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27
07
2014
tareasnohechas

Mueren tres individuos como castigo porque uno de ellos desobedeció a la mamá

Por: Luis Miguel Rivas

El crimen, cometido en Colombia, fue producto de una venganza con fines educativos y el actor intelectual responde al nombre de Rafael Pombo, oriundo de la ciudad de Popayán, por oficio poeta y diplomático, quien, según numerosos testigos, aprovechó que las tres víctimas se encontraban entretenidas en una agradable velada de música y cerveza en casa de la dueña del predio, de profesión hilandera y conocida en el entorno como Doña ratona y que según algunos vecinos era “una señora parrandera y fiestera pero que nunca había tenido problemas con nadie”, para enviar a una gata hambrienta (que al parecer el asesino había sometido a una férrea disciplina de ayuno), en compañía de sus dos hijos con el objetivo de acabar con la vida de los participantes en la reunión.

En el acto murieron la anfitriona antes mencionada y un segundo individuo, vecino del lugar y sin señales particulares, de nombre Ratón. El tercer participante de la frustrada fiesta, de nombre Rin Rin Renacuajo, alcanzó a huir del lugar del crimen, pero el cerebro de la sangrienta retaliación había previsto las posibilidades de fuga y dispuso en mitad de la ruta evasiva a un pato (al parecer sometido a una dieta similar a la de la gata y sus hijos) que permanecía con la boca abierta, dispuesto a engullir al fugitivo sin masticarlo, objetivo que logró sin dificultad alguna.

El autor y las causas

Según algunos allegados, el autor de tan escalofriante hecho, era un hombre probo y ejemplar que defendía los más altos valores de la humanidad y propugnaba por una existencia digna para todos los que quedaran vivos previa demostración de respeto por los cánones de la rectitud y la obediencia. Según el siquiatra, Santiago Peruzzi: “se trata del típico perfil del asesino correcto, ciudadano ejemplar y moralizante que reprime sus impulsos tanáticos pero que en determinado momento, cuando la censura de su inconsciente se relaja, puede dar rienda suelta a sus instintos destructivos impulsado por el prurito de una causa bondadosa”. Esta versión coincide con un aparte del expediente que reza: “los hechos fueron motivados por lo que parece una represalia pedagógica, dado que el autor se indignó por el acto de desobediencia del citado Rin Rin Renacuajo (quien según la versión más conocida y que anexamos en este informe, respondió con un gesto de orondo desprecio a las palabras de su madre: “muchacho, no salgas” y fue a encontrarse con un vecino del barrio para pasar una tarde de asueto), buscando de esta manera cruel y sangrienta aterrorizar a cualquier posible individuo que en adelante pretendiera desobedecer a su madre”.

Reapertura del caso

A pesar de que el hecho y su culpabilidad han sido plenamente demostrados el autor del mismo nunca fue castigado y por el contrario goza de la admiración y prestigio dentro de la comunidad, llegándose incluso a aclamarlo como Poeta Nacional de Colombia en homenaje realizado en la ciudad de Bogotá durante el año 1905. El caso, que había sido archivado por la Procuraduría General de la Nación, debido a la ausencia de argumentos contundentes por parte de la fiscalía, ha vuelto a estar en la palestra pública cuando herederos de la víctima Doña ratona realizaron en días pasados una demanda al Estado por los cargos de complicidad en homicidio, inadecuada ejemplarización, terrorismo sicológico, abuso de autoridad moral, y daños y perjuicios contra la honra y bienes.

Ver en este clip documento la versión audiovisual de una difundida crónica de los hechos:

Comentarios de los lectores

OPINION POR: rodrigoperez35 DOM 27/09/2014 – 12:39
Ahí estamos pintado los colombianos, no decimos nada por estas represalias atroces y ponemos el grito en el cielo por el castigo de 15 años de prisión a Andrés Felipe Arias.

OPINION POR: profesorpreocupado DOM 27/09/2014 – 12:50
Muy bien don Rafael: ¡¡disciplina es lo que necesitamos en este país, a ver si acabamos de una vez con tanta sinvergüencería y desobediencia que nos tiene rodando por el desbarrancadero de la inmoralidad y la ignominia mezclados en la inmundicia del lodo putrefacto del pecado y la concupiscencia que amenaza con sumirnos en el mismo infierno. Ánimo don Rafael y ojalá siga escribiendo más.

OPINION POR: ciprianovargas DOM 27/09/2014 – 12:58
No, pues tan buen poeta y tan teso y no fue capaz de darle un acueducto a Aracataca.

OPONION POR: Valentina DOM 27/09/2014 – 13:00
¿Qué es ignominia?

OPINION POR: profedesociales DOM 27/09/2014 – 13:58
Esta noticia deber ser producto de profesores comunistas, amigos de “la lucha armada de los insurgentes” son los mismos que quisieran adoctrinar a nuestros jóvenes en escuelas, colegios y universidades para llevarnos al callejón sin salida del castrochavismo.

OPINION POR: parcerini78 DOM 27/09/2014 – 14:00
¡¡¡Fue gol de Yepes!!!!

OPINION POR: vecinaatenta DOM 27/09/2014 – 14:33
Una prima de un amigo de un hermano de un tipo que vivía en ese barrio me dijo que en esa casa metían vicio.

OPINION POR: mejorministrodehacienda DOM 27/09/2014 – 14:50
Rafael Pombo no se robó un solo peso.

OPINION POR: ciudadanopreocupado DOM 27/09/2014 – 15:17
¿Y ese tipo con esa mentalidad siguen siendo el director de la revista Semana?

