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	<title>El último pasillo</title>
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		<title>«El comunista gulagea»</title>
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		<pubDate>Sat, 19 May 2012 04:24:27 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[

El gran periodista español, Ignacio Ruiz Quintano, columnista de planta del suplemento cultural del ABC de España, escribió en Noviembre de 2011 una columna titulada &#8220;Bonald&#8220;. Esta noche, hurgando por ahí, la he encontrado y he puesto en twitter, fragmentado, el primer párrafo de la misma. Creo que es, sencillamente, una obra maestra del idioma [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/05/i_aqui_box_bis.png"><br />
<img class="recurso_post aligncenter size-medium wp-image-532" src="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/05/i_aqui_box_bis-216x300.png" alt="i_aqui_box_bis" width="216" height="300" /></a></p>
<p>El gran periodista español, <a href="http://salmonetesyanonosquedan.blogspot.com/">Ignacio Ruiz Quintano</a>, columnista de planta del suplemento cultural del ABC de España, escribió en Noviembre de 2011 una columna titulada &#8220;<a href="http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/cultural/2009/11/14/013.html">Bonald</a>&#8220;. Esta noche, hurgando por ahí, la he encontrado y he puesto en <a href="http://www.twitter.com/lauritagarcia">twitter</a>, fragmentado, el primer párrafo de la misma. Creo que es, sencillamente, una obra maestra del idioma y ahora quiero compartirla también acá, con todos ustedes, en este blog.</p>
<p>«<em>La rana groa, la grulla gruye, la cigüeña crotora, el pato parpa, el cuervo gazna, el ganso vozna, el grajo croaja, la perdiz cuchichía, la paloma zulea, la gallina cloquea, la golondrina trisa, el grillo chirría, el pollo pía, el loro garre, la pantera himpla, el jabalí rebudia, el caballo relincha, el asno rozna, el cerdo gruñe, el ciervo brama, el gamo gamita, la oveja balita, el toro remudia, el gato maúlla, el lobo otila, el mistolobo ulula, el perro ladra, el león ruge, el elefante barrita, la serpiente silba, la chicharra chirría, el cuclillo cucúa, el pavo tita y el comunista gulagea, es decir, que, en menos de lo que canta un gallo, te monta un gulag</em>».</p>
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		<title>Carlos Fuentes: &#8220;La novela es un género impuro&#8221;</title>
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		<pubDate>Wed, 16 May 2012 14:05:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En noviembre de 2009, Carlos Fuentes vino Santiago de Chile para presentar su novela &#8220;Adán en Edén&#8221; en la que abordó el tema del narcotráfico en México; se presentó en la Feria del Libro de ese año y habló de todo: de literatura, de política, del oficio del escritor, de la novela como &#8220;basurero&#8221; de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En noviembre de 2009, Carlos Fuentes vino Santiago de Chile para presentar su novela &#8220;Adán en Edén&#8221; en la que abordó el tema del narcotráfico en México; se presentó en la Feria del Libro de ese año y habló de todo: de literatura, de política, del oficio del escritor, de la novela como &#8220;basurero&#8221; de la literatura&#8230; Por ese entonces escribí para la <a href="http://www.elespectador.com/impreso/literatura/articuloimpreso173137-novela-un-genero-impuro">edición impresa</a> de este mismo diario el texto que dejo a continuación y que ahora quiero unir al recuerdo de un autor inolvidable para muchos.</p>
<p><span id="more-525"></span></p>
<p><a href="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/05/Escritor-Carlos-Fuentes_480_311.jpg"><img class="recurso_post aligncenter size-medium wp-image-527" src="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/05/Escritor-Carlos-Fuentes_480_311-300x176.jpg" alt="Escritor-Carlos-Fuentes_480_311" width="300" height="176" /></a></p>
<p style="text-align: center"><strong>“La novela es un género impuro”</strong></p>
<p>Por: Laura García / Santiago de Chile / Especial para El Espectador<br />
Carlos Fuentes tiene 81 años. Quien lo presenta, el escritor y periodista chileno Arturo Fontaine, anuncia que los ha cumplido hace poco. Todos aplauden a modo de felicitación. En el fondo, todos felicitan al hombre que a esa edad habla con una fuerza inusitada, con un ímpetu salido desde su pecho prácticamente. Carlos Fuentes se levanta y agradece los aplausos por su cumpleaños. Ha venido a Santiago de Chile para presentar su última novela, Adán en Edén, y los chilenos inflan el pecho con orgullo porque es el primer país en donde se comenta esta obra, contando, además, con la presencia de su autor.</p>
<p>¿Qué nos trae ahora Carlos Fuentes? El autor de títulos como La región más transparente o La silla del águila retoma en esta obra el tema del poder, pero desde la perspectiva actual mexicana. Para hablar sobre Adán en Edén, Fuentes citó durante casi toda su presentación a El Quijote de la Mancha, asegurando que Cervantes fue el inventor de la novela: “Estoy convencido de que la novela la inventa Cervantes y la inventa como un género de géneros, si uno ve bien en el Quijote hay la épica, una épica burlona, en la figura de don Quijote, pero para él no es una burla, para él es muy serio creerse un hombre héroe de caballería. Está la novela picaresca con Sancho, está la novela pastoral con Cardemio, está la novela dentro de la novela, el curioso impertinente, está la novela morisca, está la novela de la actualidad absoluta con el bandido y contrabandista de indias Roque Guinard, que era un hombre real de las noticias; incluso, hay un momento en que don Quijote y Sancho son espectadores de un combate naval en Barcelona. Cervantes entonces inventa la novela como género de géneros. Aquí cabe todo, se puede oponer el énfasis más en un aspecto que otro”. Y acto seguido Fuentes explica en dónde puso su énfasis: “Traté de poner el acento sobre la novela como su nombre lo indica: novela novelar, novela portadora de noticias y las noticias que se portan aquí, pues son noticas un tanto macabras, son noticias de la violencia, del crimen, del narcotráfico, de muchas cosas que nos están asolando en México. No quería hacer una novela de denuncia, una novela muy aburrida y pesada, y por eso traté de combinar el horror con el humor”.</p>
<p>Según Fuentes, en esta obra “hay un doble juego que lo permite la novela como género de géneros, que puede constantemente combinar y no está uno condenado a seguir una pureza cualquiera que sea en la novela; la novela es un género impuro, es un basurero de la literatura, pero de ese basurero vivimos todos”. Y todos ríen con esta última ocurrencia.</p>
<p>Adán en Edén es la historia de Adán Gorozpe, narrada por él mismo. Adán Gorozpe ha llegado a tener poder gracias a una unión matrimonial muy conveniente con Priscila, “princesa de la primavera” e hija del “rey del bizcocho”. Sin embargo, en un país asediado por todos los costados por el crimen, la corrupción y la violencia, aparece la figura de otro Adán, Adán Góngora, un policía corrupto que se ha ganado la venia de la opinión pública y viene a proponerle a su tocayo un negocio político que no podrá rechazar, pero que lo obligará a meterse de forma más profunda en el terreno del crimen y la violencia.</p>
<p>En esta obra el protagonista se cuestiona sobre la naturaleza de su poder, si será otorgado por otros o si lo tiene por sí mismo, pero también se pregunta por la naturaleza de la libertad, por el “espíritu libre”. Carlos Fuentes también dijo algo al respecto: “La libertad es una creación humana. Creamos la libertad en contra de todas las circunstancias, de la fatalidad, del puro estar, de la naturaleza, frente a todos estos hechos definitivos e implacables decimos ‘no’, el decir ‘no’ es la esencia de la libertad, poder decir no y no decirle sí a todo y bajar la cabeza. Es decir, ‘no, hasta aquí, este es mi espacio, esta es la libertad de nuestro pueblo, esta es la libertad de mi gente, esta es mi libertad, usted no la puede tocar, usted puede ejercer su poder pero con límites, hasta aquí, nada más’. Y esto es todo el problema de la dictadura que no quiere reconocer que haya límites al poder del Estado o al poder del dictador. En cambio, en un régimen democrático, que no es perfecto de ninguna manera, por lo menos hay gente que dice: hasta aquí llega el poder de ustedes y aquí empieza mi pobre miserable y pinche poder, pero que es muy mío no me lo quiten”. Nuevamente muchas risas.</p>
<p>También habló sobre su obra Diana o la cazadora solitaria, una de sus pocas novelas con un explícito contenido autobiográfico: su amorío con la actriz Diana Soren. Dice Fuentes: “Es cierto que mis novelas no son muy autobiográficas, finalmente trato de crear una distancia para poder ver con más claridad el mundo y los personajes que considero son más interesantes que yo y mi biografía. Esta fue una incursión biográfica, pero con un giro inesperado, espero, y es que el protagonista y narrador que tiene esta aventura es el perdedor, finalmente fracasa en su intento amoroso, queda ridiculizado y soy yo, queda aplastado, y soy yo, lo regresan a su casa, y soy yo. De manera que ahí no hay heroicidad alguna, es la condición para escribir esa novela para influir, fue decir voy a contar esta historia porque es interesante, pero a condición de ser muy sincero conmigo mismo y decir ‘yo fracasé en esa relación’ y es lo que voy a contar: la historia de una pasión y de un fracaso en el que el burro apaleado soy yo mismo, el narrador”.</p>
