Cosmopolita

Publicado el Juan Gabriel Gomez Albarello

Los compromisos de Enrique Santos Calderón

Una de las tantas lecturas que admite el reciente libro de Enrique Santos Calderón (ESC), El país que me tocó, concierne a los compromisos del autor a lo largo de su vida, aquellos de los cuales él fue testigo, los que él rechazó de plano, así como aquellos otros que, en su óptica, para desfortuna del país, no se han podido materializar.

La lectura que propongo aquí toma como punto de referencia el planteamiento de Avishai Margalit según el cual la noción de compromiso debería ocupar un lugar central en la moralidad individual y colectiva. Margalit observa que, tanto en el plano personal como en el político, raramente conseguimos lo que ocupa el primer lugar de nuestras prioridades. Casi siempre nos vemos obligados a transarnos por mucho menos de aquello a lo que aspiramos. De ahí que, sostiene este filósofo, “deberíamos ser juzgados por nuestros compromisos más que por nuestros ideales y normas. Los ideales nos pueden decir algo importante acerca de lo que quisiéramos ser, pero los compromisos nos dicen quienes somos.”

ESC señala de entrada que su libro es un “recuento impreciso e incompleto de hechos y recuerdos relacionados con [su] vida, [su] familia, [su oficio] y [su] país.” En cada una de esas áreas, uno puede reconstruir el contorno de ajustes y transacciones entre lo que ESC habría querido lograr y lo que encontró en el mundo para escoger. El título de su libro pone el acento en los límites que el mundo le puso; el contenido, en lo que ESC puso en él.

Antes de entrar en materia, quisiera hacer dos anotaciones. Con la primera quisiera resaltar la franqueza con la cual ESC nos permite acercarnos al mundo y la vida que él relata. A mi mente vino el adjetivo en inglés candid, una palabra que en ese idioma retiene mejor que la nuestra, cándido, el sentido original de honestidad y sinceridad del latín original. No en vano pensé también en nuestro adjetivo pues, a cuenta de su franqueza, ESC puede ser tomado por ingenuo: sin mayores cálculos, ha decidido exponerse a que muchos usen y abusen de lo que dice de sí mismo, de otros y de su país. En estas líneas, espero estar a tono con la confianza que ESC depositó en sus lectores y, más bien, exponerme yo mismo en mis limitaciones para apreciar lo que el autor llama su “testimonio de salida”.

Con su singular franqueza, ESC admite que hay una dosis de vanidad en escribir sus memorias. Empero, inmediatamente añade que su publicación tiene que ver con haber sentido la obligación de compartir experiencias personales y episodios de la vida nacional, ligados a la suya, “que pudieran contribuir a que esta desmemoriada sociedad recuerde, o asuma, realidades nada gratas del último medio siglo.” En tanto el autor cruza la frontera de sus memorias personales para ponerse en el lugar de cronista de la cosa pública, él mismo invita a la discusión sobre lo que recuerda o ha dejado de recordar. No obstante, en un país donde sólo una minoría lee y sólo una minoría de esa minoría se toma el trabajo de articular por escrito lo que ha entendido de lo que ha vivido y de lo que ha leído, uno bien puede preguntar, ¿qué alcance puede tener el libro de ESC y, por supuesto, este mismo ejercicio? No hay duda de que ESC apunta a fijar el recuento de la historia de un modo distinto a como muchos querrían que ella fuera escrita. Modestia aparte, yo apunto a lo mismo, con la conciencia de que el impacto que tendré quizá sea mucho menor. ¡Qué importa! “Que la luz de una lámpara se encienda, aunque ningún hombre la vea. Dios la verá.”

Con un poco de autorreflexión, todos podemos advertir que los episodios de nuestra infancia son decisivos en la constitución de nuestra personalidad. No deja de impresionar, por tanto, que los primeros recuerdos que evoca ESC estén asociados a un hecho violento: el incendio del periódico El Tiempo. ESC tiene grabado el recorrido que hizo por los escombros del periódico junto con su abuelo “Calibán” y la fotografía en la que éste escribe entre ruinas su columna. Uno puede entrever el reflejo de estas imágenes en la resolución con la cual ESC afirmó esto o rechazó aquello otro en varios momentos de su vida.