OPINION POR: missmilady DOM 27/09/2014 – 15:59
Que noticia tan boba.

OPINION POR: patriotahonesto279 DOM 27/09/2014 – 16:20
¡¡¡ESTA NOTICIA DEBE SER PATROCINADA POR EL ALCAHUETA DEL TRAIDOR VENDEPATRIA AMANGUALADO CON EL BUSETERO MOZO DEL ORANGUTAN COMUNISTA SECUNDADO POR LOS MAMERTOS DE LA RADIO BOGOTANA QUE TOMAN WIKSKY MIENTRAS LAS FARCCRIM TERRORITAS SE CAGAN DE LA RISA DESPUÉS DE HABER SECUESTRADO MATADO Y ACABADO CON EL PAÍS!!

OPONION POR: jacobxz 787 DOM 27/09/2014 – 16:22
¡¡¡JAJAJA, ESO DICEN LOS FACHOS NARCOCORRUPTOS ARRODILLLADOS ANTE EL ENANO PARACO, RODEADO DE HIENAS ASQUEROSAS DE LA GODARRIA QUE DEBIERON HABER SIDO LOS QUE LES PAGARON AL ASESINO DEL POBRE RENACUAJO, COHONESTADOS POR EL NEONAZI MONSEÑOR TODOPODEROSO CHUPAMEDIAS DE LOS YANKIS, QUE QUIEREN SEGUIR BAÑANDO DE SANGRE ESTA FINCA QUE SE ROBARON MATANDO CAMPESINOS!!!

OPINION POR: autordelanoticia DOM 27/09/2014 – 16:25
Señores Patriotahonesto 279 y Jacob 787, ese diálogo pertenece a otra crónica.

OPINION POR: tomasdequincey DOM 27/09/2014 – 17:05
Yo ya lo había dicho en un foro anterior: “si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Una vez que empieza uno a deslizarse cuesta abajo ya no sabe dónde podrá detenerse. La ruina de muchos comenzó con un pequeño asesinato al que no dieron importancia en su momento”.

OPINION POR: Salvaciónpatriotica DOM 27/09/2014 – 17:46
Nada nos hará declinar en nuestro propósito de purificar la patria: Frente Rafael Pombo para la Defensa de Orden FRAPODEO: ¡Valores o muerte!

OPINION POR: parcerini78 DOM 27/09/2014 – 17:50
Estoy de acuerdo con lo que dice el señor tomasdequincey, pero ¡FUE GOL DE YEPES!

OPINION POR: Salvacióndelasalvacionpatriotica DOM 27/09/2014 – 17:52
Nada nos hará declinar en nuestro propósito de no dejar “purificar” la patria: Frente Rin Rin Renacuajo para la Defensa Contra la Defensa del Orden FRINREDEDEO: ¡Libertad o muerte!

OPINION POR: sepulvedanandres893 DOM 27/09/2014 – 18:05
VENDEMOS TELÉFONOS MODIFICADOS PARA VIGILANCIA. DESCUBRA EMPLEADOS DESLEALES, ESPOSOS INFIELES, PROTEJA A SUS HIJOS. TAMBIÉN APLICACIONES ESPIAS PARA PC Y CELULARES. MAYORES INFORMES sepulvedaandres@hotmail.com

OPINION POR: caidodelparnaso DOM 27/09/2014 – 18:29
Paréceme injusto, inicuo, abyecto y excecrable colmar de vilpendios y denuestos al bate que ensalzara con sus prístinas palabras los más eximios valores del espíritu para loa y orgullo de una patria sorda y ciega que enloda en el estiércol del desagradecimiento y la incomprensión los más altos frutos del alma.

OPINION POR: secretariodelaoficina DOM 27/09/2014 – 18:50
No me digan que esa gente estaba solamente tomándose una cervecita… Algo deberían haber hecho para que les hayan hecho eso… En algo andaban. El que nada debe nada teme. Y ustedes no se descuiden que los tengo vistos.

OPINION POR: ticoinconforme DOM 27/09/2014 – 19:01
El profesor Pinto estaría dispuesto a hacer lo mismo y por eso llevó a Costa Rica a dónde nunca antes en la historia había estado.

OPINION POR: valentina DOM 27/09/2014 – 19:17
¿El señor caidodelparnaso no podría escribir en español?

OPINION POR: tomasdequincey DOM 27/09/2014 – 19:30
Acabo de volver a ver la jugada de Yepes en youtube. Y tengo mis dudas.

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21
07
2014
tareasnohechas

Si tú tienes muchas ganas de aplaudir

Por: Luis Miguel Rivas

Estoy frente al computador con Bruno en brazos y pongo en youtube el video animado de una canción que me gustaba de niño: si tú tienes muchas ganas de aplaudir, clap, clap, clap (aquí aplaudo con fuerza poniendo las manos entre Bruno y el computador para que vea que soy yo quien le está enseñando, pero él ni se entera, absorto en los colores de los dibujos de la pantalla y sumido en el ritmo juguetón); si tú tienes muchas ganas de aplaudir, clap, clap, clap (vuelvo a aplaudir y Bruno no se inmuta) y si tienes la razón y si no hay oposición no te quedes con las ganas de aplaudir; canto con fuerza para que vea que es su padre quien le está cantando y comprenda que el video del computador es solo un apoyo pedagógico, pero Bruno ha entablado una relación mucho más profunda con el apoyo pedagógico. La canción sigue diciendo que si tú tienes muchas ganas de silbar, fuiii, fuiiii, fuiiii (estiro los labios y me sale un chorrito de aire matizado por un leve pitido que es lo más parecido a un silbido que sé hacer) y la canción sigue diciendo que si tienes la razón y si no hay… y luego sigue reír y río para nadie porque Bruno no me determina y me sorprende que desde tan chiquito cuente con tal capacidad para ignorar al papá.

