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Cuando la feria del libro de Francfort del 2002, cené y conversé con Héctor Abad Faciolince, la tercera de las seis veces que nos hemos encontrado en este mundo cada vez menos ancho y más CNN, desde que nos conocimos en Madrid, gracias a Adriana Jaramillo. Héctor es un paisa con un talento literario de primer orden, y un amigo de esos que cuando uno se los encuentra la primera vez (perdón por el lugar común, certero en este caso) parece como si nos conociésemos de toda la vida. Ahí, en Fráncfort, Héctor me entregó un regalo que le agradecí de palabra por hacérmelo, y que se lo vuelvo a agradecer de todo corazón con esta crónica.
Era en aquel entonces su último libro publicado, y es una especie de blog antes de que los blogs existieran como tales. Se recogen en él unas columnas que empezó a escribir para un periódico de Medellín, hace años, y luego continuó en diversas revistas y un desaparecido diario bogotano. Se titula Palabras sueltas, apareció en la colección Los Tres Mundos, del sello Seix&Barral, y no puedo sino recomendarlo, y muy fervorosamente.
Está organizado como si fuese una enciclopedia muy personal –”Diccionario Personal” lo llama él– por orden alfabético, desde “Abogado” hasta “Zeta”. Por cierto que las entradas antepenúltima y penúltima están dedicadas al “Zapatero” y a los “Zapatos”, y ambas me han conmovido muy íntimamente, porque mi abuelo fue zapatero de banquilla y mi padre fabricante de zapatos, y también porque por culpa de unos pies hinchados voy a tener que renunciar al único par de zapatos que me gusta usar, y que son tan amigos míos como Héctor Abad Faciolince y Álvaro Mutis, mas ay, «de la carrera de la edad cansados / por quien caduca ya su valentía», según hubiese dicho un poeta que ese otro par, Héctor y Álvaro, tanto aman: un tal Quevedo.
Y regreso al libro, a Palabras sueltas, que son unas palabras muy bien amarradas, con la precisión de nudos marineros que suele tener la prosa de Abad Faciolince. Debo reconocer que el impacto positivo que me produjo también tuvo que ver con el negativo que me propinó un libro similar aparecido un par de meses antes y aclamado por la crítica mostrenca, o sea, aquella que –como los nuevos ricos– compra por la firma y no por el contenido.
Me refiero a En esto creo, un libro de Carlos Fuentes, que a mi juicio fue escrito con notoria voluntad de monumento, es decir: para la posteridad. De ahí que a fin de cuentas sea tan efímero. En cambio, Palabras sueltas, el libro de Héctor Abad Faciolince, fue escrito para la prensa volandera de cada día. De ahí que pueda resultar perdurable. Porque si bien es posible que no haya nada más viejo que el diario de ayer, también lo es que no hay nada más siempre nuevo, en la literatura en lengua castellana, que los artículos de Larra. Ustedes perdonen por el nuevo lugar común, pero parece que hubiesen sido escritos ayer… lo que no habla nada en favor de la nueva España, tan europea ella.
En el libro de Carlos Fuentes, siempre que toca un tema en el cual se desempeña como narrador, la palabra fluye y puede leérselo con gusto, porque Fuentes, sobre todo si se queda en el formato de las diez páginas, es un magnífico narrador. Pero cuando aborda un tema en el que quiere desempeñarse como pensador, como profeta, como candidato al Nobel, ahí la prosa se le va de las manos y lo vemos –literalmente, al menos, yo lo veo– desmelenado en un balcón electoral y gritándole a los pobres lectores (o e–lectores) lo que deben hacer para que el mundo no siga siendo una porquería, en el 510, y en el 2000 también, olvidándose de que eso, literariamente, ya lo hizo Enrique Santos Discépolo, de manera insuperable, en la letra del tango Cambalache.
El Diccionario Personal de Héctor Abad Faciolince, Palabras sueltas, supera ese escollo de la soflama, de la arenga, de la profecía, porque no se propone en ningún momento adoctrinarnos, exaltarnos, mentarle la madre a los académicos de Estocolmo que no le dan el Nobel al autor de La muerte de Artemio Cruz… quizás por la sencilla razón de que tal vez hayan intentado leer, y desistido del intento, mamotretos tan poco leóndegreiffianos como Cristóbal Nonato y Terra Nostra.
La lección del libro de Héctor Abad Faciolince que tan fervorosamente les recomiendo, es aquella que Gracián, no sé si en El Criticón o en su Agudeza y arte de ingenio (traducida al alemán por nadie menos que Schopenhauer), resumió así: «Menos, es más». A lo cual me permito añadir : siempre.
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Opinión por:
betilon
10 marzo 2010 a las 11:04
Mi querido Ricardo,
Curiosa la forma de decirnos que HECTOR ABAD FACIOLINCE es bueno comparado con CARLOS FUENTES.
Es válido.
Gracias por la recomendación. Con esta comparativa, se antoja.
Y mira que amo a Carlos Fuentes.
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