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04
07
2013
tareasnohechas

¿Qué es la bobada?

Por: Luis Miguel Rivas

Estábamos tomando ron al fondo del billar, en un sótano ubicado a tres o cuatro cuadras de la Casa de Nariño, en Bogotá, cuando Leonardo Tangarife empezó a contar la historia:

“Eranse un niño rico bobo y un niño pobre bobo. Porque la bobada no reconoce clases sociales”

        - Disculpame – interrumpí-  primero aclaranos qué entendés por “bobada”.

Leonardo miró como si le estuviera diciendo una completa bobada y siguió sin contestar.

“El niño rico bobo era muy inteligente. Y el niño pobre bobo también. Porque la bobada no discierne intelectos. El niño rico bobo-inteligente se sentía muy orgulloso por ser rico e inteligente. Y el niño pobre bobo-inteligente también se sentía muy orgulloso por tener la inteligencia que tenía a pesar de ser pobre y a veces se sentía orgulloso de ser pobre. El niño rico bobo-inteligente-orgulloso era un consentido social y despreciaba al niño pobre-bobo-inteligente-orgulloso, que estaba resentido con la sociedad y a su vez odiaba al niño rico-bobo- inteligente-orgulloso.

Esta historia nunca hubiera ocurrido si cada uno hubiera vivido por siempre en su mundo, rodeado de niños ricos el niño rico y de niños pobres el niño pobre. Porque durante mucho tiempo el niño rico bobo-inteligente-orgulloso-consentido vivió exclusivamente rodeado de los suyos; se limitaba a despreciar levemente a los niños ricos más pobres, que lo odiaban levemente  y a odiar levemente a los niños ricos más ricos, que lo despreciaban levemente. El niño pobre-bobo-inteligente-orgulloso-resentido, por su parte, sin contacto con niños ricos, solo despreciaba levemente a los niños pobres más pobres que lo odiaban levemente y odiaba levemente  a los niños pobres más ricos que lo despreciaban levemente”.

-          ¿Me siguen? – preguntó Leonardo.

Todos asintieron. Yo no.

-          Más o menos – dije.

Leonardo dio otro sorbo a su ron y siguió sin prestarme atención.

“Así fueron las cosas mientras en la Ciudad Boba existió un sector exclusivo para que nacieran, crecieran, se reprodujeran y murieran los niños ricos y otro sector donde solo nacían, crecían, se reproducían y morían los niños pobres. Solo sabían los unos de los otros por la televisión y por las películas. Los niños ricos despreciaban a los niños pobres de lejos (aunque no levemente) y los niños pobres odiaban a los niños ricos a la distancia (aunque no levemente), como se desprecia o se odia a los personajes de las películas. Pero como la Ciudad Boba empezó a crecer con desmesura, cada vez hubo menos lugares exclusivos y el niño rico bobo-inteligente-orgulloso- consentido y el niño pobre bobo-inteligente-orgulloso-resentido, se tuvieron que encontrar en persona.

Coincidieron una noche en la entrada al concierto de un grupo de rock que visitaba la ciudad. (Al niño rico bobo y al niño pobre bobo les gustaba la misma música). Ambos habían soñado largo rato con el concierto y ambos llegaron tarde ese día. El teatro se había llenado y solo quedaba cupo para una persona. El niño rico bobo había comprado una boleta carísima para la tribuna preferencial y el niño pobre bobo tenía una boleta para la misma tribuna, que se había ganado en el concurso de una marca de pasta dentífrica. Ambas boletas eran válidas pero, por equivocación o mezquindad, los organizadores habían vendido ese espacio a la empresa dentífrica y la habían vuelto a vender al público. Para el niño rico bobo no había confusión posible. Como no le cabía en la cabeza la idea de tener que disputar lo que para él era indisputable  encaró hacia la entrada mirando de soslayo al niño pobre bobo.

-          Yo pagué esta boleta – dijo- el que no tiene para comprarla que no entre.