La canción llega al punto de si tienes muchas ganas de gritar y si tienes la razón y si no hay oposición… un momentico, me detengo: ¿Si no hay oposición? Me quedo pensando y vuelvo a oír el estribillo… ¿Si no hay oposición? ¿O sea que si hay oposición te tenés que guardar el grito? ¿Entonces basta con que algo o alguien se oponga para que nos toque quedarnos con las ganas de silbar, aplaudir, reír o lo que sea que queramos hacer para expresarnos? Paro el video y miro a Bruno que se ha quedado mirando la pantalla detenida con un gesto de extrañeza y frustración. Disculpá que te interrumpa la diversión, Bruno, pero así no son las cosas. ¡¿Con esas canciones nos han criado?! , digo indignado mientras Bruno estira la mano para tratar de agarrar el teclado con la oscura intensión de llevárselo a la boca; separo el computador de su alcance para que no se distraiga y pueda escuchar mis reflexiones: ¿Nos han criado enseñándonos desde la cuna que solo podemos aplaudir, reír, silbar, gritar si no hay oposición? ¡Con razón somos este pueblo sometido y temeroso que vive pidiendo disculpas y permiso! ¡Antes mucha gracia que uno habla alguna cosa!, concluyo moviendo la cabeza a los lados y miro con gesto adusto hacia el otro lado de la ventana. Bruno me mira y leo en su rostro una completa indiferencia hacia el fondo ideológico que he descubierto en la canción, cosa que me decepciona un poco. Entiendo el nivel de superficialidad de las nuevas generaciones y no le voy a quitar a mi hijo el placer de escuchar la canción completa, pero no contribuiré a la prolongación de este orden de cosas. Por lo menos voy a cantarle mi propia versión. Pongo a rodar otra vez los colorinches y la musiquita; Bruno se anima de nuevo, se balancea y sonríe, agradecido. Canto en voz alta para tapar el audio original: y si tienes la razón y aunque haya oposición no te quedes con las ganas de aplaudir, y si tienes la razón y aunque haya oposición no te quedes con las ganas de gritar… y de silbar y de reír.

Horas más tarde estoy sentado con Carolina, la madre de Bruno, en la sala de la casa, y le pregunto:

- Caro, ¿vos chiquita cantaste la canción de si tú tienes muchas ganas de aplaudir?

Caro asiente.

- Sí, ¿por qué?

- ¿Y te has fijado en lo restrictiva que es esa canción?

Caro me mira extrañada.

- La que dice- le digo- que si tienes muchas ganas de aplaudir y varias cosas más, ¿te acordás? Pero que solo podés hacer todas esas cosas – y continúo cantando- si tienes la razón y si no hay oposición…

Caro me mira acordándose. Yo vuelvo a entonar el estribillo. Bruno, que está en el suelo de la sala entretenido en la destrucción de una revista, empieza a balancearse. Cuando voy por la tercera repetición, el rostro de Caro se tensa y sobre su frente aparece la arruga horizontal del enojo.

- ¡No lo puedo creer! – dice más indignada que yo- cómo así que “si tienes la razón”, ¿O sea que uno tiene que tener la razón para reírse? ¡¿Y quién dice quién tiene la razón y quién no?! ¿El que escribió la canción? ¿o el que se opone a que te rías?

Yo en realidad no había sido tan radical y solo había pensado en la primera parte de la restricción.

- Claro que yo me refería era a la parte de “si no hay oposición” –le digo.

- ¡No! ¡Cómo se te ocurre! Esa es solo una parte, la peor es la otra. Uno no tiene que tener la razón para aplaudir o para gritar. O sino ¿Dónde está la libertad?

Sus palabras son contundentes, pero antes de medirlas en su justa medida reacciono defendiendo mi posición en un acto reflejo argumentativo.

- No le había visto problema al asunto de tener la razón como requisito para aplaudir porque me parece que es necesario razonar previamente sobre la pertinencia del acto antes de gritar o reír o aplaudir.

Caro me mira como si yo fuera un representante del cuerpo represivo del Estado.

- No, la libertad no la podés suprimir bajo ningún pretexto.

Su afirmación me parece cierta, pero también me parece cierto lo que pienso. Bruno parece ser imparcial según el rostro ecuánime con que sigue deshojando la revista.

- ¿Y si de pronto, por ejemplo, uno está aplaudiendo un acto deplorable o denostando de un acto justo con silbidos?

Mis palabras son contundentes pero antes de medirlas en su justa medida, Caro responde en un acto reflejo reinvinticativo.

- No importa – contesta, sólida, aunque siento un dejo de duda en el fondo de la firmeza.

Nos quedamos pensativos. En ese momento Bruno ha agarrado la linda edición de un hermoso libro que quiero mucho y lo volea a diestra y siniestra; se lo quito y le digo que no con el dedo.

- Bueno, sí, puede ser – dice después de un largo rato y remata con una frase certera aunque falta de verdadera convicción – pero ese es un asunto de la responsabilidad, y eso no se puede lograr prohibiendo.

