bogotanos a respetar a su ciudad y Peñalosa cuando se subía con una flor a las busetas y siendo alcalde se atrevió a expropiar terrenos al Country Club. Diferentes los gobiernos de Petro y Lucho Garzón que lograron expandir la educación y poner sobre la agenda las minorías y los derechos de los animales.

Privatizaciones masivas, ningún control para las grandes empresas, desmantelamiento del derecho de la educación y a la asociación sindical, fuerzas policiales al servicio de la propiedad privada. Ninguna mención de fondo sobre la libertad individual más allá de la legalización de las drogas (que hasta Santos defiende). El libertarianismo que nos presenta Raisbeck no apunta a la libertad individual como oposición a la coerción estatal sino a una competencia donde salen ganando quienes tienen un cierto capital económico, social, intelectual que quienes, por estar en situación desventajosa, tienen que asociarse para hacer valer sus derechos.
Sólo le faltaría abogar por que cada uno defienda a bala esas ideas para tener una versión encorbatinada del más rancio uribismo montañero.
Y, vea pues, Raisbeck defiende el “derecho” a armarse y a la “defensa propia” incluso con armas de fuego. Es decir, a la autodefensa.

Rainsbeck es, al fin de cuentas, una especie de uribista ilustrado, que nos hace el favor de traernos a este moridero ideas como que existe un “derecho” a tener armas y que tenemos que revelarnos contra los impuestos, muchas de ellas copiadas del texano  Ron Paul, el político emblema del “libertarianismo” norteamericano al que un estudio de los profesores Howard Rosenthal y Keith Poole calificó como “el político más conservador de los últimos cien años”

Raisbeck no sueña con ser el alcalde de Bogotá sino el Ron Paul de los trópicos. Y habrá quien, dicéndose antiuribista, vote por él porque las ideas uribistas les parecen aceptables si nos llegan envueltas en un discurso posmoderno.  Y vienen de afuera. We are south american rockers.

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18
05
2015
Ricardo Abdahllah

El torero y la joven ciclista

Por: Ricardo Abdahllah

Nunca conocí a Erika . A pesar de eso , Bucaramanga llama, éramos amigos en Facebook y teníamos algunas decenas de amigos en común. Fue así como me enteré de su muerte. Tenía 26 años.  La golpeó un Transmilenio cuando trataba de esquivar un bus de la Universidad Manuela Beltrán estacionado en el lugar por el que debían pasar las bicicletas.

Ese mismo día, o el anterior, o el siguiente, un torero de nombre Saúl Jiménez Fortes recibió una doble cornada en el cuello en la Plaza de Las Ventas. Las fotos son impresionantes.

Cuando empecé a leer la historia de la joven ciclista me hizo pensar en varios amigos que a pesar de la peligrosidad de las calles bogotanas y de un clima impredecible como pocos, han escogido transportarse en bicicleta. Fue leyendo los detalles que me enteré que la chica, además, venía de Bucaramanga para trabajar en la capital, como lo habían hecho tantos conocidos y luego supe que teníamos muchos amigos en común que, en medio del dolor, hablaban de sus crespos, del metal y el reggae y la salsa, de que ella era la pura alegría.

No quiero recurrir a Erika como un símbolo de quienes defienden la bicicleta como un medio de transporte alternativo que debería ser mayoritario, ni a la cornada que recibió Jiménez Fortes como una imagen icónica para los antitaturinos. En el primer caso por respeto a la tristeza ; en el segundo porque lo mejor es olvidar su nombre. De todas maneras  las dos causas terminarán por ganar y quienes hoy defienden el auto particular como rey de la ciudad y la fiesta brava como una tradición nos parecerán de aquí a veinte años tan ridículos como los que hace un tiempo se oponían al derecho de las mujeres a la propiedad privada o de los negros a asistir a la escuela.