Las primeras páginas de El país que me tocó contienen el registro de una vida politizada desde temprana edad. En ellas está claramente delineada la impronta de una madre políticamente activa, simpatizante, además, de la causa de un rebelde y también la de un padre anticomunista, a quien confrontó hasta bien entrada la vida adulta. La semblanza de éste es la más extensa, quizá por haber interactuado con él más tiempo, a cuenta de haber escogido el mismo oficio. ¿Habría entendido Enrique Santos Castillo la decisión de su hijo Juan Manuel de negociar un acuerdo de paz con las FARC, como cree ESC? Es posible. Como en el final del film Siberiada de Andréi Konchalovski, yo creo que en la vida de Juan Manuel y Enrique Santos hay una escena en la cual su padre regresa del pasado para abrazarlos y besarlos, por haberse embarcado en la tarea de “negociar en lo político con un enemigo al que no se logró someter en 50 años de confrontación armada.”

Es sabido que ESC militó en la izquierda y que materializó su militancia en la revista Alternativa. Uno de los componentes centrales de esa militancia era la simpatía por los grupos guerrilleros. Habrá quienes juzguen aún hoy con acrimonia esa simpatía y tal vez la hayan juzgado de igual modo en aquel tiempo. Sin embargo, a ningún observador del Siglo XX podría escapársele el hecho de que en los años 1960s la Revolución Cubana, la Guerra de Vietnam y el Che Guevara prendieron en muchos jóvenes de todo el mundo la llama de un sentido romántico por el cambio social, un sentido que contrasta con el nihilismo oportunista que ha hecho carrera en generaciones posteriores. ESC disolvió ese sentido romántico en una gran dosis de realismo, por lo cual sería insensato reprocharle hoy lo que hizo o dejó de hacer ayer. Con ese mismo realismo, ESC se considera de “centro, aunque con el alma aún inclinada a la izquierda.” Citando a un periodista inglés, muchas veces se ha declarado “de extremo centro”. Esta posición, me parece, está abierta al cargo de incurrir, de tanto en tanto, en el argumentum ad temperantiam, la disposición a creer que la verdad está en el medio entre dos extremos. Muchas veces la verdad está precisamente en los extremos, como lo estuvo en el radical rechazo al apartheid surafricano y como lo está hoy a la ocupación de los territorios palestinos. Creo compartir con ESC mi radicalidad en las mencionadas posiciones y en algunas otras más, que no caben en las clasificaciones convencionales. Tal vez lo mejor sería declararse políticamente de otro modo y liberarse de una vez por todas de categorías heredadas de la Revolución Francesa.

ESC define así el oficio que desempeñó en su vida:

Para mí, periodismo es buscar y contar la verdad por encima de presiones e intereses. Es darle a la gente elementos de juicio para que entienda mejor la realidad que la rodea. Es defender el interés común frente a los poderes públicos y privados. Y es hacerlo bien. Saber contar el cuento, como diría García Márquez.

Con el propio rasero que ESC propone, uno puede evaluar su afirmación según la cual su experiencia en Alternativa “fue periodismo de verdad, pero militante y comprometido.” Puedo imaginarme críticos que le objetarían caer en una auténtica contradictio in adiecto. Aparentemente, no se podría estar por encima de pasiones e intereses y, al mismo tiempo, actuar de forma comprometida y militante. Yo replicaría que la contradicción es más aparente que real, siempre y cuando uno se atenga a la máxima acuñada por C. P. Scott para The Manchester Guardian: “la opinión es libre, pero los hechos son sagrados.” Además de The Guardian, en la tradición periodística estadounidense, los muckrakers siguen siendo el ejemplo vivo de que uno puede militar en una causa y, al mismo tiempo, dedicarse a sacar a la luz pública hechos que los poderosos querrían mantener ocultos. Creo que eso fue lo que hizo Alternativa al atenerse a la consigna, “Colombia como es y no como dicen que es.”