<p>Al final de la presentación, Carlos Fuentes fue invitado a leer las primeras líneas de Adán en Edén, para luego dirigirse al estand de su editorial y firmar libros y tomarse fotos con un séquito de lectores y admiradores, quienes lo habían esperado, ansiosos, desde muy temprano.</p>
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		<title>Los mejores comienzos de novela</title>
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		<pubDate>Tue, 08 May 2012 03:25:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Devaneos]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_514" class="recurso_post aligncenter" style="width: 310px"><a href="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/05/100_0151.JPG"><img class=" size-medium wp-image-514" src="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/05/100_0151-300x223.jpg" alt="Foto de la librería &quot;San Librario&quot;." width="300" height="223" /></a><h3>Foto de la librería &quot;San Librario&quot;.</h3></div>
<p>En Twitter, en donde suceden muchas cosas muy buenas, puse <a href="http://www.guardian.co.uk/culture/gallery/2012/apr/29/ten-best-first-lines-fiction?CMP=twt_gu">este enlace</a> a una lista que publicó el diario británico The Guardian con los diez mejores comienzos de novela en inglés. Mi querido <a href="http://www.lashistorias.com.mx/">Alberto Chimal</a>, escritor mexicano, también replicó este enlace y propuso que escogiéramos los mejores comienzos de novela, pero de obras escritas originalmente en español. Juntos convocamos a todos nuestros seguidores en Twitter para hacer la selección y el resultado es este que publicamos al mismo tiempo en nuestros respectivos blogs.</p>
<p>Es bueno aclarar, sin embargo, que no hicimos esta lista con mayor pretensión que el ánimo de jugar e invitar a otros a participar del juego y, ¿por qué no?, alentar y picar la curiosidad de todos para que descubran nuevos y maravillosos libros a partir de estos comienzos.</p>
<p>Tanto Alberto como yo les agradecemos a todos los tuiteros que se unieron con sus comentarios y recomendaciones en esta ocurrencia espontánea. Y, a modo de curiosidad, les cuento que los comienzos de novela más citados fueron los de «El túnel», «Cien años de soledad» y «El Quijote de La Mancha».</p>
<p>Y esta es la lista final:</p>
<p><span id="more-513"></span></p>
<p>1.    «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.»  —<em>El Ingenioso Hidalgo don Quijote de La Mancha</em>, Miguel de Cervantes Saavedra.</p>
<p>2.    «Parece que los gitanos y gitanas solamente nacieron en el mundo para ser ladrones» —<em>La Gitanilla</em>, Miguel de Cervantes Saavedra.</p>
<p>3.    «Antes de que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia.» —<em>La Vorágine</em>, José Eustasio Rivera.</p>
<p>4.    «Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo». —<em>Pedro Páramo</em>, Juan Rulfo.</p>
<p>5.    «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.» —<em>Cien años de soledad</em>, Gabriel García Márquez.</p>
<p>6.    «Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados.» —<em>El amor en los tiempos del cólera</em>, Gabriel García Márquez.</p>
<p>7.    «El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo» —<em>Crónica de una muerte anunciada</em>, Gabriel García Márquez.</p>
<p>8.    «Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne.» —<em>El túnel</em>, Ernesto Sabato.</p>
<p>9.    «Un sábado de mayo de 1953, dos años antes de los acontecimientos de Barracas, un muchacho alto y encorvado caminaba por uno de los senderos del parque Lezama.» —<em>Sobre héroes y tumbas</em>, Ernesto Sabato.</p>
<p>10.    «¿Encontraría a la Maga?» —<em>Rayuela</em>, Julio Cortázar.</p>
<p>11.    «La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte.» —<em>La Regenta</em>, Leopoldo Alas “Clarín”.</p>
<p>12.    «Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?» —<em>Conversación en La Catedral</em>, Mario Vargas Llosa.</p>
<p>13.    «Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro.» —<em>La invención de Morel</em>, Adolfo Bioy Casares.</p>
<p>14.    «Sonaba el teléfono y he oído el timbre. He cogido el aparato. No me he enterado bien» —<em>Tiempo de Silencio</em>, Luis Martín Santos.</p>
<p>15.    «Había en las afueras de Medellín un pueblo silencioso y apacible que se llamaba Sabaneta». —<em>La Virgen de los Sicarios</em>, Fernando Vallejo</p>
<p>16.    «Como a Rosario le pegaron un tiro a quemarropa mientras le daban un beso, confundió el dolor del amor con el de la muerte.» —<em>Rosario Tijeras</em>, Jorge Franco.</p>
<p>17.    «Esa noche pasé mucho tiempo despierto. A mi lado, Sara tampoco dormía.» —<em>La luz difícil</em>, Tomás González.</p>
<p>18.    «Tierra ingrata, entre todas espuria y mezquina, jamás volveré a ti»  —<em>Don Julián</em>, Juan Goytisolo.</p>
<p>19.    «De ayer es la historia de hoy, de ayer la malversación» —<em>Albedrío</em>, Daniel Sada.</p>
<p>20.    «—Todo pasó hace un siglo —dijo Oralia Ventura flotando, recordando—. Y hace sólo unos años» —<em>La guerra de Galio</em>, Héctor Aguilar Camín.</p>
<p>21.    «Hace un rato me estaba paseando por el cuarto y se me ocurrió de golpe que lo veía por primera vez.» —<em>El Pozo</em>, Juan Carlos Onetti.</p>
<p>22.    «No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente.» —<em>El Capitán Alatriste</em>, Arturo Pérez-Reverte.</p>
<p>23.    «Mi nombre es Ixca Cienfuegos. Nací y vivo en México, D.F. Esto no es grave.» —<em>La región más transparente</em>, Carlos Fuentes.</p>
<p style="text-align: center"><strong><br />
</strong></p>
<p style="text-align: center"><strong>(<a href="http://twitter.com/albertochimal">@albertochimal</a> &#8211; <a href="http://twitter.com/lauritagarcia">@lauritagarcia</a>)</strong></p>
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		<title>Libros</title>
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		<pubDate>Tue, 01 May 2012 06:03:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_504" class="recurso_post aligncenter" style="width: 233px"><a href="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/05/100_0155.JPG"><img class=" size-medium wp-image-504" src="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/05/100_0155-223x300.jpg" alt="San Librario Libros." width="223" height="300" /></a><h3>San Librario Libros.</h3></div>
<p>Esto me pasó hace unas semanas: le dije a un tipo que no quería salir con él. Le expliqué que me avergonzaba mucho que gastara su dinero y su tiempo regalándome flores, chocolates (que por motivos de salud me puedo comer) y discos de música romántica (que detesto), porque yo tenía clarísimo que ninguna de esas galanterías le darían algún resultado. Lo que no me imaginé nunca fue la reacción del tipo. Se puso furioso y, como una forma de descargar su frustración, me echó un tremendo discurso. Me dijo todo lo imaginable, pero se puede resumir así: según él, toda la culpa de nuestra relación fallida la tenían los libros. Mis libros. Pero de todo lo que me dijo, lo que más me llamó la atención, tanto por su significado intrínseco como por la rabia con la que lo dijo fue esto —lo cito como más o menos lo recuerdo—: «¡Sigue así, pegada a esos libros! ¡Vas a terminar vieja, solterona, sola, llena de gatos y aplastada por tu propia biblioteca!».</p>
<p>La salida fue dramática, con todo y portazo.</p>
<p><span id="more-503"></span></p>
<p>Por supuesto que lo que él pretendía al decirme lo que me dijo era ofenderme. Por supuesto que no lo consiguió. Pero lo entiendo, porque no es la única persona que se ha esfumado dando portazos y echándole la culpa de todo a mis libros o a mi afición por escribir.</p>
<p>Ya perdí la cuenta de todos los amigos, enemigos, conocidos, novios y compañeros que me han dicho alguna vez que no tengo vida. Que leer no es la vida. Que la vida está «allá afuera». Allá. En otra parte, lejos de mi biblioteca. Lejos de mis libros. Leer —y escribir— han alejado de mí muchas compañías, porque el principal requisito para leer —y escribir— es la soledad, y los solitarios somos objeto de toda sospecha. Lo cierto es que los que han dicho apreciarme y quererme, ni siquiera se han detenido a preguntarme por qué tengo esa afición. Qué circunstancias o qué sentimientos me mueven hacia los libros.</p>
<p>La clave de todo es, precisamente, aquello con lo que me es más difícil lidiar: la soledad. Un día, hace muchísimos años, yo estaba sola, en una casa enorme en la que había de todo y sobre todo había libros. Y yo agarré uno de tantos, sin más pretensión que la curiosidad natural de una niña, lo leí y me gustó. Me gustó manosear sus páginas y olerlas, me gustó su tipografía y las imágenes que lo ilustraban. Me gustó pronunciar el nombre de su autor: Ju-li-o Ver-ne. Y me gustó pronunciar el título del libro: «El legado del Alquimista». Y lo repetía varias veces en el día: «Julio Verne» y «El legado del Alquimista». Busqué la biografía del autor y leí más libros suyos. Y seguí con otros libros de otros autores. Y cuando terminé con la biblioteca de mi casa, pedí más libros a quien quisiera dármelos.</p>
