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24
07
2013
Diego Niño

Hablando solo (II)

Por: Diego Niño

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 II

Sin embargo los años fueron acortando esa brecha que la aritmética dice que debe ser constante y que la práctica demuestra que es flexible. Cinco años después nos encontramos en El Aeropuerto Barajas de Madrid. Estabas alegre porque habías sido admitida al Máster en Metodología de la Investigación en Ciencias de la Salud de la Universidad de Córdoba. Dos horas después viajabas a Colombia para ultimar detalles y regresar a disfrutar la mejor época de tu vida. Al reconocerme lanzaste una de aquellas sonrisas que sólo tú posees, me abrazaste fuerte, como si quisieras adherirme a tu piel y me invitaste a sentarme en la banca del lado. Los años había agregado nuevos elementos a tu belleza: los rasgos de la cara se había afianzado, los pómulos se veían amenazantes debajo de tus enormes ojos verdes. Estás hermosa, dije sonriente. ¡Gracias! El tiempo y el espacio abandonaron su rigidez para entregarse a la elasticidad que nos facultaba a regresar a aquella noche en Bruder. No me canso de recordar la penumbra en la que intenté besarte ni el temor que quedó aferrado a tu mirada, indiqué cuando llegó el momento de evocar. Yo tampoco he podido olvidarlo. Viéndote a través del recuerdo, pienso que en ese momento tuviste la certeza que era posible quedarse en los recodos de mi alma sin que fuera motivo de temores.

Hablamos mientras anunciaban el vuelo a Lisboa. Al final, cuando llegó el molesto aviso, me diste un beso en los labios sin darme tiempo de reaccionar. El pico que te debía, dijiste para zanjar cualquier duda. No supe desde cuándo me lo debías ni la razón por la que lo adeudabas. Quizás había más amor del que quisiste confesar años atrás. Tal vez, me digo ahora, me dije entonces, soñaste con este beso por meses que se hicieron años. El caso es que no hice nada: sólo sonreí, di media vuelta y crucé el detector de metales mientras te perdías entre la multitud. Entonces fuiste nuevamente una sombra que emergía de vez en cuando en las largas y melancólicas noches lisbonenses.

Ahora estoy acá, hablando solo como un loco y esperando tu arribo. De nuevo en Tunja, de nuevo en Bruder. Aunque no es Bruder, el pequeño bar de nuestros recuerdos; ahora es un Café-Bar que está dentro de un Centro Comercial de ciento treinta mil metros cuadrados que devoró el establecimiento y tres cuadras adyacentes. Buena parte de la historia de Tunja y de Colombia arrasada por los embates de aquel progreso de concreto que tanto gusta por estas latitudes. Ahora que tengo sesenta y cinco años, mi cansancio no le importa a nadie, mis manos atestadas de lunares y temblores no son más que una molestia para quien contempla la dificultad con la que escribo, mi andar impacienta a quien viene detrás mío, como si estuviera inmune al paso del tiempo, el gran dios que distribuye castigos y recompensas. Tú en cambio sigues siendo la misma mujer atractiva de siempre. Ahora con experiencias, dos hijos y un divorcio a cuestas, un prestigioso puesto en el Ministerio de Salud, propiedades y sueños por cumplir. Buena manera de dar la vuelta a la esquina, con dinero y futuro en los bolsillos. Yo, como recordarás, di la vuelta sin dinero y sin futuro. Aunque en últimas eso fue mi vida: una larga caminata por las necesidades y las palabras, por las mujeres y la melancolía.

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Opiniones

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Opinión por:

mediavuelta

24 julio 2013 a las 20:53
  Responder

Me sorprendió la manera de describir ese tipo amor que se mantiene aun en cada esquina y calle de la cotidianidad, demostrando que somos de alguien para siempre, aunque estemos solos o acompañados. Muchas gracias.

    Opinión por:

    tejiendo-naufragios

    24 julio 2013 a las 22:30
      Responder

    Quisiera responderle con una frase que pronuncia el protagonista al final del último capítulo: “todos sabemos que existen amores cuya naturaleza hace que duren un breve espacio de tiempo, así ese breve espacio sea la vida entera”

    Gracias por la visita y por el comentario.

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