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	<title>El último pasillo &#187; chile</title>
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		<title>Crónicas rodantes: políticos y políticas</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Feb 2010 19:34:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crónicas rodantes]]></category>
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Dos veces he sostenido peleas sobre ruedas. Una fue en Buenos Aires y la otra fue en Santiago, hace poco. Las dos veces ha sido por política. No porque yo quiera discutir de política, sino porque mi interlocutor (¿contrincante?) se niega a que yo no quiera discutirla.
En Buenos Aires sucedió en el tren, un día [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><img class="recurso_post size-full wp-image-263 alignnone" src="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2010/02/The_Politician_by_Terrauh.jpg" alt="The_Politician_by_Terrauh" width="163" height="269" /></p>
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<p style="text-align: left">Dos veces he sostenido peleas sobre ruedas. Una fue en Buenos Aires y la otra fue en Santiago, hace poco. Las dos veces ha sido por política. No porque yo quiera discutir de política, sino porque mi interlocutor (¿contrincante?) se niega a que yo no quiera discutirla.</p>
<p style="text-align: left"><span id="more-262"></span>En Buenos Aires sucedió en el tren, un día al término de clases. Cuando me daba la ventolera, simplemente agarraba el tren y me iba hasta la última estación y luego me devolvía. El río de La Plata a través de la ventanilla y el bullicio de los <em>ches</em> me ayudaban mucho antes de ponerme a estudiar hasta las barbas de Mijaíl Bajtín. El día aquel de la pelea un amigo colombiano que había conocido a comienzo de año en la facultad me acompañó. Todo iba muy bien y el paseo parecía ser tranquilo, hasta que a él, futuro abogado, se le dio por catequizarme sobre política colombiana desde el punto de vista de un ‘simpatizante de las Farc’ -?-.</p>
<p style="text-align: left">Y a mí no es que me preocupara recibir un poco de cátedra sobre política colombiana, lo que me preocupó fue esa ‘simpatía por las Farc’. Pero bueno, respeto ante todo, eso por lo menos le enseñan a uno en la casa y en el colegio: a tolerar hasta lo intolerable. Sin embargo, cuando mi (ex)amigo me empezó a exigir que le diera mi opinión sobre Uribe &amp; Co., yo le dije lo mismo que le digo a todos los que me preguntan por mi partido político, intención de voto, o caudillo… perdón, perdón, político de predilección: mi único partido político es la literatura.</p>
<p style="text-align: left">Mi amigo se puso iracundo. Me acusó de muchas cosas terribles, incluso de desear el peor futuro para mi país. Aterrada, intenté reconocerle – pero sin ser escuchada – que tal vez no era correcto ser cobarde o perezoso y no tomar un bando determinado, pero, si le servía mi explicación, aunque fuera por romántica, yo me había distraído mucho, en lo que llevo de vida, leyendo; me la pasé en esas y no sé en qué minuto se escurrieron por un ladito el interés político, el compromiso, la boina del Che, el bigote de Galán y el puño en alto de Gaitán. Aunque sí estaba segura de haber leído, con mucho deleite, sobre política y políticos. Y le dije, en un intento de salvarme de sus golpes de ira política, que <em>Cóndores no entierran todos los días</em> del tulueño Gustavo Álvarez Gardeazábal es una novela de tema político que me parece maravillosa.</p>
<p style="text-align: left">Pero no. Llegando a la estación Vicente López mi amigo estaba furibundo conmigo, no entendía mis razones, torpes y atropelladas, y se había empeñado en hacer de mí una digna analista de la política colombiana y hasta mundial. Nuevamente, y de nuevo intentando zafar de algo tan engorroso, yo le expliqué a mi amigo que por esas cosas de la vida yo no vivía en Colombia desde los 17 años. Cuando salí, Uribe no llevaba ni un año de gobierno, no alcancé a saber si era bueno o malo porque lo que sé de él, lo sé por los diarios que puedo leer en internet, por lo que me cuentan los amigos que viven en Colombia y por lo que curioseo aquí y allá. Y porque, al fin y al cabo, a los 17 años uno está más interesado en la actualidad personal que en la política.</p>
