<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>El último pasillo</title>
	<atom:link href="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia</link>
	<description>Otro blog más de Blogs elespectador.com</description>
	<lastBuildDate>Mon, 16 Jan 2012 00:59:02 +0000</lastBuildDate>
	<generator>http://wordpress.org/?v=2.8.3</generator>
	<language>en</language>
	<sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
			<item>
		<title>Juan Gabriel Vásquez: el escritor elegante</title>
		<link>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2012/01/juan-gabriel-vasquez-el-escritor-elegante/</link>
		<comments>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2012/01/juan-gabriel-vasquez-el-escritor-elegante/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 15 Jan 2012 23:48:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Entrevistas]]></category>
		<category><![CDATA[el ruido de las cosas al caer]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/?p=492</guid>
		<description><![CDATA[


Publicado originalmente en OtroLunes


A principios de Mayo de 2011, poco después de haber ganado el premio Alfaguara de novela, Juan Gabriel Vásquez visitó Santiago de Chile para dictar una conferencia en la Cátedra Bolaño de la Facultad de Comunicación y Letras de la Universidad Diego Portales. Pienso ahora, por ejemplo, que en buena hora se [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><a href="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/01/catedra-bolaño.jpg"><img class="recurso_post size-full wp-image-497      aligncenter" src="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/01/catedra-bolaño.jpg" alt="catedra bolaño" width="437" height="292" /></a></p>
<p style="text-align: right">
<p style="text-align: right">
<p style="text-align: right"><strong>Publicado originalmente en <a href="http://www.otrolunes.com">OtroLunes</a></strong></p>
<p style="text-align: left"><strong><br />
</strong></p>
<p style="text-align: left">A principios de Mayo de 2011, poco después de haber ganado el premio Alfaguara de novela, Juan Gabriel Vásquez visitó Santiago de Chile para dictar una conferencia en la Cátedra Bolaño de la Facultad de Comunicación y Letras de la Universidad Diego Portales. Pienso ahora, por ejemplo, que en buena hora se me ocurrió grabar su conferencia sobre <em>Hadyi Murad</em>, el relato de Tolstoi, porque en la fila de atrás se sentaron tres muchachas a comentar, entre susurros y risas, los atributos físicos de Juan Gabriel, incluyendo su voz y su acento.</p>
<p style="text-align: left">Un amigo en común nos había presentado a la distancia, por correo electrónico, y luego conversamos muy poco, no más de diez minutos antes de la conferencia y unos cinco después. Intercambiamos datos, además, porque para esa fecha, ya tenía yo en mente este dossier y le pedí una entrevista. Recuerdo ahora que cuando leí –con fascinación– <em>Los Informantes </em>e <em>Historia secreta de Costaguana</em>, me pareció que Juan Gabriel Vásquez tenía un estilo muy elegante. Cuando conversé con él –ese poco tiempo fue suficiente para darme cuenta– me pareció, además, un tipo elegante. Lo que me pasó después me confirmó, además, que es un hombre extraordinario.</p>
<p style="text-align: left"><span id="more-492"></span></p>
<p style="text-align: left">Como por motivos de tiempo no alcanzaba a entrevistarlo en Chile, le pedí que organizáramos el tiempo y habláramos por teléfono. Entre correos que van y que vienen y, sobre todo, entre la infinidad de viajes y compromisos que él mantiene, logramos finalmente fijar una fecha. Lo podía llamar a Colombia, en donde estaría de paso, el día domingo 5 de Junio a las 7 de la tarde. Pero no lo llamé. Por primera vez, en muchos años de entrevistar personajes, dejé plantado a un entrevistado, y para agravar el asunto, ese domingo ni siquiera me acordé de la cita que teníamos. Al día siguiente, por supuesto, apareció en mi buzón virtual un correo suyo preguntándome qué había sucedido, por qué no lo había llamado. Mientras lo leía, sentí que la cara me ardía de la vergüenza. Intenté responderle inmediatamente con una excusa infalible que escondiera la verdadera razón por la que me olvidé por completo de mi compromiso. Ensayé muchas veces algo que no me hiciera sentir tan mal por mentir, pero no fui capaz. Entonces le escribí a Juan Gabriel la verdad: esa semana me había ocurrido una tragedia. Una de esas desgracias que caen como meteoritos y destruyen todo a su paso. Le pedí las disculpas del caso y, creo que por el dolor de lo que estaba viviendo, le di a entender que la entrevista se posponía por tiempo indefinido.</p>
<p style="text-align: left">De vuelta, Juan Gabriel me envió un correo bellísimo que nunca olvidaré. Yo no le respondí nada, ni siquiera le di las gracias. Tal vez esto no me justifica, pero en aquel momento solamente quería suspender toda mi vida por mucho tiempo y eso incluía hasta los compromisos editoriales que mantengo desde hace años. En mi cabeza se quedó clavada una sola idea: esa entrevista ya estaba perdida.</p>
<p style="text-align: left">Varios meses después, en la rutina diaria de revisar el correo temprano en la mañana, me encontré con un nuevo correo de Juan Gabriel. Eran tres líneas: el saludo, el mensaje y la despedida. El saludo y la despedida acostumbrados. El mensaje me dejó impávida: sólo quería saber de mí. Sólo quería saludarme y saber de mí y de cómo llevaba aquella desgracia que le conté en su momento.</p>
<p style="text-align: left">(Sé que con esta historia me estoy saltando alguna de esas reglas insaltables del periodismo. Sinceramente, no me importa. Llevo casi diez años entrevistando personajes, escritores, periodistas, artistas… Entrevistar siempre me ha parecido un arte dentro del periodismo, un arte que trato de dominar, de pulir. Sé que no lo consigo todavía y que tal vez nunca lo consiga, pero la gran compensación de cada entrevista es esa suerte de lotería en la que te puedes sacar un gran premio al final: un amigo nuevo, por ejemplo. A veces, sin embargo, no es un premio lo que uno se lleva sino un tremendo disgusto. Tengo un amigo periodista que teme que lo manden a entrevistar escritores que admira, porque no quiere decepcionarse con esa persona que escribe tan bien pero que a lo peor resulta ser alguien despreciable).</p>
<p style="text-align: left">Se me vino un alud de respuestas posibles a la cabeza. No sabía, no supe, explicarle a Juan Gabriel, exactamente, lo que me parecía su gesto. O, mejor dicho, me devuelve la fe en la humanidad que una persona con la que prácticamente no has intercambiado más de quinientas palabras, se tome la molestia de levantarse un día y escribir aunque sólo sea una línea para preguntarte por una desgracia que te sucedió muchos meses atrás y de la que perfectamente se podía haber olvidado por completo. Seamos honestos: en estos tiempos de indolencia, un gesto así –y viniendo además de un escritor, oficio que muchos ejercen con prepotencia– demuestra, como mínimo, grandeza de espíritu.</p>
<p style="text-align: left">Tengo claro que los caracteres que le gasté a esta historia los debí administrar explicando por qué me gustan las novelas de Juan Gabriel, o recordándole a los lectores que su novela más reciente, <em>El ruido de las cosas al caer</em>, resultó premiada. Pero no lo hice porque preferí hablar de un hombre noble. Para conocer al escritor basta leer sus novelas. O esta entrevista. Si quieren.</p>
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left"><strong>Juan Gabriel, estudiaste Derecho pero nunca lo alcanzaste a ejercer. Tengo entendido que siendo estudiante estabas ya obsesionado con escribir, con cuentos, con historias. ¿En qué momento te diste cuenta de que eso del derecho no cuadraba contigo y de que sólo te sentías cómodo escribiendo?</strong></p>
<p style="text-align: left">Fue a mediados de la carrera. Déjame aclarar algo importante<strong>: </strong>yo había escrito siempre, desde niño (mi primer cuento se publicó en el anuario del colegio cuando yo tenía ocho años), y desde niño entendí el mundo a través de los relatos. Así que la decisión no consistió, como he leído por ahí, en “convertirme en escritor”, sino más bien en aceptar que siempre lo había sido y que tenía que eliminar de mi vida todo lo que estorbara. Y el punto de inflexión llegó, como digo, a mediados de la carrera, y fue con la escritura de un libro de cuentos. De ese libro recuerdo poco<strong>: </strong>que tenía cinco cuentos, que eran absolutamente impublicables<strong>…</strong> y que me hizo darme cuenta de que la literatura era lo único que me interesaba. Era más que un oficio: era una manera de estar en el mundo. Así que reorganicé la vida, por ponerlo en términos poco dramáticos. Dejé la carrera, dejé el país<strong>…</strong> Hubo otros cambios, pero no son tema de esta entrevista. Total<strong>: </strong>me eché al agua. Estaba decidido a ser escritor pasara lo que pasara.</p>
<p style="text-align: left"><strong>Escribiste dos novelas [<em>Persona</em> y <em>Alina Suplicante</em>] de las que prefieres no acordarte, seguramente porque las escribiste siendo muy joven. Aun así, me gustaría saber por qué exactamente quieres que sean olvidadas<em>…</em></strong></p>
<p style="text-align: left">Comencé a escribir <em>Persona</em> con 21 años y la terminé con 23. A esa edad un novelista no sabe nada. Un poeta, puede que sí. Rimbaud, por decir algo, ya lo había escrito todo a los 20. Pero la novela se hace de experiencia y de conocimiento del oficio, y yo algo tenía, pero era demasiado poco. Así que decidí meterlo todo, meter absolutamente todo lo que sabía, de la vida y también del oficio, con el resultado de que el libro, una cosita de 120 páginas, sufre terriblemente. Sin embargo, le tengo cariño. A R.H. Moreno–Durán, un lector exigente que no daba nada gratis, le gustó mucho. Eso lo recuerdo con cariño.</p>
<p style="text-align: left">Con <em>Alina suplicante</em> la cosa es distinta. Es una novela fallida, fallida más allá de toda tentativa de corrección, y yo creo que es porque aposté por lo contrario<strong>:</strong> en lugar de decirlo todo, como en <em>Persona</em>, contar sólo las superficies y jugar el juego de la sugerencia, la lectura entre líneas, la teoría del iceberg. Eso, claro, es muy difícil de hacer bien. Yo quería hacer una novela en que una relación incestuosa entre hermanos fuera, entre muchas otras cosas, metáfora de una clase social que vive aislada, encerrada en sí misma y obsesionada con su propio ombligo (ese elitismo sin redención de nuestra sociedad es una de las razones por las que me fui de Colombia). Y bueno, el pastel se quemó en el horno. Poco antes de publicar la novela yo había comenzado a sentirme insatisfecho con ella. Es una de las sensaciones más desagradables que puede tener un escritor, tanto que llegué a cuestionar muy duramente las decisiones que había tomado con mi vida. Me fui de París, donde vivía una vida de estudiante, y me encerré once meses en casa de unos amigos en Bélgica para decidir cosas. Y decidí. Me fui a Barcelona para empezar de nuevo, entré a trabajar en la revista <em>Lateral</em> y al mismo tiempo comencé a traducir, a hacer informes de lectura para editoriales, etcétera. Y mientras tanto escribí <em>Los amantes de Todos los Santos</em>. (Mis días tenían 28 horas, no me preguntes cómo.) Y la cosa, mal que bien, se enderezó.</p>
<p style="text-align: left"><strong>De <em>Los informantes</em> me llama la atención que la novela se detenga en un momento de la historia de Colombia que prácticamente ni siquiera los libros de Historia abordan. ¿Cómo conseguiste o cómo llegó a ti esa historia de inmigrantes alemanes en Colombia?</strong></p>
<p style="text-align: left">La historia salió de una conversación. En 1999 yo conocí a una mujer extraordinaria con una memoria no menos extraordinaria<strong>:</strong> era alemana, judía, había llegado a Colombia en 1938 y su padre había estado a punto de ser recluido en el campo de concentración para ciudadanos enemigos que el gobierno montó en Fusagasugá. Cuando me contó eso, yo no sabía nada sobre ese momento. De hecho, descubrí que mi ignorancia no era la excepción en Colombia, y éste fue el mayor acicate<strong>: </strong>la mejor razón para escribir es no saber, ¿no? Me pasé los siguientes tres días haciendo preguntas, y esa es la columna vertebral de <em>Los informantes</em>. Pero me tomó tres años más descubrir cómo contar la novela y dos años más ponerla por escrito.</p>
<p style="text-align: left"><strong>Cuando uno lee la biografía de Conrad que escribiste y cuando lee <em>Historia Secreta de Costaguana</em>, entiende que este autor ejerció una fascinación sobre ti. ¿Qué ha hecho a Conrad un autor tan importante para ti como lector y como escritor?</strong></p>
<p style="text-align: left">Las razones por las que un autor se vuelve tan importante para uno son misteriosas y no siempre se pueden analizar, pero lo de Conrad tiene mucho que ver con la sensación de desarraigo que yo siempre he sentido, la sensación de que estoy más cómodo en lugares que no sean los míos. Me siento más cómodo cuando soy extranjero, o “inquilino”, como he dicho en algún artículo. ¿Cómo se puede hacer literatura con una experiencia fragmentaria e incompleta, sin una sensación de pertenencia? Esto me lo enseñó Conrad. También cosas más elementales<strong>:</strong> ¿para qué se leen novelas, para qué se escriben? ¿Qué hacen las novelas? ¿Qué <em>nos</em> hacen?</p>
<p style="text-align: left"><strong>¿Cuándo lees a Conrad te sientes, como Miguel Altamirano, su alma gemela?</strong></p>
<p style="text-align: left">Eso sería una exageración. Más bien siento que su vida incluye varias lecciones para quien quiera aprender, y que además es uno de esos escritores cuyo ejemplo ayuda en momentos de duda o de dificultades.</p>
