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29
07
2016
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Quedarse es otra forma de partir

Por: Luis Miguel Rivas

El asunto empezó con el prob­lema de los ape­gos. Soy muy ape­gado a las per­sonas, aunque no lo parezca. Me da muy duro sep­a­rarme de casi todo el mundo. Si por mí fuera no me iría nunca del lado de nadie ni per­mi­tiría que nadie se fuera del lado mío. No hay nada que me parezca más impre­sio­n­ante en la vida que una per­sona yén­dose. A tal punto que un día decidí aban­donar a todos mis ami­gos y famil­iares para no tener que perder­los en algún momento. Pero el prob­lema no desa­pare­ció, porque seguí cono­ciendo per­sonas nuevas todos los días, cada una de las cuales rep­re­sentaba para mí a alguien del que ten­dría que despren­derme tarde o tem­prano. Como me ocur­rió con Don Gilberto, dig­amos que se llama así, gra­cias al cual ter­miné cruzando la puerta del con­sul­to­rio de Martín Valiente.

Era una noche de junio, el clima podría cat­a­log­a­rse de invierno con­sid­er­ado y yo había salido de mi tra­bajo después de una jor­nada exten­u­ante. Tomé en la Plaza Con­greso el colec­tivo 150 que me dejaba a dos cuadras de mi casa. La gente volvía de sus tra­ba­jos y obliga­ciones con un aspecto denso y paquidér­mico; era ese momento del día en el que todo el can­san­cio acu­mu­lado de la humanidad entera se empoza en la base del cuerpo de quien vuelve a casa y lo con­vierte en un min­eral. Así, pesa­dos, casi trascen­den­tales, via­ja­ban los pasajeros; uno que otro con­versaba, algunos mira­ban absortos hacia la nada col­orida que cruz­aba al otro lado del vidrio, otros leían y otros más, como Don Gilberto, dormían.

Así lo encon­tré, recostado a la ven­tanilla, la frente apoy­ada en el vidrio. Descar­gué mi cuerpo exhausto en la silla que había a su lado, aflojé los cor­dones de mis zap­atos, respiré y miré hacia el frente con una son­risa espir­i­tual. El colec­tivo arrancó y cuando daba la curva para tomar la calle Solís, el cuerpo dur­miente de mi vecino se deslizó suave hacia mí y la cabeza se fue incli­nando lenta­mente hasta quedar com­pleta y plá­ci­da­mente aco­modada en mi hom­bro. Miré de reojo y vi pegado a mí el ros­tro de un hom­bre de cin­cuenta años, grueso y fornido, pelo y barba blan­cos, con una gas­tada camisa leñadora y unos pan­talones cafés de dotación empre­sar­ial. Su res­piración era pro­funda y el olor de su aliento había sido for­jado recien­te­mente en alguna can­tina o boliche. Lo miré con deten­imiento. Vi el ros­tro digno de un hom­bre que tras una extensa y ardua jor­nada de tra­bajo había salido con sus com­pañeros a com­par­tir un trago antes de volver a casa, donde lo esper­a­ban, ansiosos y felices, su mujer y sus hijos. Un ser noble y sufrido, tal vez con una infan­cia ruda, mar­cada por la humil­lación y la pobreza, a la cual se había sabido sobre­poner para edi­ficar su propia vida, que ahora veía real­izada al lado de Matilde, así se debía lla­mar la mujer, y sus hijos Ale­jan­dro y Malena.

Miré la frente ancha del hom­bre, de Don Gilberto, ese tenía que ser su nom­bre, sus pár­pa­dos cer­ra­dos, la nariz recta, la boca dis­ten­dida de la que emergían leves y a veces no tan leves, ron­qui­dos; las manos endure­ci­das del obrero met­alúr­gico cruzadas humilde­mente sobre los mus­los. Seme­jante estampa de guer­rero inerme me con­movió. Miré en todas las direc­ciones detal­lando los ros­tros de los demás pasajeros. Cada uno estaba en su pro­pio sueño, en su pro­pio libro, en sus pro­pios paisajes, en su propia can­ción del Ipod. Ninguno de ellos sabía quién era el hom­bre que al que yo le servía de almo­hada. A nadie le importaba el valor de su heroísmo. Estaba solo en el mundo. Temí que al bajar del colec­tivo mi puesto fuera tomado por algún egoísta incon­sciente que con toda seguri­dad respon­dería con incom­pren­sión y mala leche al gesto noble que tenía Don Gilberto de recostarse en el hom­bro del vecino.

Cuando el colec­tivo empez­aba a deten­erse frente al par­que Patri­cios toqué su brazo inerte sin obtener reac­ción alguna y después lo removí un poco… luego de unos segun­dos, Don Gilberto respondió des­perezán­dose y moviendo la cabeza en busca de una posi­ción más cómoda que final­mente encon­tró entre mi hom­bro y mi pecho. El colec­tivo arrancó y vi ale­jarse el lugar de mi des­tino a través de la ven­tanilla. Luego volví hacia mi vecino que ron­caba cada vez menos tími­da­mente. Decidí pro­te­gerlo y acom­pañarlo hasta el final y fui inva­dido por la inefa­ble sen­sación de tener recostada la cabeza de mi amigo en el hombro.

Cuando nos acer­cábamos a la avenida La Plata se subió un tipo malac­aroso que me pare­ció estar mirando con insis­ten­cia y de mala man­era a mi cama­rada, pero se bajó varias cuadras después, justo en el momento en que me disponía a con­frontarlo. Gilberto, no se dio cuenta de nada. Seguía allí, aban­don­ado, vul­ner­a­ble, el ros­tro dis­ten­dido y la boca entre­abierta, por una de cuyas comisuras res­bal­aba un hilillo de saliva que venía a reposar en mi cha­queta. La visión de ese aban­dono total me pro­dujo una mez­cla de com­pasión y respeto que casi me lleva a acari­cia­rle la cabeza. Y así andu­vi­mos unidos varias cuadras más, hasta cuando el bus frenó en seco evi­tando atro­pel­lar a un moto­ci­clista. Con el remezón Don Gilberto abrió unos ojos desmesura­dos y al verse recostado en mi hom­bro pegó un brinco que lo ubicó de nuevo junto a la ven­tanilla. Miró a través de ella se llevó las manos a la cabeza y se puso de pie como un resorte. Me pidió per­miso para salir y cam­inó, tam­baleante, hacia la puerta. Tocó el tim­bre y se bajó sin des­pedirse ni nada. Me acerqué a la ven­tanilla y lo vi parado en la esquina, haciendo un poco de equi­lib­rio, cada vez más chiq­uito, mirando a todos lados como tratando de recono­cer algo que no sabía bien qué era. Luego lo perdí de vista y seguí en el colec­tivo hasta la sigu­iente parada en donde me bajé, crucé la calle y tomé el colec­tivo en sen­tido inverso. En el viaje de vuelta casi todos los pasajeros iban dormi­dos. Me fui de pie.

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04
07
2016
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Las enseñanzas de Don Duni

Por: Luis Miguel Rivas

Duni y Juan Orrego(El 4 de julio -día de la independencia de Estados Unidos- de 1935, nació en Chile el cineasta Dunav Kuzmanich, comprometido antigringo que padeció en carne propia la represión de la dictadura financiada por Estados Unidos en su país. Ironías de la vida. Va este recuerdo del maestro y la invitación para volver a su película Canaguaro, de 1981, más actual que nunca en estos tiempos de postconflicto)

Dunav Kuzmanich aceptaba con naturalidad que le dijéramos maestro, porque lo entendía en la acepción de maestro de obra, como se llama en los barrios a los albañiles experimentados que conocen los distintos oficios de la construcción, o como se le dice en los sectores populares a algunos veteranos zapateros, carpinteros, mecánicos o pintores de brocha gorda, al estilo de los maestros Chinche y Taverita, de la histórica serie de televisión de la que Duni fue artífice. Quien no supiera eso y nos encontrara hablándole con lo de maestro por aquí, maestro por allá, maestro tal cosa, pensaría que habíamos creado una especie de religión alrededor de un gurú flaco y narizón de pantalones morados. Pero ¡qué le iba a importar al renegado de los renegados tener discípulos o gente que le brindara admiración y pleitesía! A Duni lo que le gustaba en la vida, incluso más que hacer cine, era enseñar, transmitir su saber y exponer su visión del mundo, para tratar de despertar la visión propia de cada uno de sus escuchas. Y en cierto momento había encontrado en el cine el mejor instrumento para expresar y someter a discusión ese punto de vista que a él le parecía urgente. Por eso hacía películas y por eso enseñaba cine.

Una vez alguien me hizo un comentario en el sentido de que las películas de Duni no eran tan buenas. Por esa época andaba yo tanteando en la oscuridad con mis escritos y mis cortometrajes en video, siempre con la duda de si lo que hacía era bueno, de si yo sí servía para eso. Cuando me encontré a Dunav una tarde de esos días le hice la pregunta:
- ¿Duni, vos alguna vez te has preguntado si sos bueno o si sí servís para lo que hacés?
De antemano sabía que era estúpido e irrespetuoso hacerle esa pregunta a alguien que tenía cinco largometrajes en sus espaldas, pero con él uno sentía la confianza de preguntar lo que sinceramente le naciera sin temor al ridículo o a la susceptibilidad.
- No – me contestó tranquilamente- nunca me he preguntado esas cosas. Yo solo sé que hay cosas que hay que decir y que soy un instrumento para decirlas.

