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	<title>El último pasillo &#187; Crónicas rodantes</title>
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		<title>Crónicas rodantes: políticos y políticas</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Feb 2010 19:34:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crónicas rodantes]]></category>
		<category><![CDATA[chile]]></category>
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		<category><![CDATA[política]]></category>
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Dos veces he sostenido peleas sobre ruedas. Una fue en Buenos Aires y la otra fue en Santiago, hace poco. Las dos veces ha sido por política. No porque yo quiera discutir de política, sino porque mi interlocutor (¿contrincante?) se niega a que yo no quiera discutirla.
En Buenos Aires sucedió en el tren, un día [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><img class="recurso_post size-full wp-image-263 alignnone" src="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2010/02/The_Politician_by_Terrauh.jpg" alt="The_Politician_by_Terrauh" width="163" height="269" /></p>
<p style="text-align: center">
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">Dos veces he sostenido peleas sobre ruedas. Una fue en Buenos Aires y la otra fue en Santiago, hace poco. Las dos veces ha sido por política. No porque yo quiera discutir de política, sino porque mi interlocutor (¿contrincante?) se niega a que yo no quiera discutirla.</p>
<p style="text-align: left"><span id="more-262"></span>En Buenos Aires sucedió en el tren, un día al término de clases. Cuando me daba la ventolera, simplemente agarraba el tren y me iba hasta la última estación y luego me devolvía. El río de La Plata a través de la ventanilla y el bullicio de los <em>ches</em> me ayudaban mucho antes de ponerme a estudiar hasta las barbas de Mijaíl Bajtín. El día aquel de la pelea un amigo colombiano que había conocido a comienzo de año en la facultad me acompañó. Todo iba muy bien y el paseo parecía ser tranquilo, hasta que a él, futuro abogado, se le dio por catequizarme sobre política colombiana desde el punto de vista de un ‘simpatizante de las Farc’ -?-.</p>
<p style="text-align: left">Y a mí no es que me preocupara recibir un poco de cátedra sobre política colombiana, lo que me preocupó fue esa ‘simpatía por las Farc’. Pero bueno, respeto ante todo, eso por lo menos le enseñan a uno en la casa y en el colegio: a tolerar hasta lo intolerable. Sin embargo, cuando mi (ex)amigo me empezó a exigir que le diera mi opinión sobre Uribe &amp; Co., yo le dije lo mismo que le digo a todos los que me preguntan por mi partido político, intención de voto, o caudillo… perdón, perdón, político de predilección: mi único partido político es la literatura.</p>
<p style="text-align: left">Mi amigo se puso iracundo. Me acusó de muchas cosas terribles, incluso de desear el peor futuro para mi país. Aterrada, intenté reconocerle – pero sin ser escuchada – que tal vez no era correcto ser cobarde o perezoso y no tomar un bando determinado, pero, si le servía mi explicación, aunque fuera por romántica, yo me había distraído mucho, en lo que llevo de vida, leyendo; me la pasé en esas y no sé en qué minuto se escurrieron por un ladito el interés político, el compromiso, la boina del Che, el bigote de Galán y el puño en alto de Gaitán. Aunque sí estaba segura de haber leído, con mucho deleite, sobre política y políticos. Y le dije, en un intento de salvarme de sus golpes de ira política, que <em>Cóndores no entierran todos los días</em> del tulueño Gustavo Álvarez Gardeazábal es una novela de tema político que me parece maravillosa.</p>
<p style="text-align: left">Pero no. Llegando a la estación Vicente López mi amigo estaba furibundo conmigo, no entendía mis razones, torpes y atropelladas, y se había empeñado en hacer de mí una digna analista de la política colombiana y hasta mundial. Nuevamente, y de nuevo intentando zafar de algo tan engorroso, yo le expliqué a mi amigo que por esas cosas de la vida yo no vivía en Colombia desde los 17 años. Cuando salí, Uribe no llevaba ni un año de gobierno, no alcancé a saber si era bueno o malo porque lo que sé de él, lo sé por los diarios que puedo leer en internet, por lo que me cuentan los amigos que viven en Colombia y por lo que curioseo aquí y allá. Y porque, al fin y al cabo, a los 17 años uno está más interesado en la actualidad personal que en la política.</p>
