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Tareas no hechas

17

08

2010

tareasnohechas

¡Mañana o nunca!: El arte de procrastinar.

Por: Luis Miguel Rivas

Antes de empezar a escribir un trabajo por encargo, que debía haber entregado la semana pasada, voy a hacer una pausa (sí, es posible hacer una pausa en el trabajo sin haber comenzado a trabajar) para discurrir alrededor de una palabra que escuché hace poco: “procrastrinación”. La mencionó un amigo que padece el doble síndrome de “la tarea no hecha” y “el propósito no cumplido”. Me dijo que se trataba de una enfermedad que los científicos estudian hoy en día. Según la Wilkipedia (fuente de sabiduría para los que siempre pospusimos el estudio riguroso de cualquier materia), procrastinación es la “acción o hábito de postergar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras situaciones más irrelevantes y agradables”.

Es una enfermedad. Cuando leí eso quise llamar a varios conocidos para estregar en sus pujantes oídos los argumentos que hoy la ciencia esgrime dignificando lo que todos ellos (familiares, jefes, mundo en general) me endilgaron durante tantos años (pero sólo hasta hoy) como simple “pereza”.

Dice además la más conocida enciclopedia del internet (según los estudios, el internet es a los procrastinadores lo que las historietas del llanero solitario a Felipito ¡ese santo patrono!) que “el término se aplica comúnmente al sentido de ansiedad generado ante una tarea pendiente de concluir” y que “el acto que se pospone puede ser percibido como abrumador, desafiante, inquietante, peligroso, difícil, tedioso o aburrido…” ¡Qué sabias palabras! ¡Qué reflejo fidedigno de la más honda realidad que embarga al alma de un incumplido!

Yo por ejemplo recuerdo el tiempo en que tuve por oficio escribir guiones para videos institucionales, en los que decía mil veces que “su empresa es la mejor del mundo” y que “avanza al ritmo de los nuevos tiempos con altos niveles de competitividad (sigo pensando que a la palabra competitividad le sobra una “ti”) en un mundo cada vez más globalizado”. Y todas esas cosas. Fórmulas que uno interioriza después de años de escribir lo mismo. Pero, irónicamente, las fórmulas, nunca facilitaron mi trabajo sino que lo hacían cada vez más angustioso. Cuando me entregaban los materiales con los que debía hacer un nuevo guión, sentía en mis manos la misma opresión que debe sentir el bulteador de La Mayorista cuando el peso del costal se abandona sobre su espalda. Eso libros, esas revistas, esos Dvd, que constituían la materia prima de mi trabajo, pasaban entonces a reposar en mi escritorio durante días, desde donde me observaban desafiantes, inquietantes, peligrosos, difíciles, tediosos y yo agregaría a la lista de Wilkipedia: Acuciantes y diabólicos.

Me sentaba frente al computador (cuando me sentaba), hojeaba las publicaciones de la empresa, reflexionaba sobre esas maravillosas ediciones derrochadas en tan fútiles contenidos, preparaba un café, tomaba una novela de mi biblioteca para leer una historia que me diera ideas, buscaba una vieja canción, hacía una llamada y después recibía otra en la que un amigo largamente ausente me citaba para esa misma tarde. No podía negarme dado el carácter contingente de la circunstancia y posponía la escritura del guión para el día siguiente. Al otro día una amiga estaba mal y quería hablar con alguien. Y al posterior, cuando iba directo a mi casa para sentarme a escribir, me encontraba con unos truhanes con los que siempre terminaba emborrachándome. A la mañana siguiente no tenía capacidad para concentrarme y necesitaba la jornada entera para convalecer. Pero siempre esos libros, esas revistas, esos Dvd estaban en mi cabeza; el guión no hecho era la música de fondo, el imperceptible y constante sonido ambiente de todos los días en los que no lo estaba haciendo.