Esa respuesta resolvió mi conflicto con la importancia personal y me dejó en claro la visión del cine y de la vida que Dunav tenía y de la que derivaban su obra y sus enseñanzas. Aunque hizo parte de esa generación del cine latinoamericano del compromiso político y aunque sus películas son directamente políticas, nunca estuvo casado con ninguna tendencia y denostaba de cualquier ideología que pretendiera someter el arte a su servicio. Para él el compromiso era con la vida y cualquier arte que mereciera la pena debía partir de la vida que vibra y crepita, con el exclusivo, simple y difícil propósito de engrandecer la existencia. “Uno primero es un hombre y después es un artista” dijo muchas veces sin decirlo. Y si su obra es tan claramente política es solo porque él era un hombre claramente político, no porque pretendiera que así se hiciera el cine.

Lo que si pretendía era que cualquier que hiciera una película sobre el tema que fuera y como le diera la gana de hacerla, tuviera algo que decir y una posición frente a la vida. “Una ética hace una estética, y no al revés”, le oí decir muchas veces. Y por eso le molestaban las discusiones bizantinas sobre la forma o las innovaciones manidas de los que querían contar historias al revés solo por contarlas al revés, aunque tuvieran todo el derecho. Reafirmaba cada que podía que la forma y el contenido están imbricados, que son una sola cosa nacida del trabajo silencioso y reflexivo de alguien que se ha jugado algo dentro de sí, para crear un universo único, que él llamaba el código. Y que de ese esfuerzo podían salir tanto exploraciones de vanguardia como narraciones clásicas y simples, pero de cualquier manera algo lleno de sentido.

Dunav tenía, en la vida y en el quehacer cinematográfico, una visión amplia que abarcaba la totalidad y comprendía la interrelación de las cosas, que los demás acostumbramos (y nos conviene) discriminar. Veía el cine como un todo práctico y teórico, poético y prosaico, espiritual y económico, íntimo y político. Lo recuerdo entusiasmado pintando con colores esas grandes sábanas de papel llenas de cifras en las que se transformaban los guiones antes de poder ser grabados. Ese método de producción con el que nos enseñó a convertir en números las palabras: “para que a la hora de la filmación la gente no se enrede diciendo vamos a filmar la escena en que fulano llega en el carro verde a la casa de perano que lleva el vestido rojo… y mejor digamos, evitando malos entendidos: secuencia ocho, locación cinco, personaje dos con vestuario cuatro y elemento de utilería quince…”

Con ese entusiasmo para asumir la aburridora parte de carpintería que conlleva hacer una película, Duni nos trasmitía la idea de que los sueños deben tener los pies en la tierra (algo que, como muchas otras cosas, no aprendimos mucho), que no basta con soñarlos, que hay que hacer las películas a como dé lugar, con plata o sin plata (“conloquehaya” producciones, era la empresa que queríamos crear por esos tiempos), con cámaras de cine o con cámaras de video o con cámaras caseras o con celulares, pero hacerlas; y que entre más planificado y organizado esté el trabajo más nos van a rendir los recursos que nunca tenemos. Ese sistema de la sábana y los cuadritos es hoy en día un tanto retrógrado, teniendo en cuenta la posibilidad de programas de computador especiales para ese proceso; y ya lo era cuando él estaba vivo. Pero Duni lo sostenía porque era un instrumento pedagógico, una manera de interiorizar lo que íbamos a decir, de hacerse cada vez más consciente de la película que se iba a hacer, pasando y repasando el guion en cada etapa.

También lo recuerdo en los talleres de guión, obsesionado con que no perdiéramos el rumbo de la idea central; y en los cursos de fotografía, con su énfasis en el uso de las fuentes naturales de luz (ventanas, velas, focos domésticos) buscando una estética fundada en lo elemental y acorde con nuestra realidad económica; y en los talleres de actuación y dirección de actores, preocupado porque nos hiciéramos conscientes de nuestros cuerpos. En todos esos cursos, relacionados con los distintos oficios que intervienen en una película, Duni transmitía algo más allá del cine, algo que estaba por debajo y por encima de lo técnico, de lo utilitario necesario para hacer un producto. A veces pienso que el cine era solo una disculpa para darnos noticias sobre nosotros mismos, o para abrirnos puertas tras las cuales encontraríamos noticias sobre nosotros y sobre la vida.

Cuando recuerdo todo eso no puedo dejar de pensar en la otra acepción de maestro, la que él evadía, y que tomo del diccionario de María Moliner (que tanto admiraba): “Persona de extraordinaria sabiduría o habilidad en una ciencia o arte: beber de los grandes maestros”, o en otro significado que registra el diccionario de la Real Academia de la Lengua (que tanto usaba): “Palo mayor de una embarcación”. También sé que cuando usábamos ese término para hablarle, en medio del juego con la palabra estaba implícito ese reconocimiento que él no buscaba. Un reconocimiento que solo a nosotros podía engrandecernos y que afortunadamente se empieza a hacer en Colombia con la restauración y difusión de sus películas, ahora que está muerto y su actitud crítica y reinvindicatoria no es tan incómoda. Porque en vida nuestra sociedad conservadora y afianzada en sus estructuras de poder hizo todo lo posible por invisibilizarlo, cosa a la que él contribuyó con decisión.

Pienso en él vivo, en su lucha por seguir diciendo sus cosas hasta el último momento, a pesar de todo, y en la manera como fue juzgado por gente que no lo conocía e incluso por algunos de sus cercanos. Entonces me acuerdo de un fragmento de Abaddón el exterminador de Ernesto Sábato: “ese amigo o conocido (¡qué palabra más falaz!) está demasiado cerca para juzgarte, se siente inclinado a pensar que porque comés como él es tu igual; o ya que te niega, de alguna manera es superior a vos. Es una tentación comprensible: si uno come con un hombre que escaló el Himalaya, observando con suficiencia cómo toma el cuchillo, uno incurre en la tentación de considerarse su igual o su superior olvidando (tratando de olvidar) que lo que está en juego para ese juicio es el Himalaya, no la comida”.

Creo que estuvimos demasiado cerca de Duni. Y él tuvo la gran nobleza, la gran humildad, de acercarse y permitir que nos acercáramos, sabiendo que lo íbamos a juzgar por la manera en que cogía el cuchillo.

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01
04
2016
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Réquiem por un chiste

Por: Luis Miguel Rivas

Henos hoy aquí reunidos, amigos y amigas, para rendir un último homenaje y despedir con palabras de agradecimiento a ese chiste tan querido y entrañable que tantas veces nos hizo reír más allá de la reiteración con que hubiese sido escuchado; y tal vez, me atrevería a decir, mucho más cuanto más lo hubiésemos escuchado; ese chiste generoso y noble a quien los nuevos tiempos fueron asfixiando poco a poco, despojándolo de actualidad, arrebatándole la posibilidad de su comprensión, hasta convertirlo en una secuencia de frases desprovistas de sentido para unas nuevas generaciones cuyas prácticas tecnológicas se distancian cada vez más del contexto en que nació, creció y se reprodujo el querido chascarrillo que hoy nos convoca en su postrer momento; sí amigos, hoy estamos aquí para darle un último adiós a nuestro amado chiste del señor Verdugo:

- ¿Aló?
- Sí buenas, ¿la casa del señor Verdugo?
- Sí con el habla.
- Por favor no me cuelgue.

Estoy seguro de que todos los aquí presentes le llevaremos por siempre en nuestros corazones y sé que ninguno de nosotros olvidará el momento en que lo escuchó por vez primera. Me refiero a todos los que alguna vez hubimos de comunicarnos a través de un artefacto que constaba de una bocina susceptible de ser levantada de una base mamotrética en cuyo su centro destacaba una superficie circular con agujeros perfectamente redondos que coincidían con la serie de números del cero a nueve pintados en la superficie de la base mencionada que permanecía atada a la bocina por medio de un cable largo en espiral. Hablo de las personas que para terminar una conversación en ese aparato debíamos descargar la bocina sobre dos columnas rematadas en horquetas de cuyos vértices sobresalían, tímidos, sendos adminículo pequeños y dúctiles que bajaban y subían, no sin cierta connotación erótica, según sostuvieran o no el peso de la bocina. Al acto de descargarla, aunque la bocina no quedaba propiamente colgando, se le llamaba “colgar la llamada”. Tal vez el nombre de la acción vino de tiempos aún más pretéritos cuando los teléfonos permanecían pegados a la pared y apoyar la bocina sobre las horquetas equivalía, de alguna manera, a colgarla, ya que el teléfono, de alguna manera, lo estaba. Ya nadie cuelga una llamada.

Pero no estamos aquí para hacer recuentos históricos ni para quejarnos de la inevitable y benéfica evolución tecnológica, ni mucho menos para añorar la resurrección de nuestro amado chiste del señor Verdugo. Nos hemos reunido para despedirlo, evocarlo y agradecer las alegrías de que nos hizo objeto durante el tiempo de su existencia, a través de ese mecanismo, más antiguo que cualquier artefacto tecnológico, consistente en confundir dos significados diferentes de una misma palabra, y a través del cruce de esos dos sentidos opuestos generar la explosión liberadora del absurdo, cuya onda arrasadora desmorona los imperativos lógicos y las represiones civilizatorias, redimiéndonos por un instante de las opresoras cadenas que tiranizan nuestra mente racional. Hacíendonos, en últimas, completamente libres por un instante, sin darnos mucha cuenta.

Estamos aquí, pues, para reinvidicar la memoria del chiste del señor Verdugo y para recordar a las nuevas generaciones de chistes, en los que se chatea, se gifea, se memea, se retuitea, foloulea, se postea y se instagramea, que su existencia es producto del trabajo y la entrega de una larguísima tradición de chistes anteriores que con precarios instrumentos y poca tecnología entregaron su vida en la lucha por un mundo menos serio. Y que soñamos con esa mañana venturosa en la que todos los chistes del mundo, sin distinciones de ningún tipo, al fin se unirán para hacer explotar el mundo en el instante redentor de una carcajada universalmente unísona.

