BLOGS Actualidad

25

04

2013

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La victoria (pasajera) de las momias.

Por: Ricardo Abdahllah

Venticuatro horas después de lamentarme por estar perdiéndome la celebración del matrimonio igualitario en Francia (allá lo llaman « matrimonio para todos ») estaba lamentándome por algo peor, la ilusión de que Colombia se convertiría en el quinceavo país en aprobar una ley que nos debemos hace rato se hundía por uno de esos « pactos » hechos a espaldas de la gente y por culpa de los cuales no dejamos de ser una sociedad que avanza despacio y con tropiezos.
Pero a la hora de pensar por qué el matrimonio igualitario fue aprobado en Francia y no en Colombia hay que evitar las comparaciones fáciles la sociedad francesa no es « más liberal » que la colombiana. Allá como aquí, existen opositores. Allá como acá algunos lo hacen por convicciones religiosas que otros, allá como acá, utilizan como capital político. Fue gracias a ese intención de oponerse, no por principios sino por estrategia, a cualquier iniciativa de la izquierda que, con la ayuda de los partidos de derecha y ultraderecha, varios grupitos sobre todo de católicos recalcitrantes, pagaron buses, trenes, pancartas y afiches y lograron convocar millonarias marchas en París contra el proyecto liderado por la Ministra de Justicia , Christiane Taubira, que, para mayor dolor de los conservadores, es mujer. Y negra.

Pero a pesar de los mismos argumentos que los opositores colombianos refritaron, la ley fue aprobada y se convirtió en el primer éxito de la hasta ahora tibia administración socialista de François Hollande. Entonces la gente salió a las calles a celebrar, los teléfonos de las alcaldías revientan de solicitudes para ir cuadrando la fecha de la boda y quienes responden no dan abasto para decir que hay que esperar unos días, que ya que esperar nuevos formularios, que ya se aprobó, que eso es lo que importa.
Se aprobó porque no podía ser de otra manera, porque la sociedad tiene que avanzar a pesar de los prejuicios, porque finalmente no se trata tanto de que los homosexuales se casen (muchos de quienes apoyan el proyecto no tienen la mínima intención) sino de eliminar una norma que en la práctica crea ciudadanos de segunda.

Decir que las limitaciones al derecho al matrimonio se cayeron en Francia como en su momento se cayeron la esclavitud y la pena de muerte en ese país y las leyes de segregación racial en países como Estados Unidos y Sudáfrica es también decir que aún existen personas que, si esos debates no
nos parecieran superados, estarían oponiéndose a una sociedad que busca ser más humana.

« Aquí lo de la pena de muerte, todavía se discute » dice mi hermana y me cuenta que en un blog compararon a Gilma Jiménez con la esposa del reverendo Alegría.

Y aquí , por ejemplo, el aborto voluntario, el aborto cuyo único requisito debería ser que la mujer que desea practicáserlo esté embarazada, es un tabú.

Pero no es la sociedad. No somos nosotros. Nos quieren hacer creer que el hecho de que dos personas se amen por fuera de los parámetros religiosos (porque son religiosos, no sociales) pone en peligro la estabilidad de esta sociedad.
Como si esta sociedad, esta sociedad hétero y machista fuera estable o justa o algo.
Así nos hacen creer que oponernos al matrimonio entre personas del mismo sexo es defender algo y nos hacen olvidar que las causas son otras, así nos enseñan a odiar y a señalar, nos refuerzan los prejuicios.
Allá y aquí no somos “sociedades” mojigatas. Somos manipulados por los mojigatos de verdad y los que serían liberales a ultranza si pudieran aprovecharlo políticamente.

Sólo que la victoria de la alianza ultraconservadora del partido azul y el partido de la U durará dos años porque con toda seguridad el matrimonio igiualatorio terminará por ser aprobado. Y así no nos casemos, celebraremos un paso más hacia una sociedad en la que el individuo decida por sí mismo con quién folla y por dónde de qué manera, y con quién (así se lo folle o no) desea construir algo y lo que quiere construir y cuándo quiere que nazcan sus hijos, qué quiere meterse o fumarse (y por dónde y de qué manera) y cuándo quiere que su vida termine si se le está haciendo insufrible.

Entonces – y ese “entonces” que suena medio lejano pero no será de más de un par de años- podremos decirle a los conservadores lo ridículas que nos parecían sus posiciones del 2013, si es que para entonces no son momias muertas en un museo y no, como ahora, momias estorbosas.409176_10151307789977245_65826048_n

Categoria: General

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03

12

2012

umpala

La alineación planetaria:Un maravilloso espectáculo sobre las pirámides, un nuevo ciclo para la humanidad

Por: Ricardo Abdahllah

NO la “alineación planetaria” de la que todos hablan hoy no se repite cada 2737 años, un fenómeno parecido ocurrió en 2005. No ocurrió nada entonces, no ocurrirá nada hoy, tampoco el 21 de diciembre. Ni corrientes magnéticas ni cambios espirituales, ni vueltas del polo de la tierra.

NO las pirámides de Egipto no están alineadas con campos de ninguna naturaleza, fueron tumbas construidas para los faraones, que tenían un gusto por la grandeza, como suelen tener los monarcas en general. Pasando por Luis XIV y Ceauşescu aunque a nadie se le ocurre pensar – por ahora- que el Palacio de Versalles o la Casa Poporului están alineados con quién sabe qué corriente que nadie ha medido porque no existe . NO, no hay “energías particulares” ni en Machu Picchu ni en las pirámides aztecas ni en las piedras de Stonehenge. Estas son sólo monumentos de religiones antiguas, tan cuestionables y que en ocasiones produjeron tanta barbarie como el catolicismo o el Islam. NO, poner un espejo en angulo con un muro rojo no nos hace más felices, ni más estables, ni más bellos ni mejores durmientes. El Feng-Shui no tiene ninguna base científica. No funciona por la misma razón que no vendrán OVNIS el 21 de diciembre y el 22 seguiremos matándonos entre todos y acabando con el planeta como lo hemos hecho siempre. No hay un nuevo camino espiritual, no existe la era de Acuario, tampoco existió la de Capricornio (y si existió, yo, que soy capricornio, la pasé endeudadísimo). No sirve de nada ponerle música a los bebés en el vientre, ni cargar imanes en los bolsillos. Los niños no son no escuchan en el interior del vientre, sólo sienten la vibración y lo mismo les da Mozart que Cannibal Corpse. Los imanes son sólo piedras con ciertas propiedades físicas, perfectamente explicables y medibles. No estamos “conectados” con la tierra ni con Gaia ni con la Pacha Mama, porque ellas no son más reales que Juno o Fátima o la Vírgen María. Encarnaciones de una idea de fertilidad, qué sé yo. Mitos respetables para los pueblos a los que pertenecen, pero que no por eso estamos obligados a creer. No hay un campo magnético irregular en las Bermudas, no se pueden estimular los “chakras” (que no existen) y no hay ninguna conexión “energética” ni “magnética” ni “kármika” entre las palmas de las manos o de los pies y el resto de los órganos del cuerpo, con excepción de las llamadas cosquillas. Más aún, la acupuntura no es una “ciencia milenaria” sino una tradición comparable al vudú o al agua bendita de Lourdes, que a lo mucho funciona como Placebo, Choppra ha mentido en cada línea que ha escrito. Y son falsos el método Silva de control mental, la Programación Neuro-Lingüistica y la obra completa de Conny Méndez.

Yo le creo a los « datos inmediatos de la conciencia» como decía el señor Lemmy Caution y a nadie pido perdón por el tono arrabalero de este texto porque me parece ilógico que las mismas personas que estaban tildando de “inquisidor” al recién reelegido Procurador, estén hoy rindiendo culto (la expresión es exacta) a ese neo oscurantismo que es la New Age. Que no se pierda el trabajo de tanto científico que terminó en el calabozo o la hoguera por defender la idea de un mundo objetivo, que es finalmente , la única posibilidad de un mundo justo. Uno no mata un Dios para ponerse encima otros que están más de moda. Cuando estaba en el colegio cantaba« Los mitos se acaban, las leyendas se escupen » y aún lo sigo pensando. Si quieren decir algo interesante sobre Mercurio, la NASA descubrió que existe agua a pesar de las temperaturas extremas del planeta. Hablemos de eso que sí vale la pena.

Categoria: General

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09

11

2012

umpala

Otro texto sobre Leonardo Favio, cantautor argentino.

Por: Ricardo Abdahllah

PARTE I

Cuando dije que estaba triste porque se había muerto Leonardo Favio, cantautor argentino, recibe varios mensajes que me corregían: Leonardo Favio, era sobre todo un cineasta. Uno de los mejores de esta parte del mundo. Las personas que me lo señalaron tiene por supuesto razón, si su filmografía no es extensa, varias de sus producciones son consideradas clásicos del cine latinoamericano. Y sin embargo para mí, Leonardo Favio, sobre todo un cantautor. Viniendo de un fanático de Arjona como lo soy (también me gusta Cradle of Filth) los lectores pensarán que mientras escribo tarareo Ding-Dong son las cosas del amor (Aunque ese «Si ella dice que los Beatles yo digo The Rolling Stones » prefigura al maestro de Jocotenango), pero en realidad lo que me suena es una frase de «Anotaciones para Carola » :
‘Muchas veces mis canciones fueron burdas y huecas, fue el horror al fracaso que te inculcan a veces. Explícale a la gente que estuve arrepentido, que pasen esa hoja de mi vida vacía’ decía Favio sobre algunas de esos temas que, por fáciles, fueron los más exitosos y escuchados y , ya que de greatst hits vive el hombre, son los que se repiten en estos días de homenajes.
Sin embargo si la gente recuerda « Hoy corté una flor y llovía » o «La foto de Carné », Favio ni siquiera tuvo una « época » light. Ya en su primer álbum Fuiste mía un verano de 1968 había canciones como « Alguna vez una canción » y la versión de « Para saber cómo es la soledad » de Spinetta, que por si solas alejan todo el disco de esa ligereza de la que él mismo toda la vida se sintió culpable. En su segundo trabajo Una cita con Leonardo Favio del año siguiente, el cantautor, además de se arriesgaba a incluir un largo tema casi hablado, « Hoy no puedo cantar » en el que hablaba de su infancia, dela muerte y las muchas violencias en las calles de Argentina. En los años siguientes cantaría historias de exilios y desapariciones (como en « Madre de Mayo ») y otros sufrimientos latinoamericanos. A pesar de de que a veces el imaginario cristiano impregnaba sus historias políticas. ( « Si mi guitarra canta como canta ») o casi eróticas (« Ave María Niña ») , la honestidad del resultado final hacía que Dios no estorbara. Decir que era « peronista y religioso » es mentir; Leonardo Favio era más bien un místico al que le dolía que el mundo no estaba para misticismos.

