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02
02
2016
tareasnohechas

Diálogo junto a una caneca

Por: Luis Miguel Rivas

Dos hombres se encuentran al lado de la caneca de basura que hay en mitad de la cuadra. Uno acaba de llegar con la bolsa en la mano para arrojarla y el otro se dispone a escarbar en la caneca. Casi chocan al inclinarse.

- Bien pueda – dice el hombre que va a botar la bolsa.

- No, proceda usted primero porque yo me demoro –contesta el que va a escarbar.

- No, por favor –dice el primero- usted está más necesitado.

- No, tranquilo, proceda usted que se ve más necesitado que yo.

El primer hombre se extraña, mira su indumentaria para comprobar si salió muy mal trajeado a la calle. Tiene chanclas, pantaloneta y la camiseta con algún rotico. Pero no considera que sea para verse muy necesitado. Se ofende un poco. Mira al primer hombre que lo mira mirarse.

- ¿Por qué lo dice?

- Se le ve que necesita salir rápido de esta situación tan incómoda.

Al primer hombre, que siempre se ha considerado una persona sin prejuicios, progresista y con marcada conciencia social, le molesta sentirse juzgado desde el prejuicio.

- ¿Y por qué habría de ser una situación incómoda?

- ¿Es que acaso le gusta el olor de la basura?

- Pues no, claro que no, pero usted llegó primero que yo y creo tiene derecho a hacer lo que vaya a hacer en primer término; y luego, cuando deje el espacio libre, yo puedo tirar mi basura.

- Ya le dije que me demoro.

- Ya le dije que yo puedo esperar- dice el primer hombre con enfática sequedad.

- ¿Está seguro de que no le molesta el olor?

- A decir verdad sí, un poco, pero lo justo es lo justo y usted estaba primero.

- Tiene razón, pero me da un poco de pena con usted, porque yo estoy más acostumbrado a estos efluvios y puedo soportarlos, pero usted…

- ¿Yo qué? – dice el primer hombre, herido en su orgullo de persona sensible a las necesidades de los necesitados.

- No, disculpe, no es para que se ofenda, es sólo que veo que usted…

- ¿Qué ve, qué ve? ¿Qué está queriendo insinuar? –interrumpe el primer hombre.

- Nada, solo que a usted le debe incomodar.

- Ya le dije que no me incomoda. Estoy por pensar que el que está incómodo es otro. ¿Acaso le molesta mi presencia? – reclama, indignado, el primer hombre.

- No es tanto que me incomode, sino que no estoy acostumbrado a buscar comida en la caneca con alguien esperando a mi lado – aclara el segundo hombre buscando resarcir la susceptibilidad herida.

- ¿Ah sí? Eso si no se lo creo– dice el primer hombre con el aire suficiente de quien descubre en falta a otro- Entonces cuando coinciden dos de ustedes para buscar comida y uno llegó antes que el otro ¿qué hacen?

- ¿Dos de “ustedes”? ¿A qué se refiere con dos de “ustedes”? –dice el segundo hombre tomando la posta de la indignación.

- Pues a lo que oye: dos de ustedes –el primer hombre se interrumpe, duda, y se explica- pero no me malentienda, no quiero decir…

- ¿O sea que hay un “nosotros” y un “ustedes”? –interrumpe ahora el segundo hombre- ¿Ustedes entre ustedes mismos se llaman “nosotros” y nos ven a nosotros como los “ustedes”? y ahora dígame: ¿Quiénes somos nosotros para ustedes?

El segundo hombre se queda reflexionando un momento. Recupera la frase entera del diálogo del mismo modo que el lector habrá tenido que releerla y por fin la entiende. Decide que sólo se trata de un juego de palabras con el que “el otro” quiere poner en cuestión su sincero progresismo.

- Mire, no se me haga el vivo. Cuando digo “ustedes” no estoy haciendo ningún tipo de discriminación, si es lo que maliciosamente quiere insinuar. Solo me estoy refiriendo a que hay personas que buscan comida en las canecas de basura y otras que no. En este caso yo, por razones de la suerte, del destino, de la auto superación, por capricho del autor o por lo que sea, soy el que bota la basura y por tanto no soy parte de su “nosotros”. Es simple, no hay ningún juicio de valor en eso. Hablo sólo de personas que ejercen una actividad y de otras que no.

- Ummmm

- Pero aclarado este asunto volvamos a la pregunta para que vayamos solucionando este problemita de una vez: cuando coinciden dos de ustedes en la misma caneca para buscar comida ¿qué hacen entonces?

El segundo hombre mira fijo al primero, piensa un momento, como recordando.

- Simplemente uno de los dos se va a buscar otra caneca. Hay muchas en la ciudad.

El primer hombre mira al segundo que lo mira impasible sin moverse de su sitio.

- ¿Me está insinuado que me vaya a buscar otra caneca para botar mi basura?

- No lo había pensado de esa manera, pero no me parece una mala idea.

- Pues no señor- dice el primer hombre con actitud de no poderlo creer-¿Me está echando de mi propia cuadra?

- Yo no he dicho eso… –empieza a decir el segundo hombre, se interrumpe, piensa un poco y luego continúa- …pero la próxima caneca está cerca. A una cuadra precisamente.

- Sí, ya lo sé, pero tengo que decirle que así como usted llegó primero a esta caneca yo llegué mucho antes que usted a esta cuadra. De hecho es la primera vez que lo veo.

- Yo vengo por aquí hace mucho tiempo, lo que puede haber ocurrido es que siempre paso en horas distintas a las que usted escoge para salir a botar la basura. Que no me haya visto no quiere decir que no hubiera existido.

El primer hombre mira desconfiado.

- ¿Y desde cuando viene por aquí? A ver…

- Desde hace unos tres años.

- Ahí lo tiene: yo vivo en este barrio hace cinco.

- Bueno.

- ¿Bueno qué?

- Que me parece bien que viva aquí hace cinco años, pero eso no quiere decir que sea el dueño del barrio.

- Y usted tampoco es el dueño de la caneca.

- Está bien –dice el segundo hombre, cansado- entonces bote primero la basura, se va a su casa y yo me quedo buscando comida y sanseacabó.

- ¿Así de fácil quiere acabar el asunto? ¿Me quiere además decir lo que tengo que hacer?

El hombre que quiere buscar comida hace un gesto de hartazgo.

- Bahh- dice como espantando moscas con la mano y da vuelta para irse.

- Un momento. Usted a mí me respeta – vocifera el primer hombre interponiéndose en su camino.

- Yo no estoy irrespetando a nadie.

- Sí señor, me está ignorando.

- ¿Ignorando a quién?

El primer hombre levanta la bolsa de la basura a la altura de la cabeza del segundo pero detiene el acto a mitad de camino. Las aletas de la nariz del segundo hombre se mueven, olisquean un descubrimiento.

- Huele a carne horneada.

El primer hombre mira su mano agarrando la bolsa. La baja.

- Sí, son las sobras de la comida de anoche –contesta.

- ¿Y qué tal si usted me regala su bolsa? – dice el segundo hombre.

El primer hombre se contraría.

- No, cómo se le ocurre. Eso sería tranquilizar mi consciencia regalando las sobras.

El segundo hombre reflexiona, mueve la cabeza arriba y abajo.

- Sí, comprendo –mira en silencio a los techos de las casas y se le ocurre una idea- ¿Y qué tal si me da plata?

- No tengo -se apresura el primer hombre- o a decir verdad… sí tengo algo, pero es la plata de las cuotas de…

- Sí, tiene razón – interrumpe el segundo hombre cayendo en cuenta de su error.

Se quedan en silencio unos segundos. El primero se siente mal. Luego de discutir consigo mismo se manda la mano al bolsillo de la pantaloneta y saca la billetera. Habla como si hubiera sido herido.

- Pero vea –saca unos billetes y los extiende- voy a sacrificar las cuotas, después veré qué hago…

El segundo hombre mira el gesto de expósito del primer hombre con los billetes en la mano.

- No, disculpe, pero no puedo aceptarlo. En ese caso sería yo quien se sentiría mal.

El primer hombre vuelve a guardar los billetes. Se quedan en silencio evitándose las miradas.

- ¿Sabe qué? Creo que ya no tengo hambre de las cosas de esta caneca –dice al cabo el segundo hombre- mejor me voy a otra cuadra.

- ¿Y sabe qué? A mí se me quitaron las ganas de botar la basura en esta caneca – dice el primer hombre para no quedarse atrás.

- Bueno, adiós, que tenga usted un buen día- dice el segundo y sale hacia la izquierda.

- Lo mismo para usted. Mucha suerte en sus cosas – contesta el primer hombre con una reverencia y arranca en dirección contraria, hacia la cuadra siguiente donde hay otra caneca.

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19
01
2016
tareasnohechas

Carlitos Jaramillo rambotizado

Por: Luis Miguel Rivas

Para Ana María Betancur a quien le oí mencionar el término por primera vez.