<p style="text-align: left"><strong>Dijiste que la novela «<em>ilumina lo oscuro</em>» y que «<em>permite hacernos preguntas sofisticadas y entender un poco nuestro tiempo</em>»<em>…</em> Siguiendo esa lógica ¿qué vendrían siendo el cuento y el ensayo?</strong></p>
<p style="text-align: left">En otra parte dije que para mí el ensayo es como un relato policial donde lo que se investiga no es un crimen, sino una idea. El cuento<strong>…</strong> ¿Qué es ese aparato tan raro? Supongamos que sea cierto lo que dice Harold Bloom<strong>: </strong>que los cuentistas modernos vienen de Kafka o de Chéjov. En la familia de Chéjov, ahí donde están Joyce, Hemingway, Cheever, Alice Munro, el cuento se ha dedicado a rescatar de nuestra experiencia un instante que, sin él, se perdería. Hay cosas que vivimos, emociones que sentimos, revelaciones que sufrimos, que son demasiado pequeñas o concentradas para que una novela se ocupe de ellas, y que se perderían si no las contara el cuento. En ese sentido, le debemos mucho.</p>
<p style="text-align: left"><strong>Hace poco dijiste en una entrevista que «el acto de la escritura es un acto de indagación». En tu caso y después de todo este tiempo escribiendo, de novelas, libros de cuentos y ensayos, ¿sobre qué crees que has estado indagando? ¿Qué te interesa aprender o descubrir en el acto mismo de escribir?</strong></p>
<p style="text-align: left">Creo que trato de entender un poco más acerca de nosotros, los seres humanos, y nuestro comportamiento. Eso tiene un lado privado, digamos, y uno público. Entender nuestro pasado colectivo es urgente y necesario e influye mucho más de lo que creemos en nuestra vida presente y privada. Creo también que sigo tratando de entender esto de la literatura. Piglia dice que los escritores escriben para saber qué es la literatura. Yo comienzo a entender a qué se refiere. Llevo 14 años publicando libros y la relación que hay entre los libros y la realidad, entre la imaginación y nuestra experiencia, me sigue pareciendo misteriosa y terriblemente interesante. Yo escribo para descubrir: para descubrir quién soy realmente, para indagar en las zonas de mi conciencia que no puedo confesar, para meterme con mis miedos y con mis deseos y con mis defectos. Pero también para entender más acerca de este mundo que nos tocó y para remediar la sensación de caos que tiene la vida. Para dar orden a la experiencia, mejor dicho.</p>
<p style="text-align: left"><strong>Se ha hablado mucho –y tú mismo lo has admitido– de que <em>El ruido de las cosas al caer</em> es una novela sobre la violencia de Colombia en los años ’80. ¿Crees que de alguna forma la literatura colombiana estará predestinada siempre a hablar sobre la violencia que ha aquejado al país?</strong></p>
<p style="text-align: left">Bueno, predestinada no. Seguirá hablando de la violencia mientras la violencia exista. Los momentos de conflicto siempre han generado novelas<strong>:</strong> las novelas dan forma al caos, permiten entender o por lo menos llegar a buenos términos con la tragedia, la desgracia o la simple ansiedad. Distribuyen el sufrimiento, como me dijo una vez E.L. Doctorow. No hemos terminado de entender nuestra historia de violencia, y mientras eso siga siendo así, seguirán saliendo novelas sobre el tema.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2012/01/juan-gabriel-vasquez-el-escritor-elegante/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>4</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>My name is Laurita. AfroLaurita.</title>
		<link>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/10/my-name-is-laurita-afrolaurita/</link>
		<comments>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/10/my-name-is-laurita-afrolaurita/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 11 Oct 2011 02:24:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Devaneos]]></category>
		<category><![CDATA[ley antirracismo]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/?p=486</guid>
		<description><![CDATA[

Publicado originalmente en HojaBlanca.net

Hace unos días los medios anunciaron que la ley colombiana antirracismo ya ha sido “elevada al Presidente” para su aprobación. No puedo transcribirla acá completa, pero encontré que, entre otras, sancionará las conductas discriminatorias que tengan lugar en espacio público, establecimiento público o sitio abierto al público, así como también las que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.hojablanca.net/wp-content/uploads/2011/09/negro.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-6133" src="http://www.hojablanca.net/wp-content/uploads/2011/09/negro.jpg" alt="" width="480" height="319" /></a></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-top: 0cm;margin-right: 0cm;margin-bottom: 0pt;margin-left: 0cm;text-align: right">
<p class="MsoNormal" style="margin-top: 0cm;margin-right: 0cm;margin-bottom: 0pt;margin-left: 0cm;text-align: right"><a href="http://www.hojablanca.net"><strong>Publicado originalmente en HojaBlanca.net</strong></a></p>
<p class="MsoNormal">
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Hace unos días los medios anunciaron que la ley colombiana antirracismo ya ha sido “elevada al Presidente” para su aprobación. No puedo transcribirla acá completa, pero encontré que, entre otras, sancionará las conductas discriminatorias que tengan lugar en espacio público, establecimiento público o sitio abierto al público, así como también las que se lleven a cabo mediante la utilización de medios de comunicación de difusión masiva; la seguida por servidor público o persona en ejercicio de las funciones propias del cargo que ostenta; la que se dé a causa o con ocasión de la prestación de un servicio público; la que se dirija contra niño, niña, adolescente y/o persona de la tercera edad, y la que impida al agredido el uso, goce y disfrute de uno o todos sus derechos fundamentales. </span></p>
<p><span id="more-486"></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Muy bonita la ley, aunque para qué. Con ella tan sólo garantizamos que no haya más discriminación en la fila del banco, o en un bar, pero no que los negros, por poner un ejemplo, dejen de morirse de hambre en el Chocó, uno de los departamentos más golpeados por la miseria. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Realmente no sé desde cuándo, no sé si porque es «El Año de la Afrodescendencia», o debido a la famosa ley, o si ya venía de mucho antes, pero sí sé que todos los medios de comunicación se sincronizaron para no llamar más «negros» a los negros, sino «afrodescendientes», un eufemismo que no sé qué diablos pretende, pero es tan vergonzoso o más que la misma discriminación. Cosas de la humanidad, que va por ahí como una serie de tv presentando un capítulo más absurdo que el otro, y así. Es mejor reír para no llorar. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Pero sea, respetemos la dichosa ley. Respetar las leyes es lo que corresponde, ¿no? Yo, por ejemplo, ya empecé a hacerlo. Partí pidiéndoles a mis amigos colombianos que no me llamen más ni «negra», ni «negrita». Me ofende profundamente eso porque, si bien ese es, más o menos, el color de mi piel (vaya y vea mi foto en la esquina superior derecha de su pantalla), la ley ya me protege de esa humillación que es que lo llamen a uno negro. ¡Horror! A mí, como mucho, permitiré que me llamen «AfroLaurita». Lástima que en Chile aún no se legislen estas cosas porque de hacerlo, emprendería altiro mi campaña acá. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Por respeto, ya sabemos además que de ahora en adelante a Leonor González Mina la debemos llamar «La Afrodescendiente Grande de Colombia». Hace pocos días, via Twitter, la periodista paisa Ana Cristina Restrepo me dijo que ella a su hijo lo llamaba «mi negro», que cuánto sería la multa a pagar por eso. Yo le digo ahora, Ana Cristina, que sea más consciente, que no se trata sólo de multas, la plata es lo de menos, lo que importa acá es que pueden suceder dos cosas graves: o traumatizará a su hijo, o bien él, por reflejo, puede repetir actos racistas y discriminatorios contra otros e ir llamándolos «negros» por ahí. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">¡Ah! Cómo lamento que esta ley no hubiese existido hace 20 años, cuando recién me escolarizaron. Tenía seis tiernos años y en la ciudad había un prestigioso colegio de religiosas regentado por una monja más conocida como «La Madre Superiora», de cuyo nombre no me acuerdo, no porque no quiera, sino porque de verdad no me acuerdo, créanme. El caso es que era muy muy difícil entrar a ese colegio y La Madre Superiora, para variar, tenía bien ganada fama de racista, y corría la voz por la ciudad (bueno, pueblo con cara de ciudad) de que no admitía en su colegio a «niñas de color». Y los diarios y revistas de la época publicaron las muchas protestas que hicieron los padres de todas las «niñas de color» porque La Madre Superiora dizque sacaba excusas para no admitirlas. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Yo me salvé porque mi abuela era ex alumna del colegio y conocía a La Madre Superiora y entonces logró con mucha facilidad que me diera un cupo. Si hubiera existido esta ley salvadora en su momento, probablemente yo no sería la única «afrodescendiente» que aparece en las fotos de mi curso, es verdad. Nadie nunca me habría dicho «negra» sin pagar por ello su merecido castigo, y no lo habrían intentado siquiera, si lo pienso bien, porque mis compañeritas, retoños de unos padres amorosos que les daban buena educación en sus casas, habrían preferido decirme, por ejemplo, que intentara un baño de cloro para que quedara blanca, como Fulanita, que era blanquísima, y linda. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Sí, bueno, está ese minúsculo pormenor de que las leyes no educan… pero es eso: sólo un pormenor desdeñable. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Nos hacía falta esta ley, todo hay que decirlo. Me siento orgullosa de la gente que legisla en Colombia, porque el país no puede permitir que su población «afrodescendiente» sea tratada de «negra». Lo mejor es que nos digamos cosas políticamente correctas que pueden encubrir perfectamente que a la hora de los hechos somos todos unos verdaderos hijos de puta. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> La ley antirracismo, aunque muchos no lo noten en la euforia del «todos somos iguales», no es más que la pirueta políticamente correcta de quienes la implementan. En Colombia, reza que no se discriminará a nadie por causa de su raza, religión, credo político, sexo o nacionalidad. Pero eso no es otra cosa que una trampa de discriminación mayor. Es decirle al musulmán, al negro, al indígena, al chino, por poner unos pocos ejemplos: «Vea, usted es musulmán, negro, indígena, chino en Colombia. Es otro. Es diferente. Es una rara avis. Y como es otro, es diferente, pues pobrecito, qué pesar, vamos a obligar a los demás, caucásicos esplendorosos en su mayoría, a que lo traten como si no fuera ese ser extraño, raro, distinto.» </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Ya que en este país habituado por mera comodidad a la corrupción, la violencia y la injusticia, todo se soluciona con eufemismos, vueltas de tuerca y giros lingüísticos estrafalarios. Pero ¡bienvenida sea esta ley! Desde ahora me siento un poco mejor y más tranquila porque al menos en Colombia ya no tengo que tragarme la humillación de explicar que uno de mis oficios recurrentes es el de una triste, vulgar y corriente «negra literaria». No. Desde ahora soy, orgullosamente, una «afrodescendiente literaria». Así es que cuídense mucho los foristas de lo que me vayan a poner a partir de ahora en sus comentarios, porque ya saben… El que avisa, amigo es. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Y puesto que volvió a salir la literatura, algo que sucede casi siempre en este blog, me pregunto: si fuese colombiano y no haitiano ¿seguiría Dany Laferrière titulando hoy en día su novela Cómo hacer el amor con un negro sin fatigarse? </span></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/10/my-name-is-laurita-afrolaurita/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>1</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Las trampas de la libertad de expresión</title>
		<link>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/09/las-trampas-de-la-libertad-de-expresion/</link>
		<comments>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/09/las-trampas-de-la-libertad-de-expresion/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 23 Sep 2011 03:47:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Devaneos]]></category>
		<category><![CDATA[libertad expresión; censura]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/?p=480</guid>
		<description><![CDATA[

Cosas muy simpáticas se ven entre las redes sociales y los blogs. Miren esta historia: hace unos días, este diario decidió cerrar «Una verdad incómoda», uno de los blogs que albergaba en su plataforma online. El cierre se debió al mal uso que hizo el autor del blog – alguien que firmaba como «Maximus_troll» –, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><img class="aligncenter" src="http://fc05.deviantart.net/fs71/i/2010/030/f/0/Libertad_de_expresion_by_Josue_Rob.jpg" alt="" width="327" height="260" /></p>
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">Cosas muy simpáticas se ven entre las redes sociales y los blogs. Miren esta historia: hace unos días, este diario decidió cerrar «Una verdad incómoda», uno de los blogs que albergaba en su plataforma online. El cierre se debió al mal uso que hizo el autor del blog – alguien que firmaba como «Maximus_troll» –, utilizando su participación en El Espectador y su condición de blogger del diario para replicar a una polémica que había tenido a través de su cuenta de Twitter con otro periodista – Camilo Andrés García –, a quien llamó “mongólico”. Camilo, con una cantidad no despreciable de seguidores en la citada red, se puso en campaña, carta de por medio a El Espectador, para alertar sobre ese mal uso que estaba haciendo «Maximus_troll» del nombre del diario. Entre otras cosas, Camilo pidió que se le cerrara el blog.</p>