Diga usted, como si le hubieran dado una guitarra (y semejante voz) al cura Camilo Torres.

A partir de su cuarto disco Vamos a Puerto Rico, Leonardo Favio, que ya era conocido en toda Latinoamérica y había hecho varias giras por el continente, se permitiço también experimentar con la música incorporando ritmos andinos y caribeños (que en Colombia siempre se le quiso, es una cosa que se sabe). En su disco del 97, Me Miro reescribió la cumbia de la abuelita Zenaida como la historia de una vendedora de las calles bogotanas a la que los nietos se la han ido de mulas a Estados Unidos.»

Su declaración (sobre las canciones huecas) la hizo en su otro álbum de 1973. Que desde entonces hizo todo lo posible por hacer música que valiera la pena parece confirmarse cuando uno mira que todas las compilaciones de « Grandes Éxitos » no incluyen casi nunca temas posteriores, y esto a pesar de que su carrera continuó durante veinte años a partir de ese momento. Leonardo Favio nunca dejó del todo las baladas sentimentales (que dieron para que lo pusieran al lado de los grandes de la « música para planchar » que no hacían otra cosa que cantar canciones ajenas) pero no deja de ser injusto que se le niegue el título de gran cantautor porque hizo canciones fáciles al principio de su carrera, o porque era « sobre todo » un cineasta. Como si a otro Leonardo, de apellido Cohen y también místico como el argentino, uno le quitara lo songwriter porque la razón para ponerse a cantar fue que sus novelas no le daban para vivir.

PARTE II

Diez canciones desconocidas de Leonardo Favio, cantautor argentino

1. Anotaciones para Carola

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Muchas veces mis canciones
fueron burdas y huecas
fue el horror al fracaso
que te inculcan a veces
explícale a la gente
que estuve arrepentido
que pasen esa hoja
de mi vida vacía

2. Cuando se tiene 20 años

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Cuando se tiene 20 años
Se tiene todo por delante
La primavera en la frente
Y el porvenir en cada mar

3.Vida, pasión y vuelo de la abuelita Zenaida

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La conocí en Bogotá
por las calles bogotanas
vendiendo frutos maduros
con su sonrisa cansada
siempre en la boca un cigarro
cigarro que ella se arma
tan pequeñita, tan frágil que me dije:
“cosa rara que camine y que no vuele”

4. Madre de Mayo

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“Como todos los jueves hace años ya
Desde que de ellos no supieron más
Con aquella foto linda donde están tres
Va a la plaza de Mayo con aquel cartel”

5. Hoy no quiero  cantar

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Pobrecito, pobrecito mi padre tan niño muerto,
no se yo lo hubiera criado de otra manera pienso.
Hoy no quiero cantar, hoy no quiero cantar,
faltan tantos a mi lado, tantos.

6. La Bohemia

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Hoy regrese al ayer
crucé su niebla gris
y lo encontré cambiado”

7. Si mi guitarra canta como canta

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Hay que ver un obrero volver
a casa sin pan para sus hijos
y derrotado después de haber
buscado en vano un trabajo o
trabajando en pago de un mal
salario sin pan para sus hijos
y derrotado.”

8-Estoy orgulloso de  mi general

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Me enamoré del silencio
y en él largo ratos
me suelo quedar de tanto
escuchar mentiras y a veces
decirlas por eso será.

9. Acordate de olvidarme

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Acordate de olvidarme yo
te lo pido que una bala me
espera en cualquier sitio,
En el hojal de sangre de
mi camisa la flor que yo
te dejo no se marchita

10.  Llovía como llueve

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Vos sabes que hace mucho
que dios esta muy solo
no lo incomodes nunca
con tus remordimientos”

Cuando dije que estaba triste porque se había muerto Leonardo Favio, cantautor argentino, recibe varios mensajes que me corregían: Leonardo Favio, era sobre todo un cineasta. Uno de los mejores de esta parte del mundo. Las personas que me lo señalaron tiene por supuesto razón, si su filmografía no es extensa, varias de sus producciones son consideradas clásicos del cine latinoamericano. Y sin embargo para mí, Leonardo Favio, sobre todo un cantautor. Viniendo de un fanático de Arjona como lo soy (también me gusta Cradle of Filth) los lectores pensarán que mientras escribo tarareo Ding-Dong son las cosas del amor (Aunque ese «Si ella dice que los Beatles yo digo The Rolling Stones » prefigura al maestro de Jocotenango), pero en realidad lo que me suena es una frase de «Anotaciones para Carola » :

‘Muchas veces mis canciones fueron burdas y huecas, fue el horror al fracaso que te inculcan a veces. Explícale a la gente que estuve arrepentido, que pasen esa hoja de mi vida vacía’ decía Favio sobre algunas de esos temas que, por fáciles, fueron los más exitosos y escuchados y , ya que de greatst hits vive el hombre, son los que se repiten en estos días de homenajes.

Sin embargo si la gente recuerda « Hoy corté una flor y llovía » o «La foto de Carné », Favio ni siquiera tuvo una « época » light. Ya en su primer álbum Fuiste mía un verano de 1968 había canciones como « Alguna vez una canción » y la versión de « Para saber cómo es la soledad » de Spinetta, que por si solas alejan todo el disco de esa ligereza de la que él mismo toda la vida se sintió culpable. En su segundo trabajo Una cita con Leonardo Favio del año siguiente, el cantautor, además de se arriesgaba a incluir un largo tema casi hablado, « Hoy no puedo cantar » en el que hablaba de su infancia, dela muerte y las muchas violencias en las calles de Argentina. En los años siguientes cantaría historias de exilios y desapariciones (como en « Madre de Mayo ») y otros sufrimientos latinoamericanos. A pesar de de que a veces el imaginario cristiano impregnaba sus historias políticas. ( « Si mi guitarra canta como canta ») o casi eróticas (« Ave María Niña ») , la honestidad del resultado final hacía que Dios no estorbara. Decir que era « peronista y religioso » es mentir; Leonardo Favio era más bien un místico con una enorme consciencia social.

Diga usted, como si le hubieran dado una guitarra (y semejante voz) al cura Camilo Torres.

A partir de su cuarto disco Vamos a Puerto Rico, Leonardo Favio, que ya era conocido en toda Latinaomérica y había hecho varias giras por el continente, se permitiço también experimentar con la música incoporando ritmos andinos y caribeños (que en Colombia siempre se le quiso, es una cosa que se sabe). En su disco del 97, Me Miro reescribió la cumbia de la abuelita Zenaida como la historia de una vendedora de las calles bogotanas a la que los nietos se la han ido de mulas a Estados Unidos.»

Su declaración (sobre las canciones huecas) la hizo en uno de los dos álbunes de 1973. Que desde entonces hizo todo lo posible por hacer música que valiera la pena parece confirmarse cuando uno mira que todas las compilaciones de « Grandes Éxitos » no incluyen casi nunca temas posteriores, y esto a pesar de que su carrera continuó durante veinte años a partir de ese momento. Leonardo Favio nunca dejó del todo las baladas sentimentales (que dieron para que lo pusieran al lado de los grandes de la « música para planchar » que no hacían otra cosa que cantar canciones ajenas) pero no deja de ser injusto que se le niegue el título de gran cantautor porque hizo canciones fáciles al principio de su carrera, o porque era « sobre todo » un cineasta. Como si a otro Leonardo, de apellido Cohen y también místico como el argentino, uno le quitara lo songwriter porque la razón para ponerse a cantar fue que sus novelas no le daban para vivir.