<p style="text-align: left">Para cuando el tren ancló en la estación Retiro, ya de regreso a Capital Federal, mi amigo ya no era mi amigo. Estaba totalmente decepcionado de mí. Yo no era ni mucho menos la chica ideal para un paseo en tren: no sabía de Uribe, no quería a las Farc, y más encima (¡más encima, por dios!), tenía el descaro de filtrar la política a través de la odiosa literatura (y yo pensaba que era al revés, que la odiosa era la política).</p>
<p style="text-align: left">Nunca más me volvió a hablar. Perdí a un amigo (si se puede llamar amigo), porque yo no manifesté intenciones político-militantes serias.</p>
<p style="text-align: left">Hace poco menos de un mes en El último pasillo del mundo (más conocido como Chile en el mapa político mundial) eligieron presidente. Ganó Sebastián Piñera, líder de derecha, político de oposición durante los más de veinte años de gobierno de ‘centro izquierda’.</p>
<p style="text-align: left">Por esos días del triunfo legítimo de Piñera me llovieron correos, se abrieron las ventanas del chat de casi todos mis contactos y una fiebre de interés por el pasillo en el que vivo se apoderó de amigos y conocidos. Y yo no es que tenga el millón de amigos que ansiaba Roberto Carlos en su famosa canción, pero poquitos no son y todos querían lo mismo que mi amigo colombiano en Buenos Aires. Todos me pedían lo mismo con insistencia; era como un clamor quedito, pero, por supuesto, perceptible: ‘Laura, decídete pues: ¿izquierda o derecha? ¿amor u odio? ¿lápiz grafito o lápiz pasta? ¿Uribe o Chávez? ¿Frei o Piñera? ¿Blanco o negro? ¿o amarillo o verde o azul? ¿América o Nacional? ¿Guerra o paz? ¿De chocolate o de frutilla?’</p>
<p style="text-align: left">Y si uno responde que nada, que prefiere no hablar de eso, que gracias, pero no, gracias, entonces se viene el alud… Y debí soportar unas peroratas similares a la del amigo colombiano.</p>
<p style="text-align: left">Así, con la elección de Piñera y mi poca paciencia respecto a temas políticos, me subí hace unos días al metro discutiendo con un amigo periodista y tuve mi segunda pelea sobre ruedas. Él odia a muerte a Piñera y quería contagiarme su odio, demostrarme – pero no muy científicamente que digamos – que ‘ese hombre’ sería ‘nefasto’ para Chile. Y yo intenté excusarme por no compartir su odio exacerbado contra Piñera. Hasta quise bromear un poco y le dije que para mí la opinión política pertenecía al plano de lo privado, como el sexo. Pero él quería, a toda costa, hacerme tirar de algún carro. Y a mí no me gusta, hasta puede ser que me de pereza ponerme a pensar de qué carro voy a tirar… Pero nada. Otro amigo menos. Una lástima.</p>
<p style="text-align: left">Yo admiro a quienes pueden explayarse sobre políticos y políticas con tanta propiedad. El 90% de las columnas de los más importantes periodistas de Colombia, por ejemplo, sea cual sea el diario para el que escriben, manifiestan una posición crítica sobre el gobierno y sus medidas, acciones y omisiones cada semana, y eso se justifica porque este país se mantiene patas para arriba todos los días. Y yo los leo con muchísimo gusto y muchísima atención, porque quiero, como muchos tantos, entender el país en que nací y que abandoné siendo muy joven. Y me esfuerzo también, por supuesto, en entender el país que me adopta.</p>
<p style="text-align: left">El problema es que – y espero mis dos amigos perdidos me lean y me entiendan esta vez – en la asignatura ‘Política’, yo soy una alumna de esas que se distraen con el vuelo de una mosca, o, más honestamente, con la primera línea de un libro … Y por ahí me voy hasta que se me olvida de qué señor, y de cuál de sus chascarros… perdón, perdón, medidas políticas, me hablaban.</p>
<p style="text-align: left">Pero hago el intento, en serio, aunque para mí todo es absurdo en la política, yo me esfuerzo, y me esfuerzo mucho en saber qué fusil agarrar, para qué trinchera irme. Porque uno no puede vivir en esta vida sin una trinchera clara, no, qué tal, uno no puede andar excusándose en que sólo quiera por trinchera la literatura. No, no, no.</p>