Ese trabajo era una especie de castigo que me imponía la vida como contraprestación para poder vivirla. Y yo me dedicaba a vivir antes de pagarle el precio, pero sin poderme despojar de una consciencia de existir al fiado, que no me permitía disfrutar lo que vivía. Así somos. Recuerdo que por esa época era un hombre triste. Aún mientras me reía bebiendo con los truhanes o disfrutaba la agradable charla con mi amiga triste, una inquietud insoslayable subyacía en la base de todo: la punzante y sutil presencia de la tarea no hecha. Una sombra que al parecer sólo me cubría a mí. Todos, a su manera, me parecían felices: el mendigo de la calle, el tendero de la esquina, los truhanes, mi amiga (incluida su tristeza). Me sentía deambulando en un mundo de seres satisfechos e indolentes a los que no les había tocado en suerte la trágica condición, la angustia dostoievskiana que se empoza en el alma de quien tiene que escribir un guión institucional.

Pero siempre había un momento en el que la “realidad” empezaba desbordarme, en que mi permanencia en el medio laboral bailaba en la cuerda floja y mi supervivencia económica prendía alarmas. “Tenía” que hacerlo “ya”. Entonces un impulso primario, una especie de instinto de conservación me arrastraba hasta mi habitación a última hora. Me enclavaba en la tarea: jornadas frenéticas, tensas, extenuantes, sintiendo encima de mí la opresión de una fecha y una hora definitivas e impostergables, que aparecían en mi imaginación como la llegada del fin del mundo. Largas noches en vela pegado al teclado, en cuyas pausas miraba al espejo mi rostro ojeroso y demacrado y me recriminaba por no haber hecho a tiempo una cosa que al fin y al cabo era más dispendiosa que difícil.

Y al fin entregaba el guión, que luego era grabado por un director y un camarógrafo apáticos, quienes a su vez le pasaban las imágenes a un abúlico editor para que armara un video que sería mostrado en salones llenos de gente somnolienta. Pero al cliente le gustaba y era él quien le pagaba a la empresa productora de video que me había contratado. Sólo faltaba que quienes me habían acosado para cumplir con la fecha cumplieran su tarea de pagarme en la fecha que les correspondía. Pero el afán había terminado para ellos y mis contratantes se aplicaban a su vez y literalmente al “hábito de postergar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras situaciones más irrelevantes y agradables”. Lo que siempre me pareció curioso es que ellos no se angustiaban como yo por no cumplir su tarea a tiempo. En su caso no se podía hablar de “irresponsables” o de “procrastinadores”, porque parece que ese lenguaje está hecho para nombrar sólo a algunas personas.

Lo cierto del caso es que ninguno de los que habíamos participado en todo ese proceso habíamos hecho nada importante para nuestras vidas, ni para el mundo. El video se olvidaba al día siguiente y continuábamos con otro, una nueva angustia igualmente olvidable. Sólo habíamos cumplido con el trabajo, que era lo esencial.

Una día no aguanté más y huí cuando me estaban exigiendo rehacer un guión que me había llevado valiosos días sacrificados a mi vida, debido a los caprichos de una muchachita con ínfulas de ejecutiva. No volví a ejercer ese oficio y desde ese momento dejé de ser procrastinador, por lo menos en el sentido culpabilizante que conlleva la “enfermedad”. Todavía tengo que hacer las mismas maromas económicas (y hasta más) que tenía que hacer cuando trabajaba para esas empresas. Pero ahora no tengo angustia. Sigo escribiendo cosas por encargo y no siempre sobre temas que me apasionan. Tampoco es que exija que cada trabajo que haga modifique la base de mi personalidad. Pero por lo menos cuido que no me envilezca. Todavía pospongo las cosas, como el trabajo que iba a empezar cuando me dio por escribir ésto que les cuento. Pero ya sé que siempre termino haciendo lo que tengo que hacer, así me demore.