<p><span id="more-480"></span></p>
<p>Hugo Leonardo Rodríguez, editor online de El Espectador, le envió un correo a «Maximus_troll» para explicarle el porqué de dicho cierre, y el bloguero, por supuesto, se ofendió profundamente y le pidió, a quien quisiera prestarle atención en Twitter, que denunciaran un caso más de coacción de la libertad de expresión. Hasta Yamhure salió al baile.</p>
<p>Me da lo mismo si «Maximus_troll» y Camilo se pelearon y por qué se pelearon. Allá ellos. Lo que me llama la atención (y me indigna un poco, no lo voy a negar) es que, una vez se suceden estos casi-escándalos, todos salen a defender la «libertad de expresión» y a señalar la terrible censura, pero nadie, absolutamente nadie se detiene a leer siquiera lo que están defendiendo. Cuando comenzó el «bochinche» y viendo que estaba involucrado el diario para el que escribo (tanto en su versión online con este blog, como en su versión impresa), vine a revisar algunos post del bloguero que ahora se declara damnificado y que, en su momento, se denominaba bloguero oficial de El Espectador. Lo voy a decir mal y pronto: el señor escribía (y escribe) que da vergüenza ajena leerlo. Lo más triste es que la carta con la que Camilo Andrés García se defiende de su agresor tampoco es la mejor redactada.</p>
<p>Y aquí viene la parte que me indigna: en nombre de la libertad de expresión se dicen tantas cosas que el concepto se terminó convirtiendo en la puta con la que todos se acuestan cuando les conviene. Una cosa es defender el derecho que todos tenemos a expresarnos libremente en un país en el que hay democracia, pero otra cosa muy distinta es que tengamos derecho a escribir como se nos venga en gana y por el solo hecho de tener un par de clics más y un poquito de vitrina (que sólo eso es un blog en este diario: un poco de vitrina), ya nos sintamos escritores, periodistas y, como solía repetir mi abuela: «la vaca que más caga».</p>
<p>Y no. Para defender con tanto ahínco la libertad de expresión y el derecho a decir lo que se piensa, lo primero, lo principal para quienes trabajamos en medios de comunicación masiva – en este caso los escritos – es respetar a esa persona que está del otro lado de la pantalla o del papel, leyéndonos, y escribir bien. Es una exigencia mínima. Y el bloguero damnificado se pasó por donde mejor pudo las normas básicas de ortografía y gramática, y su redacción era (es) de lo más pobre y vergonzoso que he visto en mi vida. Intenten leer en voz alta los textos que les enlazo <a href="http://webcache.googleusercontent.com/search?q=cache:yB_O43lt0UoJ:blogs.elespectador.com/unaverdadincomoda/tag/hyperconectado/+una+verdad+incomoda+blogs+el+espectador&amp;cd=2&amp;hl=es-419&amp;ct=clnk&amp;gl=cl">acá</a> y <a href="http://webcache.googleusercontent.com/search?q=cache:mFscdXTyxTAJ:blogs.elespectador.com/unaverdadincomoda/2011/08/31/batman-camargo-un-politico-jamas-imaginado/+http://blogs.elespectador.com/unaverdadincomoda/2011/08/31/batman-camargo-un-politico-jamas-imaginado/&amp;cd=1&amp;hl=es-419&amp;ct=clnk&amp;gl=cl">acá</a>, sacados del caché de google, y díganme si suenan coherentes.</p>
<p>No soy ninguna puritana del lenguaje y a quienes me conocen les consta eso porque vivo en Chile, en donde se habla un español lleno de muletillas muy raras que yo ya me acostumbré a utilizar, pero, duélale a quien le duela, las comas, los puntos, los dos puntos, el punto y coma y los puntos seguidos, entre otros, no son inventos arbitrarios para joderle la vida a nadie. Son el equivalente a los números en las matemáticas. Juntos, bien combinados, acomodados adecuadamente, le dan al texto sonoridad, legibilidad y, sobre todo, respiración. Escribir, y publicar eso que se escribe, implica exponer públicamente no sólo un fondo, sino también una forma. No cualquiera, por el solo hecho de pensar, es capaz de traducir a un texto, con fuerza y consistencia, eso que piensa. Y hay personas – que es el caso de «Maximus_troll» – a las que definitivamente no se les da.</p>
<p>No sólo estoy de acuerdo con la decisión que tomó el diario de cerrar el blog, sino que creo firmemente que todos los medios que alojan blogs en sus plataformas online deberían depurar a quienes intervienen en ellas y filtrar con toda la libertad (ojo: libertad también aplica en este caso) a quienes no producen textos irreprochables. No veo por qué un diario tiene que verse obligado, en nombre de la libertad de expresión, a publicar cualquier cosa que está mal redactada. No se trata solamente de mantener el prestigio y la marca, que también importa. Se trata, principalmente, de demostrarle a todos los lectores y a quienes se limpian su boca denostando al periodismo de este siglo, que sí existen editores,  que sí hay una preocupación genuina, desde el director hacia abajo, porque lo que se publica tenga tanto fondo como forma. En resumen: que sí se piensa dos veces antes de exponer cualquier texto a la lectura pública, a fin de que la experiencia de leer sea para los lectores rica y amable.</p>
<p>A lo anterior, sumo dos cosas más que me parecen importantes:</p>
<p>Primero, el bloguero «damnificado» cometió, siempre que pudo, un error que encuentro imperdonable para alguien que lleva un blog, y  que es un error generalizado en los lectores colombianos: confundir «blog» con «post». El blog, para quienes no lo sepan aún, es un sitio web con determinadas características y cuya plataforma pionera fue el famoso Blogger. Un post es cada mensaje individual que escribo y publico con cierta regularidad dentro del blog.</p>
<p>Segundo: es una vergüenza invocar la palabra censura como si se tratara de decir agua. Mal que mal, ustedes en Colombia, yo acá en Chile, mi amigo «X» periodista en Perú o México, por citar algún ejemplo, tenemos todas las facilidades de comunicación modernas. Si me cierran este blog el día de mañana, me quedará siempre la posibilidad de abrir uno en wordpress y tirarle la bronca al diario, a su director y a quien sea. Censura, real censura, es lo que vive la valiente Yoani Sánchez en Cuba, que tiene ánimo de hierro para enfrentarse al régimen de Fidel Castro, y que tuitea, postea y se manifiesta en internet como buenamente puede; es precaria la forma en que Yoani logra hablarle al mundo, valiéndose de amigos que le ayudan a publicar lo que ella quiere decir, porque no puede, porque realmente no tiene el famoso y universal «derecho al pataleo». O los cientos de periodistas en Venezuela, o en China, que tienen restricción de internet. Es casi una grosería que nosotros enarbolemos sólo porque sí la palabra censura.</p>
<p>Desde hace muchos años estoy enamorada de este oficio que es el periodismo y que ejerzo como mejor puedo, porque no tengo título profesional. Y ustedes no se alcanzan a imaginar la rabia profunda, la impotencia que provoca leer un texto publicado en forma descuidada, o pasear por la versión online de un diario y ver un festín de blogs compitiendo a ver cuál escribe peor, como si eso no importara, como si todo diera lo mismo. Produce una gran frustración tener la ilusión de que el periodismo, de que escribir, como cualquier otro oficio decente, también se puede hacer bien, sin mediocridad, para luego constatar que no, que para escribir solo hace falta creerse el cuento y ya.</p>
<p>Y cada vez que suceden cosas como esta, me acuerdo de una entrevista que le hice hace seis años al escritor peruano Fernando Iwasaki. En una de sus respuestas me citó al también escritor español César González-Ruano, quien solía rogar: «No le digas a mi mamá que soy periodista. Ella cree que toco el piano en una casa de putas». Si alguien se empeña en convertir una plataforma blog en una casa de putas, y el piano de la misma es su propia máquina de escribir o el teclado de su PC, ni siquiera tiene el derecho a pedir que le digan a su mamá que sí es periodista. «Ni Cristo que lo fundó», como quizás habría añadido González-Ruano.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/09/las-trampas-de-la-libertad-de-expresion/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>4</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>&#8220;American tune&#8221;</title>
		<link>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/08/474/</link>
		<comments>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/08/474/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 08 Aug 2011 21:55:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Devaneos]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/?p=474</guid>
		<description><![CDATA[
En invierno pasan muchas cosas melancólicas y tristes. A pesar de los años que llevo en Chile, el invierno todavía me da duro. Todavía me cuesta salir un día y de repente ver todo gris y tener que atravesar una niebla densa. No voy a olvidar ese día que salí muy temprano, extendí el brazo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.hojablanca.net/wp-content/uploads/2011/07/paul-simon.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5294" src="http://www.hojablanca.net/wp-content/uploads/2011/07/paul-simon.jpg" alt="" width="480" height="321" /></a></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">En invierno pasan muchas cosas melancólicas y tristes. A pesar de los años que llevo en Chile, el invierno todavía me da duro. Todavía me cuesta salir un día y de repente ver todo gris y tener que atravesar una niebla densa. No voy a olvidar ese día que salí muy temprano, extendí el brazo y mi mano se perdió en la niebla; no la podía ver. El invierno sigue siendo para mí esa época del año en la que hay total ausencia de luz y la vida se convierte en un sótano. El invierno es un túnel de unos cuatro meses, que se atraviesa lentamente para no resbalar en el piso mojado, para no caerse sobre el hielo. </span></p>
<p><span id="more-474"></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">A muchos este frío les acomoda. A mí me enferma. Santiago se vuelve invivible, el esmog es una manta insoportable: los ojos pican, la garganta molesta, y uno añora que llueva, que llueva ojalá con violencia para que el cielo se despeje y podamos respirar de nuevo. Pero después, cuando llueve, uno putea la maldita lluvia que congela más todavía. Lo bueno de la lluvia es que cuando cesa se puede ver la cordillera, preciosa, nítida, como si la tuviera a un metro de mis narices. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Fue en un invierno, hace ya cinco años, que una canción le dio el verdadero sentido a esta época. Un amigo que vino de Colombia me encargó que le llevara un libro a un personaje, un chileno que viajaba a Buenos Aires. Mientras iba en el metro, se largó uno de esos aguaceros que parece que el cielo se va a caer y justo cuando salí, en una estación que se llama Cristóbal Colón, escampó. Como ya era de noche, las lámparas del alumbrado público se reflejaban en las veredas mojadas. Me acomodé la capucha de mi abrigo y metí las manos (con guantes) dentro de los bolsillos y empecé a caminar. Cada vez que pisaba el pavimento chasqueaba el agua y sentía que con cada paso se me iba el corazón, como si tuviera una pena enorme. No sabía si estaba tan agobiada, a lo mejor hasta ese había sido un buen día, pero el frío en los huesos es el conducto por el que llegan a la memoria todas las tristezas de la vida juntas. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Por  fin llegué al edificio de la persona que recibiría el libro; el chico – que hoy es uno de mis mejores amigos – tenía un nombre rarísimo y el conserje no lograba ubicar el departamento. Me pidió cinco minutos para hacer consultas y se metió al fondo del pasillo, pero dejó la radio encendida. No sé en qué emisora. Sólo sé que el tiempo se detuvo. Nadie que viviera en ese edificio bajó por las escaleras o por el ascensor, el citófono no sonó, mi celular no sonó. La vida, que pocas veces tiene esos detalles tan gratos, se estuvo quieta los casi cuatro minutos que dura la canción. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Sentí unas ganas terribles de llorar, pero me pareció ridículo llegar con los ojos aguados adonde el destinatario de mi libro. Me pareció ridículo, no lo niego, llorar solamente porque una canción se juntó con el invierno convirtiendose en una emoción indecible, y no por una pena real, concreta. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Tuve la garganta reseca mientras aparecía el conserje, y la letra de la canción me daba vueltas en la cabeza pero por fragmentos. No supe cómo se titulaba, y la voz suave y honesta del cantante me decía que no conoce una sola alma no esté aporreada, que no conoce ningún amigo que se sienta a gusto. En ese momento, pensé que su voz era la voz perfecta para cualquier invierno y sólo quería tenerla atrapada en mi mp3 para que me acompañara por todos los caminos con charcos y sin ellos.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Cuando cumplí con el encargo y le dejé el libro a su destinatario, pasé por la conserjería de nuevo y le pregunté al conserje qué emisora estaba escuchando, pero él se encogió de hombros,<em> No sé</em>, me dijo, <em>la cambié porque me hace dormir esa música.</em></span></p>
<p><em> </em></p>
