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19
10
2011
ricardobada

El fabuloso mundo de Amélie

Por: Ricardo Bada

¿Supongo bien si supongo que todos ustedes han visto la peli El fabuloso mundo de Amélie, que estuvo a punto de alzarse con el Oscar al mejor filme extranjero del año 2001?  Pero si fuese así que algunos de ustedes no la conocieran, pues no importa. Porque de lo que quiero hablarles no es de la película sino de un epifenómeno relacionado con ella.

Lo de epifenómeno, por favor, no debe despistarles. No soy un filósofo, para quienes los epifenómenos son fenómenos secundarios o adicionales, ni tampoco soy médico, quienes entienden como epifenómenos ciertos síntomas secundarios o accesorios. Sencillamente soy un periodista que a veces se enamora de algunas palabras. Epifenómeno, en mi caso, es una de ellas.

Y ocurre que el fenómeno secundario o adicional derivado de la película El fabuloso mundo de Amélie es que todos los que, después de verla, viajamos a París, no pudimos ni quisimos resistir la tentación de visitar los lugares donde transcurre su acción.

Tomamos el metro hasta la estación Blanche, entre Pigalle y Clichy, y salimos justo frente a la entrada a la rue Lepic, que es de las se empinan hasta la colina de Montmartre; y una vez caminando por la calle Lepic descubrimos a la izquierda la Brassería de los dos Molinos, donde Amélie se desempeña como camarera, y un poco más arriba, en la acera opuesta, la carnicería donde se expende carne equina, con su muestra que es la cabeza de un caballo a la cual le falta la oreja derecha, y algo más arriba, luego de torcer a la derecha y seguir subiendo a la izquierda por una callecita de cuyo nombre no logro acordarme, la suntuosa tienda de hortalizas, frutas y legumbres que ocupa toda una esquina y es uno de los lugares clave de la  película, a escasos metros de la place de Tertre, donde los turistas se  arremolinan alrededor de los pintores callejeros, y algunos hasta se dejan caricaturizar por ellos e incluso les pagan de buena gana por la caricatura, una subespecie de masoquismo a la que nunca fui proclive.

Cuatro veces he estado en París desde que vi El fabuloso mundo de Amélie, y de las cuatro he peregrinado tres a ese mundo. La última fue el 10.1.2008, con Rocio Arias Hofman y Andrés Hoyos, y así quedó reflejado en mi diario: «Pasamos a dejarle correo de El Malpensante a  Jean-Claude Carrière, que está ausente de París, y de su casa estamos a un tiro de piedra de la Place Blanche, así pues una ocasión que ni pintiparada para hacer el recorrido de la película La fabulosa vida de Amélie. Y allá vamos, rue Lepic arriba, a la brasería Los Dos Molinos, donde entramos a tomar café para descubrir lo que debe saber todo turista desprevenido: que el café de esa brasería no es de la mejor calidad (para decirlo caritativamente), y que además el espacio interior del local ya no es el de la peli, se descangayó al desaparecer el mostrador y los estantes del Tabac. Sic transit!»

De todos modos, e incluyendo la inevitable cuota de desilusiones, es así como uno va juntando escenarios del imaginario universal.

En mi caso es un museo íntimo, muy personal, en el que figuran el apartamento secreto junto a la Westerkerk, en Amsterdam, donde se escondiera la familia de Anna Frank y ella escribió su diario; y la fábrica de tabacos de Sevilla, que vio los afanes laborales de Carmen y las horas perdidas estudiando abogacía por quien les habla, pues desde los años 50 la fábrica se convirtió en Universidad Hispalense. En ese museo íntimo y muy personal se cuenta también uno de los barrios más peligrosos de São Paulo, donde se desarrolla la excepcional novela Cero, del brasileño Ignacio de Loyola Brandão: menos mal que iba en su compañía, que es algo así como recorrer el infierno de la mano amiga y protectora de Virgilio. Y en ese museo íntimo y muy personal, pongo un quinto ejemplo, figura también mi recorrido por las calles de Dublín el 16 de junio de 1979, cuando se cumplían 75 años del día en que transcurre la acción del Ulises de Joyce, en una época en que la municipalidad de la capital irlandesa aún no lo  había descubierto y prostituido como tour turístico.

En fin, y para terminar, atesoro también la visita de otros lugares absolutamente inolvidables pero cuya relación haría estallar las costuras de este post. Sin embargo no quiero cerrarlo sin decirles cuánta vida necesitaría todavía para visitar algunos escenarios que me faltan: el zaquizamí de Raskolkinov en Crimen y castigo; la isla de Juan Fernández, donde se fraguó la epopeya de Robinson Crusoe; las calles de Nueva Orleans montado en un tranvía llamado Deseo; el sanatorio de Davos donde Hans Castorp le propina a Clawdia Chauchat, en La montaña mágica de Thomas Mann, la declaración de amor más bella de la historia de la literatura; y para equilibrar la balanza con otro quinto ejemplo, les confieso que algún año quisiera pasar el Día de los Difuntos nada menos que en Comala, y a lo mejor hasta matizando un mezcalito con Pedro Páramo.

