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08
04
2010
El Día de la Memoria en Argentina: UN MUNDO DE GENTE SACANDO ALEGRÍA DE LA TRISTEZA
Por: Luis Miguel Rivas

Yo nunca había estado entre tanta gente junta en persona. Y nunca había visto tanta alegría nacer de tanta tristeza. Aunque la multitud que marchó en la ciudad de Buenos Aires ese miércoles me pareció incuantificable, el periódico Clarín habla de cuarenta mil personas. Era 24 de marzo, la misma fecha en que, 34 años atrás, un golpe de Estado dio inicio a la dictadura militar que desapareció y torturó a 30 mil argentinos entre 1976 y 1983. Oficialmente es el Día Nacional de la Memoria, la Verdad y la Justicia, en la república Argentina.
Y tampoco había sido testigo de una fecha oficial que la gente viviera de modo tan personal. A las tres de la tarde me metí en la marcha y caminé entre una tumultuosa corriente humana en la que se confundían gritos, tambores, consignas, pólvora pirotécnica, música, protestas y bailes. Era una fiesta con una alegría consciente y enfática, como cuando uno se ríe con fuerza para espantar la oscuridad. Tengo la imagen de una calle larga y ancha (la Avenida de Mayo que desemboca en la Casa Rosada), hecha sólo de gente y en la que la arquitectura y el asfalto, desaparecían entre los rostros de las personas juntas. En Colombia sólo había visto una convocatoria de esa magnitud en las imágenes de archivo que muestran las manifestaciones de Jorge Eliecer Gaitán. Cientos de pancartas, afiches, carteles y banderas de todas las clases y pelambres: socialistas, peronistas, antiperonistas, católicos, comunistas, profesores, actores, travestis, gays y Lesbianas, estibadores portuarios, excombatientes de las Malvinas, kirchneristas, antikirchneristas, funcionarios públicos, empleados, desocupados, izquierdistas, derechistas, escépticos, radicales, mesurados, gaseosos, todos con sus afiches, sus consignas, sus coros. Y entre ese batiburrillo de gentes, sonidos y mensajes, un cartelito pequeño, tímido, con un letrero escrito a mano: “Brownies” sostenido por la chica que ofrecía los productos en una caja de cartón.
A esas cuarenta mil personas vivas se sumaba la presencia más viva todavía de treinta mil ausentes. Sobre una ancha y extensísima bandera argentina avanzaban, impresas, treinta mil fotos con los respectivos nombres de cada una de las personas desaparecidas por la dictadura. Las Madres y Abuelas de Mayo estaban a la cabeza de la bandera que se desplazaba como un inmenso gusano blanco y azul tatuado de rostros humanos congelados y sostenido por miles de caras llenas de vida. Me puse a ver los rostros de los vivos buscando esa expresión adocenada y un poco aburrida que he visto tantas veces en las manifestaciones políticas. Pero a toda esa gente se le veía que estaba en cuerpo y alma; se les sentía, en medio de cierta satisfacción por la justicia que se ha empezado a aplicar sobre los asesinos, la sombra de algo todavía inconcluso, la urgencia verdadera de no olvidar y la necesidad de salir a decirlo, independientemente de la cantidad de años que pasen.
Las principales convocantes de la marcha fueron las Madres de Mayo, unas viejas sólidas y curtidas a las que el dolor les dejó una vitalidad que no he visto en ningún muchacho satisfecho. Entre tanta divergencia de opiniones, orígenes, inquietudes y posiciones políticas había pocos coros comunes. Uno de ellos se oía como un retumbar articulado: “¡Madres de la Plaza, el pueblo las abraza!”. Hebe Bonafini, fundadora y líder de la Madres, se paró en la tarima y su sola presencia silenció de plano una algarabía babilónica. La escucharon con un respeto y una devoción que sólo se le puede tener a un ser que sea a la vez un héroe y la mamá de uno: “Sabemos que faltan cosas, pero nunca hubiéramos pensado que iba a haber asesinos condenados, miles de procesados…”, dijo. “No pudieron apagar tanto fuego y es el fuego de nuestros hijos” y luego le habló a los miles de jóvenes que hacían parte de la manifestación: “Esos hijos hoy están encarnados en ustedes, chicos, aunque no los hayan conocido. Peleamos por ustedes para que lo que pasó no se vuelva a repetir”.