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20
03
2016
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San Cristobal

Por: Luis Miguel Rivas

Se llama Cristóbal, nunca fue un santo y esta es su historia. Lo que le llevó a contármela (él, que poco habla; él, que apenas sabe de cosas nominadas en el crepitar de la mudez), fue la misma razón que cambió el rumbo de su vida: el muchachito.

Llegó a esa fiesta buscando al que, según había descubierto en días anteriores, era el verdadero Patrón. El único ser temido por Don Efrem, su patrón hasta ese momento. Llegó buscando al hombre más poderoso que existiera en estas tierras para ponerse a su servicio, para ser su guerrero, siguiendo el designio que se había autoimpuesto una tarde remota mientras veía arder las paredes de la casa y a los soldados que se llevaban a su hermano.

La semana previa a la fiesta Don Efrem se había reunido con Walter Galeano en la finca de Rionegro para ultimar los detalles de un envío. Cristóbal los escoltaba como siempre, de pie, atento a la más leve inconsistencia de la atmósfera, metralleta en ristre y oído alerta. Al terminar la reunión los capos se dieron la mano.

- Todo va bien. Lo único que espero es que Él no se nos vaya a atravesar en el negocio, porque tiene una ruta que pasa por ahí – dijo Galeano.

La frase, dicha al final de la reunión, y la palabra Él quedaron resonando en el silencio de la tarde. Don Efrem permaneció tieso un instante, apretando la mano de Galeano, y aunque su rostro duro no se modificó una sutil vibración aleteó en sus pestañas. Sólo Cristóbal podría haberlo notado, y le extrañó. Don Efrem, que había acabado (que había mandado a Cristóbal a acabar) con familias enteras sin ningún remilgo; que había eliminado (que había enviado a Cristóbal a eliminar) a los más intocables políticos; que había amedrentado (que había encargado a Cristóbal de amedrentar) a los dueños del país sin que le temblara la voz, no pudo evitar esa reacción; ni otra más sutil: un excedente de aire inflamando el pecho arrogante más de lo habitual; en esa imperceptible infatuación Cristóbal reconoció un sentimiento ya olvidado: el temor. Pero Don Efrem siguió como si nada.

- ¿Y es que ese hijueputa anda por aquí?

- Hace días – contestó Galeano- si quiere saludarlo vaya el sábado a la fiesta de los quince de la hija del doctor Mesa. Allá va a estar.

Don Efrem respondió con una sonrisa de suficiencia y despachó a Galeano con desprecio.

- Yo por ahora no tengo nada que hablar con ese señor. Si me necesita para algo que venga a buscarme.

Esa misma noche Cristóbal empezó a averiguar de quien estaban hablando. Gurbio, el chofer del jefe, lo ilustró largamente sobre la difusa y contundente presencia que estaba detrás de todos los negocios y de la que nadie hablaba: Él; manejaba su inmenso poder desde una sombra cerrada y existía tanto para todos y de una manera tan clara y terrible que nunca se lo mencionaba; iba y venía por todos lados sin que nadie supiera dónde estaba a ciencia cierta, e incluso se decía que muy pocos lo habían visto en persona. Gurbio contó esa noche historias desaforadas (que a otro que no fuera Cristóbal le habrían erizado los pelos), sobre la implacable determinación con que Él regía las cosas, sobre su fría audacia, sobre su terrorífica supremacía; en todas las historias resaltaba la capacidad para eliminar sin dilación ni resquemores, y haciendo uso de cualquier método, los obstáculos que se interpusieran en sus propósitos: personas, familias, empresas, pueblos enteros.

Antes de que Gurbio terminara su relato Cristóbal ya había decidido abandonar a su jefe para ponerse al servicio del verdadero Patrón, del hombre más poderoso; tal cual había hecho dos años antes cuando dejó a Nacho, el comandante de las fuerzas paramilitares, para irse a trabajar con Don Efrem; como ocho años atrás, cuando había abandonado a Robidio, jefe del ejército guerrillero, para irse con el comandante Nacho; con la misma determinación con que aquella tarde remota había decidido unirse a la guerrilla mientras caminaba sobre los rescoldos todavía ardientes de la casa incendiada después de que los soldados se llevaron a su hermano.

El fin de semana pidió una licencia a Don Efrem. Habló con Dayron, el jefe de guardaespaldas del doctor Mesa (compañero de largas y monótonas jornadas de espera mientras su respectivos jefes mezclaban fiesta y negocios), para preguntar detalles de la celebración; y luego llamó a Paula para pedirle que lo invitara. El sábado llegó a la mansión en el alto de Las palmas con la mirada anhelante, atento a la aparición del Más de los más. En el momento propicio lo abordaría. Estaba seguro de que su sola presencia, su aura personal, y dos o tres palabras bastarían para que el Patrón lo llamara a su lado. Sabía que un ser poderoso reconoce a primera vista la inusitada presencia de un hombre que ha perdido el miedo.

Fue directo al segundo piso de la casa, donde ya estaba prendida la parranda, y vio rostros varias veces vistos en otros lugares y fiestas como esa: algunos de los jefes con sus mujeres o sus amantes, políticos reconocidos, militares de civil, empresarios prestantes, curas, periodistas, y la acostumbrada comparsa de damas dudosas, asistentes personales, guardaespaldas, lavaperros y colados. El gremio en realidad era muy pequeño, casi una familia. El doctor Mesa lo saludó cordial y le preguntó por Don Efrem. Cristóbal dijo que no había podido venir y que le mandaba muchos saludos, que luego lo llamaría, y que él estaba ahí por invitación de Paula.

- Bienvenido mijo- le dijo el doctor- usted sabe que ésta es su casa, bien pueda sígase, sírvase lo que quiera y diviértase.

Agarró un whisky de un charol que pasaba y dio sorbos lentos mirando la gente con la sensación extraña de ser un invitado y no un escolta. Vio pasar a Dayron y lo abordó para preguntarle si sabía algo de la llegada del Patrón.

- No se sabe nada, como puede que aparezca puede que no. Él es así. Pero igual todos lo estamos esperando.

Caminó entre los invitados que bailaban al ritmo de una orquesta traída de Puerto Rico, cuando vio a Paula con el niño en la esquina de la terraza. Era sobrina lejana del doctor Mesa, uno de esos parientes pobres que los nuevos ricos meten en su mundo. El doctor la había adoptado y hacía las veces de nana de su hija quinceañera. Cristóbal y ella se habían hecho amigos de tanto encontrarse en fiestas y reuniones en las coincidían Don Efrem y el doctor. Había sido novia de un guardaespaldas de su tío y con él había tenido al niño, pero poco después el hombre apareció muerto en circunstancias confusas (en las que, en un primer momento, quisieron involucrar a Cristóbal). Desde la primera vez que la vio Cristobal había sentido una vibración en el pecho que nunca se manifestó en nada concreto a no ser una eventual risita leve, una mirada de más, una despedida alargada. Nunca la había visto acompañada de su hijo. Se acercó a saludarla, y se deslumbró con la presencia del muchachito: una criatura de cuatro años (Cristobal sabía muy bien su edad), de una belleza de otro mundo; una porcelana recién pulida: los bucles pintados por un artista, la carita redonda y angelical, la mirada pura, y el cuerpecito rechoncho de una de esas figuras que orinan agua en las fuentes de parque; y además, el impresionante parecido con el padre muerto. Estaba pegado a la pierna de Paula, que saludó a Cristóbal con genuina alegría. Hablaron un rato, subiendo la voz por encima del ruido de la orquesta, hasta que la mujer dijo que mejor fueran al patio para poder conversar mejor.

Bajaron las escaleras con el niño agarrado a la pierna de la madre y la mirada trasparente posada en Cristóbal. En el patio el chico se puso a jugar entre los árboles, recogió un palo grueso y largo que había entre la hierba e hizo mandobles ante un enemigo imaginario. Cristóbal le preguntó a la madre sobre la llegada del Patrón y ella contestó lo mismo que había dicho Dayron. Estuvieron un rato charlando en medio del patio desolado, oyendo los ecos de la rumba que llegaban desde la terraza, mientras el niño apuñalaba el aire con el palo. Cristóbal dividía su atención entre los bellos ojos de Paula, la cara del chiquillo que cada tanto fijaba en él su mirada prístina, y la portada de la finca por donde esperaba ver aparecer las luces de las camionetas que traerían al Patrón. Paula interrumpió la charla para contestar el teléfono. Habló un momento y dijo que la necesitaban arriba para algo urgente, que ya volvía. Luego se inclinó ante el niño.

- Sebas ¿Te quedas un ratico con Cristóbal aquí? Me llamó el tío y tengo que ir a hacer algo, pero no me demoro.

Cristóbal la vio subir las escaleras y luego dirigió la mirada ansiosa hacia la portada de la finca. Una sensación extraña, como un roce en el aire que venía desde el suelo, le hizo bajar los ojos. Se encontró con los del niño, fijos en él, las manos apretando el palo con fuerza. La ternura radiante de su expresión había mudado en un gesto oblicuo de malicia adulta; las facciones se habían endurecido y el ceño, cruzado por tres líneas profundas, se había constreñido hasta formar la cara de un hombre viejo y herido. “Qué pasa, campeón”, alcanzó a decir cuando ya recibía un potente palazo en el muslo. Dio un paso atrás sin entender, sobándome la pierna y tratando de conservar la sonrisa, pero el niño avanzó golpeándole, con maneras de energúmeno, una y otra vez, en los brazos, en las piernas, en el torso, hasta donde alcanzaba el palo; “qué pasa, campeón” repitió Cristóbal mientras trataba de apartarlo suavemente. Pero el chico seguía golpeando sin pausa ni orden ni concierto; sus pupilas chispeantes no tenían la simple exaltación de la ferocidad, sino algo más comprimido y denso: odio puro, un odio de alguien mucho más grande, mucho más antiguo que él.

