Los que sobran

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De la instrumentalización política del feminismo en la coyuntura electoral y las razones por las que no son comparables el caso de Hollman Morris y el del Fiscal General.

 

Conozco a grandes rasgos, como buena parte de bogotanos, la trayectoria profesional y política de Hollman Morris. No se trata de un candidato que hubiera llamado particularmente mi atención para apoyar su candidatura a la Alcaldía de Bogotá, ya que suelo esperar el curso de las campañas, las propuestas de los candidatos, la coherencia de sus discursos y mi voto lo decido al final. De hecho, en un primer momento, mi candidato favorito era Antonio Navarro. Por lo demás, no acostumbro votar con disciplina partidista, sino por quienes considero que representan los ideales democráticos y liberales a los que adhiero.

A pesar de todo esto, algo que logró captar mi atención en el perfil de Hollman Morris fue el contexto en el que fueron dadas las denuncias en su contra por violencia de género: 1) la contienda política en curso y 2) que la más mediática de las denuncias fuera llevada a cabo por uno de los abogados más cuestionados del país.

Aunque en primera medida consideré – como lo manifesté en su momento – que lo mejor que puede hacer en estos casos quien detenta una posición de poder o aspira a detentarla es dar un paso al costado, considero igualmente que no por tanto se deben desconocer las particularidades de casos como el de Morris en el que existen varias zonas grises. Ni mucho menos pretender que son comparables casos como el suyo, que conciernen el ámbito privado, en los que la sanción social puede ser dada directamente por los ciudadanos  “en las urnas” y las garantías de justicia están en principio aseguradas para las posibles víctimas y casos como el  del Fiscal General, que conciernen cuestiones públicas y de interés nacional y  en los que las víctimas potenciales y los ciudadanos se encuentran desprovistos de cualquier garantía de justicia.

Los poderes públicos y la sociedad en general no pueden ser ajenos a la violencia de género. Ser sensibles a ella implica asumir como necesaria una cierta discriminación positiva que posibilite hacer frente a este complejo y normalizado flagelo. Es sabido que las mayores dificultades que enfrentan las víctimas de violencia de género son la probatoria y las condiciones de vulnerabilidad, dependencia o subordinación en que normalmente se encuentran.

No obstante, la diferenciación o tratamiento especial en los casos de violencia de género tiene que ser razonable y proporcionada, pues de lo contrario atentaría contra el principio de igualdad que lo fundamenta y desconocería algunos de los valores principales en un Estado de Derecho, como lo son  la igualdad ante la ley e imparcialidad de la justicia. En la misma medida, principios como la buena fe (en este caso de los denunciantes) o de inocencia en el caso de los denunciados, podrían ser malinterpretados bajo preceptos de discriminación positiva absolutos y automáticos en razón del género sin tener en cuenta el tipo de delitos referidos ni los componentes de cada caso.

Hace algunos días mi coherencia fue cuestionada por parte de una mujer feminista que admiro y respeto, por exigir con vehemencia la renuncia del Fiscal General de la Nación a  pesar de no haber sido declarado culpable de la comisión de algún delito, mientras en el caso de Hollman Morris reflejaba una aparente laxitud o parcialidad al no solicitar con la misma vehemencia apartarse de su cargo o renunciar a sus aspiraciones políticas. Quiero explicar por qué–aunque desde un comienzo consideré que lo más sensato por parte del candidato era aplazar sus aspiraciones policías – me parece una ligereza comparar los casos y sobre todo cuestionar a partir de ellos mi coherencia.

El género de los posibles actores de delitos no es lo que determina que los hechos merezcan automáticamente un trato especial, sino el tipo de delitos que se investigan. No es lo mismo hablar de posible violencia económica o acoso sexual a una mujer que hablar de blanqueo de dinero, evasión de impuestos, omisión de denuncia. Tampoco es lo mismo ser candidato a un cargo por votación popular que detentar uno de los cargos con mayor poder en Colombia, al que se ha llegado por denominación presidencial y pese a no haber cumplido los mínimos requisitos exigidos por la ley.

