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	<title>El último pasillo</title>
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	<description>Otro blog más de Blogs elespectador.com</description>
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		<title>De la muerte y del amor</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Feb 2013 14:43:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Librería]]></category>

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		<description><![CDATA[&#160; De la muerte* De todas las historias de ficción que se han escrito sobre violencia, guerra y atrocidades que se cometen durante una guerra, El Espantapájaros (Alfaguara, 2012), de Ricardo Silva Romero, tiene una particularidad que la hace diferente de todas: la pureza de su crueldad.  En esta novela la protagonista es una masacre [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><b><span style="text-decoration: underline"><a href="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2013/02/de-la-muerte-y-del-amor/portada-erase-una-vez-colombia/" rel="attachment wp-att-594"><img class="size-medium wp-image-594 aligncenter" alt="portada-erase-una-vez-colombia" src="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2013/02/portada-erase-una-vez-colombia-300x223.jpg" width="434" height="322" /></a></span></b></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><b><span style="text-decoration: underline">De la muerte*</span></b></p>
<p>De todas las historias de ficción que se han escrito sobre violencia, guerra y atrocidades que se cometen durante una guerra, El Espantapájaros (Alfaguara, 2012), de Ricardo Silva Romero, tiene una particularidad que la hace diferente de todas: la pureza de su crueldad.  En esta novela la protagonista es una masacre y el horror que esta conlleva. Hay víctimas, hay victimarios, están todos los personajes y elementos necesarios para configurar todo lo que se necesita para recrear una masacre. Pero, sobre todo, está la masacre en sí. La muerte como forma máxima de castigo, según la justicia del que empuña el arma, pero con el precedente de la tortura. El goce de ver sufrir al enemigo como alivio para la propia conciencia del asesino. Lo dicho: crueldad pura.</p>
<p><span id="more-593"></span></p>
<p>La historia es simple, tan simple como la de cualquier masacre que ha pasado en Colombia y que uno puede leer en los diarios. El «Cigarra», un bandido, un asesino, llega a un pueblo con un nombre premonitorio «Camposanto». Busca a «El Espantapájaros» para cobrarle deudas pendientes, a él y a todo el pueblo, de los tiempos de la violencia bipartidista en Colombia. Pero no lo encuentra. Sospecha de todos. Cree que todos en el pueblo lo encubren. El «Cigarra», como cualquier asesino, como cualquier jefe paramilitar o guerrillero, tiene un batallón, tiene una estrategia y sabe apostar a su gente en lugares estratégicos y desde esos lugares, como si le tapara todas las salidas a un hormiguero, encorralan a todo el pueblo.</p>
<p>Aun cuando esta es una narración de guerra y violencia, lo que más encona al «Cigarra» no es el deseo de cobrarle las cuentas a «El Espantapájaros» como su enemigo ideológico y de batalla, sino como su rival sentimental, como el hombre que le robó para siempre el amor de la bruja negra Briseida.</p>
<p>El Espantapájaros es una narración pura de la crueldad y la miseria de una guerra que Colombia no va a entender mañana en los libros de historia, sino en sus ficciones.  Pero no en cualquier ficción. No en cualquier novela ni en cualquier libro de cuentos. No cualquier libro sobre las tragedias de un país enseñado a mirar de reojo y a seguir el camino sin cuestionárselo, es suficiente para entenderlo y por eso creo que son contados los autores que han logrado un libro bien escrito sobre esa realidad dramática. El Espantapájaros me recordó, apenas la terminé, otro gran libro de la historia de la literatura colombiana: Cóndores no entierran todos los días, de Gustavo Álvarez Gardeazábal. El estilo impecable y sin concesiones de Ricardo Silva Romero me obligó a detenerme, a cerrar fuertemente los ojos y reconocer que eso que allí se cuenta, así de negro, así de sangriento, es el espejo de una la realidad dura, la que carece del filtro literario.</p>
<p>Hace un par de años, entrevisté a Ricardo Silva Romero y en esa entrevista me dijo que el éxito de una narración estaba en entender esa palabra desde su origen mismo. «Narrar», me dijo Ricardo, «es arrastrar. Es llevar a un lector desde una orilla a la otra de la historia». Ese propósito fundamental que debe respetar todo libro de ficción se cumple en El Espantapájaros. Yo creo, como Ricardo, que narrar es llevar al lector, pero también pienso que un lector atento no se deja llevar por cualquier camino para pasar a la otra orilla. Un lector atento desecha caminos fáciles y predecibles. En esta novela, para seguir y para llegar al otro lado, al fin de la historia, hay que atravesar por unos personajes durísimos, de sentimientos a veces inexistentes y con pasados comunes casi todos en la época de la violencia partidista de los años ’50.</p>
<p>Resalto este párrafo demoledor para que se hagan una idea: «<i>La lección es esta: nosotros no somos unos cabrones que les sacamos los ojos a los maricas pobres, no señores, ustedes han estado viniendo hasta este día paso a paso: ustedes se han estado ganando este destino desde hace muchos años. Si quieren, si no ha quedado claro lo que piensa el comandante Cigarra, puedo hacerles ya mismo un resumen: aquí no hay inocentes</i>». Todo está bien en El Espantapájaros. Es una novela digna de ser puesta al lado de todas las ficciones que han buscado entender esa Colombia de la que se tiene que hablar para exorcizarla, o, por lo menos, para no perderla en el olvido; para no desconocer lo que aquí Silva Romero utiliza como recurso para atrapar al lector y que en la realidad es el único recurso posible para desangrar a un país: el horror.</p>
<p><b><span style="text-decoration: underline">Del amor</span></b></p>
<p>Cuando iba en el metro leyendo Comedia romántica, sentí sobre mí la mirada persistente de un hombre. Bajé el libro disimuladamente, lo suficiente sólo para que los ojos me quedaran por encima del borde y así poder espiar entre los que iban en el vagón y descubrir al que me miraba. Era un hombre joven, no más de treinta años. Tenía una mochila terciada y cuando descubrió que lo miraba se puso rojo y volteó la cara. Yo seguí leyendo pero me molestaba sentir su mirada durante todo el viaje. Se bajó dos estaciones antes que yo y mientras hizo su viaje no paró de mirarme ni un segundo. Soy quisquillosa y estaba muy molesta. Cuando el chico se fue, me quedé un rato con el libro abajo. ¿Por qué me miraría tanto? Me miré en el vidrio de la puerta del vagón para ver si tenía «monos en la cara» y esa era la razón. Pero no. Nada. Levanté el libro para seguir leyendo y unos segundos después vi en el reflejo del vidrio lo que pasaba. El chico me miraba tanto porque no entendía que yo estuviera leyendo un libro al revés. Como no estaba en la posición que le permitiera ver el libro completamente, no pudo constatar que yo no era una loca que estaba leyendo un libro al revés titulado «El Espantapájaros». Lo que sucede es que, cuando uno cambia de novela, la otra queda patas arriba. Y yo estaba leyendo Comedia romántica. Lo que pensé, cuando me bajé del metro, es que esa escena del chico mirándome dentro del vagón, con curiosidad porque yo leía una novela al revés, daba con todo y más para ser parte de una película del género de la comedia romántica.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2013/02/de-la-muerte-y-del-amor/ricardo/" rel="attachment wp-att-595"><img class="size-full wp-image-595 aligncenter" alt="ricardo" src="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2013/02/ricardo.jpg" width="313" height="443" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En Comedia romántica la apuesta es, por decir lo menos, peligrosa. Una novela construida completamente por un diálogo entre dos amantes. No hay narrador, excepto por las veces que los protagonistas, dentro de su diálogo, se transforman en uno. Y, para que la dificultad raye en lo descabellado, ese diálogo se mueve en el tiempo y lleva a los amantes desde que se conocen en la universidad, hasta que están viejos y juntos. En esta novela, creo, Ricardo Silva Romero se jugó la oportunidad para demostrar que sólo un narrador como él puede contar una historia de amor totalmente a través de una conversación y metiendo a los protagonistas, Benjamín y Martina, en una burbuja de amor y de compañerismo en la que solo están ellos dos, en la que el resto del mundo, de su mundo, prácticamente no existe. Casi como en las comedias románticas del cine —tan injustamente maltratadas por muchos, hay que decirlo—, pero con menos dramatismo y con mucha elegancia.</p>
<p>La propuesta de Comedia romántica es muy sencilla y por lo tanto hermosa: uno sabe que está enamorado de otro porque conversaría con esa persona toda la vida. De hecho, la novela tiene uno de los comienzos más bonitos que he leído: <i>«—¿Le digo qué quiero yo, Benjamín, le digo de frente qué quiero?: una conversación que dure toda la vida</i>.» El comienzo es un deseo, una expectativa que todo el que alguna vez ha estado enamorado entiende. Mientras el diálogo avanza, los protagonistas atraviesan todas las etapas de su vida. De vez en cuando se devuelven para recordar y de vez en cuanto sueñan con el futuro. Pero en un punto, mi preferido de toda la novela, me parece que se juntan los tres tiempos, pasado presente y futuro, con una calidez que me desarmó: ¿Seguro que este es el mismo escritor de la novela de horror que acabo de leer, de El Espantapájaros? Ser buen escritor es, sin duda, moverse entre el horror y el amor con la misma soltura con la que uno a veces pasa por la vida entre la euforia y el aburrimiento:</p>
<p><i>«—¿Que yo qué? ¿Qué va a hacer  usted conmigo apenas se de cuenta de que me porto como una mujer que ha tenido suerte en todo en esta vida salvo en las relaciones con los hombres? ¿Y si se me rompe el corazón a mí en vez de a usted?</i></p>
<p><i>—</i><i>Yo le juro que la cuido, Martina. Yo le juro que no le voy a salir con ganas de vivir emociones fuertes a los dos años de estar juntos ni voy a bajar la guardia en las ganas de vivir todo los dos ni voy a cambiar en la mitad del camino como uno de esos tipos que sufren la crisis de los cuarenta ni me voy a tragar todas las cosas que pienso porque para qué pelear por pendejadas ni me voy a acomodar en este que tenemos como en el sofá de la sala de mis papás. Yo le prometo por lo que usted quiera que, cada vez que se vuelva todas las que quiere ser, la Barbie rockera, la Barbie ejecutiva o la Barbie estrella de cine de Hollywood, yo me quedo quieto como ese poste de la luz. Y que pongo el despertador todas las mañanas de la vida para levantarme a hacerla feliz</i>.»</p>