<p><em> </em></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Ya en el camino de regreso al metro no me acordaba sino de la melodía y se me había borrado de la memoria el único verso que logré retener en ese rato mientras esperaba  que el conserje llegara. No hice más esfuerzos por buscarla, hasta que un año después, más o menos, llegó mágicamente a mi correo el tráiler de un libro musicalizado con esa canción rarísima, tan rara que contrarresta la melancolía del invierno de la forma más extraña: acentuándola. Desde entonces me acompaña.Fue una alegría y un alivio saber finalmente que se trataba de “American Tune”, de Paul Simon. (<a href="http://www.youtube.com/watch?v=sDC3IM_hQnM">El libro aquel del tráiler</a> es tan maravilloso como la canción, pero esa es otra historia). </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Coda: Adolfo Zableh la descubrió hace poquito y a él también se le encogió el estómago cuando la escuchó. <a href="http://www.lacopadelburro.com/2011/06/las-palabras.html">Acá cuenta por qué.</a> </span></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/08/474/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Morir de amor</title>
		<link>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/07/morir-de-amor/</link>
		<comments>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/07/morir-de-amor/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 16 Jul 2011 03:39:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Devaneos]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/?p=471</guid>
		<description><![CDATA[
Publicado originalmente en Hojablanca.net

Li-Wan tiene 22 años y fue la protagonista de una noticia que dio la vuelta al mundo: intentó suicidarse arrojándose al vacío desde una altura de 24 metros, vestida de novia. Ese fue el último recurso desesperado de Li porque su novio le dijo, unos pocos días antes del matrimonio, que tenía [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.hojablanca.net/wp-content/uploads/2011/05/li-wan-bride.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-4433" src="http://www.hojablanca.net/wp-content/uploads/2011/05/li-wan-bride.jpg" alt="" width="480" height="460" /></a></p>
<p style="text-align: right">Publicado originalmente en <strong><a href="http://www.hojablanca.net">Hojablanca.net</a></strong></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;text-align: right">
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Li-Wan tiene 22 años y fue la protagonista de una noticia que dio la vuelta al mundo: intentó suicidarse arrojándose al vacío desde una altura de 24 metros, vestida de novia. Ese fue el último recurso desesperado de Li porque su novio le dijo, unos pocos días antes del matrimonio, que tenía planeado casarse con otra mujer. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Las fotos que circularon por todos los diarios muestran a Li desesperada, enfundada en su vestido arrugado ya y con el brazo del rescatista rodeándole el cuello, salvándola de ella misma.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"><span id="more-471"></span><br />
</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Fue una noticia bella y cruel al mismo tiempo. Quizás me atrevo a decirlo porque el final no fue del todo trágico. Y también porque entiendo tanto la reacción de Li-Wan que me estremeció como si yo misma hubiese intentado lo que ella. El problema es decir que el amor duele, que el amor puede matar, es que uno se expone al ridículo, a quedar como un cursi o, con buena suerte, como un romántico irredimible. Pero no, no es eso lo que soy ni lo que parezco. Y sí, la verdad es que sí, el amor duele. A Li-Wan la debió atravesar una espada de pecho a espalda cuando su novio le anunció que se iba a casar con otra. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Es así: uno se levanta un día pletórico de amor, y hasta puede pasar el día completo emocionado, ilusionado, idiotizado también, creyendo que la vida no es una carga pesada, que cualquier día, por malo que sea, se puede soportar gracias al amor que profesamos y que nos profesan y todo eso va bien hasta que nos pinchan. Todo es cuestión de ego y orgullo. Y miente el que lo niegue. Queremos ser el único ser en la vida de… </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Creo que puedo describir exactamente lo que sintió Li-Wan. Creo que si la tuviera ahora enfrente y escuchara esto, ella asentiría a todo, porque puedo jurar que fue esto lo que le pasó: primero sintió una punzada en el pecho, un filo, una cortada, algo que pincha duro. Luego sintió una opresión brutal, una lucha del pecho por juntarse con la espalda y una voz que le resonaba por todo el cráneo, una voz muy parecida a la de su novio, quizás un poco deformada, pero que le repetía que ella ya no era la única, que allí, en donde somos más sensibles, en nuestro ego, en nuestro orgullo, él, el hombre que ella más ama, está enterrándole un cuchillo. La mató. La enloqueció en dos segundos y luego la mató. Todos alguna vez hemos muerto así. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Yo una vez me morí así y creo que después de eso todavía voy por la vida dando tumbos como alma en pena. A veces, cuando estoy optimista, pienso que sobreviví a una dura prueba, que todo ya fue, que ya pasó. Pero al final me doy cuenta de que no es así, de que la sensación es la misma que tengo después de haber pasado el terremoto acá en Chile. Uno se cree que ya lo ha vivido, que ya fue, que la experiencia no se repetirá, que el miedo se terminó cuando llegó la tranquilidad, pero no es así, el miedo se revive con cada réplica, por suave que sea. Así es morir de amor. Uno se muere un día y a los muchos días más piensa que, porque se levanta todos ellos para trabajar, porque se toma el café en las mañanas, lee el diario, conversa con los amigos, estudia, saca buenas notas, escribe este artículo, le cumple al editor, al director, deja a todos contentos, uno cree que porque camina, come y respira, está vivo y ya. Pero no. Lo que pasa es que la mente, cuyo funcionamiento para mí es un misterio, es una cosa rarísima, no le entrega la misma información a todos los cuerpos. Algunas, como Li-Wan, no pueden asumir la tragedia de saberse muerta en vida. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">El dolor con el que uno muere de amor se repite con la misma intensidad con cualquier recuerdo vago. Pero uno se arriesga mucho cuando habla de estas cosas. Morir de amor se ha convertido, gracias a las novelitas cursis rosas y a los culebrones de la televisión, en un melodrama lacrimógeno. Es complicado explicar que cada individuo tiene sus obsesiones muy particulares y que la más difícil de soportar es la obsesión que deja el rechazo de un amante. Que no es ni ridículo, ni cursi, ni descabellado vestirse de novia para lanzarse desde una ventana a 24 metros de altura. Yo la entiendo a Li-Wan. Si a uno lo matan o se muere de amor un mal día, todas las ventanas le parecerán, siempre, puertas por las que se puede salir corriendo para huir del dolor insoportable. </span></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/07/morir-de-amor/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>2</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>De géneros</title>
		<link>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/05/de-generos/</link>
		<comments>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/05/de-generos/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 21 May 2011 02:04:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Devaneos]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/?p=464</guid>
		<description><![CDATA[

Publicado originamente en HojaBlanca.net
Hace unos días, y como un simple divertimento, puse en mi cuenta de twitter un listado del quienes, a mi juicio, son los diez mejores columnistas colombianos. Un top 10 de columnistas. Lo hice, insisto, como un juego. Luego de publicar la lista, recibí algunas reacciones. Andrés Hoyos, fundador y ex director [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.hojablanca.net/wp-content/uploads/2011/05/letter_writi_24714_lg.gif"><img class="aligncenter size-full wp-image-4143" src="http://www.hojablanca.net/wp-content/uploads/2011/05/letter_writi_24714_lg.gif" alt="" width="249" height="249" /></a></p>
<p style="text-align: right">
<p style="text-align: right"><strong>Publicado originamente en <a href="http://www.hojablanca.net">HojaBlanca.net</a></strong></p>
<p><span lang="ES-CO">Hace unos días, y como un simple divertimento, puse en mi cuenta de <a href="http://www.twitter.com/lauritagarcia">twitter</a> un listado del quienes, a mi juicio, son los diez mejores columnistas colombianos. Un top 10 de columnistas. Lo hice, insisto, como un juego. Luego de publicar la lista, recibí algunas reacciones. <a href="http://www.twitter.com/andrewholes">Andrés Hoyos</a>, fundador y ex director de El Malpensante, me dijo que estaría mejor una lista de columnistas chilenos, que son poco conocidos en Colombia. Intenté hacer esa lista pero no pude: los columnistas chilenos definitivamente no me gustan, me parece que, la mayoría, carecen de gracia, de capacidad argumentativa, y al final el listado quedaría armado con sólo dos o tres nombres. Luego un amigo me hizo caer en cuenta de que pasé por alto a Daniel Samper Pizano, un columnista que él sabe que admiro especialmente. Pero el mejor comentario me lo hizo mi amigo Nu, quien me hizo caer en cuenta de este detalle: mi listado no incluía a ninguna mujer. Y fue más allá: me llamó la atención de que ni siquiera hubiese incluido a la directora de <a href="http://www.hojablanca.net">Hoja Blanca</a>, a mi jefa, <a href="http://twitter.com/catalinapordios">Catalina Ruiz-Navarro</a>. </span></p>
<p><span lang="ES-CO"><span id="more-464"></span><br />
</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">El correo en donde me llamaba la atención sobre el asunto me llegó esta mañana y yo estuve todo el día dándole vueltas al asunto. A estas alturas no sé si la Cata me va a creer si le digo que me parece una muy buena columnista. Pero se lo digo: eres una muy buena columnista. Y no te lo digo porque seas mi jefa. Pero, lo dicho, ya metí las de caminar, ya no la puedo arreglar. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Lo cierto es que, bromas aparte, Nu tiene razón: no incluí a Catalina ni a ninguna otra mujer columnista, y eso tiene una razón. O varias, pero ahora diré una sola. Mis lecturas siempre han sido muy machistas. El problema de decir esto es que las feministas no me van a entender a la primera y querrán lapidarme acto seguido. Bueno, no creo que Catalina lo haga, pero le pediría que me tuviera un poco de paciencia mientras me explico, es decir, mientras le cuento a Nu, en esta columna y no en un correo, por qué mis lecturas son machistas.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Nu, que me conoce desde hace mucho tiempo, sabe que leo desde hace muchos años columnistas. De los diferentes géneros periodísticos, el de columna de opinión me ha fascinado siempre. Leí con gran gusto, mientras viví en Colombia, a Alfredo Iriarte, por ejemplo; a casi todos los de Semana; a los que se pasearon por Cromos o La Revista del domingo en El Espectador. Todavía guardo recortes de columnas que me gustaron mucho y que me traje a Chile en una carpeta.  Y sí, la mayoría de esos columnistas que leí y que leo son hombres. Y, en otro género, en el género que me atrapa todo el tiempo y por el que vivo y muero, la literatura, mis lecturas no son menos machistas. Claro, acá ya hay otros matices y no voy a decir que leo solamente autores masculinos: está claro que no me iba a perder en esta vida la obra de Virginia Woolf, ClariceLispector, Marguerite Duras, Marguerite Yourcenar, Jane Austen, o mi más recientemente descubrimiento, Hiromi Kawakami, pero no voy a negarle a nadie que me lo pregunte que en mi biblioteca se leen más nombres de hombres que de mujeres.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Y acá es cuando le pido a las mujeres – y a Nu – que no me miren con disgusto, que no frunzan sus ceños ni arruguen sus narices. Pienso que el gran problema de la mujer, desde que lucha por la igualdad de sus derechos frente a los hombres, es que ha caído en la trampa del reconocimiento. Y es por eso que no comulgo con ningún tipo de feminismo. Me enferma que las mujeres que necesitan que se les reconozca su logro por eso, sólo por ser mujeres. Me cuesta mucho – y esto no sé explicarlo – ponerle género al género, es decir, ponerle género a la literatura, a las columnas, a lo que sea. No niego que, por su condición, por sus experiencias, una mujer puede narrar con mucha precisión cosas que un hombre no. Pero acá el asunto es que el mundo, lo quieran los lectores o no, tiene solo dos géneros para todo, para la literatura, la música, el periodismo, para todo: el que gusta y el que no gusta. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Hace poco Camilo Jimenez certificó en su cuenta de <a href="http://www.twitter.com/bocasdeceniza">twitter</a>: “Sólo conozco dos géneros musicales: la música que me gusta y la que no.”, y yo pienso que no sólo en los géneros musicales: en los literarios, en los periodísticos, en la malla de asignaturas de tu carrera, en todo en la vida, siempre hay dos tipos: lo que a uno le  gusta y lo que no. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Pero hablemos de columnas de opinión y de libros: da lo mismo si los escribe una mujer o un hombre, estoy segura de que pocos nos fijamos en ese detalle. Estoy segura de que, una vez metidos en el texto, el sexo del autor se desdibuja por completo, y ni la mujer más frentera, ni el hombre más caballero, logrará cambiar lo más importante: nuestro gusto. </span></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/05/de-generos/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>6</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Refracciones, no reflejos</title>
		<link>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/04/refracciones-no-reflejos/</link>
		<comments>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/04/refracciones-no-reflejos/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 24 Apr 2011 02:33:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Devaneos]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/?p=459</guid>
		<description><![CDATA[
Publicado originamente en HojaBlanca.net
 La suerte de la fea sólo existe en los refranes.
