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22
11
2012
antojarcu

Un hombre fatigado

Por: Jarnavic

Es de nacionalidad Siria, origen kurdo y se siente de dónde se viva en libertad. Tuvo que irse de Siria porque daba clases de kurdo. Habla cinco idiomas. Compone canciones y le encanta la guitarra. Le gusta el flamenco y el fado. Su familia vive en Alepo y a veces ha pasado hasta un mes sin saber nada de ellos desde que comenzó el conflicto sirio. Lucha contra la fatiga del activismo y tiene ganas de dejarlo, pero no puede. Escribe una novela autobiográfica aunque su sueño es que hagan una película de su vida. Este señor se llama Siwar ‘Human’ Ala.

Siwar.

Voy a ver a Siwar a Alcobendas, la ciudad donde vive ahora. Cojo el Cercanías en Atocha y me pongo allí en cuarenta minutos. Llamo al salir de la estación y aparece. Desde hace dos meses vive en el Centro de Refugiados de Alcobendas mientras espera que la Administración resuelva su situación legal. El centro está lleno de subsaharianos. El sirio es una rara avis entre todos estos refugiados de color. La portera me mira con desconfianza y el resto de las personas lo hacen con desinterés. Me piden el carné para entrar y mientras Ala va a buscar dinero, me hacen esperar en una sala. Regresa. Preguntamos por un bar para hacer la entrevista y nos vamos de allí.

Siwar reconoce que no le convence el sitio. Tiene techo, mesa y cama, pero no le gusta. La convivencia es muy difícil. ­“Es un sitio transitorio” me comenta más tarde. Mientras tanto, caminamos y vemos un kebab. Le propongo hacer la entrevista allí. Nos acercamos, examina el lugar y me comenta que prefiere que vayamos a otro sitio. Puede que sea turco. Ningún problema. Nos acercamos a un bar cercano en el que empieza a narrar su historia.

Nació hace 25 años en Alepo, aunque vivió durante un tiempo en su pueblo de Mobato, el único pueblo alauita kurdo. A Siwar le gusta ir a la contra, es algo que le viene ya de la cuna: sus padres son de la minoría kurda y alauita, etnias minoritarias en Siria, si bien la última es la que ejerce el poder y a la que pertenece el presidente Bashar el Assad y su familia.

Comenzó en el activismo debido a su condición de kurdo. El gobierno sirio reprime duramente la lengua, así que se volcó en aprenderla. Le gusta la informática.  Gracias a sus conocimientos consiguió saltarse los controles del gobierno y accedió a la inmensidad de la red donde aprendió su lengua. Estudia Bioquímica en su país, pero quería aprender idiomas. Necesitaba contarle a todo el mundo la historia del pueblo kurdo y cuántas más lenguas se dominen, a más gente se lo podrá contar. Habla cinco idiomas; cinco instrumentos para contar su historia.

En la universidad de Alepo empezó a dar clases de kurdo. Surgieron problemas con el gobierno sirio. Ante el peligro que corre y para proteger a su familia, decide irse de su país. Con 21 años consigue un visado de estudiante y termina en España.

Dice Siwar que este país le ha tratado muy bien. Vivió en Ciudad Real y después se trasladó a Madrid. Lo que más le gusta es la gente, la comida y la música. El flamenco y el fado le encantan; le recuerdan a la música de su tierra por el dolor y la pasión que desprenden. Y la guitarra, le entusiasma este instrumento y compone sus propias canciones. A todos los sitios siempre va acompañado de su inseparable guitarra. El mar y la flora mediterránea también lo llevan a su país. El Mediterráneo le lleva a Siria y cuenta que una vez vio una higuera y se emocionó. Le recordó al campo que tenía su abuelo en Mobato.

Continuó su carrera universitaria en España, incluso el año pasado se fue de Erasmus a Oporto, donde habló para los medios lusos más importantes sobre la situación de Siria. Le queda sólo un año para terminar la carrera, pero con la subida de tasas no ha podido pagar la matrícula de este curso. Ahora trabaja como traductor para una asociación de inmigrantes mientras espera que se resuelva su situación.

Pese a llevar cuatros años en España, hoy no tiene la cabeza aquí. Vive con el alma en vilo. Le duele Siria y se nota. Alepo sufre los vaivenes de la guerra y cada noticia que viene de Oriente Próximo es mala. A veces, se queda escuchando la música de su país en el transporte público y regresa allí.

Echa de menos a su familia; desde que está aquí no ha vuelto a estar en Siria. El gobierno ha cortado Internet, así que habla de cuando en cuando por teléfono. Puede pasar una, dos o tres semanas e incluso un mes sin que tenga noticias de ellos. Quiere sacar a su hermano, pero lo ve muy difícil. España ha cerrado las puertas  a cal y canto a posibles refugiados sirios. La otra posibilidad es venir mediante las mafias. Un viaje caro y peligroso. Hay que reunir 9.000 euros para pagar una travesía que no se sabe cómo va a terminar.

Siwar es muy crítico con las organizaciones de defensa de los Derechos Humanos.  Con Amnistía Internacional especialmente, con la que ha colaborado algunos años. Critica que Amnistía no se implique más en Siria. Él ha luchado por mucha gente que no conocía. Ahora es su país el que necesita ayuda y cree que se hace poco. Cuando dice que hay que hacer algo por Siria, le responden que la Sección Española no trabaja este país, que ya se hizo una Acción o que depende del Secretariado Internacional. Hay mucha amargura en sus reproches.

Está cansado. Lleva muchos años luchando y quiere parar. Hace poco vio una obra de teatro. En el escenario había un personaje que se iba a suicidar. Le preguntaban qué le pasaba. Entonces el personaje contestó: “Estoy bien, pero quiero descansar”. Se vio reflejado. Necesita parar porque lleva muchos años bajo en tensión. Sólo en sus vacaciones de cinco días en Ibiza con una amiga fue capaz de desconectar, el resto del tiempo sigue viviendo bajo presión. No puede dejar de pensar en su país ni en el activismo.

Toda esta historia quiere contarla al mundo. De hecho escribe una novela sobre su vida en el tren mientras escucha música kurda. Aunque lo que de verdad le gustaría es que se hiciese una película. No para ser famoso, aclara.  Simplemente, quiere que el mundo conozca la historia de su pueblo mediante su vida.

Se termina la entrevista. Saco la cámara y algunos libros que he utilizado para preparar la entrevista. Los ojea. Hago algunas fotos. Le veo cara de cansado. Pagamos y salimos. Me deja en la estación de tren y regresó a Madrid.

Siwar ojea un libro en un bar de Madrid.

Categoria: Actualidad

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Opiniones

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Opinión por:

swhelpley

22 noviembre 2012 a las 8:38
  

Hermoso texto, un ejemplo de tanta gente que ha tenido que ir a otras tierras para poder respirar libertad. Aqui en Barranquilla, conoci un caso de un señor que durante el regimen de Saddam Hussein, debio dejar su pais: Era Kurdo y cristiano, doble minoria en Iraq, como el de Siwar.

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