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Archivo de enero, 2013

23

01

2013

Camilo Hoyos Gómez

La excursión a Blois de André Breton, 1924

Por: Camilo Hoyos Gómez

Hacia 1924, antes de la publicación del Manifiesto surrealista, André Breton y tres amigos suyos partieron hacia una supuesta aventura de corta duración pero de inmensas recompensas para el naciente movimiento surrealista. La sombra de Rimbaud, el “Surrealista en la práctica de la vida y en otras partes”, los acompañó todo el tiempo.  Hacia 1924 André Breton y el naciente grupo surrealista tenía ya cierta fama en las letras francesas, y su proyecto surrealista ya había establecido algunos de sus más importantes ideales antes de la publicación del Manifiesto surrealista. Sin embargo, por esos días algo ocurrió en el seno del naciente grupo que no estaba entre los planes de Breton: su gran amigo y compañero de empresas literarias Paul Éluard desapareció misteriosamente de las calles de París. Lo último que hizo antes de partir sin rumbo conocido fue enviarle un telegrama a su padre en el cual prevenía que quienquiera que fuera a buscarlo encontraría la muerte.  Su resolución surrealista parecía evidente: abandonarlo todo en busca de lo desconocido. Esta desaparición en principio supuso un duro golpe para la moral de Breton. Desde hacía dos años el grupo se venía reuniendo en su casa de la rue Fontaine para llevar a cabo las sesiones de hipnosis, por lo general a cargo de Robert Desnos o René Crevel. Estos encuentros de “médiums” tenían como propósito liberar el pensamiento a través de la hipnosis, uno de los muchos caminos que el surrealismo tomó hacia la emancipación total de la lógica, y por tanto la posibilidad de sacar a la luz un lenguaje proveniente del inconsciente, libre de las leyes y reglas de la lógica y la razón. En otras palabras, la consecución de su “escritura automática”. Pero a pesar del éxito inicial de las sesiones, los juegos parecían cada vez repetirse. En un momento de aparente crisis, la desaparición de Éluard tuvo unas connotaciones inmensas para los futuros propósitos del movimiento, amparadas por Breton mismo. Inmerso, como lo estuvo toda la vida, en la unión entre la poesía y la vida, Breton entendió el viaje de Éluard como una de las pruebas más fehacientes de esa unión que él buscaba. Sin más, vio en Éluard una especie de Rimbaud moderno que había rechazado las comodidades económicas (es decir, burguesas) de su familia para sacrificarlo todo y partir hacia la aventura. Al igual que Rimbaud y Éluard, había que salir de la escritura y partir hacia la aventura. Breton decidió, a manera de homenaje a su amigo desaparecido y cuasi-mítico, organizar él mismo una aventura. Junto con Louis Aragon, Max Morise y Roger Vitrac escogió al azar el pueblo francés de Blois. Tomaron un tren y apenas descendieron del vagón comenzaron a caminar sin rumbo fijo. Únicamente se detendrían a comer y dormir; a la llegada del sol, retomarían de nuevo su camino sin rumbo fijo. La idea detrás del viaje era la de aplicar el principio de la escritura automática (la liberación de reglas, leyes y fijaciones) a un plano real, en la medida en que así como el lenguaje no buscaba formar parte de un sistema de reglas y valores, su viaje mismo se vería libre de cualquier fin y destino. A pesar de la fascinación del viaje, sin embargo, éste duró poco: lentamente cada uno de los miembros de la misión cayó en el desespero (no es sencillo someterse a un viaje sin destino y sin fin). Breton tuvo una alucinación de una gigantesca cucaracha blanca cercándolo en el baño de un hotel, y Vitrac, exhausto de las supuestas coincidencias que Aragon encontraba día a día, peleó con todo el grupo. A pesar de que en términos temporales la excursión fue cortísima, un principio surrealista vio la luz: es gracias a la carencia de fines y destinos premeditados —es decir, a la liberación— que el poeta puede acceder a un estado mental capaz de descubrir lo desconocido. Muy al contrario de lo que a Breton le hubiera gustado que sucediese, Éluard apareció a los pocos meses, y al hacerlo le contó a todo el grupo acerca de las vacaciones que se había tomado. En el caso de Éluard no hubo sacrificio, no hubo aventura sin destino. Sin embargo, a través de la experiencia de Blois, así como a través de aquella que había experimentado con Philippe Soupault escribiendo Los campos magnéticos, en que se sometieron a sesiones de escritura de diez horas diarias durante diez días, fue que Breton, entre muchas otras oportunidades, intentó solventar la que veía su más grande barrera: la separación entre vida y poesía. ¿Cómo prescindir de esta separación? Mediante la aventura: una aventura que comienza siempre sobre el papel, y  que encuentra su obligatorio complemento en la vida misma. Todo quedó expuesto en ese libro olvidado que es El manifiesto surrealista, pocos meses después de su fallida excursión a Blois.

