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¿Qué vino a hacer Philippe Soupault a Bogotá? En los primeros días de 1944 el poeta francés visitó nuestra ciudad con un propósito sencillo: organizar, bajo la orden directa del presidente Charles de Gaulle, una red de oficinas de prensa en América Latina para una agencia que luego se llamaría Agence France Presse. Soupault, quien llevaba más de año y medio sin pisar territorio francés por su condición de exiliado durante la segunda guerra mundial, debió de haber aterrizado hacia el 3 o 4 de enero. Si bien sus intenciones eran puramente organizativas, los eventos literarios a los cuales seguramente lo invitaron, y el ambiente general que vivió, debió de haber sido de primer orden. De lo contrario jamás hubiera escrito la desconocida para el público colombiano “Oda a Bogotá”, un poema en verso libre en el cual Soupault se encarga de homenajear la devoción a la poesía que sus “amigos colombianos” le demostraron en días tan oscuros para su país. (más…)
El próximo 22 de mayo se cumple el bicentenario del nacimiento del compositor alemán Richard Wagner. Hoy en Bogotá la Orquesta Sinfónica de Montreal, bajo la dirección de Kent Nagato, interpretará una de sus más célebres piezas: la obertura de la espléndida ópera Tannhaüser. Si bien la obertura de la ópera wagneriana Tannhaüser ya forma parte del canon musical de occidente, el contenido dramático que elabora no ha dejado de lado su capacidad sugerente y poética. La historia va más o menos así: por allá en el siglo XIII el caballero Tannhaüser despierta luego de un largo sueño en el Venusberg, es decir, en la Montaña de Venus, donde dicta la leyenda que la diosa del amor se escondió tras la llegada del cristianismo a tierras germanas. Desconocemos cuánto tiempo lleva Tannhaüser habitando la montaña, pero sabemos de sobra que se encuentra refugiado en el templo de lo profano, dedicándose a los placeres de la carne en constante amorío con la diosa del amor sensual. Luego del despertar que bien ilustra la obertura wagneriana, Tannhaüser comienza a añorar los campos y los valles, y se lo hace saber a la diosa en su canto, cerrando cada una de sus estrofas con el estribillo “¡Oh reina, Diosa, déjame partir!” Venus no tarda en comprender el rechazo al cual está siendo sometida: por encima de ella se encuentra Elisabeth, amor virtuoso y terrenal, que se encuentra en el castillo de Wartburg. Venus, como amante malherida, lo invita una y otra vez a disfrutar de “la fuente de gozo” del Venusberg. Tannhaüser la rechaza: pareciera que se invierten los papeles entre la diosa y el humano, puesto que luego de la partida del caballero, la diosa emite un juicio que creíamos únicamente existente en boca de un mortal: “No sentiré el placer de perdonar a mi ser amado.” Termina el primer acto con Tannhaüser llegando al castillo entre algunos peregrinos que regresan de Roma. El hijo pródigo ha vuelto: por encima de lo profano se encumbró la virtud cristiana. Si no hubiera sido por el estrepitoso fracaso de Tannhaüser en París, hacia 1861, nunca hubiéramos comprendido de primera mano lo que la música wagneriana y esta obra en particular representó para el poeta francés Charles Baudelaire. Gran crítico de arte, y aún más literario, nunca desarrolló plenamente la crítica musical, razón por la cual la acérrima y valiente defensa que elabora tanto de Wagner como de su obra meses después del fracaso resulta excepcional. Esto se debió a que el público francés no fue complaciente ni tolerante con Wagner, y eso que el compositor se vio obligado a modificar algunas partes y elaborar otras nuevas. Pero