<p>Un día me desperté teniendo gustos y obsesiones propias y sentía que algo en la cabeza me crecía, tal vez era la imaginación, no lo sé. Seguramente todo lo que yo sentí es lo mismo que experimenta el músico cuando toca por primera vez un instrumento, o el pintor cuando tiene contacto con sus pinturas y lienzos. Sí, seguramente no estoy describiendo nada novedoso, pero sí estoy intentando describir un sentimiento honesto: cada vez que recuerdo esa primera vez que leí un libro, me emociono. Hoy, cada vez que toco un libro, me conmuevo.</p>
<p>No todos los libros son buenos, claro. No todos los libros nos dicen algo y a todos no nos llegan de la misma forma los mismos libros. Da lo mismo. Lo que pretendo —y no es nada fácil— es decir que los libros no me han quitado nada, como piensan muchos de los que me conocen. Es difícil explicar, de forma que cualquiera lo entienda, que quedarse en la casa leyendo un libro, echarse en un parque a leer, gastar mis poquitas horas de descanso del trabajo en leer, no es una pérdida sino una ganancia. Es complicado explicar que yo no siento que viva menos porque salga menos y que los libros también son un medio de transporte que a su manera cumplen con llevarnos hacia un destino final pasando por un camino único.</p>
<p>Tengo veintisiete años y he leído tantos libros como he podido en estos años, en esta vida. No lo digo por vanagloriarme de nada. Leer no nos hace ni mejores ni peores, pero sí nos convierte en personas solitarias, un tanto aisladas, necesitadas de más y más libros mientras más y más se lee. Los que leemos con obsesión, con pasión, con gusto, con alegría, sabemos que nos gusta leer porque la vida se suspende por tanto tiempo como dura la lectura y en ese intervalo de tiempo somos otros, vivimos otra vida, una que es posible gracias al que se la inventa, al autor.</p>
<p>A mi no me molestaría llegar a vieja viviendo mis días entre libros. A mi no me molestan los gatos ni las bibliotecas. Me gustan los hombres que leen y que tienen bibliotecas y que se aguantan a las mujeres como yo que leen y que viven entre bibliotecas. Y los libros me gustan, porque me hacen sentir viva. Confío en que no soy la única: el que esté conmigo, que levante la mano.</p>
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		<title>Juan Gabriel Vásquez: el escritor elegante</title>
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		<pubDate>Sun, 15 Jan 2012 23:48:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Entrevistas]]></category>
		<category><![CDATA[el ruido de las cosas al caer]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>

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Publicado originalmente en OtroLunes


A principios de Mayo de 2011, poco después de haber ganado el premio Alfaguara de novela, Juan Gabriel Vásquez visitó Santiago de Chile para dictar una conferencia en la Cátedra Bolaño de la Facultad de Comunicación y Letras de la Universidad Diego Portales. Pienso ahora, por ejemplo, que en buena hora se [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><a href="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/01/catedra-bolaño.jpg"><img class="recurso_post size-full wp-image-497      aligncenter" src="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/01/catedra-bolaño.jpg" alt="catedra bolaño" width="437" height="292" /></a></p>
<p style="text-align: right">
<p style="text-align: right">
<p style="text-align: right"><strong>Publicado originalmente en <a href="http://www.otrolunes.com">OtroLunes</a></strong></p>
<p style="text-align: left"><strong><br />
</strong></p>
<p style="text-align: left">A principios de Mayo de 2011, poco después de haber ganado el premio Alfaguara de novela, Juan Gabriel Vásquez visitó Santiago de Chile para dictar una conferencia en la Cátedra Bolaño de la Facultad de Comunicación y Letras de la Universidad Diego Portales. Pienso ahora, por ejemplo, que en buena hora se me ocurrió grabar su conferencia sobre <em>Hadyi Murad</em>, el relato de Tolstoi, porque en la fila de atrás se sentaron tres muchachas a comentar, entre susurros y risas, los atributos físicos de Juan Gabriel, incluyendo su voz y su acento.</p>
<p style="text-align: left">Un amigo en común nos había presentado a la distancia, por correo electrónico, y luego conversamos muy poco, no más de diez minutos antes de la conferencia y unos cinco después. Intercambiamos datos, además, porque para esa fecha, ya tenía yo en mente este dossier y le pedí una entrevista. Recuerdo ahora que cuando leí –con fascinación– <em>Los Informantes </em>e <em>Historia secreta de Costaguana</em>, me pareció que Juan Gabriel Vásquez tenía un estilo muy elegante. Cuando conversé con él –ese poco tiempo fue suficiente para darme cuenta– me pareció, además, un tipo elegante. Lo que me pasó después me confirmó, además, que es un hombre extraordinario.</p>
<p style="text-align: left"><span id="more-492"></span></p>
<p style="text-align: left">Como por motivos de tiempo no alcanzaba a entrevistarlo en Chile, le pedí que organizáramos el tiempo y habláramos por teléfono. Entre correos que van y que vienen y, sobre todo, entre la infinidad de viajes y compromisos que él mantiene, logramos finalmente fijar una fecha. Lo podía llamar a Colombia, en donde estaría de paso, el día domingo 5 de Junio a las 7 de la tarde. Pero no lo llamé. Por primera vez, en muchos años de entrevistar personajes, dejé plantado a un entrevistado, y para agravar el asunto, ese domingo ni siquiera me acordé de la cita que teníamos. Al día siguiente, por supuesto, apareció en mi buzón virtual un correo suyo preguntándome qué había sucedido, por qué no lo había llamado. Mientras lo leía, sentí que la cara me ardía de la vergüenza. Intenté responderle inmediatamente con una excusa infalible que escondiera la verdadera razón por la que me olvidé por completo de mi compromiso. Ensayé muchas veces algo que no me hiciera sentir tan mal por mentir, pero no fui capaz. Entonces le escribí a Juan Gabriel la verdad: esa semana me había ocurrido una tragedia. Una de esas desgracias que caen como meteoritos y destruyen todo a su paso. Le pedí las disculpas del caso y, creo que por el dolor de lo que estaba viviendo, le di a entender que la entrevista se posponía por tiempo indefinido.</p>
<p style="text-align: left">De vuelta, Juan Gabriel me envió un correo bellísimo que nunca olvidaré. Yo no le respondí nada, ni siquiera le di las gracias. Tal vez esto no me justifica, pero en aquel momento solamente quería suspender toda mi vida por mucho tiempo y eso incluía hasta los compromisos editoriales que mantengo desde hace años. En mi cabeza se quedó clavada una sola idea: esa entrevista ya estaba perdida.</p>
<p style="text-align: left">Varios meses después, en la rutina diaria de revisar el correo temprano en la mañana, me encontré con un nuevo correo de Juan Gabriel. Eran tres líneas: el saludo, el mensaje y la despedida. El saludo y la despedida acostumbrados. El mensaje me dejó impávida: sólo quería saber de mí. Sólo quería saludarme y saber de mí y de cómo llevaba aquella desgracia que le conté en su momento.</p>
<p style="text-align: left">(Sé que con esta historia me estoy saltando alguna de esas reglas insaltables del periodismo. Sinceramente, no me importa. Llevo casi diez años entrevistando personajes, escritores, periodistas, artistas… Entrevistar siempre me ha parecido un arte dentro del periodismo, un arte que trato de dominar, de pulir. Sé que no lo consigo todavía y que tal vez nunca lo consiga, pero la gran compensación de cada entrevista es esa suerte de lotería en la que te puedes sacar un gran premio al final: un amigo nuevo, por ejemplo. A veces, sin embargo, no es un premio lo que uno se lleva sino un tremendo disgusto. Tengo un amigo periodista que teme que lo manden a entrevistar escritores que admira, porque no quiere decepcionarse con esa persona que escribe tan bien pero que a lo peor resulta ser alguien despreciable).</p>
<p style="text-align: left">Se me vino un alud de respuestas posibles a la cabeza. No sabía, no supe, explicarle a Juan Gabriel, exactamente, lo que me parecía su gesto. O, mejor dicho, me devuelve la fe en la humanidad que una persona con la que prácticamente no has intercambiado más de quinientas palabras, se tome la molestia de levantarse un día y escribir aunque sólo sea una línea para preguntarte por una desgracia que te sucedió muchos meses atrás y de la que perfectamente se podía haber olvidado por completo. Seamos honestos: en estos tiempos de indolencia, un gesto así –y viniendo además de un escritor, oficio que muchos ejercen con prepotencia– demuestra, como mínimo, grandeza de espíritu.</p>
<p style="text-align: left">Tengo claro que los caracteres que le gasté a esta historia los debí administrar explicando por qué me gustan las novelas de Juan Gabriel, o recordándole a los lectores que su novela más reciente, <em>El ruido de las cosas al caer</em>, resultó premiada. Pero no lo hice porque preferí hablar de un hombre noble. Para conocer al escritor basta leer sus novelas. O esta entrevista. Si quieren.</p>