<p style="text-align: left">Y por eso yo me ‘pongo las pilas’, aunque hay cosas en la política que son tan incomprensibles (una dictadura sangrienta o una disfrazada de democracia), tan absurdas (un reforma de salud que prácticamente prohíbe a los enfermos sentirse mal), tan despreciables (dinero público en los bolsillos de privados), tan abominables (falsos positivos), tan ridículas (caudillos buenos para la lora), que uno a veces tiene que ayudarse, en el afán de entender, de una buena copa de literatura… Bah… para qué me voy a andar con cosas, no tengo por qué mentirles, no una… dos, tres, cuatro copas, la botella (¿biblioteca?) entera.</p>
<p style="text-align: left">Bueno, ya que estamos, quiero confesarles la verdad-verdadera y para ello (¡qué terquedad, caray!), me voy a valer del libro <em>Fuga sin fin</em>, del escritor austriaco Joseph Roth: al protagonista de esta novela, Franz Tunda, su hermano le dice lo siguiente: «<em>no creas (…) la actividad política es nociva para el arte</em>». Y yo sé que es una obra de ficción, pero por si las moscas, y como prefiero mil veces dedicarme al arte, no quiero averiguar si esa frase esconde una gran verdad.</p>
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">&#8212;</p>
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left"><strong>Toda la serie de las crónicas rodantes:</strong></p>
<p style="text-align: left"><strong><a title="Permanent Link to Crónicas Rodantes: El hijo bastardo del Transmilenio" rel="bookmark" href="../2009/12/cronicas-rodantes-el-hijo-bastardo-del-transmilenio/">[1]El hijo bastardo del Transmilenio</a></strong></p>
<p style="text-align: left"><strong><a title="Permanent Link to Crónicas rodantes: tragedia amorosa" rel="bookmark" href="../2009/12/cronicas-rodantes-tragedia-amorosa/">[2]Tragedia amorosa</a></strong></p>
<p style="text-align: left"><strong><a title="Permanent Link to Crónicas rodantes: un santo patrono" rel="bookmark" href="../2010/01/cronicas-rodantes-un-santo-patrono/">[3]Un santo patrono</a></strong></p>
<p style="text-align: left"><strong><a title="Permanent Link to Crónicas rodantes: políticos y políticas" rel="bookmark" href="../2010/02/cronicas-rodantes-politicos-y-politicas/">[4]Políticos y políticas</a></strong></p>
<p style="text-align: left">
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		<title>Crónicas rodantes: un santo patrono</title>
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		<pubDate>Sun, 24 Jan 2010 06:51:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crónicas rodantes]]></category>
		<category><![CDATA[alvaro castillo]]></category>
		<category><![CDATA[arnoldo palacios]]></category>
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Hace casi diez años, cuando aún estaba en el colegio, tuve una manifestación divina en mi vida. Se me apareció un santo que desde entonces es mi santo patrono y se llama San Librario. Sí, tal vez están pensando que estoy loca y que este santo no figura en el santoral católico. Y es verdad, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><img class="alignnone" src="http://www.sanlibrario.com/wp-content/uploads/2009/06/libreria.jpg" alt="" width="300" height="208" /></p>
<p style="text-align: center">
<p style="text-align: left">
<p>Hace casi diez años, cuando aún estaba en el colegio, tuve una manifestación divina en mi vida. Se me apareció un santo que desde entonces es mi santo patrono y se llama San Librario. Sí, tal vez están pensando que estoy loca y que este santo no figura en el santoral católico. Y es verdad, no figura, porque San Librario es una librería que está en Bogotá. Yo no la conozco. Tengo una foto que me mandó su dueño, Álvaro Castillo Granada, hace años ya. Y creo que tengo por ahí un separador, que, manteniendo la lógica católica, debería oficiar como estampita.<br />
<span id="more-252"></span><br />
<a href="http://www.sanlibrario.com">San Librario</a> es una referencia casi obligada para los fetichistas de libros y los lectores apasionados y <a href="http://blog.latercera.com/blog/lgarcia/entry/de_cuando_pablo_neruda_plagi%C3%B3">Álvaro Castillo</a>, su fundador, es un personaje entrañable: un lector furibundo; un librero apasionado por su oficio; uno de los amigos que más quiero en la vida, porque ambos compartimos ese gusto solitario que es la lectura; porque en sus viajes a Chile, que han sido como tres, hemos vivido aventuras simpatiquísimas cazando libros que son joyas (primeras ediciones, libros firmados por sus reconocidos autores, etc) pero sobre todo, porque gracias a Álvaro descubrí una Colombia literaria que, estando en la lejanía, no habría podido encontrar sin su ayuda y sin su generosidad y sin la generosidad del santo patrono, como no, quien oficia de milagroso en este caso.</p>