Del planteamiento según el cual se puede hacer periodismo de verdad, militante y comprometido [sin peros], se pueden extraer al menos tres corolarios. El primero es que el periodismo de verdad nunca normalizará a tipos como Donald Trump y Jair Bolsonaro, esto es, nunca modificará el sentido de lo que es normal y correcto para incluir a personas de su clase. Dicho de modo más suscinto, siempre los tratará como fenómenos anormales negativos. El segundo corolario es que nunca modificará su postura a cuenta de intimidaciones ejercidas en su contra. A este respecto, en la posición que ESC asumió en El Tiempo hacia los narcotraficantes durante los años 1980s, uno puede ver una clara línea de continuidad con el sentido de compromiso y militancia que tenía en Alternativa. Ese sentido le dictó claramente que había compromisos –en el sentido de transacciones y acuerdos– que estaban descartados de entrada. El tercer corolario es que el periodismo de verdad nunca aceptará las afirmaciones de nadie al pie de la letra; siempre las someterá al escrutinio de la verificación fáctica y a la exposición a otros puntos de vista.

ESC es consciente de que la aplicación del segundo corolario es mucho más difícil en ciertas regiones del país, donde los periodistas están abocados muchas veces a autocensurarse para preservar su vida. Acerca de este fenómeno observa, “Políticos y contratistas corruptos no cesan en su empeño por intimidar medios locales (…).” Y, a renglón seguido, anota, “La concentración de la publicidad y el creciente cierre de medios locales también ensombrece el panorama de la libertad de prensa.” En su caracterización de la trayectoria seguida por El Tiempo, ESC destaca que hubiera logrado mantener su independencia financiera, pero dejó de mencionar el costo que pagó por ello. Tampoco mencionó que la pérdida de independencia financiera del diario rival, El Espectador, tuvo mucho que ver con su independencia editorial en el caso de los autopréstamos y las operaciones especulativas del Grupo Grancolombiano, de propiedad de Jaime Michelsen Uribe. Éste sometió a El Espectador a un matoneo publicitario por inanición, que lo dejó menguado. ESC observa críticamente que durante los años sesenta, setenta y ochenta, El Tiempo fue “el más sólido defensor del sistema (…).” Todo el resto, como lo dijo el maestro Verlaine, es literatura.

En la trayectoria de El Tiempo, ESC encuentra el patrón más general de un periódico que surge con vocación partidista, hace el tránsito hacia el modelo anglosajón de periodismo independiente y luego sucumbe ante la avanzada de grandes conglomerados mediáticos, primero, y financieros, después. Esto lo lleva a demandar que los medios actúen con elemental transparencia, en beneficio de sus lectores y audiencias. Por tanto, sostiene que deberían advertirle al público acerca de los conflictos de interés en los casos que involucran a las empresas que tienen sobre ellos derechos de propiedad. Éste sería, sin duda alguna, el mínimo moral de los medios. También debería ser el de los columnistas, de lo cual el propio ESC fue ejemplo durante los ocho años que ejerció la presidencia su hermano Juan Manuel: se apartó del ejercicio de su rol como opinador, de cara a la insalvable situación en la que se encontraba. El contraste con algunos columnistas que fungen de opinadores independientes no podría ser más decepcionante puesto que es aparente que un buen número tiene intereses acerca de lo que opinan. La limitada definición de corrupción como apropiación de recursos públicos con fines privados les sirve para escudar lo que deberíamos tratar como otro caso más de corrupción. ¡Qué bueno sería que los medios obligaran a sus columnistas a hacer públicos sus posibles conflictos de interés!