André Breton y Paul Éluard, sin fecha. Fotografía de Man Ray

André Breton y Paul Éluard, sin fecha. Fotografía de Man Ray

Categoria: General

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15

01

2013

Camilo Hoyos Gómez

Rimbaud, el campesino de Abisinia

Por: Camilo Hoyos Gómez

Así como hubo quienes hasta sus últimos días confiaron en sus ideales artísticos y poéticos, algunos otros los rechazaron y olvidaron con la misma convicción con que los siguieron. Los dos grupos resultan igual de sorprendentes. Y del segundo grupo, el poeta francés Arthur Rimbaud sigue siendo un ejemplo paradigmático. Arthur Rimbaud, el “hombre de las suelas al viento”, será siempre recordado como aquél de rostro angelical y ojos azules que a sus 19 años sacudió la poesía francesa del siglo XIX, para luego darle la espalda y despreciarla para siempre. A sus 20 años ya había escrito todas las piezas que cambiarían el pensar artístico de occidente: la poesía nunca volvería a ser la misma. Pero mientras que en los círculos poéticos parisinos celebraban al poeta que hacia 1874 ya lo había escrito todo, ese mismo poeta celebrado estaba al borde de la muerte en un hospital de Marsella luego de 12 años viviendo en Aden y Harar, en Abisinia, África. Un carcinoma en la rodilla derecha había desencadenado en una amputación de la pierna casi a la altura de la cadera. El muñón resultante propagó su enfermedad, y sufrió una parálisis corporal. Su agonía fue tan dolorosa y trágica como la poesía que compuso en sus años de juventud. Alimentado por el estudio de la filosofía ocultista, de la hermética, de la magia y de la alquimia, el joven Rimbaud creyó que el poeta, ese ser elegido sin saber él mismo los motivos (“¿Qué culpa tiene el cobre si un día se despierta convertido en corneta?”, le escribió a su amigo Paul Demeny), debía hacerse vidente mediante un largo, inmenso y razonado “desarreglo” de todos los sentidos para dar con lo desconocido. Él mismo vivió acorde con esos propósitos: él mismo, en su vida diaria, fue su gran obra poética. No estableció separación alguna entre la vida y la poesía: para él, vida y poesía eran una. Sólo así podría erigirse como “el enfermo grave, el gran criminal, el gran maldito —¡y el supremo Sabio!—” Sus aspiraciones a sus tiernos 19 años estaban encaminadas a poseer, a través de una nueva mirada, un conocimiento prohibido. “El poeta”, escribió, “es el robador de fuego”.  Esta gran empresa no debe ser comprendida como los caprichos de un joven “descarrilado” que pretendía hacer del tiempo libre una fuente de vicio terrenal. Nada de eso: Rimbaud aplicó a rajatabla sus convicciones, de tal manera que hizo de la poesía una acción mas no una simple meditación. Aquello que buscó en la poesía lo hizo también en su vida diaria, con terribles consecuencias a nivel social y sobre todo a nivel familiar. ¿La recompensa? Llegar a una nueva mirada que le permitiera expresar aquello que había permanecido oculto para la vieja poesía. No en vano los surrealistas, al abrir su famosa y bastante irónica Oficina para las Investigaciones Surrealistas en la rue de Grenelle hacia 1925, colgaron un gran letrero en el que se dejaba leer: “Ustedes que no ven, piensen en los que sí ven.” Un mensaje dirigido a la sociedad en el cual se le recordaba cómo está en boca del poeta hablar sobre la visión de las cosas desconocidas. Pero la empresa