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Tareas no hechas

22

02

2010

tareasnohechas

PREEMINENCIA DEL BUÑUELO

Por: Luis Miguel Rivas

En una edición decembrina del periódico Universo Centro de Medellín encontré una pequeña nota que denuncia de modo valiente el concepto generalizado e injusto de la inseparabilidad de la natilla y el buñuelo en la cultura antioqueña durante la época de fin de año. El texto confrontaba una de esas creencias difundidas que, sin pasar por el cedazo de la razón, se han convertido en axioma y por tanto en retorcida y celebrada práctica cotidiana paisa. Como tantas otras: la costumbre de solucionar discusiones suprimiendo al otro, la práctica de utilizar el ingenio para “tumbar” a los demás, la imposición del punto de vista propio “etiquetando” al oponente, etc.

En el caso específico de la natilla y el buñuelo, adhiero sin reservas a la posición de los redactores de Universo Centro. También creo que este dúo alimenticio no es producto de una unión esencial. No podemos hablar de ellos como si hubieran estado juntos desde el comienzo de los tiempos, a la manera de celebres parejas como Batman y Robin, Garzón y Collazos o Uribe y José Obdulio.

No señores: la natilla y el buñuelo no están en el mismo nivel. La primera es un anexo, una rémora, un complemento. Pero el buñuelo es autosuficiente, autónomo. Creo que la natilla sólo existe en función del buñuelo y prueba de ello es que su preeminencia en la vida cotidiana sólo se circunscribe a un mes en el año (pocas veces sola, siempre bajo la sombra del buñuelo) mientras que la masa redonda y frita sostiene su reinado independientemente de la época. Al comienzo del año todo el universo antioqueño está hastiado de natilla. Al punto que un día de enero, un hombre que hacía su ronda por el barrio pidiendo un poco de alimento tocó en mi casa diciendo: “Me puede hacer la caridad de regalarme algo de comer… Pero por favor que no sea natilla”. Nunca he oído la queja de ningún mendigo cansado de comer buñuelo.

Basta que cualquiera de ustedes en cualquier momento diferente a la época navideña recorra cafeterías de cualquier parte del país. Juro que encontrará buñuelos. Pero ¿se topará al menos con un pedazo de natilla? No.

El buñuelo además de autosuficiente es noble. Su condición de “parte de un combo” nunca le fue consultada y sin embargo nunca ha protestado. Asume esa imposición con el estoicismo de un sabio o con la humildad y docilidad de un ciudadano colombiano. En ese sentido el buñuelo nos representa como pueblo.

No son simples disquisiciones las que les planteo. La realidad a veces nos envía sus mensajes como metáforas aclaradoras: Hace dos años me desplazaba por el lugar donde calcina el sol más asesino del mundo, a la hora más cancerígena: Avenida Oriental, 12 del día, 23 de diciembre. En el cordón vial que divide las rutas Norte y Sur, en toda la Oriental con La Playa, estaban parados repartiendo volantes dos de esos dumis o muñecos publicitarios que llevan en su interior una acalorada y oprimida persona. Primero vi un gran buñuelo hecho de espuma, de aproximadamente 1.90 de altura y un metro y medio de diámetro, con las dos manitos del cristiano saliendo del espacio donde un ser humano tendría la cintura. A su lado, imponente y amarillenta, una tajada de natilla también en espuma, de la misma altura pero en forma de triángulo invertido. Una empresa de alimentos ofrecía así su “combo navideño” a precios especiales.

Al pasar al lado de la natilla vi que ésta se tambaleaba un poco. Seguí de largo y pensé en el calor y el sofoco de la persona que se escondía adentro. Me detuve, inquieto, al otro lado de la calle, junto a la clínica Soma y di vuelta para mirar. El buñuelo se movía incómodo y aparentemente feliz mientas extendía volantes a los transeúntes. La natilla seguía inclinándose a los lados de modo inusual y ahora la parte superior de la tajada daba vueltas haciendo círculos cada vez más anchos e imperfectos. De un momento a otro no hubo más vueltas, porque acto seguido la natilla se acogió sin reservas a la fuerza de gravedad y cayó como cae un costal de papas de un bus de escalera.