<p>Parece una historia feliz, pero no lo es del todo. Benjamín y Martina tienen sus propios problemas y dificultades que sortear y, por supuesto, no les voy a dañar la lectura contándoles qué. Pero sí pienso que esta es una historia de amor atípica, que Ricardo Silva Romero le dio vida a dos personajes que me parecen entrañables por una razón muy poderosa: su buen humor. Fuera de la ficción, son pocas las parejas que soportan con humor e ironía los defectos y las mañas del otro, sin transformarlas en una tragedia a largo plazo, lo que demuestra que no solo el amor, sino también el humor, podrán salvarnos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*Publicado originalmente en <strong><a href="http://hojablanca.net" target="_blank">HojaBlanca.net</a></strong></p>
<p>*Foto de Ricardo Silva Romero por <strong>Julieta Solincêe</strong></p>
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		<title>Mi primera comunión</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Sep 2012 00:14:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Devaneos]]></category>

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		<description><![CDATA[A Esteban Duperly Escribió Esteban Duperly en su cuenta de Twitter: «A todos los que se las dan de ateos irreparables les recuerdo sus fotos con cara de devoción en la primera comunión. Saludos.» Y yo le respondí que lo que pasaba es que él no sabía cómo fue mi primera comunión ni cómo terminaron [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><a href="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/09/primera-comunion.jpg"><img class="recurso_post aligncenter size-full wp-image-586" src="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/09/primera-comunion.jpg" alt="primera comunion" width="450" height="338" /></a></p>
<p style="text-align: right"><em>A Esteban Duperly</em></p>
<p style="text-align: left">Escribió <a href="http://twitter.com/e_duperly">Esteban Duperly</a> en su cuenta de Twitter: «A todos los que se las dan de ateos irreparables les recuerdo sus fotos con cara de devoción en la primera comunión. Saludos.» Y yo le respondí que lo que pasaba es que él no sabía cómo fue mi primera comunión ni cómo terminaron las fotos. Y le prometí la historia, que es esta:</p>
<p><span id="more-584"></span></p>
<p>Yo tenía nueve años, estudiaba en un colegio de monjas y vivía en una casa vieja de Cartago con mi familia, que eran mis abuelos y mi mamá. Mi abuela me inscribió en la Iglesia de San Jorge con objeto de que todos los domingos, de 9 a 12, recibiera la catequesis preparatoria para la primera comunión. A mí la idea de la primera comunión me molestaba, pero no por motivos religiosos. En esos años yo hacía lo que mis abuelos hacían y era católica de todo corazón. Creía fervorosamente en los pecados y le tenía miedo al castigo divino. Pero también me daba mucha pereza ese clima provinciano y ridículo que se había armado en mi  curso: todas, absolutamente todas las niñas estaban alborotadas con el tema. Detalles tan importantes como si el vestido sería del tipo “religiosa” o blanco, largo y de encaje. Que si la torta de dos o tres pisos. Que si de recuerdo un misal o una tarjeta. Siempre he sido alérgica a las celebraciones. Llámenme amargada, vetusta, lo que quieran, pero la primera comunión, los quince y la graduación fueron tres celebraciones a las cuales —y estoy muy orgullosa de decirlo— les hice el quite, ahorrándoles a mis abuelos y a mi mamá cansancios, dolores de cabeza y plata.</p>
<p>El caso es  que ese ambiente previo a las primeras comuniones me pareció poco festivo, es más, se me hacía cruel. Cuando las mamás de mis compañeras conversaban con mi mamá del asunto —y yo espiaba un poco lo que hablaban—, se notaba la dificultad que les representaba complacer la exigencia de su niña caprichosa. Ninguna de mis compañeras se conformaba con menos que una celebración de más de 20 personas y las había que «soñaban» con arrendar algún salón de uno de los dos hoteles importantes de la ciudad.  Eso sin contar con las que miraban feo a la única pendeja del salón que se arriesgaba a decir que no quería fiesta de primera comunión.</p>
<p>Vi, con horror, que la fecha se acercaba más y que mi abuelo, seguro de que yo me sentiría mal si no era así, empezó a organizar los detalles de lo que sería una posible fiesta. Le insistí en que no quería, pero él seguro pensó que era una forma de ganar puntos en el cielo, o que en el catecismo me habían dicho que no pidiera fiesta, no sé, el caso es que él tenía planes. No sabía muy bien cómo salirme de ese laberinto, hasta que la solución llegó —nunca mejor dicho—, como de dios. A mi abuela la invitaron, de una parroquia chiquitita en la que estaba inscrita, a ir en ‘peregrinación’ a Buga, a la Basílica del Señor de los Milagros. Ella solía tomar el cupo cuando la invitaban más como una excusa para llevarme de paseo. Generalmente íbamos con muchas amigas suyas. El viaje era justo un domingo antes de que se terminara la catequesis y dos semanas antes de la primera comunión.</p>
<p>Planifiqué todo. Lo primero, hablé con mi mamá, que no iba al viaje porque no le gustaba dejar solo a mi abuelo, y le conté que yo iba a hacer la primera comunión aprovechando ese viaje. Ella se sorprendió, le dio risa, pero me apoyó. Le pedí que le ocultara a mis abuelos el plan y que me perdonara, pero que yo prefería salirme del trámite de la primera comunión así: rapidito y sin anestesia —y sin fiesta—.</p>
<p>Cuando llegamos a la Basílica, nos avisaron que la misa empezaría en varias horas más y que el grupo se juntaría allí a determinada hora. Entonces me llevé a mi abuela adelante, al altar y le dije que me pondría en la fila para confesarme, porque iba a hacer la primera comunión en la misa. Que yo misma hablaría con el padre y le explicaría. Pensé que si él era un hombre de fe, me entendería cuando le dijera que yo no quería fiestas, ni sorpresa, ni vestidos de esos que parecen o de monja o de novia. Mi abuela casi se muere. Ella quería que yo hiciera la primera comunión como las otras niñas, pero logré convencerla con mi vehemencia. Supongo.</p>
<p>Luego, franqueada la barrera de mi abuela, quedaba convencer al cura. No recuerdo muy bien cómo, creo que me colé en la sacristía y hablé con varios diáconos hasta que di con el sacerdote. Le conté todo y me miró como si le estuviera pasando la situación más sorprendente de su vida. Me dijo que sí, que él me confesaba y me daba el sacramento, pero a condición de que le contestase tres preguntas para asegurarse de que estaba preparada. No recuerdo las preguntas, pero sí sé que la respuesta de una de ellas era «El Espíritu Santo». Me pidió que oyera la misa en la primera fila y que cuando me acercara a recibir la comunión, me arrodillara en el reclinatorio del diácono, que él iba a hablar para que me dejaran.</p>
<p>Y así fue. Vestida de jeans, camiseta y solo con mi abuela, hice la primera comunión en la Basílica del Señor de los Milagros en Buga. Una de las amigas de mi abuela llevaba una cámara y me tomó dos fotos. Luego mi abuela y sus amigas me llevaron a almorzar para celebrarme.</p>
<p>En el bus, de regreso a Cartago, mi abuela tuvo una falla cardiaca repentina y pasamos un susto grande, por lo que el día de mi primera comunión terminó en una clínica.</p>
<p>Unas semanas después, la amiga de mi abuela que me tomó las fotos se las llevó a mi mamá para que las guardara. Afortunadamente a mi abuelo se le pasó el enojo rápido y se convenció de que con solo invitarme a Frisby ya estaban cubiertos la fiesta, el vestido, los recordatorios y toda la parafernalia. Mi mamá enmarcó las fotos y las puso en mi mesita de noche. Mi abuela me regaló el misal que su mamá le había mandado a hacer para su primera comunión, es decir, una reliquia.</p>
<p>Tres años después me regalaron una perrita cachorra, Luna, que se subía a mi cama y desde allí brincaba a la mesa de noche a jugar con mis cosas. Un día llegué del colegio y encontré a Luna con las dos fotografías en el suelo, rasguñadas por completo. Luna sí; qué atea irreparable.</p>
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		<title>Uribe y la educación</title>
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		<pubDate>Tue, 14 Aug 2012 17:25:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Devaneos]]></category>
		<category><![CDATA[educacion]]></category>
		<category><![CDATA[medellín]]></category>
		<category><![CDATA[política]]></category>

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		<description><![CDATA[Esto no es una cuestión personal contra Álvaro Uribe Vélez. No tengo nada en contra de él, pero tampoco lo admiro. Y comienzo haciendo esta advertencia porque la polarización en Colombia es tal, que si uno no está con Uribe es porque está en su contra. Desde hace un tiempo, en Medellín, Uribe viene dando [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><a href="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/08/Alvaro-Uribe1.jpg"><img class="recurso_post size-medium wp-image-555  aligncenter" src="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/08/Alvaro-Uribe1-300x224.jpg" alt="Alvaro-Uribe1" width="300" height="224" /></a></p>
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">Esto no es una cuestión personal contra Álvaro Uribe Vélez. No tengo nada en contra de él, pero tampoco lo admiro. Y comienzo haciendo esta advertencia porque la polarización en Colombia es tal, que si uno no está con Uribe es porque está en su contra.<br />
<span id="more-554"></span></p>
<p style="text-align: left">Desde hace un tiempo, en Medellín, Uribe viene dando unas conferencias sobre liderazgo en colegios privados, para los niños de bachillerato. Se presenta por invitación de los mismos colegios y, tal como lo muestra este video, lo hace solo, en un escenario, con un discurso suyo muy característico. La periodista antioqueña Ana Cristina Resetrepo, columnista del diario El Colombiano, manifestó en su <a href="http://www.elcolombiano.com/BancoConocimiento/L/las_juventudes_de_uribe/las_juventudes_de_uribe.asp?CodSeccion=219">columna del 1º de Agosto</a> su preocupación de madre, ciudadana y periodista, ante el hecho de que Uribe se presente en los colegios sin un interlocutor válido. En su argumentación, Ana Cristina asegura que si bien es válido que Uribe se presente en un colegio para dar una charla sobre liderazgo, el colegio debe tomar ciertas medidas en pro de la pluralidad y la educación misma; por ejemplo, que Uribe no se presente solo en el escenario, sino con un interlocutor que lo contraste, que lo debata y cuestione.</p>
<p>Obviamente, los colegios de Medellín han hecho oídos sordos; esto no es con ellos. En una ciudad enferma del caudillismo de Uribe, en un departamento en el que la mayoría de los habitantes parecen haberse deslumbrado con Uribe, tal como él mismo está deslumbrado consigo, son muchísimos los que consideran que Uribe no solamente es un prohombre, sino que de verdad creen que su intervención ante los alumnos es ejemplar. Muchos creen que Uribe es un ejemplo.</p>
