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01
04
2016
tareasnohechas

Réquiem por un chiste

Por: Luis Miguel Rivas

Henos hoy aquí reunidos, amigos y amigas, para rendir un último homenaje y despedir con palabras de agradecimiento a ese chiste tan querido y entrañable que tantas veces nos hizo reír más allá de la reiteración con que hubiese sido escuchado; y tal vez, me atrevería a decir, mucho más cuanto más lo hubiésemos escuchado; ese chiste generoso y noble a quien los nuevos tiempos fueron asfixiando poco a poco, despojándolo de actualidad, arrebatándole la posibilidad de su comprensión, hasta convertirlo en una secuencia de frases desprovistas de sentido para unas nuevas generaciones cuyas prácticas tecnológicas se distancian cada vez más del contexto en que nació, creció y se reprodujo el querido chascarrillo que hoy nos convoca en su postrer momento; sí amigos, hoy estamos aquí para darle un último adiós a nuestro amado chiste del señor Verdugo:

- ¿Aló?
- Sí buenas, ¿la casa del señor Verdugo?
- Sí con el habla.
- Por favor no me cuelgue.

Estoy seguro de que todos los aquí presentes le llevaremos por siempre en nuestros corazones y sé que ninguno de nosotros olvidará el momento en que lo escuchó por vez primera. Me refiero a todos los que alguna vez hubimos de comunicarnos a través de un artefacto que constaba de una bocina susceptible de ser levantada de una base mamotrética en cuyo su centro destacaba una superficie circular con agujeros perfectamente redondos que coincidían con la serie de números del cero a nueve pintados en la superficie de la base mencionada que permanecía atada a la bocina por medio de un cable largo en espiral. Hablo de las personas que para terminar una conversación en ese aparato debíamos descargar la bocina sobre dos columnas rematadas en horquetas de cuyos vértices sobresalían, tímidos, sendos adminículo pequeños y dúctiles que bajaban y subían, no sin cierta connotación erótica, según sostuvieran o no el peso de la bocina. Al acto de descargarla, aunque la bocina no quedaba propiamente colgando, se le llamaba “colgar la llamada”. Tal vez el nombre de la acción vino de tiempos aún más pretéritos cuando los teléfonos permanecían pegados a la pared y apoyar la bocina sobre las horquetas equivalía, de alguna manera, a colgarla, ya que el teléfono, de alguna manera, lo estaba. Ya nadie cuelga una llamada.

Pero no estamos aquí para hacer recuentos históricos ni para quejarnos de la inevitable y benéfica evolución tecnológica, ni mucho menos para añorar la resurrección de nuestro amado chiste del señor Verdugo. Nos hemos reunido para despedirlo, evocarlo y agradecer las alegrías de que nos hizo objeto durante el tiempo de su existencia, a través de ese mecanismo, más antiguo que cualquier artefacto tecnológico, consistente en confundir dos significados diferentes de una misma palabra, y a través del cruce de esos dos sentidos opuestos generar la explosión liberadora del absurdo, cuya onda arrasadora desmorona los imperativos lógicos y las represiones civilizatorias, redimiéndonos por un instante de las opresoras cadenas que tiranizan nuestra mente racional. Hacíendonos, en últimas, completamente libres por un instante, sin darnos mucha cuenta.

Estamos aquí, pues, para reinvidicar la memoria del chiste del señor Verdugo y para recordar a las nuevas generaciones de chistes, en los que se chatea, se gifea, se memea, se retuitea, foloulea, se postea y se instagramea, que su existencia es producto del trabajo y la entrega de una larguísima tradición de chistes anteriores que con precarios instrumentos y poca tecnología entregaron su vida en la lucha por un mundo menos serio. Y que soñamos con esa mañana venturosa en la que todos los chistes del mundo, sin distinciones de ningún tipo, al fin se unirán para hacer explotar el mundo en el instante redentor de una carcajada universalmente unísona.

Categoria: Viajeros

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20
03
2016
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San Cristobal

Por: Luis Miguel Rivas

Se llama Cristóbal, nunca fue un santo y esta es su historia. Lo que le llevó a contármela (él, que poco habla; él, que apenas sabe de cosas nominadas en el crepitar de la mudez), fue la misma razón que cambió el rumbo de su vida: el muchachito.

Llegó a esa fiesta buscando al que, según había descubierto en días anteriores, era el verdadero Patrón. El único ser temido por Don Efrem, su patrón hasta ese momento. Llegó buscando al hombre más poderoso que existiera en estas tierras para ponerse a su servicio, para ser su guerrero, siguiendo el designio que se había autoimpuesto una tarde remota mientras veía arder las paredes de la casa y a los soldados que se llevaban a su hermano.

La semana previa a la fiesta Don Efrem se había reunido con Walter Galeano en la finca de Rionegro para ultimar los detalles de un envío. Cristóbal los escoltaba como siempre, de pie, atento a la más leve inconsistencia de la atmósfera, metralleta en ristre y oído alerta. Al terminar la reunión los capos se dieron la mano.

- Todo va bien. Lo único que espero es que Él no se nos vaya a atravesar en el negocio, porque tiene una ruta que pasa por ahí – dijo Galeano.

La frase, dicha al final de la reunión, y la palabra Él quedaron resonando en el silencio de la tarde. Don Efrem permaneció tieso un instante, apretando la mano de Galeano, y aunque su rostro duro no se modificó una sutil vibración aleteó en sus pestañas. Sólo Cristóbal podría haberlo notado, y le extrañó. Don Efrem, que había acabado (que había mandado a Cristóbal a acabar) con familias enteras sin ningún remilgo; que había eliminado (que había enviado a Cristóbal a eliminar) a los más intocables políticos; que había amedrentado (que había encargado a Cristóbal de amedrentar) a los dueños del país sin que le temblara la voz, no pudo evitar esa reacción; ni otra más sutil: un excedente de aire inflamando el pecho arrogante más de lo habitual; en esa imperceptible infatuación Cristóbal reconoció un sentimiento ya olvidado: el temor. Pero Don Efrem siguió como si nada.

- ¿Y es que ese hijueputa anda por aquí?

- Hace días – contestó Galeano- si quiere saludarlo vaya el sábado a la fiesta de los quince de la hija del doctor Mesa. Allá va a estar.

Don Efrem respondió con una sonrisa de suficiencia y despachó a Galeano con desprecio.

- Yo por ahora no tengo nada que hablar con ese señor. Si me necesita para algo que venga a buscarme.

Esa misma noche Cristóbal empezó a averiguar de quien estaban hablando. Gurbio, el chofer del jefe, lo ilustró largamente sobre la difusa y contundente presencia que estaba detrás de todos los negocios y de la que nadie hablaba: Él; manejaba su inmenso poder desde una sombra cerrada y existía tanto para todos y de una manera tan clara y terrible que nunca se lo mencionaba; iba y venía por todos lados sin que nadie supiera dónde estaba a ciencia cierta, e incluso se decía que muy pocos lo habían visto en persona. Gurbio contó esa noche historias desaforadas (que a otro que no fuera Cristóbal le habrían erizado los pelos), sobre la implacable determinación con que Él regía las cosas, sobre su fría audacia, sobre su terrorífica supremacía; en todas las historias resaltaba la capacidad para eliminar sin dilación ni resquemores, y haciendo uso de cualquier método, los obstáculos que se interpusieran en sus propósitos: personas, familias, empresas, pueblos enteros.

Antes de que Gurbio terminara su relato Cristóbal ya había decidido abandonar a su jefe para ponerse al servicio del verdadero Patrón, del hombre más poderoso; tal cual había hecho dos años antes cuando dejó a Nacho, el comandante de las fuerzas paramilitares, para irse a trabajar con Don Efrem; como ocho años atrás, cuando había abandonado a Robidio, jefe del ejército guerrillero, para irse con el comandante Nacho; con la misma determinación con que aquella tarde remota había decidido unirse a la guerrilla mientras caminaba sobre los rescoldos todavía ardientes de la casa incendiada después de que los soldados se llevaron a su hermano.

El fin de semana pidió una licencia a Don Efrem. Habló con Dayron, el jefe de guardaespaldas del doctor Mesa (compañero de largas y monótonas jornadas de espera mientras su respectivos jefes mezclaban fiesta y negocios), para preguntar detalles de la celebración; y luego llamó a Paula para pedirle que lo invitara. El sábado llegó a la mansión en el alto de Las palmas con la mirada anhelante, atento a la aparición del Más de los más. En el momento propicio lo abordaría. Estaba seguro de que su sola presencia, su aura personal, y dos o tres palabras bastarían para que el Patrón lo llamara a su lado. Sabía que un ser poderoso reconoce a primera vista la inusitada presencia de un hombre que ha perdido el miedo.

Fue directo al segundo piso de la casa, donde ya estaba prendida la parranda, y vio rostros varias veces vistos en otros lugares y fiestas como esa: algunos de los jefes con sus mujeres o sus amantes, políticos reconocidos, militares de civil, empresarios prestantes, curas, periodistas, y la acostumbrada comparsa de damas dudosas, asistentes personales, guardaespaldas, lavaperros y colados. El gremio en realidad era muy pequeño, casi una familia. El doctor Mesa lo saludó cordial y le preguntó por Don Efrem. Cristóbal dijo que no había podido venir y que le mandaba muchos saludos, que luego lo llamaría, y que él estaba ahí por invitación de Paula.

- Bienvenido mijo- le dijo el doctor- usted sabe que ésta es su casa, bien pueda sígase, sírvase lo que quiera y diviértase.

Agarró un whisky de un charol que pasaba y dio sorbos lentos mirando la gente con la sensación extraña de ser un invitado y no un escolta. Vio pasar a Dayron y lo abordó para preguntarle si sabía algo de la llegada del Patrón.

- No se sabe nada, como puede que aparezca puede que no. Él es así. Pero igual todos lo estamos esperando.