Sea como fuere, me consuelo pensando que al menos ya he recorrido, a cambio, muchas veces, la extensión más inhóspita y más hospitalaria: La Mancha de mi señor Don Quijote. Vale.

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Opiniones

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carmen gonzález huguet

19 octubre 2011 a las 9:27
  

Me encanta la película, que he visto un par de cientos de veces. En cuanto a Comala, igual te daría darte una vuelta por El Salvador. El infierno es igual en todas partes

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guardagujas

19 octubre 2011 a las 12:15
  

“[...] ¡Déjame sentir la exhalación de tus poros y palpar tu vello, imagen humana de agua y de albúmina, destinada a la anatomía de la tumba, y déjame morir con mis labios pegados a los tuyos!”. Thomas Mann.

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keifer

19 octubre 2011 a las 17:33
  

Me Ocurre Igual Pero Con Un Libro (La Sombra Del Viento De Carlos Ruis Zafon) Q Fue Ambientada En Barcelona, Quisiera Recorrer Cada Sitio Alli Nombrado.

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digoall

19 octubre 2011 a las 21:14
  

No friegue, que post mas antojón. Yo lo único que conozco es la playa de Santa Mónica como referencia de los “Baywatchers” :( Por otro lado, no me hubiera imaginado que la pequeña tienda de verduras y frutas existiera de verdad, pensé que era pura escenografía para la ocasión de la película. Pero si es verdad que aún existen esas máquinas de tomar instantáneas en el metro de Paris, ese sería mi primer punto para recorrer :)

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barryvons

20 octubre 2011 a las 1:13
  

Me gusta más el parís mostrado en Micmacs, una película del mismo autor: una ciudad en su totalidad.

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ricardobada

20 octubre 2011 a las 4:57
  

Para barryvons : París bien vale cualquier misa cinematográfica.
Para digoall : La tienda de verduras y fruta no es TAN pequeña. Y los fotógrafos automáticos claro que existen en la realidad: el de la peli se encuentra en la Gare de l’Est y yo y mi esposa nos hemos fotografiado en él. Anímese, pues, vaya a París.
Para Keifer : Le contesté mejor a su dirección e-mail.
Para guardagujas : Esa declaración de amor es algo que no tiene parangón en la literatura universal.
Para CGH : Me temo que el infierno salvadoreño sea un pelín demasiado urbano para mi gusto. Vale.

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skymasterab

20 octubre 2011 a las 6:46
  

De una pelicula, de mis favoritas, Chugking Express de Wong Kar-Wai. Recorrer Hong Kong e ir a ese complejo de apartamentos, sus pasadizos y tiendas y comerme alguito en el Midnight Express,,,,,si es q aun existe

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ricardobada

20 octubre 2011 a las 7:36
  

Para skymasterab : De muchacho una de mis ilusiones era poder ir en Vespa por Roma haciendo el recorrido que hizo Gregory Peck con Audrey Hepburn abrazada a él, en “Roman Holiday”. En base a ello me resulta sintomático pensar que el único vehículo con el que me he desplazado toda mi vida ha sido la bicicleta, jamás me interesó sacar el carnet de conducir ni tener auto ni moto. Cómo se compagina eso con mis ilusiones de antaño es algo que pertenece al reino de lo inefable. Vale.

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ido

20 octubre 2011 a las 11:16
  

Yo quisiera pasar unos meses junto a aquel oceano de la pelicula Solaris de Tarkovski. Quisiera que él me proyectase una mujer imposible.

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ricardobada

21 octubre 2011 a las 11:37
  

Para ido : ¿Y por qué una mujer imposible, si las posibles ya son de por sí difíciles? Pero sí, el mundo de “Solaris” es uno de los que más nos podría gustar recorrer. Aunque sólo sea para certificar lo que el socarrón de Lem decía de la ciencia ficción made in Hollywood: «Lo malo de la ciencia ficción gringa es que en el espacio todo el mundo habla inglés». Vale.

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salomón_derreza

25 octubre 2011 a las 1:07
  

Incitado por tu artículo a recorrer geografías literarias, te confieso mi único deseo: deambular por la variopinta e inómina ciudad figurada por Borges, cuyas casas abarcan el espectro cromático entero, pero es tan dilatada que un andarín como yo sería incapaz de notar la diferencia de colores entre una fachada y otra, a pesar de que la primera es violeta y la última roja. Sale ;)

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