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Antes del Mundial de Corea y Japón 2002, Luis Felipe Scolari acusó de animales a todos aquellos futbolistas que no pudieran reprimir el deseo sexual, aludiendo al bajo rendimiento físico si estos lo practicaban, por ejemplo, un día antes de la competencia. En el caso del tenis, ese lado prohibido incluye, además, la restricción despiadada de la masturbación. Finalmente, la mano es el alfil de un tenista. Lo más chistoso del tema-para los que creemos que el sexo sí es inversamente proporcional al desempeño físico del deportista- son las formas desesperadas como algunos buscan corromper esa ley. Lo prohibido, y esa desfiguración causada por un chorro de hormonas de pubertad, poseyeron a más de uno en mi generación. A mí, un poco. Me pasó en 2008 en un torneo en Bogotá.
Ser huésped era la única forma de entrar al hotel donde se hospedaba mi amiga (o mi blanco), pues el entrenador suyo había dado órdenes en recepción de restringir visitas para evitar cuartitos sofocantes. Inventamos un plan, como al tercer día de competencia (so pena de no rendir de la misma forma), para evadir a los recepcionistas y al mismo entrenador, que merodeaba por el lobby frecuentemente. Debimos (estaba con un amigo cuya novia integraba la misma delegación) ubicarnos en un callejón que daba al cuarto de las susodichas. Ellas nos lanzarían desde el quinto piso sus chaquetas rojas, las que identificaban el uniforme de la delegación que allí se hospedaba, para lograr infiltrarnos sin ser reconocidos. Entrar sin ser vistos, una vez el entrenador saliera a comer junto con la delegación, menos con dos damiselas que acusaban mucho sueño. En realidad era todo lo contrario…
Cuello hasta las mandíbulas, viseras de las gorras inclinadas, pasos sigilosos a través del portón y hacia las escaleras. Un escalón y aumento del placer del riesgo. Dos escalones y el optimismo de la ilegalidad cumplida.
“Un momento, señores…”. Siguiente paso, dar la vuelta y salir corriendo al escuchar al recepcionista que iba a llamar al entrenador del que nunca nos percatamos que hubiese salido del hotel. Corrimos en la misma dirección del restaurante de la delegación y a los metros nos alcanzaría el entrenador: un moreno de dos metros que parecía tener dos guadañas en lugar de brazos.
“No me querías dejar dormir a mis niñas, ¿no?”, me dijo al siguiente día. Lo peor de todo es que, luego de ese intento fallido, nunca pude quitarle un minuto de sueño a dicha niña.
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