Caminó entre los invitados que bailaban al ritmo de una orquesta traída de Puerto Rico, cuando vio a Paula con el niño en la esquina de la terraza. Era sobrina lejana del doctor Mesa, uno de esos parientes pobres que los nuevos ricos meten en su mundo. El doctor la había adoptado y hacía las veces de nana de su hija quinceañera. Cristóbal y ella se habían hecho amigos de tanto encontrarse en fiestas y reuniones en las coincidían Don Efrem y el doctor. Había sido novia de un guardaespaldas de su tío y con él había tenido al niño, pero poco después el hombre apareció muerto en circunstancias confusas (en las que, en un primer momento, quisieron involucrar a Cristóbal). Desde la primera vez que la vio Cristobal había sentido una vibración en el pecho que nunca se manifestó en nada concreto a no ser una eventual risita leve, una mirada de más, una despedida alargada. Nunca la había visto acompañada de su hijo. Se acercó a saludarla, y se deslumbró con la presencia del muchachito: una criatura de cuatro años (Cristobal sabía muy bien su edad), de una belleza de otro mundo; una porcelana recién pulida: los bucles pintados por un artista, la carita redonda y angelical, la mirada pura, y el cuerpecito rechoncho de una de esas figuras que orinan agua en las fuentes de parque; y además, el impresionante parecido con el padre muerto. Estaba pegado a la pierna de Paula, que saludó a Cristóbal con genuina alegría. Hablaron un rato, subiendo la voz por encima del ruido de la orquesta, hasta que la mujer dijo que mejor fueran al patio para poder conversar mejor.

Bajaron las escaleras con el niño agarrado a la pierna de la madre y la mirada trasparente posada en Cristóbal. En el patio el chico se puso a jugar entre los árboles, recogió un palo grueso y largo que había entre la hierba e hizo mandobles ante un enemigo imaginario. Cristóbal le preguntó a la madre sobre la llegada del Patrón y ella contestó lo mismo que había dicho Dayron. Estuvieron un rato charlando en medio del patio desolado, oyendo los ecos de la rumba que llegaban desde la terraza, mientras el niño apuñalaba el aire con el palo. Cristóbal dividía su atención entre los bellos ojos de Paula, la cara del chiquillo que cada tanto fijaba en él su mirada prístina, y la portada de la finca por donde esperaba ver aparecer las luces de las camionetas que traerían al Patrón. Paula interrumpió la charla para contestar el teléfono. Habló un momento y dijo que la necesitaban arriba para algo urgente, que ya volvía. Luego se inclinó ante el niño.

- Sebas ¿Te quedas un ratico con Cristóbal aquí? Me llamó el tío y tengo que ir a hacer algo, pero no me demoro.

Cristóbal la vio subir las escaleras y luego dirigió la mirada ansiosa hacia la portada de la finca. Una sensación extraña, como un roce en el aire que venía desde el suelo, le hizo bajar los ojos. Se encontró con los del niño, fijos en él, las manos apretando el palo con fuerza. La ternura radiante de su expresión había mudado en un gesto oblicuo de malicia adulta; las facciones se habían endurecido y el ceño, cruzado por tres líneas profundas, se había constreñido hasta formar la cara de un hombre viejo y herido. “Qué pasa, campeón”, alcanzó a decir cuando ya recibía un potente palazo en el muslo. Dio un paso atrás sin entender, sobándome la pierna y tratando de conservar la sonrisa, pero el niño avanzó golpeándole, con maneras de energúmeno, una y otra vez, en los brazos, en las piernas, en el torso, hasta donde alcanzaba el palo; “qué pasa, campeón” repitió Cristóbal mientras trataba de apartarlo suavemente. Pero el chico seguía golpeando sin pausa ni orden ni concierto; sus pupilas chispeantes no tenían la simple exaltación de la ferocidad, sino algo más comprimido y denso: odio puro, un odio de alguien mucho más grande, mucho más antiguo que él.

Cristóbal dio vuelta y empezó a alejarse en dirección a la portada; el niño corrió tras él y saltó sobre su espalda agarrándose del cuello con una mano y golpeando con la otra como un jinete colérico. Un fuerte impacto en la cabeza atontó a Cristóbal; alcanzó a pasarse la mano por la frente y vio sus dedos manchados de sangre; trató de conservar la calma pero los golpes, asestados con la fuerza de un adulto fornido, no cesaban; recibió otro porrazo en la coronilla, que lo hizo tambalear y soltó las esclusas de la ira (su antigüa e inveterada ira) que había tratado de retener. Se quitó al muchachito con un manotazo y lo arrojó con toda su fuerza al pavimento. La caída sonó fuerte y Cristóbal avanzó todavía enojado hasta el cuerpo del monstruo para terminar la reprimenda. Pero en el suelo ya no encontró a la fiera que quería matarlo sino el cuerpo indefenso, inocente, de un niño de cuatro años, que se quejaba quedamente. La ira (su alimento, su aliciente, su fuerza) recién desatada se estrelló contra la nada; el enemigo se había esfumado en el aire y había dejado en un su remplazo una criatura delicada y expósita. Apenas alcanzó a respirar hondo, confundido, cuando la cara del niño mudó de nuevo en una expresión torva y el pequeño cuerpo se incorporó abalanzándose en una arremetida más airada aún.

Trató de agarrarlo por los brazos pero el chico se escurrió y descargó un palazo seco en su estómago que le hizo doblarse; luego sintió un golpe en la espalda y otro en la cabeza y uno más en el hombro y ya no supo cuántos más ni en donde, acribillado por un ejército de bestias furibundas que lo hería por todos los flancos y le obnubilaba el entendimiento; hasta que en el momento más agudo del dolor y el desconcierto el instinto aturdido reaccionó. Cristóbal se irguió con todas sus fuerzas, mandó la mano a la pretina y sacó la pistola.

La andanada de golpes paró en seco y Cristóbal se vio de súbito apuntando con una Sig Sauer nueve milímetros a la cabeza de un niño de cuatro años, que además era familiar del doctor Mesa. Movió la cabeza a los lados como tratando de despertar y el monstruo arremetió indiferente a la boca del cañón que le apuntaba. Cristóbal se hizo a un lado para esquivar el embate y en una fracción de segundo alcanzó a ver en los ojos encendidos del muchachito la brutal determinación del hombre que no tiene miedo. Se alejó unos pasos y se puso frente a la criatura, ya no como un adulto ante un niño sino como un hombre ante otro hombre. Levantó la frente, hizo un gesto feroz que dejara claro quien mandaba allí y al mirar fijo a los ojos del enemigo sintió que un excedente de aire inflamaba su pecho arrogante más de lo habitual. Un frío punzante lo paralizó. No era el miedo como lo había conocido en otra época: era desolación, desamparo, la aturdida impotencia de enfrentar un contrincante inconcreto, más fuerte que la fuerza física, más potente que la muerte, que iba y venía por todos lados sin que nadie supiera donde estaba a ciencia cierta. Bajó los brazos, exhausto. El monstruo alcanzó a mandar otros dos golpes que Cristóbal esquivó con desgano cuando al fondo, bajando las escaleras de la casa, apareció Paula.

El chico lanzó el palo entre la hierba, se recompuso la ropa y cuando levantó la cabeza un rostro candoroso y e inmaculado volvió a iluminar la noche. Cristóbal se organizó la camisa como pudo, limpió la sangre de su frente con un pañuelo y dio unos cuantos pasos hasta ubicarse bajo un árbol que obstruía la luz de las lámparas. El niño se ubicó a su lado, angelical, mirando hacia la madre, y en esa posición esperaron a la mujer en la semioscuridad. Cuando Paula se acercó el chico corrió a abrazarla. La madre lo besó y al sentirlo sudoroso y un poco jadeante miró a Cristóbal.

- ¿Se quedaron jugando? Qué fácil que conseguís amiguitos – bromeó.

Cristobal no respondió. Paula dijo que el Patrón había pasado unos pocos minutos por la fiesta y que su tío la había mandado a llamar para que lo saludara rápidamente. Se había reunido en privado con el doctor Mesa y después de dejar el regalo para la quinceañera (un sobre con quinientos mil dólares) había salido sin saludar ni despedirse de nadie.

- Una lástima, vos querías conocerlo ¿cierto?

Cristóbal levantó los hombros sin decir nada y dio vuelta. Paula lo vio alejarse en silencio, convencida de que estaba decepcionado por no haber visto al Patrón. En la portada Cristóbal dio vuelta y observó a la madre y al hijo haciéndole un gesto de despedida con la mano.

Descendió lentamente por los rieles de piedra que llevaban hasta la carretera y a medida que avanzaba empezó a sentir nítidamente el peso de un bulto sobre sus hombros, como si el niño no se hubiera desprendido en el forcejeo; al principio lo adjudicó a una jugarreta de la mente cansada, pero con cada paso el fardo se fue agrandando y la presencia del muchachito se hizo más concreta en su espalda; avanzó con pasos cada vez más dificultosos, el cuerpo paulatinamente encorvado, abrumado por kilos y kilos que se fueron convirtiendo en toneladas hasta alcanzar la densidad del mundo entero. Al dar vuelta en un recodo no pudo más y cayó en una cuneta, al lado de la vía.

Tirado de largo a largo sintió que el peso aumentaba todavía, como si quisiera hundirlo en la tierra, oprimiendo ya no sólo su cuerpo sino sus pensamientos, sus sensaciones, sus recuerdos, presionando hasta desintegrar todo lo que pudiera llamarse Cristóbal y dejar una última sustancia remanente: el odio. Entonces odió al niño con la misma fuerza con la que el peso lo difuminaba, completamente, hasta que la imagen infantil también se desvaneció; y después, no habiendo a quién ni a qué odiar, el odio se odió a sí mismo hasta fundirse en una etérea sustancia esencial de la que estaban hechas todas las cosas: la casa en llamas, su hermano, los soldados, los paramilitares, los guerrilleros, el dolor, el miedo, la ternura, la ira, Don Efrem, Dayron, el doctor Mesa, el niño, Paula…

Cuando cesó el forcejeo hubo un desprendimiento, una liviandad inusitada. Y entonces se vio investido de un tremendo poder sin nombre, de una verdadera ausencia de miedo que no necesitaba la ostentación de la audacia: una potencia tranquila y pobre, más grande que la de cualquier poderoso que hubiera conocido hasta el momento. Y sintió que flotaba, ascendiendo, abrazado al cuerpo del muchachito sonriente.