<p>Dejemos de lado por un momento los apasionamientos que suelen movernos cuando pensamos y hablamos de política. A pesar de llevar tantos años fuera de Colombia, soy una de los muchos que le reconocemos a Uribe sus logros —sobre todo en el primer mandato—. Se los reconozco no solamente porque los he investigado, sino porque en el ejercicio del periodismo he tenido la oportunidad de entrevistar a analistas, politólogos y periodistas ecuánimes y estudiosos que reconocen con unanimidad que gracias a las gestiones del primer período de Uribe, Colombia consiguió una disminución importantísima de la inseguridad y que este gran proyecto de seguridad («seguridad democrática» que llamó el mismo Uribe), trajo consigo otros beneficios para el país: económicos y sociales. No obstante y teniendo claro que acá nadie le desconoce a Uribe sus logros —yo, por lo menos, no le resto ningún mérito a sus gestiones—, tampoco es procedente agradecérselo como si él fuera un héroe. Ese fue, quizás, el peor legado educativo que nos dejó Uribe: ese constante mensaje subyacente en todos sus discursos y el de sus fanáticos seguidores, de que todos los colombianos tenemos que agradecerle su labor. A Uribe no se le debe nada. Si él hizo algo bien, si su primer mandato, por ejemplo, trajo importantes cambios positivos para el país, no lo hizo en un acto de fe y de bondad. Una mayoría determinada votó por él y lo eligió para que pusiera en marcha un plan de trabajo con el que él se presentó en campaña.</p>
<p>Cualquiera que haya sido ese plan, si Uribe lo cumplió, era lo mínimo que de él esperaban quienes votaron por él. La presidencia es (por favor, que no se nos olvide nunca) un cargo de elección popular y el ganador es el depositario de la confianza de la mayoría de un pueblo votante que ejerce su derecho ciudadano y le pide a esa persona que, por el progreso del país y hasta por su propio honor —aunque eso ya está mandado a recoger—, lleve a cabo una serie de proyectos. Eso es la democracia. Uribe no fue ajeno a ese sistema y por eso es improcedente, ridículo y hasta nocivo que todavía sus seguidores y adeptos insistan en que le debemos media vida y unas gracias infinitas. No. No es así, por lo que ya dije y por cosas aún más graves.</p>
<p>Muy graves. Y entonces viene la parte fea del gobierno de Uribe —especialmente de su segundo mandato—. Desde la forma en cómo consiguió ser reelecto, Uribe le ha demostrado al país que lo que tal vez comenzó como una real vocación de servicio público, se transformó en megalomanía, en algo casi patológico que ahora, lejos del poder presidencial, se le ha recrudecido.</p>
<p>Es necesario —así parece— recordar la bochornosa descripción de los hechos que hizo en su momento Yidis Medina, quien confesó las circunstancias y detalles en virtud de los cuales fue modificada la Constitución para conseguir la relección. Es necesario recordar el escándalo de corrupción de Agro Ingreso Segur por el que está preso Andrés Felipe Arias, a quien Uribe defiende con la devoción de un padre, aunque los hechos y las pruebas no puedan ser más fehacientes. Es necesario recordar que fue en el mandato de Uribe cuando se produjo el caso más triste, doloroso y vergonzoso de un gobierno: la muerte de 3.000 civiles que fueron dados de baja y pasados por guerrilleros: «falsos positivos», los llamaron. Es necesario recordar que después de su presidencia se develó su deseo de eliminar la Corte Suprema de Justicia, y que cumpliendo órdenes suyas el DAS «chuzó» a magistrados, periodistas y personalidades identificadas como contrarias a su ideología. Es necesario recordar que Luis Carlos Restrepo está prófugo en paradero desconocido, huyendo de la justicia que lo acusa de haber hecho un montaje de falsas desmovilizaciones. Es necesario recordar, una vez más, que en una vergonzosa y fingida actuación, Uribe quiso solucionar un problema con uno de sus funcionarios amenazándolo con que <a href="https://www.youtube.com/watch?v=QjT2OONKmZ0">«si lo veo le doy en la cara, marica»</a>.</p>
<p>Señores directores de los colegios en Medellín, yo les pregunto con toda seriedad: ¿No había otro para hablarles de liderazgo a los muchachos? ¿Ustedes creen que alguien que soluciona sus problemas con «si lo veo le doy en la cara, marica» es ejemplo de algo? ¿Alguien que defiende sin empacho a los funcionarios de su ya pasado gobierno, procesados por corrupción, es un buen ejemplo?</p>
<p style="text-align: center">
<p>Disiento de Ana Cristina en una sola cosa: yo creo que Uribe ni siquiera con un interlocutor es apto para dar una charla de liderazgo. Un líder no es un mesías perfecto ni un santo, tampoco es un político nacionalista que se perpetúa en el poder, seguro de que él es la respuesta a todos los problemas del país. Un líder es alguien honesto que da ejemplo de honradez y que promueve de todas las formas posibles la educación. La honradez de Uribe está en tela de juicio hace mucho tiempo ya. Aunque lo pienso sinceramente, no lo digo yo desde una posición personal, lo dicen los hechos: todos los que resumí y los que quedaron por fuera.</p>
<p>Pero, sobre todo, el legado de ocho años de gobierno de Uribe fue un país maleducado. Ocho años en los que el patrioterismo se instaló para pudrir el alma misma del país. Para mí fue muy triste visitar Colombia en febrero, ir en un taxi en Cartagena, y que el taxista me dijera que «bala es lo único que compone esto, porque ajá». Fue muy triste estar en Bogotá y escuchar gente al pasar decir que extrañaban a Uribe y la seguridad que él garantizaba, porque «mano dura» es poquito, lo que hay que hacer es «acabar con tanto delincuente». Eso nos dejó Uribe: la idea de que se «acaba» con tanto delincuente a punta de guerra, sin educación, sin respeto.</p>
<p>Yo no tengo hijos, pero mis mejores amigas tienen los suyos. Conozco particularmente a los tres hijos de Ana Cristina, que son chiquitos, y los quiero muchísimo, los quiero como si fueran de mi familia, como si fueran mis propios sobrinos y entiendo la preocupación de su mamá por la educación que se imparte en su colegio: la educación política es un asunto de debate público y muy delicado, puesto que es por la educación política equivocada, insuficiente, pobre, que llevamos décadas sin encontrar un camino adecuado a la paz y el progreso. Es debido a una educación política basada en el individualismo y no el pluralismo, en la creencia de la «mano dura» y no del diálogo, que todavía somos un país retrógrado que se encoge de hombros ante la realidad, pero que cuando tiene la oportunidad de modificarla en las urnas, tira para atrás.</p>
<p>El que se para frente a todos esos chicos no es un hombre convencional —y no lo digo en sentido positivo—; el que se para frente a estos chicos es un hombre con una historia política negra que carga a sus espaldas, para bien o para mal, y cada vez que habla, no habla solamente un hombre interesado en compartir sus conocimientos sobre liderazgo de forma inocente, casi desinteresada. El que se para frente a todos esos chicos ha sido uno de los políticos que con sus acciones, omisiones y, sobre todo, palabras, más bien es daño lo que le ha hecho a Colombia. Un hombre que tuvo y tiene mucho poder, especialmente en Medellín, y que se resiste desesperadamente a pasar la página que le tocó ocupar en el libro de la historia de Colombia. Sin haber entendido todavía que a quien no pasa la página de ese libro, es la página quien lo pasa.</p>
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		<title>Miguel</title>
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		<pubDate>Sun, 27 May 2012 05:00:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Devaneos]]></category>

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		<description><![CDATA[A Carmen, Rocío y Álvaro «Volando voy, volando vengo por el camino yo me entretengo» «Volando voy». Letra : KikoVeneno.  Interpretado por Camarón de la Isla A mi me gusta saborear la hierba la hierba buena un cante por soleá y una voz quebrá y serena y una guitarra y tus ojos ay al laito [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left">
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 7.5pt;line-height: 26.25pt;background: white"><em><span>A Carmen, Rocío y Álvaro</span></em></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 11.25pt;background: white"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 11.25pt;text-align: right;background: white" align="right"><span>«Volando voy, volando vengo<br />
por el camino yo me entretengo»</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 11.25pt;text-align: right;background: white" align="right"><strong><span>«Volando voy». Letra : KikoVeneno.  Interpretado por Camarón de la Isla</span></strong><span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 11.25pt;text-align: right;background: white" align="right"><span>A mi me gusta saborear la hierba la hierba buena<br />
un cante por soleá<br />
y una voz quebrá y serena<br />
y una guitarra y tus ojos ay al laito duna candela<br />
Soy gitano<br />
y vengo a tu casamiento<br />
a partirme la camisa<br />
la camisita que tengo</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 11.25pt;text-align: right;background: white" align="right"><strong><span>«Soy Gitano». Camarón de la isla</span></strong><span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 11.25pt;background: white"><em><span> </span></em><em><span></span></em></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 11.25pt;background: white"><em><span>***</span></em><span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 11.25pt;background: white"><em><span> </span></em><span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 11.25pt;background: white"><span>Cuando yo estaba muy triste – lo que suele ser mi estado natural, digamos – Miguel compraba dos litros de helado artesanal de chocolate con almendras y lo comíamos a cucharadas viendo películas.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 11.25pt;background: white"><span><span id="more-539"></span><br />
</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 11.25pt;background: white"><span>De niña, tres primos llegaron a la casa con una gran novedad: un Nintendo. Mi abuelo, reacio a esos aparatos sospechosos, no me dejaba arrimarme mucho, pero una vez me convidaron a jugar. El mayor de los tres intentó infructuosamente, durante horas, enseñarme a mover a Mario Bros por todos los niveles para salvar a la princesa. No hubo caso: yo trataba de seguir las instrucciones que me daban, de mantener presionada la tecla X o Y, no sé, y luego la A y hundir el + o el —; pero no pude y como me aburrí de intentarlo, vi pasar por mi casa a mis primos con muchas versiones, todas mejoradas, del Nintendo sin poder disfrutarlo. Miguel, por su parte, con su paciencia de oro, compró videojuegos que tenían historias llenas de sentido y se esforzó no un par de horas, sino por muchos meses, para que yo aprendiera a jugar en la PS3 o en el Xbox. No hubo caso esta vez tampoco, pero nos reímos tanto y fue tan divertido que valió la pena. Lo único que yo sabía jugar más o menos bien era <em><span style="border: none"><span style="border: none">Wii</span></span></em><strong> </strong>y todavía hoy puedo oír las carcajadas que le saqué a Miguel la primera vez que jugué bolos y lo derroté. Me gritaba, hipando de risa, que yo tenía suerte de principiante, que nos enfrentaríamos a algún juego de agilidad mental. Siempre perdí con él en los juegos de agilidad mental, porque Miguel era un genio. No lo digo por hacer un falso alarde: realmente lo era; Miguel era genial.