Durante todo el tiempo en que ella estuvo reflexionando sobre lo que le dije, yo estuve pensando sobre lo que ella me ha dicho y concluí que estoy de acuerdo. A todas estas, Bruno se ha montado sobre una mesita y está a punto de tirarse encima una lámpara. Luego de impedir la realización de su deseo lo dejo en el suelo y miro a Caro:

- Aunque pensándolo bien, estoy de acuerdo con lo que dijiste sobre eso de que no hay que tener la razón para poder expresarse – le digo.

- Pero yo ahora no estoy de acuerdo con eso y estoy de acuerdo con lo que dijiste de que debe haber un acto de reflexión y, si es preciso, de autocensura previa.

Ahora la situación se ha complicado. Pasa un largo rato en el que yo trato de convencer a Caro de que tenía razón en la idea de la que se había retractado, utilizando los argumentos que ella había usado para contradecirme; y ella trata de convencerme de lo que yo había dicho y que ya no me parece tan sólido, utilizando las ideas que yo había usado para enfrentar su crítica. Hasta que (como dice otra canción que ameritaría otro artículo) al cabo fuimos de una opinión: que somos libres para expresar lo que se nos dé la gana y como se nos dé la gana, estando dispuestos a responder y hacernos cargo de lo que digamos; y que no podemos permitir bajo ninguna circunstancia que la canción diga: y si tienes la razón y si no hay oposición.

Llegados a ese acuerdo sonreímos y de modo automático, en un acto reflejo maternal-paternal, nos ponemos en cuclillas y nos acercamos a Bruno, que trata de morderse un pie, y empezamos a cantarle al unísino y a voz en cuello: Si tú tienes muchas ganas de aplaudir (clap,clap, clap), si tú tienes muchas ganas de aplaudir (clap, clap, clap) aunque no tengas razón y aunque haya oposición, no te quedes con las ganas de aplaudir. Bruno se queda mirándonos con expresión seca antes de arquear los labios hacia afuera en su puchero típico, y se pone a llorar.

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14
07
2014
tareasnohechas

El maldito pie de un recién entrado al partido

Por: Luis Miguel Rivas

Vi esa lágrima bajar por el borde de la nariz, arrastrando la pintura azul y blanca de lo que había sido la bandera argentina pintada sobre el hermoso rostro pálido, y que ahora empezaba a convertirse en una melcocha de colores mezclados por el fuego lento y líquido de la frustración reciente. Ese rostro estaba pegado al mío, pegado también al de las dos compañeras que abrazaban a la chica en un silencio solo interrumpido de vez en cuando por algunos gritos de arriba Argentina surgidos más de la auto superación que de la superioridad en los pechos de un grupo de muchachos que también viajaban apretujados en el melancólico hacinamiento de la línea D del subte a las nueve de la noche del trece de julio del 2014, dos horas y media después de que Argentina hubiera perdido la final del campeonato mundial frente a Alemania por marcador de uno a cero.

Pero el subte en el que nos habíamos desplazado mi amigo Ricardo Vásquez y yo, cinco hora antes, rumbo a la Plaza San Martín para ver el partido en pantalla gigante, en medio de una multitud que se soñaría cualquier político de cualquier país de cualquier época, era otra cosa. Apenas cruzamos la puerta del vagón en la estación Palermo me sentí en la casa móvil de una multitudinaria y heterogénea familia unida por los más profundos lazos del espíritu, para la que el abigarramiento era solo una manera en que las circunstancias coincidían con el deseo natural de ir todos abrazados en medio de las risas, los toques de tambor, las trompetas y los manotazos sobre el techo, al ritmo del coro retumbante de Brasil decime qué se siente tener en casa a tu papá te juro que aunque pasen los años nunca lo vamos a olvidar, y todo el vagón brincando, todo el mundo salido de sí mismo y hasta los más serios o los extranjeros o los hinchas de otros equipos esgrimiendo una sonrisa de reconocimiento cálido ante tanta felicidad sincera mientras el coro seguía que el Diego te gambeteó que Cani te vacunó que estás llorando desde Italia hasta hoy, y familias enteras vestidas de blanco-azul y crestas albicelestes y cochecitos de bebé con gorritos y chupos con los colores de la bandera y peronistas y antiperonistas y kitchneristas y antikitchneristas y maradonistas y antimaradonistas, gritando juntos a Messi lo vas a ver, la copa nos va a traer, Maradona es más grande que pelé.

Cuando Ricardo y yo nos bajamos en la estación Tribunales el partido había empezado hacía seis minutos. Caminamos apresurados esperando encontrar las calles desiertas, pero Santa Fe estaba llena de gente que se desplazaba sin premura, sumida en el ambiente festivo de un partido que no era preciso ver para sentirlo. Frente a las ventanas de vidrio de algunos bares y almacenes encontrábamos corrillos de gente estirando la cabeza, absortos en lo que no alcanzaban a mirar bien. La plaza San Martín no tenía arrimadero, pero nos fuimos adentrando hasta llegar a la estatua elevada del prócer a quien le habían puesto una bandera en el hombro a manera de poncho y a cuyo lado se habían trepado varias personas que voleaban estandartes, en el preciso momento en que el mundo se removió sobre sus bases con el retumbar cataclísmico que solo puede generar el choque de la placas tectónicas o un gol de Argentina. Me desesperé sin saber qué hacer, dónde ponerme, dónde treparme, dónde ver el gol, tapado por miles de miles de cuerpos que dieron unos brincos eufóricos pero fugaces porque de un momento a otro todo volvió a quedar en su sitio en medio de un murmullo quejumbroso en el que alcancé a oír: anulado.