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left"><strong>Juan Gabriel, estudiaste Derecho pero nunca lo alcanzaste a ejercer. Tengo entendido que siendo estudiante estabas ya obsesionado con escribir, con cuentos, con historias. ¿En qué momento te diste cuenta de que eso del derecho no cuadraba contigo y de que sólo te sentías cómodo escribiendo?</strong></p>
<p style="text-align: left">Fue a mediados de la carrera. Déjame aclarar algo importante<strong>: </strong>yo había escrito siempre, desde niño (mi primer cuento se publicó en el anuario del colegio cuando yo tenía ocho años), y desde niño entendí el mundo a través de los relatos. Así que la decisión no consistió, como he leído por ahí, en “convertirme en escritor”, sino más bien en aceptar que siempre lo había sido y que tenía que eliminar de mi vida todo lo que estorbara. Y el punto de inflexión llegó, como digo, a mediados de la carrera, y fue con la escritura de un libro de cuentos. De ese libro recuerdo poco<strong>: </strong>que tenía cinco cuentos, que eran absolutamente impublicables<strong>…</strong> y que me hizo darme cuenta de que la literatura era lo único que me interesaba. Era más que un oficio: era una manera de estar en el mundo. Así que reorganicé la vida, por ponerlo en términos poco dramáticos. Dejé la carrera, dejé el país<strong>…</strong> Hubo otros cambios, pero no son tema de esta entrevista. Total<strong>: </strong>me eché al agua. Estaba decidido a ser escritor pasara lo que pasara.</p>
<p style="text-align: left"><strong>Escribiste dos novelas [<em>Persona</em> y <em>Alina Suplicante</em>] de las que prefieres no acordarte, seguramente porque las escribiste siendo muy joven. Aun así, me gustaría saber por qué exactamente quieres que sean olvidadas<em>…</em></strong></p>
<p style="text-align: left">Comencé a escribir <em>Persona</em> con 21 años y la terminé con 23. A esa edad un novelista no sabe nada. Un poeta, puede que sí. Rimbaud, por decir algo, ya lo había escrito todo a los 20. Pero la novela se hace de experiencia y de conocimiento del oficio, y yo algo tenía, pero era demasiado poco. Así que decidí meterlo todo, meter absolutamente todo lo que sabía, de la vida y también del oficio, con el resultado de que el libro, una cosita de 120 páginas, sufre terriblemente. Sin embargo, le tengo cariño. A R.H. Moreno–Durán, un lector exigente que no daba nada gratis, le gustó mucho. Eso lo recuerdo con cariño.</p>
<p style="text-align: left">Con <em>Alina suplicante</em> la cosa es distinta. Es una novela fallida, fallida más allá de toda tentativa de corrección, y yo creo que es porque aposté por lo contrario<strong>:</strong> en lugar de decirlo todo, como en <em>Persona</em>, contar sólo las superficies y jugar el juego de la sugerencia, la lectura entre líneas, la teoría del iceberg. Eso, claro, es muy difícil de hacer bien. Yo quería hacer una novela en que una relación incestuosa entre hermanos fuera, entre muchas otras cosas, metáfora de una clase social que vive aislada, encerrada en sí misma y obsesionada con su propio ombligo (ese elitismo sin redención de nuestra sociedad es una de las razones por las que me fui de Colombia). Y bueno, el pastel se quemó en el horno. Poco antes de publicar la novela yo había comenzado a sentirme insatisfecho con ella. Es una de las sensaciones más desagradables que puede tener un escritor, tanto que llegué a cuestionar muy duramente las decisiones que había tomado con mi vida. Me fui de París, donde vivía una vida de estudiante, y me encerré once meses en casa de unos amigos en Bélgica para decidir cosas. Y decidí. Me fui a Barcelona para empezar de nuevo, entré a trabajar en la revista <em>Lateral</em> y al mismo tiempo comencé a traducir, a hacer informes de lectura para editoriales, etcétera. Y mientras tanto escribí <em>Los amantes de Todos los Santos</em>. (Mis días tenían 28 horas, no me preguntes cómo.) Y la cosa, mal que bien, se enderezó.</p>
<p style="text-align: left"><strong>De <em>Los informantes</em> me llama la atención que la novela se detenga en un momento de la historia de Colombia que prácticamente ni siquiera los libros de Historia abordan. ¿Cómo conseguiste o cómo llegó a ti esa historia de inmigrantes alemanes en Colombia?</strong></p>
<p style="text-align: left">La historia salió de una conversación. En 1999 yo conocí a una mujer extraordinaria con una memoria no menos extraordinaria<strong>:</strong> era alemana, judía, había llegado a Colombia en 1938 y su padre había estado a punto de ser recluido en el campo de concentración para ciudadanos enemigos que el gobierno montó en Fusagasugá. Cuando me contó eso, yo no sabía nada sobre ese momento. De hecho, descubrí que mi ignorancia no era la excepción en Colombia, y éste fue el mayor acicate<strong>: </strong>la mejor razón para escribir es no saber, ¿no? Me pasé los siguientes tres días haciendo preguntas, y esa es la columna vertebral de <em>Los informantes</em>. Pero me tomó tres años más descubrir cómo contar la novela y dos años más ponerla por escrito.</p>
<p style="text-align: left"><strong>Cuando uno lee la biografía de Conrad que escribiste y cuando lee <em>Historia Secreta de Costaguana</em>, entiende que este autor ejerció una fascinación sobre ti. ¿Qué ha hecho a Conrad un autor tan importante para ti como lector y como escritor?</strong></p>
<p style="text-align: left">Las razones por las que un autor se vuelve tan importante para uno son misteriosas y no siempre se pueden analizar, pero lo de Conrad tiene mucho que ver con la sensación de desarraigo que yo siempre he sentido, la sensación de que estoy más cómodo en lugares que no sean los míos. Me siento más cómodo cuando soy extranjero, o “inquilino”, como he dicho en algún artículo. ¿Cómo se puede hacer literatura con una experiencia fragmentaria e incompleta, sin una sensación de pertenencia? Esto me lo enseñó Conrad. También cosas más elementales<strong>:</strong> ¿para qué se leen novelas, para qué se escriben? ¿Qué hacen las novelas? ¿Qué <em>nos</em> hacen?</p>
<p style="text-align: left"><strong>¿Cuándo lees a Conrad te sientes, como Miguel Altamirano, su alma gemela?</strong></p>
<p style="text-align: left">Eso sería una exageración. Más bien siento que su vida incluye varias lecciones para quien quiera aprender, y que además es uno de esos escritores cuyo ejemplo ayuda en momentos de duda o de dificultades.</p>
<p style="text-align: left"><strong>Dijiste que la novela «<em>ilumina lo oscuro</em>» y que «<em>permite hacernos preguntas sofisticadas y entender un poco nuestro tiempo</em>»<em>…</em> Siguiendo esa lógica ¿qué vendrían siendo el cuento y el ensayo?</strong></p>
<p style="text-align: left">En otra parte dije que para mí el ensayo es como un relato policial donde lo que se investiga no es un crimen, sino una idea. El cuento<strong>…</strong> ¿Qué es ese aparato tan raro? Supongamos que sea cierto lo que dice Harold Bloom<strong>: </strong>que los cuentistas modernos vienen de Kafka o de Chéjov. En la familia de Chéjov, ahí donde están Joyce, Hemingway, Cheever, Alice Munro, el cuento se ha dedicado a rescatar de nuestra experiencia un instante que, sin él, se perdería. Hay cosas que vivimos, emociones que sentimos, revelaciones que sufrimos, que son demasiado pequeñas o concentradas para que una novela se ocupe de ellas, y que se perderían si no las contara el cuento. En ese sentido, le debemos mucho.</p>
<p style="text-align: left"><strong>Hace poco dijiste en una entrevista que «el acto de la escritura es un acto de indagación». En tu caso y después de todo este tiempo escribiendo, de novelas, libros de cuentos y ensayos, ¿sobre qué crees que has estado indagando? ¿Qué te interesa aprender o descubrir en el acto mismo de escribir?</strong></p>
<p style="text-align: left">Creo que trato de entender un poco más acerca de nosotros, los seres humanos, y nuestro comportamiento. Eso tiene un lado privado, digamos, y uno público. Entender nuestro pasado colectivo es urgente y necesario e influye mucho más de lo que creemos en nuestra vida presente y privada. Creo también que sigo tratando de entender esto de la literatura. Piglia dice que los escritores escriben para saber qué es la literatura. Yo comienzo a entender a qué se refiere. Llevo 14 años publicando libros y la relación que hay entre los libros y la realidad, entre la imaginación y nuestra experiencia, me sigue pareciendo misteriosa y terriblemente interesante. Yo escribo para descubrir: para descubrir quién soy realmente, para indagar en las zonas de mi conciencia que no puedo confesar, para meterme con mis miedos y con mis deseos y con mis defectos. Pero también para entender más acerca de este mundo que nos tocó y para remediar la sensación de caos que tiene la vida. Para dar orden a la experiencia, mejor dicho.</p>
<p style="text-align: left"><strong>Se ha hablado mucho –y tú mismo lo has admitido– de que <em>El ruido de las cosas al caer</em> es una novela sobre la violencia de Colombia en los años ’80. ¿Crees que de alguna forma la literatura colombiana estará predestinada siempre a hablar sobre la violencia que ha aquejado al país?</strong></p>