Que algunas mujeres consideren que es más importante visibilizar la inviabilidad de una candidatura, en razón a los principios y coherencia respecto a los ideales de un movimiento –a los que por demás adhiero –, no quiere decir que es menos legítimo considerar, como yo lo hago, que las maneras de enfrentar los dos casos son necesariamente distintas, sin que eso haga cuestionable mi coherencia como mujer feminista que me considero, ni como ciudadana ni mucho menos como jurista.

Primero, el caso de Morris puede ser analizado desde diferentes perspectivas, no todas necesariamente negativas. Me explico: es razonable pensar que dadas las circunstancias lo ideal sería que el candidato diera un paso al costado. Sin embargo, no se puede desconocer que la hipótesis de que se trate de una persecución política tiene bases sólidas, incluso si se llegara a declarar su posible responsabilidad penal más adelante. El daño político en últimas está hecho. Por esto, y porque según las encuestas a pesar de las denuncias el candidato sigue movilizando un sector significativo del electorado de izquierda, urge pensar una solución salomónica: una posición feminista un poco más empática en términos políticos, con menos juicios, más sentido crítico y visión estratégica que no  caiga en las trampas del poder ni permita que el impacto personal de las acusaciones a Morris  desgaste la necesaria unidad del sector político que representa. Buscar en últimas en medio de la adversidad un acuerdo programático que permita robustecer las voces de izquierda.

El caso Morris se convirtió necesariamente en un caso “ejemplarizante” y como tal, seguramente logró cuestionar en lo más profundo de sus corazones no solo al candidato sino a más de un hombre y sobre todo a más de un político de izquierda pues una de las luchas permanentes de este sector es la de la igualdad de genero. Esto hace que la tolerancia de los comportamientos que puedan atentar  contra  este principio sea mucho más rigurosa que en los sectores de derecha. No es un secreto que mientras en sectores políticos  como la CH la cero tolerancia a cualquier indicio de comportamientos sexistas o violentos al interior del colectivo es un hecho, en otros sectores, poderosos y reconocidos políticos son acusados por hechos tan graves como violación, sin que sus colectivos políticos,  la sociedad o las víctimas se atrevan a exigir renuncias ni a revelar al menos sus “nombres”.

Dado que exigir por la fuerza a Hollman retirar su candidatura no dio el resultado esperado  (como si las denuncias en su contra hubieran borrado su trabajo político de muchos años), la invitación que yo hago a las mujeres de la Colombia Humana y los sectores de izquierda es la siguiente: que reconozcan en Morris un político valioso y le soliciten en términos más empáticos y menos vehementes que postergue su aspiración política para desenvolverse mejor y con mayor independencia ante los estrados judiciales. Al mismo tiempo, las conmino a seguir aportando y apoyando al candidato que surja de una convergencia de izquierda. Un candidato que no tenga problemas que lo enreden en sus aspiraciones políticas y que sepa recoger de Morris sus aportes, trabajo y mejores ideas.

La humanidad de la Colombia Humana y de la izquierda no solo es feminista. El feminismo podría avanzar con más atino apelando más a la empatía, el sentido crítico y la vision estrategica menos al juicio. no más juicios, necesitamos sentido crítico y visión estratégica para  no caer en las trampas del poder. Mis votos porque se logre consolidar una sola candidatura viable de la izquierda que, producto de un acuerdo respetuoso de las diferentes voces y sectores, logre representar a los electores de Morris que hoy se sienten perseguidos y a los que exigen con mayor rigor el cumplimiento de los principios fundamentales del partido.

Que renuncie Morris, sí, pero no así. Inténtenlo mujeres, de convencerlo por las buenas, no por él, pues bastante lección sea o no responsable, ya ha tenido. No hay que olvidar que el feminismo se construyó no como una policía sino como una crítica contra las estructuras de poder.  Que la instrumentalización del caso de Morris  por un agente de las mafias, contra la oposición no encuentre en el feminismo su acomodado servil. Hay que buscar unión, por el sector de izquierda, pues entre tanto la derecha y el centro se  están devorando no a Morris, sino a la izquierda viva.

 

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