Cristóbal dio vuelta y empezó a alejarse en dirección a la portada; el niño corrió tras él y saltó sobre su espalda agarrándose del cuello con una mano y golpeando con la otra como un jinete colérico. Un fuerte impacto en la cabeza atontó a Cristóbal; alcanzó a pasarse la mano por la frente y vio sus dedos manchados de sangre; trató de conservar la calma pero los golpes, asestados con la fuerza de un adulto fornido, no cesaban; recibió otro porrazo en la coronilla, que lo hizo tambalear y soltó las esclusas de la ira (su antigüa e inveterada ira) que había tratado de retener. Se quitó al muchachito con un manotazo y lo arrojó con toda su fuerza al pavimento. La caída sonó fuerte y Cristóbal avanzó todavía enojado hasta el cuerpo del monstruo para terminar la reprimenda. Pero en el suelo ya no encontró a la fiera que quería matarlo sino el cuerpo indefenso, inocente, de un niño de cuatro años, que se quejaba quedamente. La ira (su alimento, su aliciente, su fuerza) recién desatada se estrelló contra la nada; el enemigo se había esfumado en el aire y había dejado en un su remplazo una criatura delicada y expósita. Apenas alcanzó a respirar hondo, confundido, cuando la cara del niño mudó de nuevo en una expresión torva y el pequeño cuerpo se incorporó abalanzándose en una arremetida más airada aún.

Trató de agarrarlo por los brazos pero el chico se escurrió y descargó un palazo seco en su estómago que le hizo doblarse; luego sintió un golpe en la espalda y otro en la cabeza y uno más en el hombro y ya no supo cuántos más ni en donde, acribillado por un ejército de bestias furibundas que lo hería por todos los flancos y le obnubilaba el entendimiento; hasta que en el momento más agudo del dolor y el desconcierto el instinto aturdido reaccionó. Cristóbal se irguió con todas sus fuerzas, mandó la mano a la pretina y sacó la pistola.

La andanada de golpes paró en seco y Cristóbal se vio de súbito apuntando con una Sig Sauer nueve milímetros a la cabeza de un niño de cuatro años, que además era familiar del doctor Mesa. Movió la cabeza a los lados como tratando de despertar y el monstruo arremetió indiferente a la boca del cañón que le apuntaba. Cristóbal se hizo a un lado para esquivar el embate y en una fracción de segundo alcanzó a ver en los ojos encendidos del muchachito la brutal determinación del hombre que no tiene miedo. Se alejó unos pasos y se puso frente a la criatura, ya no como un adulto ante un niño sino como un hombre ante otro hombre. Levantó la frente, hizo un gesto feroz que dejara claro quien mandaba allí y al mirar fijo a los ojos del enemigo sintió que un excedente de aire inflamaba su pecho arrogante más de lo habitual. Un frío punzante lo paralizó. No era el miedo como lo había conocido en otra época: era desolación, desamparo, la aturdida impotencia de enfrentar un contrincante inconcreto, más fuerte que la fuerza física, más potente que la muerte, que iba y venía por todos lados sin que nadie supiera donde estaba a ciencia cierta. Bajó los brazos, exhausto. El monstruo alcanzó a mandar otros dos golpes que Cristóbal esquivó con desgano cuando al fondo, bajando las escaleras de la casa, apareció Paula.

El chico lanzó el palo entre la hierba, se recompuso la ropa y cuando levantó la cabeza un rostro candoroso y e inmaculado volvió a iluminar la noche. Cristóbal se organizó la camisa como pudo, limpió la sangre de su frente con un pañuelo y dio unos cuantos pasos hasta ubicarse bajo un árbol que obstruía la luz de las lámparas. El niño se ubicó a su lado, angelical, mirando hacia la madre, y en esa posición esperaron a la mujer en la semioscuridad. Cuando Paula se acercó el chico corrió a abrazarla. La madre lo besó y al sentirlo sudoroso y un poco jadeante miró a Cristóbal.

- ¿Se quedaron jugando? Qué fácil que conseguís amiguitos – bromeó.

Cristobal no respondió. Paula dijo que el Patrón había pasado unos pocos minutos por la fiesta y que su tío la había mandado a llamar para que lo saludara rápidamente. Se había reunido en privado con el doctor Mesa y después de dejar el regalo para la quinceañera (un sobre con quinientos mil dólares) había salido sin saludar ni despedirse de nadie.

- Una lástima, vos querías conocerlo ¿cierto?

Cristóbal levantó los hombros sin decir nada y dio vuelta. Paula lo vio alejarse en silencio, convencida de que estaba decepcionado por no haber visto al Patrón. En la portada Cristóbal dio vuelta y observó a la madre y al hijo haciéndole un gesto de despedida con la mano.

Descendió lentamente por los rieles de piedra que llevaban hasta la carretera y a medida que avanzaba empezó a sentir nítidamente el peso de un bulto sobre sus hombros, como si el niño no se hubiera desprendido en el forcejeo; al principio lo adjudicó a una jugarreta de la mente cansada, pero con cada paso el fardo se fue agrandando y la presencia del muchachito se hizo más concreta en su espalda; avanzó con pasos cada vez más dificultosos, el cuerpo paulatinamente encorvado, abrumado por kilos y kilos que se fueron convirtiendo en toneladas hasta alcanzar la densidad del mundo entero. Al dar vuelta en un recodo no pudo más y cayó en una cuneta, al lado de la vía.

Tirado de largo a largo sintió que el peso aumentaba todavía, como si quisiera hundirlo en la tierra, oprimiendo ya no sólo su cuerpo sino sus pensamientos, sus sensaciones, sus recuerdos, presionando hasta desintegrar todo lo que pudiera llamarse Cristóbal y dejar una última sustancia remanente: el odio. Entonces odió al niño con la misma fuerza con la que el peso lo difuminaba, completamente, hasta que la imagen infantil también se desvaneció; y después, no habiendo a quién ni a qué odiar, el odio se odió a sí mismo hasta fundirse en una etérea sustancia esencial de la que estaban hechas todas las cosas: la casa en llamas, su hermano, los soldados, los paramilitares, los guerrilleros, el dolor, el miedo, la ternura, la ira, Don Efrem, Dayron, el doctor Mesa, el niño, Paula…

Cuando cesó el forcejeo hubo un desprendimiento, una liviandad inusitada. Y entonces se vio investido de un tremendo poder sin nombre, de una verdadera ausencia de miedo que no necesitaba la ostentación de la audacia: una potencia tranquila y pobre, más grande que la de cualquier poderoso que hubiera conocido hasta el momento. Y sintió que flotaba, ascendiendo, abrazado al cuerpo del muchachito sonriente.

(Publicado en el suplemento Generación de El Colombiano. Enero 3 de 2016)

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03
2016
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KIKO

Por: Luis Miguel Rivas

(De los cuadernos de Manuel, el mensajero)

Fue cuando llegaron al barrio con el cuento (lo empezaron a decir en la misa y luego en el programa de radio de Baltazar Botero y luego en la televisión) de que lo más importante en la vida no era lo que uno tuviera sino lo que supiera; venir a decirnos eso cuando ya no era hora, cuando la vida de todos los días llevaba años diciéndonos lo contrario con su manera de decir las verdades verdaderas sin palabras bonitas, cuando ya teníamos retequesabido que lo que valía era tener, así no tuviéramos nada, y nos habíamos acostumbrado a pararle bolas al que tuviera así fuera un poquitico más que nosotros, como Kiko, al que la mamá le compraba pelotas grandes de colores y los últimos carros de colección y que se ponía pantalones levis y baboo y zapatos florchein de cuero voltiado, todo original, traído de la USA o comprado aquí pero original, y todo era bonito en él y era como que él fuera mejor persona, ¿por qué?: por algo que no sabíamos, algo que le daba el tener esas cosas, por merecerlas, tal vez, sentíamos, sin saber que lo sentíamos, y eso era lo que hacía tan así es porque es así su superioridad; digo superioridad por ponerle un nombre ahora, pero era otra cosa, aunque por ese mismo lado y aunque así no lo hablábamos en esos días, mejor dicho no lo hablábamos, sólo estaba en el modo de pensar sin palabras, y sin que supiéramos que así pensábamos; no es que uno dijera en voz alta Kiko es superior o más mejor o algo, ni nada, porque Kiko de todas manera era uno de los nuestros, no como los niños de El Poblado o de Laureles a los que veíamos pasar en sus motos o carros y que nos encontrábamos cuando ahorrábamos o nos pagaban buena plata de algún trabajo como repartir directorio telefónicos y nos íbamos para Oviedo a comer hamburguesas del Oeste y allá estábamos un rato y nos devolvíamos a pie para la casa, contentos, un poco superiorizados sin que tampoco lo dijéramos, pero se sentía, eso era un ambiente que se hacía alrededor de uno mientras uno estaba allá en Oviedo y después uno decía o se decía: fui a Oviedo; pero Kiko era como nosotros, vivía en la esquina en una casa de material de dos pisos, más grande y bonita que las de los demás nosotros, pero una casa del barrio de nosotros, y con Kiko uno peleaba, mientras que a los niños de Oviedo ni nos les arrimábamos, aunque nadie nunca nos dijo que no nos les podíamos arrimar, pero había una cosa que no dejaba que lo hiciéramos, ni ellos a nosotros, un ambiente, en cambio Kiko sí era nuestro, incluso yo lo casqué una vez que peleamos y le pegué con una rabia que no sabía yo que era tanta porque me acuerdo que le pegué con mucha más rabia que la que usaba para otras cosas, como respondiéndole, ahora que lo pienso, a como él se sentía con respecto a nosotros, algo de distinto maluco, no un distinto de ser diferente sino un distinto que chuzaba en el pecho con puyita puntuda de desprecio escondida entre la risa querida mientras nos mostraba el atari que me mandó mi tío de la USA y la pista de seis carriles que me compró mi mamá, y no sé por qué esa manera de decirlo que no era tranquila como decir vení miremos ésto que tan bacano, era como explayando una mejoridad maluca que nos empeorizaba, y que así todos estuviéramos recién bañados era como si estuviéramos más sucios, algo de separado por encima tenía él aunque estuviera siempre al lado de nosotros; el caso es que cuando empezaron con el cuento de que uno era lo que sabía y no lo que tenía, que lo que uno sabía no iba a desaparecer, que el verdadero hombre superior era el que sabía más y esas cosas… eso era como que todos éramos iguales otra vez y que volviéramos a arrancar desde el principio. Pero qué va.