todo fue en vano: la obra no tuvo más de tres presentaciones en París y fue sacada de cartelera debido a los constantes chiflidos y vituperios. Baudelaire, por su parte, venía de unos años bastante complicados. La segunda edición de Las flores del mal acababa de salir de imprenta, pero cuatro años antes Ernest Pinard (es decir, la repúblique française) la había acusado de inmoral y había obligado al poeta a eliminar seis poemas y asumir los gastos del juicio. Pinard fue el mismo que, meses antes de acusar a Baudelaire, ya había acusado a Flaubert y su Madame Bovary, resultando en una especie de Edward Carson francés avant la lettre. Baudelaire, por haber cantado en “El viaje”, uno de sus poemas más representativos, los versos sumergirnos en el fondo del abismo, Infierno o Cielo, ¿qué importa? ¡Hasta el fondo de lo Desconocido para encontrar lo nuevo! no le costó mucho reconocer la naturaleza de Tannhaüser y, por ende de Wagner: los dos tenían ese carácter artístico que él había adquirido, y que en tierras francesas había sido comprendido como maldito. Baudelaire, en su artículo “Richard Wagner y el Tannhaüser en París” publicado en La revuée européene en 1861, desglosa la musicalidad de Wagner a partir de su propia noción de correspondencias, siempre teniendo en mente lo que ya Liszt había escrito sobre el alemán. Pero cuando se trató de realizar un análisis intimista (es decir: de verse él mismo correspondido en la música de Wagner), llevó a cabo un juicio de difícil fecha de expiración: “Tannhaüser representa la lucha de los dos principios que ha escogido el corazón humano como principal campo de batalla: la carne contra el espíritu, el infierno contra el cielo, Satán contra Dios. Y esta dualidad está representada en la obertura, con una incomparable habilidad.” Y esto es precisamente lo que vemos musicalmente en el momento en que Tannhaüser no ha abandonado el Venusberg: lo voluptuoso, lo erótico y lo sensual se mueven en un carrusel perpetuo. No está simplemente amando, sino que está amando a la diosa del amor profano. Luego del gozo de la carne, Tannhaüser se encamina hacia el gozo de la virtud: Elisabeth representada en la Virgen. Al llegar al castillo se lleva a cabo el concurso de canto, y es allí cuando Tannhaüser, frente a todos los invitados del landgrave Hermann (dueño y señor del castillo), canta acerca de su estancia en el Venusberg, y lo hace a sabiendas de que nadie podría hablar mejor que él del amor (en su caso, profano). La expulsión es inmediata; Elisabeth, con piedad cristiana, pide clemencia para que el caballero pueda purgar sus pecados en vida. Tannhaüser caminará hasta Roma junto con otros peregrinos para pedir perdón directamente al Papa: en vano. Únicamente la muerte de Elisabeth le devolverá la pureza, al finalizar la obra, luego de haber intentado regresar al seno de Venus; también en vano. Baudelaire exaltó las obras de Wagner sobre todas las cosas por su carácter sugerente. ¿Existe vida sensual después de haber habitado el Venusberg? ¿Cómo pueden perfilarse los humanos ante los ojos de aquél que ya ha visto el placer en estado puro, lo ha saboreado, ha arrastrado sus manos por el cuerpo divino, ha simpatizado para siempre con el placer pagano? Venus desciende de su pedestal para otorgarle al humano cada uno de sus secretos voluptuosos: para invertir su condición, y suplicarle a su amante que jamás marche. Tannhaüser es el epítome del artista, y en ello reside precisamente su tragedia. Esperamos que Kent Nagato logre capturarnos de esta manera esta noche en el Teatro Mayor Santo Domingo. Un trozo de Wagner esta noche sonará en Bogotá.