<p style="text-align: left">Bueno, predestinada no. Seguirá hablando de la violencia mientras la violencia exista. Los momentos de conflicto siempre han generado novelas<strong>:</strong> las novelas dan forma al caos, permiten entender o por lo menos llegar a buenos términos con la tragedia, la desgracia o la simple ansiedad. Distribuyen el sufrimiento, como me dijo una vez E.L. Doctorow. No hemos terminado de entender nuestra historia de violencia, y mientras eso siga siendo así, seguirán saliendo novelas sobre el tema.</p>
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		<title>My name is Laurita. AfroLaurita.</title>
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		<pubDate>Tue, 11 Oct 2011 02:24:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Devaneos]]></category>
		<category><![CDATA[ley antirracismo]]></category>

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Publicado originalmente en HojaBlanca.net

Hace unos días los medios anunciaron que la ley colombiana antirracismo ya ha sido “elevada al Presidente” para su aprobación. No puedo transcribirla acá completa, pero encontré que, entre otras, sancionará las conductas discriminatorias que tengan lugar en espacio público, establecimiento público o sitio abierto al público, así como también las que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.hojablanca.net/wp-content/uploads/2011/09/negro.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-6133" src="http://www.hojablanca.net/wp-content/uploads/2011/09/negro.jpg" alt="" width="480" height="319" /></a></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-top: 0cm;margin-right: 0cm;margin-bottom: 0pt;margin-left: 0cm;text-align: right">
<p class="MsoNormal" style="margin-top: 0cm;margin-right: 0cm;margin-bottom: 0pt;margin-left: 0cm;text-align: right"><a href="http://www.hojablanca.net"><strong>Publicado originalmente en HojaBlanca.net</strong></a></p>
<p class="MsoNormal">
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Hace unos días los medios anunciaron que la ley colombiana antirracismo ya ha sido “elevada al Presidente” para su aprobación. No puedo transcribirla acá completa, pero encontré que, entre otras, sancionará las conductas discriminatorias que tengan lugar en espacio público, establecimiento público o sitio abierto al público, así como también las que se lleven a cabo mediante la utilización de medios de comunicación de difusión masiva; la seguida por servidor público o persona en ejercicio de las funciones propias del cargo que ostenta; la que se dé a causa o con ocasión de la prestación de un servicio público; la que se dirija contra niño, niña, adolescente y/o persona de la tercera edad, y la que impida al agredido el uso, goce y disfrute de uno o todos sus derechos fundamentales. </span></p>
<p><span id="more-486"></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Muy bonita la ley, aunque para qué. Con ella tan sólo garantizamos que no haya más discriminación en la fila del banco, o en un bar, pero no que los negros, por poner un ejemplo, dejen de morirse de hambre en el Chocó, uno de los departamentos más golpeados por la miseria. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Realmente no sé desde cuándo, no sé si porque es «El Año de la Afrodescendencia», o debido a la famosa ley, o si ya venía de mucho antes, pero sí sé que todos los medios de comunicación se sincronizaron para no llamar más «negros» a los negros, sino «afrodescendientes», un eufemismo que no sé qué diablos pretende, pero es tan vergonzoso o más que la misma discriminación. Cosas de la humanidad, que va por ahí como una serie de tv presentando un capítulo más absurdo que el otro, y así. Es mejor reír para no llorar. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Pero sea, respetemos la dichosa ley. Respetar las leyes es lo que corresponde, ¿no? Yo, por ejemplo, ya empecé a hacerlo. Partí pidiéndoles a mis amigos colombianos que no me llamen más ni «negra», ni «negrita». Me ofende profundamente eso porque, si bien ese es, más o menos, el color de mi piel (vaya y vea mi foto en la esquina superior derecha de su pantalla), la ley ya me protege de esa humillación que es que lo llamen a uno negro. ¡Horror! A mí, como mucho, permitiré que me llamen «AfroLaurita». Lástima que en Chile aún no se legislen estas cosas porque de hacerlo, emprendería altiro mi campaña acá. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Por respeto, ya sabemos además que de ahora en adelante a Leonor González Mina la debemos llamar «La Afrodescendiente Grande de Colombia». Hace pocos días, via Twitter, la periodista paisa Ana Cristina Restrepo me dijo que ella a su hijo lo llamaba «mi negro», que cuánto sería la multa a pagar por eso. Yo le digo ahora, Ana Cristina, que sea más consciente, que no se trata sólo de multas, la plata es lo de menos, lo que importa acá es que pueden suceder dos cosas graves: o traumatizará a su hijo, o bien él, por reflejo, puede repetir actos racistas y discriminatorios contra otros e ir llamándolos «negros» por ahí. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">¡Ah! Cómo lamento que esta ley no hubiese existido hace 20 años, cuando recién me escolarizaron. Tenía seis tiernos años y en la ciudad había un prestigioso colegio de religiosas regentado por una monja más conocida como «La Madre Superiora», de cuyo nombre no me acuerdo, no porque no quiera, sino porque de verdad no me acuerdo, créanme. El caso es que era muy muy difícil entrar a ese colegio y La Madre Superiora, para variar, tenía bien ganada fama de racista, y corría la voz por la ciudad (bueno, pueblo con cara de ciudad) de que no admitía en su colegio a «niñas de color». Y los diarios y revistas de la época publicaron las muchas protestas que hicieron los padres de todas las «niñas de color» porque La Madre Superiora dizque sacaba excusas para no admitirlas. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Yo me salvé porque mi abuela era ex alumna del colegio y conocía a La Madre Superiora y entonces logró con mucha facilidad que me diera un cupo. Si hubiera existido esta ley salvadora en su momento, probablemente yo no sería la única «afrodescendiente» que aparece en las fotos de mi curso, es verdad. Nadie nunca me habría dicho «negra» sin pagar por ello su merecido castigo, y no lo habrían intentado siquiera, si lo pienso bien, porque mis compañeritas, retoños de unos padres amorosos que les daban buena educación en sus casas, habrían preferido decirme, por ejemplo, que intentara un baño de cloro para que quedara blanca, como Fulanita, que era blanquísima, y linda. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Sí, bueno, está ese minúsculo pormenor de que las leyes no educan… pero es eso: sólo un pormenor desdeñable. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Nos hacía falta esta ley, todo hay que decirlo. Me siento orgullosa de la gente que legisla en Colombia, porque el país no puede permitir que su población «afrodescendiente» sea tratada de «negra». Lo mejor es que nos digamos cosas políticamente correctas que pueden encubrir perfectamente que a la hora de los hechos somos todos unos verdaderos hijos de puta. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> La ley antirracismo, aunque muchos no lo noten en la euforia del «todos somos iguales», no es más que la pirueta políticamente correcta de quienes la implementan. En Colombia, reza que no se discriminará a nadie por causa de su raza, religión, credo político, sexo o nacionalidad. Pero eso no es otra cosa que una trampa de discriminación mayor. Es decirle al musulmán, al negro, al indígena, al chino, por poner unos pocos ejemplos: «Vea, usted es musulmán, negro, indígena, chino en Colombia. Es otro. Es diferente. Es una rara avis. Y como es otro, es diferente, pues pobrecito, qué pesar, vamos a obligar a los demás, caucásicos esplendorosos en su mayoría, a que lo traten como si no fuera ese ser extraño, raro, distinto.» </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Ya que en este país habituado por mera comodidad a la corrupción, la violencia y la injusticia, todo se soluciona con eufemismos, vueltas de tuerca y giros lingüísticos estrafalarios. Pero ¡bienvenida sea esta ley! Desde ahora me siento un poco mejor y más tranquila porque al menos en Colombia ya no tengo que tragarme la humillación de explicar que uno de mis oficios recurrentes es el de una triste, vulgar y corriente «negra literaria». No. Desde ahora soy, orgullosamente, una «afrodescendiente literaria». Así es que cuídense mucho los foristas de lo que me vayan a poner a partir de ahora en sus comentarios, porque ya saben… El que avisa, amigo es. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Y puesto que volvió a salir la literatura, algo que sucede casi siempre en este blog, me pregunto: si fuese colombiano y no haitiano ¿seguiría Dany Laferrière titulando hoy en día su novela Cómo hacer el amor con un negro sin fatigarse? </span></p>
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		<title>Las trampas de la libertad de expresión</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Sep 2011 03:47:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Devaneos]]></category>