Sigo teniendo un problema: todo lo que pase a ocupar en mi cerebro la categoría de “deber” empieza a requerir de mi parte un esfuerzo extra, por más que me guste. Hace días, por ejemplo, iba a releerme Cien años de soledad, pero en una clase a la que asisto pusieron como tarea leer la novela y desde ese día le he venido sacando el cuerpo. Sé que la releeré. Pero a lo mejor no alcance a hacerlo para ese curso. Es un problema mío, pero no una razón para sufrir.

No creo en la disciplina. La mayoría de personas disciplinadas que conozco son perezosos que con fuerza de voluntad logran controlar su natural tendencia a la molicie. Sufren en ese esfuerzo y luego quieren cobrárselo a los demás con su ejemplo y con discursos sobre la pujanza. He visto muchas estupideces e inequidades cometidas al impulso de la disciplina. No creo en la eficiencia por la eficiencia. No creo que los procrastinadores sean enfermos que haya que curar. Me sorprende ver en los informe sobre el tema testimonios de gente que se lamenta de su tendencia a posponer las cosas como si se tratara de un pecado mortal. Me asombra que las víctimas de la disciplina sean quienes más la mitifican. Hablan de la panacea que fue para ellos encontrar tratamientos que los ayudan a cambiar, esforzándose en hacer lo que no les gusta ni saben en el fondo para qué sirve y que a lo sumo les permite una precaria supervivencia y una eventual palmada en la espalda por parte de su jefe.

Algunos estudios hechos en Estados Unidos dicen que tres de cada veinte personas están “afectadas” por la procrastinación crónica y que el 70% de los estudiantes universitarios padecen de este “mal”. Y ya existen grupos de hombres y mujeres que se reúnen semanalmente para hacer terapia de grupo con respecto a este “problema”. Cuando no posponen la reunión, supongo.

En realidad conozco muchas más personas desmotivadas que perezosas. Lo cierto es que quienes postergamos las tareas somos mayoría. Por fin creo que es cierta la frase de “los buenos somos más”. Eso debería darnos una consciencia de grupo. No estamos solos y no necesitamos tratamientos. Debemos unirnos para estimular nuestra vagarosa actividad y de esa manera seguir construyendo el glorioso camino de la irresponsabilidad que nos llevará por fin a ser nosotros mismos. Tal vez así, unidos, podamos contemplar esa radiante mañana en que, de tanto aplazar y de tanto robarle el tiempo a quienes nos lo roban, las tareas no hechas de millones de seres humanos se acumulen y obstruyan por un rato el trajín frenético y sin sentido de este mundo atareado con tantas inutilidades importantes que no nos dejan darnos cuenta para dónde vamos, ni por qué, ni qué sentido tiene seguir siendo tan cumplidores un deber que hasta ahora no nos ha llevado a ninguna parte.

Categoria: Viajeros

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raserran

1 Mayo 2011 a las 16:27
  

Iba a comentar extensamente este buen artículo, pero mejor lo dejo para mañana.

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japermon

30 Diciembre 2010 a las 23:52
  

“Procrastinar es dejar para mañana lo que ayer dejamos para hoy” http://urrao.blogspot.com

Opinión por:

abelamuma

22 Noviembre 2010 a las 12:22
  

Me inscribí para felicitarlo por tan buena nota y decirle que la vida tiene un principio fundamental “La Pereza” entre hacer y no hacer, mejor no hacer. Así que procastinar es un elegante término para la misma. Razón de la pereza: Vivir la necesidad de ocio, tiempo para sí y sólo para si, base fundamental de la necesidad de creatividad.

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danirg

26 Octubre 2010 a las 11:21
  

Ojo! que hay también estudios que demuestran que “procrastination” en la ciencia también está asociado a la creatividad. Cuando la procrastination es saludable… no sé si mi caso sea así. Gracias por el artículo! Ah, y de paso tendría que estar escribiendo un artículo y preparando una presentación, y en vez ponerme manos a la obra me la paso leyendo artículos de prensa!