Andrés Burgos (@pelucavieja) 
 El mundo lucha diariamente contra dos grandes demonios: la vejez y la fealdad. Los hombres  y mujeres del siglo XXI se caracterizarán, para quienes nos estudien en el siglo XXXI, por su obsesión con la juventud y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.hojablanca.net/wp-content/uploads/2011/04/witch_hdr_enn_01.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-3948" src="http://www.hojablanca.net/wp-content/uploads/2011/04/witch_hdr_enn_01.jpg" alt="" width="195" height="260" /></a></p>
<p style="text-align: right"><strong>Publicado originamente en <a href="http://www.hojablanca.net">HojaBlanca.net</a></strong></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> <em>La suerte de la fea sólo existe en los refranes.</em><br />
Andrés Burgos (@pelucavieja) </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> El mundo lucha diariamente contra dos grandes demonios: la vejez y la fealdad. Los hombres  y mujeres del siglo XXI se caracterizarán, para quienes nos estudien en el siglo XXXI, por su obsesión con la juventud y la belleza. Ahora no nos damos cuenta, no. Y está bien: que cada quien se esculpa como mejor pueda, porque todos tenemos derecho a sentirnos bien con el reflejo que nos devuelve el espejo al mirarnos en él. Por lo menos yo nunca he estado     (y creo que no estaré) conforme con la que veo en él todas las mañanas. Y odio la palabra “autoestima”. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"><span id="more-459"></span><br />
</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Tengo una amiga a quien quiero mucho, pero que aplica sus criterios de belleza con una crueldad terrible. La llamaré ‘E’, y es una profesional brillante; una gran mujer, que no soporta mis gustos y que, si existiera una operación que le compusiera a uno la fallida glándula del (buen) gusto, ella me la regalaría. El caso es que estábamos discutiendo acaloradamente de un tema y ‘E’ pontificó, así, sin anestesia, que los tipos que a mí me gustan «deberían agradecer haber perdido la virginidad: eso ya en sí es un milagro». Fue una broma, sí, porque a ‘E’ le gusta verme enojada y hacerme pelear; ella sabe que siempre estoy sobregirada en la cuenta corriente de la paciencia. Pero la verdad es que su criterio no es muy descabellado. Viéndolo bien, su comentario hace parte de la vara con la que somos medidos todos los días, y el que a ciertos bichos raros nos resulte indiferente el físico de las personas no cambia las cosas. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Reconozco, sin ninguna vergüenza, que me pasaría por alto al modelito de la valla de Calvin Klein que tengo cerca de mi casa, y cuando siento envidia de una mujer es por inteligente más que por bonita. Respeto profundamente a todas aquellas que, por razones muy válidas, se hacen (o dejan) inyectar, coser, zurcir y rellenar según las exigencias de la belleza. Pero me parece ridículo por una sencilla razón: envejecerán igual. Y, si tienen suerte, durante esa vejez se conservarán igual de frescas y hermosas que ahora, pero, ¿qué con eso?, ¿es que acaso al mundo no le molesta un poco tanto exceso de perfección? </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Ese es nuestro problema. O bueno, creo que el de un gran sector de las sociedades (para no meter a todos en el mismo saco y dejar fuera a los que, como yo, nos molesta la perfección absoluta, tipo Elizabeth Taylor): esa persecución feroz de la aburrida perfección. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">‘E’ no es la única que considera que todo entra principalmente por los ojos. Y todos alguna vez hemos soñado con un hombre y/o mujer cuya apariencia nos parece perfecta, y hemos alucinado con su compañía. Pero también es cierto que cuando nos miramos al espejo, el reflejo no nos devuelve a un monstruo deforme, sino a alguien normal, aceptable, al que todos le extenderíamos la mano, y eso nos da la conformidad justa que se necesita para pasar bien el día, y para no ir por ahí discriminando en una lista al feo del bonito. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> No piensen que mi conclusión tiene que ver con ese lugar común de la ‘belleza interior’, ni demás clichés. Sin ánimo de descubrir el mediterráneo, la belleza está en el ojo de quien contempla (alguien ya lo dijo pero no sé quién fue) y lo que me parece bello a otro le puede parecer feísimo. No digo nada nuevo, lo sé. La verdad es que todo esto comenzó porque me gusta mucho un amigo (aunque él no lo sabe, por supuesto), a quien llamaré ‘B’. Pero ‘E’ lo encuentra de lo más feo. Si yo lo describiera, sería totalmente imparcial: no lo encontraría tan bajito, porque yo no paso del metro con sesenta y cinco; sus ojos me parecerían preciosos a pesar de sus gafotas, y sus cejas, con todo y lo torcidas que se ven a veces, me parecerían el marco perfecto de su rostro. Tal vez sucede que la nobleza de ‘B’ es su mejor apariencia y que sé que a él, al igual que a mí, le sofoca la perfección que sobra en este siglo: suficiente, si no para verlo divino, al menos para guardar esperanzas. </span></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/04/refracciones-no-reflejos/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>1</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Sálvese el que pueda</title>
		<link>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/04/salvese-el-que-pueda/</link>
		<comments>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/04/salvese-el-que-pueda/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 03 Apr 2011 02:56:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Devaneos]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/?p=457</guid>
		<description><![CDATA[
 Hay momentos en los que uno siente repulsa, aún peor: asco por el país donde le tocó nacer. Hay momentos en los cuales, aunque uno viva a miles de kilómetros, se siente más cercano a la vergüenza que al orgullo y la nostalgia. No es un asco por ese “objeto” en sí que es [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.hojablanca.net/wp-content/uploads/2011/03/Screen-shot-2011-03-30-at-6.29.41-AM.png"><img class="aligncenter size-full wp-image-3875" src="http://www.hojablanca.net/wp-content/uploads/2011/03/Screen-shot-2011-03-30-at-6.29.41-AM.png" alt="" width="307" height="197" /></a></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Hay momentos en los que uno siente repulsa, aún peor: asco por el país donde le tocó nacer. Hay momentos en los cuales, aunque uno viva a miles de kilómetros, se siente más cercano a la vergüenza que al orgullo y la nostalgia. No es un asco por ese “objeto” en sí que es el país, para que me entiendan. No es un asco por los símbolos preciosos que dizque hacen a este país: la bandera, el café, Shakira, Juanes, no. No es un asco por la tierra en sí. El asco es, en verdad, esa sensación de estar en medio de una cruel epifanía: que a Colombia le sobran los colombianos. Que lo peor de este lugar es su gente. Que lo somos todos. Y sálvese quien pueda. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"><span id="more-457"></span><br />
</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> A la juez Gloria Constanza Gaona la mataron de camino a su trabajo. Su trabajo consistía en investigar, entre otras cosas, el horrible caso de los hermanitos Torres, asesinados en Tame, Arauca. El presunto culpable es Raúl Muñoz, un subteniente del Ejército que abusó sexualmente de una menor de 14 años (hasta donde tengo entendido ya lo confesó), y que asesinó a sus hermanos para no dejar testigos. Gloria Constanza, mujer valiente sin duda, investigaba como le corresponde a todo juez. Pero la mataron. La “vuelta” la hizo un sicario joven que la “borró” del mapa. ¿Y uno qué puede pensar? Que detrás de esta muerte, como de tantas otras, se esconde un ‘secreto a voces’. Que en Colombia las manos sucias del subteniente Muñoz valen la vida de una juez que estaba haciendo su trabajo como correspondía, en un Estado donde los pasados ocho años se alardeó de una Seguridad Democrática que no termino de entender: que alguien me explique qué tipo de seguridad de algodón de dulce es esa, que no le da garantías a los jueces. ¿O ahora me van a venir con que la tal Seguridad Democrática funciona solamente con su líder a la cabeza? ¿O funciona solamente para los militares, apoyados por el DEMIL ?institución ‘privada’ que funciona con recursos del Estado y que defiende a los militares y de la que Daniel Coronell habla en su más reciente <a href="http://www.semana.com/noticias-opinion/mano-negra/154001.aspx">columna</a> en Semana?? Sí, porque además de que no existen garantías para los jueces que investigan los crímenes, los criminales son defendidos con los impuestos que paga el pueblo. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> A los colombianos se les ha fundido el fusible de la indignación y lo activan en los momentos equivocados. Y cuando digo ‘los colombianos’, no me refiero solamente a esa ‘gente de bien’ y ‘echá pa’lante’ que le enrostran a uno cada vez que habla estos temas. Me refiero a todos, incluidos esos colombianos que tienen a su cargo los organismos e instituciones que se encargan de vigilar, de ordenar, de legislar, de defender… Hace poco la Procuraduría General de la Nación pidió investigar a la revista SoHo por la publicación de unas fotos que documentan la pedofilia de los sacerdotes católicos. Esto fue en la edición 131 del mes de Marzo de este año. No se demoró nada el Procurador en reaccionar frente a este caso. Y eso no sólo demuestra  que lee la revista SoHo, sino que parece que es lo único que lee, que no ve noticieros, que no lee diarios. No leyó, por ejemplo, ese <a href="http://www.elespectador.com/impreso/nacional/articulo-257928-los-ninos-precio">reportaje</a> tan triste, tan doloroso, tan bien investigado por la periodista de El Espectador Laura Ardila Arrieta, donde se devela la realidad de los niños que ejercen la prostitución en Cartagena. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Aun si las <a href="http://www.soho.com.co/instantanea/articulo/dejad-ninos-vengan-mi/22668">fotografías</a> de SoHo nos gustaron o no, aun si quienes contemplan esas fotos las consideran arte, o no, la actitud del Procurador es la de un inquisidor cazabrujas que al parecer no tiene clara la función básica de la Institución de la que es representante: «vigilar el actuar de los servidores públicos y advertir cualquier hecho que pueda ser violatorio de las normas vigentes, sin que ello implique coadministración o intromisión en la gestión de las entidades estatales.» </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Pero ¿qué es lo que indigna realmente a los colombianos? Nada. O sí: se movilizaron por una lechuza, y casi crucifican al futbolista que la pateó, pero no me queda muy claro qué piensan del saqueo, la corrupción, el descaro con que los Nule y los Moreno robaron al país. Todos los colombianos ?y lo digo con conocimiento de causa, porque los padezco casi a diario? andan por el mundo predicándole a quien quiera escucharlos las bondades del país en el que nacieron. Un país que es una vergüenza, con un Estado que no garantiza la seguridad de sus jueces; que no es capaz de juzgar a los ladrones que se lo desfalcan; que permite que esos ladrones vayan a ‘descuerarse’ a Miami. Un país que a juzgar por el carácter y el talante de los políticos que lo gobiernan, le deja a uno serias dudas sobre el carácter y el talante de los votantes que los eligieron. Un país al que están violando y parece que le gustara. </span></p>
<p>Los ocho años del gobierno de Uribe fueron nefastos ?con algunos escasos momentos de lucidez, pero nefastos?. Santos ha sorprendido con una forma de gobernar diferente, y ojalá siga así. Pero a Colombia lo que le faltan son colombianos capaces de sentir menos orgullo y más vergüenza por este país inviable. La vergüenza seguramente llegará el mismo día que la educación, pero no guardo esperanzas. En su <a href="http://www.semana.com/noticias-opinion/cuentas-macabras/154064.aspx">columna</a> más reciente, Antonio Caballero habla de 27.300 casos de desaparición forzada que investiga la Fiscalía. A mi me aterra. Me da un escalofrío cuando veo la siguiente analogía que hace Caballero: «Son más que los que se cometieron en Argentina y Chile durante los años de plomo de las dictaduras militares».</p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> La conclusión, en todo caso, es más desalentadora que eso: los hechos ?y no sólo los hechos recientes?, dejan en claro que Colombia es un país de gente indolente, incapaz de sentir vergüenza: es un país de bárbaros. Me quedo con algo que me dijo hace poco Ricardo Silva Romero en el transcurso de una entrevista, y que condensa perfectamente lo que nos pasa: «(…) que todos entiendan en Colombia que matar está mal porque que la justicia reemplace a la violencia es el paso que da una sociedad de la barbarie a la civilización». </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> <a href="http://www.caracol.com.co/nota.aspx?id=1428457">Y el corazón se encoje cuando uno ve a un padre llevar el cuerpo de su hijo a la Plaza de Bolívar</a>, para denunciar que el joven se negó a ser un “falso positivo”. Pero en un país camandulero como Colombia, todos se conformaron ya con la simple consagración al Corazón de Jesús, y eso les parece suficiente: encomendarse a un corazón de piedra. </span></p>
<p style="text-align: right"><strong>Publicado originalmente en <a href="http://www.hojablanca.net">HojaBlanca.net</a></strong></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/04/salvese-el-que-pueda/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>6</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>En el nombre del padre, del hijo&#8230;</title>
		<link>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/03/en-el-nombre-del-padre-del-hijo/</link>
		<comments>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/03/en-el-nombre-del-padre-del-hijo/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 13 Mar 2011 04:33:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Devaneos]]></category>
		<category><![CDATA[iglesia catolica]]></category>
		<category><![CDATA[religion]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/?p=450</guid>
		<description><![CDATA[Publicado originalmente en HojaBlanca.net


 Yo no respeto a los sacerdotes. Tampoco respeto mucho a las religiosas. Y, honestamente hablando, tampoco respeto a la religión católica. El respeto es algo que se gana, y a decir verdad, ni los curas, ni las monjas, ni los santos ni mucho menos el Vaticano se lo merecen. (Sálvese el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="mceTemp mceIEcenter" style="text-align: right"><a href="http://hojablanca.net"><strong>Publicado originalmente en HojaBlanca.net</strong></a></div>
