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03
11
2009
De lo crítico del ejercicio de la crítica en el oficio del crítico colombiano…
Por: Tomás Corredor
No temas a la perfección, jamás la conseguirás
Salvador Dalí
- ¿Porqué mi papá no está acá acostado? –Le pregunte a mi mamá por allá en una noche de mil novecientos ochenta, antes de tumbarme como todas las noches a ver televisión en la mitad de la cama, en la mitad del matrimonio que esa noche se separaba, eso fue algo que en ese momento supe, pero que no entendí. Esa noche se había ido el “hombre de la casa” y me quedé viviendo mi temprana infancia al lado de cinco mujeres, una era mi desconsolada madre y las otras, dos primas y dos hermanas que unidas y solidarias como género y basadas en el dolor y lágrimas de mi mamá, decidieron por varios años condenar toda posibilidad de apreciación de la belleza en algún ser diferente a ellas mismas, y así fue que aprendí a practicar el ejercicio de la constante crítica de la forma más aberrada posible.
Basado en esa supuesta construcción que genera decir lo que está mal, Crecí “criticándolo” todo, partiendo siempre del principio de una propuesta crítico constructiva, que indefectiblemente, en todos los casos, resultaba destructiva en la medida en que se planteaba sobre lo que yo haría si fuera el autor del ejercicio, y no en lo que hizo en su ejercicio aquel autor que se expuso públicamente. Así, bajo estos parámetros, llegó a ser muy fácil decir que algo estaba mal, sólo era pasar por encima del proceso de construcción del que generó el punto de partida, y emitir, sobre ese punto, algún irresponsable juicio desde el que protegido por los inocultables y evidentes errores que siempre estarán presentes en toda obra humana, me deleitaba creyendo tener el poder de la implacable verdad que me atribuía el denunciarlos.
Veintinueve años después y con mis papás casados de nuevo, recorro las bases de mi crítico pasado como crítico desde ayer, cuando después de ver una película y en la habitual charla que le sigue, resulté pasando del acostumbrado análisis de lo “bueno” o lo “malo”, a un sano pero muy peligroso ejercicio de la crítica, y aunque mis conceptos estaban siendo compartidos en un ambiente íntimo, había ciertas posiciones personales que me exigían un comportamiento casi académico. Analicé lo que dije, y al final el ejercicio, al menos para mi, funcionó. Dormí tranquilo, había tomado mucho vino.
Me desperté obsesionado con algunas palabras, con algunos conceptos; me desperté en esta ciudad en la que no nací, en la que sólo hasta ahora empiezo a vivir, y extrañé momentos con nombres propios. Extrañé a Carlos Mayolo con sus lecciones de cine que nunca entendí en tiempo real, lecciones que siempre adquirían valor días después, cuando como revelaciones, iluminaban en el momento menos pensado los más oscuros conceptos de lo pensaba que era el cine; extrañé la cinesífilis de Jorge Nieto con quien compartí mis primeros intentos de cinéfilo aberrado mientras disfrutábamos el proustiano ejercicio de andar en busca del cine perdido; extrañé las pequeñas lágrimas que como un discurso bajaban lentamente por la gigantesca cara de Augusto Bernal cuando una imagen lo dejaba sin palabras; extrañé jugar a sentirme mayor en medio de un almuerzo lleno de amor por las imágenes y sabias sentencias sobre el cine con Juan José Vejarano, Carlos Marciales y Jaques Marchall; extrañé la poética, atmosférica y nostálgica forma en que Adriana Villamizar me compartió su visión del cine; Extrañé repasar con mis ojos y pasar con la yema de mis dedos, cada una de las páginas de cine de Luis Alberto Álvarez. Se que son más personas, más palabras, más reflexiones, mas conceptos, pero hoy sólo los extrañé a ellos, hoy, esa fue mi forma de extrañar el cine colombiano.
Esta mañana extrañé tantas cosas, que no me quedó más remedio que buscar algún ejercicio crítico para leer sobre el cine de mi país. Pero no apareció nada, la nueva crítica parece estar en crisis, los rigurosos exámenes y responsables juicios públicos sobre el cine nacional han sido reemplazados por sinopsis, estrellas y reseñas. No hay que ser crítico para saber que nada es perfecto, no necesito saber si para alguien una película es mala, buena, regular o pésima, quiero vivir con el crítico, mientras lo leo, la forma en que su percepción del cine se perfecciona a partir de lo que la película, buena o mala, le aportó, quiero pensar mientras leo y después crecer, cuando reflexione sobre lo que leí.
Hace un par de años con orgullo se hablaba de la llegada de Colombia al largometraje número trecientos en su historia del cine, trecientas películas resulta ser, en algunos casos, la producción anual de largometrajes en otros países donde el cine es una industria; está claro, la crítica de cine de un país siempre estará relacionada con su industria cinematográfica, hablamos de cine, pero no somos un país de cine y es difícil crecer en el ejercicio crítico si todo lo que vemos ya ha sido previamente criticado; como en algún lugar ya escribí “…ser un crítico de cine en Colombia, debe parecerse a ser catador de vino, éste es un país al que todos los vinos llegan catados y todas las películas llegan criticadas”. Pero el tiempo pasa, y para este día, en las estadísticas del cine colombiano, se habla de trecientas dieciocho películas, hablar de cine colombiano deja de ser el eterno imposible, tenemos más películas por año y ya los estándares de realización se han modificado, es hora de que los que quieren ejercer el oficio de críticos de cine, retomen el camino de los que lo han hecho bien hasta ahora. Una industria de cine no se consolida sólo con hacer películas, se consolida con enseñanza, con estímulos a la producción, con exhibición, pero necesita también de la taquilla y la formación de sólidos criterios de apreciación del cine, que hasta ahora, parecen seguir perdidos para un público que quiere entender su realidad a través del cine, y es ahí cuando la crítica debería aparecer como una fuerza que ayuda a consolidar una identidad audiovisual propia.
Yo no quiero, al menos por ahora, criticar películas, hay gente que si, yo quiero hablar de lo que quiero encontrar en los ejercicios críticos de los que si quieren hacerlo. Si a la hora de criticar, una pantalla de proyección de cine termina por ser siempre una lupa en la que cualquier milimétrico error que se cometa sobre un fotograma se verá magnificado en exageradas proporciones, los defectos serán evidentes para todos, entonces para qué seguir hablando de ellos, para qué usar más la lupa con la que calificamos, para que seguir por ese camino si podemos encontrar la luz para iluminar lo bello, lo útil del cine y hacerlo visible para el mundo.
©Tomás Corredor
NYC / Agosto 14 de 2009
Publicado originalmente en http://cinefiliaescrita.blogspot.com/
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Opinión por:
azulquitapenas
26 octubre 2009 a las 10:33
¡Tomasino, es tan emocionante leerte y también extrañarte¡¡¡ Recordar los primeros fotogramas que fueron parte de nuestras charlas en la cafetería del Politécnico Santa Fe de Bogotá, y luego en los pasillos de Black María, pero donde más extraño, donde más me extraño, es en aquella biblioteca donde los sabios delirios de Carlos Mayolo no enseñaron tanto. Me enorgullece inmensamente estar en tus páginas de Cinefilia Escrita… Sigamos entonces buscando atmósferas y melancolías, sigamos imaginando y haciendo visibles esas ilusiones de celulosa.
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