Bueno también sería que, a la luz de estándares más ajustados a las nuevas realidades, revisáramos nuestra comprensión de la relación entre el mercado, el poder y la producción y circulación de la información y el entretenimiento. Los viejos postulados de libertad de prensa de la ideología liberal se quedan cortos frente a los fenómenos de autocensura que ocurren en los medios de hoy; el equivocado relativismo que de ellos se deriva también le abre demasiados boquetes a la verdad para que por ahí se cuele la funesta posverdad. Conforme a la ideología liberal, cualquier regulación de la prensa es una mordaza, incluso si esa regulación tiene por objeto evitar la ingerencia de grandes conglomerados económicos en los medios. Otra cosa podría uno decir desde un punto de vista en el cual la tarea de la ley no es sólo limitar el poder del estado sino también el de agentes privados que, a lo sumo, sólo le rinden cuentas a sus accionistas. La discusión está servida.

Precisamente porque la producción y circulación de la información y el entretenimiento se realiza, principalmente, con arreglo al principio del mercado, los medios se rigen por la lógica de la primicia – lo que coloquialmente conocemos como la chiva. El carácter implacable de esta lógica lo capturó muy bien ESC en el recuento de una discusión en la que se involucró directamente. Una fuente le reveló que, a instancias del entonces Presidente Belisario Betancur, tuvieron lugar varios diálogos entre el Procurador General de la Nación, Carlos Jiménez Gómez, y el expresidente Alfonso López Michelsen, de un lado, y los narcotraficantes Pablo Escobar y Jorge Luis Ochoa, del otro. ESC trató el tema con su hermano Juan Manuel, a la sazón subdirector de El Tiempo. Éste fue de la opinión que el diario tenía que dar a conocer la ocurrencia de esos diálogos y convenció a ESC de hacerlo refiriendo el funtest silencio del New York Times, cuando tuvo conocimiento del rol del gobierno estadounidense en los preparativos para invadir a Cuba en 1961. En mi opinión, las dos situaciones eran muy distintas, por lo cual el criterio a seguir en cada caso tendría que haber sido diferente. Sin embargo, estoy lejos de suscribir la opinión de que lo correcto habría sido no publicar nada al respecto. Silencios de ese tipo, amparados en una política paternalista según la cual los medios sólo están obligados a revelar casi toda la verdad, como lo postuló en un libro con ese título la periodista María Isabel Rueda, los encuentro cuestionables. La discusión no debería girar tanto en publicar o no sino en cómo hacerlo, de acuerdo con el estándar de “darle a la gente elementos de juicio para que entienda mejor la realidad que la rodea.”

Sobre los diálogos con los narcos, la oferta que hicieron y lo que habría ocurrido si el Gobierno la hubiera aceptado, ESC hace ineludibles preguntas. “¿Se habrían ahorrado miles de vidas? ¿Se podía confiar en lo que ofrecían unos narcos sin escrúpulos? Los gringos, siempre tan pragmáticos, ¿habrían aceptado una oferta convincente de entrega de rutas y contactos mafiosos en Estados Unidos?” Uno podría agregar el siguiente interrogante: si el Presidente Betancur no hubiera dejado a Jiménez Gómez y a López Michelsen en la estacada, y hubiese defendido la búsqueda de una solución pragmática al problema del narcotráfico, ¿cómo habría respondido la opinión pública? A lo largo de su libro, ESC da a entender que una solución de ese tipo sería la mejor pues no tiene sentido alguno acumular éxitos contra los narcotraficantes y un rotundo fracaso contra el narcotráfico. Una iniciativa por la cual el expresidente Juan Manuel Santos merece muchísimo más crédito del recibido hasta ahora es, precisamente, haber puesto la opción de la despenalización de las drogas en la agenda continental. A su pesar, y al de toda las naciones donde se siembra, procesa y consume la droga, su iniciativa quedó opacada por un escándalo que no vale la pena ni siquiera mencionar. Conjeturo que ese escándalo fue orquestado por el gobierno estadounidense, para mantener una agenda que está en contravía de nuestro interés nacional y del de todos los demás países latinoamericanos.