2014-07-13 16.28.00

Mi amigo y yo seguimos, abriendo trocha, avanzando lentamente como buzos entre la sustancia espesa de humanidad expectante. Bajamos buscando un lugar en el que fuera visible la pantalla, hasta que Ricardo se metió detrás de una tribuna de madera donde no pude seguirlo. Esperé a que el primer tiempo se terminara para que la masa compacta de la multitud se aflojara y buscar un lugar adecuado, que finalmente encontré. El segundo tiempo lo vi de pie, apretujado por los cuatro costados, sintiendo en la nuca la respiración de miles y miles de argentinos y percibiendo en cada bocanada de aire la alegre ilusión momentánea de la jugada que se perfilaba, la rabia por el golpe que un alemán le daba a un argentino, la alegría por el golpe que un argentino le daba a un alemán, los puto y nazi cuando la cámara enfocaba a un alemán, el silencio fruncido cuando Alemania atacaba, el respiro hondo de cuando Romero tapaba un balonazo, el vamoargentina cuando el equipo se iba en contragolpe, la descarga de aire unísona de bestia monumental cuando Palacio mandó un balón en globito que casi pero no, el solo un golcito Messi nada ma te pedimo, como una oración; y en el minuto siete del segundo tiempo complementario, el silencio más escandaloso que no he escuchado en mi vida y en la pantalla el balón metido en la red argentina mientras Götze corría perseguido por sus compañeros con las manos empuñadas y en su blanco rostro enrojecido la forma que hacen las bocas de todos los seres humanos del mundo cuando pronuncian el mantra universal: goooool.

2014-07-13 17.46.29

Miré en derredor, con disimulo, con miedo de volver a tocar un dolor sagrado con mis sucias manos de cronista. Rostros congelados en un gesto de confusión, la actitud lela de quien todavía siente como irreal un topetazo de la realidad, un manazo en el pecho dado por el maldito pie de un recién entrado al partido. Y lágrimas silenciosas que empezaban a descorrer las banderas pintadas en los rostros. Y silencio. Y todavía un poco de esperanza por los ocho minutos que quedaban.

Transcurrieron los ocho minutos, la esperanza se difuminó y la multitud empezó a disgregarse callada. Pero Argentina no es el país del silencio y a medida que pasaba el tiempo y el ramalazo de realidad era asimilado, el silencio cedió a los murmullos quejumbrosos y luego a las racionalizaciones y después al reconocimiento de lo que se había hecho aunque no se hubiera ganado y después al orgullo menos escandaloso de haber luchado hasta el último minuto y a la dignidad de poderse quejar por haber perdido una final. El brío volvía a salir y cuando regresé a la estatua de San Martín había grupos de chicos y chicas gritando y ondeando las banderas, y aunque ya pocos voceaban vení decime que se siente muchos gritaban Argentina, Argentina.

Más tarde la gente fue llegando al Obelisco, donde tradicionalmente se concentran los porteños a celebrar lo que haya que celebrar (costumbre que, según una tuitera, haría cagar de la risa a Freud). Y allí la multitud fue más grande que en la plaza San Martín, en una fiesta ya no del triunfo sino del orgullo de haber competido a la altura.

De vuelta a casa, antes de tomar el subte, me encontré con un grupo de gente que avanzaba bajo el resplandor de la pólvora lanzada desde el Obelisco, con una bandera gigante que ocupaba toda la calle. Abuelos, abuelas, padres, madres, hijos y nietos iban tranquilos, esgrimiendo las sonrisas reposadas y sencillas de un orgullo manso, que me parecieron mucho más sólidas, profundas y hermosas que las carcajadas de la preponderancia. Miré al cielo y pensé que los colores de las luces pirotécnicas eran tal vez más pálidos que en las ocasiones triunfales; pero a mí me parecieron más bellos, más humanos, más grandes. Y que alumbraban con más verdad.

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05
07
2014
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El gol de mi selección íntima

Por: Luis Miguel Rivas

¿Qué habrá sido de -¿Jorge se llamaba?-, ese maravilloso diez del equipo infantil de San Lorenzo, en Envigado? Era chiquito, ojiclaro, con esa solvencia de adulto que tienen los niños demasiado conscientes de su talento. Un completo genio; con o sin el balón ostentaba un garbo de aristócrata que para nada pudo haber aprendido en su humilde familia del barrio San Rafael. Con él me di cuenta de ese algo espiritual, de más allá de este mezquino mundo, que tiene el fútbol. Él era el más, el rey, el sin discusión, el diez. Teníamos once o doce años y -¿Jorge se llamaba?- representaba para nosotros el presente y el futuro del equipo y del fútbol y del municipio y del país y de la vida. Pero nunca llegó a nada. Años después me dijeron que se había perdido en el alcohol. Cuando me lo contaron parpadeó debajo de mi tristeza ese solapado alivio que traen las desgraciadas de los mejores que uno.

¿Y qué habrá de La chinga, Carlitos? Moreno, chiquito;  un ratón que cruzaba y recruzaba la calle de punta a punta con sus pasitos cortos y raudos, como escribiendo en letra pegada sobre el pavimento, yendo y viniendo y volviendo a cruzar con el balón ceñido al pie, sin cansarse nunca y sin que nada ni nadie pudiera detenerlo, hasta que le daba la gana de mandar el pelotazo entre las dos piedras que hacían de arquería. La chinga, que fue famoso en el barrio porque lo habían llamado a entrenar en las inferiores del Medellín. Su padre era mesero en restaurantes finos y Carlitos heredó el oficio. La última vez que lo vi, hace más de veinte años, no era el gran futbolista que iba a ser sino un trabajador honesto, un buen ciudadano que hacía angustiosos milagros con el salario mínimo para mantener a su mujer y sus dos hijos.