El niño pobre bobo, con la boleta de cortesía en la mano, se quedó parado tratando de digerir lo que había escuchado. Luego corrió tras el niño rico bobo y lo tomó, apretándolo, del brazo.

-          ¿Y esta nena para donde cree que va? Ese puesto es mío, pelao – dijo adelantándose.

El niño rico se sintió violentado y se limitó a mirar desde arriba, con un desprecio tan auténtico y hondo que parecía venido de mucho antes de él y tan inapelable como la constatación de una ley de la naturaleza.  Había en el desdén una convicción tan profunda que el niño pobre bobo se quedó turbado unos instantes. Esa mirada que lo borraba de plano, hasta entonces inédita para él, obró como un golpe físico en el estómago, que lo dejó sin aire. Se demoró unos segundos para reponerse y fue tras el niño rico bobo que ya avanzaba liberado de la incomodidad. El concierto había empezado.

-          ¡Te dije que ese puesto es mío! –dijo el niño pobre bobo con un estrujón.

-          ¡Seguridad! – gritó el niño rico bobo sin mirarlo. Pero los guardias estaban ocupados en otro sector del teatro.

El niño rico bobo se soltó con fastidio y miró hacia el fondo del teatro, a través del otro, como si  fuera transparente. Luego movió la mano con displicencia y exhaló un fastidiado “bahh” mientras seguía. El niño pobre, aturdido, solo atinó a contestar con un golpe brutal en el estómago. El niño rico bobo apenas pudo reaccionar y cayó pálido en el piso, sin poder concebir semejante deshonra. Hasta ahí llegó el altercado porque el niño rico bobo fue llevado a la enfermería y el niño pobre bobo al puesto de policía. Ninguno de los dos pudo entrar al concierto y más tarde, atendido uno y liberado el otro, se fueron, picados, cada uno a sus respectivas  casas.

Durante los días siguientes el niño rico bobo se la pasó tratando de digerir la burda ofensa de que había sido objeto. El recuerdo de la agresión no lo abandonó un solo momento y no pudo parar de pensar en el modo de reivindicar su honor. Una noche volvieron a coincidir en una fiesta. (Porque a ambos les gustaban los mismos tipos de fiestas). El niño rico bobo buscó la ocasión y cuando estuvo cerca del niño pobre bobo, sin darle tiempo de reaccionar, lo traspasó delante de los presentes con un sofisticado arsenal de palabras y gestos filosos como cuchillos, labrados con refinamiento, dirigidos no al cuerpo sino a la base del ser del niño pobre bobo, que revelaban ante los demás, con contundencia y sinuosidad, su tosca esencia y que dejaban en el aire la vaga idea de una naturaleza inferior.

Las cuchilladas entraron directo y a fondo en el espíritu del niño pobre bobo, que no estaba preparado para librar batallas en esos terrenos. Embotado por los navajazos sin navaja  salió del lugar y volvió quince minutos más tarde con un cuchillo de verdad. Fue directo hasta el niño rico bobo y le metió una puñalada en el pecho (el mismo sitio donde él había sentido sus estocadas). El niño rico bobo cayó al suelo brotando sangre. El niño pobre bobo se acercó lentamente, lo observó largo rato como si mirara a través de él y luego de hacer un “bahh” largo y artificial, le escupió la cara. El niño rico bobo sintió un doble impacto en el alma y en el cuerpo y por primera vez tuvo que mirar hacia arriba para ver al otro. Al hacerlo se encontró con unos ojos encendidos como brasas que se clavaban en los suyos ahítos de desprecio y chabacana arrogancia. La urgencia furibunda de defender su honor le hervía por dentro, pero no podía levantarse ni hablar. Esa impotencia hizo que eclosionara dentro de él estado del alma que desconocía: el resentimiento. Desde ese instante se convirtió en un niño rico bobo inteligente-orgulloso-consentido-resentido.