El buñuelo no se percató inicialmente, pero al dar vuelta vio a la tajada de natilla en decúbito dorsal sobre el pavimento. Se quedó impávido unos segundos y no atinó más que a llevar sus manos buscando una cabeza que no tenía. La gente, de afán para su almuerzo o su casa, pasaba de largo. No hubo un solo buen samaritano en este pueblo tan supuestamente adorador de la natilla. El buñuelo miró a todos lados, soltó los volantes y trató de inclinarse. Apoyó la parte de la bola donde deberían ir los oídos, sobre la parte donde debería estar el pecho de la natilla. Se puso de pie y no sé como saltó a la calle.

Desde mi esquina vi al buñuelo estirando la mano derecha con desespero, tratando de parar un vehículo. Se detuvo un taxi amarillo con forma de sacapuntas. El buñuelo abrió la puerta trasera y arrastró a la natilla hasta ella. Empezó por introducir el vértice de la tajada, pero la parte superior, más gruesa, no entraba. El sol picaba más, el semáforo cambió y el tráfico se empezó a congestionar. Entonces mi espíritu solidario reaccionó con pujanza paisa y corrí para ayudar. Entre el buñuelo, un lustrabotas, un señor de corbata y yo, bregamos, presionamos y empujamos, hasta que la natilla entró al taxi contradiciendo todas las leyes de la física.

Solucionado el asunto, el buñuelo (confirmando la nobleza, la solidaridad y la lealtad de su género) expresó la necesidad de acompañar a la tajada de natilla como acudiente en el hospital. Por cuenta propia trató de meterse en el taxi. Para ese momento un grupo conformado por altruistas espontáneos y choferes irritados se había acercado al taxi y todos juntos, dadas las circunstancias, nos unimos en la tarea de meter al buñuelo en el sacapuntas. Forcejeamos, presionamos, empujamos, hicimos palancas con manos, pies, cabezas, maletines y bolsos, hasta que luego de diez minutos y bañados en sudor, logramos embutir al buñuelo, volviendo a contradecir las leyes físicas y haciendo una demostración fáctica del concepto: “empacado al vacío”. El taxi por fin partió voleando un pañuelo blanco y pitando sin misericordia.

Yo volví a mis asuntos y al calor asesino de la Avenida Oriental. El buñuelo y la natilla debieron haber llegado juntos a algún hospital. Pero a pesar de la compasión un pensamiento me hizo sonreír: “Mis ideas no son simples especulaciones: la realidad comprueba que el buñuelo es fuerte, independiente y acepta la compañía de la natilla como quien acepta ser el protector de un hermano débil y dependiente”. Es claro: Tenemos que empezar a cambiar nuestros valores. Buñuelos del mundo: ¡uníos!

Categoria: Viajeros

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Opinión por:

deleitableparadoja

8 Diciembre 2011 a las 17:15
  

Me reí a carcajadas sola en mi cuarto leyendo este relato.

Pero veo que estás muy sesgado en tus opiniones. Para empezar, dígame usted que sería de la fiesta decembrina en las fincas antioqueñas si no fuera por el laborioso y entretenido acto de hacer la natilla. Los hombres haciendo fila pa revolver, las mujeres rallando el coco, mi abuelita mandando…. los primitos haciendo daños, las tías regañando…..¿que sería de todo eso sin la natilla?

Los buñuelos son como la comida congelada, no unen, no generan tradición, para empezar.. .hasta se voltean solos…. nadie se reune en una finca a hacer buñuelos…
Así que la natilla, maluca y todo como es (trasnochada y ahumada), es la Ringo Star del grupo. Mantiene la cohesión grupal con su bajo perfil y su color poco atractivo. Más respetos!!!

Opinión por:

srta-anarquista

23 Febrero 2010 a las 10:40
  

JA JA JA JA JA JA Me encanto….. una buena cuota ante tanto estres de oficina!!

Opinión por:

ozcvrvm

23 Febrero 2010 a las 3:39
  

grande.. pude reir de lo lindo

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Escritor colombiano. Su libro de relatos: "Los amigos míos se viven muriendo" fue publicado por el Fondo Editorial Eafit. Colaborador de las revistas El Malpensante y Crítica y del periódico Universo Centro, de ...

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