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 11.25pt;background: white"><span>No soy capaz de decir «Miguel ya no está entre nosotros», porque detesto los eufemismos y porque él también los detestaba. Miguel murió. Así de sencillo y así de doloroso. Y sí está entre nosotros, y sobre todo está en mí. Y yo, qué duda me cabe ya, yo me fui con él. Yo también me morí con él. Miguel y yo estamos en el presente, en la muerte que compartimos, sólo que él está en un mausoleo y yo me tengo que despertar todas las mañanas, tengo que ir al trabajo y tengo que volver a la casa. Como, duermo, hablo con mi mamá, pero estoy muerta junto con él.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 11.25pt;background: white"><span> Miguel nació en España y yo nací en Colombia y los dos vivíamos emigrados en Chile. Los dos teníamos el pasaporte de adorno y el acento perdido. Cuando nos subíamos a un taxi, o íbamos a comprar a alguna tienda y las personas que nos oían nos preguntaban de dónde éramos, jugábamos a pedirles que adivinaran. A Miguel le decían de todo: uruguayo, argentino, venezolano. A mí siempre me ponían cubana o mexicana, dependiendo de cómo estuviera el oído del interlocutor. Nunca negamos lo que nos dijeron. Siempre respondíamos, haciéndonos los sorprendidos, «¡Pero cómo adivinó! ¿Todavía tengo tanto acento?», y luego nos salíamos corriendo para poder burlarnos a gusto, lejos de todo.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 11.25pt;background: white"><span>Con Miguel no sufríamos de patrioterismo, aunque los dos vivimos juntos el sufrimiento y el sacrificio que implica ‘legalizar’ la situación en un país extraño. Yo llevaba más años que él en Chile y le sacaba una buena ventaja con mi visa definitiva, y cuando él consiguió por fin la suya, fuimos a celebrarlo empachándonos de chocolates y viendo películas. De recuerdo, me regaló su cédula vencida: un plástico que ya no servía legalmente para nada, pero que a mí me bastaba sentimentalmente. Todavía la cargo en mi chequera. Me gusta tenerla ahí porque los compartimentos están medio cedidos y cuando la saco para pagar algo, la cédula se asoma por fuerza y queda la cara de Miguel descubierta y yo la puedo ver tantas veces al día como pagos tenga que hacer. A Miguel no le gustaba que yo hiciera dieta y como su departamento tenía una terraza muy amplia, organizaba almuerzos en ella. Cocinaba las recetas que le enseñó su mamá y me daba postres pantagruélicos.  Tomábamos café espeso, fuerte, como locos, y compartimos proyectos juntos. Trabajar con Miguel era lo mejor de la vida. Trabajar con él, por ejemplo, todo un día sábado, implicaba 10 horas de risas y 4 de trabajo. Miguel me hacía bromas, se burlaba de él y de mí y de los dos. Miguel me llevó a conocer la nieve y el campo. Miguel me tomaba fotos en su jeep con sus gafas de sol para que me viera <em><span style="border: none"><span style="border: none">cool</span></span></em> y me animaba a escribir. No le gustaba mucho cómo escribía yo, pero me animaba a hacerlo. Yo, en cambio, viví siempre enamorada de su trabajo</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 11.25pt;background: white"><span>Miguel era artista. Miguel era historietista y dibujante. Tenía una imaginación tan grande como su corazón y tan extrema como su bondad. Tenía ideas locas y maravillosas. Miguel tenía defectos, sí: yo, por ejemplo. Y esa bondad extrema que lo volvía por ratos un niño ingenuo.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 11.25pt;background: white"><span>Miguel vivió una vida errante. El trabajo de sus padres lo obligó a viajar por todo el mundo desde muy niño y su infancia la pasó en muchos países de Latinoamérica y en España. En Chile estudió el bachillerato, en Uruguay la universidad y en Nueva York trabajó. Miguel se salvó por quince minutos – porque ese día se quedó dormido – de morir en el atentado al World Trade Center. Aunque tuvo mucho miedo ese año, Miguel fue valiente durante los 38 de su vida. Cuando regresó a Chile, para ya no moverse de acá, Miguel escuchó de mi boca la palabra <em><span style="border: none"><span style="border: none">desarraigo</span></span></em> y entendió que los dos éramos la personificación de su significado. </span><span lang="DE">Ese  día nos hicimos inseparables.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 11.25pt;background: white"><span>Una navidad, Miguel sintió nostalgia de Nueva York y se fue a pasar las fiestas con su gran amigo de allá; cuando llegó al aeropuerto, y a pesar de su pasaporte europeo, el oficial de inmigración dudó porque provenía de Chile, por lo que le pidió con sequedad y en inglés, que por favor dijera «<em><span style="border: none"><span style="border: none">gracias</span></span></em>». Miguel, que hablaba mejor inglés que español – y que de hecho escribía sólo en inglés – le respondió amablemente «<em><span style="border: none"><span style="border: none">Thank you</span></span></em>». Pero el oficial se irritó y le replicó que no, que «<em><span style="border: none"><span style="border: none">gracias in spanish</span></span></em>». A lo cual Miguel le dijo «<em><span style="border: none"><span style="border: none">gracias</span></span></em>» y se notó lo poco que le quedaba de español en el arrastre de la ‘c’. Sólo entonces el oficial de inmigración quedó tranquilo. Miguel, efectivamente, era español<strong>…</strong> y no lo era.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 11.25pt;background: white"><span> Miguel y yo lloramos la muerte de sus padres y de mis abuelos, al mismo tiempo, aunque ellos habían muerto en fechas muy distintas. Para recordar a su mamá, vimos una película que a él le gustaba mucho, <em><span style="border: none"><span style="border: none">Camarón</span></span></em>, que era precisamente la biografía del cantaor Camarón de la Isla. Cuadro por cuadro, Miguel me explicó su  vida en Cádiz, me narró sus recuerdos y sus nostalgias. Me contó que uno de los momentos más bonitos de su vida fue cuando llegó del colegio a su casa, en Uruguay, y encontró que Paco de Lucía estaba invitado a almorzar. Miguel me presentó ese día, en fotos y en recuerdos, a sus tres hermanos. Uno de ellos, el menor, tiene mi edad. Ellos estuvieron acá, vinieron a Chile y decidieron dejarme acá a Miguel. Tal vez nunca se los dije, no lo recuerdo, esos días fueron días de gran dolor, pero yo les agradezco infinitamente que hayan decidido dejarme su tumba acá, porque ahora puedo decir, sin asomo de duda, que sí tengo una raíz, que sí soy de alguna parte: que yo soy del lugar en donde están mis muertos.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 11.25pt;background: white"><span>El día que enterramos a Miguel, su hermana mayor me entregó su lápida para que yo la llevara hasta el mausoleo en la pequeña procesión. Ese fue el instante exacto en el que me morí. Ese día, a esa hora, en la Iglesia de Santa María de Las Condes, en Santiago, Chile, yo me morí. Bajo esa lápida que testimonia su nombre completo, Miguel Ángel Estrugo Hernández, allí mismo reposan mis restos. Ese pedacito de piedra que resguarda las cenizas de Miguel es mi tumba. Con alguna frecuencia voy a visitar a Miguel y a visitarme a mí. Toco esa piedra para comprobar cómo soy muerta. Soy como todos los muertos: fría, dura y resguardo las cenizas de Miguel. Pero no descanso en paz.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 11.25pt;background: white"><span>Escribo esto porque no tengo paz ni conmigo ni con Miguel. No existe un solo día de mi muerte, desde hace exactamente un año, en el que no me despierte pensando en Miguel y que no me vaya a dormir dedicándole mi último pensamiento del día. Tengo los lápices con los que él dibujaba y parte de su trabajo. En verano uso sus gafas de sol y escucho música en su mp3. Sus dibujos son mi fondo de pantalla en el computador y su colección de revistas de Historia – porque era un aficionado a la Historia – ocupa la mitad de mi biblioteca. Presento mis pruebas escritas con su portaminas y uso su borrador. Trabajo en uno de sus computadores e imprimo mis documentos en su impresora. Escribo todos los días, sin decaer, como él me pedía que lo hiciera. De vez en cuando escucho a Camarón de la Isla y hasta lo tarareo. Pero nada de eso, nada, me ha dado el descanso en paz tan necesario. Llevo en mis costillas la muerte suya y la mía y, por supuesto, es la suya la que me causa dolor.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 11.25pt;background: white"><span>Un día, hace años, le dije a Miguel, en broma, que si seguíamos comiendo tanto chocolate nos íbamos a volver unos diabéticos. Él me hizo su típico gesto de burla sacando la lengua y halándose las orejas al mismo tiempo. Hace unas semanas, después de un chequeo médico de rutina, me diagnosticaron diabetes y me recetaron, además de algunos medicamentos, una dieta muy rigurosa, una de esas que Miguel odiaba. Cuando salí del consultorio me fui caminando por una plaza y en el primer kiosco que encontré me compré el chocolate con almendras más grande que tenían y me lo comí sentada en una banca, mirando para ninguna parte, llorando y pensando en Miguel. Las muchas veces que estuve enferma, Miguel me decía así: «<em><span style="border: none"><span style="border: none">Cuídate, mujé, porque cuando las personas como tú se enfe<span style="border: none">rman, el mundo no funciona bien</span></span></span></em>».</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 11.25pt;background: white"><span>Yo escribo esto ahora, Migue, porque no sé cómo decirte que el mundo ya no funciona más, ni bien ni mal, y que te quiero como no pude querer a nadie más en mi vida; como ya no puedo querer a nadie más en la muerte. Te quiero y te querré en presente y en futuro; en el presente y el futuro de los vivos, de los que tú y yo nos alejamos juntos hace un año, tal y como sucedió siempre, cuando estábamos vivos. </span></p>
<p><em> </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em> </em></p>
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		<title>«El comunista gulagea»</title>
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		<pubDate>Sat, 19 May 2012 04:24:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El gran periodista español, Ignacio Ruiz Quintano, columnista de planta del suplemento cultural del ABC de España, escribió en Noviembre de 2011 una columna titulada &#8220;Bonald&#8220;. Esta noche, hurgando por ahí, la he encontrado y he puesto en twitter, fragmentado, el primer párrafo de la misma. Creo que es, sencillamente, una obra maestra del idioma [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/05/i_aqui_box_bis.png"><br />
<img class="recurso_post aligncenter size-medium wp-image-532" src="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/05/i_aqui_box_bis-216x300.png" alt="i_aqui_box_bis" width="216" height="300" /></a></p>
<p>El gran periodista español, <a href="http://salmonetesyanonosquedan.blogspot.com/">Ignacio Ruiz Quintano</a>, columnista de planta del suplemento cultural del ABC de España, escribió en Noviembre de 2011 una columna titulada &#8220;<a href="http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/cultural/2009/11/14/013.html">Bonald</a>&#8220;. Esta noche, hurgando por ahí, la he encontrado y he puesto en <a href="http://www.twitter.com/lauritagarcia">twitter</a>, fragmentado, el primer párrafo de la misma. Creo que es, sencillamente, una obra maestra del idioma y ahora quiero compartirla también acá, con todos ustedes, en este blog.</p>
