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19
10
2012
Juan Botía

Octavio Paz y Juan Rulfo, la herencia de México

Por: Juan Botía

En una de las interminables ediciones de ‘Crónica de una muerte anunciada’, prevalece una generosa introducción de Angel Rama. Esa introducción busca desentrañar ‘el bosque’, como refiere el autor, que representa la magistral mezcla entre la ficción y la realidad del Nobel colombiano Gabriel García Márquez. En las primeras páginas, Angel Rama afirma que “la realidad ni siquiera sabe imitar al arte”.

El peso de la frase basta para partir desde ella. Si profundizamos, se entiende que el arte es un producto estético de la realidad, que por principio no busca ni persigue modificarla; el arte es la apropiación que el espíritu humano reclama por el hecho de habitar el mundo. El arte es el resultado de un proceso de moldeo de la realidad; pero la realidad, sin embargo, no es el resultado de los procesos artísticos. Es decir: el arte es hija de la realidad, pero ese vínculo materno se rompe para siempre en el mismo momento en que es concebido.

El artista es el instrumento que transmite la realidad a los campos de su disciplina, quien se consagra al sutil oficio de inmortalizarla.

Por supuesto ninguna realidad es idéntica a otra, e incluso sus mismas similitudes son distantes, pero no demasiado remotas.

México: Un mundo de mundos cerrados

El ejercicio de este texto era construir una relación entre los libros ‘El laberinto de la Soledad’ de Octavio Paz, y ‘El llano en llamas’ de Juan Rulfo. Más profundamente aún sobre la estrechez entre ambos autores y su narrativa.

No es una tarea sencilla establecer esas relaciones entre dos autores y su obra, no tanto por la abismal diferencia de estilo o de género, sino porque requiere astucia y pericia. Sin embargo, este texto parte del vínculo más obvio y más modesto: ambos son escritores. Se justifica repetirlo porque en materia de literatura es de vital importancia comprender la grandeza del término: la escritura es el lugar del arte que está destinado a sublimar, censurar, exaltar o apedrear los momentos históricos con más precisión y destreza que los otros caminos de la expresión artística.

Para establecer relaciones, puentes, entre dos algo, primero hace falta diferenciarlos. Una diferencia esencial entre Octavio Paz y Juan Rulfo podría ser el género.

Paz fue un asiduo estudioso de la realidad, que expresó sus ideas a través de la filosofía, el ensayo y la poesía. Rulfo fue un hombre nacido con una aguzada sensibilidad, cuentista, novelista y fotógrafo. Un autor al que le bastaron sólo dos libros (Pedro Páramo y El llano en llamas) para hacerse con una reputación universal.

Pero el trasfondo de la relación entre ambos dispone de terrenos mucho más gratos que la somera separación por el estilo: ambos mexicanos, dueños de una mirada mágica y crítica, de un universo y una carga de costumbres ensordecedora, Paz y Rulfo comparten la misma sabia, la misma composición en la complicada alquimia de la literatura universal: México.

El ejercicio de comparar ciertos cuentos de Rulfo como ‘Es que somos muy pobres’, ‘Nos han dado la tierra’, con ensayos de Paz, como ‘El pachuco’ o ‘Máscaras Mexicanas’ son el vivo reflejo de esa preocupación compartida. El primero explica su país valiéndose de recursos meramente literarios, de una estética propia y poderosa; el segundo emplea la observación y el estudio de la sociedad, y cuenta los resultados con una prosa dulce en metáforas y sencillez.

Allí radica la condensación de un lazo que, simultáneamente, diferencia y acerca a estos dos autores: ambos escogen un camino lleno de autenticidad e ingenio, ambos cuestionan las razones de su gente, de su nación, y convierten ese esfuerzo en literatura.

El estilo

Uno de los grandes problemas del ensayo como género es que carece de plumas sencillas. Pocos autores logran en el género la claridad y la disminución de las ideas que requiere, el punto de equilibrio entre estilo y contenido. Digamos: Kant, por lo menos: la influencia de sus obras en la filosofía universal es de proporciones enormes. Pero se ha dicho que para leer a Kant hacen falta diccionarios, manuales, métodos y una mente abarrotada de conocimiento.