(Publicado en el suplemento Generación de El Colombiano. Enero 3 de 2016)

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03
2016
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KIKO

Por: Luis Miguel Rivas

(De los cuadernos de Manuel, el mensajero)

Fue cuando llegaron al barrio con el cuento (lo empezaron a decir en la misa y luego en el programa de radio de Baltazar Botero y luego en la televisión) de que lo más importante en la vida no era lo que uno tuviera sino lo que supiera; venir a decirnos eso cuando ya no era hora, cuando la vida de todos los días llevaba años diciéndonos lo contrario con su manera de decir las verdades verdaderas sin palabras bonitas, cuando ya teníamos retequesabido que lo que valía era tener, así no tuviéramos nada, y nos habíamos acostumbrado a pararle bolas al que tuviera así fuera un poquitico más que nosotros, como Kiko, al que la mamá le compraba pelotas grandes de colores y los últimos carros de colección y que se ponía pantalones levis y baboo y zapatos florchein de cuero voltiado, todo original, traído de la USA o comprado aquí pero original, y todo era bonito en él y era como que él fuera mejor persona, ¿por qué?: por algo que no sabíamos, algo que le daba el tener esas cosas, por merecerlas, tal vez, sentíamos, sin saber que lo sentíamos, y eso era lo que hacía tan así es porque es así su superioridad; digo superioridad por ponerle un nombre ahora, pero era otra cosa, aunque por ese mismo lado y aunque así no lo hablábamos en esos días, mejor dicho no lo hablábamos, sólo estaba en el modo de pensar sin palabras, y sin que supiéramos que así pensábamos; no es que uno dijera en voz alta Kiko es superior o más mejor o algo, ni nada, porque Kiko de todas manera era uno de los nuestros, no como los niños de El Poblado o de Laureles a los que veíamos pasar en sus motos o carros y que nos encontrábamos cuando ahorrábamos o nos pagaban buena plata de algún trabajo como repartir directorio telefónicos y nos íbamos para Oviedo a comer hamburguesas del Oeste y allá estábamos un rato y nos devolvíamos a pie para la casa, contentos, un poco superiorizados sin que tampoco lo dijéramos, pero se sentía, eso era un ambiente que se hacía alrededor de uno mientras uno estaba allá en Oviedo y después uno decía o se decía: fui a Oviedo; pero Kiko era como nosotros, vivía en la esquina en una casa de material de dos pisos, más grande y bonita que las de los demás nosotros, pero una casa del barrio de nosotros, y con Kiko uno peleaba, mientras que a los niños de Oviedo ni nos les arrimábamos, aunque nadie nunca nos dijo que no nos les podíamos arrimar, pero había una cosa que no dejaba que lo hiciéramos, ni ellos a nosotros, un ambiente, en cambio Kiko sí era nuestro, incluso yo lo casqué una vez que peleamos y le pegué con una rabia que no sabía yo que era tanta porque me acuerdo que le pegué con mucha más rabia que la que usaba para otras cosas, como respondiéndole, ahora que lo pienso, a como él se sentía con respecto a nosotros, algo de distinto maluco, no un distinto de ser diferente sino un distinto que chuzaba en el pecho con puyita puntuda de desprecio escondida entre la risa querida mientras nos mostraba el atari que me mandó mi tío de la USA y la pista de seis carriles que me compró mi mamá, y no sé por qué esa manera de decirlo que no era tranquila como decir vení miremos ésto que tan bacano, era como explayando una mejoridad maluca que nos empeorizaba, y que así todos estuviéramos recién bañados era como si estuviéramos más sucios, algo de separado por encima tenía él aunque estuviera siempre al lado de nosotros; el caso es que cuando empezaron con el cuento de que uno era lo que sabía y no lo que tenía, que lo que uno sabía no iba a desaparecer, que el verdadero hombre superior era el que sabía más y esas cosas… eso era como que todos éramos iguales otra vez y que volviéramos a arrancar desde el principio. Pero qué va.

Entonces fue cuando Kiko dejó de salir o mejor dicho no estaba tanto en la calle y se encerraba a leer revistas y libros de comics y hasta de los otros que no tenían dibujos, que la mamá le compraba y a ver películas interesantes en el betamax y a oír música sin letra que se demoraba mucho, pudiendo no tener que gastarle pensadera a la comida de mañana y al arriendo del otro mes y el tío le mandó tremendo walkman con una colección de cassettes de salsa y de rock y se aprendía los nombres de los cantantes de todos los grupos y los de todas las canciones de todos los longplays y por las noches llegaba a la esquina y se nos paraba a pivotear sus saberes en el pavimento y no nos dejaba decir ni mú, hable y hable y cuente cosas importantes de países y músicas y gustos lejísimos de nosotros, haciendo maromas con la tremenda pelota nueva que sólo él podía tener, un juguete, este sí, que no teníamos ni la más remota esperanza de acariciar algún día porque exigía algo mucho más imposible de conseguir que la plata: tiempo tranquilo, mucho tiempo tranquilo, la cabeza sin el afán de resolver el día y sin el muro de siempre del no hay y sin el dedo de la necesidad chuzando puntudo a toda hora en el hombro del corazón, había que estar sin el gusano de la poquitez carcomiendo hondo pecho adentro hasta donde uno ya no se da ni cuenta de que lo tiene para toda la vida y que así llegue a conseguir billete ya no se le desenquista su voz gusana diciendo para qué esas cosas, usted dedíquese a lo suyo no se las dé de lo que no es, y de pronto uno se le revelaba al gusano y usted que no está haciendo nada, decía la mamá viéndolo a uno sentado con un libro en la sala, porque no mejor va a la tienda y le dice a don Roberto que me mande un libra de panela y la anote en el cuaderno que el fin de semana le cancelo, y así uno estuviera vagando en la esquina una voz mandaba que eso era más trabajo que estar pendejiando con las pendejadas inútiles de nada concreto; y Kiko seguía hablando de sus cosas y fue aprendiendo inglés y decía muchas palabras, rebotando su gran pelota frente a nuestras caras y se fue alejando, superiorizándose más, ahora sí haciéndose más distinto de verdad y cada vez en lo que hablaba, en lo que le interesaba, en la manera de mirarnos era como si se hubiera ido a vivir a otro barrio, como si los muchachitos de El Poblado y de Laureles no se hubieran quedado en su cuadra compitiendo entre ellos con la pelota de colores que todos podían tener y se nos hubieran metido en nuestra propio barrio a refregárnosla; y no solo Kiko nos cogió pereza y nosotros le cogimos pereza a él sino que le cogimos todavía más pereza a sus juguetes ajenos que nos achiquitaban y fue por esa época que yo no podía ver un libro porque me daba rabia ni oír por ahí en la calle algún pedazo de esas músicas largas sin cantantes porque sentía que me estaban insultando los que la oían con su yo sé yo vi yo sí yo oí yo fui yo entendí; y todos nosotros respondimos con el desprecio, achiquitando también eso con lo que nos querían achiquitar más y que dizque era lo que nos iba a agrandar según el cura y la televisión y Baltazar Botero.

Eso es lo que nunca le perdoné a Kiko, que al tiempo se fue del barrio y entró a la universidad y hoy como que es todo un doctor y que tales, porque con los años vi lo chévere de los juguetes enchiquitadores, y me dio por pensar que el problema no eran esas cosas sino Kiko y que tampoco era Kiko sino otra cosa y que en verdad el más mejor sí es el que más sabe y no el que más tiene, sólo que el que más tiene es el que más puede saber; nosotros con los años nos convertimos en las cosas concretas que podíamos ser de acuerdo a cada uno: obreros y tenderos y sicarios y técnicos de computadores y vendedores puerta a puerta y albañiles y mandaderos de mafiosos y borrachos y testigos de jehová y bazuqueros y empleados de los que habían sido los niños de El poblado y Laureles; de eso no me quejo, eso somos, así vivimos a nuestra manera y en medio de todo a veces no la pasamos tan mal.

En estos días Lucho, que es el de oficios varios en un almacén de computadores del centro, se pilló al doctor Kiko en el facebook y le pidió la amistad, y después hizo un video y se lo mandó; estábamos en la tienda de Roberto cuando Lucho nos mostró en su celular el video en que le dice quiubo mijo Kiko tiempo sin pillarlo, me acuerdo mucho de usted, le voy a mostrar mi biblioteca y le da la espalda a la cámara se baja los pantalones y se tira un pedo sonoro: todos largamos la carcajada, algunos se doblaban de la risa. Yo reí hasta que se me salieron las lágrimas y seguí soltando lágrimas y lágrimas un rato largo, haciéndome el que me seguía riendo.

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02
2016
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La reina de la espera

Por: Luis Miguel Rivas

Foto: Darío González Foto: Darío González

“A la Gorda de Botero nunca le ha llegado la persona con la que se tenía que encontrar y sigue ahí, tranquila, sin mirar la hora, impasible en medio del ajetreo de la Calle Colombia y del agite de la zona más agitada de la ciudad; doscientos cincuenta kilos de paciencia neta”, me dije esa tarde, ahí, recostado en el muslo derecho de la Gorda, mientras Doris no llegaba. “¿Entonces qué hago yo preocupándome por quince minutos de retraso?”, seguí pensando, y la reflexión sirvió para distensionarme un poco pero no para hacer que Doris apareciera. Porque nunca llegó.

Cuando me cansé de esperar y me di cuenta de que no tenía nada para hacer porque había apostado todo mi futuro inmediato a ese encuentro frustrado, crucé la calle Colombia y seguí por el parque de Berrío, a la deriva. Me metí entre la gente de un corrillo que se había formado frente a las escaleras de la estación del metro. Un mentalista estaba demostrando sus poderes telepáticos y en el preciso momento en que llegué dijo que necesitaba un voluntario para hacer una prueba. No recuerdo si me señaló o yo mismo, en medio del desparche, me ofrecí, pero el caso es que a los diez segundos estaba en todo el centro del gentío, con los ojos vendados y sacando cartas de un mazo que el mentalista ponía en mis manos. (Aprovecho aquí para aclarar a la opinión pública y a las personas de mi barrio que lean este artículo, que nunca he trabajado para ningún mago, como lo difundieron algunos malintencionados vecinos que casual e infortunadamente pasaron por el lugar en el momento en que yo brindaba mi valiosa colaboración al artista). Una vez hecho mi aporte a la demostración de los poderes del hombre me fue retirada la venda y el público aplaudió. Aunque sabía que el aplauso iba dirigido al mentalista sentí que parte de ese reconocimiento me correspondía y me puse muy feliz porque nunca nadie en mi vida hasta ese momento me había aplaudido. Cuando se deshizo el corrillo me quedé parado en mitad del parque de Berrío. Me sentía raro, liviano. Los vestigios de cualquier amargura o tristeza habían desparecido bajo el influjo prodigioso del aplauso inesperado. Me sentí casi feliz y en ese instante me reconcilié con Doris, con la ciudad y con el mundo.