¿Y dónde estará Ricardo? El hijo de la familia acomodada del barrio, los únicos que tenían casa propia y carro. Usaba tenis de marca y pantalones Levis y Baboo. Y se paraba en la calle (fungiera ésta como cancha o como simple calle) con la doble arrogancia del más rico de los pobres y del calidoso incuestionable. Era muy “técnico” (palabra de adulto que en esa época no conocíamos ni nos importaba) y todo lo suyo daba sensación de limpieza, desde la ropa hasta los movimientos, que parecían recién lavados. Le daban pata tieso y parejo y él siempre seguía como si nada, como si los golpes lo traspasaran, haciendo gambetas con su inasible cuerpo de holograma que aunque estuviera en el suelo no parecía que se hubiera caído. Además de jugar con nosotros jugaba con los grandes, con los duros, con los amigos de su hermano Rafa, que luego empezó a trabajar con la mafia y puso a la familia y a Ricardo a vivir a lo bien. Según tengo entendido Ricardo se dedicó a los negocios que fue adquiriendo su hermano y por eso tampoco llegó a ser futbolista profesional.

Y Manolete, el que le hacía los mandados a las señoras de la cuadra, el mejor defensa, el que de tanto aguantar golpes en su casa había terminado por no sentirlos en ninguna parte, el hijo del borracho, el sumiso al que todos se la montábamos y que dejaba pasar las burlas con la misma imperturbabilidad de granito con que se paraba en el área a no dejar pasar una sola pelota. Aunque hubiera podido llegar a ser uno de los mejores defensas del mundo, Manolo nunca pensó ser futbolista, porque creo que nunca pensó ser nada. Ni siquiera pensó llegar a ser el que fue años después: uno de los sicarios más sanguinarios de don Gustavo Upegui (siempre preocupado por generar oportunidades laborales para la juventud futbolera). Me contaron que terminó tirado en mitad de una calle con el cuerpo hecho un colador, como había dejado él a tantos, antes de que le tocara el turno.

Y Nando, astuto y vigilante, un as para robar balones en la cancha y lo que fuera en donde le dieran papaya, que después se convirtió en abogado; y Juanfer, un señor desde chiquito, correcto y reprimido, que hizo una carrera universitaria, se casó y formó una linda familia. Y los hermanos Beto y Juan Carlos, que en la cancha se entendían como gemelos y que debieron haber nacido haciendo paredes. Y chepe y el mono y Tapias…  todos ellos los mejores jugadores de fútbol de mi vida. Mi íntima selección Colombia de todos los tiempos que no existen.

Los recordé hace poco, a mis cuarenta y cinco años, en otra ciudad de otro país, viendo el partido de Colombia contra Costa de Marfil con un grupo de colombianos menores que yo, que crecieron en barrios distintos pero igualitos al mío y que jugaron en calles parecidas a la mía y en equipos como los míos. Todos los que estábamos en esa reunión íbamos a ser jugadores profesionales en algún momento de nuestras vidas y aunque ninguno lo fue todos lo seguimos siendo; porque quien ha pasado horas y horas de tardes y tardes de años y años jugando fútbol en calles, potreros y canchas, acariciando el anhelo de ver un estadio aplaudiéndolo, ya es un futbolista profesional para toda la vida aunque no lo llegue a ser nunca, aunque luego trabaje como empleado de un almacén o se pase los días en una oficina o se queme las pestañas arañando un posgrado. Son los que se juegan la existencia en el picado del medio día en la empresa, los que se fracturan el fémur en el cotejo con primos y cuñados en un paseo familiar, los que pontifican como eruditos y se arrancan los pelos como entrenadores viendo un encuentro de barrio o una recocha de niños de jardín infantil o una final del campeonato del mundo.

Ahí estábamos, esa tarde del mundial 2014: un obrero de fábrica, un dependiente de almacén, un estudiante becado, un profesional sin trabajo, un ejecutivo en ascenso y un periodista sin periódico, absortos, analíticos, ansiosos, metidos en el partido como si no estuviéramos en la sala de un pequeño apartamento de inmigrante en el centro de Buenos Aires sino en el estadio Nacional Mané Garrincha de Brasilia, sentados en el banco, esperando el posible cambio para entrar a la cancha y arreglar las cosas.

Poco antes de terminar el primer tiempo con empate a cero, Carlos Sánchez intentó un pase de profundidad a Teófilo Gutiérrez, pero el juez de línea levantó la bandera y abortó una jugada que nos hubiera puesto a ganar. David, el dueño de casa, un moreno fornido del barrio Castilla, que llegó a estar en las inferiores del Nacional y que ahora trabaja en la bodega de un almacén de zapatos en la Plaza Miserere, se paró furioso por la falta de malicia de Sánchez y enojado se puso a reconstruir la jugada para mostrarnos cómo debería haber sido, cómo la habría hecho él. Señaló hacia el fondo del apartamento y dijo que por allá venía Sánchez, entre la lavadora y la entrada al patiecito y que lo que debía haber hecho no era mirar solo a Teófilo, que estaba acá en la sala al lado de nosotros, sino a Cuadrado que estaba más cerca y más estratégicamente situado, en la cocina, entre el patio y la sala,  al lado de la mesita del comedor. Vimos a Sanchez entrando desde el patio con la respiración acezante, seguido por dos corpulentos africanos y a Cuadrado en la cocina, escoltado por la mesa del comedor, atento al pase, y a Teófilo ahí en la sala, a nuestro lado, respirándonos en la nuca, entre los sillones desparramados y la mesita de centro llena de ceniceros repletos.