En la valoración que ESC hace de los compromisos y la ausencia de ellos en la vida colectiva, el autor de El país que me tocó no puede ocultar su amargura: “Frente a la Colombia actual me invade cierta sensación de fracaso; de no haber sido capaces de dejarles a los que nos siguen una país más pacífico y equitativo, a pesar de todas nuestras prédicas sobre fraternidad y justicia social.” A propósito de la crisis desatada por la propuesta de un referendo independentista en Cataluña, John Carlin observó que en la lengua española no existe un equivalente directo de la palabra inglesa compromise. Esa ausencia la vio reflejada en la instransigencia del Partido Popular, primero, que acusó de inconstitucional el acuerdo entre el gobierno español y la región catalana, así como en la intransigencia del independentismo catalán que, después del fallo del Tribunal Supremo, prefirió jugársela por un proceso de ruptura. Es cierto que nuestra palabra compromiso está más cerca de la noción de obligación y asunción de responsabilidad que de la transacción mutua para llegar a un acuerdo. Sin embargo, ejemplos de compromisos abundan en la historia colombiana – eso sí, entre las élites. Lo extraordinario del proceso de negociación con las FARC reside precisamente en haber alcanzado un compromiso con una guerrilla anti-sistema, para de ese modo ponerle fin a la violencia. Al hacer un detallado recuento de la escasísima voluntad de autocrítica de los negociadores de la guerrilla, ESC da cuenta de las dificultades para alcanzar ese compromiso. De manera lacónica, se refiere a la imposibilidad de alcanzarlo con aquellos que se opusieron a los Acuerdos de Paz.

Pese a lo cerca que según [Sergio] Jaramillo se estuvo de un acuerdo con los del No, primaron los intereses político-electorales de quienes prefirieron mantener un discurso radical de cara a las elecciones presidenciales y seguir alimentando el miedo al “castrochavismo” y a las Farc, aunque ya no existieran, para derrotar de nuevo el proceso de paz en las urnas. La historia sabrá juzgar esa actitud.

En otros apartes, ESC es bastante duro con la clase política y con el empresariado, que nunca le apostó en serio al esfuerzo con el cual podríamos haber roto por fin la cadena de violencias y venganzas que arrastramos desde hace ya bastante tiempo. ESC reconoce que, como en otras latitudes, hay un acumulado de odios y rencores difícil de superar. En algunos casos, detrás del postureo intransigente, ESC encuentra otra cosa: el “cómodo y mezquino egoísmo” de quienes ya no sienten pesar sobre sus cabezas ni sobre sus propiedades ninguna amenaza.

El arquitecto del compromiso con las Farc fue el expresidente Juan Manuel Santos. ESC destaca que fue enteramente suya la iniciativa de resolver en una mesa de negociación lo que no había podido resolverse a punta de tiros, bombardeos y repetidas violaciones al derecho internacional humanitario de lado y lado. El compromiso que se alcanzó en La Habana materializó una visión de la paz mucho más compleja que “el simple desarme y fin de las Farc.” Como lo destaca ESC, esa visión fue la de generar “la oportunidad de emprender reformas largamente aplazadas, sobre todo en el campo.” A la luz de este claro entendimiento, yo juzgo desafortunada la caracterización que varias veces ESC hace del logro político de su hermano, el expresidente Santos: haber desarmado “a la más vieja y numerosa guerrilla del mundo (…)” (p 205); que las Farc dejaran “de existir como insurgencia” (p 223); “acabar con las Farc” por la vía de una política de paz (p 262). Alguien podría replicar que esta era la sustancia de la negociación, con lo cual estaría enunciando en realidad una verdad muy a medias.

Las Farc decidieron dejar las armas a cambio de la oferta de un conjunto de reformas, entre las cuales, como lo señala ESC, el acceso a la política y a la tierra tenían un valor central. Negar esas reformas es “cómodo y mezquino egoísmo”, uno que ratificaría la maldición de este país de que uno sólo logre que los poderosos lo escuchen si tiene armas o dinero o capacidad para ocupar indefinidamente puentes y carreteras. El caso es, finalmente, que esas reformas han sido negadas, por lo cual los logros del expresidente Santos han quedado eclipsados por el juicio histórico de fracaso que enuncia ESC, al cual ya me referí.