En una tarde setembrina, sentados en un jardín donde los rayos de un sol otoñal parecían retrasar la llegada de la noche, bajo un cielo verdoso donde las nubes de oro flotaban “como continentes en viaje”, cuatro hermosos niños, cansados de jugar, entablan una conversación en la cual cada uno relata una experiencia propia. El primero habla acerca de una vez que fue al teatro; el segundo de la manera como en ese mismo instante está viendo a Dios; el tercero relata la manera como, durante un viaje con sus padres y careciendo de cama propia, la compartió con su criada y, en la oscuridad de la noche, acarició suavemente su cuerpo femenino; el cuarto y último recuenta la vez que observó a tres bohemios (bohèmiens) tocar sus instrumentos y luego continuar su viaje hacia España. Tras la llegada de la noche, los cuatro niños se separan, “yéndose cada cual, sin saberlo, según las circunstancias y los azares, a madurar su destino, a escandalizar a sus allegados y a hacer su camino hacia la gloria o hacia el deshonor.” La importancia de la visión y de los ojos en el poema de sugerente título “Las vocaciones” cuenta con un doble valor: el poeta adulto (es decir, quien nos habla) nos está contando de cómo ve a cuatro niños que a su vez recuentan una experiencia en la que la visión o los ojos son fundamentales. No se trata simplemente de la recreación de una tarde agitada: consiste en el persistente llamado de Baudelaire a nunca abandonar el deseo de una mirada original, libre de premeditaciones sociales, siempre buenamente desviada hacia las inmediaciones del arte, que no deja jamás de ser ese espacio libre en que la mirada adquiere su valor primordial. El recuento de la visita al teatro del primer niño consta de una descripción de los vestidos que las actrices llevaban puestos, detallando sus “ojos hundidos” que, junto con las mejillas sonrosadas, crean un ineludible sentimiento amoroso a pesar de producir temor y “ganas de llorar.” El segundo niño, al percatarse de que efectivamente está viendo a Dios, le dice a los otros: “¡Miren, miren allá arriba!, ¿lo ven? Parecería que él también nos observa desde esa pequeña nube del color del fuego”. La mirada en el tercero, por el contrario, brilla por su ausencia, reemplazada por el sentido del tacto: luego de bajar la voz para compartir el secreto con sus amigos, dice: “Me causó un efecto particular eso de no estar acostado solo en cama sino con mi criada, en las tinieblas”. Estas tinieblas son inmediatamente sustituidas por la vívida descripción de la mirada del niño una vez concluye su relato: tenía “los ojos bien abiertos por una especie de estupefacción de aquello que aún sentía”. No es el único cuyos ojos están desencajados de manera extática: los tres lo comparten, y eso que aún no hemos escuchado el relato del cuarto niño. Éste, al contrario de los anteriores, hubiera querido irse con el grupo de los bohemios que observó tocar sus instrumentos pero por indecisión, precisamente “porque es difícil decidirse por cualquier cosa”, no los pudo acompañar. Desde el comienzo de su relato el cuarto niño reclama su deseo vital: “Siempre me ha parecido que mi deseo consta en caminar siempre hacia adelante, sin saber hacia dónde, sin inquietar a nadie, pero siempre viendo países nuevos”. Relata entonces la manera como ha visto a los tres hombres que viven de la manera que a él le gustaría, para luego decir de los bohemios: “Sus grandes ojos sombríos brillaban repentinamente mientras que la música salía de sus instrumentos.” En otras palabras: únicamente a partir del arte (de la música, de la poesía), es que se cambia la mirada, y ésta adquiere el poder de la luz creadora sobre el mundo circundante. Esta última voz no es la del joven niño: es la del mismo Baudelaire. Si no fuera así, no comprenderíamos el momento en que él mismo intercede ante la escena de los cuatro niños, y sobre todo de lo que éste último ha contado: “El aire poco interesado de sus amigos me hizo pensar que este pequeño era ya un incomprendido. Lo miré fijamente: había en sus ojos y en su frente un no sé qué de precocidad fatal que por lo general ahuyenta la simpatía. Sin yo saber por qué, excitaba la mía, hasta el punto de tener la extraña idea de tener un desconocido medio hermano”. La mirada del poeta adulto, es decir, del poeta formado, reconoce en aquél niño a su medio hermano. ¿Cuántas veces pasamos de largo la mirada del niño, por supuestamente pueril, infantil o ingenua? Ahí, precisamente, radica lo que debemos aprender, aquello que jamás deberíamos perder: la infancia de la mirada, que por lo general radica en un estado de “embriaguez de curiosidad” por aquello que nos es desconocido. “Sólo embriagándonos podremos soportar el tedio de la existencia”, apunta en otro poema Baudelaire. No creo que haya que ir tan lejos como para hablar actualmente de “tedio de la existencia”, sino de algo que nos amenaza de manera más inmediata: del anquilosamiento mental, de la fosilización de las emociones sociales, de esa nefasta costumbre de comprender la vida diaria como una ecuación que por lo general no resuelve sus variables sino que toma su valor de algo ya enunciado y masticado. Resulta que únicamente a partir del cultivo de la mirada, de la permanencia de su curiosidad, es que lograremos comprendernos a nosotros mismos . Únicamente así comprenderemos, también, al “otro” en su extrañeza apabullante.