<div id="attachment_3740" class="recurso_post aligncenter" style="width: 306px"><a href="http://www.hojablanca.net/wp-content/uploads/2011/03/5206443585_a856bef6c9_b.jpg"><img class="size-full wp-image-3740" src="http://www.hojablanca.net/wp-content/uploads/2011/03/5206443585_a856bef6c9_b.jpg" alt="" width="296" height="212" /></a><h3>Tomado de: http://www.flickr.com/photos/mdconnell</h3></div>
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;text-align: left"><span lang="ES-CO"> Yo no respeto a los sacerdotes. Tampoco respeto mucho a las religiosas. Y, honestamente hablando, tampoco respeto a la religión católica. El respeto es algo que se gana, y a decir verdad, ni los curas, ni las monjas, ni los santos ni mucho menos el Vaticano se lo merecen. (Sálvese el que pueda). Tal vez mis recuerdos contribuyan a entender esto. </span></p>
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left"><span id="more-450"></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;text-align: left"><span lang="ES-CO"> Hasta los 16 años fui católica. Mis abuelos lo eran. Mi mamá aún lo es. Rezaban el rosario todos los días. Se confesaban. Comulgaban. Desde luego eran buenas personas, pero yo nunca creí que lo fueran por su piedad, sino por su personalidad y por el amor natural que sentía hacia quienes eran parte de mi familia. Sin embargo, la religión es algo que muchas veces le meten a uno en su casa, por las venas. Lo dan de mamar con la leche o bien luego a costa de reglazos. A mi nunca me gustó la misa del domingo, me fastidiaba el rosario, me cargaban las eternas horas de modorra frente a un hombre que hablaba y hablaba y hablaba sin descanso de lo intrascendente. Pero lo soportaba. </span></p>
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;text-align: left"><span lang="ES-CO"> Mas uno a veces sospecha, y una sospecha es como una espina que molesta, aunque no la veamos para sacarla. Durante doce años estudié en un colegio católico dirigido por unas estrictas religiosas de una congregación franciscana, que dizque practicaba las tres enseñanzas vitales del Poverello de Asís: pobreza, obediencia y castidad. De las monjas aprendí muchas cosas: disciplina, rigor, responsabilidad, firmeza, malgenio y un odio aterrador y desmedido por las manualidades (léase costura, tejido, etc), las “labores del hogar” y la cocina. Lo gracioso es que – y de esto me di cuenta muy tarde – ellas pretendían enseñarme de veras cómo ser una buena señora de su casa, de esas que le planchan la camisa al marido, cocinan para él y le cosen el botón de la camisa, y a llevar una vida piadosa y acompasada con la pasión de Cristo. </span></p>
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;text-align: left"><span lang="ES-CO"> Un primer fiasco me lo llevé cuando una de las monjas, mujer  habitualmente de rostro y actitudes amargas, gritona y con poca paciencia, me pidió que deshiciera el cosido de un botón. Estamos hablando del año ‘99, más o menos. Me disgustó el llamado de atención y la madre lo notó y entonces ladró: “¿Cómo va a pegarle el botón a las camisas de su marido, ah?” Y eso fue ají para mi. Recuerdo haberle echado en cara que la sumisión tal vez era practicable en su mundo religioso y ante Dios, pero que entre el cielo y la tierra hay una enorme distancia. </span></p>
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;text-align: left"><span lang="ES-CO"> El segundo fiasco me lo llevé en vísperas del jubileo. Si usted alguna vez fue católico, nunca podrá olvidar las sagradas fiestas y una de ellas fue el Jubileo del Nuevo Milenio (2000 años del nacimiento de Cristo) que comenzó a festejarse en 1999. En manada, como deben ir siempre las ovejas del Señor, mis compañeras y yo fuimos llevadas para ejercer nuestro obligatorio examen de conciencia frente a un cura, que, para variar, esta vez no usaba confesionario. Ese día comprendí que el acto de confesarse, de contarle los errores, pillerías y pensamientos turbios de poca monta, a un ser que cree tener el poder del Altísimo en su sotana, es casi una humillación. Una aberración. Digo esto porque el sacerdote, un hombrecito rayando la ancianidad, que lucía dos enormes lentes modelo “culo-de-botella”, me preguntó si yo “menstruaba”. A los quince años (y creo que a los veinte y a los treinta) ese es un tema que se habla en la privacidad de la casa o en confianza con las amigas más íntimas, y no de buenas a primeras ante un desconocido, que por muy sacerdote que sea, sigue siendo un nadie en nuestras vidas. </span></p>
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;text-align: left"><span lang="ES-CO"> Rasgar la religión del cuaderno era algo imposible en esos años, y por eso las historias continuaron. No todas – que son muchas – caben en este artículo, pero la última me sucedió poco antes de viajar a Santiago y fue la más terrible de todas: un sacerdote de toda mi confianza rompió su secreto de confesión conmigo y le contó a la mujer más “piadosa” – entiéndase chismosa – del barrio un pecado inconfesable en estas líneas. Un pecado que, cometido a mis 16 años, debió haber enojado mucho al Altísimo, pero que también fue el jugo de comidilla de quién sabe qué tipo de “mujeres piadosas” de boca, pero viperinas de lengua. Una vez en Santiago le expliqué a mi mamá mis razones, me saqué del cuello una cadena de plata pura con un dije del Sagrado Corazón de Jesús, y devolví el rosario a una caja de la cual nunca debió haber salido. Creer o no en Dios dejó de ser para mi una discusión religiosa, se transformó en filosófica y, créanme, no terminaríamos nunca si la propongo acá. </span></p>
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;text-align: left"><span lang="ES-CO"> Sacerdotes que violan niños, sacerdotes que violan muchachas y muchachos, sacerdotes y sobre todo altos prelados que han sido testigos de injusticias y torturas y las han pasado por alto, son noticia histórica y diaria. Pienso que hay que sospechar de un hombre que reprime su vida sexual para “servir a Dios”, ente que por lo demás no puede ver ni sentir. Respetable, claro, lo digo antes de que me acusen de intolerante, pero antinatural. Nuestro cuerpo, y esto es algo inevitable, está hecho para sentir, disfrutar, gozar. Sudamos, orinamos, nos movemos, nos duele. Aprendemos a reprimir en público y a tener confianza en privado. ¿Ustedes pueden creer sinceramente que los sacerdotes y las religiosas son ajenos a eso? ¡Pero si justo porque no son ajenos a su cuerpo es que suceden casos abominables de pedofilia! </span></p>
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;text-align: left"><span lang="ES-CO"> No es necesario, entonces, plantear teorías muy sesudas para concluir que la Iglesia Católica es una institución de poder bastante dañina, una institución meretriz. De sus huestes, poquitos se salvan con honra, porque  por fortuna no todo es impolutamente blanco o definitivamente negro en la vida. Hace poco un amigo español residente en las Canarias me decía que peores que los católicos son los musulmanes, que de nuevo se han concentrado en España, y que sus actos represivos y su fanatismo son tan execrables como entre los católicos. Creo que lo terrible es el poder que puede llegar a tener una institución religiosa en una sociedad, al punto de que queden impunes sus propios delitos (o pecados). Pero supongamos por un instante que existiese esa superchería conocida como infierno (además del que son los otros): pues bien, allí deberían ir en saco todos los señores de la Religión. <em>Enter</em>. </span></p>
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/03/en-el-nombre-del-padre-del-hijo/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>19</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Ricardo Silva Romero desde la terranía</title>
		<link>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/03/ricardo-silva-romero-desde-la-terrania/</link>
		<comments>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/03/ricardo-silva-romero-desde-la-terrania/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 09 Mar 2011 01:37:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Devaneos]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/?p=445</guid>
		<description><![CDATA[Publicado originalmente en OtroLunes

A la memoria de Germán Pardo García-Peña.


I.

Escribiste, Ricardo, en tu novela de 2006, El hombre de los mil nombres, que «todo hombre tiene una ventaja sobre los demás hombres: que nadie lo conoce de verdad». Esa fue la ventaja que el productor de cine de Hollywood, Lester Brown, te llevó a ti [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right"><strong>Publicado originalmente en <a href="http://otrolunes.com/?sumario/unos-escriben/ricardo-silva-romero">OtroLunes</a></strong></p>
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left"><em>A la memoria de Germán Pardo García-Peña.</em></p>
<p style="text-align: left">
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">
<h2 style="margin: 0px 0px 0.75em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;font-weight: normal;color: #111111;text-align: center">I.</h2>
<div style="margin: 0px 1em 1em 0px;padding: 0px;border: 5px solid #ffffff;font-size: 12px;vertical-align: baseline;background-color: transparent;float: left"><a href="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2011/03/ImgArticulo_T1_47129_2007811_144822.jpg"><img class="recurso_post alignright size-full wp-image-489" src="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2011/03/ImgArticulo_T1_47129_2007811_144822.jpg" alt="ImgArticulo_T1_47129_2007811_144822" width="320" height="220" /></a></div>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">Escribiste, Ricardo, en tu novela de 2006, El hombre de los mil nombres, que «todo hombre tiene una ventaja sobre los demás hombres: que nadie lo conoce de verdad». Esa fue la ventaja que el productor de cine de Hollywood, Lester Brown, te llevó a ti mientras escribías su biografía autorizada. Esa es la ventaja que me llevas ahora, Ricardo, mientras escribo esto. Tal vez Germán estaría de acuerdo conmigo ahora y me diría que sí, que conocerte de verdad no es del todo posible, porque quizás la persona que mejor te conoció en el mundo fue él, Germán Pardo García-Peña, tu mejor amigo, «el mejor amigo en la historia de Occidente desde la aparición de Óbelix», como dices en Walkman. Pero, obstáculos aparte, un comienzo es tu familia: y esa familia que está compuesta por tu mamá, Marcela, que es abogada; por tu papá, Eduardo, que es físico; que te leía cómics cuando estabas niño, aunque no recuerdas bien si también trataba de hacer las voces de los personajes; y por  tu hermano mayor, Eduardo, que es abogado y uno por cierto brillante, experto en litigios; esa familia también incluye un hermano menor, que, aunque los apellidos no nos coincidan, lo es: es tu hermano menor: Germán Pardo García-Peña. Un hermano que se fue para siempre muy pronto, cuando aún no cumplía treinta años, pero que si estuviera acá, con nosotros, si estuviera aquí a mi lado para ayudarme un poco con el enorme trabajo en el que se transformó escribir esto, lo sé, me guiñaría un ojo, aunque también me recordaría que tu abuelo, Alfonso Romero Aguirre, fue un político ilustre, senador, Presidente de la Cámara de Representantes en 1936, Contralor entre 1941 y 1942, y Presidente del Senado en 1948. Ahora, en su honor, un puente vehicular de Cartagena lleva su nombre.</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em"><span id="more-445"></span></p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">Germán también conoció muy bien la historia de tu tío Alfonso Romero Buj, hermano de tu mamá: un abogado brillante que dedicó su vida especialmente a defender los derechos de los trabajadores; gracias a sus gestiones se fundó el Instituto Nacional Sindical (que ya no existe), y se desempeñó en la Federación Nacional de Sindicatos de Trabajadores Públicos y Oficiales, Fenansitrap. Pero un día, el ala más radical del PC, el PC-ML, decidió que debía hacérsele un “juicio revolucionario”, donde finalmente se sentenció que tu tío era un “traidor a la causa marxista-leninista”, lo que en realidad quería decir que les molestaba que trabajara tanto y tan bien, y que no lo hiciera armado como un violento sino como un civil de buenas intenciones, y por eso lo mataron un día de 1976 junto a su esposa, Amparo, embarazada de tres meses.</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">A pesar de que la tranquilidad es la manta preferida por el tiempo para cubrir los recuerdos dolorosos, tú no has olvidado ni un instante a Alfonso Romero Buj; con su asesinato, la violencia colombiana tocó a la puerta de la casa en donde vivías con tus papás y tu hermano, y se presentó formalmente. Hoy, él es algo más que un recuerdo para ti y así me lo dices: «Mi tío es un fantasma y mi abuelo es un puente».</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">
<h2 style="margin: 0px 0px 0.75em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;font-weight: normal;color: #111111;text-align: center">II.</h2>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">Germán habría asentido todo el tiempo si hubiese leído lo que me escribió Daniel Samper Ospina, amigo de ambos, acerca de ti, y entre la cascada de cosas que me dijo Daniel resumo esto: que fuiste alumno ejemplar del colegio Gimnasio Moderno; que desde siempre demostraste tener un humor muy negro, cruel y divertido por igual, y que para él eso es muestra de tu inteligencia muy sofisticada; que ese mismo humor te acercaba a las personas, que por ese mismo humor te querían todos en esa época – Germán agregaría que por ese mismo humor también te quieren todos en esta –; que creaste un diario llamado “El Palomar”  y que era letal con alumnos y profesores; que jugabas fútbol y que eras volante de creación y que jugabas muy bien; y que Pompilio Iriarte fue tu gran maestro de Letras y aún hoy tu amigo.</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">Porque fue Pompilio Iriarte Cadena una de las mejores cosas que te sucedieron mientras estuviste en el Gimnasio Moderno. Él, tu profesor en el “Taller de Letras”, fue el guía, el empujón necesario para darte cuenta de que querías ser escritor; el hombre que leyó con atención los sonetos que escribiste a esa edad y que editaste en un libro que hiciste circular en fotocopias entre tus amigos, y del que Daniel me habla con entusiasmo y orgullo. Ahora, al otro lado del teléfono, eres tú quien me habla de Pompilio. Lo evocas diciendo que te parece que lo conoces de toda la vida, cuando en verdad llegaste a él porque tu hermano mayor, Eduardo, también había tomado el “Taller de Letras”:</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">«Siempre me ha parecido que todo el mundo tiene el mismo instinto de contar historias, de hacer el mayor esfuerzo porque su experiencia en la vida no se le escape sin más, impune, sin registro. De ahí a volver eso un oficio; reciclar lo que le ha pasado a uno y volverlo ficción, tiene que tener uno unos golpes de suerte, me parece. Además de tener ciertas ideas, cierto talento y cierto instinto a jugar mayor que el de las demás personas, no serviría de nada todo eso si uno no contara con gente que le diera un empujoncito. Creo que, aparte de mi familia, la otra persona a la que no le pareció tan extraño que yo me dedicara a escribir fue a él, a Pompilio Iriarte. La primera clase con él la tuve en el año ’90. Me metí a una clase que se llamaba “Taller de Letras”. Mi hermano mayor, Eduardo, me hablaba mucho de Pompilio, y todo el mundo en el colegio hablaba mucho de Pompilio, y entonces sí era como intimidante. Pero fue muy interesante ese primer año en el que coincidí incluso con Daniel Samper Ospina. Fue interesante darse cuenta de que Pompilio leía los textos de cada uno como si fueran textos ya publicados. Vale decir, textos que uno puede interpretar, que uno puede revistar en detalle: por qué este personaje se llama como se llama, por qué esta frase va aquí y no aquí… Nos leía con el mismo cuidado con el que podía leer sonetos del Siglo de Oro, o caligramas de Octavio Paz, o versos de César Vallejo. Él tenía el mismo cuidado con textos nuestros, de personas de quince años, entonces creo que me probó que escribir no era muy diferente de jugar, es decir, de proponer un enigma al lector para que este lo descifre. Para Pompilio, detrás de todos los textos hay un mensaje que hay que descifrar y hay un juego que se le está proponiendo al lector y eso a mi me pareció particularmente atractivo y útil para mi forma de ser y para mi manera de llegar a los demás…»</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">