<p>«<em>La rana groa, la grulla gruye, la cigüeña crotora, el pato parpa, el cuervo gazna, el ganso vozna, el grajo croaja, la perdiz cuchichía, la paloma zulea, la gallina cloquea, la golondrina trisa, el grillo chirría, el pollo pía, el loro garre, la pantera himpla, el jabalí rebudia, el caballo relincha, el asno rozna, el cerdo gruñe, el ciervo brama, el gamo gamita, la oveja balita, el toro remudia, el gato maúlla, el lobo otila, el mistolobo ulula, el perro ladra, el león ruge, el elefante barrita, la serpiente silba, la chicharra chirría, el cuclillo cucúa, el pavo tita y el comunista gulagea, es decir, que, en menos de lo que canta un gallo, te monta un gulag</em>».</p>
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		<title>Carlos Fuentes: &#8220;La novela es un género impuro&#8221;</title>
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		<pubDate>Wed, 16 May 2012 14:05:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Devaneos]]></category>

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		<description><![CDATA[En noviembre de 2009, Carlos Fuentes vino Santiago de Chile para presentar su novela &#8220;Adán en Edén&#8221; en la que abordó el tema del narcotráfico en México; se presentó en la Feria del Libro de ese año y habló de todo: de literatura, de política, del oficio del escritor, de la novela como &#8220;basurero&#8221; de [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>En noviembre de 2009, Carlos Fuentes vino Santiago de Chile para presentar su novela &#8220;Adán en Edén&#8221; en la que abordó el tema del narcotráfico en México; se presentó en la Feria del Libro de ese año y habló de todo: de literatura, de política, del oficio del escritor, de la novela como &#8220;basurero&#8221; de la literatura&#8230; Por ese entonces escribí para la <a href="http://www.elespectador.com/impreso/literatura/articuloimpreso173137-novela-un-genero-impuro">edición impresa</a> de este mismo diario el texto que dejo a continuación y que ahora quiero unir al recuerdo de un autor inolvidable para muchos.</p>
<p><span id="more-525"></span></p>
<p><a href="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/05/Escritor-Carlos-Fuentes_480_311.jpg"><img class="recurso_post aligncenter size-medium wp-image-527" src="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/05/Escritor-Carlos-Fuentes_480_311-300x176.jpg" alt="Escritor-Carlos-Fuentes_480_311" width="300" height="176" /></a></p>
<p style="text-align: center"><strong>“La novela es un género impuro”</strong></p>
<p>Por: Laura García / Santiago de Chile / Especial para El Espectador<br />
Carlos Fuentes tiene 81 años. Quien lo presenta, el escritor y periodista chileno Arturo Fontaine, anuncia que los ha cumplido hace poco. Todos aplauden a modo de felicitación. En el fondo, todos felicitan al hombre que a esa edad habla con una fuerza inusitada, con un ímpetu salido desde su pecho prácticamente. Carlos Fuentes se levanta y agradece los aplausos por su cumpleaños. Ha venido a Santiago de Chile para presentar su última novela, Adán en Edén, y los chilenos inflan el pecho con orgullo porque es el primer país en donde se comenta esta obra, contando, además, con la presencia de su autor.</p>
<p>¿Qué nos trae ahora Carlos Fuentes? El autor de títulos como La región más transparente o La silla del águila retoma en esta obra el tema del poder, pero desde la perspectiva actual mexicana. Para hablar sobre Adán en Edén, Fuentes citó durante casi toda su presentación a El Quijote de la Mancha, asegurando que Cervantes fue el inventor de la novela: “Estoy convencido de que la novela la inventa Cervantes y la inventa como un género de géneros, si uno ve bien en el Quijote hay la épica, una épica burlona, en la figura de don Quijote, pero para él no es una burla, para él es muy serio creerse un hombre héroe de caballería. Está la novela picaresca con Sancho, está la novela pastoral con Cardemio, está la novela dentro de la novela, el curioso impertinente, está la novela morisca, está la novela de la actualidad absoluta con el bandido y contrabandista de indias Roque Guinard, que era un hombre real de las noticias; incluso, hay un momento en que don Quijote y Sancho son espectadores de un combate naval en Barcelona. Cervantes entonces inventa la novela como género de géneros. Aquí cabe todo, se puede oponer el énfasis más en un aspecto que otro”. Y acto seguido Fuentes explica en dónde puso su énfasis: “Traté de poner el acento sobre la novela como su nombre lo indica: novela novelar, novela portadora de noticias y las noticias que se portan aquí, pues son noticas un tanto macabras, son noticias de la violencia, del crimen, del narcotráfico, de muchas cosas que nos están asolando en México. No quería hacer una novela de denuncia, una novela muy aburrida y pesada, y por eso traté de combinar el horror con el humor”.</p>
<p>Según Fuentes, en esta obra “hay un doble juego que lo permite la novela como género de géneros, que puede constantemente combinar y no está uno condenado a seguir una pureza cualquiera que sea en la novela; la novela es un género impuro, es un basurero de la literatura, pero de ese basurero vivimos todos”. Y todos ríen con esta última ocurrencia.</p>
<p>Adán en Edén es la historia de Adán Gorozpe, narrada por él mismo. Adán Gorozpe ha llegado a tener poder gracias a una unión matrimonial muy conveniente con Priscila, “princesa de la primavera” e hija del “rey del bizcocho”. Sin embargo, en un país asediado por todos los costados por el crimen, la corrupción y la violencia, aparece la figura de otro Adán, Adán Góngora, un policía corrupto que se ha ganado la venia de la opinión pública y viene a proponerle a su tocayo un negocio político que no podrá rechazar, pero que lo obligará a meterse de forma más profunda en el terreno del crimen y la violencia.</p>
<p>En esta obra el protagonista se cuestiona sobre la naturaleza de su poder, si será otorgado por otros o si lo tiene por sí mismo, pero también se pregunta por la naturaleza de la libertad, por el “espíritu libre”. Carlos Fuentes también dijo algo al respecto: “La libertad es una creación humana. Creamos la libertad en contra de todas las circunstancias, de la fatalidad, del puro estar, de la naturaleza, frente a todos estos hechos definitivos e implacables decimos ‘no’, el decir ‘no’ es la esencia de la libertad, poder decir no y no decirle sí a todo y bajar la cabeza. Es decir, ‘no, hasta aquí, este es mi espacio, esta es la libertad de nuestro pueblo, esta es la libertad de mi gente, esta es mi libertad, usted no la puede tocar, usted puede ejercer su poder pero con límites, hasta aquí, nada más’. Y esto es todo el problema de la dictadura que no quiere reconocer que haya límites al poder del Estado o al poder del dictador. En cambio, en un régimen democrático, que no es perfecto de ninguna manera, por lo menos hay gente que dice: hasta aquí llega el poder de ustedes y aquí empieza mi pobre miserable y pinche poder, pero que es muy mío no me lo quiten”. Nuevamente muchas risas.</p>
<p>También habló sobre su obra Diana o la cazadora solitaria, una de sus pocas novelas con un explícito contenido autobiográfico: su amorío con la actriz Diana Soren. Dice Fuentes: “Es cierto que mis novelas no son muy autobiográficas, finalmente trato de crear una distancia para poder ver con más claridad el mundo y los personajes que considero son más interesantes que yo y mi biografía. Esta fue una incursión biográfica, pero con un giro inesperado, espero, y es que el protagonista y narrador que tiene esta aventura es el perdedor, finalmente fracasa en su intento amoroso, queda ridiculizado y soy yo, queda aplastado, y soy yo, lo regresan a su casa, y soy yo. De manera que ahí no hay heroicidad alguna, es la condición para escribir esa novela para influir, fue decir voy a contar esta historia porque es interesante, pero a condición de ser muy sincero conmigo mismo y decir ‘yo fracasé en esa relación’ y es lo que voy a contar: la historia de una pasión y de un fracaso en el que el burro apaleado soy yo mismo, el narrador”.</p>
<p>Al final de la presentación, Carlos Fuentes fue invitado a leer las primeras líneas de Adán en Edén, para luego dirigirse al estand de su editorial y firmar libros y tomarse fotos con un séquito de lectores y admiradores, quienes lo habían esperado, ansiosos, desde muy temprano.</p>
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		<title>Los mejores comienzos de novela</title>
		<link>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2012/05/los-mejores-comienzos-de-novela/</link>
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		<pubDate>Tue, 08 May 2012 03:25:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Devaneos]]></category>

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		<description><![CDATA[En Twitter, en donde suceden muchas cosas muy buenas, puse este enlace a una lista que publicó el diario británico The Guardian con los diez mejores comienzos de novela en inglés. Mi querido Alberto Chimal, escritor mexicano, también replicó este enlace y propuso que escogiéramos los mejores comienzos de novela, pero de obras escritas originalmente [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_514" class="wp-caption aligncenter" style="width: 310px"><a href="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/05/100_0151.JPG"><img class="recurso_post size-medium wp-image-514" src="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/05/100_0151-300x223.jpg" alt="Foto de la librería &quot;San Librario&quot;." width="300" height="223" /></a><p class="wp-caption-text">Foto de la librería &quot;San Librario&quot;.</p></div>
<p>En Twitter, en donde suceden muchas cosas muy buenas, puse <a href="http://www.guardian.co.uk/culture/gallery/2012/apr/29/ten-best-first-lines-fiction?CMP=twt_gu">este enlace</a> a una lista que publicó el diario británico The Guardian con los diez mejores comienzos de novela en inglés. Mi querido <a href="http://www.lashistorias.com.mx/">Alberto Chimal</a>, escritor mexicano, también replicó este enlace y propuso que escogiéramos los mejores comienzos de novela, pero de obras escritas originalmente en español. Juntos convocamos a todos nuestros seguidores en Twitter para hacer la selección y el resultado es este que publicamos al mismo tiempo en nuestros respectivos blogs.</p>
<p>Es bueno aclarar, sin embargo, que no hicimos esta lista con mayor pretensión que el ánimo de jugar e invitar a otros a participar del juego y, ¿por qué no?, alentar y picar la curiosidad de todos para que descubran nuevos y maravillosos libros a partir de estos comienzos.</p>
<p>Tanto Alberto como yo les agradecemos a todos los tuiteros que se unieron con sus comentarios y recomendaciones en esta ocurrencia espontánea. Y, a modo de curiosidad, les cuento que los comienzos de novela más citados fueron los de «El túnel», «Cien años de soledad» y «El Quijote de La Mancha».</p>
<p>Y esta es la lista final:</p>
<p><span id="more-513"></span></p>
<p>1.    «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.»  —<em>El Ingenioso Hidalgo don Quijote de La Mancha</em>, Miguel de Cervantes Saavedra.</p>
<p>2.    «Parece que los gitanos y gitanas solamente nacieron en el mundo para ser ladrones» —<em>La Gitanilla</em>, Miguel de Cervantes Saavedra.</p>
<p>3.    «Antes de que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia.» —<em>La Vorágine</em>, José Eustasio Rivera.</p>