<p style="text-align: left">Para cuando el tren ancló en la estación Retiro, ya de regreso a Capital Federal, mi amigo ya no era mi amigo. Estaba totalmente decepcionado de mí. Yo no era ni mucho menos la chica ideal para un paseo en tren: no sabía de Uribe, no quería a las Farc, y más encima (¡más encima, por dios!), tenía el descaro de filtrar la política a través de la odiosa literatura (y yo pensaba que era al revés, que la odiosa era la política).</p>
<p style="text-align: left">Nunca más me volvió a hablar. Perdí a un amigo (si se puede llamar amigo), porque yo no manifesté intenciones político-militantes serias.</p>
<p style="text-align: left">Hace poco menos de un mes en El último pasillo del mundo (más conocido como Chile en el mapa político mundial) eligieron presidente. Ganó Sebastián Piñera, líder de derecha, político de oposición durante los más de veinte años de gobierno de ‘centro izquierda’.</p>
<p style="text-align: left">Por esos días del triunfo legítimo de Piñera me llovieron correos, se abrieron las ventanas del chat de casi todos mis contactos y una fiebre de interés por el pasillo en el que vivo se apoderó de amigos y conocidos. Y yo no es que tenga el millón de amigos que ansiaba Roberto Carlos en su famosa canción, pero poquitos no son y todos querían lo mismo que mi amigo colombiano en Buenos Aires. Todos me pedían lo mismo con insistencia; era como un clamor quedito, pero, por supuesto, perceptible: ‘Laura, decídete pues: ¿izquierda o derecha? ¿amor u odio? ¿lápiz grafito o lápiz pasta? ¿Uribe o Chávez? ¿Frei o Piñera? ¿Blanco o negro? ¿o amarillo o verde o azul? ¿América o Nacional? ¿Guerra o paz? ¿De chocolate o de frutilla?’</p>
<p style="text-align: left">Y si uno responde que nada, que prefiere no hablar de eso, que gracias, pero no, gracias, entonces se viene el alud… Y debí soportar unas peroratas similares a la del amigo colombiano.</p>
<p style="text-align: left">Así, con la elección de Piñera y mi poca paciencia respecto a temas políticos, me subí hace unos días al metro discutiendo con un amigo periodista y tuve mi segunda pelea sobre ruedas. Él odia a muerte a Piñera y quería contagiarme su odio, demostrarme – pero no muy científicamente que digamos – que ‘ese hombre’ sería ‘nefasto’ para Chile. Y yo intenté excusarme por no compartir su odio exacerbado contra Piñera. Hasta quise bromear un poco y le dije que para mí la opinión política pertenecía al plano de lo privado, como el sexo. Pero él quería, a toda costa, hacerme tirar de algún carro. Y a mí no me gusta, hasta puede ser que me de pereza ponerme a pensar de qué carro voy a tirar… Pero nada. Otro amigo menos. Una lástima.</p>
<p style="text-align: left">Yo admiro a quienes pueden explayarse sobre políticos y políticas con tanta propiedad. El 90% de las columnas de los más importantes periodistas de Colombia, por ejemplo, sea cual sea el diario para el que escriben, manifiestan una posición crítica sobre el gobierno y sus medidas, acciones y omisiones cada semana, y eso se justifica porque este país se mantiene patas para arriba todos los días. Y yo los leo con muchísimo gusto y muchísima atención, porque quiero, como muchos tantos, entender el país en que nací y que abandoné siendo muy joven. Y me esfuerzo también, por supuesto, en entender el país que me adopta.</p>
<p style="text-align: left">El problema es que – y espero mis dos amigos perdidos me lean y me entiendan esta vez – en la asignatura ‘Política’, yo soy una alumna de esas que se distraen con el vuelo de una mosca, o, más honestamente, con la primera línea de un libro … Y por ahí me voy hasta que se me olvida de qué señor, y de cuál de sus chascarros… perdón, perdón, medidas políticas, me hablaban.</p>
<p style="text-align: left">Pero hago el intento, en serio, aunque para mí todo es absurdo en la política, yo me esfuerzo, y me esfuerzo mucho en saber qué fusil agarrar, para qué trinchera irme. Porque uno no puede vivir en esta vida sin una trinchera clara, no, qué tal, uno no puede andar excusándose en que sólo quiera por trinchera la literatura. No, no, no.</p>