“Jajaja, estúpido lamesuelas, mamerto arrastrado”, contestó Carlitos Jaramillo en el facebook dando término a la polémica que había empezado en la mañana con alguien que no conocía; volvió al tuiter, miró una vez más las notificaciones y las frases de su TL, respondió a dos de ellas con frases afiladas y luego sentenció lo que para él era el actual gobierno y la clase de hampones en cuyas manos estábamos; abrió otra ventana, fue a un blog de series de televisión para mirar los comentarios sobre The Good Wife, de la que acababa de terminar las últimas temporadas en una maratónica jornada que le ocupó tres días con sus noches; hizo un gesto de supremo desprecio leyendo el primer comentario, “Este estúpido no ha visto nada” refunfuño; entró a Instagram, ojeó fotos al azar unos minutos; abrió otra ventana y dio una pasada a la colección de chicas semi viringas que estiraban la trompa y la mano frente al espejo; volvió al facebook y miró si el de la polémica le había contestado algo; entró de nuevo a tuiter, revisó notificaciones y estalkeó a una chica que se veía muy buena en el avatar; miró gifs y retuiteó dos que lo hicieron reír; luego abrió el skype, donde había dos notificaciones: una llamada perdida de su madre y el aviso del cumpleaños de su primo Andrés. Vio la fecha: 15 de mayo. Iba a minimizar la ventana para volver a facebook cuando vio la fecha de nuevo: 15 de mayo. Miró hacia corcho de la pared, frente al escritorio; pegada a éste, con un chinche rojo, había una hoja de Excel con un cronograma en el que se destacaba un círculo violeta con la fecha: “15 de junio. Entrega final”. Se quedó mirando el círculo violeta mientras hacía cuentas mentales y abrió grande los ojos; se llevó las manos a la cabeza y brincó de la silla aterrorizado: “Marica, apenas tengo un mes y no he empezado”, casi gritó. Y a partir de ese momento comenzó su proceso de rambotización.

Se demoró en dormirse, acosado por el retumbar de su propias palabras: “Marica, me súperrequete cogió el día”; esa voz en off que era la suya y a la vez ajena tenía el tono de una advertencia letal, la señal de un abismo por el que estaba a punto de despeñarse. Cuando por fin logró dormirse soñó que corría jadeante por una selva agreste, perseguido por un batallón de soldados y perros rabiosos; se resguardó en el tronco hueco de un árbol, alertó el oído para ubicar a sus persecutores y en el murmullo del viento entre las ramas reconoció la voz de su madre, susurrante y monótona: “Mijo, ¿usted no ha hecho nada?”. Saltó de su escondite desesperado y empezó a correr mientras oía a sus espaldas la jauría de perros sabuesos cuyos ladridos se trasmutaban en la voz ronca de su padre: “Este güevón si no sirvió fue pa nada en la vida”; redobló el paso con el corazón agitado y entró en una manigua de lianas, ramas y hojas de árboles deformes y antiguos, y cuando menos pensó estaba vadeando un pantano espeso infestado de fieras acechantes: cocodrilos que tenían la cara de Felipe, su primo ingeniero y exitoso; serpientes con la sonrisa de su tía Beatriz, la de Llanogrande, cuando tomaba café en el parque Lleras; un mostruo de Gila marcando un celular de última denominación y mirándolo con el gesto suficiente de su prima Nati; un hipopótamo abriendo las fauces como su tío Carlos, insigne empresario, cuando bostezaba.

Carlitos fuerza sus pasos entre la sustancia viscosa hasta que logra remontar la orilla y sigue a toda carrera sin dejar de sentir en sus espaldas los ladridos, los silbidos, los ronquidos; llega al borde de un risco donde resbala sobre una piedra y se desbarranca entre ramas, piedras y espinas, que lo cortan, lo chuzan y lo traspasan antes de quedar tirado en la rivera de un río borrascoso. Allí, yaciente, el sonido del viento se vuelve a concretar en la voz de su mamá: “ Mijo, usted cuándo es que va a aterrizar”. Y esa voz es la que lleva la desesperación hasta las últimas consecuencias y dispara en Carlitos Jaramillo la determinación urgente de enfrentar al enemigo a como dé lugar; sobreponiéndose al dolor y la debilidad saca su cuchillo de la pretina, corta la piel para sacar una astilla que se le ha atravesado en el abdomen y se pone de pie para enfrentar al Rinoceronte con la cara de su tío, gerente general de una multinacional, que se acerca amenazante. Carlitos esgrime su arco cargado de flecha metálica, que quién sabe de dónde apareció, y apunta a la frente del rinoceronte, al ladito del cuerno, mientras mira fijo, con la boca torcida en un gesto de desprecio y dureza hechos de dolor: “Vivir por nada o morir por algo”, dice apuntando con su flecha al tío-enemigo que lo tilda de vago e inútil.

Y así es como Carlitos Jaramillo se despierta al otro día a la seis de la mañana con la balaca en la cabeza, la ametralladora en ristre, la canana en bandolera y se tira de la cama dispuesto a enfrentar el mundo y las responsabilidades, a ver cómo es que es la vaina, carajo; irrumpe en la mañana como un volcán, con la determinación de embutir en una sola jornada todos los días en que no ha hecho nada; limpia la casa como dando bala, organiza su habitación cumpliendo una misión imperiosa; barre meticulosa, apresuradamente, y trapea los pisos restregando entre bufidos; luego irrumpe en el computador ignorando el intenet para ir directo a la carpeta de la tesis; mira archivos y lee y corrige y escribe, agitado; luego salta hacia la biblioteca y como apuntando con un arma toma un libro y se lo lee a toda velocidad; vuelve a entrar a saco de mata en la pieza y escribe un cuento, estudia un documento pendiente, toma notas; al medio día sale a pagar los servicios públicos que se habían vencido; a medida que está más activo va adquiriendo más energía y más orgullo; al regresar a casa nota la suciedad y el desorden en que tienen la portería del edificio y llama a la administración a decir que qué es esa falta de diligencia; vuelve al computador y trabaja compulsivamente; llama a la librería donde encargó un libro que le hace falta para completar la bibliografía y dice:Lo necesito para más tardar mañana; almuerza de prisa, de pie, mientras habla por teléfono con los compañeros del grupo de estudio diciéndoles que cuando es que se van a reunir pues, que qué es esa vagancia, y los compañeros le dicen: Te echás a las petacas y cuando te da por correr querés poner a correr a todo el mundo, volvete serio; Carlitos cuelga indignado con el cinismo de la gente, por eso es que estamos como estamos; asalta la habitación, se lanza hacia el computador y trabaja, escribe varias páginas, revisa la bibliografía que le falta, lee artículos científicos, responde correos pendientes, hace una lista de citas que le sirven para su trabajo; al finalizar la tarde se levanta abruptamente y va a la cocina, la limpia dejándola reluciente y luego acomete el baño armado de cepillo, jabón y esponjillas; refriega las baldosas con énfasis, resoplando, sudando, se diría que con rabia, hasta dejarlo blanquito; luego vuelve a la habitación y esa noche del primer día de la rambotización permanece frente al teclado organizando cuadros en excel, cuadrando presupuestos, enumerando tareas, definiendo estrategias, hasta las dos y media de la mañana, hora en la que cae exhausto en la cama, con una sonrisa de orgullosa satisfacción.

Al día siguiente ataca el día desde las seis de la mañana. Sale a trotar y vuelve a clavarse en el computador; de vez en cuando mira con cierto desprecio el loguito del google crome en la parte inferior de la pantalla y continúa su jornada guerrera, que se desarrolla más o menos como la jornada anterior. Al tercer día, un tanto satisfecho por lo adelantado, con los ladridos de los perros acallados, con la voz de la madre amordazada, con las miradas de las fieras controladas, baja el ritmo. Al cuarto día el loguito del google crome vuelve a tomar color y titila ante su vista. Carlitos le da click y entra a facebook y revisa tuiter. Trabaja un rato y cada tanto da una pasada para mirar posts y notificaciones. En la noche busca la última serie que no se ha visto y entra a los foros recargado de energía.

Al quinto día se levanta de la cama a las once de la mañana y va directo al computador; y en el computador va directo al internet; busca si el tipo de la polémica le respondió, mira las notificaciones en su TL, responde a dos de ellas con frases afiladas y luego sentencia lo que para él es la situación actual del mundo y sus causas; abre otra ventana y va al blog de las series televisivas para mirar los comentarios, ojea las fotos en instagram, estalkea a otra chica que también se ve muy buena en el avatar, mira gifs y retuitea, vuelve a mirar las notificaciones… retoma su vida.

Hasta dos o tres semanas después, cuando volverá a encontrarse de frente con la fecha perentoria y se verá perseguido por las fieras que lo transformarán en Rambo por unos días.

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12
01
2016
tareasnohechas

Días de enero

Por: Luis Miguel Rivas

Me despierto en un día (¿qué día es hoy?) de los primeros de enero. Salgo de la cama y empiezo a fluir en la sustancia sin recipiente que es el tiempo de los comienzos de año. Hago mis rutinas de siempre, de cualquier día. Mi café de la mañana es siempre sólo el café de la mañana y nunca el café del lunes o del martes o del domingo en la mañana. Cuando salga a la calle, al mundo de afuera, a esa instancia que antes de mí nombró las cosas, y entre (sí: entre afuera), recibiré la imposición del nombre para hoy, podré saber en qué momento de la semana debo estar y acomodarme a él.

La calle, de entrada, me dice un nombre general: día de semana o sábado o domingo. Al primero lo nombra el ajetreo: los múltiples pasos que atarean el asfalto, los fugaces presentes de carros y carros cruzando ante mis ojos (cada carro que se aleja entra en mi pasado y sigue – ¿hacia dónde?- cargando de presente a quienes lo tripulan); broncos motores arrinconan el silencio en minúsculas grietas cada vez más imperceptibles; abiertas puertas a los mundos coloridos y densos de negocios y bares; voces que compran y que venden; mochilas escolares cabalgan en espaldas de cuerpos que cabalgan sus ciclas. Una cuerda templa el ánimo de todos (sólo acogiéndose a ese temple es posible enfrentar el temple de los otros).

Al sábado lo nombran esos mismos elementos pero más cansados, más poquitos, menos enfáticos; además del suplemento semanal de cultura en el kiosko de la esquina. La cuerda menos tensa, más tranquila la mano que la templa, pero sin soltar el apriete.