<p>4.    «Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo». —<em>Pedro Páramo</em>, Juan Rulfo.</p>
<p>5.    «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.» —<em>Cien años de soledad</em>, Gabriel García Márquez.</p>
<p>6.    «Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados.» —<em>El amor en los tiempos del cólera</em>, Gabriel García Márquez.</p>
<p>7.    «El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo» —<em>Crónica de una muerte anunciada</em>, Gabriel García Márquez.</p>
<p>8.    «Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne.» —<em>El túnel</em>, Ernesto Sabato.</p>
<p>9.    «Un sábado de mayo de 1953, dos años antes de los acontecimientos de Barracas, un muchacho alto y encorvado caminaba por uno de los senderos del parque Lezama.» —<em>Sobre héroes y tumbas</em>, Ernesto Sabato.</p>
<p>10.    «¿Encontraría a la Maga?» —<em>Rayuela</em>, Julio Cortázar.</p>
<p>11.    «La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte.» —<em>La Regenta</em>, Leopoldo Alas “Clarín”.</p>
<p>12.    «Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?» —<em>Conversación en La Catedral</em>, Mario Vargas Llosa.</p>
<p>13.    «Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro.» —<em>La invención de Morel</em>, Adolfo Bioy Casares.</p>
<p>14.    «Sonaba el teléfono y he oído el timbre. He cogido el aparato. No me he enterado bien» —<em>Tiempo de Silencio</em>, Luis Martín Santos.</p>
<p>15.    «Había en las afueras de Medellín un pueblo silencioso y apacible que se llamaba Sabaneta». —<em>La Virgen de los Sicarios</em>, Fernando Vallejo</p>
<p>16.    «Como a Rosario le pegaron un tiro a quemarropa mientras le daban un beso, confundió el dolor del amor con el de la muerte.» —<em>Rosario Tijeras</em>, Jorge Franco.</p>
<p>17.    «Esa noche pasé mucho tiempo despierto. A mi lado, Sara tampoco dormía.» —<em>La luz difícil</em>, Tomás González.</p>
<p>18.    «Tierra ingrata, entre todas espuria y mezquina, jamás volveré a ti»  —<em>Don Julián</em>, Juan Goytisolo.</p>
<p>19.    «De ayer es la historia de hoy, de ayer la malversación» —<em>Albedrío</em>, Daniel Sada.</p>
<p>20.    «—Todo pasó hace un siglo —dijo Oralia Ventura flotando, recordando—. Y hace sólo unos años» —<em>La guerra de Galio</em>, Héctor Aguilar Camín.</p>
<p>21.    «Hace un rato me estaba paseando por el cuarto y se me ocurrió de golpe que lo veía por primera vez.» —<em>El Pozo</em>, Juan Carlos Onetti.</p>
<p>22.    «No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente.» —<em>El Capitán Alatriste</em>, Arturo Pérez-Reverte.</p>
<p>23.    «Mi nombre es Ixca Cienfuegos. Nací y vivo en México, D.F. Esto no es grave.» —<em>La región más transparente</em>, Carlos Fuentes.</p>
<p style="text-align: center"><strong><br />
</strong></p>
<p style="text-align: center"><strong>(<a href="http://twitter.com/albertochimal">@albertochimal</a> &#8211; <a href="http://twitter.com/lauritagarcia">@lauritagarcia</a>)</strong></p>
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		<title>Libros</title>
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		<pubDate>Tue, 01 May 2012 06:03:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Devaneos]]></category>

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		<description><![CDATA[Esto me pasó hace unas semanas: le dije a un tipo que no quería salir con él. Le expliqué que me avergonzaba mucho que gastara su dinero y su tiempo regalándome flores, chocolates (que por motivos de salud me puedo comer) y discos de música romántica (que detesto), porque yo tenía clarísimo que ninguna de [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_504" class="wp-caption aligncenter" style="width: 233px"><a href="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/05/100_0155.JPG"><img class="recurso_post size-medium wp-image-504" src="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/05/100_0155-223x300.jpg" alt="San Librario Libros." width="223" height="300" /></a><p class="wp-caption-text">San Librario Libros.</p></div>
<p>Esto me pasó hace unas semanas: le dije a un tipo que no quería salir con él. Le expliqué que me avergonzaba mucho que gastara su dinero y su tiempo regalándome flores, chocolates (que por motivos de salud me puedo comer) y discos de música romántica (que detesto), porque yo tenía clarísimo que ninguna de esas galanterías le darían algún resultado. Lo que no me imaginé nunca fue la reacción del tipo. Se puso furioso y, como una forma de descargar su frustración, me echó un tremendo discurso. Me dijo todo lo imaginable, pero se puede resumir así: según él, toda la culpa de nuestra relación fallida la tenían los libros. Mis libros. Pero de todo lo que me dijo, lo que más me llamó la atención, tanto por su significado intrínseco como por la rabia con la que lo dijo fue esto —lo cito como más o menos lo recuerdo—: «¡Sigue así, pegada a esos libros! ¡Vas a terminar vieja, solterona, sola, llena de gatos y aplastada por tu propia biblioteca!».</p>
<p>La salida fue dramática, con todo y portazo.</p>
<p><span id="more-503"></span></p>
<p>Por supuesto que lo que él pretendía al decirme lo que me dijo era ofenderme. Por supuesto que no lo consiguió. Pero lo entiendo, porque no es la única persona que se ha esfumado dando portazos y echándole la culpa de todo a mis libros o a mi afición por escribir.</p>
<p>Ya perdí la cuenta de todos los amigos, enemigos, conocidos, novios y compañeros que me han dicho alguna vez que no tengo vida. Que leer no es la vida. Que la vida está «allá afuera». Allá. En otra parte, lejos de mi biblioteca. Lejos de mis libros. Leer —y escribir— han alejado de mí muchas compañías, porque el principal requisito para leer —y escribir— es la soledad, y los solitarios somos objeto de toda sospecha. Lo cierto es que los que han dicho apreciarme y quererme, ni siquiera se han detenido a preguntarme por qué tengo esa afición. Qué circunstancias o qué sentimientos me mueven hacia los libros.</p>
<p>La clave de todo es, precisamente, aquello con lo que me es más difícil lidiar: la soledad. Un día, hace muchísimos años, yo estaba sola, en una casa enorme en la que había de todo y sobre todo había libros. Y yo agarré uno de tantos, sin más pretensión que la curiosidad natural de una niña, lo leí y me gustó. Me gustó manosear sus páginas y olerlas, me gustó su tipografía y las imágenes que lo ilustraban. Me gustó pronunciar el nombre de su autor: Ju-li-o Ver-ne. Y me gustó pronunciar el título del libro: «El legado del Alquimista». Y lo repetía varias veces en el día: «Julio Verne» y «El legado del Alquimista». Busqué la biografía del autor y leí más libros suyos. Y seguí con otros libros de otros autores. Y cuando terminé con la biblioteca de mi casa, pedí más libros a quien quisiera dármelos.</p>
<p>Un día me desperté teniendo gustos y obsesiones propias y sentía que algo en la cabeza me crecía, tal vez era la imaginación, no lo sé. Seguramente todo lo que yo sentí es lo mismo que experimenta el músico cuando toca por primera vez un instrumento, o el pintor cuando tiene contacto con sus pinturas y lienzos. Sí, seguramente no estoy describiendo nada novedoso, pero sí estoy intentando describir un sentimiento honesto: cada vez que recuerdo esa primera vez que leí un libro, me emociono. Hoy, cada vez que toco un libro, me conmuevo.</p>
<p>No todos los libros son buenos, claro. No todos los libros nos dicen algo y a todos no nos llegan de la misma forma los mismos libros. Da lo mismo. Lo que pretendo —y no es nada fácil— es decir que los libros no me han quitado nada, como piensan muchos de los que me conocen. Es difícil explicar, de forma que cualquiera lo entienda, que quedarse en la casa leyendo un libro, echarse en un parque a leer, gastar mis poquitas horas de descanso del trabajo en leer, no es una pérdida sino una ganancia. Es complicado explicar que yo no siento que viva menos porque salga menos y que los libros también son un medio de transporte que a su manera cumplen con llevarnos hacia un destino final pasando por un camino único.</p>
<p>Tengo veintisiete años y he leído tantos libros como he podido en estos años, en esta vida. No lo digo por vanagloriarme de nada. Leer no nos hace ni mejores ni peores, pero sí nos convierte en personas solitarias, un tanto aisladas, necesitadas de más y más libros mientras más y más se lee. Los que leemos con obsesión, con pasión, con gusto, con alegría, sabemos que nos gusta leer porque la vida se suspende por tanto tiempo como dura la lectura y en ese intervalo de tiempo somos otros, vivimos otra vida, una que es posible gracias al que se la inventa, al autor.</p>
<p>A mi no me molestaría llegar a vieja viviendo mis días entre libros. A mi no me molestan los gatos ni las bibliotecas. Me gustan los hombres que leen y que tienen bibliotecas y que se aguantan a las mujeres como yo que leen y que viven entre bibliotecas. Y los libros me gustan, porque me hacen sentir viva. Confío en que no soy la única: el que esté conmigo, que levante la mano.</p>
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		<title>Juan Gabriel Vásquez: el escritor elegante</title>
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		<pubDate>Sun, 15 Jan 2012 23:48:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Entrevistas]]></category>
		<category><![CDATA[el ruido de las cosas al caer]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Publicado originalmente en OtroLunes A principios de Mayo de 2011, poco después de haber ganado el premio Alfaguara de novela, Juan Gabriel Vásquez visitó Santiago de Chile para dictar una conferencia en la Cátedra Bolaño de la Facultad de Comunicación y Letras de la Universidad Diego Portales. Pienso ahora, por ejemplo, que en buena hora [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><a href="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/01/catedra-bolaño.jpg"><img class="recurso_post size-full wp-image-497      aligncenter" src="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2012/01/catedra-bolaño.jpg" alt="catedra bolaño" width="437" height="292" /></a></p>
<p style="text-align: right">
<p style="text-align: right">
<p style="text-align: right"><strong>Publicado originalmente en <a href="http://www.otrolunes.com">OtroLunes</a></strong></p>
<p style="text-align: left"><strong><br />
</strong></p>
<p style="text-align: left">A principios de Mayo de 2011, poco después de haber ganado el premio Alfaguara de novela, Juan Gabriel Vásquez visitó Santiago de Chile para dictar una conferencia en la Cátedra Bolaño de la Facultad de Comunicación y Letras de la Universidad Diego Portales. Pienso ahora, por ejemplo, que en buena hora se me ocurrió grabar su conferencia sobre <em>Hadyi Murad</em>, el relato de Tolstoi, porque en la fila de atrás se sentaron tres muchachas a comentar, entre susurros y risas, los atributos físicos de Juan Gabriel, incluyendo su voz y su acento.</p>
<p style="text-align: left">Un amigo en común nos había presentado a la distancia, por correo electrónico, y luego conversamos muy poco, no más de diez minutos antes de la conferencia y unos cinco después. Intercambiamos datos, además, porque para esa fecha, ya tenía yo en mente este dossier y le pedí una entrevista. Recuerdo ahora que cuando leí –con fascinación– <em>Los Informantes </em>e <em>Historia secreta de Costaguana</em>, me pareció que Juan Gabriel Vásquez tenía un estilo muy elegante. Cuando conversé con él –ese poco tiempo fue suficiente para darme cuenta– me pareció, además, un tipo elegante. Lo que me pasó después me confirmó, además, que es un hombre extraordinario.</p>