		<category><![CDATA[libertad expresión; censura]]></category>

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Cosas muy simpáticas se ven entre las redes sociales y los blogs. Miren esta historia: hace unos días, este diario decidió cerrar «Una verdad incómoda», uno de los blogs que albergaba en su plataforma online. El cierre se debió al mal uso que hizo el autor del blog – alguien que firmaba como «Maximus_troll» –, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><img class="aligncenter" src="http://fc05.deviantart.net/fs71/i/2010/030/f/0/Libertad_de_expresion_by_Josue_Rob.jpg" alt="" width="327" height="260" /></p>
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">Cosas muy simpáticas se ven entre las redes sociales y los blogs. Miren esta historia: hace unos días, este diario decidió cerrar «Una verdad incómoda», uno de los blogs que albergaba en su plataforma online. El cierre se debió al mal uso que hizo el autor del blog – alguien que firmaba como «Maximus_troll» –, utilizando su participación en El Espectador y su condición de blogger del diario para replicar a una polémica que había tenido a través de su cuenta de Twitter con otro periodista – Camilo Andrés García –, a quien llamó “mongólico”. Camilo, con una cantidad no despreciable de seguidores en la citada red, se puso en campaña, carta de por medio a El Espectador, para alertar sobre ese mal uso que estaba haciendo «Maximus_troll» del nombre del diario. Entre otras cosas, Camilo pidió que se le cerrara el blog.</p>
<p><span id="more-480"></span></p>
<p>Hugo Leonardo Rodríguez, editor online de El Espectador, le envió un correo a «Maximus_troll» para explicarle el porqué de dicho cierre, y el bloguero, por supuesto, se ofendió profundamente y le pidió, a quien quisiera prestarle atención en Twitter, que denunciaran un caso más de coacción de la libertad de expresión. Hasta Yamhure salió al baile.</p>
<p>Me da lo mismo si «Maximus_troll» y Camilo se pelearon y por qué se pelearon. Allá ellos. Lo que me llama la atención (y me indigna un poco, no lo voy a negar) es que, una vez se suceden estos casi-escándalos, todos salen a defender la «libertad de expresión» y a señalar la terrible censura, pero nadie, absolutamente nadie se detiene a leer siquiera lo que están defendiendo. Cuando comenzó el «bochinche» y viendo que estaba involucrado el diario para el que escribo (tanto en su versión online con este blog, como en su versión impresa), vine a revisar algunos post del bloguero que ahora se declara damnificado y que, en su momento, se denominaba bloguero oficial de El Espectador. Lo voy a decir mal y pronto: el señor escribía (y escribe) que da vergüenza ajena leerlo. Lo más triste es que la carta con la que Camilo Andrés García se defiende de su agresor tampoco es la mejor redactada.</p>
<p>Y aquí viene la parte que me indigna: en nombre de la libertad de expresión se dicen tantas cosas que el concepto se terminó convirtiendo en la puta con la que todos se acuestan cuando les conviene. Una cosa es defender el derecho que todos tenemos a expresarnos libremente en un país en el que hay democracia, pero otra cosa muy distinta es que tengamos derecho a escribir como se nos venga en gana y por el solo hecho de tener un par de clics más y un poquito de vitrina (que sólo eso es un blog en este diario: un poco de vitrina), ya nos sintamos escritores, periodistas y, como solía repetir mi abuela: «la vaca que más caga».</p>
<p>Y no. Para defender con tanto ahínco la libertad de expresión y el derecho a decir lo que se piensa, lo primero, lo principal para quienes trabajamos en medios de comunicación masiva – en este caso los escritos – es respetar a esa persona que está del otro lado de la pantalla o del papel, leyéndonos, y escribir bien. Es una exigencia mínima. Y el bloguero damnificado se pasó por donde mejor pudo las normas básicas de ortografía y gramática, y su redacción era (es) de lo más pobre y vergonzoso que he visto en mi vida. Intenten leer en voz alta los textos que les enlazo <a href="http://webcache.googleusercontent.com/search?q=cache:yB_O43lt0UoJ:blogs.elespectador.com/unaverdadincomoda/tag/hyperconectado/+una+verdad+incomoda+blogs+el+espectador&amp;cd=2&amp;hl=es-419&amp;ct=clnk&amp;gl=cl">acá</a> y <a href="http://webcache.googleusercontent.com/search?q=cache:mFscdXTyxTAJ:blogs.elespectador.com/unaverdadincomoda/2011/08/31/batman-camargo-un-politico-jamas-imaginado/+http://blogs.elespectador.com/unaverdadincomoda/2011/08/31/batman-camargo-un-politico-jamas-imaginado/&amp;cd=1&amp;hl=es-419&amp;ct=clnk&amp;gl=cl">acá</a>, sacados del caché de google, y díganme si suenan coherentes.</p>
<p>No soy ninguna puritana del lenguaje y a quienes me conocen les consta eso porque vivo en Chile, en donde se habla un español lleno de muletillas muy raras que yo ya me acostumbré a utilizar, pero, duélale a quien le duela, las comas, los puntos, los dos puntos, el punto y coma y los puntos seguidos, entre otros, no son inventos arbitrarios para joderle la vida a nadie. Son el equivalente a los números en las matemáticas. Juntos, bien combinados, acomodados adecuadamente, le dan al texto sonoridad, legibilidad y, sobre todo, respiración. Escribir, y publicar eso que se escribe, implica exponer públicamente no sólo un fondo, sino también una forma. No cualquiera, por el solo hecho de pensar, es capaz de traducir a un texto, con fuerza y consistencia, eso que piensa. Y hay personas – que es el caso de «Maximus_troll» – a las que definitivamente no se les da.</p>
<p>No sólo estoy de acuerdo con la decisión que tomó el diario de cerrar el blog, sino que creo firmemente que todos los medios que alojan blogs en sus plataformas online deberían depurar a quienes intervienen en ellas y filtrar con toda la libertad (ojo: libertad también aplica en este caso) a quienes no producen textos irreprochables. No veo por qué un diario tiene que verse obligado, en nombre de la libertad de expresión, a publicar cualquier cosa que está mal redactada. No se trata solamente de mantener el prestigio y la marca, que también importa. Se trata, principalmente, de demostrarle a todos los lectores y a quienes se limpian su boca denostando al periodismo de este siglo, que sí existen editores,  que sí hay una preocupación genuina, desde el director hacia abajo, porque lo que se publica tenga tanto fondo como forma. En resumen: que sí se piensa dos veces antes de exponer cualquier texto a la lectura pública, a fin de que la experiencia de leer sea para los lectores rica y amable.</p>
<p>A lo anterior, sumo dos cosas más que me parecen importantes:</p>
<p>Primero, el bloguero «damnificado» cometió, siempre que pudo, un error que encuentro imperdonable para alguien que lleva un blog, y  que es un error generalizado en los lectores colombianos: confundir «blog» con «post». El blog, para quienes no lo sepan aún, es un sitio web con determinadas características y cuya plataforma pionera fue el famoso Blogger. Un post es cada mensaje individual que escribo y publico con cierta regularidad dentro del blog.</p>
<p>Segundo: es una vergüenza invocar la palabra censura como si se tratara de decir agua. Mal que mal, ustedes en Colombia, yo acá en Chile, mi amigo «X» periodista en Perú o México, por citar algún ejemplo, tenemos todas las facilidades de comunicación modernas. Si me cierran este blog el día de mañana, me quedará siempre la posibilidad de abrir uno en wordpress y tirarle la bronca al diario, a su director y a quien sea. Censura, real censura, es lo que vive la valiente Yoani Sánchez en Cuba, que tiene ánimo de hierro para enfrentarse al régimen de Fidel Castro, y que tuitea, postea y se manifiesta en internet como buenamente puede; es precaria la forma en que Yoani logra hablarle al mundo, valiéndose de amigos que le ayudan a publicar lo que ella quiere decir, porque no puede, porque realmente no tiene el famoso y universal «derecho al pataleo». O los cientos de periodistas en Venezuela, o en China, que tienen restricción de internet. Es casi una grosería que nosotros enarbolemos sólo porque sí la palabra censura.</p>
<p>Desde hace muchos años estoy enamorada de este oficio que es el periodismo y que ejerzo como mejor puedo, porque no tengo título profesional. Y ustedes no se alcanzan a imaginar la rabia profunda, la impotencia que provoca leer un texto publicado en forma descuidada, o pasear por la versión online de un diario y ver un festín de blogs compitiendo a ver cuál escribe peor, como si eso no importara, como si todo diera lo mismo. Produce una gran frustración tener la ilusión de que el periodismo, de que escribir, como cualquier otro oficio decente, también se puede hacer bien, sin mediocridad, para luego constatar que no, que para escribir solo hace falta creerse el cuento y ya.</p>
<p>Y cada vez que suceden cosas como esta, me acuerdo de una entrevista que le hice hace seis años al escritor peruano Fernando Iwasaki. En una de sus respuestas me citó al también escritor español César González-Ruano, quien solía rogar: «No le digas a mi mamá que soy periodista. Ella cree que toco el piano en una casa de putas». Si alguien se empeña en convertir una plataforma blog en una casa de putas, y el piano de la misma es su propia máquina de escribir o el teclado de su PC, ni siquiera tiene el derecho a pedir que le digan a su mamá que sí es periodista. «Ni Cristo que lo fundó», como quizás habría añadido González-Ruano.</p>
