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19
07
2013
Juan Diego Perdomo Alaba

Los pobrecitos

Por: Juan Diego Perdomo Alaba

El año anterior tuve la oportunidad de participar de un hermoso proyecto llamado ‘Navidad Ganadora’ gestado por la Gobernación del departamento de Bolívar. Un montaje teatral  itinerante que recorrió los 46 municipios bolivarenses y que hizo feliz a cientos de niños de cada pueblo.

Uno de los municipios donde  más acogida tuvo este ‘regalo navideño’  fue  San Estanislao de kostka, más conocido como Arenal, donde miles de niños presenciaron dichosos la obra de teatro del dramaturgo inglés Charles Dickens: ‘Un sueño de Navidad’. Tremendo montaje,  “nunca antes visto en la región” murmuraban los asistentes.

Camino a  Cartagena, comentaba con una destacada dirigente bolivarense lo agreste que se me antojan los municipios de Bolívar, cada uno con un potencial impresionante, pero anquilosados en un ostracismo político bárbaro. Décadas de centralismo y olvido. Blancos de saqueo impúdico y descarado. “Por fortuna, el gobierno de turno está saldando la deuda” gritó el conductor del vehículo donde íbamos.

Cuando concluí la idea, ella abrió los ojos y me sorprendió: “Mira Juan,  ayer en televisión vi a Catalina Escobar  –Directora de la fundación Juan Felipe Gómez, otrora postulada a Héroe CNN- quien me cae muy bien. Pero fíjate, se me salió cuando se refirió a las personas que asiste como sus ‘pobrecitos’”

“Pero será por cariño” le rebatí. “¡Les está reafirmando esa condición en sus mentes al referirse a ellas de esa manera!” contestó.

La líder, a quien prefiero proteger su identidad,  esboza una tesis muy interesante: dice que aunque partamos de lugares distintos en la grilla de partida de la vida en sociedad, tenemos fortalezas pero no hay dónde potenciarlas y por ende hacer de ellas el eje de un desarrollo personal. “Tú tienes habilidades que yo no y viceversa”, advirtió. “Pero no hay opciones, ni posibilidades para mostrarlas” cuestioné.

“¡Ahí está!” dijo.

Y sí. Ese niño mojoso de cabello amonado quemado por el sol, con el pegote de mango chorreado en la cara y de mirada profunda, expectante de que  algo pase con su vida, vio aquel teatro como algo sobrenatural en su corta historia. Esa imagen se repitió una y otra vez en el periplo que hice por la zona norte del departamento.

Es su mundo de la vida donde solo hay chanchitos cubiertos de barro y calles polvorientas y donde instintivamente –en municipios como San Cristóbal, por ejemplo- niños se rozan sus pichitas (penes) y otros más pequeños piden una “chupadita” y prometen metértelo.

Dice desparpajadamente y sin sonrojarse el alcalde de este municipio, que a los diez años ya están “dándole a la vaina”. ¡Válgame Dios! “Estos pelaitos son arrechísimos”, sentencia sonriente el mandatario.

En ese estado de cosas propio de estas comunidades, lo que hay es lo que existe. ¡Y ya! Lo demás,  es una quimera.

“Hay que ampliarles la visión del mundo con posibilidades y acceso a través de educación y cultura” me dije. Imaginé entonces, mega colegios con complejos deportivos y casas de cultura dotadas y tales. Acceso, oportunidad y posibilidad.

“Esa obra de teatro que ustedes están presentando de pueblo en pueblo, Juan, a un niño de esos, le puede cambiar la vida” me dice la dirigente. Acceso, posibilidad, oportunidad. ¡De eso mismo me hablaba ella!

“Nadie es pobrecito, solo carece de opciones” rompió su silencio una tercera que iba con nosotros.

Que al derecho le asista la posibilidad es menester de la izquierda, la derecha y el inexistente y mal llamado “centro”, ya que lo fundamental para el ser humano no tiene ideología.

Ni Familias en Acción ni ningún otro programa que motive al parasitismo será la panacea para cerrar las brechas sociales y brindar acceso y oportunidad al que no tuvo la “fortuna” genética de ser hijo de político, empresario o estrella del pop.

En la praxis,  el asistencialismo es solo una herramienta que aumenta el gasto público con un claro  beneficio populista que se evidencia en las urnas de esta democracia estomacal. Esto se da en cualquiera de los flancos del espectro político, por si las dudas.

“Juan, ese niño me susurró al oído que quiere estudiar teatro y ser un gran actor”, continuó diciéndome la dirigente. “Ya entendí su idea” le aseguré.

Por supuesto que es también una fantasía que los gobiernos enseñen a pescar. El sistema no lo permite, lo repele. Los dueños del poder político, que son quienes podrían promover desde el Estado verdaderos cambios sociales, para nada les interesa propiciarlos. Ven a sus representados como tarjetones marcados con su afable rostro redentor o como meros números de cédula que apuntan en sus libretas cada que visitan a sus pobrecitos.

Mientras tanto, los pobrecitos de Catalina siguen ahí, esperando una ayuda, una borona, las sobras, el manoseo del político en campaña.

Se vislumbran dirigentes  con cañas fuertes  y buen nailon; pero pasará algún tiempo porque el mar aún está turbio, revuelto y contaminado.

Podemos cambiar la historia, pero por ahora, de nuestro hijos, pobrecitos.

En twitter: @Perdomoalaba

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