<p style="text-align: left"><span id="more-492"></span></p>
<p style="text-align: left">Como por motivos de tiempo no alcanzaba a entrevistarlo en Chile, le pedí que organizáramos el tiempo y habláramos por teléfono. Entre correos que van y que vienen y, sobre todo, entre la infinidad de viajes y compromisos que él mantiene, logramos finalmente fijar una fecha. Lo podía llamar a Colombia, en donde estaría de paso, el día domingo 5 de Junio a las 7 de la tarde. Pero no lo llamé. Por primera vez, en muchos años de entrevistar personajes, dejé plantado a un entrevistado, y para agravar el asunto, ese domingo ni siquiera me acordé de la cita que teníamos. Al día siguiente, por supuesto, apareció en mi buzón virtual un correo suyo preguntándome qué había sucedido, por qué no lo había llamado. Mientras lo leía, sentí que la cara me ardía de la vergüenza. Intenté responderle inmediatamente con una excusa infalible que escondiera la verdadera razón por la que me olvidé por completo de mi compromiso. Ensayé muchas veces algo que no me hiciera sentir tan mal por mentir, pero no fui capaz. Entonces le escribí a Juan Gabriel la verdad: esa semana me había ocurrido una tragedia. Una de esas desgracias que caen como meteoritos y destruyen todo a su paso. Le pedí las disculpas del caso y, creo que por el dolor de lo que estaba viviendo, le di a entender que la entrevista se posponía por tiempo indefinido.</p>
<p style="text-align: left">De vuelta, Juan Gabriel me envió un correo bellísimo que nunca olvidaré. Yo no le respondí nada, ni siquiera le di las gracias. Tal vez esto no me justifica, pero en aquel momento solamente quería suspender toda mi vida por mucho tiempo y eso incluía hasta los compromisos editoriales que mantengo desde hace años. En mi cabeza se quedó clavada una sola idea: esa entrevista ya estaba perdida.</p>
<p style="text-align: left">Varios meses después, en la rutina diaria de revisar el correo temprano en la mañana, me encontré con un nuevo correo de Juan Gabriel. Eran tres líneas: el saludo, el mensaje y la despedida. El saludo y la despedida acostumbrados. El mensaje me dejó impávida: sólo quería saber de mí. Sólo quería saludarme y saber de mí y de cómo llevaba aquella desgracia que le conté en su momento.</p>
<p style="text-align: left">(Sé que con esta historia me estoy saltando alguna de esas reglas insaltables del periodismo. Sinceramente, no me importa. Llevo casi diez años entrevistando personajes, escritores, periodistas, artistas… Entrevistar siempre me ha parecido un arte dentro del periodismo, un arte que trato de dominar, de pulir. Sé que no lo consigo todavía y que tal vez nunca lo consiga, pero la gran compensación de cada entrevista es esa suerte de lotería en la que te puedes sacar un gran premio al final: un amigo nuevo, por ejemplo. A veces, sin embargo, no es un premio lo que uno se lleva sino un tremendo disgusto. Tengo un amigo periodista que teme que lo manden a entrevistar escritores que admira, porque no quiere decepcionarse con esa persona que escribe tan bien pero que a lo peor resulta ser alguien despreciable).</p>
<p style="text-align: left">Se me vino un alud de respuestas posibles a la cabeza. No sabía, no supe, explicarle a Juan Gabriel, exactamente, lo que me parecía su gesto. O, mejor dicho, me devuelve la fe en la humanidad que una persona con la que prácticamente no has intercambiado más de quinientas palabras, se tome la molestia de levantarse un día y escribir aunque sólo sea una línea para preguntarte por una desgracia que te sucedió muchos meses atrás y de la que perfectamente se podía haber olvidado por completo. Seamos honestos: en estos tiempos de indolencia, un gesto así –y viniendo además de un escritor, oficio que muchos ejercen con prepotencia– demuestra, como mínimo, grandeza de espíritu.</p>
<p style="text-align: left">Tengo claro que los caracteres que le gasté a esta historia los debí administrar explicando por qué me gustan las novelas de Juan Gabriel, o recordándole a los lectores que su novela más reciente, <em>El ruido de las cosas al caer</em>, resultó premiada. Pero no lo hice porque preferí hablar de un hombre noble. Para conocer al escritor basta leer sus novelas. O esta entrevista. Si quieren.</p>
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left"><strong>Juan Gabriel, estudiaste Derecho pero nunca lo alcanzaste a ejercer. Tengo entendido que siendo estudiante estabas ya obsesionado con escribir, con cuentos, con historias. ¿En qué momento te diste cuenta de que eso del derecho no cuadraba contigo y de que sólo te sentías cómodo escribiendo?</strong></p>
<p style="text-align: left">Fue a mediados de la carrera. Déjame aclarar algo importante<strong>: </strong>yo había escrito siempre, desde niño (mi primer cuento se publicó en el anuario del colegio cuando yo tenía ocho años), y desde niño entendí el mundo a través de los relatos. Así que la decisión no consistió, como he leído por ahí, en “convertirme en escritor”, sino más bien en aceptar que siempre lo había sido y que tenía que eliminar de mi vida todo lo que estorbara. Y el punto de inflexión llegó, como digo, a mediados de la carrera, y fue con la escritura de un libro de cuentos. De ese libro recuerdo poco<strong>: </strong>que tenía cinco cuentos, que eran absolutamente impublicables<strong>…</strong> y que me hizo darme cuenta de que la literatura era lo único que me interesaba. Era más que un oficio: era una manera de estar en el mundo. Así que reorganicé la vida, por ponerlo en términos poco dramáticos. Dejé la carrera, dejé el país<strong>…</strong> Hubo otros cambios, pero no son tema de esta entrevista. Total<strong>: </strong>me eché al agua. Estaba decidido a ser escritor pasara lo que pasara.</p>
<p style="text-align: left"><strong>Escribiste dos novelas [<em>Persona</em> y <em>Alina Suplicante</em>] de las que prefieres no acordarte, seguramente porque las escribiste siendo muy joven. Aun así, me gustaría saber por qué exactamente quieres que sean olvidadas<em>…</em></strong></p>
<p style="text-align: left">Comencé a escribir <em>Persona</em> con 21 años y la terminé con 23. A esa edad un novelista no sabe nada. Un poeta, puede que sí. Rimbaud, por decir algo, ya lo había escrito todo a los 20. Pero la novela se hace de experiencia y de conocimiento del oficio, y yo algo tenía, pero era demasiado poco. Así que decidí meterlo todo, meter absolutamente todo lo que sabía, de la vida y también del oficio, con el resultado de que el libro, una cosita de 120 páginas, sufre terriblemente. Sin embargo, le tengo cariño. A R.H. Moreno–Durán, un lector exigente que no daba nada gratis, le gustó mucho. Eso lo recuerdo con cariño.</p>
<p style="text-align: left">Con <em>Alina suplicante</em> la cosa es distinta. Es una novela fallida, fallida más allá de toda tentativa de corrección, y yo creo que es porque aposté por lo contrario<strong>:</strong> en lugar de decirlo todo, como en <em>Persona</em>, contar sólo las superficies y jugar el juego de la sugerencia, la lectura entre líneas, la teoría del iceberg. Eso, claro, es muy difícil de hacer bien. Yo quería hacer una novela en que una relación incestuosa entre hermanos fuera, entre muchas otras cosas, metáfora de una clase social que vive aislada, encerrada en sí misma y obsesionada con su propio ombligo (ese elitismo sin redención de nuestra sociedad es una de las razones por las que me fui de Colombia). Y bueno, el pastel se quemó en el horno. Poco antes de publicar la novela yo había comenzado a sentirme insatisfecho con ella. Es una de las sensaciones más desagradables que puede tener un escritor, tanto que llegué a cuestionar muy duramente las decisiones que había tomado con mi vida. Me fui de París, donde vivía una vida de estudiante, y me encerré once meses en casa de unos amigos en Bélgica para decidir cosas. Y decidí. Me fui a Barcelona para empezar de nuevo, entré a trabajar en la revista <em>Lateral</em> y al mismo tiempo comencé a traducir, a hacer informes de lectura para editoriales, etcétera. Y mientras tanto escribí <em>Los amantes de Todos los Santos</em>. (Mis días tenían 28 horas, no me preguntes cómo.) Y la cosa, mal que bien, se enderezó.</p>
<p style="text-align: left"><strong>De <em>Los informantes</em> me llama la atención que la novela se detenga en un momento de la historia de Colombia que prácticamente ni siquiera los libros de Historia abordan. ¿Cómo conseguiste o cómo llegó a ti esa historia de inmigrantes alemanes en Colombia?</strong></p>
<p style="text-align: left">La historia salió de una conversación. En 1999 yo conocí a una mujer extraordinaria con una memoria no menos extraordinaria<strong>:</strong> era alemana, judía, había llegado a Colombia en 1938 y su padre había estado a punto de ser recluido en el campo de concentración para ciudadanos enemigos que el gobierno montó en Fusagasugá. Cuando me contó eso, yo no sabía nada sobre ese momento. De hecho, descubrí que mi ignorancia no era la excepción en Colombia, y éste fue el mayor acicate<strong>: </strong>la mejor razón para escribir es no saber, ¿no? Me pasé los siguientes tres días haciendo preguntas, y esa es la columna vertebral de <em>Los informantes</em>. Pero me tomó tres años más descubrir cómo contar la novela y dos años más ponerla por escrito.</p>
<p style="text-align: left"><strong>Cuando uno lee la biografía de Conrad que escribiste y cuando lee <em>Historia Secreta de Costaguana</em>, entiende que este autor ejerció una fascinación sobre ti. ¿Qué ha hecho a Conrad un autor tan importante para ti como lector y como escritor?</strong></p>
<p style="text-align: left">Las razones por las que un autor se vuelve tan importante para uno son misteriosas y no siempre se pueden analizar, pero lo de Conrad tiene mucho que ver con la sensación de desarraigo que yo siempre he sentido, la sensación de que estoy más cómodo en lugares que no sean los míos. Me siento más cómodo cuando soy extranjero, o “inquilino”, como he dicho en algún artículo. ¿Cómo se puede hacer literatura con una experiencia fragmentaria e incompleta, sin una sensación de pertenencia? Esto me lo enseñó Conrad. También cosas más elementales<strong>:</strong> ¿para qué se leen novelas, para qué se escriben? ¿Qué hacen las novelas? ¿Qué <em>nos</em> hacen?</p>
<p style="text-align: left"><strong>¿Cuándo lees a Conrad te sientes, como Miguel Altamirano, su alma gemela?</strong></p>
<p style="text-align: left">Eso sería una exageración. Más bien siento que su vida incluye varias lecciones para quien quiera aprender, y que además es uno de esos escritores cuyo ejemplo ayuda en momentos de duda o de dificultades.</p>
<p style="text-align: left"><strong>Dijiste que la novela «<em>ilumina lo oscuro</em>» y que «<em>permite hacernos preguntas sofisticadas y entender un poco nuestro tiempo</em>»<em>…</em> Siguiendo esa lógica ¿qué vendrían siendo el cuento y el ensayo?</strong></p>