Al domingo lo nombra la soleada soledad de la mañana, la apacible placidez de las calles por fin solas como un viejo al que han dejado de molestar los muchachitos; el solo sonido del viento y el paso esporádico de un carro que resalta el silencio; los ebrios ya sin bríos; tenis y sudaderas como uniformes de los buenos propósitos.

Anteayer cuando salí a la calle era domingo; antier al abrir la puerta era el mismo día; ayer cuando volví a salir también lo era; y hoy que salgo de nuevo vuelve a ser. Pregunto a un conocido: ¿Qué día es hoy?, Jueves, contesta. El mundo se ha ido a descansar y ha olvidado dejar el papelito con el nombre encima de cada jornada para que las reconozcamos quienes nos quedamos; lindos días genéricos como ciertos medicamentos; como han sido ellos mismos antes de los nombres, antes de meter el olor en un frasquito. Días como esos televisores que vendían en Maicao: filados en extensos anaqueles, todos iguales, en inmensas bodegas. Uno llegaba y decía: Quiero un televisor; Qué marca quiere, decía el vendedor (todas las marcas eran a mitad de precio); uno decía: Un Sony (o un Toshiba o lo que fuera); el vendedor iba hasta una gran caja llena de logotipos de todas las marcas, revolvía hasta encontrar la de Sony o de Toshiba (o la que uno hubiera escogido), se la pegaba a cualquiera de los televisores bajados de la extensa hilera y lo ponía en las manos del comprador. Uno salía feliz para su casa y veía televisión toda la vida en su Sony (o su Toshiba o la marca que hubiera escogido).

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03
11
2015
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El espeluznante caso del inspector Valdo Martínez

Por: Luis Miguel Rivas

Es el primer tren de la mañana y las dos profesoras del colegio especial entran al vagón entre el griterío emocionado de los niños que por fin realizan el sueño del paseo prometido desde comienzos de año. Bamboleantes morrales coloridos y loncheras con dibujos de Minions, Mickeys, Peppa Pigs y fotos de Violeta, vivifican el gris vagón. Los rostros redondos de los chicos Down atisban aquí y allá, miran con sorpresa a los pasajeros somnolientos que viajan a esa hora. Las profesoras dirigen a los niños hacia una banca y todos se sientan. Valdo, siete años, televidente compulsivo, amante de las series policiacas, actor en potencia, urgido por crecer para poder ejercer esa profesión, no se resigna a quedarse sentado y se desplaza por el pasillo al ritmo del traqueteo del tren; cuando se aleja demasiado la profesora lo llama y Valdo regresa sonriente. En la siguiente estación el tren se detiene, un hombre se despierta asustado con el timbre de la puerta y sale raudo; entran algunas chicas con el pelo mojado rumbo a su trabajo en alguna fábrica de confecciones. Cuando la puerta está a punto de cerrarse irrumpen, como una tromba, los tipos. Son tres. El más alto y más flaco tiene la cara marcada con hondos vestigios de acné, lleva una chaqueta raída de cuero, botas sucias con una mezcla de barro y algo que parece sangre; empuja a sus compañeros con gestos bruscos. Pisan fuerte y hablan bronco, retumbante. El segundo hombre, rubio, con una cicatriz que le cruza la mejilla derecha, mira desde los ojos chiquitos, enrojecidos, rabiosos.

- Pásame el vino que no vas a dejar nada –dice.

El tercer hombre, enjuto, pelo liso y corto, rostro anguloso en forma de triángulo invertido y unos ojos azules, acuosos, como de enfermo, pasa la caja de vino de mala gana y da una mirada amenazante al interior del vagón. Las profesoras se yerguen, crispadas, y miran a los niños, absortos en sus cosas: Ricardo y José pelean por un carro de plástico que no es de ninguno de los dos, Valdo le resume a Juliana un capítulo de La ley y el orden, Lucas y Verónica exponen el rostro al viento que entra por la ventanilla, Matías trata de abrir la lonchera.

El tipo enjunto de los ojos de enfermo hace un gesto al alto y flaco. El alto y flaco se mete la mano al bolsillo y saca una navaja aparatosa. La hoja brilla con la luz mortecina del vagón y el destello transforma el aire en una sustancia densa y oscura. Las chicas con el pelo mojado, en un acto reflejo, aprietan los bolsos contra el vientre. Los otros pasajeros miran de reojo, expectantes, tensos. Los hombres se rotan la caja, dan tragos largos y torpes que dejan hilos de vino descendiendo por las comisuras de los labios; hablan cada vez más fuerte, cada vez menos para ellos mismos, dueños del vagón.

- Vivo no quedó el hijo de puta – dice el de los ojos de enfermo.

- Quién lo mandó a torcerse – contesta el rubio de la cicatriz.

Se dan otro trago y miran a los pasajeros.

- Bueno, va siendo hora de que nos levantemos una platica – dice el flaco y alto, en voz alta.

Los pasajeros palidecen. Las profesoras giran nerviosas hacia los chicos que siguen desentendidos, absortos en sus asuntos; menos Valdo, que observa a los hombres con atención, la mirada fija y decidida.

Los tipos hacen un silencio súbito y recorren las caras de los viajantes con ojos inquisidores; amagan avanzar. Los pasajeros, animalillos paralizados, sólo atinan a mirarse de reojo unos a otros. Valdo se pone de pie y camina hacia los hombres. La profesora brinca tras él, Valdo la evade y avanza sin mirar atrás. Llega frente al flaco y alto y le apunta con la mano en forma de pistola.

- Quieto ahí, están detenidos – dice serio, amenazante.

El flaco y alto baja la cabeza y encuentra el rostro redondeado de pomulos salientes, cuello corto y ancho, y unos ojitos negros que lo miran con determinación detras de las estrechas rendijas. Se queda flipando un eterno instante mudo, trata de ubicar la situación en los archivos de las reacciones aprendidas. Una carcajada abrupta del rubio de la cicatriz quiebra el silencio cerrado. El de los ojos de enfermo lo sigue con una risotada borrascosa. El flaco y alto mira a sus dos compañeros, mira a Valdo y suelta su propia carcajada con todas las ganas; continúa riendo por un rato, se dobla sobre sí tomándose el estómago con las manos; ríe cada vez con más fuerza, más allá de su voluntad, y su rostro duro y agrio muta en un gesto angustia placentera, como si se estuviera desprendiendo de algo. Valdo permanece impertérrito frente a él, apuntando. El flaco toma aire, da un respiro, mira a Valdo y le acaricia la cabeza. Valdo no da su brazo a torcer.

- Está detenido, póngase contra la pared.

El flaco se da vuelta y apoya las manos contra la puerta del tren. Valdo, que le llega a la cintura, se toma su tiempo para requisarlo. Luego da unos pasos atrás y lo señala.

- Esta vez te dejaré ir, pero no quiero volver a verte por aquí – dice perentorio, da vuelta y avanza con pasos firmes de representante de la ley hacia el lugar desde donde lo miran, atónitas, las profesoras.

Cuando llega al lado de sus compañeros empieza a dar salticos, pleno, con la satisfacción del deber cumplido. Los tres hombres, con la navaja en la mano, siguen a las carcajadas. Los pasajeros sonríen con timidez y uno que otro ríe francamente. El tren sigue su marcha con un traquetear rítmico y liviano.

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01
08
2015
tareasnohechas

Las mujeres de adentro

Por: Luis Miguel Rivas

Tengo un papelito, un pedazo de hoja cuadriculada marcado con la fecha del 4 de junio del 2015, que dice:

Fernández Adriana
Penal El Borbollón
1525762390

Me lo entregó Adriana personalmente, como un mensaje lanzado en una botella. Una petición de amistad muy distinta a las del Facebook, la urgencia de una comunicación que durara más que la corta visita de uno de tantos grupos que habrán pasado por la cárcel El borbollón como generosas compañías momentáneas o como simples turistas del dolor. Me la entregó Adriana para ver si alguno de nosotros la llamaba algún día, a saludarla, a decirle cómo estás, a escucharla un rato, a darle noticias del infinito afuera.

La cárcel de mujeres El borbollón es una construcción de 1510 metros cuadrados, ubicada a 15 kilómetros de la ciudad de Mendoza, que durante 30 años funcionó como monasterio de las monjas Dominicas, y hoy alberga a más de 130 mujeres, detenidas en su mayoría por robos agravados (con uso de armas) o infracción a la ley de estupefacientes (comercialización de drogas).

Allí llegamos el 4 de junio en la mañana los integrantes del grupo de Vapoesía Argentina, del que hacían parte los poetas Facundo López, Marta Miranda y Ricardo Rojas Ayrala, de Argentina; Sebastían Miranda de Costa Rica y Marcial Gala de Cuba, para una de las actividades de este evento que entiende la labor de los escritores como “una herramienta de inclusión social que debe ser puesta al servicio de aquellos con menores posibilidades de acceso a éstas experiencias”. Aunque estaba claro que no íbamos sólo a llevar versos a un lugar pleno de humanidad sin conceptos y poesía y sin palabras.

