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24
07
2013
tareasnohechas

Servicio al cliente

Por: Luis Miguel Rivas

Hay gente que confunde el buen servicio con la sumisión. Pero en el restaurante La Dolce Vita tienen un punto de vista diferente y consideran que el mejor homenaje que se le puede hacer a un cliente es  ponerlo en contacto con meseros de carácter firme y actitud crítica, que constituyan un reto para el comensal y pongan a prueba su capacidad argumentativa. “El cliente siempre tiene la razón. Pero no en esta empresa” es el lema de la Dolce Vita. A mí me gusta eso: los camareros con criterio, los empleados que te hagan sentir que estás frente a un ser humano sólido y estructurado y no frente a un apocado súbdito que opera como simple mecanismo para la satisfacción de tus caprichos.

Ahí estaba yo, en La Dolce Vita, un miércoles de otoño, a la dos de la tarde, con un hambre voraz, el plato en la mesa y dentro del plato una suculenta porción de pastas. Me disponía a mandar la primera cucharada cuando vi, con asombro y azoramiento, surgiendo a intervalos casi regulares, entre raviole y raviole, la sinuosa presencia de un pelo castaño. Siempre creí que eso solo ocurría en los chistes, en las comedias o en las historias absurdas que cuentan los charlatanes. Pero ahí estaba el pelo, surcando el plato, como desperezándose en ondulaciones alargadas, con cierto desparpajo no exento de armonía y hasta de cierta magnificencia. Casi podría decir que era hermoso y que contribuía a la agradable presentación del plato, como puesto por el decorador en un último arrebato de inspiración. Pero era un pelo. Si no tuviera esa idea de fealdad que se le ha atribuído históricamente a un pelo dentro de un plato tal vez habría admirado y celebrado su aparición. Quizás cuando el mesero me preguntara cómo me había parecido la comida hubiera contestado: “deliciosa; y sobre todo me encantó la presentación, qué hermoso pelo, que lindo resaltaba y cómo se contorneaba en la superficie de las pastas, se ve que lo habían cuidado muy bien. Felicitaciones”. Pero no ocurrió así porque mi criterio está demasiado deformado por los prejuicios. Así que lo primero que hice fue llamar al mesero.

-          Disculpe –le dije, con educación, apenas llegó- mire, hay un pelo en mis pastas.

El mesero me miró entre atónito y ofendido, como si le estuviera diciendo que su padre era un violador. Luego observó el plato con la evidente intensión de comprobar el error para luego hacerme sentir mal por la vulgaridad del comentario. Pero tras unos instantes de sesudo análisis tuvo que rendirse ante la evidencia. Era un pelo. Respiró hondo.  No lo podía creer.

-          Permiso – me dijo y se inclinó tomando el pelo con sus dedos en forma de pinzas.

Lo levantó y lo puso sobre la mesa, encima de una servilleta. Mientras lo analizaba movía la cabeza a los lados, todavía inmerso en esa etapa de la elaboración del duelo que los sicólogos llaman la negación. Se quedó pensativo y de un momento a otro, como si cayera en cuenta de un dato clave, miró hacia mi cabeza con gesto de sospecha.

-          Disculpe, yo conozco el pelo de todas las personas que trabajan aquí y este pelo no pertenece a ninguna de ellas ¿No será suyo? – dijo clavándome la mirada-  ¿De casualidad no tiene usted problemas de caída de cabello?

Ahora fui yo quien lo miró atónito y ahora era yo el que no lo podía creer. Me pase la mano por la cabeza y lo miré fijo.

-          No, joven –dije con aplomo-  yo sí tuve un comienzo de alopecia hace pocos meses, pero lo controlé con un tratamiento a base de miel y jugo de cebolla, aplicando la mezcla dos veces al día. Muy efectivo.

El hombre me miró con incredulidad, lo que me irritó sobremanera dado que no soporto que pongan en duda la seriedad de mis palabras ni la efectividad de mis recetas. Entonces miré hacia su cabeza y ataqué directo.

-          ¿Y usted? ¿No será más bien un pelo suyo?

Su rostro acusó el enrojecimiento de la indignación y si el gesto pudiera traducirse en palabras hubiera dicho: “cómo se le ocurre”. Pero supo contenerse y habló con decoro.

-          No señor –señaló el pelo puesto sobre la servilleta- como podrá ver, ese es un pelo crespo y el mío es ondulado –señaló su cabeza- a mí se me parece más a la configuración de su cabellera -remató apuntando a mi melena.

Me mantuve firme.

-          Pues yo tengo firmes sospechas de que puede ser suyo –contesté.

-          Disculpe, pero no veo en que puede usted apoyarse para lanzar semejante acusación – infló el pecho y se metió los dedos entre su cabellera- como usted podrá ver mi pelo es…

Su suficiencia me colmó y no lo dejé terminar. Decidido a acabar con el asunto de una vez por todas, me arranqué un pelo y lo puse al lado del que había en la servilleta.

-          A ver… mire bien… ¿Le parece que estos dos pelos se parecen mucho? – pregunté, retador, casi airado.

El hombre se inclinó.