<p style="text-align: left">Y por eso yo me ‘pongo las pilas’, aunque hay cosas en la política que son tan incomprensibles (una dictadura sangrienta o una disfrazada de democracia), tan absurdas (un reforma de salud que prácticamente prohíbe a los enfermos sentirse mal), tan despreciables (dinero público en los bolsillos de privados), tan abominables (falsos positivos), tan ridículas (caudillos buenos para la lora), que uno a veces tiene que ayudarse, en el afán de entender, de una buena copa de literatura… Bah… para qué me voy a andar con cosas, no tengo por qué mentirles, no una… dos, tres, cuatro copas, la botella (¿biblioteca?) entera.</p>
<p style="text-align: left">Bueno, ya que estamos, quiero confesarles la verdad-verdadera y para ello (¡qué terquedad, caray!), me voy a valer del libro <em>Fuga sin fin</em>, del escritor austriaco Joseph Roth: al protagonista de esta novela, Franz Tunda, su hermano le dice lo siguiente: «<em>no creas (…) la actividad política es nociva para el arte</em>». Y yo sé que es una obra de ficción, pero por si las moscas, y como prefiero mil veces dedicarme al arte, no quiero averiguar si esa frase esconde una gran verdad.</p>
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<p style="text-align: left">&#8212;</p>
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<p style="text-align: left"><strong>Toda la serie de las crónicas rodantes:</strong></p>
<p style="text-align: left"><strong><a title="Permanent Link to Crónicas Rodantes: El hijo bastardo del Transmilenio" rel="bookmark" href="../2009/12/cronicas-rodantes-el-hijo-bastardo-del-transmilenio/">[1]El hijo bastardo del Transmilenio</a></strong></p>
<p style="text-align: left"><strong><a title="Permanent Link to Crónicas rodantes: tragedia amorosa" rel="bookmark" href="../2009/12/cronicas-rodantes-tragedia-amorosa/">[2]Tragedia amorosa</a></strong></p>
<p style="text-align: left"><strong><a title="Permanent Link to Crónicas rodantes: un santo patrono" rel="bookmark" href="../2010/01/cronicas-rodantes-un-santo-patrono/">[3]Un santo patrono</a></strong></p>
<p style="text-align: left"><strong><a title="Permanent Link to Crónicas rodantes: políticos y políticas" rel="bookmark" href="../2010/02/cronicas-rodantes-politicos-y-politicas/">[4]Políticos y políticas</a></strong></p>
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		<title>Nostalgia gastronómica</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Nov 2009 19:35:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Devaneos]]></category>
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Cuando mi acento me delata delante de los chilenos (lo que cada vez sucede menos), lo primero que me preguntan es si extraño a Colombia y qué es lo que más extraño. Después de todos estos años uno tiene ya casi aprendido el libreto: la familia, los amigos, la calidez humana y la climática, sobre [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><img class="recurso_post size-full wp-image-33  aligncenter" src="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2009/11/mangos_biches_by_david_cz.jpg" alt="mangos_biches_by_david_cz" width="301" height="225" /></p>
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<p style="text-align: left">Cuando mi acento me delata delante de los chilenos (lo que cada vez sucede menos), lo primero que me preguntan es si extraño a Colombia y qué es lo que más extraño. Después de todos estos años uno tiene ya casi aprendido el libreto: la familia, los amigos, la calidez humana y la climática, sobre todo esta última. Sin embargo, el otro día agregué un elemento a todo eso: la comida. En un principio no la echaba tanto de menos, porque lo novedoso siempre llama la atención y en Santiago se pueden comer sobre todo muchos y muy buenos mariscos y fanática como soy de todo bicho de mar, pues me sentía feliz. Pero cuando los mariscos, los asados y el vino dejaron de ser novedad y se transformaron en rutina (especialmente el asado y el vino), empecé a soñar con arepas para desayunar todos los días, buñuelos y un día anduve con unas ganas indecibles de un cholado.</p>
<p style="text-align: center"><span id="more-25"></span></p>