Al cruzar la puerta exterior nos encontramos con Ulises Naranjo, un curtido periodista y escritor mendocino que lleva más de veinte años trabajando en cárceles, responsable de varios talleres y antologías de poesía escrita por presos, además de director y guionista de una película actuada por reclusos. Entramos a la oficina de la dirección, recibimos la bienvenida cordial de la directora y allí, de pie, seguimos hablando con Ulises. La pasión casi mística con que este hombre habla de las dificultades que ha tenido que enfrentar, de lo que se ha jugado para adelantar ese tipo de proyectos con personas recluidas y de lo que se ha logrado, es una sutil alarma contra cualquier posible indicio de generosidad autocomplaciente o ánimo de incursión aventurera en el dolor ajeno, que pudiera albergar en los visitantes. Luego Ulises se abre a nosotros, se ofrece pasarnos todo el material del que dispone sobre su trabajo en las cárceles y nos acompaña hasta la garita de acceso al penal, donde nos deja para continuar con sus asuntos.

Luego de una minuciosa requisa en la que empezaba a tomarle cariño a la guardiana, llegamos a la puerta del penal propiamente dicho, donde una amable mujer uniformada, con movimientos mecánicos y ágiles, abre las cuatro aldabas del portón metálico. Seguimos hacia el salón destinado a la actividad y doy vuelta para ver a la guardiana cerrando las aldabas que acabó de abrir, antes de ir hacia otra puerta donde abre otras aldabas para dejar pasar a unas internas y vuelve a cerrarlas para regresar a la puerta que nos abrió y volver a abrirla dando acceso a un funcionario de la cárcel y luego corre a otra puerta para abrir y dejar salir a otras reclusas y volver a otra puerta…

La bella custodia
Enreja y desenrreja
Todo el día
Encierra y libera
Todo el día.
Como quien abre una escuela
O cierra una fábrica al fin de la jornada
Con gestos que tal vez un día
Fueron nerviosos
Ejerce sonriente, precisa, tranquila,
ese oficio de la desconfianza

Al cruzar un corto pasillo llegamos al salón, donde nos recibe la sicóloga, rubicunda, de pelo ensortijado, cuerpo sólido de lanzadora de martillo y maneras delicadas de jardinera. Las internas aún no han llegado. Es un salón amplio con algunas sillas de plástico y al fondo cuatro bancas largas de madera, sin espaldar. En una esquina una mesa con gaseosas y vasos descartables. La sicóloga nos invita a que nos sentemos en las sillas plásticas y nos dice que las bancas de madera son para las internas, que deben quedar dándonos la cara. Apenas nos acomodamos irrumpe con pasos atropellados una mujer menuda y morena, el rostro curtido por parches de mucho sol, los ojos idos y el ceño fruncido. Da una mirada breve y rabiosa por el aula, hace un gesto de desprecio, de asco, y sale trastabillando. La sicóloga la ve irse y continúa dándonos la bienvenida. Entran dos cincuentonas altas, solidas, gestos solventes de antigüas habitantes del lugar. La primera es Laura: maciza, rostro blanco, pelo revuelto, un expresión dura bajo el cual parpadea cierta delicadeza, como hecha de dulzura petrificada. Cruza con seguridad enfática, casi retadora. Al pasar frente a Gabriela, la funcionaria de la oficina de Derechos Humanos de Mendoza que nos acompaña en la visita, se detiene y la observa un momento:

- Vos y yo nos conocemos – dice mirándola fijo.

Gabriela, contrariada, contesta que no la recuerda, que dónde sería, y Laura menciona el nombre de un colegio. Gabriela dice que no estudió allí. Laura levanta los hombros y sigue. Tras ella viene saludando Sonia, una rubia de pelo largo, delgada, muy dueña de sí, pero más reposada y menos retadora que Laura. Cuando pasa Sonia veo otras dos chicas sentadas en las bancas de madera, que no sé en qué momento entraron. Ambas, morenas y de facciones aindiadas, observan y escuchan silenciosas. Después entra Adriana; su figura alta, levemente encorvada hacia adelante, la piel blanquísima y las manos largas con dedos delgados y pulidos, le dan un aire de aristócrata aporreada, de una preeminencia sufriente.

La sicóloga menciona un inconveniente por el cuál no han podido venir más internas al evento y comenzamos la reunión. Marta Miranda y Ricardo Rojas, los coordinadores de VaPoesía Argentina, saludan y hablan de la idea de compartir versos y experiencias. Adriana interrumpe y pregunta por qué estamos ahí, qué nos lleva a visitar esa cárcel. Marta habla del propósito de llevar los poetas a sectores de la sociedad que generalmente han sido olvidados. Adriana dice que ella de lo que tiene que hablarnos es de un dolor muy hondo que no tiene solución. Su voz se quiebra mientras cuenta que tiene siete hijos y que a uno de ellos le hizo un daño irreparable, producto de su encierro. El aire se densifica en una tristeza sólida como una piedra, sin esperanza ni salida. En la puerta aparece la mujer menuda que había entrado al principio: el rostro descompuesto, el ceño fruncido, los ojos idos, un parchecito blanco de saliva reseca en la comisura de los labios. Se sienta un momento, amenazante, a punto de atacar a cualquiera, agredida por la presencia de los extraños. Permanece unos minutos y sale de nuevo como una tromba.

Las palabras de Adriana dejan un silencio cerrado, como si no hubiera qué decir o como si no se pudiera decir cualquier cosa. El poeta cubano Marcial Gala carraspea un poco y por fin se dirige a la mujer en un tono confidente: le habla sobre el escritor ruso Fedor Dostoievski, le cuenta cómo fue encarcelado, condenado a muerte y a última hora trasmutada su condena por varios años de prisión; y cómo a través del dolor se llega a veces a la esencia y cómo es desde allí donde se puede empezar a romper el círculo del dolor. Cuando creo que debo hablar (nadie me lo impone, pero creo que alguien me lo exige), sólo surgen en mi cabeza unas palabras de César Vallejo:

Hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé,
Golpes como del odio de Dios,
Como si antes ellos la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma, yo no sé.

Atino a reiterar lo que dijo Marcial: que ante ciertos sufrimientos sólo queda el espíritu, que la poesía es una manera de orar, que leyéndola se repiten oraciones de otros y escribiéndolas se hacen la propias oraciones. Pero las palabras no vibran, no dicen nada, apabulladas, ridículos moños para adornar la mole densa de la desesperanza. Hasta que interviene Sonia. Habla mirando fijo a su compañera con voz fuerte y amorosa, como una madre que reprende:

- Uno no se puede echar a morir, Adriana – dice con énfasis y manotea con vigor – Yo al principio tuve un período así, pero luego me dí cuenta de que de ese modo no se llega a ningún lado. Así que hay que levantarse y enfrentar la vida…

Adriana escucha atenta y asiente. Laura la mira y complementa.

- Aquí y en todas partes hay momentos muy duros, ¿pero qué le vamos a hacer, Adriana? ¿echarnos a morir? ¡No! Yo por ejemplo, llegué bajoniada a esta reunión, pero a medida que va pasando me voy levantando. A veces estoy por ahí en la celda y de repente se me planta un lagrimón… y después estoy bien. Hay que seguir, no nos podemos quedar tiradas.

La enjundia, el calor casi rabioso de las palabras de Sonia y Laura remueven la gelidez del aire. Una música repentina y vital en un claustro oscuro. Adriana abre y cierra los ojos, da un respiro hondo, suelta el aire y relaja los hombros como descargando una maleta. La sicóloga sostiene el tono vivaz y le pregunta a Laura si trajo sus poemas. Laura saca una carpeta con una gruesa ringlera de hojas en tamaño oficio. Lee varios de sus textos. Son en su mayoría poemas de amor, de un amor apasionado que algún día estuvo y que hace falta. (Lamenté no haberlos copiado). Ricardo Rojas Ayrala, coordinador de Vapoesía, le pregunta sobre el origen de sus escritos. “Escribo lo que siento”, dice Laura, “Lo que he aprendido de la vida. No solo a golpes”.

Le toca el turno a Sonia. Antes de empezar a leer dice que ella no escribe poemas de amor, que no está en ese tema. Y con voz calmada de quien ya ha elaborado muchos infiernos, dice que si en su época se hubiera hablado tanto como ahora sobre el maltrato a la mujer, a lo mejor ella no estaría en este lugar. Sonia tiene cincuenta y dos años, lleva doce en la cárcel y tiene dos intentos de fuga. Habla de los golpes de los hombres, de las hinchazones de la cara y la dentadura removida. Y de un día de hace doce años en el que un pobre tipo, un cliente cualquiera que no tenía nada que ver con sus anteriores padecimientos, pagó por todos. Sonia es una de las cuatro mujeres del Borbollón condenadas por homicidio. “Escribo para contradecir a la realidad”, dice mientras mira las paredes. Laura interviene: “Yo escribo para no estar aquí, me la paso mentalmente en otro lado”, y acaricia su ringlera de poemas: “Esto es mío, la poesía es lo único mío”. Sonia saca su cuaderno y lee varios de sus textos. Uno de ellos lo encontré después, publicado en la revista Mirando hacia afuera, producida por el taller literario Mirando al Margen.

Caída
Como torre gemela
Caí.
Como volcán
Me levanté.
Escupí mi alma,
Martillé con manos mansas
Mi vida.
Me encierro en corchetes
Hago un paréntesis.
Exiliada en el pasado
Vuelvo el miasma,
Y sé que puedo,
No quiero quedar atrás.
Siglos de emociones
Embargan mi ser,
Hoy encuentro diferentes caras
Que como muñecas rotas,
Giran en mí.
Pasado cerrado,
Pasado gastado,
Pasados y más pasados,
Que hoy no quiero recordar.
Como torre gemela caí,
Y así me levanté.