Mientras se curaba de sus heridas el niño rico bobo se pasó rumiando el resentimiento recién surgido. Comprendió que las armas sutiles de las palabras y los gestos no eran suficientes frente a la contundencia de las armas concretas del niño pobre bobo. Se dedicó a aprender el manejo del cuchillo y fortaleció su cuerpo con ejercicios físicos.  El niño pobre bobo, por su parte, no podía curarse de las palabras y gestos que lo seguían punzando, no porque los considerara verdaderos sino por la potencia violenta e inapelable con que habían sido dichas. Entonces se dio cuenta de que tenía que endurecer su espíritu y aguzar sofisticados puñales inmateriales si quería protegerse y herir de verdad a fondo, no solo en el cuerpo sino en la esencia del contrincante.

Una tarde el niño pobre bobo se acercaba al cine municipal para ver una película norteamericana cuando vio al niño rico bobo. (Porque a ambos les gustaba el mismo tipo de películas). De inmediato corrió hacia él y empezó a insultarlo con las palabras más alevosas y degradantes que había descubierto escarbando en los rincones oscuros de su adentro. El otro se quedó pretrificado y el niño pobre bobo se sorprendió al ver que lograba, solo con palabras, heridas más profundas y dolorosas que las que estaba acostumbrado a propiciar con el cuerpo. Al oír las injurias el niño rico bobo sintió que sus venas arrastraban torrentes de lava volcánica. Arremetió contra el agresor con toda la furia de su orgullo pisoteado y le metió una cuchillada en el mismo punto en que había recibido la suya en la fiesta. Luego se arrimó al cuerpo boqueante que se retorcía en el suelo, lo remató con una ráfaga de vejaciones que duplicaban las que había recibido, y terminó con un grueso escupitajo. Inmovilizado y adolorido, el niño pobre miró hacia arriba y se vio visto por los mismos ojos torvos de odio ciego y acribillado por la misma rabia sin matices, oscura, chiquita y sin fondo, que tantas veces había visto en el espejo.

La cosa se volvió un toma y dame continuo. Con el tiempo cada uno aprendió a manejar a la perfección no solo sus propias armas sino las que inicialmente eran exclusivas del otro.  Se herían y se degradaban por turnos. Si pasaban algunos días sin encontrarse se buscaban. Y así se convirtieron en una sola rabia a dos voces que andaba suelta por la ciudad. Se fueron rebosando el uno del otro. Los movía la urgencia de dañar, de hundir, de recuperar el orgullo vulnerado hundiendo el del otro, tirando por el suelo a quien le había derribado, hasta que un día el golpe fuera tan contundente que el adversario ya no pudiera levantarse.

Y ese día llegó. Los ataques y contraataques se sucedieron sin pausa, cada vez más sofisticados y violentos. No volvieron a encontrarse ni en cine ni en teatros porque ambos abandonaron sus rutinas y gustos para dedicarse por completo a la tarea de acabar con el otro. Se les veía caminar por las calles de Ciudad Boba, ojerosos, huraños, mal trajeados, envejecidos de súbito, obcecados en pensamientos oscuros como sus presencias.  Terminaron pareciéndose a tal punto que quien presenciara alguna de sus batallas no podía distinguir quién era quién.

Llegó un momento en el que no tuvieron suficiente con ellos mismos. El niño pobre-bobo-inteligente-orgulloso-resentido convenció a otros cuatro niños pobres del peligro que representaba su enemigo. Juntos, lo buscaron y lo apalearon hasta dejarlo sin sentido. Días después el apaleado sorprendió a los agresores acompañado de diez niños de los suyos y tomó venganza sin compasión. El grupo del niño pobre bobo aumentó a veinte integrantes y el del niño rico bobo a cuarenta; el otro subió a sesenta y el enemigo a ochenta y así la rabia de los dos niños del principio se convirtió en un odio generalizado que dividió a la ciudad en dos.