<p style="text-align: left">Con la Ale, mi única amiga coterránea por estos lares, iniciamos el otro día una guerra en el twitter para ver quien le provocaba más nostalgia a la otra. Ella atacó con un &#8220;avena con pandebono&#8221; que me dejó deprimida, pero yo no lo hice mal y la dejé al borde del llanto con un &#8220;arepa e&#8217; huevo&#8221;. Hasta la &#8220;colombiana&#8221; y el &#8220;chocorramo&#8221; salieron al baile. Al final declaramos la paz gastronómica por sanidad mental y el bien de nuestros estómagos y nos conformamos con ir al café &#8220;Juan Valdez&#8221;, único repositorio de café verdadero en esta ciudad, porque lo otro, eso que tengo que tomar todos los días como desayuno en mi oficina, no es más que colorante para el agua caliente.</p>
<p style="text-align: left">Otra cosa son las frutas: en el supermercado los reponedores de la verdura y la fruta me miran como a una  demente, o lisa y llanamente se burlan, porque soy la única pava que rebusca entre las badejas de mangos uno que no esté tan colorado, porque conseguirlo totalmente biche equivale a soñar con ganarse la lotería.</p>
<p style="text-align: left">Ahora bien, la literatura colombiana ha contribuido a exacerbar en el último tiempo mi nostalgia gastronómica. El otro día releí algunos libros y noté con preocupación que me concentraba excesivamente en las descripciones de platos, comidas y bebidas. Ahora ya no solamente extraño el olor de la guayaba, sino la guayaba misma, agria preferiblemente. Tiemblo al escribir la palabra &#8220;buñuelo&#8221;, quiero almorzar empanadas los domingos, juro que me arrepiento cada minuto que pasa por las cientos de veces que le dije &#8220;no&#8221; al jugo de lulo o de maracuyá. Después de haber probado (por obligación y diplomacia) los &#8220;porotos con rienda&#8221; chilenos (algo así como blanquillos con tallarines&#8230; no me pidan más explicaciones, por favor), cobraron sentido las palabras de mi abuela cuando me decía que algún día me iba a arrepentir de ser tan mala valluna y no comer sancocho.</p>
<p style="text-align: left">No piensen que soy desagradecida, menos mañosa, pero los tamales que comí el otro día en el restaurante colombiano que hay en un bonito sector de acá de Santiago no eran precisamente los mejores y, claro, no tenían esa sazón de los que comía en Colombia. Desinflada porque, además, quería una &#8220;pony malta&#8221; y me anunciaron que llegué tarde porque prohibieron su importación, volví al libro que estaba leyendo y, con un masoquismo que aún me sorprende, paladeé cada sancocho, cada pandebono y cada fríjol que leí.</p>
<p style="text-align: left">Intenté exorcizar esta creciente nostalgia gastronómica retirando por un rato de mi escritorio los Gabos, los Vallejos, los Gardeazábal y hasta a mi vecino de blog, a Héctor, lo anduve censurando (perdóname, Héctor) cuando leí que él tan alegremente encontró almojábanas en El Cairo, mientras yo mataría por un buñuelo en Santiago.</p>
<p style="text-align: left">Para sopesar, compré una bolsa de café campesino en el Juan Valdez y comencé a darle otro sabor &#8211; y otro olor &#8211; a mis desayunos tomando café colombiano. A los pocos días, un buen amigo periodista que vive en Estados Unidos llamó mi atención en el chat enviándome un enlace a una página web. Como estaba algo atareada no me fijé qué me enviaba y pinché la dirección. Mi amigo quería recordarme que hace un par de años atrás yo publiqué en mi otro sitio, &#8220;ArcoLibris&#8221;, u<a href="http://blogarcolibris.wordpress.com/2007/09/25/la-manteca-que-nos-une/">na crónica del maravilloso Alberto Salcedo Ramos, titulada &#8220;La manteca que nos une&#8221;</a>. Un texto bellísimo que deja impresionados a todos quienes lo leen, pero cuando llegué a esa parte en que Alberto dice: &#8220;<em>Entre todas las cosas que nos unen, nada tan sabroso como una fritanga que extiende ante nuestros ojos su variedad de colores y texturas</em>&#8220;, no pude evitar cerrar la ventana.</p>
<p style="text-align: left">Es posible que resulte más poético decir que me lloró el corazón, pero estaría mintiendo porque el que lloró en ese momento fue mi estómago.</p>
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