<h2 style="margin: 0px 0px 0.75em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;font-weight: normal;color: #111111;text-align: center">III.</h2>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">Porque una de las maneras para llegar a ti es el cine. Le pregunté a más de veinticinco personas por ti y todos llegaron a la misma conclusión, y el que mejor la resumió fue tu otro gran amigo, tu otro hermano, Julián Saad Pulido: «Ricardo es una wikipedia andante de música, cine y literatura». El biógrafo de Lester Brown, el productor de cine de Hollywood protagonista de  El hombre de los mil nombres – y quien también es, curiosamente, una enciclopedia andante de cine –, dijo esto: «Quien pasa una vida entera en las salas de cine, al mismo tiempo que sospecha que Dios sigue sus pasos, suele pensar que todas las cosas pasan por algo». Tú, que estás allá en Bogotá y me contestas el teléfono de tu casa a mí, que estoy en Santiago, muy lejos, te quedas mudo unos segundos:</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">«Yo no sé si creo que es por culpa del cine, o llegué al cine porque pienso así», me dices. «Pero sí muy probable que la influencia número uno que yo tengo a la hora de escribir sea Hitchcock. En él yo veo el esfuerzo de hacerle creer a la gente que lo único que él estaba haciendo era contarnos una historia. Es un narrador que siempre está pensando en su relación con el público, con el espectador, pero que en el fondo está invadido por obsesiones y por pesadillas muy personales que están saliendo a flote por medio de sus relatos sin nunca perder de vista al espectador».</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">El cine, como la literatura, pero el cine antes que la literatura, te persiguen desde muy niño. O tú los persigues a ellos, más bien. Pero es tu cinefilia, sin duda, una característica muy poderosa de ti. Felipe Restrepo, editor de “Esquire Latinoamérica” y quien trabajó contigo cuando fue coordinador de la sección de cultura en la revista “Semana”, me dice que, a pesar de que eres una enciclopedia viviente de cine, nunca lo presumes y siempre escuchas a los demás. Y tú, sin proponértelo, me cuentas más bien el incipiente comienzo de tu carrera como crítico de cine:</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">«Desde siempre vi películas. Era lo que hacía todo el día. También hubo un momento en el que traté de pensar: si estoy viendo una cantidad de películas, qué películas son las buenas y cuáles son las importantes. Recuerdo que cuando tenía 12 años veía películas que me parecían mucho mejores que las otras y mucho más inteligentes que las otras y ahí comencé a pensar por qué funcionan unas mejor que otras».</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">Germán, que a estas alturas también es mi fantasma, no me dejaría olvidar que publicaste una biografía de Woody Allen, Incómodo en el mundo, me recordaría que Paddy Chayefsky es uno de tus guionistas favoritos en la historia del cine y que en su película Network (1976) notaste que él «es pretencioso, pero le resulta, le funciona», y que tu película preferida en la vida es The Rear Window, de Hitchcok, porque tu instinto es siempre: «Partir de un personaje y espiarlo en el peor día de su vida».</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">La simpatía por Spielberg te viene, en todo caso, de una idea concurrente tuya: hurgar en las obsesiones y pesadillas de los creadores:</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">«Spielberg sufre un poco lo que sufre Hitchcock y que en literatura, guardando las proporciones y viéndolo sólo desde el caso de la literatura colombiana, sufre Jorge Franco, que es el drama de ser muy exitoso: y que es que mucha gente vea lo que uno hace, o lea lo que uno escribe e inmediatamente cree suspicacias, especialmente para un círculo muy reducido de críticos e intelectuales que siempre sospechan de lo que tiene el favor del público.  El drama de Spielberg de es que sus películas son las más famosas de la historia y las que él ha dirigido son extraordinarias.  Tendría que hacerte una lista única, desde Tiburón, pasando por Encuentros cercanos del tercer tipo, ET, El color púpura, la saga de Indiana Jones… Es un director que tiene sus obsesiones muy claras, sus personajes muy claros, siempre cae en los mismos problemas y también logra hacerle creer a la gente que solo está viendo una película entretenida. Consigue no hacer sentir poco inteligente a la gente, lo que a mi me parece todo un logro. Él, como Hitchcok, sienten respeto y también como amor por el espectador. Es como el significado de la palabra “narrar” en su origen que es “traer una persona hacia uno”, como llevarla de un lado a otro».</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">Para no quedarnos en la lista de directores, guionistas y películas – que por lo demás sería interminable si consideramos que tu cabeza alberga tanta información de cine que estarías listo para romper algún récord del libro Guinness – lo esencial es que el cine te apasiona, entre otras cosas, porque es, desde tu mirada, un milagro:</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">«Hay una cuestión fascinante en cualquier película y es la certeza de que cualquiera puede ser un desastre, que una película buena es realmente un milagro, que hay tantos involucrados que si falla uno solo la película falla. Si un actor es malo, si un guión cojea, si un director no está en su mejor momento…».</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">
<h2 style="margin: 0px 0px 0.75em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;font-weight: normal;color: #111111;text-align: center">IV.</h2>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">Pero en este momento Germán me pediría que recuerde que tú, Ricardo Silva Romero, eres más que un profundo conocedor y apasionado del cine, eres un escritor, uno muy joven y prolífico: pensemos en que tienes treinta y cinco años y, como tú mismo escribiste en tu página web en Julio de 2009: «He llegado a la última página de nueve novelas, cinco poemarios, una obra de teatro, dos biografías (una con mi amigo Daniel Samper Ospina) y cinco guiones (dos con mi amigo Carlos Manuel Vesga)».</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">Entre esas nueve novelas están – y cito haciendo lo indebido: según mi gusto particular y no según un orden cronológico –:</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">Fin (2003), que nunca se publicó en papel, pero sí en tu sitio web, y que tiene por protagonista a Tobías McIntosh, un físico inglés caído en Bogotá, que se entera anticipadamente del día y la hora en que se morirá – «eso, nada más, era la muerte: dejar una vacante» – y para quien crecer fue comprender que «las rodillas resistían el peso de los niños, sí, pero cedían ante la desolada ansiedad de los adolescentes»; Retrato de Navidad en la Gran Vía,Parece que va a llover,Tic, El hombre de los mil nombres, Autogol (2009), que es la historia de un comentarista de fútbol muy colombiano, muy pintoresco, obsesionado con matar a Andrés Escobar por aquel infeliz autogol en el Mundial de Estados Unidos ‘94, y a quien deberíamos creerle cuando dice, sin vacilar, «Perdónenme la licencia, perdónenme el pesimismo, pero desde niño he creído que la única manera de sobrevivir al mundo es haciéndose a un ladito».</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">Terranía(2004) es un poemario que reúne tres libros en uno, entre ellos Réquiem, con el que ganaste el premio ITCB, en Bogotá. Si algunas de tus novelas tienen por génesis tus obsesiones, tus pesadillas, tus fantasmas particulares, Terranía, tu poemario más conocido, es lo que quedó de una larga noche de insomnio. Hurgando en tu página web encontré el significado exacto de esa palabra, porque es rara, porque no se usa comúnmente, porque ni siquiera existe, y porque así nació: «Cuando abrimos un diccionario, cualquier diccionario de cualquier biblioteca, no encontramos la palabra “terranía” en ninguna de sus páginas. Es increíble, pensamos, que los expertos hayan olvidado consignarla. No existen muchas palabras que contengan nuestro exilio en la tierra. Pero, así como el sustantivo “lejanía” señala el lugar en donde no estamos, el horizonte que queda en otra parte, podemos pensar que la “terranía” de la que nos habla este libro es la experiencia inalcanzable, el panorama privado de la ansiedad, el ahogo y los amores que compartimos en el paso de las horas». Lo importante de este libro, lo que llama la atención de la palabra “terranía”, es que la preocupación de definir nuestro exilio en la tierra – ¿la vida misma? –, haya nacido en la poesía y no en la filosofía, que nunca se ha preocupado de esas definiciones tan concretas – al menos no me he dado cuenta de que así haya sido –.</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">Y En orden de estatura (2007), una novela infantil ilustrada que tiene una de las cartas de amor más bellas de la literatura: la que Leopoldo Mendoza Aragón, el protagonista, le envía a su mejor amiga Julia usando como mensajero, nada más ni nada menos que al matón del colegio:</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">«Julia yo te quiero y si tu quieres quererme estoy de acuerdo y podemos tener dos ijos cuando grandes y no llevarlos si no quieres a sarsuelas pero podemos cantar juntos las canciones que te aprendas y contar las mismas istorias y podemos ser novios y algun dia puedo pagarte que yo se que te gastaste tus aorros en mi y espero que seas mi viuda y mi morena clara asi seas blanca porque nada tiene gracia cuando no nos vemos y tu me alcansas las cosas que no alcanso. Dime que si. Te repito que te quiero, Leopoldo»</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">La persona favorita en el mundo de Leopoldo, su abuela aragonesa, murió en un día de fiebres y delirios del niño. Además del desconcierto y la tristeza que le causaron el vacío de la pérdida, Leopoldo tuvo que enfrentar lo que para él fue casi una herejía: que todos sus tíos se repartieran las cosas de su persona favorita en el mundo y dejaran completamente desocupada la casa. Como no podía librar solo la batalla para recuperar todas las pertenencias de su abuela, apareció como caída del cielo Julia, una niña mucho más alta que él, bella y astuta, que lo guió y lo acompañó hasta el final.</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">En orden de estaturase convirtió en tu libro más vendido. Miles de niños colombianos, me cuenta Cesare Gaffurri, solidarizan con Leopoldo Mendoza Aragón y lo acompañan en su cruzada. Sin embargo, paralela a la historia de Leopoldo – o quizás detrás de la historia de Leopoldo, pero no puedes asegurarme eso – hay una historia personal de separación y dolor y también de reparación.</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">Pero quizás deba hacer un paréntesis, y antes de contar ese episodio extraño y doloroso de tu vida es necesario repasar una parte de la galería de anécdotas que me llegaron cuando pregunté por ti. Andrés Burgos, escritor y amigo tuyo, que trabaja contigo en la adaptación deAutogol a la televisión, y Julián Saad, a quien ya presenté antes, de quien ya dije que es tu otro hermano, me aseguraron, por ejemplo, que tienes una capacidad increíble para trabajar en varios proyectos a la vez y que tu cabeza, como tus manos, no se detienen nunca. Esa disciplina, dice Andrés, es muy escasa en el medio. Esa disciplina, dice Julián, se debe a que escribir para ti es una necesidad. A Andrés lo que lo sorprende realmente es otra cosa, que eres capaz de comer muy mal a unas horas absurdas. Me dice, incluso, que él cree que sabes tanto de comida chatarra como de cine.</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">Lo que le pasó a Pilar Quintana contigo, prefiero copiarlo tal cual como ella me lo contó: «Mi hermana, la que es ingeniera, era en esa época suscriptora de la Revista SoHo y el artículo lo leí en su casa. Se llamaba “Detrás de cámaras de El hombre de los mil nombres” y lo había escrito el mismo Ricardo después de la publicación de su libro. Al final del segundo párrafo decía esto: &#8220;Y mientras pasaba el tiempo, para no sentirme culpable porque mi hermano mayor trabajaba muy duro mientras yo miraba en piyama por la ventana (que es, después me enteré, lo que hacen los escritores), me había visto forzado a inventarme unas ficciones”. Desde ese momento él y yo nos hicimos amiguísimos. Claro que, como nunca nos habíamos visto en la vida, él todavía no tenía ni idea».</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">Lo que nos une con Álvaro Castillo Granada, además de que sea nuestro amigo en común, es la coincidencia de que él nos conoce a los dos desde que éramos muchachos. Desde que estábamos en el colegio.  Tú le dijiste a Álvaro que escribías y Álvaro te hizo prometer que le llevarías tu primer libro y cumpliste tu promesa. Álvaro recuerda lo que le escribiste en la dedicatoria, pero recuerda más aún ese día que te llamó desde Cuba: había estado en un edificio que se llama Hermanas Giralt, allí vivía una amiga suya y Álvaro notó que en los timbres de los departamentos había uno marcado con el nombre “Ricardo Silva” y entonces te llamó: «Se lo tenía bien guardado», te dijo. «Me descubrió…»,  le respondiste. Y entonces apareció aquello de lo que nunca en esta vida carecerá quien sea tu amigo y esté junto a ti: la risa. En la memoria de Álvaro también está Germán – y Germán, ahora, se sonreiría y lo recordaría a Álvaro también –. «Parecían hermanos – me dice – no se parecían físicamente; era una energía que emanaba de los dos». Cuando Germán murió, Álvaro te llamó para darte sus condolencias y ese día se enteró de que, por lo menos de sangre, no eran hermanos. Cuando frecuentabas más de seguido la librería de Álvaro, hace años ya, lo hacías acompañado de Germán y de la que en ese entonces era tu novia y luego fue tu esposa, María del Rosario.