En mitad de la lectura vuelve a entrar la mujer trastabillante de ojos idos y gesto hosco, se sienta al lado de la sicóloga y balbucea algo. La sicóloga la escucha y asiente en silencio. Sonia termina de leer y, con timidez recibe nuestro aplauso. “Estas palabritas mías me pertenecen, no me gusta que me las toquen”, dice, tal vez pensando que entre quienes le aplauden hay varios poetas “profesionales”. “Si me cambian una palabrita es como si me cambiaran a mí”. Esto suscita una animada conversación entre las reclusas y los visitantes sobre corregir o no corregir lo que uno escribe. La sicóloga dice que ahora va a leer un poema de Andrea. La mujer de ojos idos, sentada a su lado, baja la cabeza y parpadea como avergonzada. La sicóloga toma el libro: “La libertad entre los dientes”, una antología de talleres de poesía en la cárcel, y lee:

Yo llevo una mujer adentro y llevo una mujer afuera,
Adentro mi mujer es tierna, afuera mi mujer llora;
Adentro mi mujer canta, afuera mi mujer sola;
Tengo una mujer adentro y tengo una mujer afuera;
La de adentro cuida las rosas, la de afuera las patea;
Adentro mi mujer es ángel, y el ángel afuera me condena;
Yo tengo una mujer afuera y tengo una mujer adentro;
Mi mujer de afuera está encerrada
Pero la de adentro es libre como las palomas.

A medida que la sicóloga lee, el rostro de Andrea (ahora ya no es solo la mujer de ojos idos y gesto hosco sino Andrea, que vive adentro y afuera), se distensiona; y una sonrisa que viene de por allá, de adentro, que estaba escondida en lo hondo y que ha tenido que avanzar separando maleza, aparece en su boca. La sicóloga termina el poema y todos aplaudimos; entonces los labios de Andrea se arquean con amplitud, casi una risa; y sus hombros se estremecen en un escalofrío de niña que está siendo consentida. La sicóloga lee un segundo texto de la misma autora, sobre un pájaro; un poema sencillo y duro, como un dibujo trazado con bolitas y palitos para representar una desgarradura. Miro el rostro de quien lo escribió, los labios húmedos de donde ha desaparecido la saliva reseca, los ojos que descansan de su furia, veo a Andrea Medina, 27 años, que vive adentro y afuera, que pone a volar pájaros con palabras y que (además, y no sólo eso) anda por el mundo con los ojos idos y el gesto hosco que le han dejado años y años de calle y drogas y penurias; la que lleva seis entradas a la cárcel, todas por agresión a la autoridad, o como dijo luego con sus palabras lentas y dificultosas: “Me meten aquí por pegarle a los milicos”.

La sicóloga propone que continuemos con otra lectura. Alguien del grupo de visitantes le pregunta a Laura si tiene más textos. Laura afirma y saca una hoja de su ringlera. Andrea se pone de pie y sale pateando una silla, otra vez el gesto hosco. La sicóloga explica que se enojó porque no quisimos seguir leyendo sus cosas. Laura concluye la sesión con otro de sus poemas llenos de amor y al terminar muestra una sonrisa desarmada que no se parece en nada a la expresión imponente de la mujer del principio de la reunión.

Nos ponemos de pie y se forman varios grupos en los que se conversa mientras nos despedimos. Andrea entra al salón, deambula mirando a todos y vuelve a salir. Le pido a la sicóloga que me preste el libro de donde leyó (donde también hay versos de Sonia) y transcribo el poema de la mujer de adentro y la de afuera. Al dejar el libro sobre la mesa me encuentro de frente con Andrea, que ha entrado de nuevo. Mira mi mano con el libro. Le digo que son muy lindos sus poemas y hace una mueca. Me acerco para despedirme y la abrazo. Ella no responde y me dispongo a soltarla, pero no se retira. Entonces vuelvo a abrazarla. Es menuda, frágil y la aprieto fuerte porque sé que no se va a desbaratar, que nada la ha desbaratado hasta ahora y que más fácil podría ella triturarme. No veo su cara pero siento un leve estremecimiento de sus hombros y sé que sonríe como una niña que está siendo consentida.

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17
08
2014
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Estación Parque de Berrío

Por: Luis Miguel Rivas

Decidió dejarlo ir. Lo miró por última vez, ahí, frente a ella, arrellanado en su silla, el rostro fresco y recién afeitado, la sonrisa tranquila, como si no pasara nada, esa maldita, encantadora e irritante tranquilidad. Sintió tristeza y amor y rabia. Lo miró un último instante antes de ponerse de pie. Se dio ánimos pensando que en esta ocasión no se trataba de cobardía. Le bastaba pensar en los últimos días de la relación, en el terreno plano, extenso y yerto en que los años convierten las pasiones explosivas. En las heridas, en los celos, en las riñas, en el cansancio del final interminable y del eterno retorno. Pero también estaba el comienzo. La belleza de los buenos tiempos que, a pesar de todo, nunca pasan y se implantan en contra de las pruebas más fehacientes de la realidad, como una terca posibilidad, como si haber sido feliz en algún momento fuera garantía para volver a serlo de la misma manera.

Pensó en el cruce de miradas en ese vagón del metro, en el cimbronazo que le puso la piel de gallina y le agitó las pulsaciones con tan inusitada fuerza que la llevó a hacer algo impensable para ella: tomar la iniciativa, hablarle sin atender a la voz del padre que tronaba en su cabeza: una mujer que se le acerca a un hombre es una buscona. Se puso de pie y fue directo a él: Hola; y la mirada suficiente de él se difuminó, como un maestro de ceremonias que pierde el libreto, un cazador sorpresivamente perseguido por su presa: Hola, contestó, atribulado, torpe; y ella, envalentonada: ¿Me puedo sentar? Y él: Claro, dale; y ella: Es que te vi desde que me senté; y él, balbuceante: Sí… yo también te había visto… por si no lo habías visto; y ambos rieron; y luego: Cómo te llamas: Amanda, ¿y vos?; y él: Ricardo; y después de un silencio: ¿Para dónde vas? Y ella: Me bajo en la estación Berrío, trabajo ahí cerca; y él: Qué casualidad, yo también me bajo ahí; y ella: ¿En serio? ¿De verdad? O es solo por perseguirme?; y él, sonrojado, apenas aprendiendo a responder a la inesperada seguridad (una seguridad que ella tenía que forzar a cada momento): Sí, en serio, dice él, como un niño que quiere probar su inocencia, y se queda callado y después balbucea (forzando una seguridad que no le sale): Y… ¿ vas de mucho afán o te da para tomarnos un tintico…?; y ella mira el reloj: Pues tengo como quince minutos, ya ve que sí; y se bajan y se meten en una cafetería y charlan hasta que a ambos los coge la tarde; y ese mismo día la llamada de él y unas cervezas en un bar de La Playa y al siguiente la llamada de ella y esa noche otras cervezas y risas y una discoteca y baile y las mil y una noches en una noche en una cama de un motel de la vía a Caldas; y al día siguiente y al otro y al siguiente y luego los dos juntos a toda horas, semanas y semanas, “en estos días no sale el Sol sino tu rostro”, “¿dónde habías estado todo este tiempo?”, “mi fin del trayecto eres tú”; y luego los meses que, como manos, quitan capas de la superficie rutilante de esa primera imagen en el vagón y descubren, paulatina, lentamente, otra desnudez menos apresurada y más rica que la de la primera noche: los lunares escondidos en el envés del alma, las cicatrices en los pliegues de la historia personal, la barriguita de las manías, la asimetría del mal humor esporádico, transformando y enriqueciendo hasta hacer irreconocible la imagen de ese hombre al que una tarde se le había acercado a decirle hola, y que ahora aparecía en su memoria como la simple cáscara de un hirviente universo múltiple de inusitadas formas que se escapaban por las grietas y se mezclaban con las múltiples e inusitadas formas que salían de la cáscara de ella en una comunión universal de seres defectuosos, en una complicidad de carencias y excesos, en una pletórica y rara solidaridad de imperfección y variedad.

Y luego los años que avanzan como vagones y la domesticación de las rarezas y el letrero de “esto es mío” sobre lo inconmensurable y las familias de ambos y los amigos y los ritos y lo que hay que hacer y “hasta que la muerte los separe” y el apartamento y Manuelita, igualita a él, y Luquitas, igualito a ella, y la finca en La Ceja y el trabajo en la oficina y la pensión y las llegadas de él al amanecer y el olor ajeno y el gimnasio de ella y los músculos del instructor y el estar sin estar y sin poder dejar de hacerlo, y las riñas y los celos, “ni contigo ni sin ti”; y los años y los años como manos que no paran de quitar capas descubriendo ahora agujeros negros debajo de los bellos lunares, puntas de cuchillos en lo hondo de las heridas, tumores oscuros en la base de la barriguita del mal genio, aristas en lo que eran sinuosidades, la sustancia de sombra de la que también estaba hecho el primer resplandor, transformando hasta hacer irreconocible a ese hombre irreconocible que ya nada tenía que ver con el primer hombre del vagón, un ser lejano y difuso al que alguna vez se atrevió a hablarle.

“Próxima estación: Parque de Berrío”. Si el sonido del altavoz no la saca de sus imaginaciones habría empezado a llorar y hasta lo habría insultado. Se puso de pie y lo miró por última vez, ahí, frente a ella, bello, arrellanado en su silla, al lado de los demás pasajeros. Él, que tampoco había dejado de mirarla, respondió con suficiente sonrisa de cazador. Las puertas se abrieron. Salió. Lo dejó ir. En la plataforma respiró hondo. Ahora no se trataba de la voz del padre, cuyo trueno apenas alcanzaba a oírse como entre capas de almohadas. Se quedó detenida en medio de la gente apresurada y una sonrisa nerviosa emergió de entre la confusión de sensaciones. Una frase, entre todas las que la avasallaban, tomó fuerza, y sus labios la pronunciaron en voz baja: “No fue por cobardía”.