-          A decir verdad si tienen su parecido.

-          ¡¿Parecido?! ¿Se le parece mucho a usted este pelo elástico, con emulsión equilibrada –dije señalando el mío- a este otro brillante y pegajoso – continué señalando el que había salido del plato- y al que se le nota a kilómetros el alto contenido graso?

-          El alto contenido graso pudo haberlo adquirido dentro del plato. Recuerde usted que la salsa tiene mantequilla. Además si observa bien –dijo volviendo a analizar los dos pelos que teníamos sobre la mesa-  notará la ondulación de ambos…

No me aguanté más y con un movimiento rápido extendí la mano y arranqué un pelo (para ser preciso un manojo, tal vez cinco o seis) de la cabeza del mesero.

-          Ayyy -se alcanzó a quejar.

-          Shhiiiittt – Lo increpé llevándome el dedo a la boca- Mire que se pueden enterar los clientes.

-          Pues por mí que se enteren – dijo irritado, levantando la voz.

-          Ahh sí, el muy independiente –le reconvine con sorna mientras hacía jarra- ¿Es que acaso no tiene hijos? ¿No se da cuenta de que si se enteran los clientes van a empezar a desconfiar del restaurante y dejaran de venir y el negocio entrará en decadencia y los dueños se verán obligados a disminuir gastos y como usted sabe cuando una empresa tiene que rebajar costos empieza por deshacerse del personal de servicio y a la primera persona que despedirán será a la que protagonizó el escándalo que produjo la desbandada de los clientes y la subsecuente decadencia del negocio?

El hombre, que me había escuchado en silencio, primero con cierto desagrado y con mayor interés a medida que mi argumento tocaba el drama su propia realidad, se quedó pálido, mirándome fijo con un gesto de verdadera preocupación. Yo, enojado, puse su pelo recién arrancado sobre la mesa en una servilleta, al lado de los otros dos. Era claro que el pelo desconocido y el del mesero tenían un corrosco más pronunciado que el mío. Además tenían el mismo color. Los señalé mirando al mesero con gesto de triunfo.

-          ¿No ve el corrosco de ambos? Son dos pelos ondulados, de textura media y color castaño oscuro. ¿Y ahora qué tiene para decirme?

El hombre negó con la cabeza.

-          Observe los matices, no sea burdo, señor.  Olvida usted el tipo de estructura. Mire que este es ondulado o cinótrico, ¿no ve la forma oval?…. Y mire el mío: es rizado o ulótrico ¿No lo ve?  Observe la forma elíptica.

Me quedé callado mirando el  pelo de ondulado o cinótrico, de forma oval (el desconocido) y el rizado o ulótrico de forma elíptica (el del mesero). El imbécil tenía razón. Lo miré preocupado.

-          Entonces si este pelo no es mío ni suyo ¿de quién es? –dije. Para restablecer mi dignidad hablé, con tono perentorio, moviendo el dedo índice ante su nariz – Solo quiero que sepa una cosa: ¡Yo de este restaurante no me voy sin saber a quién pertenece este pelo. Y si no me ayuda a averiguarlo seré yo quien haga un escándalo ahora mismo!

El mesero, ilustrado sobre las posibles consecuencias de un alboroto, dejó ver por primera vez un rasgo de humildad.

-          Yo no lo sé, señor, pero le juro que no pertenece a ninguno de mis compañeros. Yo los conozco a todos, trabajamos juntos desde hace más de diez años y ninguno ha tenido, tiene ni tendrá el pelo ondulado o cinótrico.

Aprovechando mi recién ganada superioridad continué, inquisidor.

-          ¿Y conoce usted a alguien cercano o con acceso a este restaurante que tenga pelo cinótrico?

-          Sinceramente, a nadie, señor –confesó apenado.

Yo seguí con tono amenazante, disfrutando de su abatimiento.

-          ¿Entonces qué propone que hagamos?

-          No lo sé – me dijo compungido- pero por favor no los meta a ellos en esto. Yo asumo la responsabilidad. Tuvo que ser alguien de afuera. Tal vez los del restaurante de enfrente que nos tienen envidia porque nuestra clientela ha aumentado mucho durante el último año. Estoy seguro de que enviaron a algún cinótrico para que estropeara nuestros platos….

No perdí la oportunidad para echar más leña al fuego. Le hablé mirándo con gesto preocupado, dramático.

-          Lo más grave es que me temo que en este momento haya pelos en los platos de los demás comensales. Tal vez esos clientes no son tan avezados como yo y no lo han notado. Pero no faltará…

-          Noooo, no diga eso – balbuceó aterrorizado.

-          Y lo más grave aún –completé – es que yo estoy perdiendo la paciencia y si usted no encuentra en cinco minutos al dueño de ese pelo cinótrico estoy dispuesto a gritar a voz en cuello lo que acaba de pasar aquí.

El hombre flaqueó y por un momento pensé que caería desmayado. Pero no me compadecí. Pasé la mano por la garganta e hice ademán de prepararme para un grito. El mesero se estregó varias el rostro con las palmas de las manos y con tono quedo dijo como para sí mismo.