<p style="text-align: left">En otra parte dije que para mí el ensayo es como un relato policial donde lo que se investiga no es un crimen, sino una idea. El cuento<strong>…</strong> ¿Qué es ese aparato tan raro? Supongamos que sea cierto lo que dice Harold Bloom<strong>: </strong>que los cuentistas modernos vienen de Kafka o de Chéjov. En la familia de Chéjov, ahí donde están Joyce, Hemingway, Cheever, Alice Munro, el cuento se ha dedicado a rescatar de nuestra experiencia un instante que, sin él, se perdería. Hay cosas que vivimos, emociones que sentimos, revelaciones que sufrimos, que son demasiado pequeñas o concentradas para que una novela se ocupe de ellas, y que se perderían si no las contara el cuento. En ese sentido, le debemos mucho.</p>
<p style="text-align: left"><strong>Hace poco dijiste en una entrevista que «el acto de la escritura es un acto de indagación». En tu caso y después de todo este tiempo escribiendo, de novelas, libros de cuentos y ensayos, ¿sobre qué crees que has estado indagando? ¿Qué te interesa aprender o descubrir en el acto mismo de escribir?</strong></p>
<p style="text-align: left">Creo que trato de entender un poco más acerca de nosotros, los seres humanos, y nuestro comportamiento. Eso tiene un lado privado, digamos, y uno público. Entender nuestro pasado colectivo es urgente y necesario e influye mucho más de lo que creemos en nuestra vida presente y privada. Creo también que sigo tratando de entender esto de la literatura. Piglia dice que los escritores escriben para saber qué es la literatura. Yo comienzo a entender a qué se refiere. Llevo 14 años publicando libros y la relación que hay entre los libros y la realidad, entre la imaginación y nuestra experiencia, me sigue pareciendo misteriosa y terriblemente interesante. Yo escribo para descubrir: para descubrir quién soy realmente, para indagar en las zonas de mi conciencia que no puedo confesar, para meterme con mis miedos y con mis deseos y con mis defectos. Pero también para entender más acerca de este mundo que nos tocó y para remediar la sensación de caos que tiene la vida. Para dar orden a la experiencia, mejor dicho.</p>
<p style="text-align: left"><strong>Se ha hablado mucho –y tú mismo lo has admitido– de que <em>El ruido de las cosas al caer</em> es una novela sobre la violencia de Colombia en los años ’80. ¿Crees que de alguna forma la literatura colombiana estará predestinada siempre a hablar sobre la violencia que ha aquejado al país?</strong></p>
<p style="text-align: left">Bueno, predestinada no. Seguirá hablando de la violencia mientras la violencia exista. Los momentos de conflicto siempre han generado novelas<strong>:</strong> las novelas dan forma al caos, permiten entender o por lo menos llegar a buenos términos con la tragedia, la desgracia o la simple ansiedad. Distribuyen el sufrimiento, como me dijo una vez E.L. Doctorow. No hemos terminado de entender nuestra historia de violencia, y mientras eso siga siendo así, seguirán saliendo novelas sobre el tema.</p>
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		<item>
		<title>My name is Laurita. AfroLaurita.</title>
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		<pubDate>Tue, 11 Oct 2011 02:24:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Devaneos]]></category>
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		<description><![CDATA[Publicado originalmente en HojaBlanca.net Hace unos días los medios anunciaron que la ley colombiana antirracismo ya ha sido “elevada al Presidente” para su aprobación. No puedo transcribirla acá completa, pero encontré que, entre otras, sancionará las conductas discriminatorias que tengan lugar en espacio público, establecimiento público o sitio abierto al público, así como también las [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.hojablanca.net/wp-content/uploads/2011/09/negro.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-6133" src="http://www.hojablanca.net/wp-content/uploads/2011/09/negro.jpg" alt="" width="480" height="319" /></a></p>
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<p class="MsoNormal" style="margin-top: 0cm;margin-right: 0cm;margin-bottom: 0pt;margin-left: 0cm;text-align: right"><a href="http://www.hojablanca.net"><strong>Publicado originalmente en HojaBlanca.net</strong></a></p>
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<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">Hace unos días los medios anunciaron que la ley colombiana antirracismo ya ha sido “elevada al Presidente” para su aprobación. No puedo transcribirla acá completa, pero encontré que, entre otras, sancionará las conductas discriminatorias que tengan lugar en espacio público, establecimiento público o sitio abierto al público, así como también las que se lleven a cabo mediante la utilización de medios de comunicación de difusión masiva; la seguida por servidor público o persona en ejercicio de las funciones propias del cargo que ostenta; la que se dé a causa o con ocasión de la prestación de un servicio público; la que se dirija contra niño, niña, adolescente y/o persona de la tercera edad, y la que impida al agredido el uso, goce y disfrute de uno o todos sus derechos fundamentales. </span></p>
<p><span id="more-486"></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Muy bonita la ley, aunque para qué. Con ella tan sólo garantizamos que no haya más discriminación en la fila del banco, o en un bar, pero no que los negros, por poner un ejemplo, dejen de morirse de hambre en el Chocó, uno de los departamentos más golpeados por la miseria. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Realmente no sé desde cuándo, no sé si porque es «El Año de la Afrodescendencia», o debido a la famosa ley, o si ya venía de mucho antes, pero sí sé que todos los medios de comunicación se sincronizaron para no llamar más «negros» a los negros, sino «afrodescendientes», un eufemismo que no sé qué diablos pretende, pero es tan vergonzoso o más que la misma discriminación. Cosas de la humanidad, que va por ahí como una serie de tv presentando un capítulo más absurdo que el otro, y así. Es mejor reír para no llorar. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Pero sea, respetemos la dichosa ley. Respetar las leyes es lo que corresponde, ¿no? Yo, por ejemplo, ya empecé a hacerlo. Partí pidiéndoles a mis amigos colombianos que no me llamen más ni «negra», ni «negrita». Me ofende profundamente eso porque, si bien ese es, más o menos, el color de mi piel (vaya y vea mi foto en la esquina superior derecha de su pantalla), la ley ya me protege de esa humillación que es que lo llamen a uno negro. ¡Horror! A mí, como mucho, permitiré que me llamen «AfroLaurita». Lástima que en Chile aún no se legislen estas cosas porque de hacerlo, emprendería altiro mi campaña acá. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Por respeto, ya sabemos además que de ahora en adelante a Leonor González Mina la debemos llamar «La Afrodescendiente Grande de Colombia». Hace pocos días, via Twitter, la periodista paisa Ana Cristina Restrepo me dijo que ella a su hijo lo llamaba «mi negro», que cuánto sería la multa a pagar por eso. Yo le digo ahora, Ana Cristina, que sea más consciente, que no se trata sólo de multas, la plata es lo de menos, lo que importa acá es que pueden suceder dos cosas graves: o traumatizará a su hijo, o bien él, por reflejo, puede repetir actos racistas y discriminatorios contra otros e ir llamándolos «negros» por ahí. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO">¡Ah! Cómo lamento que esta ley no hubiese existido hace 20 años, cuando recién me escolarizaron. Tenía seis tiernos años y en la ciudad había un prestigioso colegio de religiosas regentado por una monja más conocida como «La Madre Superiora», de cuyo nombre no me acuerdo, no porque no quiera, sino porque de verdad no me acuerdo, créanme. El caso es que era muy muy difícil entrar a ese colegio y La Madre Superiora, para variar, tenía bien ganada fama de racista, y corría la voz por la ciudad (bueno, pueblo con cara de ciudad) de que no admitía en su colegio a «niñas de color». Y los diarios y revistas de la época publicaron las muchas protestas que hicieron los padres de todas las «niñas de color» porque La Madre Superiora dizque sacaba excusas para no admitirlas. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Yo me salvé porque mi abuela era ex alumna del colegio y conocía a La Madre Superiora y entonces logró con mucha facilidad que me diera un cupo. Si hubiera existido esta ley salvadora en su momento, probablemente yo no sería la única «afrodescendiente» que aparece en las fotos de mi curso, es verdad. Nadie nunca me habría dicho «negra» sin pagar por ello su merecido castigo, y no lo habrían intentado siquiera, si lo pienso bien, porque mis compañeritas, retoños de unos padres amorosos que les daban buena educación en sus casas, habrían preferido decirme, por ejemplo, que intentara un baño de cloro para que quedara blanca, como Fulanita, que era blanquísima, y linda. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Sí, bueno, está ese minúsculo pormenor de que las leyes no educan… pero es eso: sólo un pormenor desdeñable. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Nos hacía falta esta ley, todo hay que decirlo. Me siento orgullosa de la gente que legisla en Colombia, porque el país no puede permitir que su población «afrodescendiente» sea tratada de «negra». Lo mejor es que nos digamos cosas políticamente correctas que pueden encubrir perfectamente que a la hora de los hechos somos todos unos verdaderos hijos de puta. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> La ley antirracismo, aunque muchos no lo noten en la euforia del «todos somos iguales», no es más que la pirueta políticamente correcta de quienes la implementan. En Colombia, reza que no se discriminará a nadie por causa de su raza, religión, credo político, sexo o nacionalidad. Pero eso no es otra cosa que una trampa de discriminación mayor. Es decirle al musulmán, al negro, al indígena, al chino, por poner unos pocos ejemplos: «Vea, usted es musulmán, negro, indígena, chino en Colombia. Es otro. Es diferente. Es una rara avis. Y como es otro, es diferente, pues pobrecito, qué pesar, vamos a obligar a los demás, caucásicos esplendorosos en su mayoría, a que lo traten como si no fuera ese ser extraño, raro, distinto.» </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Ya que en este país habituado por mera comodidad a la corrupción, la violencia y la injusticia, todo se soluciona con eufemismos, vueltas de tuerca y giros lingüísticos estrafalarios. Pero ¡bienvenida sea esta ley! Desde ahora me siento un poco mejor y más tranquila porque al menos en Colombia ya no tengo que tragarme la humillación de explicar que uno de mis oficios recurrentes es el de una triste, vulgar y corriente «negra literaria». No. Desde ahora soy, orgullosamente, una «afrodescendiente literaria». Así es que cuídense mucho los foristas de lo que me vayan a poner a partir de ahora en sus comentarios, porque ya saben… El que avisa, amigo es. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CO"> Y puesto que volvió a salir la literatura, algo que sucede casi siempre en este blog, me pregunto: si fuese colombiano y no haitiano ¿seguiría Dany Laferrière titulando hoy en día su novela Cómo hacer el amor con un negro sin fatigarse? </span></p>
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