Los textos de Octavio Paz pueden ser leídos sin o con pocos sobresaltos, pues su estructura responde a diestras nociones del ritmo y la velocidad. Sus ensayos están hábilmente poblados de una fluidez similar a la García Márquez: una prosa que pareciera haber sido diseñada para atrapar al lector y obligarlo, amablemente, a concentrarse.

Las anécdotas son una opción corta y divertida de explicar las emociones. Sobre Juan Rulfo, existe algún texto de García Márquez que amplía esas dimensiones: “Álvaro Mutis subió a grandes zancadas los siete pisos de mi casa con un paquete de libros, separó del montón el más pequeño y corto, y me dijo muerto de risa: ”Lea esa vaina, carajo, para que aprenda”; era Pedro Páramo”.

La veracidad del juicio de García Márquez ha sido corroborada por los críticos y los lectores suficientes como para que Rulfo ocupe el lugar que ocupa en el Olimpo de las letras universales.

Ocupar las voces de esos seres invisibles, marginales (otro principal objeto de estudio en los textos de Octavio Paz), situarlos en la desgracia común que consume esa misma marginalidad; darle la nitidez, el tono, el color y el calor de las almas puras e inocentes, son elementos propios de Rulfo.

El recurso de esa misma inocencia llevó a Rulfo también a situar su pluma en las gargantas de la niñez. Cuentos como ‘Macario’ y ‘Es que somos muy pobres’, lo corroboran. Aquí el mérito de Rulfo es doble, porque narrar desde la niñez quita la posibilidad de reflexionar sobre lo marchito de los años, sobre la propia experiencia de haber agotado la vida; pero otorga, también, el chance de escribir cimentado en la mera intuición pura que son los sucesos para los niños, que todo lo ven a través de un manto de transparencia e inocencia. Rulfo se aproxima a ese umbral con una destreza ejemplar, estudiada, memorable.

El vínculo

Los autores jóvenes vivimos de una angustia prevaleciente, que va mudando de forma, pero conserva la misma presión y el mismo asombro. Una fuente de esa ansiedad es la incertidumbre que genera la pregunta de nuestro origen. Es poco frecuente que un escritor joven escriba sobre la profundidad de su país. Estará remitiéndose a estéticas y a recursos floridos, a un barroquismo involuntario, a una búsqueda desesperada por el estilo y la soltura; que es un proceso natural en las artes.

Sólo a través del ensayo y el error, de la experiencia, de larguísimas jornadas de corrección, escritura, reescritura y toneladas de papeles tachados y rotos, los autores consagran la tenacidad de su obsesión.

Octavio Paz y Juan Rulfo están entrelazados por una noción que traspasa la nacionalidad, están retroalimentados por nociones de la vida esenciales, totales, que resplandecen en el oficio de moldear la crema y la grasa de un país que es mundo lleno de mundos, de mundos cerrados.

Octavio Paz, en su ensayo ‘Máscaras Mexicanas’, dice: “A cada minuto hay que rehacer, recrear, modificar el personaje que fingimos, hasta que llega el momento en que realidad y apariencia, mentira y verdad, se confunden”.

En cierta medida, la literatura es un instrumento de esa pretensión, de esa realidad que se confunde.

No es gratuito haber mencionado con tanta intensidad en este texto a García Márquez; otro extraordinario escritor, no tanto por su Nobel, cuya entrega cumplió 30 años ya, sino porque Colombia y México son naciones esencialmente hermanas. Y lo son por su condición de alegre padecimiento, de risa ante la herida, de indiferencia y de infinita resignación ante el caudal de miseria, magia y amor que las habita. Colombia y México son naciones hermanas porque ambas están en un perpetuo desangramiento, pero están vetadas de la resequedad.

Los grandes autores son aquellos cuya ficción pareciera sacada del momento más real de la historia la de la humanidad. El anhelo de toda literatura es, como afirmó William Ospina, la verosimilitud.

A los escritores, así como a todos los artistas, los unen los mismos cuestionamientos, las mismas preocupaciones, las mismas dolencias y las mismas esperanzas. El gran trabajo de la vida de los hombres consiste en crear una única manera de expresarlas. Paz y Rulfo son galerías inagotables de esa bellísima condición.

Categoria: Notas

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