<p>Porque además de librería, San Librario también es, desde hace unos años, una editorial independiente que publica poesía, cuento, ensayo y recopilaciones periodísticas de importantes autores colombianos, en unas ediciones delgaditas, como cuadernillos, preciosas, limpias. Perfectas para leer en el metro, por ejemplo. Perfectas para pasarse de estaciones o de paraderos. Ya perdí la cuenta de todas las veces que me he pasado de estación luego de que Álvaro me entrega alguna novedad, o bien me la hace llegar. Normalmente hago lo que no se debe hacer: me siento en el suelo del vagón y me embeleso de tal forma que sólo viene a sacarme del trance el parlante chillón advirtiendo que es la última estación y debo obligatoriamente “descender del tren”. Y eso siempre me pasa con un San Libario.</p>
<p>Ahora bien, desde hacía más o menos dos años esto no me pasaba, hasta hace un par de semanas. Álvaro me había anunciado, como casi siempre lo hace, que San Librario publicaría un libro titulado Cuando yo empezaba, con recopilaciones de textos del periodista chocoano Arnoldo Palacios. Confieso que yo no tenía ni idea de quien era Arnoldo Palacios, no lo había leído nunca y por lo mismo ataqué de inmediato el libro que el mismo Álvaro me hizo llegar, y me gustó muchísimo.</p>
<p>Una vez más el santo patrono me acompañaba en mis rodantes caminos. Lo malo es que me distraje de tal modo que olvidé que, además de bajarme en la estación Universidad de Chile para pagar allí unas cuentas, debía salir y caminar por una calle que se llama Ahumada y buscar a un amigo que debía entregarme de forma urgente unos documentos muy delicados para mi jefe. Pero no. Yo fui, pagué como robot las cuentas, me devolví en la dirección contraria, me senté en el suelo del vagón, y le dediqué mis ojos y atención al pequeño misal que me ofrecía el santo patrono y me olvidé de todo.</p>
<p>Lo que pasó después fue desastroso, claro. Me llegaron lluvias de regaños por despistada. Mi amigo me preguntaba furibundo por todos mis olvidos: por el celular que nunca contesté porque no lo llevaba conmigo, por el compromiso que teníamos, por las horas pactadas que no cumplí y provocaron un problema afortunadamente solucionable. Yo no sabía qué responderle y si le contestaba que un libro era el culpable su furia se redoblaría. Callé.<br />
Cuando pasó el huracán que yo misma había desatado ya era hora de volver a casa, y con el culpable de mis despistes entre mis manos, me subí al bus, me senté en la última fila y, por supuesto, terminé de leerlo en otro barrio que no era precisamente el de mi casa.</p>
<p>Otra vez de vuelta. Otra parada. Otro bus. Esta vez ya no debo pasarme, ya leí el libro, pero durante el trayecto me vengo pensando en que las tantísimas veces que me he distraído en buses y metro ha sido por causa de los ‘sanlibrarios’. Aunque tampoco importa mucho esa coincidencia mientras me pueda seguir encomendando por muchos años más a mi santo pagano para recibir el milagro del descubrimiento alegre de un nuevo autor colombiano.</p>
<p>——————<br />
A todos los que me escribieron y preguntaron por mi falta de actualización les pido me disculpen: a veces el tiempo se porta cruel y despidado. Y también les agradezco por sus cartas y comentarios.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Crónicas rodantes: tragedia amorosa</title>
		<link>http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2009/12/cronicas-rodantes-tragedia-amorosa/</link>
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		<pubDate>Mon, 28 Dec 2009 11:41:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crónicas rodantes]]></category>
		<category><![CDATA[aborto]]></category>
		<category><![CDATA[bus]]></category>
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Cuando uno toma determinado recorrido de micro, a la misma hora siempre y todos los días sin falta de lunes a sábado, es inevitable tropezarse con ciertas personas que por una u otra razón coinciden en horarios con uno. La costumbre instaura tácitamente una familiaridad entre el que sube y el que ya está arriba: [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><img class="recurso_post size-full wp-image-246 alignnone" src="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2009/12/On_The_Bus_by_nonentity_sam.jpg" alt="On_The_Bus_by_nonentity_sam" width="250" height="188" /></p>
