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Corazón de Pantaleón

02

03

2011

ricardobada

Un señor que tocaba el piano

Por: Ricardo Bada

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Mañana será Jueves de Comadres y comenzará la semana de Carnestolendas, así es que aquí les traigo una adivinanza carnavalesca, del tipo de la que presenté el año pasado en mi columna, en estas mismas páginas: yo les paso cifrados los datos de una persona y le hago preguntar al final “¿Me conoces, mascarita?”, a ver si descubren quién es el enmascarado por mis palabras.

De él puedo decir que no sería exagerado afirmar que la gran pasión de su vida, además de las mujeres (se casó nada menos que cinco veces), fue la música. En cierta ocasión recordó, y además de recordarlo también lo escribió, cómo una noche, a los catorce años de su edad, trepó los escalones que se amontonaban «desesperadamente hasta llegar al paraíso. Oiría por primera vez a un pianista célebre. Pensaba en el esfuerzo que me costaba subir la escalera y lo que encontraría al llegar arriba: se me ocurrió la palabra cumbre al imaginarme el paraíso. Y era porque los maestros de piano, las mamás de los alumnos y los periodistas que elogiaban a los célebres no tenían otro lugar común que “el esfuerzo para llegar a la cumbre del arte”».

Cuando sucedía todo esto que él cuenta, Arthur Rimbaud, quien había nacido el mismo día del calendario que él, podría haber cumplido los 62 años, y nuestro hombrecito llevaba ya cinco estudiando piano. Muy poco tiempo después de su experiencia del paraíso, comenzó a trabajar tocando el piano en los cines, acompañando con su música las películas mudas. También por aquél entonces viajó a un país vecino, y luego lo rememoró así:

“En mi primera mañana [allí] muchas cosas se atrevían a ser distintas a las de mi país, pero la inocencia con que lo hacían me encantaba y yo iba corriendo a apuntarlas en el cuaderno íntimo. En él aparecía un camarada levantando una mano casi hasta la altura del hombro y diciendo: “Este invierno nevó de este porte”. La palabra “porte” no se usaba en nuestro país, pero él se había acostumbrado a decirla como a ver el invierno».

A los veinte años se inició como concertista de piano, si bien no dio su primer concierto en la capital del país hasta cinco años después. A los 37 tocó a Stravinski en la megalópolis al norte del lugar de su nacimiento, y a los 54 intervino en audiciones radiales colaborando –¡quién lo diría de él!– en una campaña anticomunista. Murió a los 62 años de la misma enfermedad que alguien que lo admiró irrestrictamente y que le siguió a la tumba veinte años y treinta días después.

Con todo, la fama que aureola su nombre no tiene nada que ver con ese violín de Ingres suyo que fue el piano, y su admirador irrestricto (quien tenía como violín de Ingres la trompeta) le dedicó una vez las siguientes líneas: «Te imaginarás mi sorpresa cuando llegué a un epistolario en el que aparecían las cartas que le escribiste a un amigo mientras hacías una gira musical. Como si nada, sin el menor respeto a un amigo como yo, una carta en la ciudad de Ch****, el 26.12.1939. No es broma, yo vivía entonces [allí] y podríamos habernos encontrado y conocido. Andabas dando tumbos musicales por mi zona. Qué cerca anduvimos en esos años, qué poco faltó para que un zaguán de hotel, una esquina con palomas o un billar de club social nos vieran darnos la mano y emprender esa primera conversación de la que hubiera salido una amistad para toda la vida».

Palabras de un autor que se cuenta entre los más revolucionarios del idioma, una auténtica lumbrera deslumbrante. Si yo les insinuase, sólo les insinuase, de qué va en su libro más conocido y siempre codiciosamente releído, por cualquier página donde se abra, enseguida sacarían la primera punta del ovillo y llegarían sin ninguna dificultad a nuestro personaje  enmascarado por mis palabras. Pero me estoy temiendo que ya hasta les dije demasiado, que ya saben que ese su admirador irrestricto no pudo ser otro que… Exactamente, correcto, sí, es él.

Y ahora la pregunta del millón : ¿Me conoces, mascarita?

¿Quién fue el concertista de piano que ha pasado a la historia por otros motivos que sus interpretaciones al teclado, quién fue ése, a pesar de todo, feliz mortal?  (Aunque no lo parezca, con esta pregunta les acabo de facilitar una pista valiosísima).

El próximo miércoles, Miércoles de Ceniza, sabrán por qué. Pero espero que hasta entonces hayan desentrañado el misterio y nos expliquen, a todos, a mí y a los eventuales lectores de este blog, cómo llegaron a hacerlo. ¡Adelante, pues, los sherlockholmes!

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mkam

2 marzo 2011 a las 10:32
  

Felisberto Hernández, escritor uruguayo, nacido en Montevideo. A él llegué gracias a una lejana conversación con Eduardo Galeano, un medio día en Bogotá luego de que su maleta había desaparecido misteriosamente en vuelo y sólo pudo cambiarse de camisa porque los amigos de la desaparecida Deporte Gráfico le obsequiaron una camiseta original de la “gloriosa” Selección Colombia. En esa oportunidad la conversación era sobre fútbol, pero también abordamos a los “músicos – literatos y viceversa.

Dio muchas pistas.

saludos

Opinión por:

ricardobada

9 marzo 2011 a las 3:17
  

Enhorabuena, aunque sea un poco tarde, pero, se lo crea o no, he estado tan ocupado con el tema de los blogs, desde el punto de vista teórico (una conferencia que di el 1° de este mes en el Centro Cervantes de Estocolmo), que no me acordé de mirar en el foro de mi propio blog. Y por la fecha de su comentario veo que acertó la adivinanza el primer día, así es que más enhorabuena todavía. El año próximo no se lo pondré tan fácil, ni le daré tantas pistas como usted me dice, no sé si como suave reproche o como mera estadística. Vale.

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Ricardo Bada (*Huelva/España, 1939), escritor y periodista residente en Alemania desde 1963. Autor de La generación del 39 (cuentos, 1972), Basura cuidadosamente seleccionada (poesía, 1994), Amos y perros (cuent...

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