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Cuando se enteró de que su ópera prima Chocó había sido elegida para la sección Panorama del Festival de Cine de Berlín, una de las dos competencias oficiales del certamen, Johnny Hendrix Hinestroza no pudo evitar que afloraran las lágrimas. Era obvio: ahí estaba todo lo que había soñado los últimos años, la fe y el tesón de una vida dedicada a las imágenes, y la mayor apuesta de su vida. Una semana antes, por si fuera poco, su cinta había sido seleccionada para abrir el Festival de Cine de Cartagena. Sus manos grandes y bondadosas, que habían trabajado un guion capaz de dar una nueva mirada sobre el departamento del Chocó, y que habían dirigido esta cinta en contra del maltrato a la mujer,enjugaron las lágrimas y celebraron. Johnny entendió que el cine sí valía la pena.
Ahora está emocionado de nuevo. Este tres de agosto Chocó llega a las pantallas nacionales. Y para él sigue siendo una sorpresa porque no sospechó que su idea llegaría tan lejos. Cuando arrancó, este productor oriundo de Quibdó quería llevar la cinta a los territorios afro donde se presenta la problemática del maltrato y los problemas relacionados con la minería. Y había decidido contarla él mismo, tras años de apoyo al cine, porque sentía que nadie más tenía la sensibilidad para hacerlo. En los últimos catorce años había dirigido y producido cintas con su propia empresa, Antorcha Films; había trabajado en Perro come perro, había sido productor ejecutivo de Dr. Alemán, productor de En coma, Hiroshima y Patas arriba, además de filmes ecuatorianos y argentinos, animados y documentales. Pero decidió lanzarse a ser director. Sentía que tenía la química, la fuerza y el guion propio. Y algo vital: la sensibilidad.
Johnny llegó al cine por aciertos y desaciertos como espectador, porque era capaz de ver películas sin pausa hasta las cuatro de la mañana. “Por mala que fuera, le sacaba provecho”, recuerda. Sus estudios técnicos en comunicación social en la Universidad del Valle quedaron atrás ante la perspectiva de trabajar en radio. Allí, su nombre musical se volvió un gancho de recordación y el apellido pasó a un tercer plano. Con los años saltó al rol de productor de comerciales de televisión y montó su propia productora. Realizó dos cortometrajes. Uno nunca vio la luz. El otro llegó al Festival de Cine de Toulouse.
Cuando quedó solo en su propia compañía lo entendió por fin: era el momento de lanzarse como director. Escribió una cinta que ganó un premio en Ibermedia, pero mientras, escribió el guion de Chocó y se enamoró de él. Lo mostró y más gente amó su proyecto. Arrancó el rodaje el 3 de febrero de 2011 y un año exacto después lo llamaron de Cartagena y Berlín para que participara. “La película ahora es de mucha gente y es mejor que cuando la imaginé. Se trata de un sueño colectivo hecho realidad”, añade. De eso se trataba: de que luego de creer en tantos otros realizadores creyó en el poder de sus manos amplias y precisas, para tejer, a su manera, su propia cinta.
La mujer en Chocó
Los alabaos –esos intensos y desgarradores cantos fúnebres del Pacífico colombiano– copan los primeros minutos de la cinta y confieren de entrada un poder a la película colombiana que será, sin duda, su gran potencial de principio a fin.
Porque eso que representan los alabaos es lo que pretende ser esta cinta: un homenaje al departamento más olvidado del país, personificado en el cuerpo de una mujer, pero también una especie de canto desgarrador sobre un departamento que se duele y no sabe cómo sobrevive a pesar del olvido nacional.
Chocó es la cinta de una mujer bautizada como el departamento, Chocó (Karent Hinestroza), que debe sobrevivir, conseguir trabajo, soportar los golpes y el deseo de su marido borracho, sacar adelante a sus hijos, cocinar, solucionar los problemas de la casa y buscar dinero para la torta de cumpleaños de su hija. En resumen, la vida de una mujer que es al mismo tiempo la vida de millones de congéneres, y sobre todo la de las mujeres afrocolombianas del Pacífico, y en este caso las del olvidado departamento. Mujeres luchadoras que son los verdaderos motores de sus hogares, pero que sin embargo son vistas y tratadas como objetos de segunda mano.
Eso es lo más valioso de Chocó: Esa realidad mostrada con la sinceridad de un documental, y la manera en que cuenta la situación de un departamento entero a través de una sola mujer. Y también, por supuesto, ese ritmo de alabao que impregna toda la cinta y parece un canto fúnebre que sin embargo está cargado de vitalidad, ritmo y vida.
El problema está en la ejecución de una propuesta que podría ser excepcional y se queda a mitad de camino. Porque de la intención al guion hay un largo trecho, y esa es la debilidad de la historia: no se siente que haya una historia sólida, no es posible enamorarse de los personajes y no se desarrollan a fondo los caracteres de ninguno de ellos, ni siquiera de Chocó, la protagonista, en quien se centra toda la historia. Y es una lástima: porque la cinta tenía todo para enamorar, pero se queda en hechos que parecen aislados, aunque exista un genial trasfondo de la explotación del oro, un soberbio paisaje y una dolorosa realidad que todos debemos conocer. Y contribuir a superar.
Porque eso es lo que uno termina sintiendo cuando sale. Que vio fragmentos de vidas. Vidas que duelen. Pero que se pueden dejar atrás. Y no queremos que eso ocurra: queremos que esas vidas nos marquen, que nos enamoren, que nos solidaricemos con ellas. No debíamos olvidarla pronto sino amarla o sentirnos impulsados a volver a mirarla. Queremos amar a Chocó con el alma porque tanto esfuerzo y tanta humanidad lo amerita. Pero la química no lo permite.
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Opinión por:
mamerto_resentido
4 agosto 2012 a las 18:15
Ojala la Vea Don Juan M. Santos
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