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11
08
2014
tareasnohechas

¡A mí no me conteste porque le volteo ese mascadero!

Por: Luis Miguel Rivas

Y sí, casi que literalmente al violinista del metro le voltearon el mascadero. Por desobediente, por contestón, por irrespetuoso. A la vieja usanza de los papás paisas. “Yo hablo una vez, hablo la segunda y a la tercera mando el golpe”.

No lo golpearon, eso está claro (por lo menos en el video) pero simbólicamente le voltearon el mascadero. Lo apercuellaron entre cuatro uniformados y lo sacaron a rastras. El asunto inicial no es que hayan sancionado a alguien que infringió una norma (la norma que infringió y la idea de sociedad que hay detrás de esa norma es otra discusión que hay que hacer), sino la manera en que se ejerce esa sanción, el uso desproporcionado de la fuerza en relación con la infracción realizada y las características del infractor. El sometimiento físico, la anulación, el tratamiento como delincuente para una persona que no está armada, que no ha agredido a nadie y cuya falta consiste en no obedecer una norma del código civil. Y lo que eso dice de nosotros y de nuestra manera de solucionar los problemas.

¿Y cómo más pueden reaccionar los policías si ya le habían dicho por las buenas y el tipo se les soltó y se quería burlar de ellos?, me dice una amiga que quiere crear la agrupación Indignados con los Indignados. Pues con altura, le contesto, con la altura que debe tener un representante de la ley y con una altura acorde a la infracción. Para mí la infracción era más un gesto simbólico de protesta que el desesperado acto de alguien que quisiera ganarse unos pesos pasándose la ley por la faja (como el pobrecito Andrés Felipe Arias, a quien, según mi amiga, sí castigaron desproporcionadamente). El arma que usaba era un violín y el daño que ocasionó a la comunidad no fue ostensible y tal vez no existió. De hecho en el video no se ve a nadie agredido por la interpretación del chico (habría que preguntarle a la gente, porque algunos en twitter truenan que se sentirían agredidos y que tienen derecho a no escuchar “ruido” en el metro). Y la falta que motivó el uso de la fuerza: la huída, fue una falta incluso ingenua. El tipo no estaba huyendo por las calles laberínticas de una inmensa ciudad donde burlaría definitivamente a los perseguidores, sino dentro de un sistema cerrado, pequeño y rodeado por policías, donde no tenía escapatoria. Y no podría ser tan bruto para no saberlo. Estaba jugando, estaba diciendo algo… Y esa huída, ese desacato a la autoridad, más chistoso que grave, más parecido a un gag de Chaplin, (creo que el pobre Charlot en Medellín no hubiera durado dos cortometrajes), que a la huída de algunos criminales de la cárcel de Pedregal (ayudados por algunos policías), ameritó un operativo y un uso de la fuerza desproporcionados que rebajó a esta persona a la categoría de delincuente. Había algo de venganza ahí.

¿Y entonces cómo podría reaccionar con altura un policía ante un tipo que se lo quiere pasar por la faja? Me pregunta mi amiga, cada vez más brava. Haciendo uso de la madurez ciudadana que debe tener la policía, le digo, y de la autoridad moral que les da el privilegio de usar la fuerza en caso de necesidad. Como aquí no había necesidad visible de usar la fuerza ¿Qué se podría hacer? ¿Detener el tren hasta que el tipo accediera a salir? ¿Hacer uso de sanciones simbólicas más convincentes y efectivas? ¿Involucrar a la comunidad apelando a la sanción social? No sé exactamente, pero en últimas se trata de buscar sanciones que legitimen la norma sin rebajar a las personas. No es una ocurrencia del momento ni un invento nuevo, ya Antanas Mockus puso a funcionar mecanismos simbólicos de ese tipo en una ciudad tan compleja como Bogotá y le dieron resultado.

Una vez que iba yo en un colectivo, en una ciudad de un país tan subdesarrollado como el nuestro, un tipo se subió, siguió derecho sin pagar y se sentó muy caripelado en una silla de atrás. El chofer le pidió que por favor pagara el pasaje pero el hombre ignoró con arrogancia la petición. El chofer volvió a repetirle y el tipo permaneció como si nada, con una sonrisa sardónica. El chofer apagó el motor y cuando yo pensé que iba a sacar un machete para bajar al hombre a planazos, se paró en mitad del pasillo y se dirigió a todo los pasajeros: “pues entonces, aquí nos quedamos y la ruta no sigue hasta que este señor pague el pasaje o se baje”. Para un paisa hecho y derecho eso es una perdedera de tiempo, una muestra de debilidad, puro miedo de bajarlo a trompadas como se merece y para que aprenda. Pero el chofer se quedó ahí, de pie, tranquilo, y lo que ocurrió fue que en ese momento la situación dejó de ser un problema de la autoridad burlada del chofer contra la retadora actitud antisocial del tipo, y pasó a ser un asunto de todos los pasajeros. La gente incómoda empezó a increpar al hombre porque los estaba retrasando para llegar a sus destinos, alguien le dijo que se volviera serio, otro le dijo que tenía un hijo enfermo y necesitaba llegar pronto y no faltó quien le ofreció pagarle el pasaje si era que no tenía plata. Una mujer adulta lo regaño como una mamá y un viejo le soltó una bandada de recriminaciones. El tipo finalmente, sobrepasado por la presión, se puso de pie y, mirando al frente y con paso arrogante, se bajó del bus. Todos los pasajeros aplaudimos su descenso y el hombre tendría que ser un enfermo mental demasiado grave para no sentir el repudio general a su actitud.

Creo más en esas maneras, así sean más largas y dispendiosas, porque todo lo que sea fuerza o violencia como solución eficaz e inmediata aviva este ambiente polarizado en que estamos viviendo los colombianos, hecho de ganas de matarnos unos a otros en todo momento. Mi amiga Indignada con los Indignados y yo nos hemos odiado por este tema. Entonces pienso en los muchachos que protagonizaron el hecho. Vuelvo a ver en el video al violinista con el cuello retorcido por el brazo férreo del otro chico, el auxiliar de policía, de su misma edad y tal vez hasta de su mismo barrio (clase media o media baja o baja, porque de lo contrario no estaría pagando servicio militar). Los dos con cachuchas imperturbablemente ajustadas a pesar del forcejeo; la del violinista con el logo de Fox, una marca de amortiguadores para bicicleta, que representa la malicia y ductilidad de un zorro; y el policía con una cachucha de letras ordenadas y firmes que dice “Auxiliar”. Los dos incómodos, abrazados a los trancazos; si no fuera por las cachuchas y el uniforme uno podría pensar que se trata de dos amigos jugando. Y podrían ser amigos si no los hubieran unido esas circunstancias que ninguno de los dos escogió.

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04
08
2014
tareasnohechas

Micro partículas de contentura diminuta

Por: Luis Miguel Rivas

“Gurov pensaba que en el fondo, pensándolo bien, todo es bello en la tierra, todo salvo lo que pensamos y hacemos cuando olvidamos el alto destino de la existencia y nuestra dignidad de hombres.
Alguien se aproximó –un vigilante nocturno sin duda-, los miró y se alejó. Y ese detalle le pareció misterioso y bello a la vez”.

Gurov es el personaje masculino de La dama del perrito, el clásico cuento de Chejov. Y ve las cosas así luego de pasar por una experiencia que le ha movido la base desde donde uno siente. Esta mañana pensé, sin pensar, en ese fragmento del cuento, mientras caminaba por el barrio Palermo y miraba el cielo limpio de la mañana porteña y la calle aperezada y solitaria y las fachadas de los almacenes amarilleadas por Sol recién nacido, que acariciaba todas las cosas con la delicadeza y la buena disposición de quien apenas empieza la semana. En el frontón de un almacén el empleado subía la cortina metálica y le contaba al del negocio vecino que había acostado al niño en su cama y que no sabía a qué horas se le había pasado a la suya porque despertó sintiéndolo apretujado a su pecho; el otro sonrió sincero con la noticia más grande del momento, del mundo; en un bar de la Plaza Serrano dos chicas con delantal charlaban plácidas y sacaban las sillas apiladas para acomodarlas a la salida del negocio, con movimientos tranquilos, pausados, como ejecutando un rito. Todo tenía un ritmo sagrado y en el aire titilaban micro partículas de contentura diminuta. Sentí todo eso, vi eso nítidamente, pero no alcanzaba a vivirlo del todo. Las partículas estaban ahí, hormigueaban aladas a mi alrededor y a través de mí, pero no lograban ocuparme completamente, como les ocurría al empleado de la cortina metálica y a las chicas del bar, sin saberlo. Era como si yo estuviera encargado de darme cuenta de esa belleza al precio de no poderla tener. La miraba con avidez, desde el otro lado de la vitrina de un almacén al que no me era permitido entrar. Ahí fue cuando pensé en Gurov y en lo que él descubrió aquella mañana mirando el mar, al lado de la dama del perrito.

Gurov estaba liviano, la reciente experiencia le había quitado el peso de sí mismo dejándolo en un nivel de ingravidez similar al de la belleza; por eso las partículas que lo conformaban se podían mezclar con los sutiles puntitos chisporroteantes que constituyen la base de la vida. Había accedido por un tiempo prolongado y evidente a una experiencia que todos vivimos eventualmente, solo a flashazos y sin darnos cuenta: en la primera micromillonésima de segundo del despertar en la mañana, en el instante relumbrante de la velocidad máxima o del vacío de una caída, en la diminuta punta de tiempo que corona la cima de un orgasmo, en el efímero resplandor interior de la luz del sol que aparece entre las montañas, antes de que relacionemos esas montañas con la tierra que nos oprime. Gurov vivió en ese instante toda la vida, invadido por las partículas sutiles de las que está hecha y que tienen la naturaleza del ascenso, del “alto destino de la existencia”. Una expresión tan rimbombante y que en últimas solo se refiere a una falta de peso, a un despojamiento. Una expresión para la que parece que hubiera que inflar el pecho y que en realidad solo requiere alivianarlo. Y que no dice nada porque solo es un conjunto de cáscaras, de palabras.

