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28
08
2012
Juan Botía

La magia y García Márquez

Por: Juan Botía

García Márquez es una criatura mitológica. Es una hidra, un fauno y un grifo.

Pensamos en él como si fuera lo que, acaso, quizá sea en el fondo: Un hombre volcado más allá del mundo y de sí mismo, una estatua viva; perfectamente inalcanzable. Él es sólo un hombre, pero su obra no es sólo una obra.

En sus libros yace una especie de abismo donde el infinito y la magia se tocan con una intermitencia desoladora y exquisita; y no arrojarse a el podría ser una de las formas más concretas de la amargura.

Al leer varios títulos suyos sentí una bruma ardiente que me devastaba, un soplido de conmoción tan grandioso que para mí, el hecho de escribir se traducía en una tibia vergüenza luego de terminar cualquiera de sus libros. Es difícil levantarse a vivir después de leer cualquiera de sus líneas, de sus párrafos, en esencia por aquella sensación de embebido en ese charco de baba materna del que no puedo acordarme, pero cuyo sabor tengo grabado en las coyunturas de las manos. Es difícil levantarse a vivir después de leer a García Márquez, pues yo siento nacer de nuevo, y sin embargo no me veo en sus pueblos ni en sus gentes, sino en el mismo escenario desde donde él ascendió al cielo que inventó en sus novelas y en sus cuentos, y desde donde yo lo veo vivo envuelto en su fuego de leyenda.

En ocasiones, y con razón, entendemos a las sombras de los grandes clásicos como demonios que nos envuelven en su grandeza y nos privan de la inspiración. Quizá esté ausente la tierna idea de que estos mismos demonios llevan lápices en lugar de tridentes, y que también nos mueven los brazos con sus hilos eternos cuando ya no hay suficiente valor para seguir mirando la miseria a los ojos.

Tal vez derrumbarse leyendo grandes obras no sea sino la oportunidad mejor para reorganizar los ladrillos de la vida.

A Gabriel García Márquez “le debo la gran deuda de instruirme, sin querer, a vivir a cambio del sueño que requiere el tormento de estar de pie”.

Lo único acaso más mágico y más bello que su obra sería que Gabo cumpliera Cien Años. Ojalá y hasta allá le alcance su alma encantadora.

Categoria: Notas

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babalu

28 agosto 2012 a las 10:05
  

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