Caminé hasta la iglesia de La Candelaria, me acerqué a un vendedor de tintos y le pedí una aromática. Estaba revolviendo el azúcar cuando cruzó Ella con pasos apresurados. “Tiene las treinta y seis señales de la belleza absoluta”, me dije. Aunque nadie se dio cuenta yo vi cómo el aire chisporroteaba con el aleteo de su pelo negro y la densidad del ambiente se difuminaba ante su presencia que parecía avanzar abriendo puertas. La seguí con el mismo impulso ciego que me hizo acercarme al corrillo. Llegó a la esquina de Colombia con Palacé y cruzó en dirección al Banco de la República. Subió las escaleras, dio una mirada general a la gente que había en el lugar, ojeó su reloj y fue a pararse al lado de la Gorda. Las dos mujeres más notables de la cuidad en ese momento se veían hermosas, una al lado de la otra. Contemplé a la Gorda con devoción: soberana del centro, madre descabezada de los vendedores de tinto, hada manca de los mangueros, matrona de los jubilados, protectora de los loteros, faro de los transeúntes apresurados, madrina de los bonaiceros, y silenciosa reina de los ciudadanos distraídos. Pero sobre todo: diosa medellinense de los esperadores.

Y ahí estaban, diseminados alrededor del inmenso torso desnudo, mis hermanos, los que hasta hace poco me habían acompañado en el minucioso ejercicio de la espera: hombres y mujeres de todas las edades y condiciones: erguidos mirando con ilusión hacia el fondo de la calle o dando pasos cortos y vueltas en círculo o ecuánimes como monjes budistas o ansiosos escrutadores de la hora o evadidos en el sonido de sus audífonos; sentados en la loza de la plataforma, apoyados en las suculentas piernas de la matrona o apertrechados bajo su vientre como si hubieran acabado de ser paridos con ropa y en pleno centro de la ciudad. La cofradía de los que gravitan en ese tiempo sin tiempo que comprime el recuerdo, el ahora y el anhelo; esa síntesis de la eternidad que es el aguardar. Cautivos del “con qué vestido vendrá”, del “qué me irá a decir”, del “por qué se tarda”, del “qué le pasaría”, del “qué cara traerá”, del “ahí viene”, del “ese no es”, del “casi que no”, del “si me voy llega”.

Sentí que por primera vez pertenecía a algo. Crucé la calle, subí las escaleras fingiendo mirar el reloj y volví al sitio donde había esperado a Doris, sintiendo en mi espalda la frescura titilante de las goticas de la fuente del banco. Desde ahí la contemplé de reojo. Ella miraba cada tanto en dirección a la calle Boyacá. Pocos minutos después empezó a zapatear con impaciencia y se me ocurrió que le podría haber pasado lo mismo que a mí. Pensé en esos hijos solitarios de la Gorda que se paran a su lado a fingir una espera, atentos a que a alguien lo dejen esperando para aventurar la posibilidad de un encuentro de consolación. Imaginé que ella miraba su reloj por última vez y que cuando se resignaba al desencuentro yo me acercaba y le hablaba con amable distancia.

—Qué pereza la gente incumplida, ¿no cierto?

Y ella, aunque no tenía ganas de hablar, contestaba para no ser grosera.

—Sí.

—Es un irrespeto —insitía yo—. Que al menos avisaran para uno saber con qué cuenta o hacer otras cosas.

Ella volteaba a mirarme con reserva pero se encontraba con mi rostro desprevenido y, sin saber por qué, se sentía en confianza para compartir una queja.

—Sí, yo no sé para qué uno es cumplido si la gente no cumple —decía con su voz dulce y firme—. A mí todo el mundo me llega tarde o no me llega y yo sigo siendo puntual. Bobo que es uno.

—Si le consuela saber que no es la única —le decía yo con una sonrisa.

Y empezábamos a hablar y nos íbamos a tomar una gaseosa en alguna cafetería. Y cuando ya estábamos conversando todos animados, oí una voz gruesa: “Hola mi amor”. Abrí los ojos y vi a un hombre alto y elegante que le tapaba los ojos por la espalda. Ella giró con la sonrisa plena del amor sincronizado. Se besaron y salieron tomados de la mano buscando Junín. Cualquier vestigio de amargura o tristeza que aún quedara en mí fue borrado por el influjo prodigioso de esa alegría que de tan real era también mía. Los vi alejarse y caminé despacio, liviano, en dirección a Bolívar. Cuando llegué a la esquina sonó el teléfono. Era Doris. Pero no contesté.

(Publicado en la revista PIT: Puntos de Información Turística, Alcaldía de Medellín, diciembre de 2015)

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02
02
2016
tareasnohechas

Diálogo junto a una caneca

Por: Luis Miguel Rivas

Dos hombres se encuentran al lado de la caneca de basura que hay en mitad de la cuadra. Uno acaba de llegar con la bolsa en la mano para arrojarla y el otro se dispone a escarbar en la caneca. Casi chocan al inclinarse.

- Bien pueda – dice el hombre que va a botar la bolsa.

- No, proceda usted primero porque yo me demoro –contesta el que va a escarbar.

- No, por favor –dice el primero- usted está más necesitado.

- No, tranquilo, proceda usted que se ve más necesitado que yo.

El primer hombre se extraña, mira su indumentaria para comprobar si salió muy mal trajeado a la calle. Tiene chanclas, pantaloneta y la camiseta con algún rotico. Pero no considera que sea para verse muy necesitado. Se ofende un poco. Mira al primer hombre que lo mira mirarse.

- ¿Por qué lo dice?

- Se le ve que necesita salir rápido de esta situación tan incómoda.

Al primer hombre, que siempre se ha considerado una persona sin prejuicios, progresista y con marcada conciencia social, le molesta sentirse juzgado desde el prejuicio.

- ¿Y por qué habría de ser una situación incómoda?

- ¿Es que acaso le gusta el olor de la basura?

- Pues no, claro que no, pero usted llegó primero que yo y creo tiene derecho a hacer lo que vaya a hacer en primer término; y luego, cuando deje el espacio libre, yo puedo tirar mi basura.

- Ya le dije que me demoro.

- Ya le dije que yo puedo esperar- dice el primer hombre con enfática sequedad.

- ¿Está seguro de que no le molesta el olor?

- A decir verdad sí, un poco, pero lo justo es lo justo y usted estaba primero.

- Tiene razón, pero me da un poco de pena con usted, porque yo estoy más acostumbrado a estos efluvios y puedo soportarlos, pero usted…

- ¿Yo qué? – dice el primer hombre, herido en su orgullo de persona sensible a las necesidades de los necesitados.

- No, disculpe, no es para que se ofenda, es sólo que veo que usted…

- ¿Qué ve, qué ve? ¿Qué está queriendo insinuar? –interrumpe el primer hombre.

- Nada, solo que a usted le debe incomodar.

- Ya le dije que no me incomoda. Estoy por pensar que el que está incómodo es otro. ¿Acaso le molesta mi presencia? – reclama, indignado, el primer hombre.

- No es tanto que me incomode, sino que no estoy acostumbrado a buscar comida en la caneca con alguien esperando a mi lado – aclara el segundo hombre buscando resarcir la susceptibilidad herida.

- ¿Ah sí? Eso si no se lo creo– dice el primer hombre con el aire suficiente de quien descubre en falta a otro- Entonces cuando coinciden dos de ustedes para buscar comida y uno llegó antes que el otro ¿qué hacen?

- ¿Dos de “ustedes”? ¿A qué se refiere con dos de “ustedes”? –dice el segundo hombre tomando la posta de la indignación.

- Pues a lo que oye: dos de ustedes –el primer hombre se interrumpe, duda, y se explica- pero no me malentienda, no quiero decir…

- ¿O sea que hay un “nosotros” y un “ustedes”? –interrumpe ahora el segundo hombre- ¿Ustedes entre ustedes mismos se llaman “nosotros” y nos ven a nosotros como los “ustedes”? y ahora dígame: ¿Quiénes somos nosotros para ustedes?

El segundo hombre se queda reflexionando un momento. Recupera la frase entera del diálogo del mismo modo que el lector habrá tenido que releerla y por fin la entiende. Decide que sólo se trata de un juego de palabras con el que “el otro” quiere poner en cuestión su sincero progresismo.

- Mire, no se me haga el vivo. Cuando digo “ustedes” no estoy haciendo ningún tipo de discriminación, si es lo que maliciosamente quiere insinuar. Solo me estoy refiriendo a que hay personas que buscan comida en las canecas de basura y otras que no. En este caso yo, por razones de la suerte, del destino, de la auto superación, por capricho del autor o por lo que sea, soy el que bota la basura y por tanto no soy parte de su “nosotros”. Es simple, no hay ningún juicio de valor en eso. Hablo sólo de personas que ejercen una actividad y de otras que no.

- Ummmm

- Pero aclarado este asunto volvamos a la pregunta para que vayamos solucionando este problemita de una vez: cuando coinciden dos de ustedes en la misma caneca para buscar comida ¿qué hacen entonces?

El segundo hombre mira fijo al primero, piensa un momento, como recordando.

- Simplemente uno de los dos se va a buscar otra caneca. Hay muchas en la ciudad.

El primer hombre mira al segundo que lo mira impasible sin moverse de su sitio.

- ¿Me está insinuado que me vaya a buscar otra caneca para botar mi basura?

- No lo había pensado de esa manera, pero no me parece una mala idea.

- Pues no señor- dice el primer hombre con actitud de no poderlo creer-¿Me está echando de mi propia cuadra?

- Yo no he dicho eso… –empieza a decir el segundo hombre, se interrumpe, piensa un poco y luego continúa- …pero la próxima caneca está cerca. A una cuadra precisamente.

- Sí, ya lo sé, pero tengo que decirle que así como usted llegó primero a esta caneca yo llegué mucho antes que usted a esta cuadra. De hecho es la primera vez que lo veo.

- Yo vengo por aquí hace mucho tiempo, lo que puede haber ocurrido es que siempre paso en horas distintas a las que usted escoge para salir a botar la basura. Que no me haya visto no quiere decir que no hubiera existido.

El primer hombre mira desconfiado.

- ¿Y desde cuando viene por aquí? A ver…

- Desde hace unos tres años.

- Ahí lo tiene: yo vivo en este barrio hace cinco.

- Bueno.

- ¿Bueno qué?

- Que me parece bien que viva aquí hace cinco años, pero eso no quiere decir que sea el dueño del barrio.

- Y usted tampoco es el dueño de la caneca.

- Está bien –dice el segundo hombre, cansado- entonces bote primero la basura, se va a su casa y yo me quedo buscando comida y sanseacabó.