<p style="text-align: center">
<p>Cuando uno toma determinado recorrido de micro, a la misma hora siempre y todos los días sin falta de lunes a sábado, es inevitable tropezarse con ciertas personas que por una u otra razón coinciden en horarios con uno. La costumbre instaura tácitamente una familiaridad entre el que sube y el que ya está arriba: una mirada de saludo, un “hola” tímido, o simplemente una sonrisa. A fuerza de tomar todos los días, y no solamente para ir a mi casa, el recorrido 104, terminé haciéndome “amiga” de una chica que se sube en la parada de la Universidad de Chile, a dos cuadras de donde yo me subo.</p>
<p><span id="more-245"></span>En principio solamente intercambiábamos miradas, pero después de unas semanas nos sentábamos juntas y charlábamos de tonteras hasta que yo me bajaba, mucho antes que ella. Era una chica habladora y alegre: me contó que estudiaba, que tenía un novio a quien quería mucho, que era feliz porque podía estudiar lo que deseaba; y no paraba de hablarme de “su flaco”, es decir, su novio, una y otra y otra vez. Era una muchacha común y corriente, feliz y dicharachera.</p>
<p>Un día no se subió sola: la acompañaba un tipo alto y flaquísimo con pinta roquera: pantalones de jean desgastados, polera de Metallica y pelo largo. Ella me lo presentó entusiasmada, me dijo que ese era su novio de quien tanto me había hablado y nos fuimos conversando hasta mi parada, como siempre. Durante algunas semanas subió con él. A veces él llevaba su guitarra al hombro y si la micro estaba despejada (generalmente lo está esa hora) comenzaba a cantarle a ella.</p>
<p>Parecían felices, hasta que un día se subieron enojados. Ella, como de costumbre, me buscó con la mirada primero, me localizó en el mismo lugar de siempre, se sentó bruscamente a mi lado y no lo determinó a él. Se veía furiosa. Me saludó y comenzó a charlar conmigo y lo ignoraba por completo a él. El flaco le suplicaba que “no lo hiciera”, pero ella continuaba ignorándolo. Él se cansó de rogar, o al menos eso me pareció a mí, porque se bajó muy luego, a tan sólo dos paradas de donde se habían subido.</p>
<p>Por un rato estuvimos en silencio; un silencio incómodo, por cierto, hasta que mi amiga de recorrido me preguntó, a quemarropa, qué pensaba yo del aborto. Intenté responderle algo, pero ella estaba ya sumida en sus argumentos y probablemente la pregunta, más que a mí, iba dirigida a ella misma. Con rabia, me enumeró una a una las razones por las que ella tenía derecho a practicarse un aborto. Me repitió cada vez que pudo que la mujer es la única dueña de su cuerpo. Recordó con odio a la mamá de todos y cada uno de los “señores de leyes” (así los llamó), ministros y cuanto hombre de poder se le vino a la cabeza, que entorpecían el camino de la legalización del aborto y obligaban a las chicas a buscar lugares poco confiables y clandestinos. Y después lloró, pero me aclaró entre cada sollozo que su llanto era de impotencia. Antes de bajarme, le di un abrazo y le deseé suerte.</p>
<p>Después de lo sucedido pasaron muchos meses sin verla. Yo la echaba de menos y sentía pena al pensar en todas las cosas malas que le habían podido suceder. También me sentí negligente: habíamos reducido nuestra amistad al mero trayecto, a unas cuantas paradas y por lo tanto no intercambiamos nunca teléfonos ni correos electrónicos, pero tarde me di cuenta de eso. Muchas veces estuve atenta por si aparecía su novio, pero tampoco. De él ni rastro.</p>
<p>Hace un par de meses se aprobó en Chile el proyecto de ley que permite la distribución de la famosa – y polémica – “píldora del día después” que tiene de cabeza a los sectores más conservadores de la sociedad – no sólo la chilena –. Y por esas mismas semanas de la polémica apareció de nuevo mi amiga en la micro. Nos dimos un abrazo. La atiborré con preguntas que ella respondió pacientemente. “Esto fue sólo una tragedia amorosa”, me dijo, “porque ¿al final todos tenemos que vivir siempre una tragedia amorosa, no?”, y puso énfasis en ese “tenemos”. Hice amague de contestarle pero ella me señaló con aspavientos uno de los titulares del diario que iba leyendo un señor. “Mira: aprobaron por fin la píldora de emergencia&#8230; Algo es algo”.</p>
<p>Nos despedimos felices de habernos reencontrado. Y mientras el bus se alejaba y yo caminaba hacia mi casa, pensaba que mi amiga de trayecto tenía mucha razón: algo es algo.</p>