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		<title>&#8220;American tune&#8221;</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Aug 2011 21:55:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Devaneos]]></category>

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En invierno pasan muchas cosas melancólicas y tristes. A pesar de los años que llevo en Chile, el invierno todavía me da duro. Todavía me cuesta salir un día y de repente ver todo gris y tener que atravesar una niebla densa. No voy a olvidar ese día que salí muy temprano, extendí el brazo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.hojablanca.net/wp-content/uploads/2011/07/paul-simon.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5294" src="http://www.hojablanca.net/wp-content/uploads/2011/07/paul-simon.jpg" alt="" width="480" height="321" /></a></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">En invierno pasan muchas cosas melancólicas y tristes. A pesar de los años que llevo en Chile, el invierno todavía me da duro. Todavía me cuesta salir un día y de repente ver todo gris y tener que atravesar una niebla densa. No voy a olvidar ese día que salí muy temprano, extendí el brazo y mi mano se perdió en la niebla; no la podía ver. El invierno sigue siendo para mí esa época del año en la que hay total ausencia de luz y la vida se convierte en un sótano. El invierno es un túnel de unos cuatro meses, que se atraviesa lentamente para no resbalar en el piso mojado, para no caerse sobre el hielo. </span></p>
<p><span id="more-474"></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">A muchos este frío les acomoda. A mí me enferma. Santiago se vuelve invivible, el esmog es una manta insoportable: los ojos pican, la garganta molesta, y uno añora que llueva, que llueva ojalá con violencia para que el cielo se despeje y podamos respirar de nuevo. Pero después, cuando llueve, uno putea la maldita lluvia que congela más todavía. Lo bueno de la lluvia es que cuando cesa se puede ver la cordillera, preciosa, nítida, como si la tuviera a un metro de mis narices. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Fue en un invierno, hace ya cinco años, que una canción le dio el verdadero sentido a esta época. Un amigo que vino de Colombia me encargó que le llevara un libro a un personaje, un chileno que viajaba a Buenos Aires. Mientras iba en el metro, se largó uno de esos aguaceros que parece que el cielo se va a caer y justo cuando salí, en una estación que se llama Cristóbal Colón, escampó. Como ya era de noche, las lámparas del alumbrado público se reflejaban en las veredas mojadas. Me acomodé la capucha de mi abrigo y metí las manos (con guantes) dentro de los bolsillos y empecé a caminar. Cada vez que pisaba el pavimento chasqueaba el agua y sentía que con cada paso se me iba el corazón, como si tuviera una pena enorme. No sabía si estaba tan agobiada, a lo mejor hasta ese había sido un buen día, pero el frío en los huesos es el conducto por el que llegan a la memoria todas las tristezas de la vida juntas. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Por  fin llegué al edificio de la persona que recibiría el libro; el chico – que hoy es uno de mis mejores amigos – tenía un nombre rarísimo y el conserje no lograba ubicar el departamento. Me pidió cinco minutos para hacer consultas y se metió al fondo del pasillo, pero dejó la radio encendida. No sé en qué emisora. Sólo sé que el tiempo se detuvo. Nadie que viviera en ese edificio bajó por las escaleras o por el ascensor, el citófono no sonó, mi celular no sonó. La vida, que pocas veces tiene esos detalles tan gratos, se estuvo quieta los casi cuatro minutos que dura la canción. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Sentí unas ganas terribles de llorar, pero me pareció ridículo llegar con los ojos aguados adonde el destinatario de mi libro. Me pareció ridículo, no lo niego, llorar solamente porque una canción se juntó con el invierno convirtiendose en una emoción indecible, y no por una pena real, concreta. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Tuve la garganta reseca mientras aparecía el conserje, y la letra de la canción me daba vueltas en la cabeza pero por fragmentos. No supe cómo se titulaba, y la voz suave y honesta del cantante me decía que no conoce una sola alma no esté aporreada, que no conoce ningún amigo que se sienta a gusto. En ese momento, pensé que su voz era la voz perfecta para cualquier invierno y sólo quería tenerla atrapada en mi mp3 para que me acompañara por todos los caminos con charcos y sin ellos.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Cuando cumplí con el encargo y le dejé el libro a su destinatario, pasé por la conserjería de nuevo y le pregunté al conserje qué emisora estaba escuchando, pero él se encogió de hombros,<em> No sé</em>, me dijo, <em>la cambié porque me hace dormir esa música.</em></span></p>
<p><em> </em></p>
<p><em> </em></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Ya en el camino de regreso al metro no me acordaba sino de la melodía y se me había borrado de la memoria el único verso que logré retener en ese rato mientras esperaba  que el conserje llegara. No hice más esfuerzos por buscarla, hasta que un año después, más o menos, llegó mágicamente a mi correo el tráiler de un libro musicalizado con esa canción rarísima, tan rara que contrarresta la melancolía del invierno de la forma más extraña: acentuándola. Desde entonces me acompaña.Fue una alegría y un alivio saber finalmente que se trataba de “American Tune”, de Paul Simon. (<a href="http://www.youtube.com/watch?v=sDC3IM_hQnM">El libro aquel del tráiler</a> es tan maravilloso como la canción, pero esa es otra historia). </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Coda: Adolfo Zableh la descubrió hace poquito y a él también se le encogió el estómago cuando la escuchó. <a href="http://www.lacopadelburro.com/2011/06/las-palabras.html">Acá cuenta por qué.</a> </span></p>
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		<title>Morir de amor</title>
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		<pubDate>Sat, 16 Jul 2011 03:39:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Devaneos]]></category>

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Publicado originalmente en Hojablanca.net

Li-Wan tiene 22 años y fue la protagonista de una noticia que dio la vuelta al mundo: intentó suicidarse arrojándose al vacío desde una altura de 24 metros, vestida de novia. Ese fue el último recurso desesperado de Li porque su novio le dijo, unos pocos días antes del matrimonio, que tenía [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.hojablanca.net/wp-content/uploads/2011/05/li-wan-bride.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-4433" src="http://www.hojablanca.net/wp-content/uploads/2011/05/li-wan-bride.jpg" alt="" width="480" height="460" /></a></p>
<p style="text-align: right">Publicado originalmente en <strong><a href="http://www.hojablanca.net">Hojablanca.net</a></strong></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;text-align: right">
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Li-Wan tiene 22 años y fue la protagonista de una noticia que dio la vuelta al mundo: intentó suicidarse arrojándose al vacío desde una altura de 24 metros, vestida de novia. Ese fue el último recurso desesperado de Li porque su novio le dijo, unos pocos días antes del matrimonio, que tenía planeado casarse con otra mujer. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Las fotos que circularon por todos los diarios muestran a Li desesperada, enfundada en su vestido arrugado ya y con el brazo del rescatista rodeándole el cuello, salvándola de ella misma.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"><span id="more-471"></span><br />