Lo que quiero decir es que si hace una semana me hubieran preguntado si todas las vidas valen lo mismo yo habría dicho que sí, pero habría sido una respuesta automática, una de esas cosas que hay que decir. Ahora pienso lo contrario, que no tengo ni la sabiduría cobarde ni la tranquilidad de consciencia necesaria para que todas las vidas valgan lo mismo  No creo que se puedan poner en la misma balanza un indígena que armado con un bastón ritual defiende la poca tierra que le queda a su comunidad y la del policía que armado y con armadura le dispara sin ni siquiera ponerse a pensar qué intereses está defendiendo.  Me duele más la muerte de un maestro que la de un soldado, la del que tira una piedra contra un tanque, que la del que dispara una ráfaga contra una multitud desarmada. La de un inmigrante que se ahoga en el Mediterráneo que la de un político neonazi austriaco que se mata manejando borracho.

No todas las muertes pueden entristecerme como me entristecieron las muertes de Carlos Pizarro o de Carlos Gaviria; no me entristecieron la de Álvaro Gómez Hurtado ni la de Margaret Thatcher ni la de Juan Pablo II.

Tampoco creo que nunca sintiera tristeza por la muerte de un torturador, una categoría que me gusta amplía para que allí quepan  Julio César Turbay y los soldados americanos de Abu Gharib y un montón de agentes del F2 y el B2 y Pinochet y los toreros.

Erika murió en el borde de la calle.  La atención médica  a Jiménez Fortes fue rápida y de la mejor calidad. El portal especializado Aplausos.es lo entrevistó en el hospital donde dijo que esperaba volver a torear pronto. Jiménez Fortes no se arrepiente “Esa misma tarde, con el primer toro viví sensaciones muy bonitas » llegó a decir.

La tauromaquia no puede justificarse sin esa cierta arrogancia que atribuye a los hombres el papel de reyes de la creación. Como si esta vaina hubiera podido ser creada por alguien, un cínico que no fue capaz de mover su dedo para que el torero muriera en la arena y la chica ciclista llegara tranquila a casa y entre las dos noticias otra relación que el hecho de que aparecieran una seguida de la otra en mi timeline.

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15
05
2015
Ricardo Abdahllah

El día del alumno

Por: Ricardo Abdahllah

En el 2003 yo acababa de terminar mis estudios de ingeniero. Como había hecho la tesis para Ecopetrol, la compañía estatal era un poco mi destino natural. Había pasado la prueba psicotécnica ( eso habla mal de las pruebas psicotécnicas) y me habían llamado a una entrevista. Tras la cual habría otra. El proceso era largo y por esa historia del pan y el sudor de la frente yo necesitaba trabajar. Mi maestro-gurú-tutor-senseí de literatura, Hernando Motato, supo que buscaban un profesor de Español en el Instituto Caldas. De allí habían salido mi hermana, mi tía, un par de primas y algunos compañeros de borrachera pero él no lo sabía.
Sabía en cambio que fue el primer colegio de Bucaramanga en el que habían dejado que los estudiantes llevaran piercing y pelo largo.
Yo tenía el pelo largo en ese entonces.
(suspiro)
“Puede servirle mientras sale lo de Ecopetrol” dijo y yo dije “Mientras tanto. Prof’ despañol, why not?”
Cuando la rectora me entrevistó, dijo que yo no servía para profesor de español, pero que siempre había creído que un profesor de literatura, no de español Y literatura, era necesario.
En las dos cosas, doña Luthing Ocaziones, era visionaria.
“Tiene carta blanca. Haga lo que quiera con tal de que lean”.

Mi primer curso fue un Cuarto Primaria. Había un cierto, Bill Álvarez, que hacía ruidos de marrano.

Eso recuerdo.
KILL BILL

La siguiente clase les llevé “Instrucciones para llorar” de Cortázar. Una de las cinco María Alejandras del curso hizo tan bien el esfuerzo que lloró atacada de verdad. En el otro quinto, los montadores del curso le pegaron al que mejor siguió las instrucciones.
Por llorón.

Así comenzaron los dos años en el mejor trabajo que he tenido en la vida.