- ¿Así de fácil quiere acabar el asunto? ¿Me quiere además decir lo que tengo que hacer?

El hombre que quiere buscar comida hace un gesto de hartazgo.

- Bahh- dice como espantando moscas con la mano y da vuelta para irse.

- Un momento. Usted a mí me respeta – vocifera el primer hombre interponiéndose en su camino.

- Yo no estoy irrespetando a nadie.

- Sí señor, me está ignorando.

- ¿Ignorando a quién?

El primer hombre levanta la bolsa de la basura a la altura de la cabeza del segundo pero detiene el acto a mitad de camino. Las aletas de la nariz del segundo hombre se mueven, olisquean un descubrimiento.

- Huele a carne horneada.

El primer hombre mira su mano agarrando la bolsa. La baja.

- Sí, son las sobras de la comida de anoche –contesta.

- ¿Y qué tal si usted me regala su bolsa? – dice el segundo hombre.

El primer hombre se contraría.

- No, cómo se le ocurre. Eso sería tranquilizar mi consciencia regalando las sobras.

El segundo hombre reflexiona, mueve la cabeza arriba y abajo.

- Sí, comprendo –mira en silencio a los techos de las casas y se le ocurre una idea- ¿Y qué tal si me da plata?

- No tengo -se apresura el primer hombre- o a decir verdad… sí tengo algo, pero es la plata de las cuotas de…

- Sí, tiene razón – interrumpe el segundo hombre cayendo en cuenta de su error.

Se quedan en silencio unos segundos. El primero se siente mal. Luego de discutir consigo mismo se manda la mano al bolsillo de la pantaloneta y saca la billetera. Habla como si hubiera sido herido.

- Pero vea –saca unos billetes y los extiende- voy a sacrificar las cuotas, después veré qué hago…

El segundo hombre mira el gesto de expósito del primer hombre con los billetes en la mano.

- No, disculpe, pero no puedo aceptarlo. En ese caso sería yo quien se sentiría mal.

El primer hombre vuelve a guardar los billetes. Se quedan en silencio evitándose las miradas.

- ¿Sabe qué? Creo que ya no tengo hambre de las cosas de esta caneca –dice al cabo el segundo hombre- mejor me voy a otra cuadra.

- ¿Y sabe qué? A mí se me quitaron las ganas de botar la basura en esta caneca – dice el primer hombre para no quedarse atrás.

- Bueno, adiós, que tenga usted un buen día- dice el segundo y sale hacia la izquierda.

- Lo mismo para usted. Mucha suerte en sus cosas – contesta el primer hombre con una reverencia y arranca en dirección contraria, hacia la cuadra siguiente donde hay otra caneca.

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19
01
2016
tareasnohechas

Carlitos Jaramillo rambotizado

Por: Luis Miguel Rivas

Para Ana María Betancur a quien le oí mencionar el término por primera vez.

“Jajaja, estúpido lamesuelas, mamerto arrastrado”, contestó Carlitos Jaramillo en el facebook dando término a la polémica que había empezado en la mañana con alguien que no conocía; volvió al tuiter, miró una vez más las notificaciones y las frases de su TL, respondió a dos de ellas con frases afiladas y luego sentenció lo que para él era el actual gobierno y la clase de hampones en cuyas manos estábamos; abrió otra ventana, fue a un blog de series de televisión para mirar los comentarios sobre The Good Wife, de la que acababa de terminar las últimas temporadas en una maratónica jornada que le ocupó tres días con sus noches; hizo un gesto de supremo desprecio leyendo el primer comentario, “Este estúpido no ha visto nada” refunfuño; entró a Instagram, ojeó fotos al azar unos minutos; abrió otra ventana y dio una pasada a la colección de chicas semi viringas que estiraban la trompa y la mano frente al espejo; volvió al facebook y miró si el de la polémica le había contestado algo; entró de nuevo a tuiter, revisó notificaciones y estalkeó a una chica que se veía muy buena en el avatar; miró gifs y retuiteó dos que lo hicieron reír; luego abrió el skype, donde había dos notificaciones: una llamada perdida de su madre y el aviso del cumpleaños de su primo Andrés. Vio la fecha: 15 de mayo. Iba a minimizar la ventana para volver a facebook cuando vio la fecha de nuevo: 15 de mayo. Miró hacia corcho de la pared, frente al escritorio; pegada a éste, con un chinche rojo, había una hoja de Excel con un cronograma en el que se destacaba un círculo violeta con la fecha: “15 de junio. Entrega final”. Se quedó mirando el círculo violeta mientras hacía cuentas mentales y abrió grande los ojos; se llevó las manos a la cabeza y brincó de la silla aterrorizado: “Marica, apenas tengo un mes y no he empezado”, casi gritó. Y a partir de ese momento comenzó su proceso de rambotización.

Se demoró en dormirse, acosado por el retumbar de su propias palabras: “Marica, me súperrequete cogió el día”; esa voz en off que era la suya y a la vez ajena tenía el tono de una advertencia letal, la señal de un abismo por el que estaba a punto de despeñarse. Cuando por fin logró dormirse soñó que corría jadeante por una selva agreste, perseguido por un batallón de soldados y perros rabiosos; se resguardó en el tronco hueco de un árbol, alertó el oído para ubicar a sus persecutores y en el murmullo del viento entre las ramas reconoció la voz de su madre, susurrante y monótona: “Mijo, ¿usted no ha hecho nada?”. Saltó de su escondite desesperado y empezó a correr mientras oía a sus espaldas la jauría de perros sabuesos cuyos ladridos se trasmutaban en la voz ronca de su padre: “Este güevón si no sirvió fue pa nada en la vida”; redobló el paso con el corazón agitado y entró en una manigua de lianas, ramas y hojas de árboles deformes y antiguos, y cuando menos pensó estaba vadeando un pantano espeso infestado de fieras acechantes: cocodrilos que tenían la cara de Felipe, su primo ingeniero y exitoso; serpientes con la sonrisa de su tía Beatriz, la de Llanogrande, cuando tomaba café en el parque Lleras; un mostruo de Gila marcando un celular de última denominación y mirándolo con el gesto suficiente de su prima Nati; un hipopótamo abriendo las fauces como su tío Carlos, insigne empresario, cuando bostezaba.

Carlitos fuerza sus pasos entre la sustancia viscosa hasta que logra remontar la orilla y sigue a toda carrera sin dejar de sentir en sus espaldas los ladridos, los silbidos, los ronquidos; llega al borde de un risco donde resbala sobre una piedra y se desbarranca entre ramas, piedras y espinas, que lo cortan, lo chuzan y lo traspasan antes de quedar tirado en la rivera de un río borrascoso. Allí, yaciente, el sonido del viento se vuelve a concretar en la voz de su mamá: “ Mijo, usted cuándo es que va a aterrizar”. Y esa voz es la que lleva la desesperación hasta las últimas consecuencias y dispara en Carlitos Jaramillo la determinación urgente de enfrentar al enemigo a como dé lugar; sobreponiéndose al dolor y la debilidad saca su cuchillo de la pretina, corta la piel para sacar una astilla que se le ha atravesado en el abdomen y se pone de pie para enfrentar al Rinoceronte con la cara de su tío, gerente general de una multinacional, que se acerca amenazante. Carlitos esgrime su arco cargado de flecha metálica, que quién sabe de dónde apareció, y apunta a la frente del rinoceronte, al ladito del cuerno, mientras mira fijo, con la boca torcida en un gesto de desprecio y dureza hechos de dolor: “Vivir por nada o morir por algo”, dice apuntando con su flecha al tío-enemigo que lo tilda de vago e inútil.

Y así es como Carlitos Jaramillo se despierta al otro día a la seis de la mañana con la balaca en la cabeza, la ametralladora en ristre, la canana en bandolera y se tira de la cama dispuesto a enfrentar el mundo y las responsabilidades, a ver cómo es que es la vaina, carajo; irrumpe en la mañana como un volcán, con la determinación de embutir en una sola jornada todos los días en que no ha hecho nada; limpia la casa como dando bala, organiza su habitación cumpliendo una misión imperiosa; barre meticulosa, apresuradamente, y trapea los pisos restregando entre bufidos; luego irrumpe en el computador ignorando el intenet para ir directo a la carpeta de la tesis; mira archivos y lee y corrige y escribe, agitado; luego salta hacia la biblioteca y como apuntando con un arma toma un libro y se lo lee a toda velocidad; vuelve a entrar a saco de mata en la pieza y escribe un cuento, estudia un documento pendiente, toma notas; al medio día sale a pagar los servicios públicos que se habían vencido; a medida que está más activo va adquiriendo más energía y más orgullo; al regresar a casa nota la suciedad y el desorden en que tienen la portería del edificio y llama a la administración a decir que qué es esa falta de diligencia; vuelve al computador y trabaja compulsivamente; llama a la librería donde encargó un libro que le hace falta para completar la bibliografía y dice:Lo necesito para más tardar mañana; almuerza de prisa, de pie, mientras habla por teléfono con los compañeros del grupo de estudio diciéndoles que cuando es que se van a reunir pues, que qué es esa vagancia, y los compañeros le dicen: Te echás a las petacas y cuando te da por correr querés poner a correr a todo el mundo, volvete serio; Carlitos cuelga indignado con el cinismo de la gente, por eso es que estamos como estamos; asalta la habitación, se lanza hacia el computador y trabaja, escribe varias páginas, revisa la bibliografía que le falta, lee artículos científicos, responde correos pendientes, hace una lista de citas que le sirven para su trabajo; al finalizar la tarde se levanta abruptamente y va a la cocina, la limpia dejándola reluciente y luego acomete el baño armado de cepillo, jabón y esponjillas; refriega las baldosas con énfasis, resoplando, sudando, se diría que con rabia, hasta dejarlo blanquito; luego vuelve a la habitación y esa noche del primer día de la rambotización permanece frente al teclado organizando cuadros en excel, cuadrando presupuestos, enumerando tareas, definiendo estrategias, hasta las dos y media de la mañana, hora en la que cae exhausto en la cama, con una sonrisa de orgullosa satisfacción.

Al día siguiente ataca el día desde las seis de la mañana. Sale a trotar y vuelve a clavarse en el computador; de vez en cuando mira con cierto desprecio el loguito del google crome en la parte inferior de la pantalla y continúa su jornada guerrera, que se desarrolla más o menos como la jornada anterior. Al tercer día, un tanto satisfecho por lo adelantado, con los ladridos de los perros acallados, con la voz de la madre amordazada, con las miradas de las fieras controladas, baja el ritmo. Al cuarto día el loguito del google crome vuelve a tomar color y titila ante su vista. Carlitos le da click y entra a facebook y revisa tuiter. Trabaja un rato y cada tanto da una pasada para mirar posts y notificaciones. En la noche busca la última serie que no se ha visto y entra a los foros recargado de energía.