Opinión por:

cymg

18 Agosto 2010 a las 21:07
  

Para Luis Miguel Rivas.
Interesante su artículo y sus consideraciones.
Para los lectores hubiera sido constructivo explicarles que el origen de la palabra procrastinación proviene del ingles “procrastinate”. que significa demorar.
Tambien me permito informarle que estrictamente hablando la “desmotivación” no existe. Siempre hay un motivo para hacer las cosas, buenas y/o malas.
Cordial saludo.

Opinión por:

climacosue

18 Agosto 2010 a las 14:05
  

la palabra procastinación si la he citado en mis diálogos hace 20 años a raiz de un proyecto que hasta hoyno lo he terminado, cuando un amigo motivador me dijo: ” que hubo de tu proyecto…lo has procastinado demasiado”, averigue luego que quería decir esa palabra y me encontré que era como sinonimo de castrado…no evolucionado, creo como usted dice es más bien “desmotivado”, por diferentes circunstancias: relaciones con mi entorno, también de incredulidad de mi circulo familiar etc. Pero creo que una frase lo encierra todo: falta de disciplina o indisciplina entre querer y hacer; y uno se escuda en cualquier cosa…llamese como se llame o quiera uno llamarla. Es bueno el tema de la palabra y la columna también.

Opinión por:

rubilda

18 Agosto 2010 a las 12:38
  

Que manera tan fresca y simple para hablar de nuestras debilidades. Bueniiiiiiisiiiiiiimo

Opinión por:

sal

17 Agosto 2010 a las 22:12
  

Lo hare mas tarde, …para repetir lo mismo …mas tarde, o manana.

Opinión por:

benitocamelo

17 Agosto 2010 a las 17:56
  

Y saber que en este momento deberia estar haciendo un diseño en corel y entregar el modulo que debi entregar hace 4 dias, pero bueno, eso lo hare despues de mirar el facebook y jugar who has the biggest brain y word challenge

Opinión por:

anfoc

17 Agosto 2010 a las 17:16
  

esta es la oda a la procrastinación que todos estábamos esperando, gracias! =)

Opinión por:

¡Mañana o nunca!: El arte de procrastinar. – ElEspectador.com | CURSO DE SONIDO

17 Agosto 2010 a las 16:55
  

[...] ¡Mañana o nunca!: El arte de procrastinar. – ElEspectador.com   [...]

Opinión por:

Tweets that mention ¡Mañana o nunca!: El arte de procrastinar. « | Tareas no hechas | Blogs | ELESPECTADOR.COM -- Topsy.com

17 Agosto 2010 a las 15:01
  

[...] This post was mentioned on Twitter by Margarita Isaza, Danilo Guio. Danilo Guio said: La verdad brota de su pluma: http://blogs.elespectador.com/tareasnohechas/2010/08/manana-o-nunca-el-arte-de-procrastinar/ [...]

Opinión por:

mareanegra

17 Agosto 2010 a las 13:38
  

¡describiste mi vida! ¡me siento acompañada!

Opinión por:

sybil

17 Agosto 2010 a las 10:12
  

Conozco esa palabra desde hace 13 anos, hice una exposicion en mi clase de ingles acerca de ella el ano pasado (en ingles es casi la misma- Procrastination) y en este momento la puedo utilizar para nominar el sentimiento de desesperacion ante un trabajo que tengo que hacer y no me importa en lo mas minimo. Pero ahora estoy tan calmada que el desespero es demasiado etereo y carente de sentido…..procrastinare hasta las 11…es un verdadero placer….!!!

Opinión por:

dongato

17 Agosto 2010 a las 8:57
  

Me da pereza leerlo todo ahora… mejor lo dejo para después…

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Escritor colombiano. Su libro de relatos: "Los amigos míos se viven muriendo" fue publicado por el Fondo Editorial Eafit. Colaborador de las revistas Soho y El Malpensante y del periódico Universo Centro, de Mede...

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