Entonces fue cuando Kiko dejó de salir o mejor dicho no estaba tanto en la calle y se encerraba a leer revistas y libros de comics y hasta de los otros que no tenían dibujos, que la mamá le compraba y a ver películas interesantes en el betamax y a oír música sin letra que se demoraba mucho, pudiendo no tener que gastarle pensadera a la comida de mañana y al arriendo del otro mes y el tío le mandó tremendo walkman con una colección de cassettes de salsa y de rock y se aprendía los nombres de los cantantes de todos los grupos y los de todas las canciones de todos los longplays y por las noches llegaba a la esquina y se nos paraba a pivotear sus saberes en el pavimento y no nos dejaba decir ni mú, hable y hable y cuente cosas importantes de países y músicas y gustos lejísimos de nosotros, haciendo maromas con la tremenda pelota nueva que sólo él podía tener, un juguete, este sí, que no teníamos ni la más remota esperanza de acariciar algún día porque exigía algo mucho más imposible de conseguir que la plata: tiempo tranquilo, mucho tiempo tranquilo, la cabeza sin el afán de resolver el día y sin el muro de siempre del no hay y sin el dedo de la necesidad chuzando puntudo a toda hora en el hombro del corazón, había que estar sin el gusano de la poquitez carcomiendo hondo pecho adentro hasta donde uno ya no se da ni cuenta de que lo tiene para toda la vida y que así llegue a conseguir billete ya no se le desenquista su voz gusana diciendo para qué esas cosas, usted dedíquese a lo suyo no se las dé de lo que no es, y de pronto uno se le revelaba al gusano y usted que no está haciendo nada, decía la mamá viéndolo a uno sentado con un libro en la sala, porque no mejor va a la tienda y le dice a don Roberto que me mande un libra de panela y la anote en el cuaderno que el fin de semana le cancelo, y así uno estuviera vagando en la esquina una voz mandaba que eso era más trabajo que estar pendejiando con las pendejadas inútiles de nada concreto; y Kiko seguía hablando de sus cosas y fue aprendiendo inglés y decía muchas palabras, rebotando su gran pelota frente a nuestras caras y se fue alejando, superiorizándose más, ahora sí haciéndose más distinto de verdad y cada vez en lo que hablaba, en lo que le interesaba, en la manera de mirarnos era como si se hubiera ido a vivir a otro barrio, como si los muchachitos de El Poblado y de Laureles no se hubieran quedado en su cuadra compitiendo entre ellos con la pelota de colores que todos podían tener y se nos hubieran metido en nuestra propio barrio a refregárnosla; y no solo Kiko nos cogió pereza y nosotros le cogimos pereza a él sino que le cogimos todavía más pereza a sus juguetes ajenos que nos achiquitaban y fue por esa época que yo no podía ver un libro porque me daba rabia ni oír por ahí en la calle algún pedazo de esas músicas largas sin cantantes porque sentía que me estaban insultando los que la oían con su yo sé yo vi yo sí yo oí yo fui yo entendí; y todos nosotros respondimos con el desprecio, achiquitando también eso con lo que nos querían achiquitar más y que dizque era lo que nos iba a agrandar según el cura y la televisión y Baltazar Botero.

Eso es lo que nunca le perdoné a Kiko, que al tiempo se fue del barrio y entró a la universidad y hoy como que es todo un doctor y que tales, porque con los años vi lo chévere de los juguetes enchiquitadores, y me dio por pensar que el problema no eran esas cosas sino Kiko y que tampoco era Kiko sino otra cosa y que en verdad el más mejor sí es el que más sabe y no el que más tiene, sólo que el que más tiene es el que más puede saber; nosotros con los años nos convertimos en las cosas concretas que podíamos ser de acuerdo a cada uno: obreros y tenderos y sicarios y técnicos de computadores y vendedores puerta a puerta y albañiles y mandaderos de mafiosos y borrachos y testigos de jehová y bazuqueros y empleados de los que habían sido los niños de El poblado y Laureles; de eso no me quejo, eso somos, así vivimos a nuestra manera y en medio de todo a veces no la pasamos tan mal.

En estos días Lucho, que es el de oficios varios en un almacén de computadores del centro, se pilló al doctor Kiko en el facebook y le pidió la amistad, y después hizo un video y se lo mandó; estábamos en la tienda de Roberto cuando Lucho nos mostró en su celular el video en que le dice quiubo mijo Kiko tiempo sin pillarlo, me acuerdo mucho de usted, le voy a mostrar mi biblioteca y le da la espalda a la cámara se baja los pantalones y se tira un pedo sonoro: todos largamos la carcajada, algunos se doblaban de la risa. Yo reí hasta que se me salieron las lágrimas y seguí soltando lágrimas y lágrimas un rato largo, haciéndome el que me seguía riendo.

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02
2016
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La reina de la espera

Por: Luis Miguel Rivas

Foto: Darío González Foto: Darío González

“A la Gorda de Botero nunca le ha llegado la persona con la que se tenía que encontrar y sigue ahí, tranquila, sin mirar la hora, impasible en medio del ajetreo de la Calle Colombia y del agite de la zona más agitada de la ciudad; doscientos cincuenta kilos de paciencia neta”, me dije esa tarde, ahí, recostado en el muslo derecho de la Gorda, mientras Doris no llegaba. “¿Entonces qué hago yo preocupándome por quince minutos de retraso?”, seguí pensando, y la reflexión sirvió para distensionarme un poco pero no para hacer que Doris apareciera. Porque nunca llegó.

Cuando me cansé de esperar y me di cuenta de que no tenía nada para hacer porque había apostado todo mi futuro inmediato a ese encuentro frustrado, crucé la calle Colombia y seguí por el parque de Berrío, a la deriva. Me metí entre la gente de un corrillo que se había formado frente a las escaleras de la estación del metro. Un mentalista estaba demostrando sus poderes telepáticos y en el preciso momento en que llegué dijo que necesitaba un voluntario para hacer una prueba. No recuerdo si me señaló o yo mismo, en medio del desparche, me ofrecí, pero el caso es que a los diez segundos estaba en todo el centro del gentío, con los ojos vendados y sacando cartas de un mazo que el mentalista ponía en mis manos. (Aprovecho aquí para aclarar a la opinión pública y a las personas de mi barrio que lean este artículo, que nunca he trabajado para ningún mago, como lo difundieron algunos malintencionados vecinos que casual e infortunadamente pasaron por el lugar en el momento en que yo brindaba mi valiosa colaboración al artista). Una vez hecho mi aporte a la demostración de los poderes del hombre me fue retirada la venda y el público aplaudió. Aunque sabía que el aplauso iba dirigido al mentalista sentí que parte de ese reconocimiento me correspondía y me puse muy feliz porque nunca nadie en mi vida hasta ese momento me había aplaudido. Cuando se deshizo el corrillo me quedé parado en mitad del parque de Berrío. Me sentía raro, liviano. Los vestigios de cualquier amargura o tristeza habían desparecido bajo el influjo prodigioso del aplauso inesperado. Me sentí casi feliz y en ese instante me reconcilié con Doris, con la ciudad y con el mundo.

Caminé hasta la iglesia de La Candelaria, me acerqué a un vendedor de tintos y le pedí una aromática. Estaba revolviendo el azúcar cuando cruzó Ella con pasos apresurados. “Tiene las treinta y seis señales de la belleza absoluta”, me dije. Aunque nadie se dio cuenta yo vi cómo el aire chisporroteaba con el aleteo de su pelo negro y la densidad del ambiente se difuminaba ante su presencia que parecía avanzar abriendo puertas. La seguí con el mismo impulso ciego que me hizo acercarme al corrillo. Llegó a la esquina de Colombia con Palacé y cruzó en dirección al Banco de la República. Subió las escaleras, dio una mirada general a la gente que había en el lugar, ojeó su reloj y fue a pararse al lado de la Gorda. Las dos mujeres más notables de la cuidad en ese momento se veían hermosas, una al lado de la otra. Contemplé a la Gorda con devoción: soberana del centro, madre descabezada de los vendedores de tinto, hada manca de los mangueros, matrona de los jubilados, protectora de los loteros, faro de los transeúntes apresurados, madrina de los bonaiceros, y silenciosa reina de los ciudadanos distraídos. Pero sobre todo: diosa medellinense de los esperadores.

Y ahí estaban, diseminados alrededor del inmenso torso desnudo, mis hermanos, los que hasta hace poco me habían acompañado en el minucioso ejercicio de la espera: hombres y mujeres de todas las edades y condiciones: erguidos mirando con ilusión hacia el fondo de la calle o dando pasos cortos y vueltas en círculo o ecuánimes como monjes budistas o ansiosos escrutadores de la hora o evadidos en el sonido de sus audífonos; sentados en la loza de la plataforma, apoyados en las suculentas piernas de la matrona o apertrechados bajo su vientre como si hubieran acabado de ser paridos con ropa y en pleno centro de la ciudad. La cofradía de los que gravitan en ese tiempo sin tiempo que comprime el recuerdo, el ahora y el anhelo; esa síntesis de la eternidad que es el aguardar. Cautivos del “con qué vestido vendrá”, del “qué me irá a decir”, del “por qué se tarda”, del “qué le pasaría”, del “qué cara traerá”, del “ahí viene”, del “ese no es”, del “casi que no”, del “si me voy llega”.