Al quinto día se levanta de la cama a las once de la mañana y va directo al computador; y en el computador va directo al internet; busca si el tipo de la polémica le respondió, mira las notificaciones en su TL, responde a dos de ellas con frases afiladas y luego sentencia lo que para él es la situación actual del mundo y sus causas; abre otra ventana y va al blog de las series televisivas para mirar los comentarios, ojea las fotos en instagram, estalkea a otra chica que también se ve muy buena en el avatar, mira gifs y retuitea, vuelve a mirar las notificaciones… retoma su vida.

Hasta dos o tres semanas después, cuando volverá a encontrarse de frente con la fecha perentoria y se verá perseguido por las fieras que lo transformarán en Rambo por unos días.

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12
01
2016
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Días de enero

Por: Luis Miguel Rivas

Me despierto en un día (¿qué día es hoy?) de los primeros de enero. Salgo de la cama y empiezo a fluir en la sustancia sin recipiente que es el tiempo de los comienzos de año. Hago mis rutinas de siempre, de cualquier día. Mi café de la mañana es siempre sólo el café de la mañana y nunca el café del lunes o del martes o del domingo en la mañana. Cuando salga a la calle, al mundo de afuera, a esa instancia que antes de mí nombró las cosas, y entre (sí: entre afuera), recibiré la imposición del nombre para hoy, podré saber en qué momento de la semana debo estar y acomodarme a él.

La calle, de entrada, me dice un nombre general: día de semana o sábado o domingo. Al primero lo nombra el ajetreo: los múltiples pasos que atarean el asfalto, los fugaces presentes de carros y carros cruzando ante mis ojos (cada carro que se aleja entra en mi pasado y sigue – ¿hacia dónde?- cargando de presente a quienes lo tripulan); broncos motores arrinconan el silencio en minúsculas grietas cada vez más imperceptibles; abiertas puertas a los mundos coloridos y densos de negocios y bares; voces que compran y que venden; mochilas escolares cabalgan en espaldas de cuerpos que cabalgan sus ciclas. Una cuerda templa el ánimo de todos (sólo acogiéndose a ese temple es posible enfrentar el temple de los otros).

Al sábado lo nombran esos mismos elementos pero más cansados, más poquitos, menos enfáticos; además del suplemento semanal de cultura en el kiosko de la esquina. La cuerda menos tensa, más tranquila la mano que la templa, pero sin soltar el apriete.

Al domingo lo nombra la soleada soledad de la mañana, la apacible placidez de las calles por fin solas como un viejo al que han dejado de molestar los muchachitos; el solo sonido del viento y el paso esporádico de un carro que resalta el silencio; los ebrios ya sin bríos; tenis y sudaderas como uniformes de los buenos propósitos.

Anteayer cuando salí a la calle era domingo; antier al abrir la puerta era el mismo día; ayer cuando volví a salir también lo era; y hoy que salgo de nuevo vuelve a ser. Pregunto a un conocido: ¿Qué día es hoy?, Jueves, contesta. El mundo se ha ido a descansar y ha olvidado dejar el papelito con el nombre encima de cada jornada para que las reconozcamos quienes nos quedamos; lindos días genéricos como ciertos medicamentos; como han sido ellos mismos antes de los nombres, antes de meter el olor en un frasquito. Días como esos televisores que vendían en Maicao: filados en extensos anaqueles, todos iguales, en inmensas bodegas. Uno llegaba y decía: Quiero un televisor; Qué marca quiere, decía el vendedor (todas las marcas eran a mitad de precio); uno decía: Un Sony (o un Toshiba o lo que fuera); el vendedor iba hasta una gran caja llena de logotipos de todas las marcas, revolvía hasta encontrar la de Sony o de Toshiba (o la que uno hubiera escogido), se la pegaba a cualquiera de los televisores bajados de la extensa hilera y lo ponía en las manos del comprador. Uno salía feliz para su casa y veía televisión toda la vida en su Sony (o su Toshiba o la marca que hubiera escogido).

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03
11
2015
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El espeluznante caso del inspector Valdo Martínez

Por: Luis Miguel Rivas

Es el primer tren de la mañana y las dos profesoras del colegio especial entran al vagón entre el griterío emocionado de los niños que por fin realizan el sueño del paseo prometido desde comienzos de año. Bamboleantes morrales coloridos y loncheras con dibujos de Minions, Mickeys, Peppa Pigs y fotos de Violeta, vivifican el gris vagón. Los rostros redondos de los chicos Down atisban aquí y allá, miran con sorpresa a los pasajeros somnolientos que viajan a esa hora. Las profesoras dirigen a los niños hacia una banca y todos se sientan. Valdo, siete años, televidente compulsivo, amante de las series policiacas, actor en potencia, urgido por crecer para poder ejercer esa profesión, no se resigna a quedarse sentado y se desplaza por el pasillo al ritmo del traqueteo del tren; cuando se aleja demasiado la profesora lo llama y Valdo regresa sonriente. En la siguiente estación el tren se detiene, un hombre se despierta asustado con el timbre de la puerta y sale raudo; entran algunas chicas con el pelo mojado rumbo a su trabajo en alguna fábrica de confecciones. Cuando la puerta está a punto de cerrarse irrumpen, como una tromba, los tipos. Son tres. El más alto y más flaco tiene la cara marcada con hondos vestigios de acné, lleva una chaqueta raída de cuero, botas sucias con una mezcla de barro y algo que parece sangre; empuja a sus compañeros con gestos bruscos. Pisan fuerte y hablan bronco, retumbante. El segundo hombre, rubio, con una cicatriz que le cruza la mejilla derecha, mira desde los ojos chiquitos, enrojecidos, rabiosos.

- Pásame el vino que no vas a dejar nada –dice.

El tercer hombre, enjuto, pelo liso y corto, rostro anguloso en forma de triángulo invertido y unos ojos azules, acuosos, como de enfermo, pasa la caja de vino de mala gana y da una mirada amenazante al interior del vagón. Las profesoras se yerguen, crispadas, y miran a los niños, absortos en sus cosas: Ricardo y José pelean por un carro de plástico que no es de ninguno de los dos, Valdo le resume a Juliana un capítulo de La ley y el orden, Lucas y Verónica exponen el rostro al viento que entra por la ventanilla, Matías trata de abrir la lonchera.

El tipo enjunto de los ojos de enfermo hace un gesto al alto y flaco. El alto y flaco se mete la mano al bolsillo y saca una navaja aparatosa. La hoja brilla con la luz mortecina del vagón y el destello transforma el aire en una sustancia densa y oscura. Las chicas con el pelo mojado, en un acto reflejo, aprietan los bolsos contra el vientre. Los otros pasajeros miran de reojo, expectantes, tensos. Los hombres se rotan la caja, dan tragos largos y torpes que dejan hilos de vino descendiendo por las comisuras de los labios; hablan cada vez más fuerte, cada vez menos para ellos mismos, dueños del vagón.

- Vivo no quedó el hijo de puta – dice el de los ojos de enfermo.

- Quién lo mandó a torcerse – contesta el rubio de la cicatriz.

Se dan otro trago y miran a los pasajeros.

- Bueno, va siendo hora de que nos levantemos una platica – dice el flaco y alto, en voz alta.

Los pasajeros palidecen. Las profesoras giran nerviosas hacia los chicos que siguen desentendidos, absortos en sus asuntos; menos Valdo, que observa a los hombres con atención, la mirada fija y decidida.

Los tipos hacen un silencio súbito y recorren las caras de los viajantes con ojos inquisidores; amagan avanzar. Los pasajeros, animalillos paralizados, sólo atinan a mirarse de reojo unos a otros. Valdo se pone de pie y camina hacia los hombres. La profesora brinca tras él, Valdo la evade y avanza sin mirar atrás. Llega frente al flaco y alto y le apunta con la mano en forma de pistola.

- Quieto ahí, están detenidos – dice serio, amenazante.

El flaco y alto baja la cabeza y encuentra el rostro redondeado de pomulos salientes, cuello corto y ancho, y unos ojitos negros que lo miran con determinación detras de las estrechas rendijas. Se queda flipando un eterno instante mudo, trata de ubicar la situación en los archivos de las reacciones aprendidas. Una carcajada abrupta del rubio de la cicatriz quiebra el silencio cerrado. El de los ojos de enfermo lo sigue con una risotada borrascosa. El flaco y alto mira a sus dos compañeros, mira a Valdo y suelta su propia carcajada con todas las ganas; continúa riendo por un rato, se dobla sobre sí tomándose el estómago con las manos; ríe cada vez con más fuerza, más allá de su voluntad, y su rostro duro y agrio muta en un gesto angustia placentera, como si se estuviera desprendiendo de algo. Valdo permanece impertérrito frente a él, apuntando. El flaco toma aire, da un respiro, mira a Valdo y le acaricia la cabeza. Valdo no da su brazo a torcer.

- Está detenido, póngase contra la pared.

El flaco se da vuelta y apoya las manos contra la puerta del tren. Valdo, que le llega a la cintura, se toma su tiempo para requisarlo. Luego da unos pasos atrás y lo señala.

- Esta vez te dejaré ir, pero no quiero volver a verte por aquí – dice perentorio, da vuelta y avanza con pasos firmes de representante de la ley hacia el lugar desde donde lo miran, atónitas, las profesoras.

Cuando llega al lado de sus compañeros empieza a dar salticos, pleno, con la satisfacción del deber cumplido. Los tres hombres, con la navaja en la mano, siguen a las carcajadas. Los pasajeros sonríen con timidez y uno que otro ríe francamente. El tren sigue su marcha con un traquetear rítmico y liviano.

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01
08
2015
tareasnohechas

Las mujeres de adentro

Por: Luis Miguel Rivas

Tengo un papelito, un pedazo de hoja cuadriculada marcado con la fecha del 4 de junio del 2015, que dice:

Fernández Adriana
Penal El Borbollón
1525762390

Me lo entregó Adriana personalmente, como un mensaje lanzado en una botella. Una petición de amistad muy distinta a las del Facebook, la urgencia de una comunicación que durara más que la corta visita de uno de tantos grupos que habrán pasado por la cárcel El borbollón como generosas compañías momentáneas o como simples turistas del dolor. Me la entregó Adriana para ver si alguno de nosotros la llamaba algún día, a saludarla, a decirle cómo estás, a escucharla un rato, a darle noticias del infinito afuera.