Porque a pesar de los llantos de verdad, la cosa había funcionado. Los niños habían entendido que por un libro se puede llorar.

Al principio tuve los cuartos y quintos primaria las María Alejandras y Bill, además de un Taller de Escritura con alumnos de 8 a 11 donde la mayoría se había inscrito porque no había más cupo en los talleres de deportes o eso decían. Yo supe que era mentira el día que Manuel R. , de octavo, me mostró sus cuentos. Eran sangrientos. Escritos con las tripas y llenos de tripas. Le presté una antología de jóvenes autores italianos del “horror extremo” , que no sé si me devolvió pero estoy seguro de que la leyó. Les regalé unas fotocopias de Opio en las Nubes y luego supe que gente “ajena” al taller las estaba leyendo.

La clase de literatura estaba funcionando, al cabo de unos meses, la rectora decidió robar una hora de español a cada curso. De cuarto primaria hasta undécimo.

A los de cuarto los puse a hacer en plastilina los animales fantásticos de Borges. Tenía la certeza de que alguien que lee Borges a los nueve años ya está perdido para el mundo.
Como en décimo había metaleros (Carlos D. y Ángela A. y Joya por ejemplo) y “freaks” (Henry y Ruca y Silvia y la otra Silvia) y como yo mismo lo había sido (freak y metalero) pude despertarlos con las Letanías de Satán de Baudelaire, repitiendo en coro “Oh, Satán, ten piedad de mi larga misería”. Para la apatía de noveno, digamos de Gonzalo J., tuve que recurrir a fragmentos de Sexus de Henry Miller.
“Profe’ ¿Entonces en literatura se puede usar la palabra ‘coño?”
¿Qué carajos les habían enseñado entonces hasta entonces?
Como profesor de literatura tuve que pelear con las editoriales que quieren imponer a toda costa un plan lector no siempre erado pero siempre punta de criterios comerciales, con el profesor de educación física que tenía ínfulas de militar y con algunos militares que pasaron por allí para una charla de reclutamiento.
“Yo quiero ir” dijo Catalina R. “Yo sueño con entrar en la Armada”
Como profesor de literatura tuve que pelear con la coordinadora de disciplina que no entendía que si íbamos a escribir poesía lo mismo daba tener las patas en el piso o sobre el pupitre; con el coordinador de disciplina que no entendía que yo no podía pedirle a mis estudiantes que se pusieran correa si a mí también se me escurrían los pantalones y con algún padre que se quejó de que su hijo escribiera cuentos llenos de sexo y heroína.
Hay padres de familia que se quejan por nada.
Pero para recordar los conflictos y las trasnochadas monumentales tengo que hacer un esfuerzo. En cambio lo que salió bien me viene tan rápido que no doy para ordenarlo. En dos años reciclamos la basura del colegio para construir las naves especiales de los cuentos de Bradbury, volvimos varias clases una tertulia (yo llevaba el café en un termito porque la greca de la sala de profesores no me la prestaban pa’ esas cosas), inventamos finales diferentes para los cuentos de Poe, leímos a Pizarnik, copiamos a Pizarnik, hicimos poemas que se parecen a los de Pizarnik, leímos a Caicedo, copiamos a Caicedo, hicimos cuentos que se parecen a los de Caicedo (Si en el colegio uno no se siente como Pizarnilk o Caicedo uno es una persona normal, qué asco). Armamos veladas de poesía que iban de unas bellezas de poemitas en rima a vainas de lo más gore, publicamos un libro, me robé varios estudiantes para el Taller al que asistía en la Universidad (y uno de ellos se rumbió a mis amigas que tenían veinte y eran entonces “veteranas”), inventamos nuevas muertes para Gómez Jattin, fuimos a mercados y cementerios después de clase para entender que un periódico escolar no tiene gracia si es sólo para contar lo que pasa en el colegio, algunos estudiantes me pasaban sus textos, no los de la clase, otros, los que hacían luego del colegio (allí donde empezaba la vida), otros me decían que querían matar a los papás pero que no querían decirlo a la psicóloga. Vimos películas de Chaplin y a todos les gustaron y no nos perdimos una feria del libro.
Hicimos también “Romeo y Julieta”. Juan Sebastián hizo de Julieta.
Y escribían sobre eso. Escribían sobre todo.