Sentí que por primera vez pertenecía a algo. Crucé la calle, subí las escaleras fingiendo mirar el reloj y volví al sitio donde había esperado a Doris, sintiendo en mi espalda la frescura titilante de las goticas de la fuente del banco. Desde ahí la contemplé de reojo. Ella miraba cada tanto en dirección a la calle Boyacá. Pocos minutos después empezó a zapatear con impaciencia y se me ocurrió que le podría haber pasado lo mismo que a mí. Pensé en esos hijos solitarios de la Gorda que se paran a su lado a fingir una espera, atentos a que a alguien lo dejen esperando para aventurar la posibilidad de un encuentro de consolación. Imaginé que ella miraba su reloj por última vez y que cuando se resignaba al desencuentro yo me acercaba y le hablaba con amable distancia.

—Qué pereza la gente incumplida, ¿no cierto?

Y ella, aunque no tenía ganas de hablar, contestaba para no ser grosera.

—Sí.

—Es un irrespeto —insitía yo—. Que al menos avisaran para uno saber con qué cuenta o hacer otras cosas.

Ella volteaba a mirarme con reserva pero se encontraba con mi rostro desprevenido y, sin saber por qué, se sentía en confianza para compartir una queja.

—Sí, yo no sé para qué uno es cumplido si la gente no cumple —decía con su voz dulce y firme—. A mí todo el mundo me llega tarde o no me llega y yo sigo siendo puntual. Bobo que es uno.

—Si le consuela saber que no es la única —le decía yo con una sonrisa.

Y empezábamos a hablar y nos íbamos a tomar una gaseosa en alguna cafetería. Y cuando ya estábamos conversando todos animados, oí una voz gruesa: “Hola mi amor”. Abrí los ojos y vi a un hombre alto y elegante que le tapaba los ojos por la espalda. Ella giró con la sonrisa plena del amor sincronizado. Se besaron y salieron tomados de la mano buscando Junín. Cualquier vestigio de amargura o tristeza que aún quedara en mí fue borrado por el influjo prodigioso de esa alegría que de tan real era también mía. Los vi alejarse y caminé despacio, liviano, en dirección a Bolívar. Cuando llegué a la esquina sonó el teléfono. Era Doris. Pero no contesté.

(Publicado en la revista PIT: Puntos de Información Turística, Alcaldía de Medellín, diciembre de 2015)

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02
2016
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Diálogo junto a una caneca

Por: Luis Miguel Rivas

Dos hombres se encuentran al lado de la caneca de basura que hay en mitad de la cuadra. Uno acaba de llegar con la bolsa en la mano para arrojarla y el otro se dispone a escarbar en la caneca. Casi chocan al inclinarse.

- Bien pueda – dice el hombre que va a botar la bolsa.

- No, proceda usted primero porque yo me demoro –contesta el que va a escarbar.

- No, por favor –dice el primero- usted está más necesitado.

- No, tranquilo, proceda usted que se ve más necesitado que yo.

El primer hombre se extraña, mira su indumentaria para comprobar si salió muy mal trajeado a la calle. Tiene chanclas, pantaloneta y la camiseta con algún rotico. Pero no considera que sea para verse muy necesitado. Se ofende un poco. Mira al primer hombre que lo mira mirarse.

- ¿Por qué lo dice?

- Se le ve que necesita salir rápido de esta situación tan incómoda.

Al primer hombre, que siempre se ha considerado una persona sin prejuicios, progresista y con marcada conciencia social, le molesta sentirse juzgado desde el prejuicio.

- ¿Y por qué habría de ser una situación incómoda?

- ¿Es que acaso le gusta el olor de la basura?

- Pues no, claro que no, pero usted llegó primero que yo y creo tiene derecho a hacer lo que vaya a hacer en primer término; y luego, cuando deje el espacio libre, yo puedo tirar mi basura.

- Ya le dije que me demoro.

- Ya le dije que yo puedo esperar- dice el primer hombre con enfática sequedad.

- ¿Está seguro de que no le molesta el olor?

- A decir verdad sí, un poco, pero lo justo es lo justo y usted estaba primero.

- Tiene razón, pero me da un poco de pena con usted, porque yo estoy más acostumbrado a estos efluvios y puedo soportarlos, pero usted…

- ¿Yo qué? – dice el primer hombre, herido en su orgullo de persona sensible a las necesidades de los necesitados.

- No, disculpe, no es para que se ofenda, es sólo que veo que usted…

- ¿Qué ve, qué ve? ¿Qué está queriendo insinuar? –interrumpe el primer hombre.

- Nada, solo que a usted le debe incomodar.

- Ya le dije que no me incomoda. Estoy por pensar que el que está incómodo es otro. ¿Acaso le molesta mi presencia? – reclama, indignado, el primer hombre.

- No es tanto que me incomode, sino que no estoy acostumbrado a buscar comida en la caneca con alguien esperando a mi lado – aclara el segundo hombre buscando resarcir la susceptibilidad herida.

- ¿Ah sí? Eso si no se lo creo– dice el primer hombre con el aire suficiente de quien descubre en falta a otro- Entonces cuando coinciden dos de ustedes para buscar comida y uno llegó antes que el otro ¿qué hacen?

- ¿Dos de “ustedes”? ¿A qué se refiere con dos de “ustedes”? –dice el segundo hombre tomando la posta de la indignación.

- Pues a lo que oye: dos de ustedes –el primer hombre se interrumpe, duda, y se explica- pero no me malentienda, no quiero decir…

- ¿O sea que hay un “nosotros” y un “ustedes”? –interrumpe ahora el segundo hombre- ¿Ustedes entre ustedes mismos se llaman “nosotros” y nos ven a nosotros como los “ustedes”? y ahora dígame: ¿Quiénes somos nosotros para ustedes?

El segundo hombre se queda reflexionando un momento. Recupera la frase entera del diálogo del mismo modo que el lector habrá tenido que releerla y por fin la entiende. Decide que sólo se trata de un juego de palabras con el que “el otro” quiere poner en cuestión su sincero progresismo.

- Mire, no se me haga el vivo. Cuando digo “ustedes” no estoy haciendo ningún tipo de discriminación, si es lo que maliciosamente quiere insinuar. Solo me estoy refiriendo a que hay personas que buscan comida en las canecas de basura y otras que no. En este caso yo, por razones de la suerte, del destino, de la auto superación, por capricho del autor o por lo que sea, soy el que bota la basura y por tanto no soy parte de su “nosotros”. Es simple, no hay ningún juicio de valor en eso. Hablo sólo de personas que ejercen una actividad y de otras que no.

- Ummmm

- Pero aclarado este asunto volvamos a la pregunta para que vayamos solucionando este problemita de una vez: cuando coinciden dos de ustedes en la misma caneca para buscar comida ¿qué hacen entonces?

El segundo hombre mira fijo al primero, piensa un momento, como recordando.

- Simplemente uno de los dos se va a buscar otra caneca. Hay muchas en la ciudad.

El primer hombre mira al segundo que lo mira impasible sin moverse de su sitio.

- ¿Me está insinuado que me vaya a buscar otra caneca para botar mi basura?

- No lo había pensado de esa manera, pero no me parece una mala idea.

- Pues no señor- dice el primer hombre con actitud de no poderlo creer-¿Me está echando de mi propia cuadra?

- Yo no he dicho eso… –empieza a decir el segundo hombre, se interrumpe, piensa un poco y luego continúa- …pero la próxima caneca está cerca. A una cuadra precisamente.

- Sí, ya lo sé, pero tengo que decirle que así como usted llegó primero a esta caneca yo llegué mucho antes que usted a esta cuadra. De hecho es la primera vez que lo veo.

- Yo vengo por aquí hace mucho tiempo, lo que puede haber ocurrido es que siempre paso en horas distintas a las que usted escoge para salir a botar la basura. Que no me haya visto no quiere decir que no hubiera existido.

El primer hombre mira desconfiado.

- ¿Y desde cuando viene por aquí? A ver…

- Desde hace unos tres años.

- Ahí lo tiene: yo vivo en este barrio hace cinco.

- Bueno.

- ¿Bueno qué?

- Que me parece bien que viva aquí hace cinco años, pero eso no quiere decir que sea el dueño del barrio.

- Y usted tampoco es el dueño de la caneca.

- Está bien –dice el segundo hombre, cansado- entonces bote primero la basura, se va a su casa y yo me quedo buscando comida y sanseacabó.

- ¿Así de fácil quiere acabar el asunto? ¿Me quiere además decir lo que tengo que hacer?

El hombre que quiere buscar comida hace un gesto de hartazgo.

- Bahh- dice como espantando moscas con la mano y da vuelta para irse.

- Un momento. Usted a mí me respeta – vocifera el primer hombre interponiéndose en su camino.

- Yo no estoy irrespetando a nadie.

- Sí señor, me está ignorando.

- ¿Ignorando a quién?

El primer hombre levanta la bolsa de la basura a la altura de la cabeza del segundo pero detiene el acto a mitad de camino. Las aletas de la nariz del segundo hombre se mueven, olisquean un descubrimiento.

- Huele a carne horneada.

El primer hombre mira su mano agarrando la bolsa. La baja.

- Sí, son las sobras de la comida de anoche –contesta.

- ¿Y qué tal si usted me regala su bolsa? – dice el segundo hombre.

El primer hombre se contraría.