Miré hacia la puerta de garaje que daba a la calle y vi bajo los tres palos a Boubacar Barry, el arquero de Costa de Marfil, nervioso y vociferándole a sus compañeros. Giré la cabeza en dirección contraria, hacia la entrada del patiecito para ver en qué andaba Sánchez, pero en ese momento apareció otra selección en la cancha y a quien vi  fue a Manolete, más vivo que nunca, contento, sin balazos en el cuerpo ni golpes de la vida, que acababa de recuperar el balón y avanzaba imparable desde el fondo de la casa haciéndole quite a la lavadora y forcejeando con la nevera antes de chutar el balón con toda la fuerza de su tristeza ciega en dirección a La chinga que apareció corriendo por la cocineta, sonriente, sin extenuantes horarios nocturnos ni penurias económicas, y que después de bajar el balón con maestría arrancó llevándose la marca de la caneca de basura y la mesita del comedor, antes de ser frenado de golpe por el muro que separaba a la cocina de la sala y no sin antes lanzar un pelotazo que cruzó la puerta y llegó a la sala pasando por encima de nuestras cabezas hasta posarse en los pies alados de un Ricardo que se venía proyectando sin el peso de los negocios densos de la mafia y que al recibir la bola fluyó entre la marca a presión de tres sillones gruesos y el sofá, con sus gambetas de ilusionista, y le hizo un túnel a la mesita de centro para luego entregarle un pase corto a -¿Jorge se llamaba?-, rubicundo, alegre, sin alcohol ni orfandad, que apareció por la derecha y le devolvió el balón en una hermosa pared que dejó a Ricardo frente a la mecedora, lo único que ahora lo separaba del arquero Barry. Pero en vez de chutar directo al arco, Ricardo levantó la bola en un globito que dejó a la mecedora viendo chispas y que -¿Jorge se llamaba?-, interceptó con una palomita que puso el balón en todo el ángulo superior derecho de la arquería, donde había un vidrio roto y donde el pobre Barry nunca podría llegar. Entonces salté de mi silla y grité desgañitándome “Gooooollllllll”, hijueputa, de mi Colombiaaaaaaa queridaaaa!! mientras miraba el tumulto que iban formando La chinga, Ricardo, Manolete, Nando, Juanfer, Beto, Juancarlos y todos los futbolistas del mundo que nunca pudieron ser, apelotonados sobre la humanidad derrumbada en las baldosas de –¿Jorge se llamaba?- y mientras mis amigos me miraban preguntándose si me la había fumado verde.

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17
06
2013
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No me gusta que me miren los niños

Por: Luis Miguel Rivas

Mechas, si está vivo, debe tener veintidós años; la edad que tenía Diego Blandón en esa época.  Y a lo mejor esté haciendo algo similar a lo que hacía Diego esa tarde. Y Diego, si está vivo, tiene cuarenta y dos años.  Pero no sé de ninguno de los dos. A Mechas nunca lo vi y a Diego nunca lo volví a ver. (más…)

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19
05
2012
tareasnohechas

El hombre de la bolsa de plástico

Por: Luis Miguel Rivas

¿A dónde habrá llegado el distinguido señor de la bolsa de plástico enredada en el zapato? ¿Qué hará en este instante? Llevo varios días pensando en él. En ellos.

Lo vi (los vi) por primera y única vez la semana pasada. Caminábamos mi amigo Javier Naranjo y yo por la avenida Pueyrredón, el miércoles a las seis y treinta de la tarde, embebidos en la conversación de dos que hace mucho no se ven y recién se encuentran, cuando apareció aquel hombre en la esquina de Corrientes. Alto, canoso; una cara hecha de líneas firmes, como si lo hubieran acabado de dibujar; ojos negros, como pepas, mirando con fijeza y mansedumbre; un denso abrigo de tela pesada, encima de un chaleco oscuro cruzado por una leontina; zapatos (o por lo menos un zapato), de cuero negro, reluciente.

Caminaba con calma y determinación, tomado de la mano de una mujer delgada y erguida, de boca pequeña y pelo violeta. Se movían como si hubiera alfombras a su paso y como si estuvieran acostumbrados a ellas. Las figuras rectas, los ademanes precisos y el ritmo pausado con que avanzaban en medio del despelote de las siete de la noche en plena Avenida Pueyrredón, les infundía una catadura de otro mundo, un aire ajeno al ajetreo de la hora pico del Buenos Aires de mayo del año 2012.

Desde el primer momento hubiera afirmado que se trataba de forasteros cósmicos si ese universo etéreo no permaneciera atado a las calles concretas por una bolsa de plástico con el letrero: “Supermercado Coto: Yo te conozco”, adherida al pie derecho del hombre. Al principio solo percibí un leve manchón sobre la imagen majestuosa pero a medida que se acercaban, la prolongación artificial adquirió la materialidad informe de un plástico enredado en el pie. Algo irritante. Supuse (deseé), que la excrecencia se desprendería en dos o tres pasos, al contacto con el piso. Pero la pareja siguió avanzando sin inmutarse. Majestuosos, casi hieráticos, arrastraban su apéndice de polietileno. Entonces pensé (anhelé), que el hombre se detendría y pisaría el plástico con el otro pie para luego dar el paso liberador. No lo hizo. Contuve mi impulso de correr a su lado y pisar la bolsa. Siguieron plácidos, embebidos en su charla, indiferentes incluso a la evidencia sonora que dejaba el rastrillar del plástico sobre el asfalto. Así pasaron a mi lado. Los vi seguir hasta perderse entre la muchedumbre afanosa.

