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22
04
2013
Juan Botía

Evelio Rosero: La lucidez escondida

Por: Juan Botía

Foto: Milcíades Arévalo

Foto: Milcíades Arévalo

Alguna vez un joven aprendiz preguntó a uno de sus maestros más queridos si firmar una obra con su propio nombre era un acto de vanidad. El maestro, que había tejido con el joven un silencioso cariño, respondió:

-En seres humanos como usted la firma no es un acto de vanidad, sino de responsabilidad.  

Se podría decir que en materia de arte, más concretamente en literatura, no existen culpables. Nadie puede ser culpable de haber escrito un libro o esculpido en la piedra, pues cualquier ejercicio del arte está sustraído de las mismas raíces de la libertad. Pero la libertad conlleva responsabilidades.

Un hombre puede componer una obra. Puede firmarla con su nombre, con un seudónimo, puede no firmarla. Esa, a pesar de no aparentarlo, es una decisión capital que oculta enormes consecuencias. Puede ocultar, por una parte, inseguridad, modestia, humildad, miedo; por otra, orgullo, fuerza, valentía, coraje. Puede también no ocultar nada. La firma de un autor exhibe y esconde su completa humanidad.

Evelio Rosero ha firmado sus libros. Libros que pasan como fantasmas, invisibles y hermosos, por el público literario colombiano. Libros de una calidad suficiente como para que su autor haya podido esconderse detrás de ellos. Borges afirma, en alguna línea de aquel precioso libro que es ‘Ficciones’: “La gloria es una incomprensión y quizá la peor”. Rosero parece haber descubierto esta importancia desde muy joven, pues su permanente transparencia es voluntaria.

Nacido en Bogotá en 1958, vivió su niñez en Pasto, el sur del país, residió en París, más tarde en Barcelona; actualmente vive en algún apartamento del occidente bogotano, moldeando una producción novelística de una maravillosa resonancia poética, con creces merecedora de todos sus premios.

Rosero no suele asistir a cocteles literarios; su nombre es infrecuente en los periódicos, aún más en las revistas. No escribe columnas semanales (trincheras desde las que tantos autores se condenan); pocos lo reconocerían si caminaran a su lado, pues su rostro es el rostro de cualquier hombre de su edad, quizá atravesado por una dulce rigidez, por la inteligencia. Bajo esa austeridad, tan sobria y tan medida, los libros de Rosero han sido diversamente traducidos. ‘Los Ejércitos’, mereció el II premio Tusquets de novela en 2006. Tres años más tarde, la misma obra mereció también el ‘Foreign Fiction Prize’ del periódico británico ‘The Independent’ en reconocimiento a la mejor obra traducida al inglés durante el último año; una distinción que comparte con Saramago, Pamuk y Kundera.

Rosero ha fraguado, desde lo más profundo de su experiencia como ciudadano colombiano, un lenguaje enternecedor, tierno, brutal a veces, anclado siempre en la realidad, pero dotado también de las infinitas posibilidades de la ficción. Hay en sus libros cierta semejanza con su forma modesta de existir; su voz, que es siempre cálida, se deja escuchar y es como un hálito de tibieza que sólo desaparece hasta el final de la historia, y que sin embargo, deja estelas, pequeños rastros de maestría, sencillez, delicadeza.

Algunos pasajes, dedicados únicamente a la exaltación del cuerpo femenino, permiten apreciar un erotismo repleto de cumbres, cimas, cúspides insospechadas de sensualidad, observación, contemplación, goce. Esto, en el caso de ‘Los Ejércitos’ se entrecruza con la  violencia que azota a un pueblo indefenso, que puede verse a sí mismo en el centro exacto de fuegos cruzados, donde entre aliados o enemigos sólo se distingue la certeza de la muerte que se aproxima.

La obra de Rosero posee aquella finura capaz de herir nuestra tolerancia hacia la violencia, nos despierta de la costumbre de no asombrarnos de nuestro sufrimiento como nación. Todo aquello, aunque no es más que la opinión de una conciencia solitaria, es el reflejo de los estragos de uno de los trabajos más enriquecedores, raros y bellos en la actualidad literaria nacional e internacional. Lo corroboran largas filas de títulos, reconocimientos y distinciones.

En la medida en que un autor pueda desaparecer detrás de su obra, dejándola a la deriva, pudiendo hundirse o alzarse en cualquier podio (casi nunca esto importa al escritor), podemos, no medir, pero sí sentir, percibir su maestría, su pulso humano: su humanidad.

Como el caso (también extraordinario) de Tomás González, Rosero ha tejido un universo independiente, capaz de valerse por sí mismo y que sólo guarda con su autor una relación estrictamente formal. Pues a pesar de ser inevitable unir el rostro de quien escribe con lo que escribe, siempre es bueno recordar que un libro será igual o incluso más bello si bajo su título no aparece ninguna firma.

Evelio Rosero es, al firmar sus libros, responsable de este texto que sólo pretende gratitud y sobre todo, respeto.

Sobre sus influencias: Nuria Hurta, en una entrevista hecha por este mismo diario en Marzo de 1988, en el desaparecido Magazín Dominical, preguntó a Rosero:

-       ¿Qué autores han influido en su obra?

-       En cuanto a autores e influencias, eso lo dejo para la crítica. Que se equivoquen ellos

La lectura de ‘Los ejércitos’ fue vital para la redacción de este artículo, así como la de algunas de sus otras obras.

Categoria: Notas

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