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09
08
2012
antojarcu

El censor de Público

Por: Jarnavic

Hace más de un año comencé mi andadura en este oficio en la página web del diario Público. Empecé de becario-precario, con un mísero salario -aunque bastante decente si se compara con otros sitios-, un contrato temporal de tres meses y un elenco de quehaceres monótonos y repetitivos a los que me tocó hacer frente al ser el último mono del periódico. En esa amplia gama de tareas odiosas hubo una que destacaba sobre el resto: moderar comentarios.

En España, los servidores son responsables por los comentarios que dejan en su web. Por ejemplo, si usted deja todo tipo de piropos al presidente, será responsable el medio que aloje sus mensajes de amor a los gobernantes. El periódico ya había tenido varias problemas en este sentido y otros medios fueron condenados por la opinión vertida por sus usuarios. Público tenia externalizado el servicio para controlar los comentarios. Pero con la crisis, echaron cuentas y asumieron ellos mismos el control del troll que pulula por internet. ¿Quiénes se iban a encargar de tan agradable tarea? Las personas que ocupaban el menor escalafón en la cadena de mando, ergo, los becarios.

Hay estábamos los becarios, el pelotón de infantería en primera línea de fuego comiéndonos los sapos que nos tocaban. Tú con la idea de que ibas a desentrañar los secretos de la asquerosa sociedad que nos oprime y allí estabas, tragándote las cantinelas de bar de la farándula contubernaria. Qué decepción.

Al principio no me lo tomé bien, pero después me empezó a gustar. Había gente muy interesante que aportaba mucho a los debates y que hacía muy interesante leer los comentarios de las noticias. Pero también tenía auténticos trolls que impedían cualquier tipo de debate o intercambio de ideas. Cuando daban mucho mal y se volvían unos pesados, tenías la posibilidad de eliminar sus perfiles y borrarlos del mapa. En ese momento, ponía mi colección de frases de Harry, el sucio o Las Walkirias de Wagner y “fusilaba” a todo bicho viviente.

Me encantaba. Sobre todo, si llamaban al periódico y se quejaban de que los hubiera eliminado. Entonces, accedía a la base de datos y le recitaba los comentarios que había hecho con todas las palabras malsonantes que había utilizado mientras el silencio se apoderaba del otro lado de la línea. Si le levantabas el castigo y los readmitías, se portaban como buenos chicos y se volvían los más correctos y formales del mundo. Era el sheriff del lugar y mi palabra era la ley.

En esta jungla diaria teníamos a un tal Bosco Pelayo que era para dar de comer aparte. Este Bosco Pelayo era supuestamente un derechista que hablaba con gran decoro y pudor y rezaba por la salvación de las almas de socialistas y comunistas a la Virgen María. Siempre interpelaba al Señor o al Papa para que organizaran una cruzada que acabara con los rojos que estaban enflaqueciendo España y aludía siempre a todo tipo de santos y vírgenes para que terminaran con las barbaries del mundo moderno.

Llegó a tener un grupo en Facebook y una larga serie de imitadores que no le llegaban ni a la suela del zapato. Supongo que era una genial parodia, pero en estos tiempos, cualquiera sabe. Aún así, un personaje interesante.

Pero no todo era política. Había gente que utilizaba el foro para cosas muy distintas. No querían recurrir a otras páginas,  como se conocían de periódico y era como su casa, se dedicaban a narrar y hacer su vida diaria en la web. Quedaban e intercambiaban relatos eróticos, se daban consejos de cocina, anunciaban que se iban al baño o, simplemente, quedaban en X noticia de años anteriores y hablaban sobre las cosas más mundanas.

Te tocaba leer los relatos más rocambolescos o asistir a terapia psicológica vía comentario. No entendía por qué no se iban a las páginas especializadas en este tipo de cosas. Ellos ganaban privacidad y una aplicación especialmente diseñada para este tipo de temas y yo no tendría que tragarme sus comentarios sobre sus andanzas sexuales o problemas psicológicos.

Al final, terminé mis días en Público y me fui a Colombia. Alguna vez viene la nostalgia y le echo un vistazo a los comentarios de las noticias. Veo algunos insultos y pienso en el pobre becario si algún superior llega a ver esos mensajes en su web. Me apiado de su alma y pido que tenga un jefe flexible porque los trolls nunca tuvieron corazón.

Categoria: General, Relatos

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