-          Ay Dios mío… ¿Y ahora quién podrá ayudarme?

No había acabado la frase cuando oímos la respuesta estridente.

-          Yoooooooooooooooooo.

Miré sorprendido buscando el origen del grito. Ahí estaba, con sus antenas cimbreantes, metido en una trusa rojo-anaranjada con capucha y un corazón amarillo cosido en la mitad del pecho. Había surgido desde abajo de una mesa,

-          ¡El Chapulín Colorado! – gritó emocionado el mesero sin importarle que escucharan los clientes…

El Chapulín dio un brinquito en su lugar y empezó a mover las manos con los puños apretados mientras balanceaba el cuerpo, con las piernas semiabiertas y las rodillas levemente dobladas.

-          ¡No contaban con mi ….

La situación excedió lo que me quedaba de paciencia y no lo dejé terminar.

-          ¡No no no no no!…. Un momentico, Chapulín. Este es una asunto entre el señor – señalé a la mesero-  y yo… Y no necesitamos súper héroes.

-          Pero yo vengo precisamente… – empezó a decir el chapulín

-          ¡No permito intervenciones! – dije cortante.

-          Pero es que yo…

-          Usted no tiene nada que ver aquí, Chapulín.

-          Pero es…

-          Que no.

-          Pero…

-          Que no.

-          Pe..

-          ¡Que no! –grité salido de casillas.

En ese momento los clientes habían girado sus cabezas. Nos habíamos convertido en el centro de atención. Pero yo seguí concentrado hablándole al advenedizo mientras le  señalaba la puerta de salida.

-          Tenga la amabilidad, Chapulín Colorado, y se retira que este no es un sketch para usted. ¡Respete las comedias ajenas!

Mi determinación fue tal que el Chapulín no atinó a contestar y no pudo más que retirarse arrastrando su martillo de plástico. Caí en cuenta de la gente que nos miraba y temiendo por el futuro laboral del mesero me dirigí a ellos.

-          Disculpen señores, aquí no ha pasado nada, fue solo un malentendido con el señor –señalé al Chapulín que ya estaba cruzando la puerta-  pero afortunadamente ya todo ha sido solucionado. Por favor continúen con su almuerzo y disculpen de nuevo.

La gente volvió a sus platos haciendo comentarios en voz baja. El mesero y yo nos quedamos mirando la puerta por donde había salido el Chapulín. Cuando pensábamos que iría lejos asomó de nuevo la cabeza, dijo un desganado: “se aprovechan de mi nobleza” y volvió a perderse en la calle.

El mesero me miró con resentimiento. Evité su mirada bajando al mía. Y fue en ese momento cuando descubrí la verdad. En las baldosas, marcando el trayecto que había cruzado el Chapulín, reposaban varios pelos ondulados y castaños.  Sin dudar un segundo me agaché, tomé uno y lo puse sobre la mesa, al lado del pelo que había salido del plato. Ambos eran castaños y cinótricos, de forma oval. Idénticos.

-          Ahhhhh…  Por ahí era que iba el agua al molino – dije satisfecho de mi descubrimiento.

El mesero lanzó un suspiro hondo y asintió con la inefable emoción de quien resuelve un enigma.

-          Dígame una cosa – le pregunté- ¿Viene el Chapulín Colorado a menudo a comer a este restaurante?

-          No… de vez en cuando, cuando no está de servicio.

Sonreí liberado de un peso.

-          Está bien, por ahora está todo solucionado – dije palmoteando al mesero.

-          ¿Ahora está satisfecho? –me preguntó con una sonrisa.

-          No del todo. Primero cámbieme el plato y luego nos olvidaremos del asunto.

El mesero asintió, fue a la cocina y a los pocos minutos me trajo un nuevo plato de pastas sin pelo. El plato era lindo pero sentí que faltaba algo. Sin embargo empecé a comer.

 

 

Categoria: Viajeros

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Opiniones

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Opinión por:

digoall

27 julio 2013 a las 14:09
  

El gorrito, que es extensión del traje rojo de El Chapulín, debe actuar tal como lo hace un gorro de baño con el pelo de los bañistas, es decir, se supone que para eso se usa, para que nadie en una piscina se enrede con pelo ajeno. Para mí que el asunto del pelo en su sopa no quedó resuelto sino que pudieron más las ganas de pasta que la vanidad de ganar batallas con meseros altaneros.—– Parece ser que somos muy pocos los que no le vemos mayor problema a un pelo en la sopa. Claro, depende mucho del restaurante (no pasaría por alto un pelo en una fritanguería callejera del Tunal en el caso de que yo comiera fritanga en alguna calle en el Tunal), pero en general dudo mucho que de un pelo se agarren virus o bacterias potencialmente peligrosas. Eso es más un embeleco cultural.

Opinión por:

luismiguelrivas

4 septiembre 2013 a las 21:09
  

Gracias por el comentario digoall. Sí claro es un prejuicio, y reafirmado a través de toda una campaña de desprestigio contra la existencia digna del pelo en el plato. Yo espero que este texto contribuya a despertar consciencia con respecto a situación tan inicua. Saludos.

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