Mientras pienso en eso y escribo esto, he sido interrumpido varias veces por Candela, la gata, sinuosa, casi ingrávida, bella, esencia hecha de motitas vibrátiles, con algo de sagrado en sus gestos y de áureo en su presencia, que se sube a la mesa y mete las patas en el teclado para interrumpir mi descripción de la belleza. Entonces la tomo con la energía reconcentrada de mi cuerpo material, la apretó con furia y la tiro al suelo con toda la fuerza de mi densa irritación.

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27
07
2014
tareasnohechas

Mueren tres individuos como castigo porque uno de ellos desobedeció a la mamá

Por: Luis Miguel Rivas

El crimen, cometido en Colombia, fue producto de una venganza con fines educativos y el actor intelectual responde al nombre de Rafael Pombo, oriundo de la ciudad de Popayán, por oficio poeta y diplomático, quien, según numerosos testigos, aprovechó que las tres víctimas se encontraban entretenidas en una agradable velada de música y cerveza en casa de la dueña del predio, de profesión hilandera y conocida en el entorno como Doña ratona y que según algunos vecinos era “una señora parrandera y fiestera pero que nunca había tenido problemas con nadie”, para enviar a una gata hambrienta (que al parecer el asesino había sometido a una férrea disciplina de ayuno), en compañía de sus dos hijos con el objetivo de acabar con la vida de los participantes en la reunión.

En el acto murieron la anfitriona antes mencionada y un segundo individuo, vecino del lugar y sin señales particulares, de nombre Ratón. El tercer participante de la frustrada fiesta, de nombre Rin Rin Renacuajo, alcanzó a huir del lugar del crimen, pero el cerebro de la sangrienta retaliación había previsto las posibilidades de fuga y dispuso en mitad de la ruta evasiva a un pato (al parecer sometido a una dieta similar a la de la gata y sus hijos) que permanecía con la boca abierta, dispuesto a engullir al fugitivo sin masticarlo, objetivo que logró sin dificultad alguna.

El autor y las causas

Según algunos allegados, el autor de tan escalofriante hecho, era un hombre probo y ejemplar que defendía los más altos valores de la humanidad y propugnaba por una existencia digna para todos los que quedaran vivos previa demostración de respeto por los cánones de la rectitud y la obediencia. Según el siquiatra, Santiago Peruzzi: “se trata del típico perfil del asesino correcto, ciudadano ejemplar y moralizante que reprime sus impulsos tanáticos pero que en determinado momento, cuando la censura de su inconsciente se relaja, puede dar rienda suelta a sus instintos destructivos impulsado por el prurito de una causa bondadosa”. Esta versión coincide con un aparte del expediente que reza: “los hechos fueron motivados por lo que parece una represalia pedagógica, dado que el autor se indignó por el acto de desobediencia del citado Rin Rin Renacuajo (quien según la versión más conocida y que anexamos en este informe, respondió con un gesto de orondo desprecio a las palabras de su madre: “muchacho, no salgas” y fue a encontrarse con un vecino del barrio para pasar una tarde de asueto), buscando de esta manera cruel y sangrienta aterrorizar a cualquier posible individuo que en adelante pretendiera desobedecer a su madre”.

Reapertura del caso

A pesar de que el hecho y su culpabilidad han sido plenamente demostrados el autor del mismo nunca fue castigado y por el contrario goza de la admiración y prestigio dentro de la comunidad, llegándose incluso a aclamarlo como Poeta Nacional de Colombia en homenaje realizado en la ciudad de Bogotá durante el año 1905. El caso, que había sido archivado por la Procuraduría General de la Nación, debido a la ausencia de argumentos contundentes por parte de la fiscalía, ha vuelto a estar en la palestra pública cuando herederos de la víctima Doña ratona realizaron en días pasados una demanda al Estado por los cargos de complicidad en homicidio, inadecuada ejemplarización, terrorismo sicológico, abuso de autoridad moral, y daños y perjuicios contra la honra y bienes.

Ver en este clip documento la versión audiovisual de una difundida crónica de los hechos:

Comentarios de los lectores

OPINION POR: rodrigoperez35 DOM 27/09/2014 – 12:39
Ahí estamos pintado los colombianos, no decimos nada por estas represalias atroces y ponemos el grito en el cielo por el castigo de 15 años de prisión a Andrés Felipe Arias.

OPINION POR: profesorpreocupado DOM 27/09/2014 – 12:50
Muy bien don Rafael: ¡¡disciplina es lo que necesitamos en este país, a ver si acabamos de una vez con tanta sinvergüencería y desobediencia que nos tiene rodando por el desbarrancadero de la inmoralidad y la ignominia mezclados en la inmundicia del lodo putrefacto del pecado y la concupiscencia que amenaza con sumirnos en el mismo infierno. Ánimo don Rafael y ojalá siga escribiendo más.

OPINION POR: ciprianovargas DOM 27/09/2014 – 12:58
No, pues tan buen poeta y tan teso y no fue capaz de darle un acueducto a Aracataca.

OPONION POR: Valentina DOM 27/09/2014 – 13:00
¿Qué es ignominia?

OPINION POR: profedesociales DOM 27/09/2014 – 13:58
Esta noticia deber ser producto de profesores comunistas, amigos de “la lucha armada de los insurgentes” son los mismos que quisieran adoctrinar a nuestros jóvenes en escuelas, colegios y universidades para llevarnos al callejón sin salida del castrochavismo.

OPINION POR: parcerini78 DOM 27/09/2014 – 14:00
¡¡¡Fue gol de Yepes!!!!

OPINION POR: vecinaatenta DOM 27/09/2014 – 14:33
Una prima de un amigo de un hermano de un tipo que vivía en ese barrio me dijo que en esa casa metían vicio.

OPINION POR: mejorministrodehacienda DOM 27/09/2014 – 14:50
Rafael Pombo no se robó un solo peso.

OPINION POR: ciudadanopreocupado DOM 27/09/2014 – 15:17
¿Y ese tipo con esa mentalidad siguen siendo el director de la revista Semana?

OPINION POR: missmilady DOM 27/09/2014 – 15:59
Que noticia tan boba.

OPINION POR: patriotahonesto279 DOM 27/09/2014 – 16:20
¡¡¡ESTA NOTICIA DEBE SER PATROCINADA POR EL ALCAHUETA DEL TRAIDOR VENDEPATRIA AMANGUALADO CON EL BUSETERO MOZO DEL ORANGUTAN COMUNISTA SECUNDADO POR LOS MAMERTOS DE LA RADIO BOGOTANA QUE TOMAN WIKSKY MIENTRAS LAS FARCCRIM TERRORITAS SE CAGAN DE LA RISA DESPUÉS DE HABER SECUESTRADO MATADO Y ACABADO CON EL PAÍS!!

OPONION POR: jacobxz 787 DOM 27/09/2014 – 16:22
¡¡¡JAJAJA, ESO DICEN LOS FACHOS NARCOCORRUPTOS ARRODILLLADOS ANTE EL ENANO PARACO, RODEADO DE HIENAS ASQUEROSAS DE LA GODARRIA QUE DEBIERON HABER SIDO LOS QUE LES PAGARON AL ASESINO DEL POBRE RENACUAJO, COHONESTADOS POR EL NEONAZI MONSEÑOR TODOPODEROSO CHUPAMEDIAS DE LOS YANKIS, QUE QUIEREN SEGUIR BAÑANDO DE SANGRE ESTA FINCA QUE SE ROBARON MATANDO CAMPESINOS!!!

OPINION POR: autordelanoticia DOM 27/09/2014 – 16:25
Señores Patriotahonesto 279 y Jacob 787, ese diálogo pertenece a otra crónica.

OPINION POR: tomasdequincey DOM 27/09/2014 – 17:05
Yo ya lo había dicho en un foro anterior: “si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Una vez que empieza uno a deslizarse cuesta abajo ya no sabe dónde podrá detenerse. La ruina de muchos comenzó con un pequeño asesinato al que no dieron importancia en su momento”.

OPINION POR: Salvaciónpatriotica DOM 27/09/2014 – 17:46
Nada nos hará declinar en nuestro propósito de purificar la patria: Frente Rafael Pombo para la Defensa de Orden FRAPODEO: ¡Valores o muerte!

OPINION POR: parcerini78 DOM 27/09/2014 – 17:50
Estoy de acuerdo con lo que dice el señor tomasdequincey, pero ¡FUE GOL DE YEPES!

OPINION POR: Salvacióndelasalvacionpatriotica DOM 27/09/2014 – 17:52
Nada nos hará declinar en nuestro propósito de no dejar “purificar” la patria: Frente Rin Rin Renacuajo para la Defensa Contra la Defensa del Orden FRINREDEDEO: ¡Libertad o muerte!