Así deben ir caminando en este instante por quién sabe qué sector de la ciudad, absortos, inmateriales, condenados a deambular por las calles de esta época hasta responder por actos cometidos sobre este presente durante tiempos pasados. Comprendí su condición de viajeros de tiempos simultáneos, pero no se lo dije a Javier para no asustarlo. Sé que solo cuando hayan expiado las faltas consumadas en tiempos pretéritos sobre nuestra actualidad, les será arrancada la bolsa de supermercados Coto (Yo te conozco), que sobrellevan con ese estoicismo maquillado de indiferencia.

Solo en ese momento estarán libres para continuar con su destino de trotamundos y trotatiempos. Como tantos seres anónimos, que pasan diariamente a nuestro lado sin que nos percatemos de su presencia simultánea en cinco o diez o más calles de cinco o diez o más épocas distintas.

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29
04
2012
tareasnohechas

La primera persona en persona

Por: Luis Miguel Rivas

Si hablo tanto de mí no es tanto porque yo me importe mucho sino porque es el único tema sobre el cual me siento con alguna autoridad para decir algo. Y porque tengo qué hablar, necesito hablar. Yo nací hablador. Hay mucha gente así. Yo no sé de dónde sacaron en mi pueblo eso de que el que no tiene nada qué decir entonces que se quede callado. Yo hablo precisamente porque no tengo claro lo que tengo qué decir. A ver si lo voy aclarando. Y algunas veces, después de mucho hablar incoherencias, digo algo que se acerca a lo que necesito decir y que no sé lo qué es. Va saliendo. Pero no sale así como así. Eso que necesito decir es huidizo y está hecho de palabras aporreadas y temerosas que no quieren dejarse ver. O que me gobiernan en secreto desde la oscuridad sin que yo sepa su nombre y se aterrorizan ante la sola idea de que las descubra. (más…)

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03
11
2011
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Yo conocí al hombre que descubrió a América

Por: Luis Miguel Rivas

El continente americano fue descubierto en el año 2008, cinco siglos después de la llegada de Cristóbal Colón. El verdadero descubridor se llama Mohamed Fall, ciudadano africano de 32 años, nacido en Liberia, quien se embarcó en el puerto de Dakar, Senegal, buscando su única ruta posible hacia Europa. Una aventura inversa a la que había emprendido el marinero italiano que arribó a Centroamérica en el siglo XV. A diferencia de Colón, Mohamed no zarpó en tres carabelas, ni estuvo acompañado de 90 hombres, ni tenía provisiones para una larga empresa en busca del oro que engrosaría las arcas del imperio español, sino que entró clandestinamente a la bodega de un barco de carga, solo, con pan y agua para doce días, anhelando llegar a un continente ya descubierto para buscar el bien más preciado y escaso en su país: el trabajo. Al igual que Colón a Mohamed le fallaron los cálculos y sus provisiones se acabaron mucho antes del fin del viaje; en vez de motines por parte de una tripulación insatisfecha Mohamed sufrió las exigencias inapelables del hambre y la sed, que lo hubieran matado si el barco no hubiera atracado en una tierra que, como le sucedió a Colón, era distinta a la que se había propuesto descubrir. (más…)

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07
09
2011
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Nueve días detrás de un muerto (notas de un viaje en busca de Dunav Kuzmanich)

Por: Luis Miguel Rivas

A tres metros del que no está

Mayo 14 de 2011. Sábado

El metro de Santiago es limpiecito, ordenado, eficazmente señalizado. Los vagones son impecables y en esa atmósfera de luz blanca y tubos cromados uno siente como si la vida fuera un comercial de televisión. Como viajar dentro de una oficina de Bancolombia. No se ve un cantante que se suba a imponerle su sonido al viaje, no hay un mendigo que lo haga sentir a uno miserable, no existe la inminencia de un robo, no se ven letreros hechos a marcador, ni volantes que anuncien tarotistas o grupos de teatro o clases de mandarín. Yo creo que fue diseñado con base en un riguroso estudio al subte de Buenos Aires para crear un sistema de funcionamiento exactamente opuesto. (más…)

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27
08
2011
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Buscando a Dunav Kuzmanich encontré el comienzo de las protestas estudiantiles en Chile.

Por: Luis Miguel Rivas

(El 9 de agosto del año 2008, en  Santa Fe de Antioquia, murió el cineasta chileno Dunav Kuzmanich. A sus 73 años había dirigido cinco largometrajes en Colombia y, con su cuñado Pepe Sánchez, había creado y realizado la serie Don Chinche, referencia fundamental en la historia de la televisión nacional. Murió acompañado de algunos amigos, rodeado de flores, consecuente con su vida, desconocido por el público, ignorado por las nuevas generaciones de cineastas y olvidado por el mundo cinematográfico del país. Tal cual él mismo lo había querido y propiciado. Entre su herencia dejó más quince películas escritas, una cartilla en la que enseña su método personal de narración cinematográfica y un movimiento audiovisual, conformado por discípulos y amigos, con los que hizo la mejor película colombiana del año 2007: Apocalipsur. (más…)

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