“El niño lo ve todo en novedad puesto que se encuentra siempre ebrio . Nada viene a ser tan parecido a aquello que es la inspiración como la alegría con que el niño absorbe la forma y el color” escribió el poeta Charles Baudelaire. En la naturaleza del niño reside uno de los grandes atributos de la mirada: el “estado de embriaguez” que permite siempre destacar la novedad y originalidad incluso en lo monótono y arcaico. Un vistazo a su poema en prosa “Las vocaciones”.
A la llegada de Julio Cortázar a París hubo una actividad que le tomó casi todo su tiempo: visitar museos y conocer de primera mano los grandes pintores que desde Buenos Aires veía en malas reproducciones de revistas. Estas asiduas visitas fueron definitivas en el entrenamiento de su mirada, una actividad que siempre fue una gran preocupación del argentino. En la primavera de 1952 Julio Cortázar descubrió París. Su llegada el año anterior, a comienzos de invierno, supuso una desolada situación de la cual no logró salirse fácilmente. “Hasta ahora creo que me duele París”, le escribirá ese mismo mes a María Jonquières, y hay poco de exageración poética en esa afirmación al conocerse su precaria situación de estudiante becado recién aterrizado en París. Pero con la primavera llega la aventura callejera, que no cobra billete de entrada; con la primavera los interiores domésticos son desechados y la calle se convierte en la sala de estar, dadora de eventualidades y encuentros. “Hay que estar aquí para comprender cómo nace una mitología, una poesía de la primavera.”, dirá en abril de 1952. La mano deja el libro sobre la mesa de lámpara para luego los pies llevar al cuerpo entero al otro, al de la ciudad. En ese mismo abril le escribirá a Eduardo Jonquières: “Leer, en París y en abril, es tarea de sordomudos”. Para rematar al mes siguiente: “La sola idea de quedarse encerrado en una pieza resulta impúdica, de modo que la vagancia es, como la poesía, un lujo necesario.” La vagancia callejera y la poesía exigen un elemento común: la mirada aguda. Leer un poema (así como una novela o un cuento) encuentra su misma ejecución en el desciframiento de la calle: de sus personajes, las situaciones a partir del azar, los encuentros inverosímiles y las tremendas casualidades que invitan a vivir en otro orden, en otro tipo de lectura. La ciudad fue el laboratorio donde la mirada de Cortázar aprendió a “rondar del lado de allá”, como reza un verso de García Lorca, uno de los más recordados por el argentino. Pero hubo también otros campos, que ofrecían lo que en Buenos Aires apenas podía adivinar en malas reproducciones en revistas de arte. En París podía conocer de primera mano la pintura, entendida en su más amplia acepción. Los museos se convirtieron en destinos imprescindibles; la contemplación de la pintura en un rito inexpugnable. En octubre de 1952 le escribe a Eduardo Jonquières: “Devoro cuadros y museos, necesito ver y aprendo a ver, y un día sabré ver.” Resulta sorprendente leer en las cartas que le envía a Jonquières la fijación con la que Cortázar le reseña todas las exposiciones de arte que visita en París, y en el cortísimo viaje que realiza a Londres, ambos en la primavera del ‘52. Esta asiduidad en los museos no era nada nuevo; en alguna carta le dice a Eduardo que durante su primera visita a París, cuando viajó algunos meses en 1949, había ido muy pocas veces al Louvre: apenas diez. Retoma las visitas, acompañadas, días o semanas más tarde, del catálogo personal que terminaban siendo las cartas a Eduardo. Curiosamente no encontramos largas referencias literarias, y no muchos proyectos de escritura: vemos sobre todo una fija disciplina por la pintura y la escultura. En alguna carta le dice a Eduardo, antes de comenzar la enumeración de pintores y obras, que “me siento un poco cruel al hacerte la crónica”. No era para menos. La de Londres describía los Piero della Francesca, Uccelo, Sasetta, Lorenzetti, Tiziano, Tintoretto, Dirk Bouts, Memlings, etc; desde París, habla de los Picasso, Braque, Ozenfant, Bonnard, Miró, Duchamp, Chirico, Ernst, etc; Esta lista no representa siquiera un ápice de todos los pintores que revisa y reseña. Hay algo, además, que resulta sorprendente: la memoria fotográfica con la cual recuerda cada uno de los cuadros vistos, con sendas reflexiones en el momento