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05

11

2012

umpala

Leonardo Favio, Cantautor Argentino

Por: Ricardo Abdahllah

(Algo que escribí en 1999…)

Cantando voy los caminos
porque mi destino es cantar y cantar
soy amigo del amigo
y a los enemigos yo no le doy paz…

No recuerdo la primera vez que alguien me llamó loco. Tampoco recuerdo la primera vez que escuché a Leonardo Favio, cantautor argentino. Debió ser cuando yo estaba recién nacido y la radio no dejaba de transmitir “Fuiste mía un verano” y “Ding-Dong, Ding-Dong, son las cosas del amor”. Mis padres acababan de llegar a la ciudad de Nirvana y fue con un cassette de Leonardo Favio con el que pudieron, por fin, estrenar la grabadora monofónica marca SUNY que alguien les había dado como regalo de bodas siete meses antes de mi nacimiento. No sé de dónde salió ése cassette y ellos tampoco lo saben. O no lo recuerdan. O hacen como si no lo recordaran. Las teorías involucran regalos de tíos y padrinos, sustracción involuntaria por parte de mi madre (toda sustracción, si uno habla de su madre, debe calificarse como involuntaria) y olvido de algún invitado a las veladas que organizaban en el apartamento y que dejaron de celebrar cuando llegaron los hijos, o sea, cuando yo llegué. El cassette marca PHONER estaba marcado “Grandes éxitos de Leonardo Favio, cantautor argentino”. Debió gustarles porque durante muchos años no se escuchó en mi casa nada diferente a la voz del argentino que decía:

Tengo el amor de quien amo,
qué más a la vida le puedo pedir
amo el amor de los niños
y si veo un preso me siento morir
amo la vida y el canto
me gusta gritarlo porque es mi verdad…

No recuerdo la primera vez que alguien me llamó loco. Tampoco recuerdo la primera vez que escuché a Leonardo Favio, cantautor argentino, perdonen que insista en lo del loco, no recuerdo la última vez que vi a un loco que no tuviera algo inteligente que decir; pero ese es un lugar común. En fin, recuerdo, eso sí lo recuerdo bien, que tras el primer casette mis papás se convirtieron en fans de Leonardo Favio, cantautor argentino. La voz del compositor de “Vieja Calesita” monopolizaba la grabadora y mi papá aprendió a tocar guitarra sólo para cantar sus canciones. Eso fue poco antes de que se fuera de la casa. La vida siguió como siempre porque no tenía otra manera de seguir. También siguió sonando en la casa la voz de Leonardo Favio, cantautor argentino, aunque la grabadora SUNY había sido remplazada por una IOWA de 50 Watts, stereo y un tornamesa blanco para poner los discos de vinilo. Ya no espichábamos PLAY, ahora dejábamos caer la aguja sobre el círculo negro. Luego sonaban las crispetas. Luego la voz otra vez.

No recuerdo la primera vez que alguien me llamó loco. Tampoco recuerdo la primera vez que escuché a Leonardo Favio, cantautor argentino y si me lo preguntan tampoco recuerdo cómo Leonardo Favio fue cambiando y pasó de “Hoy corté una flor y llovía y llovía esperando a mi amor y llovía y llovía” a “Hay que ver a un obrero llegar a casa, sin pan para sus hijos y derrotado, después de un día cansado y por pago un mal salario”. Si le preguntaran a Leonardo Favio, él tampoco podría decir cómo yo pasé de las reuniones familiares donde el vino animaba a los adultos a hacerme cantar a dúo con mi primita Magdalena esa de “Ave María yo moriré sin tu calor”, a los coros donde, animado yo por el vino, pedía una pausa entre “Whisky Bar” y “Light My Fire” para cantar “Borracho, sí señor y a nadie le hago mal, qué importa el qué dirán, ahora sólo importo yo. Borracho, sí señor y nadie le hago mal si sólo en el alcohol encuentra paz mi corazón”
Que es una letra de Leonardo Favio, cantautor argentino.

Yo no dejé de escucharlo, pero lo escuchaba en otras voces. Ahora que ha pasado algo de tiempo, termina por parecerme que tras el “18 and life” de Sebastián Bach estaba el “Cuando se tiene 20 años se tiene toda la verdad” sobre todo antes de que yo entendiera las dos letras y que mientras trataba de que Alejandra de Merak me recordara por siempre cantándole “Sweet Child O’ Mine”, ese “Mi dulce niña mía” era una abreviatura de “Mi amiga, mi buena amiga, mi amante niña, mi compañera” y cuando ella me dejaba un poco o a veces yo la dejaba un poco antes de que nos dejáramos del todo, cantaba “Sé que algún día tendrás una vida hermosa, sé que serás una estrella en el cielo de alguien más” de Vedder como quien también estaba diciendo “Me han contado hoy, fíjate vos, que cosa absurda, que te han visto ayer bailar, reír, luego partir en otro brazos”.

Quiero esto para mi final, si todavía a esa altura la muerte me causa risa, que en lugar del “hermano del alma realmente un amigo” etcétera, me pongan “November Rain”, que entonces llueva “Como llueve en las ciudades tristes”, como si la vida fuera un viejo disco de vinilo y en el lado A estuviera la que grabamos nosotros y en lado B la que nos tocó escuchar. Y ese acetato como los que ya no se ven, fuera lo único que nos quedara porque el resto se olvida conforme la sangre se vuelve lenta y cuando pasa por la cabeza actúa como una inundación inversa que ahoga y oxida, precisamente, las cosas menos profundas.

Yo, por ejemplo, no recuerdo la primera vez que alguien me llamó loco, pero sí recuerdo que respondí con una línea de Leonardo Favio.

Loco de amor a la gente,
de amor a la vida y a la libertad.

Que es predecible y tonto y cierto. Que de todas maneras eso fue lo único lo que dije.

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02

10

2012

umpala

Un Nóbel para Stallone

Por: Ricardo Abdahllah

Señores
Miembros de la Academia Sueca
Academia Sueca
Suecia

Disculpándome de antemano por ignorar a qué Academia Sueca estoy escribiendo, (aquí tenemos varias academias y nunca las utilizamos) y aclarando que este no es otro de esos mensajes que de vez en cuando llegan a su buzón de parte de gente que cree estar escribiendo a la Academia de los ‘Óscares de la Academia’, me dirijo a ustedes con el objeto de proponer la candidatura del escritor norteamericano Sylvester Stallone al prestigioso Premio Nobel de Literatura que ustedes entregan cada mes de octubre.

Permítanme ir despacio al exponer la evidencia que respalda la nominación. Después de que Stallone le demostrara al mundo la fuerza de sus puños encarnando por primera vez a Rocky Balboa, el Grupo Editorial Berkley publicó Paradise Alley, una novela firmada por el actor y guionista, que llegó a mis manos en una edición de Círculo de Lectores de 1978 comprada en una venta de usados en la Plazoleta del Rosario ante la imposibilidad de decidir entre una ejemplar en rústica de Fuego de Carmelita Schicksal, el Necronomicón anotado por un catedrático de la Universidad de Arkham y una copia pirata del último libro de poemas de Mario Echeverry. “Con la ternura y la humanidad del mejor Saroyan, de los relatos breves de John Steinbeck, o de los cuentos italo-neoyorquinos de Mario Puzo” decía la solapa.

“Les faltó incluir a Faulkner” pensé y lo hice con cierta indignación que creció cuando vi que en la foto que precedía la reseña biográfica de la última página Stallone aparecía musculoso y sin camisa. Es sabido que en general los buenos escritores no tienen músculos.

Aunque Hemingway los tenía.

Y boxeaba, como Rocky.

Es sabido que es de mal gusto aparecer sin camisa en las fotos de las reseñas.

Es sabido que ya de por sí aparecer en las fotos de las reseñas es de mal gusto.

Sin embargo después de leer la pequeña biografía y secarme las lágrimas (“era un niño problema y se le expulsaba de los colegios con frecuencia”, “se sostenía limpiando jaulas en el zoológico de Nueva York”) y de saber que Stallone “apareció en una producción estudiantil de La Muerte de un Viajante” (yo actué en una producción de la misma obra en calidad de árbol), decidí seguir adelante con la lectura de una novela que, por título y autor, auguraba una calidad literaria comparable a una colección de relatos eróticos escrita por Paris Hilton.

Les pido ahora, señores de la Academia que lean cuidadosamente los siguientes fragmentos, todos del siglo XX. Todos de novelas neoyorquinas.

a)
“Vagabundeé mentalmente durante varias semanas, buscando la manera de empezar. Toda vida es inexplicable, me repetía. Por muchos hechos que cuenten; por muchos datos que se muestren, lo esencial se resiste a ser contado. Decir que fulanito nació aquí y fue allá; que hizo esto y aquello, que se casó con esta mujer y tuvo estos hijos, que vivió, que murió, que dejo tras sí estos libros o esta batalla o ese puente, nada de eso nos dice mucho. Todos queremos que nos cuenten historias, y las escuchamos del mismo modo que las escuchábamos de niños.”

b)
“La cocina del Infierno, Nueva York, debió ser el lugar más caluroso de la tierra durante el verano del cuarenta y seis. Viejos de piel rugosa y grises cabellos pegados a la nuca se asomaban a las ventanas, cual flores marchitas, tratando de abanicarse. No valía la pena, porque era preciso un esfuerzo excesivo que de todos modos no solucionaba nada”

c)
“La primera cosa que oyeron fue el trémulo silbido de un vagoncito que humeaba al borde de la acera, frente a la entrada del ferry. Un chico se apartó del grupo de emigrantes que vagaba por el embarcadero y corrió el vagoncito. ‘Es como una máquina de vapor y está llena de tornillos y tuercas’ gritó al volverse.”

¿Cuál de los tres fragmentos está mejor logrado, señores de la Academia?, ¿Cuál resulta una invitación más tentadora para la lectura del resto de la obra?

La primera es de Paul Auster, que tal vez algún día reciba el Nóbel, la tercera de John Dos Passos, que ya no lo recibirá. La segunda es un fragmento de Paradise Alley.

Hay una razón para que haya presentado a ustedes el primer párrafo de esa manera. Un juicio de la obra de Stallone sólo puede hacerse si uno no sabe que es a Stallone a quién está leyendo. Lo contrario lleva a que se le perdonen todos los errores para no pasar por intolerante o se le censure el más mínimo fallo porque uno sabe que está leyendo al mismísimo Rocky o, peor aún, a John Rambo, un tipo a quien resultaría difícil convencer de que la pluma es más poderosa que la ametralladora. Como sé que ustedes jamás admitirían una candidatura anómina (si lo hicieran, Vargas Llosa ya habría ganado) espero que al menos ese comienzo les sirva para apartar un poco los prejuicios.