La cárcel de mujeres El borbollón es una construcción de 1510 metros cuadrados, ubicada a 15 kilómetros de la ciudad de Mendoza, que durante 30 años funcionó como monasterio de las monjas Dominicas, y hoy alberga a más de 130 mujeres, detenidas en su mayoría por robos agravados (con uso de armas) o infracción a la ley de estupefacientes (comercialización de drogas).

Allí llegamos el 4 de junio en la mañana los integrantes del grupo de Vapoesía Argentina, del que hacían parte los poetas Facundo López, Marta Miranda y Ricardo Rojas Ayrala, de Argentina; Sebastían Miranda de Costa Rica y Marcial Gala de Cuba, para una de las actividades de este evento que entiende la labor de los escritores como “una herramienta de inclusión social que debe ser puesta al servicio de aquellos con menores posibilidades de acceso a éstas experiencias”. Aunque estaba claro que no íbamos sólo a llevar versos a un lugar pleno de humanidad sin conceptos y poesía y sin palabras.

Al cruzar la puerta exterior nos encontramos con Ulises Naranjo, un curtido periodista y escritor mendocino que lleva más de veinte años trabajando en cárceles, responsable de varios talleres y antologías de poesía escrita por presos, además de director y guionista de una película actuada por reclusos. Entramos a la oficina de la dirección, recibimos la bienvenida cordial de la directora y allí, de pie, seguimos hablando con Ulises. La pasión casi mística con que este hombre habla de las dificultades que ha tenido que enfrentar, de lo que se ha jugado para adelantar ese tipo de proyectos con personas recluidas y de lo que se ha logrado, es una sutil alarma contra cualquier posible indicio de generosidad autocomplaciente o ánimo de incursión aventurera en el dolor ajeno, que pudiera albergar en los visitantes. Luego Ulises se abre a nosotros, se ofrece pasarnos todo el material del que dispone sobre su trabajo en las cárceles y nos acompaña hasta la garita de acceso al penal, donde nos deja para continuar con sus asuntos.

Luego de una minuciosa requisa en la que empezaba a tomarle cariño a la guardiana, llegamos a la puerta del penal propiamente dicho, donde una amable mujer uniformada, con movimientos mecánicos y ágiles, abre las cuatro aldabas del portón metálico. Seguimos hacia el salón destinado a la actividad y doy vuelta para ver a la guardiana cerrando las aldabas que acabó de abrir, antes de ir hacia otra puerta donde abre otras aldabas para dejar pasar a unas internas y vuelve a cerrarlas para regresar a la puerta que nos abrió y volver a abrirla dando acceso a un funcionario de la cárcel y luego corre a otra puerta para abrir y dejar salir a otras reclusas y volver a otra puerta…

La bella custodia
Enreja y desenrreja
Todo el día
Encierra y libera
Todo el día.
Como quien abre una escuela
O cierra una fábrica al fin de la jornada
Con gestos que tal vez un día
Fueron nerviosos
Ejerce sonriente, precisa, tranquila,
ese oficio de la desconfianza

Al cruzar un corto pasillo llegamos al salón, donde nos recibe la sicóloga, rubicunda, de pelo ensortijado, cuerpo sólido de lanzadora de martillo y maneras delicadas de jardinera. Las internas aún no han llegado. Es un salón amplio con algunas sillas de plástico y al fondo cuatro bancas largas de madera, sin espaldar. En una esquina una mesa con gaseosas y vasos descartables. La sicóloga nos invita a que nos sentemos en las sillas plásticas y nos dice que las bancas de madera son para las internas, que deben quedar dándonos la cara. Apenas nos acomodamos irrumpe con pasos atropellados una mujer menuda y morena, el rostro curtido por parches de mucho sol, los ojos idos y el ceño fruncido. Da una mirada breve y rabiosa por el aula, hace un gesto de desprecio, de asco, y sale trastabillando. La sicóloga la ve irse y continúa dándonos la bienvenida. Entran dos cincuentonas altas, solidas, gestos solventes de antigüas habitantes del lugar. La primera es Laura: maciza, rostro blanco, pelo revuelto, un expresión dura bajo el cual parpadea cierta delicadeza, como hecha de dulzura petrificada. Cruza con seguridad enfática, casi retadora. Al pasar frente a Gabriela, la funcionaria de la oficina de Derechos Humanos de Mendoza que nos acompaña en la visita, se detiene y la observa un momento:

- Vos y yo nos conocemos – dice mirándola fijo.

Gabriela, contrariada, contesta que no la recuerda, que dónde sería, y Laura menciona el nombre de un colegio. Gabriela dice que no estudió allí. Laura levanta los hombros y sigue. Tras ella viene saludando Sonia, una rubia de pelo largo, delgada, muy dueña de sí, pero más reposada y menos retadora que Laura. Cuando pasa Sonia veo otras dos chicas sentadas en las bancas de madera, que no sé en qué momento entraron. Ambas, morenas y de facciones aindiadas, observan y escuchan silenciosas. Después entra Adriana; su figura alta, levemente encorvada hacia adelante, la piel blanquísima y las manos largas con dedos delgados y pulidos, le dan un aire de aristócrata aporreada, de una preeminencia sufriente.

La sicóloga menciona un inconveniente por el cuál no han podido venir más internas al evento y comenzamos la reunión. Marta Miranda y Ricardo Rojas, los coordinadores de VaPoesía Argentina, saludan y hablan de la idea de compartir versos y experiencias. Adriana interrumpe y pregunta por qué estamos ahí, qué nos lleva a visitar esa cárcel. Marta habla del propósito de llevar los poetas a sectores de la sociedad que generalmente han sido olvidados. Adriana dice que ella de lo que tiene que hablarnos es de un dolor muy hondo que no tiene solución. Su voz se quiebra mientras cuenta que tiene siete hijos y que a uno de ellos le hizo un daño irreparable, producto de su encierro. El aire se densifica en una tristeza sólida como una piedra, sin esperanza ni salida. En la puerta aparece la mujer menuda que había entrado al principio: el rostro descompuesto, el ceño fruncido, los ojos idos, un parchecito blanco de saliva reseca en la comisura de los labios. Se sienta un momento, amenazante, a punto de atacar a cualquiera, agredida por la presencia de los extraños. Permanece unos minutos y sale de nuevo como una tromba.

Las palabras de Adriana dejan un silencio cerrado, como si no hubiera qué decir o como si no se pudiera decir cualquier cosa. El poeta cubano Marcial Gala carraspea un poco y por fin se dirige a la mujer en un tono confidente: le habla sobre el escritor ruso Fedor Dostoievski, le cuenta cómo fue encarcelado, condenado a muerte y a última hora trasmutada su condena por varios años de prisión; y cómo a través del dolor se llega a veces a la esencia y cómo es desde allí donde se puede empezar a romper el círculo del dolor. Cuando creo que debo hablar (nadie me lo impone, pero creo que alguien me lo exige), sólo surgen en mi cabeza unas palabras de César Vallejo:

Hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé,
Golpes como del odio de Dios,
Como si antes ellos la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma, yo no sé.

Atino a reiterar lo que dijo Marcial: que ante ciertos sufrimientos sólo queda el espíritu, que la poesía es una manera de orar, que leyéndola se repiten oraciones de otros y escribiéndolas se hacen la propias oraciones. Pero las palabras no vibran, no dicen nada, apabulladas, ridículos moños para adornar la mole densa de la desesperanza. Hasta que interviene Sonia. Habla mirando fijo a su compañera con voz fuerte y amorosa, como una madre que reprende:

- Uno no se puede echar a morir, Adriana – dice con énfasis y manotea con vigor – Yo al principio tuve un período así, pero luego me dí cuenta de que de ese modo no se llega a ningún lado. Así que hay que levantarse y enfrentar la vida…

Adriana escucha atenta y asiente. Laura la mira y complementa.

- Aquí y en todas partes hay momentos muy duros, ¿pero qué le vamos a hacer, Adriana? ¿echarnos a morir? ¡No! Yo por ejemplo, llegué bajoniada a esta reunión, pero a medida que va pasando me voy levantando. A veces estoy por ahí en la celda y de repente se me planta un lagrimón… y después estoy bien. Hay que seguir, no nos podemos quedar tiradas.

La enjundia, el calor casi rabioso de las palabras de Sonia y Laura remueven la gelidez del aire. Una música repentina y vital en un claustro oscuro. Adriana abre y cierra los ojos, da un respiro hondo, suelta el aire y relaja los hombros como descargando una maleta. La sicóloga sostiene el tono vivaz y le pregunta a Laura si trajo sus poemas. Laura saca una carpeta con una gruesa ringlera de hojas en tamaño oficio. Lee varios de sus textos. Son en su mayoría poemas de amor, de un amor apasionado que algún día estuvo y que hace falta. (Lamenté no haberlos copiado). Ricardo Rojas Ayrala, coordinador de Vapoesía, le pregunta sobre el origen de sus escritos. “Escribo lo que siento”, dice Laura, “Lo que he aprendido de la vida. No solo a golpes”.

Le toca el turno a Sonia. Antes de empezar a leer dice que ella no escribe poemas de amor, que no está en ese tema. Y con voz calmada de quien ya ha elaborado muchos infiernos, dice que si en su época se hubiera hablado tanto como ahora sobre el maltrato a la mujer, a lo mejor ella no estaría en este lugar. Sonia tiene cincuenta y dos años, lleva doce en la cárcel y tiene dos intentos de fuga. Habla de los golpes de los hombres, de las hinchazones de la cara y la dentadura removida. Y de un día de hace doce años en el que un pobre tipo, un cliente cualquiera que no tenía nada que ver con sus anteriores padecimientos, pagó por todos. Sonia es una de las cuatro mujeres del Borbollón condenadas por homicidio. “Escribo para contradecir a la realidad”, dice mientras mira las paredes. Laura interviene: “Yo escribo para no estar aquí, me la paso mentalmente en otro lado”, y acaricia su ringlera de poemas: “Esto es mío, la poesía es lo único mío”. Sonia saca su cuaderno y lee varios de sus textos. Uno de ellos lo encontré después, publicado en la revista Mirando hacia afuera, producida por el taller literario Mirando al Margen.