de evocarlos, y con descripciones mínimas de la composición de algún otro. No en vano hacia febrero del mismo año, consciente del peligro que corría su manera de mirar cuatro meses después de vivir en París, sentenció: “Quiero que la maravilla de la primera vez sea siempre la recompensa de mi mirada.” Las descripciones gozan de eso mismo, de la euforia de la primera vez. Pero no sería únicamente la pintura en el museo: las salas griegas y egipcias del Louvre también hicieron de las suyas en los primeros meses de Cortázar en París. La importancia del rito resulta fascinante. Las salas griegas con sus Hera de Samos, Apolos arcaicos y Apolos Sauróctonos le toman gran tiempo de sus visitas. Como ocurre ante la asiduidad de éstas, en poco tiempo aparecen los amigos, viejos conocidos de la ceremonia del museo: un dios entre sirio y fenicio (“Este tipo y yo somos muy amigos”, dirá), cuyo “rostro de una crueldad increíble está estilizado al extremo.” Al frente suyo, otro, de carácter animal: un león amorfo de piedra, “al que siempre le meto la mano en las fauces con una estremecida sensación de desafío.” No resulta difícil imaginarse al recién llegado Cortázar con sus casi dos metros de altura atravesando con sus largas zancadas las amplias galerías del Louvre, revisando citas con amigos en su agenda imaginaria. Luego es sencillo: llegar a casa y a través de la evocación epistolar traer todo de nuevo, y describirlo como si hubiera sido el aplicado estudiante de artes que tomó anotaciones en una pequeña libreta mientras caminaba el museo. No creo que hubiera sido así. Se trata de la maravilla de la primera vez frente al cuadro, la primera vez dentro del museo, la primera vez en la ciudad de París. Así como le dirá a Joaquín Soler Serrano que hay versos que uno lleva tatuados en la piel (el de García Lorca es uno de ellos), hay otros cuadros que luego resultan tatuados en la retina. Sólo a partir de la contemplación de la mirada de otro (es decir, de un cuadro, de una novela, de un poema), se forja la propia. La mirada se entrena a partir de las otras, para luego crear su propio fuego creador y destructor. Cortázar no fue devoto de André Breton, pero conoció bien su obra y postulados. Pueda ser que la antipatía que le despertaba el Breton-personaje-público (“Su Santidad André I”, como se mofa en alguna parte) hubiera logrado aprisionar al Breton-poeta. Pero el francés se había referido ya al gran poder de la pintura como itinerario hacia una nueva mirada, que se generaba a partir de lo que llamó “el ojo en estado salvaje”: es decir, un ojo que se niega a acostumbrarse a su visión, se niega a caer en la monotonía, y sobre todo se niega a formular juicios a partir de ideas ajenas como lo pueden ser la moral, la religión o lo social. “Hay lo que otros han visto, dicen haber visto, y que por sugestión logran o no logran hacerme ver”, escribió; “hay también lo que veo de manera diferente de como lo ven todos los demás, e incluso lo que empiezo a ver que no es visible” para sentenciar después. Ese “hacer visible lo invisible” fue en Cortázar no solamente una preocupación sino una conquista. Y fue en aquella primavera de 1952 cuando comenzó a forjarse ya de manera definitiva. La contemplación de la pintura fue tan importante como la lectura en sus años europeos. No en vano en 1954, desde Italia luego de haber terminado la traducción de los cuentos de Poe, le escribirá a Eduardo: “He absorbido tanta pintura en este año que en París voy a dedicarme seriamente a leer. Sueño con pilas de libros en inglés y francés y español.” Cortázar supo desde siempre que el verbo leer no se conjuga únicamente en la literatura. El gran pensador es aquél que con los “mil ojos de Argos” logra inmiscuirse en el otro lado de las cosas, y desde allí relatarnos su experiencia.
Julio Cortázar en su habitación de la Casa Argentina de París, 26 de marzo de 1952. Archivo Aurora Bernárdez
A pesar de que muchos busquen en su vida una especie de condición perecedera de sus propias invenciones literarias, muchas veces la realidad toma la iniciativa y hace de la literatura un acto trágicamente profético. El caso del israelí David Grossman es uno de los más claros y admirables ejemplos de lo que la literatura otorga y a la vez despoja. (más…)
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