- No, cómo se le ocurre. Eso sería tranquilizar mi consciencia regalando las sobras.

El segundo hombre reflexiona, mueve la cabeza arriba y abajo.

- Sí, comprendo –mira en silencio a los techos de las casas y se le ocurre una idea- ¿Y qué tal si me da plata?

- No tengo -se apresura el primer hombre- o a decir verdad… sí tengo algo, pero es la plata de las cuotas de…

- Sí, tiene razón – interrumpe el segundo hombre cayendo en cuenta de su error.

Se quedan en silencio unos segundos. El primero se siente mal. Luego de discutir consigo mismo se manda la mano al bolsillo de la pantaloneta y saca la billetera. Habla como si hubiera sido herido.

- Pero vea –saca unos billetes y los extiende- voy a sacrificar las cuotas, después veré qué hago…

El segundo hombre mira el gesto de expósito del primer hombre con los billetes en la mano.

- No, disculpe, pero no puedo aceptarlo. En ese caso sería yo quien se sentiría mal.

El primer hombre vuelve a guardar los billetes. Se quedan en silencio evitándose las miradas.

- ¿Sabe qué? Creo que ya no tengo hambre de las cosas de esta caneca –dice al cabo el segundo hombre- mejor me voy a otra cuadra.

- ¿Y sabe qué? A mí se me quitaron las ganas de botar la basura en esta caneca – dice el primer hombre para no quedarse atrás.

- Bueno, adiós, que tenga usted un buen día- dice el segundo y sale hacia la izquierda.

- Lo mismo para usted. Mucha suerte en sus cosas – contesta el primer hombre con una reverencia y arranca en dirección contraria, hacia la cuadra siguiente donde hay otra caneca.

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19
01
2016
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Carlitos Jaramillo rambotizado

Por: Luis Miguel Rivas

Para Ana María Betancur a quien le oí mencionar el término por primera vez.

“Jajaja, estúpido lamesuelas, mamerto arrastrado”, contestó Carlitos Jaramillo en el facebook dando término a la polémica que había empezado en la mañana con alguien que no conocía; volvió al tuiter, miró una vez más las notificaciones y las frases de su TL, respondió a dos de ellas con frases afiladas y luego sentenció lo que para él era el actual gobierno y la clase de hampones en cuyas manos estábamos; abrió otra ventana, fue a un blog de series de televisión para mirar los comentarios sobre The Good Wife, de la que acababa de terminar las últimas temporadas en una maratónica jornada que le ocupó tres días con sus noches; hizo un gesto de supremo desprecio leyendo el primer comentario, “Este estúpido no ha visto nada” refunfuño; entró a Instagram, ojeó fotos al azar unos minutos; abrió otra ventana y dio una pasada a la colección de chicas semi viringas que estiraban la trompa y la mano frente al espejo; volvió al facebook y miró si el de la polémica le había contestado algo; entró de nuevo a tuiter, revisó notificaciones y estalkeó a una chica que se veía muy buena en el avatar; miró gifs y retuiteó dos que lo hicieron reír; luego abrió el skype, donde había dos notificaciones: una llamada perdida de su madre y el aviso del cumpleaños de su primo Andrés. Vio la fecha: 15 de mayo. Iba a minimizar la ventana para volver a facebook cuando vio la fecha de nuevo: 15 de mayo. Miró hacia corcho de la pared, frente al escritorio; pegada a éste, con un chinche rojo, había una hoja de Excel con un cronograma en el que se destacaba un círculo violeta con la fecha: “15 de junio. Entrega final”. Se quedó mirando el círculo violeta mientras hacía cuentas mentales y abrió grande los ojos; se llevó las manos a la cabeza y brincó de la silla aterrorizado: “Marica, apenas tengo un mes y no he empezado”, casi gritó. Y a partir de ese momento comenzó su proceso de rambotización.

Se demoró en dormirse, acosado por el retumbar de su propias palabras: “Marica, me súperrequete cogió el día”; esa voz en off que era la suya y a la vez ajena tenía el tono de una advertencia letal, la señal de un abismo por el que estaba a punto de despeñarse. Cuando por fin logró dormirse soñó que corría jadeante por una selva agreste, perseguido por un batallón de soldados y perros rabiosos; se resguardó en el tronco hueco de un árbol, alertó el oído para ubicar a sus persecutores y en el murmullo del viento entre las ramas reconoció la voz de su madre, susurrante y monótona: “Mijo, ¿usted no ha hecho nada?”. Saltó de su escondite desesperado y empezó a correr mientras oía a sus espaldas la jauría de perros sabuesos cuyos ladridos se trasmutaban en la voz ronca de su padre: “Este güevón si no sirvió fue pa nada en la vida”; redobló el paso con el corazón agitado y entró en una manigua de lianas, ramas y hojas de árboles deformes y antiguos, y cuando menos pensó estaba vadeando un pantano espeso infestado de fieras acechantes: cocodrilos que tenían la cara de Felipe, su primo ingeniero y exitoso; serpientes con la sonrisa de su tía Beatriz, la de Llanogrande, cuando tomaba café en el parque Lleras; un mostruo de Gila marcando un celular de última denominación y mirándolo con el gesto suficiente de su prima Nati; un hipopótamo abriendo las fauces como su tío Carlos, insigne empresario, cuando bostezaba.

Carlitos fuerza sus pasos entre la sustancia viscosa hasta que logra remontar la orilla y sigue a toda carrera sin dejar de sentir en sus espaldas los ladridos, los silbidos, los ronquidos; llega al borde de un risco donde resbala sobre una piedra y se desbarranca entre ramas, piedras y espinas, que lo cortan, lo chuzan y lo traspasan antes de quedar tirado en la rivera de un río borrascoso. Allí, yaciente, el sonido del viento se vuelve a concretar en la voz de su mamá: “ Mijo, usted cuándo es que va a aterrizar”. Y esa voz es la que lleva la desesperación hasta las últimas consecuencias y dispara en Carlitos Jaramillo la determinación urgente de enfrentar al enemigo a como dé lugar; sobreponiéndose al dolor y la debilidad saca su cuchillo de la pretina, corta la piel para sacar una astilla que se le ha atravesado en el abdomen y se pone de pie para enfrentar al Rinoceronte con la cara de su tío, gerente general de una multinacional, que se acerca amenazante. Carlitos esgrime su arco cargado de flecha metálica, que quién sabe de dónde apareció, y apunta a la frente del rinoceronte, al ladito del cuerno, mientras mira fijo, con la boca torcida en un gesto de desprecio y dureza hechos de dolor: “Vivir por nada o morir por algo”, dice apuntando con su flecha al tío-enemigo que lo tilda de vago e inútil.

Y así es como Carlitos Jaramillo se despierta al otro día a la seis de la mañana con la balaca en la cabeza, la ametralladora en ristre, la canana en bandolera y se tira de la cama dispuesto a enfrentar el mundo y las responsabilidades, a ver cómo es que es la vaina, carajo; irrumpe en la mañana como un volcán, con la determinación de embutir en una sola jornada todos los días en que no ha hecho nada; limpia la casa como dando bala, organiza su habitación cumpliendo una misión imperiosa; barre meticulosa, apresuradamente, y trapea los pisos restregando entre bufidos; luego irrumpe en el computador ignorando el intenet para ir directo a la carpeta de la tesis; mira archivos y lee y corrige y escribe, agitado; luego salta hacia la biblioteca y como apuntando con un arma toma un libro y se lo lee a toda velocidad; vuelve a entrar a saco de mata en la pieza y escribe un cuento, estudia un documento pendiente, toma notas; al medio día sale a pagar los servicios públicos que se habían vencido; a medida que está más activo va adquiriendo más energía y más orgullo; al regresar a casa nota la suciedad y el desorden en que tienen la portería del edificio y llama a la administración a decir que qué es esa falta de diligencia; vuelve al computador y trabaja compulsivamente; llama a la librería donde encargó un libro que le hace falta para completar la bibliografía y dice:Lo necesito para más tardar mañana; almuerza de prisa, de pie, mientras habla por teléfono con los compañeros del grupo de estudio diciéndoles que cuando es que se van a reunir pues, que qué es esa vagancia, y los compañeros le dicen: Te echás a las petacas y cuando te da por correr querés poner a correr a todo el mundo, volvete serio; Carlitos cuelga indignado con el cinismo de la gente, por eso es que estamos como estamos; asalta la habitación, se lanza hacia el computador y trabaja, escribe varias páginas, revisa la bibliografía que le falta, lee artículos científicos, responde correos pendientes, hace una lista de citas que le sirven para su trabajo; al finalizar la tarde se levanta abruptamente y va a la cocina, la limpia dejándola reluciente y luego acomete el baño armado de cepillo, jabón y esponjillas; refriega las baldosas con énfasis, resoplando, sudando, se diría que con rabia, hasta dejarlo blanquito; luego vuelve a la habitación y esa noche del primer día de la rambotización permanece frente al teclado organizando cuadros en excel, cuadrando presupuestos, enumerando tareas, definiendo estrategias, hasta las dos y media de la mañana, hora en la que cae exhausto en la cama, con una sonrisa de orgullosa satisfacción.

Al día siguiente ataca el día desde las seis de la mañana. Sale a trotar y vuelve a clavarse en el computador; de vez en cuando mira con cierto desprecio el loguito del google crome en la parte inferior de la pantalla y continúa su jornada guerrera, que se desarrolla más o menos como la jornada anterior. Al tercer día, un tanto satisfecho por lo adelantado, con los ladridos de los perros acallados, con la voz de la madre amordazada, con las miradas de las fieras controladas, baja el ritmo. Al cuarto día el loguito del google crome vuelve a tomar color y titila ante su vista. Carlitos le da click y entra a facebook y revisa tuiter. Trabaja un rato y cada tanto da una pasada para mirar posts y notificaciones. En la noche busca la última serie que no se ha visto y entra a los foros recargado de energía.