Despúes de una batalla, en la que el límite de la ofensa y el daño se había excedido hasta la deformación, el niño rico-bobo-inteligente-orgulloso-consentido-resentido decidió acabar de una vez por todas con el asunto. Se apareció en el barrio del niño pobre bobo (ya no había ningún espacio exclusivo en la ciudad) con un revólver. Y lo mató delante de sus amigos. Pero antes de hacerlo lo dejó mal herido en el suelo, se acercó y lo miró fijamente a los ojos para que ni en los insondables terrenos de la muerte se le olvidara el profundo desprecio que merecía.  Antes de recibir el tiro de gracia en la cabeza el niño pobre bobo alcanzó a ver reflejada en la mirada  oscura del otro, como en un espejo de aumento, sus propios ojos henchidos de una ira que ya no cabía en él. Luego murió.

Hace algunos años en Ciudad Boba se usaba la expresión: “se murió de rabia”. Ahora se utiliza una más actual y precisa: “no pudo morir de la rabia”.  Porque luego de que lo mataron, el niño pobre no pudo morir completamente. Se quedó a medio camino, carcomido por el resquemor, denso, en ese espacio intermedio que hay entre la vida y la muerte. Su rabia era tan pesada que no lo dejó despegarse de la tierra. Al día siguiente resucitó, buscó a su asesino y lo asesinó después de humillarlo delante de sus familiares.  El niño rico, recién asesinado, tampoco murió del todo; resucitó a la mañana siguiente, buscó al resucitado y volvió a matarlo.  Entonces el recién muerto volvió a resucitar para volver a matar y ser matado y resucitar y matar y ser muerto y resucitar y matar. Y así siguieron. Así siguen: matándose y resucitando, sin descanso, sin pausa, abrumados de desprecio y  odio, víctimas y vengadores, con palabras y cuchillos, con gestos y pistolas, inteligentes y orgullosos, consentidos, resentidos y consentidos-resentidos, con su riqueza y su pobreza que ya son la misma cosa, hasta el fin de los tiempos, tal vez”

Leonardo terminó su historia y miró el vaso. Se tomó lo último que quedaba y buscó al mesero con la mirada.

-          ¡Joven! –gritó- hágame el favor y me trae otro ron doble.

Luego hizo un gesto con la mano, abarcándonos a todos y volvió a hablarle al mesero.

-          Y lo que estén tomando todos estos bobos amigos míos.

En sus palabras se sentía cierta irritación, como si su propia historia lo hubiera molestado.

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digoall

4 julio 2013 a las 16:08
  

Se le ha escapado algún verbo en la frase “De inmediato hacia él y empezó a insultarlo (…)”. Aparte, será que por mucha camaradería, familiaridad, afecto o cercanía con nuestra gente, siempre somos bobos enfrentando a quienes creemos más bobos que nosotros. Será también que contar una historia de odio es delicado porque se corre el riesgo de ponerse a sí mismo en evidencia. Si trató de dar mensaje con alguna moralina, le tocó tragársela solito. —– Siempre disfruto leyéndolo, Luis Miguel Rivas.

Opinión por:

luismiguelrivas

4 julio 2013 a las 16:53
  

Gracias digoall, por el comentario y por anotar el error que se me fue. Lo corregiré. Y tenés razón: es ponerse en evidencia. “El que expone se expone”. Pero la idea no es decir cómo es o cómo debe ser la vida, sino tratar de írsela explicando a través de las propias flaquezas. Saludo y de nuevo gracias por tu comentario

Opinión por:

digoall

4 julio 2013 a las 19:11
  

¡Perdón! Acabo de releerme y no fui precisa. Hablaba de la moralina de Leonardo Tangarife y no de la suya, Luis Miguel Rivas, que es claro que no se tragó entero el sapo desde el mismo instante en que Leonardo Tangarife comenzó por hablar de “bobos”. Una sonrisa.

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