</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">Y aquí, tal vez pueda comenzar a contar que En orden de estatura es el después de un antes muy particular, compuesto de dos episodios más bien negros de tu vida: la muerte de Germán en 2003 y el divorcio de María del Rosario en 2007. Fue precisamente en 2007 que comenzaste a escribir En orden de estatura, y cuando lo terminaste, tu siquiatra de por aquellos tiempos te llamó la atención sobre algunas cosas del libro: que Leopoldo, el protagonista, tiene siete años, porque siete años duró tu relación con María y que Julia representa un poco a Cristina Puerta, la editora del libro, esa persona que viene a salvarlo todo con su guía. Esto lo leí por primera vez en un reportaje que te hizo en 2009 el entonces estudiante de periodismo Sebastián Jiménez.</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">«La siquiatra descubrió en el libro esa interpretación que tú dices. Es una interpretación muy sensata y sensible. Mi matrimonio duró de Agosto del 99 a Enero de 2007. Es decir, más de 7 años, casi 8. Fue un duelo fuerte que coincidió con que inmediatamente arranqué yo a escribir este libro que terminé en Marzo de 2007. O sea que es muy probable que haya estado pensando en la relación con María y en cómo superar ese dolor pues era una cosa que yo no conocía y que esperaba no haber conocido y esperaría no volver a vivir nunca. Pero debo decir que también me parece que era un duelo pendiente de relatar el de la muerte de mi amigo Germán Pardo García-Peña que se había muerto en Agosto de 2003. Creo que esos dos duelos eran muy importantes o sea, se combinan en las emociones que siente este personaje. Sobre Cristina Puerta sí podría decir que es lo más parecido a Julia, pero también es la combinación con otra amiga mía que es más parecida en forma de ser y si ella no me hubiera pedido escribir ese libro y si ella no hubiera estado pendiente de que yo escribiera ese libro, pues como que me haría perdido esa oportunidad de hacer terapia sin que nadie se diera cuenta».</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">Porque Germán está acá. Ahora. Mientras escribo esto. Mientras leí tus libros – es increíble cómo viaja por ellos sin que tú mismo lo notes. No se me olvida que, cuando te lo mencioné por teléfono, no lo habías percibido. «Germán está en todos tus libros», te dije, pero reaccionaste con sorpresa porque Germán es, desde que se fue, un fantasma más en tu vida –. Germán caminando por acá, por estas líneas y allá, a tu lado. Pero… ¿por qué?</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">«Yo me acuerdo de Germán desde el año 85. Él era un año menor.  En el primer momento lo que nos podía unir más era que nos gustaba Millonarios, que en ese momento no era un equipo tan vergonzoso como ahora. De ahí a que nos hiciéramos amigos pasó hasta el año 93, el año en que me iba a graduar, él se convirtió en el subdirector de la revista de la que yo era director: la revista del colegio, y eso, inmediatamente, nos hizo los mejores amigos y fue una cosa muy extraña realmente porque no fuimos amigos sino hasta que yo tenía 18 años, pero a mi me parecía que fuimos amigos desde siempre y no sabía por qué no fuimos amigos antes pero cuando lo fuimos fue como si hubiera sido de toda la vida. Era como si hubiéramos estado el uno cerca del otro siempre.</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">«Con él lo que pasó fue que de inmediato todas esas como taras que tiene uno cuando estudia en un colegio de hombres se me fueron pasando. Es decir, uno cuando estudia en un colegio de hombres hace esfuerzos sobrehumanos para tratar de demostrar que sí le gustan las mujeres, por ejemplo. O le tiene mucho miedo a la relación fraternal con otros hombres; o que está desacostumbrado a tener a mujeres de amigas: una cantidad de tonterías por las que yo, en caso de tener un hijo, jamás lo metería a un colegio de hombres. Entonces la relación con él cuando yo tenía ya 18 años y tenía novias, y estaba tranquilo con eso, como que inmediatamente fue la relación con un hombre que no tenía ningún límite, digamos, que era muy de hermanos y muy fresco; y aprendí que uno puede ser cariñoso sin ningún problema, sin que esté en juego nada, sin ningún temor. Era exactamente la naturaleza de la relación: era una comprensión absoluta.</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">«Uno de los grandes orgullos de mi vida es haber sido tan amigo de Germán y haberlo conocido tan bien, y haber contado con su apoyo de esa manera casi sin tener que hablarnos y en todos los niveles, en lo laboral, en lo personal, él era como un hijo de mis papás; siento que su familia sigue siendo mi familia. Entonces sí fue algo muy fuerte con lo que muy poca gente cuenta y que me acompañó en todas las situaciones de mi vida, con mis primeras novias, con mi matrimonio, era muy amigo de mi esposa, de María, ella lo quería mucho y él a ella. Realmente me hizo mucha falta en el momento del divorcio porque ahí hubiera sido una compañía clave.</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">«Pero entonces lo que ha pasado es que mi relación con la muerte se ha vuelto muy diferente, y la gente que ha perdido a alguien cercano lo sabe, que uno de alguna manera sigue contando con las personas que se van, y pues Germán es una voz, no en un nivel esquizofrénico ni para que te asustes, pero si es una persona que sé qué me diría en las situaciones de mi vida».</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">
<h2 style="margin: 0px 0px 0.75em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;font-weight: normal;color: #111111;text-align: center">V.</h2>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">Si sientes que sigues contando con los que se van, entonces más todavía con los que se quedaron. Julián Saad Pulido, a quien también conoces desde el colegio, está acá. No se ha ido. Llevamos, eso sí, muchos domingos sin poder coincidir en el chat. Cuando por fin lo logro, cuando por fin hablo con uno de los protagonistas de Walkman – otra novela que no vio el papel, pero que está a disposición de quien quiera leerla en tu página –, entiendo que, a estas alturas, todo lo que él me dice de ti se está convirtiendo en repetición; ya es redundancia, porque Julián me dice (casi) lo mismo que todos: que escribes porque ese oficio está directamente relacionado con el hecho de sobrevivir; y que más allá de tu necesidad imperiosa de escribir – y de leer, y de ver cine, y de ver buenas series de t.v., y de escuchar música que no es la música que escucha tu generación – está tu talento. Para cuando Eduardo Arias Villa, el editor de Cultura de la revista “Semana” – para la que escribes, cada semana, la crítica de cine – me dijo que sólo abrías la boca para decir algo relevante, veinticuatro personas antes que él me lo habían reafirmado con esas palabras o con algunas muy parecidas como «talentoso», «esencialmente bueno», «con un gran sentido del humor».</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">A Julián, que te conoce tan bien, le explico que acumulo páginas y páginas de elogios: «Es que él es como salido de un cuento de hadas – escribe –, parece de otro mundo, aunque al mismo tiempo pisa la tierra con más seguridad que ninguno. Ricardo es generoso, noble, ilustre, es todos aquellos lugares comunes que uno pudiera recitar; no fuma, no bebe, no va a discotecas ni a bares: no le interesa. Y todo esto que te digo pareciera indicar, entre otras cosas, que es un tipo jarto, engreído y no hay nada más lejano porque es un tipo sencillísimo».</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">Y tímido. Fue lo único que le faltó agregar a Julián. Tú, que no tienes ningún problema en reconocerlo, no habías caído en cuenta de que los protagonistas de tres de tus novelas, Fin, Ticy El hombre de los mil nombres, comparten un rasgo característico con el que los condenaste a la timidez infinita: se pisan el pie izquierdo con el derecho mientras intentan mantener una conversación con cualquiera. Tú también podrías, sin duda – así lo crees, así me lo dices – porque eres más tímido de lo que todos piensan.</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">Que la timidez no llegue a tus columna quincenal en el diario “El Tiempo”, que vienes publicando desde comienzos de 2009, es lo que cada vez más lectores te agradecen en un país en el que puede pasar cualquier cosa y del que tienes muy claras sus desgraciadas taras políticas. Tu paso al terreno de la coyuntura política fue más que exitoso. Alberto Salcedo Ramos, uno de los cronistas más importantes de América Latina, me dijo que tu columna es «lúcida, inteligente, valiente y, además, está muy bien escrita»:</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">«Uribe tiene un monstruo por dentro que lo hace un dictador, un monstruo que se lo traga vivo. Logra no ser dictador y su cabeza se siente bien: él es un tipo inteligente y se le sale de las manos su forma de ser. Yo llevaba ocho años escribiendo una columna mensual en la revista SoHo; una columna que no era política, pero que se estaba  transformando últimamente en política, porque precisamente hubo un momento en que comenzó a ponerse muy político el país. Siempre lo ha sido, sí, pero con Uribe esto como que se resaltó y los últimos 50 años parecieron estar todos juntos. Todo revivió: desde la toma del Palacio de Justicia, hasta los carteles del narcotráfico. Tal vez SoHo no era el espacio para decir cosas tan políticas y a mí ya me pesaba tener un espacio y hablar de lo rico que es viajar, por ejemplo. Entonces allí surgió la oportunidad de tener una columna en “El Tiempo” y eso coincidió con este período en el que Uribe todavía no se decidía si se lanzaba de nuevo a la presidencia o no. Hay que ver a este país cómo fue en su último gobierno: todo decadente, con un Congreso todavía más mediocre que en los últimos años, compuesto por gente que desprecia la tradición del país, que no tiene respeto por la ley, que pasa por encima de la historia porque la desconoce. Fue una tribu de bárbaros, de verdad, la que se tomó el Congreso.</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">«Si ser presidente es ser un pedagogo, la lección de Uribe fue que no ha hay que respetar nada, que sólo hay que “ser macho”. Y esa educación negativa la vamos a tener que sacar de encima  con mucha paciencia; un gran trabajo para que todos entiendan que en Colombia que matar está mal porque que la justicia reemplace a la violencia es el paso que da una sociedad de la barbarie a la civilización».</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">A Germán, a quien no le correspondió vivir esta Colombia que vives tú, pero que está en todas partes en donde estás tú, que no se ha ido del todo, estaría orgulloso de quien eres ahora, así como estuvo orgulloso de quien fuiste mientras él vivió. No lo puedo saber a ciencia cierta, es verdad, porque Germán no está, porque su presencia es tan fantasmal para mi como para ti y porque sólo juego con la sospecha de que así sería, mientras en mis oídos corre una parte de la grabación de lo que conversamos por teléfono cuando hablábamos de algo en apariencia tan simple como mirarse al espejo….</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">«…Pero si tú me preguntaras, si alguien me preguntara, si un niño que está creciendo me preguntara, si un extraterrestre me preguntara qué es lo que hay que hacer con la vida, yo generalmente le diría que hacer las paces con la idea de que uno no tiene nada en las manos, salvo muy pocas cosas y entre esas cosas: la capacidad de aceptarse a uno mismo.</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">«Cuando uno, sin estar atado a ninguna de las religiones ni a ninguna de las convicciones que han causado tantos líos en el mundo, cuando uno se ha descargado de esa arrogancia fundamental, sí, de esa prepotencia humana de “yo tengo la vida en mis manos”, ¿qué me queda por hacer?, solamente poderse mirar en el espejo y estar conforme con lo que ha hecho, con lo que ha sucedido. Sí, yo sí creo que es muy probable que los personajes de mis libros aprendan usualmente eso que sea en el fondo el consejo que les estoy dando a los lectores sin darme cuenta. Que sea como le pasó al patito feo: hacer todo el recorrido hasta darse cuenta de que no es fino sino que es así. Y esto en un nivel tanto espiritual como físico.</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">«Creo que es muy difícil encontrar alguien en el mundo que se mire en el espejo cómodamente. Me parece que es gente muy sospechosa la gente que se mira en el espejo y se ve bonita. Es muy extraña, o se siente feliz, o se siente segura de sí misma, es gente muy extraña. Yo creo que sí puede ser el esfuerzo de toda una vida poderse mirar en el espejo y sentirse cómodo con un mismo».</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">Puede ser, Ricardo. Esas son cosas que sólo se aprenden cuando se vive desde siempre en la terranía.</p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">
<blockquote>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em">
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em"><strong><em>******************************</em></strong></p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em"><em><br />
</em></p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em"><em>Agradecimientos:</em></p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em;text-align: justify"><em>A todos los que me ayudaron: gracias por su tiempo, su paciencia, su generosidad y su amabilidad infinita:</em></p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em;text-align: justify"><em>Álvaro Castillo Granada, Daniel Samper Ospina, Andrés Burgos, Eduardo Arias Villa, Felipe Restrepo, Cesare Gaffurri Oldano, Andrés Sánchez, Piedad Bonnett, Antonio García Ángel, Pilar Quintana, Juan Esteban Constaín Croce, Catalina Ruiz-Navarro, Luis Carlos Cifuentes, Julián Saad Pulido, Jorge Franco, Luis Fernando Afanador.</em></p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em;text-align: justify"><em>Y un agradecimiento muy especial al maestro Alberto Salcedo Ramos, por todo este tiempo de sabios consejos a pesar de sus muchas ocupaciones.</em></p>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em;text-align: justify">
</blockquote>
<p style="margin: 0px 0px 0.8em;padding: 0px;border-width: 0px;font-size: 1.2em;vertical-align: baseline;background-color: transparent;line-height: 1.5em;text-align: justify">
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2011/03/ricardo-silva-romero-desde-la-terrania/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
	</channel>
</rss>