<p><strong><br />
</strong></p>
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left"><strong>Serie &#8220;Crónicas rodantes&#8221;</strong></p>
<p><a href="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/2009/12/cronicas-rodantes-el-hijo-bastardo-del-transmilenio/"><strong>(1) Crónicas Rodantes: El hijo bastardo del Transmilenio</strong></a></p>
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		<title>Crónicas Rodantes: El hijo bastardo del Transmilenio</title>
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		<pubDate>Wed, 23 Dec 2009 02:20:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laurgar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crónicas rodantes]]></category>
		<category><![CDATA[transantiago]]></category>
		<category><![CDATA[transmilenio]]></category>
		<category><![CDATA[transporte público]]></category>

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Bueno, bienvenidos a esta, su serie de las crónicas rodantes. Los que no tenemos auto y que, supongo, somos la mayoría, tenemos que movernos en esas moles que toman nombres diversos en Latinoamérica: peceras en México, guaguas en Cuba, buses y busetas en Colombia, micros en Chile, colectivos en Argentina, y así. Además de los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><img class="recurso_post size-full wp-image-233    aligncenter" src="http://blogs.elespectador.com/lauragarcia/files/2009/12/transantiago.jpg" alt="transantiago" width="279" height="279" /></p>
<p style="text-align: left">Bueno, bienvenidos a esta, su serie de las crónicas rodantes. Los que no tenemos auto y que, supongo, somos la mayoría, tenemos que movernos en esas moles que toman nombres diversos en Latinoamérica: peceras en México, guaguas en Cuba, buses y busetas en Colombia, micros en Chile, colectivos en Argentina, y así. Además de los hacinamientos que se producen en las horas punta, codazos, manotazos, toqueteos y malos olores, el transporte público tiene otras caras: las caras de quienes lo usan.</p>
<p style="text-align: left"><span id="more-232"></span></p>
<p style="text-align: left">A mí me gusta observar esas caras. Claro, lo hago discretamente para que mis observados no se den cuenta, de lo contrario van a pensar que soy una voyeur -mejor dicho<strong>: </strong>una voyeuse- loca o una entrometida. Me gustan las cosas que pasan, no, mejor dicho: me gustan las cosas que les pasan a los usuarios del transporte público mientras las moles ruedan por la ciudad y confieso que me aburre cuando tengo que ir en auto (o carro, como se dice en Colombia).</p>
<p style="text-align: left">Debo aclarar, eso sí, que mi sentido del transporte cambió muchísimo cuando a Santiago llegó algo que yo suelo denominar “hijo bastardo del Transmilenio”, es decir, el “Transantiago”. Cuando salí de Colombia el Transmilenio ya existía y vagamente recuerdo que era aún incipiente su implementación en Bogotá.</p>
<p style="text-align: left">En Chile, durante el gobierno de Ricardo Lagos Escobar, se puso en marcha el proyecto del Transantiago, inspirado completamente en el Transmilenio: para los santiaguinos este sería un sistema revolucionario que mejoraría muchísimo la calidad del transporte público de la capital. O al menos esos eran los optimistas cálculos.</p>
<p style="text-align: left">Cuando don Ricardo se fue, la presidenta Michelle Bachelet recibió el proyecto y sólo quedaba ponerlo en marcha y fue así como el 10 de Febrero de 2007 se concretó la salida a las calles de los famosos buses orugados, que serían los troncales, más los buses pequeños que serían las conexiones.</p>
<p style="text-align: left">Resultado: el caos. La ciudad no estaba preparada para ese nuevo sistema de transporte. Los antiguos buses y recorridos fueron completamente cambiados y de un día para otro los peatones nos vimos obligados a modificar drásticamente nuestras rutas y de tomar una sola micro para recorrer distancias grandes, terminamos tomando dos, tres y hasta cuatro. El metro colapsó porque todos nos volcamos a su uso. Si ya antes le sacábamos provecho a la conveniente forma de transporte de topos, con el Transantiago abusamos y el metro debió modificar también sus rutinas, tramos y horarios, pero aún así las personas no aguantaban el tremendo sofoco que producía el limitado espacio: hubo desmayos y accidentes por montones.</p>