Porque de ahí en adelante es imposible olvidar que uno está leyendo a Stallone, Paradise Alley está pensada como una película y desde la primera escena (¿debería decir capítulo?), cuando el joven Victor Carboni conduce su camión repartidor de hielo y saluda a sus vecinos, uno lo imagina con la cara cuadrada, un mechón de pelo sudoroso cayéndole en la frente y los bíceps enormes y compactos.

Pero ese “parecer película,” aunque mantenga a Stallone en las imágenes que se forman en la cabeza del lector, es a la larga un plus a la hora de pensar en un Nóbel para el autor. Hace rato el lenguaje cinematográfico se considera una virtud en la narrativa contemporánea y Paradise Alley no cae en los abusos que esta tendencia ha provocado en algunos “modernos” escritores que llegan al punto de efectivamente escribir “Escena- (Int. día)” para demostrar un manejo inexistente del lenguaje del cine. En Paradise esa brevedad y agilidad en los capítulos (escenas) la que nos permite rápidamente saber que Victor tiene dos hermanos, Lenny, un veterano de guerra, y Cosmo, un timador sin suerte que en la versión filmada (la hay, la hay, pero no es de eso que quiero hablarles) fue interpretado por Stallone. Gracias a esa fluidez en la prosa también percibimos que entre Cosmo y Lenny existe cierta tensión por culpa de una tal Annie O’ Sherlock y nos enteramos que la vida de los inmigrantes italianos en la “Cocina del Infierno” está regida por una pandilla de mafiosos a pequeña escala a cuyos integrantes Sly ha puesto nombres tan geniales como Mahon el Perragorda, Frankie el Triturador y El Flaco Manitas.

Es ese ambiente el que Victor sueña con abandonar para poder vivir en Nueva Jersey con su amada Rose.

Supongo que ustedes en este punto estarán pensando, como yo lo pensaba mientras leía, que Victor logra su sueño abriéndose camino en el mundo del boxeo, pero Stallone arroja magistralmente varios de esos bien pensados ganchos literarios para engañar al lector incauto y justo cuando los lectores, incautos o no, se han convencido del posible rumbo pugilístico de la trama, nos hace sonreír con una de esas sonrisas del tipo “cómo no lo pensé antes”.

No, Victor no se dedica al boxeo, sería demasiado obvio, demasiado predecible para un autor como Stallone.

Victor se dedica a la lucha libre.

El hermano Cosmo se convierte en su entrenador, el hermano Lenny se encarga de conseguir las peleas. Rose le dice que no se ponga en esas, que lo quiere como es, lo que seguramente no es cierto porque Victor es pobre. Todos son pobres con esa pobreza peculiar e irremediable de los inmigrantes que lleva a Cosmo a ganar dinero en la calle vendiendo paraguas robados en una peluquería y a Lenny a trabajar en esa funeraria que Stallone toma como escenario para, cuando apenas vamos en el Capítulo 27, darnos una muestra de hasta dónde puede llegar como narrador con una escena de delirium tremens propia de las mejores páginas de Efe Gómez o su émulo norteamericano Malcolm Löwry

“Tragó la bebida con desesperación, casi con hambre y sus ojos inyectados en sangre quedaron fijos en la contemplación de una hilera de ataúdes baratos.
Los ataúdes se movieron ¡Lenny estaba seguro de que se habían movido! ¡Y estaba seguro de que veía cuerpos! ¡Cuerpos putrefactos! Cubiertos de harapos que habían sido uniformes nazis.”

Flujo de conciencia del más puro. Literatura psicológica. Manejo de la escritura de ficción que se confirma en el capítulo 31, cuando a pesar de dar un paso en falso comenzando con una frase como “A las ocho de la mañana, el rostro de Annie era un retrato de agotamiento sensual”, (lo que habla muy mal de Annie), el autor usa sus puños de palabras y se hace perdonar la salida de tono con una metáfora genial:

“Cosmo oyó abrirse dos ventanas de un piso superior. A una de ellas se asomó un hombre muy delgado y en la otra una mujer con cara de furúnculo”

que gana todavía más fuerza un par de líneas más adelante cuando el furúnculo…

“se asomó a la ventana tanto que los pechos le colgaban como una marquesina llena de bultos.”

Pero Stallone no sólo es un maestro de la prosa, a la altura de un Borges, a quien no sé si sea apropiado mencionar ya que siempre fue más querido por los suizos que por los suecos, Sly también se defiende en el duro combate de la poesía en la conclusión del capítulo 34:

“Víctor contó su miserable salario y sonrió al capataz
Pero,
Los ojos de Víctor ya no
Sonreían.”

un párrafo que roza con la sencilla belleza del haikú y es coherente con la paciencia zen que Victor demuestra dos capítulos más adelante cuando le ocurre un pequeño accidente en una de sus entregas de bloques de hielo a domicilio:

“Hasta el segundo piso no tuvo ningún problema, pero a medio camino del tercero tropezó con una botella vacía y cayó rodando por la escalera. El hielo le golpeó la cabeza y le hizo sangrar la parte posterior de las orejas. Victor estuvo a punto de soltar una maldición.”

¡Estuvo a punto de soltar una maldición! A punto cuando cualquier otro mortal hubiera lanzado una exclamación que, sin que pudiéramos saber si fue dicha en inglés o en italiano en la versión original, aparecería en las traducciones barcelonesas como uno de esos juramentos españoles que incluyen en una misma frase la mamá (no la de nadie, la mamá en general) y las funciones excretoras humanas. Victor es un ser humano ejemplar y siendo en cierta forma el alter-ego de Stallone no sería forzado pensar que Stallone también lo es y todos sabemos que la Academia siempre ve con buenos ojos a las buenas personas. No por nada el premio ha caído en manos de defensores de los pueblos oprimidos como Kippling, humanistas como Winston Churchill, personajes del carisma de Elfriede Jelinek y exscouts como Günter Grass. Stallone, si se quiere ver así, es la encarnación misma del inmigrante en tierras norteamericanas, un gremio que hasta el momento ustedes no han aún incluido tal vez por un involuntario exceso en nominaciones de socialistas y víctimas del Holocausto. Paradise Alley podría ser entonces la gran novela-Nóbel de los inmigrantes, como Un puente sobre el Drina es la gran novela-Nóbel de los atormentados Balcanes.

“El premio debe ser entregado a un autor que se destaque con una obra de tendencia idealista” decía el testamento de Alfred Nobel.

“¿Crees que irse a vivir a Nueva Jersey compensa que te abran la cabeza?” le preguntan
“Sí… creo que sí” contesta Victor.

Poco que agregar al drama de los “idealistas” buscadores del Sueño Americano aunque aún haya que agregar que Victor es ecologista o al menos tiene una perra y la quiere mucho. Se llama “Bella” y es todo un personaje, como Cosmo y Lenny, como Rose o Annie, el fracasado luchador “Gran Gloria” o el primer contrincante de Victor, el irlandés Patty McLade, a quien Stallone describe como “un luchador experto al que le habían retocado las facciones con puños de cuero” que al final del combate cae al suelo “como se cae el camisón de una puta”.

Otra de las metáforas maravillosas que precede a un muy bien utilizado cambio de ritmo en el capítulo 41 cuando en seis renglones Stallone despacha el recorrido de Victor por los clubes del bajo mundo neoyorquino con la misma celeridad con la que el ahora apodado “Chico Salami” da cuenta de sus oponentes aunque o “al machacarlos hasta dejarlos inconscientes, todos, absolutamente todos, le dieron pena.”

A partir de se punto Lenny, que al principio era la muestra misma de la resignación, comienza a volverse codicioso mientras Cosmo se muestra preocupado más por la salud de su hermano que por el dinero que pueda sacarse de las peleas. Dos teorías pueden explicar este cambio radical de los personajes. Puede que un poco aturdido por la fama que le llegó de repente mientras escribía la novela, Stallone hubiera enredado sus apuntes y terminado por llamar en la segunda mitad Lenny a Cosmo y viceversa. Puede ser también que intencionalmente hubiera dado a sus personajes esa característica de cambio, como el que tienen las personas reales, que tanto admiramos en la obra de Proust.

Que es lo que yo sospechó que ocurrió, porque Stallone no baja la guardia conforme pasan las páginas. En el capítulo 51 el Gran Gloria se despide del mundo saltando al río con un “Dentro de cien años esto no va a tener ninguna importancia” a la altura del “¿Dónde estoy?, ¿Qué hago?, ¿Para qué?. Señor, perdóname” de Anna Karenina.
Lo que me recuerda que Tolstoi murió indignado por no haber recibido el Nóbel y no sería ahora el momento de cometer un nuevo error.

En este punto no temo arruinar el suspenso contando el final de la historia. Es sabido que, a pesar de ser suecos, ustedes son personas ocupadas que no tienen tiempo de leer demasiado y se guían sobre todo por las cartas que lectores anónimos de todo el mundo enviamos para ayudarlos en la escogencia del ganador de ese Campeonato Mundial de la Literatura que es el Premio Nóbel. En el capítulo más largo de los 54 que conforman Paradise Alley, Stallone nos sorprende haciendo que su historia concluya en una gran pelea donde Victor enfrenta a lo largo de doce páginas a Frankie El Triturador. Victor ha apostado en esta pelea todo el dinero que ha ganado a punta de narices rotas (incluida la suya) desde que empezó su carrera como luchador.

Victor pierde.
No muere, pero pierde.

He ahí la grandeza de la obra, después de tener casi el suficiente dinero para viajar con Rose a Nueva Jersey, Victor lo pierde todo. A pesar de que luego de perdida la pelea Stallone lo haga recuperarse de la golpiza para defender a Lenny del ataque de Frankie, Victor ya ha aprendido, literalmente a los golpes, esa sentencia atribuida a Daville, aunque más probablemente autoría de Filemón de Sausage:

“El dinero va y viene.
Sobre todo, va”.

