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22
08
2012
Juan Botía

El inmortal

Por: Juan Botía

Confesó Jorge Luis Borges a Joaquín Soler Serrano en una entrevista televisada en 1980 que estaba cansado de vivir. (Vea aquí la entrevista) Le expresó  que la gran maldición de los inmortales era su misma condición de infinitos; que era una desdicha no morir nunca, pues la vida tenía más de agónica que de memorable. Para ese momento, el argentino tenía ochenta años y su obra había conmovido al siglo XX.

El 14 de Junio fueron 26 años desde la muerte del escritor que fue el intelectual innato: El hombre inagotable y sediento de origen, de búsqueda y de destino.

Hablar de Borges es un asunto delicado. Yo temo hablar, escribir sobre él.  Primero, por mi amplia ceguera en lo que respecta a su vida y su obra; segundo, porque está escrito dentro mío que aquellos a quienes respeto en verdad no me inspiran nada distinto a un silencio inquebrantable.

Como no sé nada o sé poco sobre Borges, sólo puedo contar lo que sentí leyendo sus libros: Lo suyo es la tendencia de aproximarse al limbo de lo perfecto; la complicidad con la sincronía y el ritmo del corazón. Su estilo limpio y preciso tiempla las raíces de cualquier alma. Sus cuentos, poemas, son la línea de equilibrio entre el caos y la paz de los espíritus inquietos.

Mis juicios son, desde luego, prematuros. Pero Borges obsequia el impulso suficiente como para atreverse a estas eventualidades.

Escribió Susan Sontag en una carta  dirigida a Jorge Luis: “En alguna parte usted dijo que un escritor -delicadamente agregó: todas las personas- debe pensar que cualquier cosa que le suceda es un recurso. (Estaba hablando de su ceguera)”. En mi caso, el recurso (o excusa) fue leer a Borges.

Otros grandes escritores son doctos en hervirnos la sangre, en abrirnos los ojos más allá del mundo. Borges, con algún tipo de magia universal, nos los cierra; como queriendo contagiarnos de la modesta ceguera que padeció hasta el día de su muerte.

Lo que da su nombre al inmortal es el hecho de que no puede morir. Borges, a cambio, muere y se inmortaliza, perpetuándose en el encanto y la memoria de los hombres, evitándose la fatiga de vivir hasta la náusea e infinitamente.

Categoria: Notas

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