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23
07
2013
ricardobada

El centésimo Tour de France

Por: Ricardo Bada

El pasado viernes, en este mismo diario, publiqué una columna acerca del centésimo Tour de France; lo que sigue es una versión ampliada de la misma, no sometida al corsé del formato columnario.

El 1° de julio de 1903, delante del café Réveil Matin, en las afueras de París,  sesenta locos del velocípedo se encaramaron a sus sillines, agarraron los respectivos manubrios y se dispusieron a cubrir nada menos que 2.428 kilómetros sobre la geografía de éso que sus habitantes llaman “el hexágono”: la dulce, dulce Francia.

¡Qué lejos andaban de saber que estaban fundando uno de los pocos mitos inamovibles de los tiempos modernos!¡Qué lejos de intuir que, con el correr de los años, habría en los atlas invisibles de la memoria unas luminarias que se llamarían Col du Galibier, L’Alpe d’Huez, Tourmalet y Mont Ventoux (nada que ver con la legendaria ascensión a su cumbre de un tal Petrarca, dizque poeta –no ciclista– italiano)! ¡Qué lejos de sospechar que cien años después habría todo un retablo laico ante el cual se quemarían sahumerios en honor de unos semidioses llamados Coppi, Anquetil, Bahamontes, Merckx, Hinault, Zoetemelk, Indurain!

Pero retrocedamos a 1903 y un poco más allá. En 1894 había implosionado en la sociedad francesa l’affaire Dreyfus. Un capitán del ejército, judío por más señas, acusado de espiar por cuenta de Alemania, del enemigo atávico. Juicio al canto con pruebas amañadas y perjurios, según se evidenció años después. El capitán Alfred Dreyfus es degradado en público y enviado a purgar su pena en la tenebrosa isla del Diablo, en la Guayana Francesa, de la que sólo salieron indemnes Papillon y el Boris Karloff de Devil’s Island (1940), un Boris Karloff diametralmente distinto a su caracterización de monstruo de Frankenstein, y en un film que Francia prohibiría dentro de su territorio, como haría luego con Paths of Glory (1957) de Stanley Kubrik: Liberté, Egalité, Censure et vive la France!  ♫♫ Alain Delon de la Patrie, le jour de gloire est arrivé! ♫♫

Francia se divide entre 1894 y 1914 en dos trincheras desde las que se apuntan y disparan con todas las armas a su disposición unos enemigos irreconciliables: dreyfusistas y antidreyfusistas.

La hostilidad mutua de ambos campos enemigos llegó hasta el punto de que un dreyfusista acérrimo, Pierre Giffard, director del periódico deportivo Le Vélo, se negó a aceptar en sus páginas la publicidad de empresas y personalidades antidreyfusistas. Entre ellas la del señor conde Albert de Dion de Malfiance, fabricante de automóviles, el cual, como represalia, funda en 1900 su propio diario deportivo, L’Auto−Vélo, que luego, tras perder un juicio por plagio contra el implacable Giffard, pasó a llamarse simplemento L’Auto, y desde 1945 L’Equipe.

El redactor jefe del diario del señor conde, elegido por él, era el exciclista Henri Desgrange, quien tuvo la habilidad de fichar para su redacción uno de los talentos de la competencia, el periodista Géo Lefèvre, al cual le encargó que pensara en alguna competición que desbancase en el favor del público las organizadas por Giffard y Le Vélo. Entre ellas se contaban la carerra Burdeos−París (572 km) y la maratón París−Brest−París, 1200 km de un tirón: pruebas ambas de las que el hábil negociante dreyfusista se había asegurado legalmente el copyright informativo. Así las cosas, el 20 de noviembre de 1902 Desgrange llama a su despacho a Lefévre para preguntarle qué idea se le ha ocurrido. Y según quiere la leyenda, el buen Lefévre, a quien no se le había ocurrido idea alguna, improvisó: “Pourquoi pas un Tour de France?”. ¡Era la idea!

En cuanto al affaíre Dreyfus, es público y notorio que el 12 de enero de 1898 la primera página del diario L’Aurore apareció con un titular a toda plana:J’ACCUSE!”. Encabezaba una carta abierta al presidente de la tercera República Francesa y la firmaba Émile Zola. Y Émile Zola acusaba en esa carta abierta, sin andarse por las ramas, jugándose su reputación, e incluso su libertad, a un sistema podrido que había condenado hasta el infierno letal de la Guayana a un inocente: el capitán Dreyfus*. El proceso se revisa, Dreyfus regresa a Francia, será rehabilitado, aunque Zola moriría antes, en 1902 y en circunstancias altamente sospechosas: con alguna certidumbre puede hablarse en su caso de la primera víctima del periodismo de denuncia.

Mas hete aquí que de aquella pugna exacerbada entre dreyfusistas y antidreyfusistas, casi como subproducto casual, nació la vuelta ciclista a Francia. Debe ser porque el dios de los ciclistas sprinta derecho con pedales torcidos.

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[* Nota bene: Al respecto de la citada columna del viernes pasado, mi amigo José Luis Rocha, sociólogo nicaragüense, me escribió que poco después de haber leído el “¡Yo acuso!”, y en el colmo de su admiración por el autor, tuvo ocasión de conocer  un decepcionante texto de Rubén Darío acerca del tema. Confirmando numerosas referencias que dan testimonio de que al hablar del l’affaire Dreyfus, en sus crónicas parisinas, Darío solía citar publicaciones antidreyfusistas, José Luis me copia literalmente un párrafo que se encuentra en el libro Opiniones, en el capítulo dedicado a Zola, y que dice lo siguiente:

«Ejemplo de valor moral, ¿cuál mejor que el del desinteresado defensor de Dreyfus? El caso es reciente y estremeció al mundo. No es aún, ciertamente, convincentemente sabido que el capitán haya sido un traidor. Él ha asistido al entierro del héroe. Me informan –y hay que averiguar esto bien– que ha dado para el monumento que se levantará a Zola trescientos francos... ¡Trescientos francos! Si esto es verdad, ese rico israelita, me atrevería a jurarlo, ha sido culpable del crimen que le llevó a la Isla del Diablo».

Pienso que semejante conclusión, tan prejuiciosa como vomitiva. no es de extrañar en el autor de estos versos describiendo a Nueva York: «Casas de cincuenta pisos, / servidumbre de color, / millones de circuncisos, / máquinas, diarios, avisos / ¡y dolor, dolor, dolor!»]

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