OPINION POR: sepulvedanandres893 DOM 27/09/2014 – 18:05
VENDEMOS TELÉFONOS MODIFICADOS PARA VIGILANCIA. DESCUBRA EMPLEADOS DESLEALES, ESPOSOS INFIELES, PROTEJA A SUS HIJOS. TAMBIÉN APLICACIONES ESPIAS PARA PC Y CELULARES. MAYORES INFORMES [email protected]

OPINION POR: caidodelparnaso DOM 27/09/2014 – 18:29
Paréceme injusto, inicuo, abyecto y excecrable colmar de vilpendios y denuestos al bate que ensalzara con sus prístinas palabras los más eximios valores del espíritu para loa y orgullo de una patria sorda y ciega que enloda en el estiércol del desagradecimiento y la incomprensión los más altos frutos del alma.

OPINION POR: secretariodelaoficina DOM 27/09/2014 – 18:50
No me digan que esa gente estaba solamente tomándose una cervecita… Algo deberían haber hecho para que les hayan hecho eso… En algo andaban. El que nada debe nada teme. Y ustedes no se descuiden que los tengo vistos.

OPINION POR: ticoinconforme DOM 27/09/2014 – 19:01
El profesor Pinto estaría dispuesto a hacer lo mismo y por eso llevó a Costa Rica a dónde nunca antes en la historia había estado.

OPINION POR: valentina DOM 27/09/2014 – 19:17
¿El señor caidodelparnaso no podría escribir en español?

OPINION POR: tomasdequincey DOM 27/09/2014 – 19:30
Acabo de volver a ver la jugada de Yepes en youtube. Y tengo mis dudas.

Categoria: Viajeros

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07
2014
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Si tú tienes muchas ganas de aplaudir

Por: Luis Miguel Rivas

Estoy frente al computador con Bruno en brazos y pongo en youtube el video animado de una canción que me gustaba de niño: si tú tienes muchas ganas de aplaudir, clap, clap, clap (aquí aplaudo con fuerza poniendo las manos entre Bruno y el computador para que vea que soy yo quien le está enseñando, pero él ni se entera, absorto en los colores de los dibujos de la pantalla y sumido en el ritmo juguetón); si tú tienes muchas ganas de aplaudir, clap, clap, clap (vuelvo a aplaudir y Bruno no se inmuta) y si tienes la razón y si no hay oposición no te quedes con las ganas de aplaudir; canto con fuerza para que vea que es su padre quien le está cantando y comprenda que el video del computador es solo un apoyo pedagógico, pero Bruno ha entablado una relación mucho más profunda con el apoyo pedagógico. La canción sigue diciendo que si tú tienes muchas ganas de silbar, fuiii, fuiiii, fuiiii (estiro los labios y me sale un chorrito de aire matizado por un leve pitido que es lo más parecido a un silbido que sé hacer) y la canción sigue diciendo que si tienes la razón y si no hay… y luego sigue reír y río para nadie porque Bruno no me determina y me sorprende que desde tan chiquito cuente con tal capacidad para ignorar al papá.

La canción llega al punto de si tienes muchas ganas de gritar y si tienes la razón y si no hay oposición… un momentico, me detengo: ¿Si no hay oposición? Me quedo pensando y vuelvo a oír el estribillo… ¿Si no hay oposición? ¿O sea que si hay oposición te tenés que guardar el grito? ¿Entonces basta con que algo o alguien se oponga para que nos toque quedarnos con las ganas de silbar, aplaudir, reír o lo que sea que queramos hacer para expresarnos? Paro el video y miro a Bruno que se ha quedado mirando la pantalla detenida con un gesto de extrañeza y frustración. Disculpá que te interrumpa la diversión, Bruno, pero así no son las cosas. ¡¿Con esas canciones nos han criado?! , digo indignado mientras Bruno estira la mano para tratar de agarrar el teclado con la oscura intensión de llevárselo a la boca; separo el computador de su alcance para que no se distraiga y pueda escuchar mis reflexiones: ¿Nos han criado enseñándonos desde la cuna que solo podemos aplaudir, reír, silbar, gritar si no hay oposición? ¡Con razón somos este pueblo sometido y temeroso que vive pidiendo disculpas y permiso! ¡Antes mucha gracia que uno habla alguna cosa!, concluyo moviendo la cabeza a los lados y miro con gesto adusto hacia el otro lado de la ventana. Bruno me mira y leo en su rostro una completa indiferencia hacia el fondo ideológico que he descubierto en la canción, cosa que me decepciona un poco. Entiendo el nivel de superficialidad de las nuevas generaciones y no le voy a quitar a mi hijo el placer de escuchar la canción completa, pero no contribuiré a la prolongación de este orden de cosas. Por lo menos voy a cantarle mi propia versión. Pongo a rodar otra vez los colorinches y la musiquita; Bruno se anima de nuevo, se balancea y sonríe, agradecido. Canto en voz alta para tapar el audio original: y si tienes la razón y aunque haya oposición no te quedes con las ganas de aplaudir, y si tienes la razón y aunque haya oposición no te quedes con las ganas de gritar… y de silbar y de reír.

Horas más tarde estoy sentado con Carolina, la madre de Bruno, en la sala de la casa, y le pregunto:

- Caro, ¿vos chiquita cantaste la canción de si tú tienes muchas ganas de aplaudir?

Caro asiente.

- Sí, ¿por qué?

- ¿Y te has fijado en lo restrictiva que es esa canción?

Caro me mira extrañada.

- La que dice- le digo- que si tienes muchas ganas de aplaudir y varias cosas más, ¿te acordás? Pero que solo podés hacer todas esas cosas – y continúo cantando- si tienes la razón y si no hay oposición…

Caro me mira acordándose. Yo vuelvo a entonar el estribillo. Bruno, que está en el suelo de la sala entretenido en la destrucción de una revista, empieza a balancearse. Cuando voy por la tercera repetición, el rostro de Caro se tensa y sobre su frente aparece la arruga horizontal del enojo.

- ¡No lo puedo creer! – dice más indignada que yo- cómo así que “si tienes la razón”, ¿O sea que uno tiene que tener la razón para reírse? ¡¿Y quién dice quién tiene la razón y quién no?! ¿El que escribió la canción? ¿o el que se opone a que te rías?

Yo en realidad no había sido tan radical y solo había pensado en la primera parte de la restricción.

- Claro que yo me refería era a la parte de “si no hay oposición” –le digo.

- ¡No! ¡Cómo se te ocurre! Esa es solo una parte, la peor es la otra. Uno no tiene que tener la razón para aplaudir o para gritar. O sino ¿Dónde está la libertad?

Sus palabras son contundentes, pero antes de medirlas en su justa medida reacciono defendiendo mi posición en un acto reflejo argumentativo.

- No le había visto problema al asunto de tener la razón como requisito para aplaudir porque me parece que es necesario razonar previamente sobre la pertinencia del acto antes de gritar o reír o aplaudir.

Caro me mira como si yo fuera un representante del cuerpo represivo del Estado.

- No, la libertad no la podés suprimir bajo ningún pretexto.

Su afirmación me parece cierta, pero también me parece cierto lo que pienso. Bruno parece ser imparcial según el rostro ecuánime con que sigue deshojando la revista.

- ¿Y si de pronto, por ejemplo, uno está aplaudiendo un acto deplorable o denostando de un acto justo con silbidos?

Mis palabras son contundentes pero antes de medirlas en su justa medida, Caro responde en un acto reflejo reinvinticativo.

- No importa – contesta, sólida, aunque siento un dejo de duda en el fondo de la firmeza.

Nos quedamos pensativos. En ese momento Bruno ha agarrado la linda edición de un hermoso libro que quiero mucho y lo volea a diestra y siniestra; se lo quito y le digo que no con el dedo.

- Bueno, sí, puede ser – dice después de un largo rato y remata con una frase certera aunque falta de verdadera convicción – pero ese es un asunto de la responsabilidad, y eso no se puede lograr prohibiendo.

Durante todo el tiempo en que ella estuvo reflexionando sobre lo que le dije, yo estuve pensando sobre lo que ella me ha dicho y concluí que estoy de acuerdo. A todas estas, Bruno se ha montado sobre una mesita y está a punto de tirarse encima una lámpara. Luego de impedir la realización de su deseo lo dejo en el suelo y miro a Caro:

- Aunque pensándolo bien, estoy de acuerdo con lo que dijiste sobre eso de que no hay que tener la razón para poder expresarse – le digo.

- Pero yo ahora no estoy de acuerdo con eso y estoy de acuerdo con lo que dijiste de que debe haber un acto de reflexión y, si es preciso, de autocensura previa.

Ahora la situación se ha complicado. Pasa un largo rato en el que yo trato de convencer a Caro de que tenía razón en la idea de la que se había retractado, utilizando los argumentos que ella había usado para contradecirme; y ella trata de convencerme de lo que yo había dicho y que ya no me parece tan sólido, utilizando las ideas que yo había usado para enfrentar su crítica. Hasta que (como dice otra canción que ameritaría otro artículo) al cabo fuimos de una opinión: que somos libres para expresar lo que se nos dé la gana y como se nos dé la gana, estando dispuestos a responder y hacernos cargo de lo que digamos; y que no podemos permitir bajo ninguna circunstancia que la canción diga: y si tienes la razón y si no hay oposición.

Llegados a ese acuerdo sonreímos y de modo automático, en un acto reflejo maternal-paternal, nos ponemos en cuclillas y nos acercamos a Bruno, que trata de morderse un pie, y empezamos a cantarle al unísino y a voz en cuello: Si tú tienes muchas ganas de aplaudir (clap,clap, clap), si tú tienes muchas ganas de aplaudir (clap, clap, clap) aunque no tengas razón y aunque haya oposición, no te quedes con las ganas de aplaudir. Bruno se queda mirándonos con expresión seca antes de arquear los labios hacia afuera en su puchero típico, y se pone a llorar.

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