Como la gloria, como casi todo excepto tal vez el Premio Nóbel que se queda.

Rocky fue dirigida por John G. Avildsen, por lo que Stallone nunca ganó un Oscar. Estoy seguro que ese dato les tranquilizará en el sentido de que por ahora George Bernard Shaw seguirá siendo el único doble ganador del Óscar y el Nóbel. Bien sabido es que luego fue tras el Grammy pero cantaba tan horrible que terminó por dedicarse a los aforismos, un poco como el arriba mencionado Filemón de Sausage, acerca de cuya candidatura al Nobel estaré escribiéndoles el próximo año por esta misma fecha.

Señores de la academia, sé bien que el paso de los directores de cine por la literatura no ha sido afortunado más allá del simpático libro ilustrado La melancólica muerte de Chico Ostra de Tim Burton, que las novelas de Orson Welles sólo tienen gracia una vez llevadas a la pantalla, la Julieta novelada de Fellini no llega ni por los tobillos a la previa versión fílmica que llevaba por apellido de los espíritus y los escritos políticos de Pasolini son tan aburridos como sólo los escritos políticos pueden serlo. Hitchcock, más prudente, agrupó sus relatos favoritos en el género de suspenso para un par de antologías respetables que son respetables principalmente porque no fue él quién se encargó de escribirlos relatos que las componen. Stallone sin embargo podría ser esa figura que unifique por fin las dos artes y representaría ese primer paso necesario para que en un par de años Bob Dylan reciba de una buena vez el Nóbel que viene rumorándose desde finales de los ochenta. Ustedes han sido generosos con su trofeo, le dieron el Nóbel a Neruda y a Cela y no se pusieron bravos cuando Sartre les dijo que estaría ocupado tocando clarinete y no le interesaba recoger el premio.

Suele decirse que si Hitler hubiera corrido con suerte como pintor, las cosas hubieran sido ligeramente diferentes. Si Stallone recibe su merecido premio es posible que retome su carrera como novelista, se convierta la excepción a la regla según la cual nadie escribe algo bueno después de ganar el Nóbel y en todo caso decida dejar guardadas para siempre Rambo IV, Cobra II y Rocky VII y en lugar de eso aparezca por fin la segunda parte de Paradise Alley, a la que seguirán (en libro) las versiones III, IV, V y una grandiosa “Victor Carboni, el regreso” donde el ya viejo luchador se enfrentará al campeón vigente de la WWF.

Porque he de decirlo, adoro la obra literaria de Stallone pero detesto sus películas.

Por mi parte, y como promotor de la candidatura, me comprometo a que “Sly” hablará articuladamente durante su discurso en la ceremonia de entrega y sobre todo a que no se presentará ante ustedes en bata de boxeador. Creo que de cosas por el estilo ustedes ya han tenido suficiente.

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09

2012

umpala

Y usted ¿Aún no tiene su iPhone 5?

Por: Ricardo Abdahllah

Salí a verlos por confirmar lo imaginable. Son la nueve de la mañana en la plaza de la Opera de París y pese a que este año Dios olvidó que existe el otoño y el termómetro marca apenas 7 grados, unas cincuenta personas han amanecido en la calle. La fila sigue alargándose. Había una broma circulando esta mañana en Internet: en Francia tu duermes en la calle si perteneces a uno de los siguientes tres grupos a) los clochards b) los extranjeros que deben renovar sus papeles en la prefectura…

Frente a la plaza de la Ópera está el grupo c) los que quieren ser los primeros en llevarse el iPhone 5. Los rumores de huelga (los sindicatos franceses no se dejan convencer con migajas) no han mermado el entusiasmo, aunque uno de los que espera se muestra condescendiente “Yo entiendo que exijan sus derechos, pero por qué aprovecharse de una fecha como hoy. Habrían podido hacerlo la semana entrante”.

Los derechos es mejor exigirlos la semana entrante.

Mirando las personas en la fila estaba tentado a preguntarles por qué querían comprar hoy el último de los últimos gadgets. Lo digo porque yo he pasado la noche en la calle haciendo fila para un concierto y nada me cuesta entender que alguien pase horas esperando para entrar a un partido de fútbol: los dos, el partido incluso más, son espectáculos irrepetibles.

El iPhone 5, como la última reedición en 3D de una de las partes de La Guerra de las Galaxias o el episodio final de Crepúsculo, estará allí mañana. Y pasado. Y siempre. Si han podido vivir 20 o 30 años sin lo último en teléfonos, bien podrían esperar un día más. O dos.

Pero la pregunta no es correcta porque es demasiado larga. La pregunta no es “por qué hoy” sino “por qué”. Como las personas que están en la fila son con seguridad las mismas que hicieron la fila cuando salieron el iPhone 4, el iPhone 3 y 2 y 1, puede que contesten que cada uno de esos aparatos les cambió la vida, que seguramente la nueva novedad se las cambiará de nuevo. Tienen razón y tendrían más razón si agregaran que les cambió la vida de manera “inesperada” porque la base del esquema económico de Apple es ofrecer soluciones a problemas que no existían, envolver esas soluciones en un bonito empaque que aumenta su precio y convertir a quienes los utilizan en sus evangelistas.

Yo llevo 17 años escribiendo en PC. He pasado por un Compaq, un Acer y un HP. He tenido tres celulares, dos Nokia y un Samsung. Los dos primeros me servían para hablar por teléfono, sustituir al despertador, alumbrar debajo de la cama para buscar monedas y partir panela. El tercero me sirve para navegar en Internet, ya casi no se ven los números de las teclas. Mis propiedades tecnológicas las completa un iPod shuffle de 1 giga que tiene seis años de viejo. Allí caben 1000 canciones que cambio cada mes sin nunca haberlas escuchado todos. Hago un inventario de máquinas que me han servido, algunas hasta que las desbarato. No creo que el Acer sea mejor que el Dell o que el Samsung sea mejor que un NTM, no dejo de lamentar que ya se vena poco esas marcas como “Sunny”o “Phonner”, que fueron las de mis walkman.

Habrá quién me diga “Usted lo que es un vaciado”(en realidad freelanceo) o “Usted escribe” ( en realidad soy un vaciado) “en mi caso es diferente porque soy diseñador/productor musical/fotógrafo/editor de videos y en ese caso nada como los mac”.

Compre un mac entonces, o un iPad o el nuevo iPhone , úselo hasta que se le desbarate. Deje tranquilos a los que no lo necesitan. Recuerde que usted pagó (caro) por él, que no es un regalo del cielo. Úselo como lo que es: un montón de cables conectados a su servicio. Y no al revés No se me vuelva un fundamentalista.

Cuando los primeros computadores con el logo de la manzana aparecieron, se lanzó un comercial de televisión en el que una heroína anónima destruía una pantalla desde la que un rostro vigilaba una multitud obediente. El mensaje que seguía era algo como “Gracias a Apple, 1984 no será 1984

En ese entonces, Apple era la compañía que se enfrentaba al monopolio de Microsoft, pero Steve Jobs fue un industrial y un comerciante. Si habría que compararlo con alguien, habría que compararlo (y saldría perdiendo) con Henri Ford. No fue un iluminado, no fue un guía espiritual. No hay en sus escritos ni en sus discursos, nada más que verdades obvias del mismo tipo que las que se utilizan para adoctrinar a los miembros de una secta. Si fue un apóstol, lo fue del consumismo, de convertir la tecnología en una marca de distinción social y llevar hasta los límites lo que suele llamarse “obsolescencia programada”. Hoy no nos importa que Apple recurra a prácticas de monopolio y pase por encima de los derechos de sus trabajadores en Europa, ya ni digamos en China. Cada año hay un nuevo producto. Caro. Bello. Lo alabamos unánimemente, hablamos de él, lo reseñamos con pasión, mostramos en la tele a los fans histéricos a la entrada de las tiendas, condenamos a la frustración a quienes no pueden tenerlo.

Gracias a Apple, 2012 es 1984.

Hoy dos millones de personas se irán a dormir acariciando los doce centímetros de largo de su nuevo iPhone. Mil millones de personas se irán a la cama sin haber comido durante el día las calorías mínimas para evitar la desnutrición. Es decir, con hambre.

en Twitter @r_abdahllah  https://twitter.com/r_abdahllah

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09

2012

umpala

El año de nuestros clásicos.

Por: Ricardo Abdahllah

El 10 de septiembre de 1991 se lanzó el sencillo de ‘Smells Like Teen Spirit” . Hace veinte un años, las cuatro bandas de rock más importantes de los noventa publicaron sus obras maestras.

En 1990 mi tía Patricia me regaló el primer casete de los Beatles que tuve en la vida. Era una compilación que ella misma había grabado en casete a partir de los LPS en vinilo de algún conocido. Los casetes, para quienes no los conocen, eran unas cajitas plásticas de más o menos el peso y tamaño de 10 iPod Nano en los cuales cabían unas doscientas veces menos música que en un sólo iPod del modelo más sencillo en el mercado.

Los vinilos, para quienes no los conocen, eran discos plásticos de treinta centímetros de diámetro, que no se podían exponer al sol por mucho rato porque luego la música sonaba como amelcochada. El tema más reciente incluido en la compilación era Let It Be de 1970.

Let It Be tenía veinte años. Era música buena, pero de adultos.

En mayo de 1991, Nirvana entró al estudio Sound City para comenzar la grabación de Nevermind. El primer sencillo del álbum, ‘Smells Like Teen Spirit’ se lanzó el 10 de septiembre.
Han pasado veintiun años desde entonces.