Después del discurso de la madre mayor volví a la marcha, que no había acabado de llegar a la Plaza, y me encontré con otra madre que nunca se me va a olvidar. Estaba parada en la orilla de la manifestación, tenía unos sesenta y cinco años, pelo gris, camisa de seda negra con pequeñas florecitas blancas, pulcra, como recién salida de un centro comercial. Miraba a los marchantes con unos ojos negros como dos pepas. De su brazo colgaba una bolsa del almacén Universo Garden Angels y con las manos sostenía, a la altura del pecho, un cartel escrito a mano: “Alejandro Víctor Pina, 1977”, debajo de la foto del hombre. La mujer sonreía, miraba a los marchantes y adelantaba el afiche para que fuera leído por los interesados. Tenía una sonrisa natural, que parecía haber nacido con ella y se hubiera sostenido a pesar de todo. La miré un rato: digna, sonriente, como diciendo: “Aquí estamos: el que no está y yo”. Un grupo de muchachos se arrimó al afiche y ella se los acercó para que vieran mejor. Le hicieron una venia respetuosa y siguieron con sus arengas. Se quedó mirándolos un rato y de un momento a otro vi que en sus ojos nacía un charco, sin que el gesto sonriente se modificara. Pensé en la fecha del cartelito: 1977 y me dije: “hace 33 años”.
Me acerqué a la mujer con pudor. Quería decirle algo que no sabía bien qué era y en medio de mi confusión resulté diciendo una torpeza que aún no me perdono: “¿Su hijo?”. Me miró cortico, movió su rostro embotado arriba y abajo y volvió la vista al frente. Cerró los ojos, fuerte, como si tuviera una punzada y los volvió abrir. El charco se soltó sin que la sonrisa desapareciera. Y se quedó así quieta, mirando nada mientras el charco mojaba la sonrisa. Sentí que había manoseado un dolor sagrado con mis sucios dedos de cronista. Volví a la Plaza avergonzado, aburrido, abriendo trocha entre la gente.
Había empezado el concierto donde cantaron Víctor Heredia y Susana Rinaldi, entre otros. Pero yo no tenía ánimos para nada. Tomé la Avenida de Mayo rumbo a mi residencia. Más pólvora, más gente que llegaba, más música. No vi policías ni soldados por ningún lado. No había un sólo tanque antimotines en una manifestación tan tumultuosa y en un país con tanta insatisfacción. Al día siguiente me enteré que hubo un sólo acto violento, antes de comenzar la marcha: Los militantes de la agrupación radical Quebrancho, apedrearon la sede de la Unión Industrial Argentina, a la que le atribuyen haber apoyado la dictadura. El reporte del diario Página 12 dice que “… apredrearon y golpearon con palos y fierros el edificio y a poco estuvieron de romper las persianas metálicas. Allí Esteche (el líder del grupo) realizó una arenga a sus militantes y juntos cantaron el Himno Nacional”. Y luego se unieron a la Jornada por la Memoria donde marcharon pacíficamente como todo el mundo. Sentí cierta ternura cuando leí la descripción de ese acto de vandalismo.
Cuando llegué a la residencia me encontré con una chica colombiana que está haciendo un posgrado Buenos Aires. Estaba otra vez irritada con tanta manifestación. Pensaba visitar a un amigo aprovechando el día festivo pero el transporte estaba interrumpido. Para quien sólo quiere que las cosas fluyan sin que se interrumpa la normalidad de sus rutinas o del tránsito vehicular, Buenos Aires puede ser irritante. La marcha de la Memoria era una de las más grandes representaciones de un fenómeno que se da por lo menos una vez por semana y por razones distintas, en las calles de la ciudad: los piquetes o marchas de protesta.
- Como si eso sirviera para algo – remató mi satisfecha vecina colombiana, que está haciendo su posgrado en Buenos Aires y no había podido ir a visitar a su amigo.
Generalmente discuto con ella. El miércoles no tenía alientos para eso y seguí a mi cuarto. Me acosté viendo dos ojos como pepas, flotando sobre dos charcos.