Caída
Como torre gemela
Caí.
Como volcán
Me levanté.
Escupí mi alma,
Martillé con manos mansas
Mi vida.
Me encierro en corchetes
Hago un paréntesis.
Exiliada en el pasado
Vuelvo el miasma,
Y sé que puedo,
No quiero quedar atrás.
Siglos de emociones
Embargan mi ser,
Hoy encuentro diferentes caras
Que como muñecas rotas,
Giran en mí.
Pasado cerrado,
Pasado gastado,
Pasados y más pasados,
Que hoy no quiero recordar.
Como torre gemela caí,
Y así me levanté.

En mitad de la lectura vuelve a entrar la mujer trastabillante de ojos idos y gesto hosco, se sienta al lado de la sicóloga y balbucea algo. La sicóloga la escucha y asiente en silencio. Sonia termina de leer y, con timidez recibe nuestro aplauso. “Estas palabritas mías me pertenecen, no me gusta que me las toquen”, dice, tal vez pensando que entre quienes le aplauden hay varios poetas “profesionales”. “Si me cambian una palabrita es como si me cambiaran a mí”. Esto suscita una animada conversación entre las reclusas y los visitantes sobre corregir o no corregir lo que uno escribe. La sicóloga dice que ahora va a leer un poema de Andrea. La mujer de ojos idos, sentada a su lado, baja la cabeza y parpadea como avergonzada. La sicóloga toma el libro: “La libertad entre los dientes”, una antología de talleres de poesía en la cárcel, y lee:

Yo llevo una mujer adentro y llevo una mujer afuera,
Adentro mi mujer es tierna, afuera mi mujer llora;
Adentro mi mujer canta, afuera mi mujer sola;
Tengo una mujer adentro y tengo una mujer afuera;
La de adentro cuida las rosas, la de afuera las patea;
Adentro mi mujer es ángel, y el ángel afuera me condena;
Yo tengo una mujer afuera y tengo una mujer adentro;
Mi mujer de afuera está encerrada
Pero la de adentro es libre como las palomas.

A medida que la sicóloga lee, el rostro de Andrea (ahora ya no es solo la mujer de ojos idos y gesto hosco sino Andrea, que vive adentro y afuera), se distensiona; y una sonrisa que viene de por allá, de adentro, que estaba escondida en lo hondo y que ha tenido que avanzar separando maleza, aparece en su boca. La sicóloga termina el poema y todos aplaudimos; entonces los labios de Andrea se arquean con amplitud, casi una risa; y sus hombros se estremecen en un escalofrío de niña que está siendo consentida. La sicóloga lee un segundo texto de la misma autora, sobre un pájaro; un poema sencillo y duro, como un dibujo trazado con bolitas y palitos para representar una desgarradura. Miro el rostro de quien lo escribió, los labios húmedos de donde ha desaparecido la saliva reseca, los ojos que descansan de su furia, veo a Andrea Medina, 27 años, que vive adentro y afuera, que pone a volar pájaros con palabras y que (además, y no sólo eso) anda por el mundo con los ojos idos y el gesto hosco que le han dejado años y años de calle y drogas y penurias; la que lleva seis entradas a la cárcel, todas por agresión a la autoridad, o como dijo luego con sus palabras lentas y dificultosas: “Me meten aquí por pegarle a los milicos”.

La sicóloga propone que continuemos con otra lectura. Alguien del grupo de visitantes le pregunta a Laura si tiene más textos. Laura afirma y saca una hoja de su ringlera. Andrea se pone de pie y sale pateando una silla, otra vez el gesto hosco. La sicóloga explica que se enojó porque no quisimos seguir leyendo sus cosas. Laura concluye la sesión con otro de sus poemas llenos de amor y al terminar muestra una sonrisa desarmada que no se parece en nada a la expresión imponente de la mujer del principio de la reunión.

Nos ponemos de pie y se forman varios grupos en los que se conversa mientras nos despedimos. Andrea entra al salón, deambula mirando a todos y vuelve a salir. Le pido a la sicóloga que me preste el libro de donde leyó (donde también hay versos de Sonia) y transcribo el poema de la mujer de adentro y la de afuera. Al dejar el libro sobre la mesa me encuentro de frente con Andrea, que ha entrado de nuevo. Mira mi mano con el libro. Le digo que son muy lindos sus poemas y hace una mueca. Me acerco para despedirme y la abrazo. Ella no responde y me dispongo a soltarla, pero no se retira. Entonces vuelvo a abrazarla. Es menuda, frágil y la aprieto fuerte porque sé que no se va a desbaratar, que nada la ha desbaratado hasta ahora y que más fácil podría ella triturarme. No veo su cara pero siento un leve estremecimiento de sus hombros y sé que sonríe como una niña que está siendo consentida.

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08
2014
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Estación Parque de Berrío

Por: Luis Miguel Rivas

Decidió dejarlo ir. Lo miró por última vez, ahí, frente a ella, arrellanado en su silla, el rostro fresco y recién afeitado, la sonrisa tranquila, como si no pasara nada, esa maldita, encantadora e irritante tranquilidad. Sintió tristeza y amor y rabia. Lo miró un último instante antes de ponerse de pie. Se dio ánimos pensando que en esta ocasión no se trataba de cobardía. Le bastaba pensar en los últimos días de la relación, en el terreno plano, extenso y yerto en que los años convierten las pasiones explosivas. En las heridas, en los celos, en las riñas, en el cansancio del final interminable y del eterno retorno. Pero también estaba el comienzo. La belleza de los buenos tiempos que, a pesar de todo, nunca pasan y se implantan en contra de las pruebas más fehacientes de la realidad, como una terca posibilidad, como si haber sido feliz en algún momento fuera garantía para volver a serlo de la misma manera.

Pensó en el cruce de miradas en ese vagón del metro, en el cimbronazo que le puso la piel de gallina y le agitó las pulsaciones con tan inusitada fuerza que la llevó a hacer algo impensable para ella: tomar la iniciativa, hablarle sin atender a la voz del padre que tronaba en su cabeza: una mujer que se le acerca a un hombre es una buscona. Se puso de pie y fue directo a él: Hola; y la mirada suficiente de él se difuminó, como un maestro de ceremonias que pierde el libreto, un cazador sorpresivamente perseguido por su presa: Hola, contestó, atribulado, torpe; y ella, envalentonada: ¿Me puedo sentar? Y él: Claro, dale; y ella: Es que te vi desde que me senté; y él, balbuceante: Sí… yo también te había visto… por si no lo habías visto; y ambos rieron; y luego: Cómo te llamas: Amanda, ¿y vos?; y él: Ricardo; y después de un silencio: ¿Para dónde vas? Y ella: Me bajo en la estación Berrío, trabajo ahí cerca; y él: Qué casualidad, yo también me bajo ahí; y ella: ¿En serio? ¿De verdad? O es solo por perseguirme?; y él, sonrojado, apenas aprendiendo a responder a la inesperada seguridad (una seguridad que ella tenía que forzar a cada momento): Sí, en serio, dice él, como un niño que quiere probar su inocencia, y se queda callado y después balbucea (forzando una seguridad que no le sale): Y… ¿ vas de mucho afán o te da para tomarnos un tintico…?; y ella mira el reloj: Pues tengo como quince minutos, ya ve que sí; y se bajan y se meten en una cafetería y charlan hasta que a ambos los coge la tarde; y ese mismo día la llamada de él y unas cervezas en un bar de La Playa y al siguiente la llamada de ella y esa noche otras cervezas y risas y una discoteca y baile y las mil y una noches en una noche en una cama de un motel de la vía a Caldas; y al día siguiente y al otro y al siguiente y luego los dos juntos a toda horas, semanas y semanas, “en estos días no sale el Sol sino tu rostro”, “¿dónde habías estado todo este tiempo?”, “mi fin del trayecto eres tú”; y luego los meses que, como manos, quitan capas de la superficie rutilante de esa primera imagen en el vagón y descubren, paulatina, lentamente, otra desnudez menos apresurada y más rica que la de la primera noche: los lunares escondidos en el envés del alma, las cicatrices en los pliegues de la historia personal, la barriguita de las manías, la asimetría del mal humor esporádico, transformando y enriqueciendo hasta hacer irreconocible la imagen de ese hombre al que una tarde se le había acercado a decirle hola, y que ahora aparecía en su memoria como la simple cáscara de un hirviente universo múltiple de inusitadas formas que se escapaban por las grietas y se mezclaban con las múltiples e inusitadas formas que salían de la cáscara de ella en una comunión universal de seres defectuosos, en una complicidad de carencias y excesos, en una pletórica y rara solidaridad de imperfección y variedad.

Y luego los años que avanzan como vagones y la domesticación de las rarezas y el letrero de “esto es mío” sobre lo inconmensurable y las familias de ambos y los amigos y los ritos y lo que hay que hacer y “hasta que la muerte los separe” y el apartamento y Manuelita, igualita a él, y Luquitas, igualito a ella, y la finca en La Ceja y el trabajo en la oficina y la pensión y las llegadas de él al amanecer y el olor ajeno y el gimnasio de ella y los músculos del instructor y el estar sin estar y sin poder dejar de hacerlo, y las riñas y los celos, “ni contigo ni sin ti”; y los años y los años como manos que no paran de quitar capas descubriendo ahora agujeros negros debajo de los bellos lunares, puntas de cuchillos en lo hondo de las heridas, tumores oscuros en la base de la barriguita del mal genio, aristas en lo que eran sinuosidades, la sustancia de sombra de la que también estaba hecho el primer resplandor, transformando hasta hacer irreconocible a ese hombre irreconocible que ya nada tenía que ver con el primer hombre del vagón, un ser lejano y difuso al que alguna vez se atrevió a hablarle.

“Próxima estación: Parque de Berrío”. Si el sonido del altavoz no la saca de sus imaginaciones habría empezado a llorar y hasta lo habría insultado. Se puso de pie y lo miró por última vez, ahí, frente a ella, bello, arrellanado en su silla, al lado de los demás pasajeros. Él, que tampoco había dejado de mirarla, respondió con suficiente sonrisa de cazador. Las puertas se abrieron. Salió. Lo dejó ir. En la plataforma respiró hondo. Ahora no se trataba de la voz del padre, cuyo trueno apenas alcanzaba a oírse como entre capas de almohadas. Se quedó detenida en medio de la gente apresurada y una sonrisa nerviosa emergió de entre la confusión de sensaciones. Una frase, entre todas las que la avasallaban, tomó fuerza, y sus labios la pronunciaron en voz baja: “No fue por cobardía”.

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