Ni siquiera quienes escribían en las revistas musicales underground habrían podio imaginar en enero del 91 que ese sería el año en que el público se daría gusto escuchando una cantidad de obras maestras que se habían estado cocinando en la segunda mitad de los ochenta. La cocina principal era Seattle. Una ciudad de la que musicalmente se hablaba poco excepto porque allí había nacido Hendrix, pero en la que abundaban los bares donde se tocaba por cerveza. En ese ambiente grupos como Green River y The Melvins se habían hecho un nombre y llenaban discos con un híbrido musical que reconciliaba a Zeppelin con Black Sabbath y a los Beatles con los Sex Pistols. Era el grunge, una denominación que nunca le gusto a los que terminaron reunidos en torno a ella y de la que el mundo no se habría enterado sino fuera por un seguidor joven de esas bandas, Kurt Cobain que empezó el año sin domicilio fijo y lo terminó en la cima de la celebridad que le iba a costar la vida.

La clave fue un álbum de doce temas donde, de la mano del productor Butch Vig, el grunge por fin pudo sonar decente y sobre todo sonar variado, porque a pesar de los tres acordes, comunes al punk y a la primera época de los Beatles, había todo un rango de música entre la susurrada ‘Something in the Way’ y los alaridos de ‘Territorial Pissings’.

Pero Nevermind no fue la única obra maestra made in Seattle en el 91 y, a la hora de hacer cuentas, ni siquiera fue la obra-maestra-made-in-Seattle con mayor éxito comercial. Cuando los miembros de Mother Love Bone, una banda que había quedado huérfana tras la muerte por sobredosis de su vocalista, Andrew Wood lo remplazaron por un amante del surf de San Diego , dieron no sólo con una voz de baritono sino con un activista político, un magnifico letrista y un frontman que con una rabia tranquila contrastaba las guitarras rotas de Cobain.

Como a la historia del rock le gustan las rivalidades, se empezó a hablar de un Nirvana vs. Pearl Jam que, antes de una reconciliación en la cual Vedder y Cobain bailaron juntos ‘Tears in Heaven’ durante una presentación de Eric Clapton, pasó por una disputa sobre cuál de los dos discos del 91 sería el más vendedor.
Y fue Ten, el debut de ‘la otra banda de Seattle’.
Ten estaba marcado por melodías de hard rock muy elaboradas e influencias blueseras y Nevermind por los acordes básicos y repetitivos que iban a hacer que la música de Nirvana fuera la escuela de los que en esa época apenas empezaban a coger una guitarra y repetían una y otra vez la línea de bajo de ‘Come as you are’ y los acordes rasgados de ‘Smells Like Teen Spirit’. Los dos en cambio tenían en común una cantidad inusual de canciones memorables más allá de la idea de buen-sencillo-para-radio y que terminarían por ayudar a las dos bandas a pasar por encima de las condiciones de sus casas disqueras y las restricciones de la onmipresente MTV. Los dos discos tenían también letras oscuras que contaban historias, o por lo menos impresiones sobre historias, que no eran evidentes para quien las escuchaba. Había que dedicarle tiempo al asunto y buscar referencias, para descifrar que ‘Polly’ era el relato de un violador que siente una cierta simpatía por la víctima que ha secuestrado y ‘Jeremy’ el de un adolescente que se había suicidado en frente de su clase en una escuela de Texas.

Uno iba entendiendo de a poquitos. Era lo de menos porque cada pedazo de letra parecía a la medida para las preocupaciones que se tenían en la cabeza. Cuando uno creía que el coro ‘Alive’ hablaba de sobrevivir en la guerra, la letra servía a la perfección. Cuando luego se enteraba que era una madre que decía a su hijo que siempre había mentido sobre la identidad del padre, seguía sirviendo.

Había entonces ya tres razones entonces para volvernos fans consumados, la primera era que las canciones, al menos de Nirvana, eran fáciles de tocar; la segunda, que había entender de qué hablaban las letras; la tercera, que sí las letras hablaban de que el rechazo en el colegio era razón suficiente para aislarse en la música y pegarse un tiro al final, adheríamos a la causa.

El grunge fue sobre todo eso, un aire de melancolía y rebeldía que se extendía contra la industria musical. Vedder y Cobain y compañías recuperaron, así fuera a medias, la actitud provocadora, que habían tenido los punk y que en los ochenta se había limitado a las excentricidades de nuevos ricos del heavy de Poison y Motley Crue y a un satanismo que, para gran tristeza de los pastores evangélicos que siguieron martillando el tema de los mensajes subliminales hasta el cambio de siglo, ya no asustaba. El desadapte y la espontaneidad reflexiva, contra el metal de negro y el rock descrestante y perfeccionista.

Que antes de comenzar su decadencia alcanzó también su apogeo en el 91, que produjo ese año discos clásicos que íbamos a añadir a nuestra banda sonora sin saber, o sin ponernos a pensar, que al hacerlo atentábamos contra los valores de los músicos de Seattle.

Poniendo las cosas en su sitio así como Guns N’  Roses no era lo mismo que el glam de Bon Jovi y Def Leppard, Metallica llevaba tres álbumes alejándose de los estandares del trash a toda velocidad de Slayer y Testament. Sin embargo, y a pesar de las quince millones de copias vendidas, el “álbum negro” que la banda grabó en 1991, fue un trabajo incomprendido. Los que compraron el disco por los sencillos que sonaban en la radio no entendieron ni la complejidad de las letras de ‘The Unforgiven’ ni que, más allá de los primeros acordes, que podían tocarse sin utilizar la mano izquierda, ‘Nothing Else Matters’ era una canción muy elaborada. Los metaleros duros que se rasgaron las vestiduras, (camisetas negras y jeans que a lo mejor ya estaban rasgados) gritando la traición comercial de Metallica pasaron por alto que ‘Sad But True , ‘Of Wolf and Man’ y ‘Don’t Tread On Me’ no desmerecían en fuerza y al contrario ganaban en densidad respecto a los temas más largos de …And Justice For All y que las recriminaciones que James Hetfield hacía al ‘Dios que falló’ a la hora de curar a su madre enferma de cáncer valían por docenas de portadas de discos con charcos de sangre y crucifijos invertidos. El álbum negro sacó el metal de un ghetto y le evitó a Metallica la pena de pegarse a una fórmula como desde hace treinta y pico de años lo siguen haciendo Iron Maiden y AC/DC.

Cierto que no pudieron superarlo. No importa. Nadie pudo superar 1991. Ni siquiera la banda más grande del mundo de la época, que a diferencia de Metallica, que dividió a sus seguidores, y de Pearl Jam y Nirvana, que se dividieron los suyos, marcó 1991 con uno, dos, tres, y cuatro discos perfectos.

El álbum de debut de Guns N’ Roses, Apetite For Destruction, prometía tanto como los tres temas que la banda había adelantado de lo que sería su trabajo del 91. Dos canciones ‘Knockin’ on Heaven’s Doors’ y ‘You Could be Mine’ habían aparecido en bandas sonoras y las dos llevaban más allá el rock duro y las baladas melancólicas que los Guns habían mostrado en sus primeros discos. La tercera canción fue ‘Civil War’, que hizo parte de un álbum de beneficencia organizado por la esposa de George Harrison para recaudar fondos para los orfanatos rumanos. ‘Civil War’ era la canción más larga de la banda hasta el momento, incluía piano, reivindicaciones políticas, recuerdos de infancia, diálogos de películas y hasta un extracto de un comunicado de Sendero Luminoso. Una lista que servía para imaginar la del álbum, Use Your Illusion: treinta músicos, incluídos Alice Cooper y Michael Monroe, un cover de Paul McCartney, una canción dedicada a insultar con nombre propio a varios periodistas musicales norteamericanos, rap, jazz, funk, country, coqueteos sinfónicos y trece de las treinta canciones que duraban más de la barrera comercial de los cinco minutos.

Cinco de los videos de esas canciones de larga duración dieron para videos. Para el de ‘Estranged’ Rose tuvo a su disposición un helicóptero, un carguero, varios delfines y catorce millones de dólares. Los uso para contar la vida de un rockero atormentado que vive en una mansión en las colinas de Los Ángeles.
Y a pesar del aire ‘bling bling’ y casi traqueto del video, Axl no nos había decepcionado. No es por unos delfines que uno se va a molestar con el tipo que, ya que los de Seattle habían dado el ambiente general y Metallica la fuerza que se necesitaba para seguir viviendo, había puesto las cosas en practica. ‘Breakdown’, ‘Locomotive’ y ‘November Rain’ tenían tantas frases memorables y, aunque menos crípticas que las de Nirvana o Pearl Jam, ambiguas que funcionaban como manifiestos perfectos para toda la gama de adolescentes que en el los años siguientes iba a a descubrir que en el 91 la música había comenzado a hablarles directamente: ‘Don’t cry’ era el epitafio de un hombre que se suicida porque nunca pudo sentirse bien con el mundo que lo rodeaba y no, como insistían las profesoras de inglés que se atrevieron a ponerla en clase, la despedida que un tipo le dedica a su novia porque deben separarse un tiempito.

Pero no es la idea hablar mal de las profesoras de inglés y sobre todo aquellas que, ya que el currículo no les ponía ninguna obligación, prefirieron las baladas de los Guns en lugar de quedarse con ‘Please Forgive Me’ de Brian Adams.

Por donde había pasado ‘Don’t Cry’ quedaba la puerta abierta para ‘One’ y ‘Losing My Religion’; por donde entraba ‘Nothing Else Matters’, pasaba ‘Under The Bridge’´.