vidente  de Rimbaud no dio los frutos esperados: no cambió la realidad como él pretendía. Esta convicción se terminó de venir abajo entre abril y junio de 1873, mientras escribía su Temporada en el infierno. En el último capítulo el joven poeta Rimbaud se enfrenta a sus engaños y falsas convicciones. Comprende tristemente que su realidad está al nivel de la tierra, lejos de los círculos divinos en los que creyó habitar a partir de la poesía: “¡Yo, yo que me he llamado mago o ángel, dispensado de toda moral, soy devuelto al suelo, con un deber que buscar, y la realidad rugosa por abrazar! ¡Campesino!” Al año siguiente termina el proyecto entonces  inconcluso que Paul Verlaine, encargado de su publicación en 1886, tituló Iluminaciones. Sería la última producción literaria del poeta Arthur Rimbaud. Tenía 20 años pero daba la impresión de haber vivido más de un siglo. La vida que emprendió entonces resulta sorprendente por el férreo rechazo a cualquier noción literaria en aras de buscar una realidad cada vez más “rugosa”. Se dedicó durante casi cinco años a recorrer a pie toda Europa, regresando a su casa familiar en Charleville al comienzo de cada invierno. A los 25 años, hacia 1880, decidió su destino embarcándose definitivamente hacia Abisinia, estableciéndose entre las ciudades de Aden y de Harar. Trabajó como comerciante de café, pieles y caucho, para después dedicarse al tráfico de armas y de esclavos. Al contrario de muchos compatriotas, nunca conoció la fortuna, sino las penurias económicas y las enfermedades de la región. Pasó de ser un buscador de la poesía “de las grandes esferas” a  ser uno de los ejemplos más vívidos del colonialismo europeo en África. No hay un solo símil, una sola metáfora, una sola noción literaria en toda su correspondencia. No deja de existir, sin embargo, una especie de sacrificio en relación al lugar donde escogió vivir. Las descripciones de Aden o Harar siempre sucumben a lo terrenal, al sufrimiento: “Aden es un cráter de volcán enorme y lleno de arena de mar”; “un agujero horroroso”; “un infierno”. Incluso le confiesa a su familia: “Me gustaría ver este sitio reducido a polvo.” Parecería que Rimbaud, nunca sabremos si dándose cuenta, estaba purgando esas nociones celestiales en las que creyó vivir. Una especie de atroz castigo por haber confiado su vida a la poesía. La condena del fruto obtenido con el sudor de la frente. Un campesino devuelto a una tierra sin labrar. Nunca dejará de resultar fascinante la historia de aquél que hasta sus 20 años se propuso demostrar en obra y carne sus convicciones poéticas. La poesía, para Rimbaud, tenía el propósito más puro: a través de la vida, desvelar otra realidad y una nueva manera de pensar. A pesar de haber pretendido deshacerse de la poesía para siempre, su época de silencio poético resultó tan fascinantemente extraña como la de su juventud vidente. Hasta sus últimos días, el rechazo por la poesía lo llevó con férrea convicción. Horas antes de morir, cuando ya en París celebraban sus versos y lo encumbraban como el gran poeta simbolista, un médico del hospital marsellés le preguntó sobre su poesía. La respuesta no se hizo esperar. Rimbaud, con su cuerpo doliente e inmóvil, no ocultó su asco y repulsión. “De eso se trata todo”, respondió bruscamente. “A la mierda la poesía.” [email protected]

 

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