Al quinto día se levanta de la cama a las once de la mañana y va directo al computador; y en el computador va directo al internet; busca si el tipo de la polémica le respondió, mira las notificaciones en su TL, responde a dos de ellas con frases afiladas y luego sentencia lo que para él es la situación actual del mundo y sus causas; abre otra ventana y va al blog de las series televisivas para mirar los comentarios, ojea las fotos en instagram, estalkea a otra chica que también se ve muy buena en el avatar, mira gifs y retuitea, vuelve a mirar las notificaciones… retoma su vida.

Hasta dos o tres semanas después, cuando volverá a encontrarse de frente con la fecha perentoria y se verá perseguido por las fieras que lo transformarán en Rambo por unos días.

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12
01
2016
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Días de enero

Por: Luis Miguel Rivas

Me despierto en un día (¿qué día es hoy?) de los primeros de enero. Salgo de la cama y empiezo a fluir en la sustancia sin recipiente que es el tiempo de los comienzos de año. Hago mis rutinas de siempre, de cualquier día. Mi café de la mañana es siempre sólo el café de la mañana y nunca el café del lunes o del martes o del domingo en la mañana. Cuando salga a la calle, al mundo de afuera, a esa instancia que antes de mí nombró las cosas, y entre (sí: entre afuera), recibiré la imposición del nombre para hoy, podré saber en qué momento de la semana debo estar y acomodarme a él.

La calle, de entrada, me dice un nombre general: día de semana o sábado o domingo. Al primero lo nombra el ajetreo: los múltiples pasos que atarean el asfalto, los fugaces presentes de carros y carros cruzando ante mis ojos (cada carro que se aleja entra en mi pasado y sigue – ¿hacia dónde?- cargando de presente a quienes lo tripulan); broncos motores arrinconan el silencio en minúsculas grietas cada vez más imperceptibles; abiertas puertas a los mundos coloridos y densos de negocios y bares; voces que compran y que venden; mochilas escolares cabalgan en espaldas de cuerpos que cabalgan sus ciclas. Una cuerda templa el ánimo de todos (sólo acogiéndose a ese temple es posible enfrentar el temple de los otros).

Al sábado lo nombran esos mismos elementos pero más cansados, más poquitos, menos enfáticos; además del suplemento semanal de cultura en el kiosko de la esquina. La cuerda menos tensa, más tranquila la mano que la templa, pero sin soltar el apriete.

Al domingo lo nombra la soleada soledad de la mañana, la apacible placidez de las calles por fin solas como un viejo al que han dejado de molestar los muchachitos; el solo sonido del viento y el paso esporádico de un carro que resalta el silencio; los ebrios ya sin bríos; tenis y sudaderas como uniformes de los buenos propósitos.

Anteayer cuando salí a la calle era domingo; antier al abrir la puerta era el mismo día; ayer cuando volví a salir también lo era; y hoy que salgo de nuevo vuelve a ser. Pregunto a un conocido: ¿Qué día es hoy?, Jueves, contesta. El mundo se ha ido a descansar y ha olvidado dejar el papelito con el nombre encima de cada jornada para que las reconozcamos quienes nos quedamos; lindos días genéricos como ciertos medicamentos; como han sido ellos mismos antes de los nombres, antes de meter el olor en un frasquito. Días como esos televisores que vendían en Maicao: filados en extensos anaqueles, todos iguales, en inmensas bodegas. Uno llegaba y decía: Quiero un televisor; Qué marca quiere, decía el vendedor (todas las marcas eran a mitad de precio); uno decía: Un Sony (o un Toshiba o lo que fuera); el vendedor iba hasta una gran caja llena de logotipos de todas las marcas, revolvía hasta encontrar la de Sony o de Toshiba (o la que uno hubiera escogido), se la pegaba a cualquiera de los televisores bajados de la extensa hilera y lo ponía en las manos del comprador. Uno salía feliz para su casa y veía televisión toda la vida en su Sony (o su Toshiba o la marca que hubiera escogido).

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03
11
2015
tareasnohechas

El espeluznante caso del inspector Valdo Martínez

Por: Luis Miguel Rivas

Es el primer tren de la mañana y las dos profesoras del colegio especial entran al vagón entre el griterío emocionado de los niños que por fin realizan el sueño del paseo prometido desde comienzos de año. Bamboleantes morrales coloridos y loncheras con dibujos de Minions, Mickeys, Peppa Pigs y fotos de Violeta, vivifican el gris vagón. Los rostros redondos de los chicos Down atisban aquí y allá, miran con sorpresa a los pasajeros somnolientos que viajan a esa hora. Las profesoras dirigen a los niños hacia una banca y todos se sientan. Valdo, siete años, televidente compulsivo, amante de las series policiacas, actor en potencia, urgido por crecer para poder ejercer esa profesión, no se resigna a quedarse sentado y se desplaza por el pasillo al ritmo del traqueteo del tren; cuando se aleja demasiado la profesora lo llama y Valdo regresa sonriente. En la siguiente estación el tren se detiene, un hombre se despierta asustado con el timbre de la puerta y sale raudo; entran algunas chicas con el pelo mojado rumbo a su trabajo en alguna fábrica de confecciones. Cuando la puerta está a punto de cerrarse irrumpen, como una tromba, los tipos. Son tres. El más alto y más flaco tiene la cara marcada con hondos vestigios de acné, lleva una chaqueta raída de cuero, botas sucias con una mezcla de barro y algo que parece sangre; empuja a sus compañeros con gestos bruscos. Pisan fuerte y hablan bronco, retumbante. El segundo hombre, rubio, con una cicatriz que le cruza la mejilla derecha, mira desde los ojos chiquitos, enrojecidos, rabiosos.

- Pásame el vino que no vas a dejar nada –dice.

El tercer hombre, enjuto, pelo liso y corto, rostro anguloso en forma de triángulo invertido y unos ojos azules, acuosos, como de enfermo, pasa la caja de vino de mala gana y da una mirada amenazante al interior del vagón. Las profesoras se yerguen, crispadas, y miran a los niños, absortos en sus cosas: Ricardo y José pelean por un carro de plástico que no es de ninguno de los dos, Valdo le resume a Juliana un capítulo de La ley y el orden, Lucas y Verónica exponen el rostro al viento que entra por la ventanilla, Matías trata de abrir la lonchera.

El tipo enjunto de los ojos de enfermo hace un gesto al alto y flaco. El alto y flaco se mete la mano al bolsillo y saca una navaja aparatosa. La hoja brilla con la luz mortecina del vagón y el destello transforma el aire en una sustancia densa y oscura. Las chicas con el pelo mojado, en un acto reflejo, aprietan los bolsos contra el vientre. Los otros pasajeros miran de reojo, expectantes, tensos. Los hombres se rotan la caja, dan tragos largos y torpes que dejan hilos de vino descendiendo por las comisuras de los labios; hablan cada vez más fuerte, cada vez menos para ellos mismos, dueños del vagón.

- Vivo no quedó el hijo de puta – dice el de los ojos de enfermo.

- Quién lo mandó a torcerse – contesta el rubio de la cicatriz.

Se dan otro trago y miran a los pasajeros.

- Bueno, va siendo hora de que nos levantemos una platica – dice el flaco y alto, en voz alta.

Los pasajeros palidecen. Las profesoras giran nerviosas hacia los chicos que siguen desentendidos, absortos en sus asuntos; menos Valdo, que observa a los hombres con atención, la mirada fija y decidida.

Los tipos hacen un silencio súbito y recorren las caras de los viajantes con ojos inquisidores; amagan avanzar. Los pasajeros, animalillos paralizados, sólo atinan a mirarse de reojo unos a otros. Valdo se pone de pie y camina hacia los hombres. La profesora brinca tras él, Valdo la evade y avanza sin mirar atrás. Llega frente al flaco y alto y le apunta con la mano en forma de pistola.

- Quieto ahí, están detenidos – dice serio, amenazante.

El flaco y alto baja la cabeza y encuentra el rostro redondeado de pomulos salientes, cuello corto y ancho, y unos ojitos negros que lo miran con determinación detras de las estrechas rendijas. Se queda flipando un eterno instante mudo, trata de ubicar la situación en los archivos de las reacciones aprendidas. Una carcajada abrupta del rubio de la cicatriz quiebra el silencio cerrado. El de los ojos de enfermo lo sigue con una risotada borrascosa. El flaco y alto mira a sus dos compañeros, mira a Valdo y suelta su propia carcajada con todas las ganas; continúa riendo por un rato, se dobla sobre sí tomándose el estómago con las manos; ríe cada vez con más fuerza, más allá de su voluntad, y su rostro duro y agrio muta en un gesto angustia placentera, como si se estuviera desprendiendo de algo. Valdo permanece impertérrito frente a él, apuntando. El flaco toma aire, da un respiro, mira a Valdo y le acaricia la cabeza. Valdo no da su brazo a torcer.

- Está detenido, póngase contra la pared.

El flaco se da vuelta y apoya las manos contra la puerta del tren. Valdo, que le llega a la cintura, se toma su tiempo para requisarlo. Luego da unos pasos atrás y lo señala.

- Esta vez te dejaré ir, pero no quiero volver a verte por aquí – dice perentorio, da vuelta y avanza con pasos firmes de representante de la ley hacia el lugar desde donde lo miran, atónitas, las profesoras.

Cuando llega al lado de sus compañeros empieza a dar salticos, pleno, con la satisfacción del deber cumplido. Los tres hombres, con la navaja en la mano, siguen a las carcajadas. Los pasajeros sonríen con timidez y uno que otro ríe francamente. El tren sigue su marcha con un traquetear rítmico y liviano.

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