Porque en el 91 además de los discos de Metallica y Pearl Jam y Guns y Nirvana, aparecieron el Achtung Baby de U2 , el ‘Blood Sugar Sex Magick de los Red Hot Chili Peppers, el Arise de Sepultura  y el Out of Time’de R.E.M, que además de completar nuestra educación sentimental nos enseñaron que mientras el resto de nuestra generación se consumía entre los bailes del mono y el perrito, a nosotros nos quedaba la verdadera danza. Si uno no optaba por la guitarra invisible y pesada como la que llevaba Cobain, podía bailar moviendo los brazos como Michael Stipe en el video de ‘Losing My Religion’ y seguir bailando como lo hacía en el de ‘Shiny Happy People’. Van tres formas de bailar. Existen otras tres: el cabeceo de Kirk Hammet, el meneito sabrosón de Axl, el desbaratrse de Cavalera y el salto con las rodillas al pecho en el coro de ‘Give it Away’.
Todas las maneras de bailar se inventaron en 1991.

1991 inmusic

Nosotros, los que llamábamos a las emisoras para que las canciones de nuestro credo hecho en el 91 subieran en las listas y comprábamos la revista ‘Cante en inglés’ para completar los vacíos enormes de las profesoras, nos pasamos el resto de nuestra juventud bailando esas canciones, y usándolas como oráculo para esa cosa tan dura e imposible que es crecer. Elegimos a nuestros amigos entre las personas que habían escuchado ese mensaje, intentamos reclutar para la causa las chicas lindas que no nos hacían caso y fuimos a llorar la decepción a las faldas (largas) de las mediometalerasmediogrunges que como nosotros habían construido sus principios morales con base en frases a medias traducidas de gente que ya empezaba a decaer.

El 91 pudo terminar el día en que Kurt Cobain, que era un hombre complicado pero de principios, le dijo que no a la propuesta de Axl Rose de hacer un tour con Metallica. O quizás cuando Axl Rose, que era un hombre complicado pero además un cabrón, mandó ese tour al carajo luego de cuatro presentaciones.

Cada uno por su lado Metallica y Guns se fueron de gira sin parar durante dos años desde entonces. La gente que los vio todavía se acuerda de esos conciertos, pero a la hora de volver a crear canciones Axl prefirió pelearse con sus compañeros de banda y Metallica, que no merecieron el calificativo de ‘vendidos’ que les aplicaron cuando sacaron ‘The Unforgiven’, se lo fueron ganando de sobra conforme se dejaban llevar por la espiral de concesiones que los llevó con los años a grabar ‘The Unforgiven II’ y, mire usted, ‘The Unforgiven III’. Los dos le dan la razón a Eddie Vedder, que sigue reuniendo a sus fans de entonces, y a las cenizas de Kurt. El hecho de que hace seis años escribí creo una línea muy parecida a esta, es como señal de que nada va a cambiar de que las cosas se han estabilizado para mal.

Por que 1991 fue una explosión de rock. Después nada. Un par de discos memorables, el Ok Computer, Antichrist Superstar, koRn, Nine Inch Nails, los proyectos de Jack White, Pete Doherty y Amanda Palmer. Media docena de discos y media docena de artistas en veinte años que han estado marcados por una serie de vedettes pop de los más intrascendentes, la desaparición de la idea de álbum y el problema de que por interesante que pueda resultar un artista Indie, es imposible encontrar un amigo que lo conozca.

En el primer año de la década siguiente, que fue el primero del siguiente siglo y, ya que en esas estamos el primero del nuevo milenio, los clásicos de 1991 se seguían escuchando en cuanto bar decorado con afiches baratos de rock existiera en el territorio nacional. Diez años de vigencia le daban a nuestra música el status de clásica. Cuando el 91 cumplió sus 15, gente que cuando Kurt Cobain se pegó un tiro apenas aprendía a gatear todavía se paraba cuando sonaba ‘Spirit’ y movía el cuello con ‘Sad But True’. Me recuerdo diciendo, orgulloso, que entre las últimas novedades de ese 2006 se colaban cantidades de canciones de la primera mitad de los 90, que en el 91 el rock fue de obras maestras, himnos generacionales y canciones inolvidables, las nuestras, que fue como si Jesús, Buda y Mahoma hubieran predicado al mismo tiempo.

Yo me recuerdo también recibiendo el consejo de no hablar tan alto con tantas copas encima y luego haciendo cuentas. Si en 1968 habían aparecido el álbum blanco de los Beatles, el Electric ladyland de Hendrix, el Cheap Thrills de Janis y el Beggars Banquet de los Stones, el siguiente gran año del rock ocurriría en 1991-1968=23; 1992+23=2014.

Pero no va a pasar. He escuchado hace poco en un bar a dos veinteañeras que se burlaban de un tipo que bailaba al estilo Cobain en medio de un grupo que a pesar de las guitarras se movía con las manos en el aire como si escucharan techno o, qué se yo.
¿House como la que escuchaban los demás en el 91?

Estamos en el 2012. Youtube producen fenómenos (en el sentido de espectáculos de circo que atentan contra la dignidad humana) que desaparecen en meses. Es eso o era que uno quería tanto la música que había comprado con la plata de la lonchera y las cosas que se compran con hambre se quieren mucho. Contra el hecho de que uno envejece no vale la pena patalear. Cabecear, en cambio, sigo siendo posible, así que me pongo lo que queda de mis converse y una camiseta de Use Your illusion y moviendo el cabello antes de que acabe de caerseme  escucho a todo volumen ‘Spirit’, que tiene la edad de la música de los Beatles cuando la escuché por primera vez.

Jeremy habló en la clase de hoy.

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08

2012

umpala

Querido Vladdo

Por: Ricardo Abdahllah

Hace unos días me bloqueaste en tu cuenta de Twitter. Supongo que no fui el único, porque ese día te volviste « tendencia » en Colombia. Jairo Varela había muerto, Colombia había ganado una medalla en los olímpicos y la cuenta de El Espectador retomó la expresión que habías utilizado unos minutos antes para expresar lo que seguramente sentían muchos colombianos, que era una « Tarde de contrastes ».
Sí, el trino parecía, calcado del tuyo. Sí, es posible que el trino fuera calcado del tuyo. Sí, tenías derecho a decirlo.
El asunto se podía despachar en 140 caracteres irónicos, un « Vea pues, El Espectador piensa como yo », un «#jalondeorejas el trino de #tardedecontrastes era mío », incluso un topoggigiesco « Lo dije yo primero »

Ahí debía acabar la cosa, pero en una serie de desatrinos la hiciste ir más lejos, gritaste un plagio, comparaste al responsable de la cuenta de El Espectador con un congresista corrupto e insinuaste que desde entonces no confiarías más en la objetividad del periódico.

Arrancar de una acción torpe en una red social para poner en duda la credibilidad del medio que más muertos ha puesto por denunciar la corrupción de todos los tipos en Colombia, me parece exagerado.
A lo mejor esa no fue la razón por la que los twiteros comenzaron de inmediato a criticarte. Puede que ellos pensaran, yo también en eso estoy de acuerdo, que se trataba finalmente de una frase banal, que a cualquiera se le habría podido ocurrir, que no tiene sentido ponerle copyright a un trino, que estar peleando por 140 caracteres era un irrespeto doble a los deportistas colombianos y a la memoria de Jairo Varela.

Yo respondí con humor. O al menos no tan en serio y cité una columna de labobadaliteraria, que las bobas aquellas escribieron creo respondiendo a otro de tus desatrinos: la reivindicación del término «twinto ».

Esta http://labobadaliteraria.blogspot.fr/2011/04/vladdo-personaje-del-mes-en-la-bobada.html

Entonces me bloqueaste. De una. Sin piedad. Si yo podría llegar a entender el bloqueo de quien se comporta de una manera amenazante, lo mío fue un chiste. Una redirección a un sitio donde te parodiaban y donde en una ocasión también me parodiaron o se burlaron de mí (o al menos yo sueño que fue así) http://labobadaliteraria.blogspot.fr/2010/11/el-mundo-al-bobo-hoy-petardo-abdallah.html Si para ti fue una ofensa, para mí además del honor de que hablaran de mí, o de ese Petardo Abdallah, que se me parece, fue una manera de darme cuenta de varias taras a la hora de escribir sobre lo que pasa en Francia, que es en general, lo que hago para ganarme la vida.

Yo admiro tu trabajo, Vladdo. No todo. Aleida me parece facilista y critiqué el momento en el que pusiste tu talento al servicio de una marca de carros, pero sí El Pasquín y sobre todo tu trabajo como caricaturista político. La Vladdomania, fue una de las pocas brújulas que le quedaban al país en una época tan de Colombia desorientada como fueron los Años Uribe. No soy el único en reconocer la importancia de ese espacio, tampoco el más autorizado, pero los elogios que el maestro Plantú hizo de tu trabajo cuando tuve la oportunidad de coocerlo, me hacen pensar que no me equivoco.

Exageraría si te digo que me duele tu bloqueo. Dolor es lo que siento en la mano derecha desde que hace tres semanas me la doblé jugando yermis, pero sí lamento que lo hayas hecho. Uno de los argumentos que da la gente que bloquea es « Sí no está de acuerdo conmigo, para qué quiere escucharme ». Yo lo encuentro de un avestrucismo impresionante. Sigo 666 cuentas en Twitter. Trato de mantener ese número estable porque es de buena suerte y porque más que eso termino por perderme. Entre esas cuentas hay amigos, colegas, deslucidos líderes y lúcidos desconocidos, artistas como Arjona y la Tigresa del Oriente y medios de todas partes, pero también gente con la que no podría estar más en desacuerdo. Sigo a un cierto expresidente (al escribirlo me doy cuenta que cuando uno dice ‘cierto expresidente’ ya la gente no piensa en Turbay) y a su asesor más fiel. A uribistas furibundos y a furibistas uribundos. A toreros y a militantes del extremista Frente Nacional francés que dedican sus vidas a despotricar contra los extranjeros. Me interesa lo que piensan, a veces hemos llegado a discutir y casi siempre en buenos términos. Cuando algunos me han bloqueado (yo creo no haber bloqueado a nadie) me digo que extrañaré sus opiniones.