ESC escribe en su página final,

A los 20 años yo podía recorrer Colombia de arriba a abajo sin ningún peligro, acampar en La Guajira o en el Urabá, saltar en jeep por todas las trochas del Meta o el Casanare, gozar de alucinantes paisajes que están desapareciendo a un ritmo pavoroso. Da verdadero pesar sentir que mis nietos no podrán disfrutar de las mismas bellezas naturales. La degradación del medioambiente es otro triste legado que les dejamos.

Colombia está matando a los líderes sociales que se oponen a la degradación del medioambiente. Sin rubor, el columnista Ramiro Bejarano, quien funge como progresista y amigo de la paz, continúa la campaña que inició en octubre del 2014 contra quienes él llama “los ambientalistas extremos”. Bejarano, no sobra recordarlo, no declaró ningún conflicto de interés al pronunciarse sobre estos asuntos, a pesar de que su esposa es asesora legal de varias multinacionales mineras. No hay duda alguna que Bejarano contribuye con su pluma a darle legitimidad a la represión violenta del activismo medioambiental. Y, si esto fuera poco, la reciente decisión de la Corte Constitucional de ponerle freno a las consultas populares respecto de los proyectos minero-energéticos es otra puñalada contra la defensa de nuestro entorno natural. El expresidente Santos tiene algo que ver con esto último pues postuló como candidato para magistrado de la Corte a un abogado proveniente de la entraña del mismísimo sector minero-energético: Alejandro Linares.

ESC se va por lo positivo, cuando valora la gestión de su hermano, el expresidente. “El gran legado de Juan Manuel Santos fue, para no darle más vueltas, haber entregado un país en el que 20 millones de colombianos salieron a votar por su sucesor sin que se registrara un solo acto de violencia.” Sin negar lo anterior, hay muchos otros legados que opacan gravemente lo alcanzado en materia de reducción de la violencia: la inequitativa política tributaria; los compromisos fiscales con el clientelismo; la sombra de Odebrecht; la perpetuación de un capitalismo rentístico y extractivista; la continuidad de un modelo de provisión de salud basado en el lucro de las EPS y no en el bienestar de la gente, así como en una política educativa bastante cuestionable; la errónea implementación de la sustitución de cultivos; el haber incluido en la terna para Fiscal General a personas con evidentes conflictos de interés, quienes además resultaron elegidos por la Corte Suprema, en fin.

ESC deposita su esperanza en la juventud, a la que llama a decir “¡No más!”, luego de resaltar en su propio itinerario pertenecer a “una generación creativa y socialmente comprometida.” El compromiso como asunción de responsabilidad y, sin duda, como transacciones mutuas para llegar a un acuerdo, son tareas histórico-políticas y también personales. De esos compromisos, ESC nos ha entregado su testimonio.

A modo de colofón, diré que añadí a la última página de mi ejemplar de El país que me tocó unos versos de T. S. Eliot:

what there is to conquer

By strength and submission, has already been discovered

Once or twice, or several times, by men whom one cannot hope

To emulate—but there is no competition—

There is only the fight to recover what has been lost

And found and lost again and again: and now, under conditions

That seem unpropitious. But perhaps neither gain nor loss.

For us, there is only the trying. The rest is not our business.1

1Y lo que debe ser conquistado

Mediante fuerza y sumisión,

Ya ha sido descubierto, una, dos, muchas veces,

Por hombres con quien uno no tiene esperanza de emular,

Pero no hay competencia:

Solo existe la lucha por recobrar lo perdido

Y encontrado y perdido una vez y otra vez

Y ahora en condiciones que no parecen propicias.

Pero, quizá, no hay ganancia ni pérdida:

Para nosotros solo hay el intento.

Lo demás no es cosa nuestra.

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