<p style="text-align: left">Durante las primeras semanas todo fue caos y congestión. No valió nada, ni siquiera que con un año de anticipación todos los medios de comunicación vomitaran una especie de informativo que preparaba a todos los santiaguinos para el uso del Transantiago; se trataba de un comercial en el que, con amabilidad y alegría, el jugador de fútbol Iván “Bam-Bam” Zamorano nos ofrecía a todos un sistema cómodo, seguro, amigable, etc. Al final hasta él recibió su dosis de furia colectiva, porque además del caos, el Transantiago trajo eso precisamente: furia, rabia, ira. Los santiaguinos sentían impotencia. Yo también y mucha.</p>
<p style="text-align: left">Es que el antiguo sistema de transporte era, al menos para mí, perfecto. Claro, las micros eran unas enormes latas viejas pintadas de amarillo que traqueteaban como licuadoras moliendo hielo durante todo el trayecto y cuando atravesaban calles de adoquín pues uno sentía que el hígado se le iba a salir por la boca. Pero aún así, yo podía recorrer en un solo viaje el mismo trayecto que ahora debo hacer tomando dos o tres micros. Un poco insensato, pero al menos puedo compensarlo de otra forma.</p>
<p style="text-align: left">Me explico: antes, cuando las micros eran esos armatostes, yo podía tomar un asiento del final, generalmente al lado de la ventanilla y me iba hacia el trabajo (como una hora de viaje desde mi casa en ese entonces) absorta mirando las calles. Edificios, edificios, edificios, restaurante, casa vieja, edificios, edificios, edificios, comisaría, carabinero controlando autos, perros jugando, edificios, edificios, edificios. Ese mismo “sonsonete” visual todos los días terminaba por aburrirme y aprendí a dominar la técnica del dormitar perfecto, es decir, me dormía apenas recostaba mi cabeza en el asiento y me despertaba justo unos metros antes de mi destino.</p>
<p style="text-align: left">Con la llegada del Transantiago se acabaron los asientos libres, aunque fuesen al final del bus, y llegaron entonces las historias dentro del mismo bus. No sé si lo he visto todo, pero al menos sí creo haberlo visto casi todo. Desde lo más tierno, hasta lo más repulsivo. Cosas bobas y cosas importantes.</p>
<p style="text-align: left">Hace un tiempo leí una especie de “ensayo-ficción” que se titula <strong><a href="http://www.lashistorias.com.mx/index.php/alberto-chimal/la-ciudad-imaginada-ensayo/"><em>La ciudad imaginada</em></a></strong> de un escritor mexicano que me encanta y que se llama <strong><a href="http://www.lashistorias.com.mx/index.php/alberto-chimal/">Alberto Chimal</a></strong>. En ese texto, Alberto se refiere a la masa, a la gente, como “la carne de la ciudad” y de hecho la reivindica. Devuelve su protagonismo a las personas, y digo “devuelve”, porque cuando hablamos de la ciudad nos referimos a todos sus edificios, avenidas, construcciones, puentes, vehículos, a todas esas particularidades físicas que por gigantes y también necesarias, nos esconden a nosotros, a los que poblamos la ciudad, a los que le damos vida. Pues bien, le pido prestada a Alberto esa definición para decir que “la carne de la ciudad”, cuando se pone en movimiento, simula el fluir de la sangre que es una forma de simular la vida misma.</p>
<p style="text-align: left">Bueno y también “la carne de la ciudad” suele representar sobre el transporte público sus tragedias amorosas, pero eso ya se los contaré en la siguiente crónica de esta serie.</p>
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<p style="text-align: left"><strong>Posdata: Por si no lo han visto, al costado derecho de este artículo se encuentra un enlace a la serie anterior “Gajes del inmigrante”, en donde encontrarán los enlaces a todos los artículos. Me siguen llegando muchos correos electrónicos de colombianos en el mundo que me cuentan sus gajes y que me preguntan si no seguiré publicando más testimonios. Además de agradecerles con estas palabras, también lo haré publicando cada cierto tiempo una selección de esos gajes; ya saben que me los pueden hacer llegar a <a href="mailto:laurgar@gmail.com">laurgar@gmail.com</a></strong></p>
<p style="text-align: left"><span style="color: #000080"><strong>Y, por supuesto, les deseo a todos los lectores unas felices fiestas desde El último pasillo del mundo.</strong></span></p>
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