Luego sigo mi vida.

Pienso que bloquear a alguien que te contradice, sobre todo si lo hace en buenos términos, es una manera curiosa de evitar el debate: en lugar de decir « No quiero escuchar sus argumentos » lo que ya es de cavernícolas, el mensaje es « No le daré el privilegio de escuchar los míos ».

Lo que puede explicarse por dos razones: o miedo a la contradicción o altanería y esos son dos lujos que, como un nuevo Mercedes Benz, un caricaturista no puede permitirse.

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07

06

2012

umpala

Elogio de la zarrapastrosidad.

Por: Ricardo Abdahllah

A Angelino nadie se la está montando por su « origen humilde ». Es decir, no hay en su caso una oligarquía que tiene miedo de las clases populares y se ensaña en su contar porque es pobre o porque les estorba.
Eso pasa es con Petro.
La prueba, al alcalde le han puesto el rótulo de « populista », al vicepresidente no, precisamente porque nunca ha hablado del pueblo del que salió.
No se la estamos montando a Angelino por pobre, sino porque dejó de serlo.
Lo que molesta no es que haya dicho que es de zarrapostrosos no viajar en primera clase. Al contrario, estamos de acuerdo. Lo que me molesta es que en la manera de decirlo, uno siente que el vicepresidente me está menospreciando el viaje zarrapastroso. Yo no voy a decir que he visto mucho, qué más quisiera, pero puedo decir que los viajes que han valido la pena han sido los económicos, a la pobre, barato, por lo que me quieran llevar gratis si se puede.

Así que rindo un homenaje a la clase zarrapastrosa, o «Clase Z », para los amigos. Un homenaje a esos héroes que han hecho de mis viajes zarrapastrosos una iniciación eterna en medio del viaje a través de esta vida de la que también quiero irme en clase económica.
Al señor que un día me recogió un día haciendo stop bajo un aguacero en el Paso de Arcabuco y me hizo prometer que sembraría un árbol y a Ryanair con su trompeta de caballería que suena cuando aterriza el avión y sus azafatas que pasan de puesto en puesto ofreciendo un raspa-raspa para ganar viajes y calendarios donde ellas mismas son las modelos.
A los conductores de las tractomulas cargadas de carbón que nos recogían saliendo de la Jagua de Ibirico para llevarnos a Santa Marta, es decir al Tayrona (eso antes de la época Aviatur, cuando el parque era menos cómodo. Más zarrapastrosamente bello).
A los mochileros suizos y refugiados albaneses con los que compartí dormida en el piso viajando en ferry con un pasaje marcado ‘Cubierta’.
A los empleados de los « hostels » de los países ricos que son la versión pobre de los « hostels » para ricos en los países pobres y a los huéspedes y visitantes de
www.couchsurfing.com que me ha permitido redescubrir el valor de la gentileza de los desconocidos.
A los trenes regio de Rumania en los que uno comparte vagón con indigentes e inválidos que no van a ninguna parte, que viven en el tren. A los Greyhound donde siempre hay un músico varado y un loquito que habla solo, y a los Eurolines con sus carreteras interminables y a los buses de Marruecos donde a uno el vecino lo despierta para compartirle lo que está comiendo.
A las bancas de parque y a la dormida en los aeropuertos.
A los templos en India donde, me han contado, no le niegan un plato de arroz y un techo a cualquier zarrapastroso que llega y a los viajes donde uno se sostiene a punta de chocoramo y yogurth en bolsa como en otra época san Kerouac se mantenía con helado y torta de manzana.
Y a los viajes con los hongos que crecen entre la caca de vaca en la Mesa de Los Santos, tan zarrapastrosos al lado de las drogas de diseño.
Tan sabios.
Señor vicepresidente, qué lastima que pese a su origen humilde que usted ha tenido la humildad de recalcarnos, se le haya olvidado que viajando en clase zarrapastrosa es que puede verse el mundo. Que en los hoteles de cinco estrellas y las clases ejecutivas, businnes, silver, golden, platinum y VIP lo que hay son espejos, donde uno no se vé más que a sí mismo y a pesar de no haberse movido un centímetro tiene la tentación de decir « Qué lejos he llegado ».

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21

05

2012

umpala

Praga 3/3 La ciudad del vacío

Por: Ricardo Abdahllah

Frente a la tumba de Kafka en el cementerio de Žižkov hay una placa de homenaje a Max Brod. Brod fue su mejor amigo, pero lo traicionó tras su muerte. En lugar de destruir sus manuscritos, como Kafka se lo había pedido, los publicó. Así gracias a él conocimos El Proceso y El Castillo. Si hay una placa en lugar de tumba es porque, a pesar de estar tan ligado a Praga por la obra de Kafka y por la suya, Brod está enterrado en Tel-Aviv, donde murió en 1968.

Tuvo suerte.

La tumba de Kafka frente a la placa en memoria de Max Brod.

La tumba de Kafka frente a la placa en memoria de Max Brod.

Kafka murió de hambre porque la tuberculosis no le permitía comer y también tuvo suerte. Tuvo suerte primero que todo de que fuera en 1924. Así su fecha, no coincide con los 1942 , 43 y 44 que se repiten tanto en las tumbas vecinas. Tuvo también la fortuna de morir en un sanatorio cerca de Viena, porque también los lugares de defunción se repiten en muchas de las lápidas: Ravensbrück, Dachau, Auschwitz.

Las mismas fechas y lugares pueden leerse en varias placas de bronce incrustadas en los andenes alrededor de la calles Josefov, que los turistas, distraídos por las figuras esculpidas en las fachadas de los edificios vecinos no notan nunca. Esas placas circulares son un tributo a personas que vivieron en el barrio y terminaron en los campos. Marcada por las huellas de la comunidad judía desde mucho antes de que el rabino Loew echara a andar al Golem por las calles, Praga es también la ciudad del vacío que dejaron los judíos cuando los exterminaron.

En el otro cementerio judío de Praga donde los miembros de la comunidad enterraron sus muertos hasta 1787, está la tumba de Loew. Ese cementerio es también el escenario donde un escritor prusiano del siglo XIX de nombre Hermann Goedsche ubicó la escena de su novela Biarritz en la que varios líderes judíos se ponen de acuerdo para dominar el mundo. La novela no tiene mayor valor literario y sin duda habría sido olvidada sino fuera porque los servicios de inteligencia rusos, harían pasar esa conspiración como real y se basarían en él para escribir un panfleto que se convertiría en una de las justificaciones para el antisemitismo europeo de los años 20 y en una de las pruebas citadas como explicación para el genocidio nazi: Los protocolos de los sabios de Zión.

Aunque hace tiempo se ha comprobado que los protocolos son falsos, e incluso se ha identificado al escritor Matvei Vasilyevich Golovinski como el responsable de su redacción. He dado en la vida, en persona o través de sus escritos con personas que aún creen en la conspiración de Praga y que de ahí insinúan que lo que pasó después no fue grave o no tan grave.

Los nombres de los muertos en el holocausto cubren las paredes del Museo Judío de Praga

Los nombres de los muertos en el holocausto cubren las paredes del Museo Judío de Praga

Pero junto a ese cementerio hay un edificio que en una época fue el corazón del barrio judío y ahora es apenas el corazón del museo judío de Praga. Cuando los nazis expulsaron a los ocupantes de las últimas calles decidieron no lo destruyeron porque querían que fuera el museo de una raza extinta. Adentro hay nombres. Son sólo nombres, pero cada nombre es el museo de una vida y esos nombres que se extienden hasta el techo por todas las paredes de cada cuarto y cada corredor del edificio escritos en tinta roja y negra son los museos de vidas incompletas. Terminadas por odio o por inercia o por la inacción de los que, en ese entonces, también dijeron que no estaba pasando nada o que lo que pasaba no era tan grave,. Alguien pregunta si son los nombres de todos los judíos asesinados en Europa. Otra persona responde que no, que no habría espacio en el edificio para poner dieciseís millones de nombres. Son sólo los judíos muertos de Praga. Que fueron casi todos los judíos de Praga.


En el viejo cementerio una dama golpeaba la tierra del pie para sacar una piedrita que pone sobre una de las lápidas. ‘Usted puede también hacerlo aunque no sea judío’ me dijo en un inglés aprendido. Sonrió y yo hice lo mismo.

De regreso al nuevo cementerio, recogí piedritas y las dejé en varias de las tumbas junto a las que pasé para llegar, evitando la línea recta a la de Kafka. Allí dejé una página del libro que leía (una traducción francesa de La muralla china) robé una postal que le habían dejado escrita en inglés y alemán. Robo cosas de las tumbas, de la de Cortázar tengo ya una caja llena pero a nadie le he dicho. Algún día haré una exposición.

Había también uno de esos adoquines de los que están hechos las calles de Praga y que, cuando faltan, hacen blasfemar a las pragueñas entaconadas. Había monedas rusas, checas, algunos centavos de euro y de dólar y cuatro llaves de diferentes tamaños. Eché todo en mi morral, gasté las monedas checas en estampillas para las postales. Pegué con supercryl (una versión checa) las llaves alrededor del adoquín, persiguiéndose.

Ahora que ha pasado el guayabo supongo que esa escultura improvisada encierra Praga y los libros que pasan y los libros de otros que nos sobreviven, las rutas de escape de los que sobrevivieron al horrar, la vida ejemplar de un oficinista que supo serle fiel al doloroso deber de escribir y las puertas por las que no pudimos pasar aunque desde el principio nos estuvieron destinadas.

Praga

Praga

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