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Opinión por:
lucarelli
11 Abril 2010 a las 21:32
A veces es impresionante la capacidad de movilización del pueblo argentino, sin embargo tiene la cultura de armar marcha y paro por absolutamente todo, y lo que más me molesta es como sus decisiones incomodan la vida de los demás. Me incomoda la incapacidad de negociar, de siempre utilizar medidas de fuerza para jo.der a los demás, bloqueando las calles, cerrando el metro o simplemente usando la violencia. Y como acá esta prohibido reprimir (pues todo lo que sea utilizar el monopolio de al violencia Estatal está visto como una apología a la dictadura) cada quien hace lo que se le da la gana.Acá los sindicatos son una mafia tremenda, he visto internas sindicales que jamás vi en Colombia. Mi etapa en Buenos Aires ya terminó, y al regresar a Bogotá espero aplicar, las cosas buenas qué aprendí
Opinión por:
dianahurtado
10 Abril 2010 a las 9:41
Yo no entendía cuando llegué a buenos aires porque los argentinos discutian por todo, y luego entendí que ellos a diferencia de nosotros no repetiran la catástrofe de los años oscuros, que ellos prefieren discutir y putear porque alguien se coló en una fila de supermercado un carro se ubicó en la zona de cebra antes que irse a los puños, porque salen a las calles a protestar a cada rato, ellos hacen la catarsis diariamente, en cambio nosotros tratamos de vitar la confrontación de primera por eso guardamos y guardamos hasta terminar en el conflicto. Amo la gente de acá y he aprendido a no quedarme con nada y a decir no contundente cuando lo tengo que hacer, gracias a ellos
Opinión por:
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9 Abril 2010 a las 21:32
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damefuego
9 Abril 2010 a las 8:32
qué buen testimonio…caminé con esa marcha en tus palabras, qué manera de entender y comunicar aquello que se has vivido, muchas gracias!!!!!
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goliadkin
9 Abril 2010 a las 3:32
Si no puede votar, lo invito entonces a que le diga a su compañera y a todos los demás colombianos que conozca acá, y que tal vez sí puedan hacerlo, que se animen a conocer esta propuesta presidencial. No quiero importunarlo con temas políticos, pero me parece pertinente cuando de dignidad, memoria y conciencia social estamos hablando.
Suerte.
Opinión por:
goliadkin
9 Abril 2010 a las 3:27
Luis Miguel, he estado leyendo sus crónicas desde hace días y debo decirle que esta me ha conmovido profundamente. Esta crónica es hermosa, perfectamente escrita, respetuosa (incluso graciosa, como con el detalle de los “Brownies”), sincera. Soy otro colombiano que vive en Bs As, otro que vino a hacer un posgrado “barato y con prestigio”, como su compañera de residencia. Al principio no entendía cómo esta ciudad literaria podía tolerar tanta marcha y cumbia villera. Ahora me parece que lo lógico ha sido siempre que de los arrabales y los piquetes surja la literatura. Su escrito es un digno ejemplo de lo que digo.
PS: le aclaro que no es lo que motiva mi comentario, pero ya que estamos, lo invito a mirar la opción de Mockus Fajardo para las elecciones presidenciales. Ojalá pueda votar.
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tareasnohechas
8 Abril 2010 a las 22:07
Gracias Natadc:
Sí, entiendo. Lo de las marchas produce una de esas contradicciones entre lo que se busca a largo plazo y lo que se genera en la inmediatez. Hay puntos de vista para compartir y discutir con respecto al asunto. Pero la parte del tema que más me interesaba era la de la indolencia o la indiferencia con repecto a lo que le pasa a los otros y en últimas a nosotros mismos, que me parece el asunto básico antes de hablar sobre las maneras de ejercer la marcha. Gracias de nuevo por tu comentario y por la corrección del nombre. Lo cuadro de una.
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ojotigre
8 Abril 2010 a las 21:53
Te estoy leyendo ojos de agua… Muy bien… Saludos a los amiguitos en la ciudad de la furia…
Opinión por:
natadc
8 Abril 2010 a las 21:09
Vivo hace más de dos años en Bs As y se cómo es y cómo se siente diferente la movilización de las personas con respecto a Colombia; en Argentina es más espontáneo porque hace parte de su estructura social y cultura política que está más desarrollada que en Colombia. En Argentina no se necesita armar grupos en FB ni avisar por Twitter si hay que movilizarse y salir a la calle y pedir cuentas sobre algo, pero así mismo para la persona que debe salir todos los días a a trabajar y a estudiar, encontrar las calles cortadas y el subte o las líneas de tren sin funcionar es otra historia. Yo he estado de ambas, como observadora de lo interesante que es socialmente la protesta y también de las que tienes que salir y se encuentra con un corte. PD. es Hebe BONAFINI, NO BONIFACI
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