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15
07
2013
Diego Niño

Incertidumbre

Por: Diego Niño

no tiene nombre

Reseña del libro Lo que no tiene nombre de Piedad Bonnett

Empecemos por el final porque la muerte, la terca muerte, no tiene ni pies ni cabeza, no conoce antes ni después, porque sólo hay eternidad en sus recovecos. Y porque el libro que está en mis manos, el mismo que leí sin darme la oportunidad de levantarme de la silla ni darle espacio a las deliberaciones, habla de la muerte. Pero no de la muerte que le llega a quien la vida ya no tiene por dónde entrar, sino sobre la muerte de un joven de veintiocho años de edad. 

Decía que empecemos por el final. Leemos en la última página: “Yo he vuelto a parirte, con el mismo dolor, para que vivas un poco más, para que no desaparezcas de la memoria. Y lo he hecho con palabras, porque ellas, que son móviles, que hablan siempre de manera distinta, no petrifican, no hacen las veces de una tumba”. Se tendría la sensación, entonces, que el libro es el intento de empujar el viento, arañar la piedra, amordazar los dientes que roen el alma y en últimas, y para no dar más largas al asunto, de regalar una migaja de vida a quien ya no la tiene.

Pero es más que eso: también es la reivindicación de quienes sobrellevan la esquizofrenia.

Vale decir a modo de paréntesis, que quienes estamos a este lado, si acaso hay un río o un abismo o una delgada línea que separa a los “sanos” de los “enfermos”, no conocemos las voces susurran en sus madrugadas, la angustia que socava las entrañas de su alegría ni aún podríamos saber cuántas sombras los esperan emboscados en todas las esquinas de la vida. Sólo vemos al muchacho que habla sin parar o a la señorita que guarda un silencio impenetrable. Evidencia, decimos, que está mal, que hay que encadenarlos a las camas, o si decidimos aprovechar el privilegio de estar en los albores del siglo XXI, prueba que hay que recluirlos detrás de pastillas (no importa si es risperidona, haloperidol, clorpromazina, olanzapina o aripiprazol), y de esa manera sepultarlos detrás la máscara de la sonrisa o, si el caso se pone difícil, que sucede con relativa frecuencia, olvidarlos, renegar de su existencia, alzar la mano contra ellos cada vez que estorbe nuestro paso por las calles.

Así las circunstancias, Daniel, la razón del libro, asistió cada semana del 2006 al 2010 a terapias con el psiquiatra y se ligó a los medicamentos. ¿Qué más podían hacer frente a este drama que es tanto o más trágico que la enfermedad misma? Por tanto sus temores se transformaron en rottweilers que se desdibujan en su perplejidad, que se desvanecen en su intento de escapar de la mordaza, que naufragan y sangran en una melancolía que los anula y quienes al final mueren silenciados y atados a su miserable destino (pueden encontrar algunos de sus trabajos en este lugar). Qué más se puede esperar de un artista que ve restringida su creatividad por aquellas pastillas que “te atontará un poco, sí, y es posible que te den mareos al levantarte. Por eso ve con cuidado. Quizá te sientas lento, lejano, desasido del mundo, indiferente; quizás te dé sed, te ponga a salivar, te vuelva rígido. Tal vez tiembles, tengas tics, dolores en las piernas y en los brazos. O te vuelva impotente. Y eso sí, buena parte del tiempo te sentirás soñoliento”.

Sin embargo no será suficiente. También tenían que silenciar la sociedad y las leyes que determinan el éxito. Pero la familia no pudo controlar esa variante (¿quién puede someter la voluntad de millones de personas?) y ese muchacho que había logrado regresar a la vida, a la sonrisa y a la amistad, se fue desbarrancando lenta pero irreversiblemente. En efecto, el 14 de mayo de 2011, agobiado por sus fantasmas, por el temor de seguir fracasando en un mundo de triunfadores, subió a la terraza de un viejo edificio del Upper East Side, tomó impulso y se lanzó al vacío anulando de esa manera los demonios engendrados en los recodos de la esquizofrenia y los que se derivan de la sociedad, de los complejos, de las culpas impuestas por los índices que señalan, por los gritos que castran, por los esquemas que acorralan…

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