Decir que me iba fue jodidísimo.

Lo último que hicimos fue un festival de teatro. En el cartel una docena de obras, entre ellas Don Quijote, Hamlet y Macbeth. Para el final de Edipo Rey, David, de octavo, tiró en el escenario dos pelotas de ping-pong ensangrentadas. Fue su propia idea y nadie sabia de ese efecto especial.

Yo siempre he querido ser actor” dijo.

 En ese Festival de Teatro, Gonzalo J. quiso hacer el papel de Hamlet, pero por organización de los ensayos, ese papel lo hizo Henry y a él le tocó Quijote.

Tres semanas después en una izada de bandera, volvió a utilizar la palabra quijote o quijotesco, no me acuerdo.

Y hablaba de mí, que me iba.

Yo no sabía de ese homenaje en mi último día como profesor. No sabía que ese día iba a tener al menos doscientas cartas de despedida sobre mi escritorio y ahora mientras escribo estas cosas que he contado tantas veces aún se me aguán los ojos. Una metáfora, un lugar común que no les habría perdonado.

Manuel R. es abogado, no sé si escribe aún, puede que lea. Carlos A. escribe crónicas muy bien hechas para el diario ADN , Juan Sebastián L. ha ganado concursos nacionales de cuento, también es abogado y hace carrera como trotamundos. Juan Pablo C. es realizador audiovisual y varios otros también ha trabajado detrás de cámaras. Diana X.F., que nunca hizo nada en clase, creo, me dijo que esperaba que por culpa del curso de literatura, el día que nos encontráramos hablaríamos de otra cosa que de hijos y televisión. Sergio M. estudió filosofía. Catalina R. nunca fue a la armada; en lugar de eso se graduó de periodista. Uno de los hermanos Hernández pasó por París, fuimos a la tumba de Napoleón y luego a averiguar un violín. Cuando Angélica Z. y Diana M. pasaron por París, visitamos la tumba de Cortázar. El de las instrucciones para llorar.  Angélica Z. estudió cine y es reizquierdista y Diana M., estudió cine y tiene una pastelería, que son dos lindas maneras de vivir.

Por Facebook veo los pasos de los hermanos Naranjo y de los hermanos Bernal y de Ana M. y a Daniel V. y a María Teresa C. y de las María Alejandras y no sé que habrá sido de Paulo ni de Ferrer o Corzo o los gemelos o Pedrito ni de Pamplona ni de Constantino ni de Sandra V. y sus comadres Laura y Viviana y ni de Lucero ni de Vlacho, que pobrecito se parecía a mí. No sé en dónde andarán Sara A. y Sharoon P. ni los hermanos Sabogal o Charlie P.  , ni Ruben A.  ni he sabido de  de Erika P. y Juan S. (que escribían eran hijos de escritores) pero sospecho que de toda esa lista algunos siguen escribiendo y estoy convencido que algunos leen con más juicio de lo que lo hago yo.

¿Qué habrá sido de Bill?

Yo no sé si lo que escribo toca algunas vidas y casi estoy seguro de que no, pero sé que no hice tan mal ese papel de eslabón, de pasar lo que leí en la casa y aprendí de Clodomiro Silva Pinto y Marcial Reyes y Guillermo Rozo Pachón a todos esos Sebastianes y María Alejandras.

Transporté algunos libros de una cabeza a otra, ya con esa trascendencia me sobra, ya con ese reconocimiento basta.

 Borges decía, o dicen que decía, que prefería que otros se enorgullecerían de los libros que él había escrito, que le bastaba estar orgulloso de los que había leído. En el día del profesor me pasa lo mismo (¿Pero al revés?). Que otros reciban las felicitaciones por lo profesores que son: yo me enorgullezco de los alumnos que tuve.

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