</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Fue una noticia bella y cruel al mismo tiempo. Quizás me atrevo a decirlo porque el final no fue del todo trágico. Y también porque entiendo tanto la reacción de Li-Wan que me estremeció como si yo misma hubiese intentado lo que ella. El problema es decir que el amor duele, que el amor puede matar, es que uno se expone al ridículo, a quedar como un cursi o, con buena suerte, como un romántico irredimible. Pero no, no es eso lo que soy ni lo que parezco. Y sí, la verdad es que sí, el amor duele. A Li-Wan la debió atravesar una espada de pecho a espalda cuando su novio le anunció que se iba a casar con otra. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Es así: uno se levanta un día pletórico de amor, y hasta puede pasar el día completo emocionado, ilusionado, idiotizado también, creyendo que la vida no es una carga pesada, que cualquier día, por malo que sea, se puede soportar gracias al amor que profesamos y que nos profesan y todo eso va bien hasta que nos pinchan. Todo es cuestión de ego y orgullo. Y miente el que lo niegue. Queremos ser el único ser en la vida de… </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Creo que puedo describir exactamente lo que sintió Li-Wan. Creo que si la tuviera ahora enfrente y escuchara esto, ella asentiría a todo, porque puedo jurar que fue esto lo que le pasó: primero sintió una punzada en el pecho, un filo, una cortada, algo que pincha duro. Luego sintió una opresión brutal, una lucha del pecho por juntarse con la espalda y una voz que le resonaba por todo el cráneo, una voz muy parecida a la de su novio, quizás un poco deformada, pero que le repetía que ella ya no era la única, que allí, en donde somos más sensibles, en nuestro ego, en nuestro orgullo, él, el hombre que ella más ama, está enterrándole un cuchillo. La mató. La enloqueció en dos segundos y luego la mató. Todos alguna vez hemos muerto así. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Yo una vez me morí así y creo que después de eso todavía voy por la vida dando tumbos como alma en pena. A veces, cuando estoy optimista, pienso que sobreviví a una dura prueba, que todo ya fue, que ya pasó. Pero al final me doy cuenta de que no es así, de que la sensación es la misma que tengo después de haber pasado el terremoto acá en Chile. Uno se cree que ya lo ha vivido, que ya fue, que la experiencia no se repetirá, que el miedo se terminó cuando llegó la tranquilidad, pero no es así, el miedo se revive con cada réplica, por suave que sea. Así es morir de amor. Uno se muere un día y a los muchos días más piensa que, porque se levanta todos ellos para trabajar, porque se toma el café en las mañanas, lee el diario, conversa con los amigos, estudia, saca buenas notas, escribe este artículo, le cumple al editor, al director, deja a todos contentos, uno cree que porque camina, come y respira, está vivo y ya. Pero no. Lo que pasa es que la mente, cuyo funcionamiento para mí es un misterio, es una cosa rarísima, no le entrega la misma información a todos los cuerpos. Algunas, como Li-Wan, no pueden asumir la tragedia de saberse muerta en vida. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">El dolor con el que uno muere de amor se repite con la misma intensidad con cualquier recuerdo vago. Pero uno se arriesga mucho cuando habla de estas cosas. Morir de amor se ha convertido, gracias a las novelitas cursis rosas y a los culebrones de la televisión, en un melodrama lacrimógeno. Es complicado explicar que cada individuo tiene sus obsesiones muy particulares y que la más difícil de soportar es la obsesión que deja el rechazo de un amante. Que no es ni ridículo, ni cursi, ni descabellado vestirse de novia para lanzarse desde una ventana a 24 metros de altura. Yo la entiendo a Li-Wan. Si a uno lo matan o se muere de amor un mal día, todas las ventanas le parecerán, siempre, puertas por las que se puede salir corriendo para huir del dolor insoportable. </span></p>
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		<title>De géneros</title>
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		<pubDate>Sat, 21 May 2011 02:04:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Devaneos]]></category>

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Publicado originamente en HojaBlanca.net
Hace unos días, y como un simple divertimento, puse en mi cuenta de twitter un listado del quienes, a mi juicio, son los diez mejores columnistas colombianos. Un top 10 de columnistas. Lo hice, insisto, como un juego. Luego de publicar la lista, recibí algunas reacciones. Andrés Hoyos, fundador y ex director [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.hojablanca.net/wp-content/uploads/2011/05/letter_writi_24714_lg.gif"><img class="aligncenter size-full wp-image-4143" src="http://www.hojablanca.net/wp-content/uploads/2011/05/letter_writi_24714_lg.gif" alt="" width="249" height="249" /></a></p>
<p style="text-align: right">
<p style="text-align: right"><strong>Publicado originamente en <a href="http://www.hojablanca.net">HojaBlanca.net</a></strong></p>
<p><span lang="ES-CO">Hace unos días, y como un simple divertimento, puse en mi cuenta de <a href="http://www.twitter.com/lauritagarcia">twitter</a> un listado del quienes, a mi juicio, son los diez mejores columnistas colombianos. Un top 10 de columnistas. Lo hice, insisto, como un juego. Luego de publicar la lista, recibí algunas reacciones. <a href="http://www.twitter.com/andrewholes">Andrés Hoyos</a>, fundador y ex director de El Malpensante, me dijo que estaría mejor una lista de columnistas chilenos, que son poco conocidos en Colombia. Intenté hacer esa lista pero no pude: los columnistas chilenos definitivamente no me gustan, me parece que, la mayoría, carecen de gracia, de capacidad argumentativa, y al final el listado quedaría armado con sólo dos o tres nombres. Luego un amigo me hizo caer en cuenta de que pasé por alto a Daniel Samper Pizano, un columnista que él sabe que admiro especialmente. Pero el mejor comentario me lo hizo mi amigo Nu, quien me hizo caer en cuenta de este detalle: mi listado no incluía a ninguna mujer. Y fue más allá: me llamó la atención de que ni siquiera hubiese incluido a la directora de <a href="http://www.hojablanca.net">Hoja Blanca</a>, a mi jefa, <a href="http://twitter.com/catalinapordios">Catalina Ruiz-Navarro</a>. </span></p>
<p><span lang="ES-CO"><span id="more-464"></span><br />
</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">El correo en donde me llamaba la atención sobre el asunto me llegó esta mañana y yo estuve todo el día dándole vueltas al asunto. A estas alturas no sé si la Cata me va a creer si le digo que me parece una muy buena columnista. Pero se lo digo: eres una muy buena columnista. Y no te lo digo porque seas mi jefa. Pero, lo dicho, ya metí las de caminar, ya no la puedo arreglar. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Lo cierto es que, bromas aparte, Nu tiene razón: no incluí a Catalina ni a ninguna otra mujer columnista, y eso tiene una razón. O varias, pero ahora diré una sola. Mis lecturas siempre han sido muy machistas. El problema de decir esto es que las feministas no me van a entender a la primera y querrán lapidarme acto seguido. Bueno, no creo que Catalina lo haga, pero le pediría que me tuviera un poco de paciencia mientras me explico, es decir, mientras le cuento a Nu, en esta columna y no en un correo, por qué mis lecturas son machistas.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Nu, que me conoce desde hace mucho tiempo, sabe que leo desde hace muchos años columnistas. De los diferentes géneros periodísticos, el de columna de opinión me ha fascinado siempre. Leí con gran gusto, mientras viví en Colombia, a Alfredo Iriarte, por ejemplo; a casi todos los de Semana; a los que se pasearon por Cromos o La Revista del domingo en El Espectador. Todavía guardo recortes de columnas que me gustaron mucho y que me traje a Chile en una carpeta.  Y sí, la mayoría de esos columnistas que leí y que leo son hombres. Y, en otro género, en el género que me atrapa todo el tiempo y por el que vivo y muero, la literatura, mis lecturas no son menos machistas. Claro, acá ya hay otros matices y no voy a decir que leo solamente autores masculinos: está claro que no me iba a perder en esta vida la obra de Virginia Woolf, ClariceLispector, Marguerite Duras, Marguerite Yourcenar, Jane Austen, o mi más recientemente descubrimiento, Hiromi Kawakami, pero no voy a negarle a nadie que me lo pregunte que en mi biblioteca se leen más nombres de hombres que de mujeres.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Y acá es cuando le pido a las mujeres – y a Nu – que no me miren con disgusto, que no frunzan sus ceños ni arruguen sus narices. Pienso que el gran problema de la mujer, desde que lucha por la igualdad de sus derechos frente a los hombres, es que ha caído en la trampa del reconocimiento. Y es por eso que no comulgo con ningún tipo de feminismo. Me enferma que las mujeres que necesitan que se les reconozca su logro por eso, sólo por ser mujeres. Me cuesta mucho – y esto no sé explicarlo – ponerle género al género, es decir, ponerle género a la literatura, a las columnas, a lo que sea. No niego que, por su condición, por sus experiencias, una mujer puede narrar con mucha precisión cosas que un hombre no. Pero acá el asunto es que el mundo, lo quieran los lectores o no, tiene solo dos géneros para todo, para la literatura, la música, el periodismo, para todo: el que gusta y el que no gusta. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Hace poco Camilo Jimenez certificó en su cuenta de <a href="http://www.twitter.com/bocasdeceniza">twitter</a>: “Sólo conozco dos géneros musicales: la música que me gusta y la que no.”, y yo pienso que no sólo en los géneros musicales: en los literarios, en los periodísticos, en la malla de asignaturas de tu carrera, en todo en la vida, siempre hay dos tipos: lo que a uno le  gusta y lo que no. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Pero hablemos de columnas de opinión y de libros: da lo mismo si los escribe una mujer o un hombre, estoy segura de que pocos nos fijamos en ese detalle. Estoy segura de que, una vez metidos en el texto, el sexo del autor se desdibuja por completo, y ni la mujer más frentera, ni el hombre más caballero, logrará cambiar lo más importante: nuestro gusto. </span></p>
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