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Dos veces he sostenido peleas sobre ruedas. Una fue en Buenos Aires y la otra fue en Santiago, hace poco. Las dos veces ha sido por política. No porque yo quiera discutir de política, sino porque mi interlocutor (¿contrincante?) se niega a que yo no quiera discutirla.
En Buenos Aires sucedió en el tren, un día al término de clases. Cuando me daba la ventolera, simplemente agarraba el tren y me iba hasta la última estación y luego me devolvía. El río de La Plata a través de la ventanilla y el bullicio de los ches me ayudaban mucho antes de ponerme a estudiar hasta las barbas de Mijaíl Bajtín. El día aquel de la pelea un amigo colombiano que había conocido a comienzo de año en la facultad me acompañó. Todo iba muy bien y el paseo parecía ser tranquilo, hasta que a él, futuro abogado, se le dio por catequizarme sobre política colombiana desde el punto de vista de un ‘simpatizante de las Farc’ -?-.
Y a mí no es que me preocupara recibir un poco de cátedra sobre política colombiana, lo que me preocupó fue esa ‘simpatía por las Farc’. Pero bueno, respeto ante todo, eso por lo menos le enseñan a uno en la casa y en el colegio: a tolerar hasta lo intolerable. Sin embargo, cuando mi (ex)amigo me empezó a exigir que le diera mi opinión sobre Uribe & Co., yo le dije lo mismo que le digo a todos los que me preguntan por mi partido político, intención de voto, o caudillo… perdón, perdón, político de predilección: mi único partido político es la literatura.
Mi amigo se puso iracundo. Me acusó de muchas cosas terribles, incluso de desear el peor futuro para mi país. Aterrada, intenté reconocerle – pero sin ser escuchada – que tal vez no era correcto ser cobarde o perezoso y no tomar un bando determinado, pero, si le servía mi explicación, aunque fuera por romántica, yo me había distraído mucho, en lo que llevo de vida, leyendo; me la pasé en esas y no sé en qué minuto se escurrieron por un ladito el interés político, el compromiso, la boina del Che, el bigote de Galán y el puño en alto de Gaitán. Aunque sí estaba segura de haber leído, con mucho deleite, sobre política y políticos. Y le dije, en un intento de salvarme de sus golpes de ira política, que Cóndores no entierran todos los días del tulueño Gustavo Álvarez Gardeazábal es una novela de tema político que me parece maravillosa.
Pero no. Llegando a la estación Vicente López mi amigo estaba furibundo conmigo, no entendía mis razones, torpes y atropelladas, y se había empeñado en hacer de mí una digna analista de la política colombiana y hasta mundial. Nuevamente, y de nuevo intentando zafar de algo tan engorroso, yo le expliqué a mi amigo que por esas cosas de la vida yo no vivía en Colombia desde los 17 años. Cuando salí, Uribe no llevaba ni un año de gobierno, no alcancé a saber si era bueno o malo porque lo que sé de él, lo sé por los diarios que puedo leer en internet, por lo que me cuentan los amigos que viven en Colombia y por lo que curioseo aquí y allá. Y porque, al fin y al cabo, a los 17 años uno está más interesado en la actualidad personal que en la política.
Para cuando el tren ancló en la estación Retiro, ya de regreso a Capital Federal, mi amigo ya no era mi amigo. Estaba totalmente decepcionado de mí. Yo no era ni mucho menos la chica ideal para un paseo en tren: no sabía de Uribe, no quería a las Farc, y más encima (¡más encima, por dios!), tenía el descaro de filtrar la política a través de la odiosa literatura (y yo pensaba que era al revés, que la odiosa era la política).
Nunca más me volvió a hablar. Perdí a un amigo (si se puede llamar amigo), porque yo no manifesté intenciones político-militantes serias.
Hace poco menos de un mes en El último pasillo del mundo (más conocido como Chile en el mapa político mundial) eligieron presidente. Ganó Sebastián Piñera, líder de derecha, político de oposición durante los más de veinte años de gobierno de ‘centro izquierda’.
Por esos días del triunfo legítimo de Piñera me llovieron correos, se abrieron las ventanas del chat de casi todos mis contactos y una fiebre de interés por el pasillo en el que vivo se apoderó de amigos y conocidos. Y yo no es que tenga el millón de amigos que ansiaba Roberto Carlos en su famosa canción, pero poquitos no son y todos querían lo mismo que mi amigo colombiano en Buenos Aires. Todos me pedían lo mismo con insistencia; era como un clamor quedito, pero, por supuesto, perceptible: ‘Laura, decídete pues: ¿izquierda o derecha? ¿amor u odio? ¿lápiz grafito o lápiz pasta? ¿Uribe o Chávez? ¿Frei o Piñera? ¿Blanco o negro? ¿o amarillo o verde o azul? ¿América o Nacional? ¿Guerra o paz? ¿De chocolate o de frutilla?’
Y si uno responde que nada, que prefiere no hablar de eso, que gracias, pero no, gracias, entonces se viene el alud… Y debí soportar unas peroratas similares a la del amigo colombiano.
Así, con la elección de Piñera y mi poca paciencia respecto a temas políticos, me subí hace unos días al metro discutiendo con un amigo periodista y tuve mi segunda pelea sobre ruedas. Él odia a muerte a Piñera y quería contagiarme su odio, demostrarme – pero no muy científicamente que digamos – que ‘ese hombre’ sería ‘nefasto’ para Chile. Y yo intenté excusarme por no compartir su odio exacerbado contra Piñera. Hasta quise bromear un poco y le dije que para mí la opinión política pertenecía al plano de lo privado, como el sexo. Pero él quería, a toda costa, hacerme tirar de algún carro. Y a mí no me gusta, hasta puede ser que me de pereza ponerme a pensar de qué carro voy a tirar… Pero nada. Otro amigo menos. Una lástima.
Yo admiro a quienes pueden explayarse sobre políticos y políticas con tanta propiedad. El 90% de las columnas de los más importantes periodistas de Colombia, por ejemplo, sea cual sea el diario para el que escriben, manifiestan una posición crítica sobre el gobierno y sus medidas, acciones y omisiones cada semana, y eso se justifica porque este país se mantiene patas para arriba todos los días. Y yo los leo con muchísimo gusto y muchísima atención, porque quiero, como muchos tantos, entender el país en que nací y que abandoné siendo muy joven. Y me esfuerzo también, por supuesto, en entender el país que me adopta.
El problema es que – y espero mis dos amigos perdidos me lean y me entiendan esta vez – en la asignatura ‘Política’, yo soy una alumna de esas que se distraen con el vuelo de una mosca, o, más honestamente, con la primera línea de un libro … Y por ahí me voy hasta que se me olvida de qué señor, y de cuál de sus chascarros… perdón, perdón, medidas políticas, me hablaban.
Pero hago el intento, en serio, aunque para mí todo es absurdo en la política, yo me esfuerzo, y me esfuerzo mucho en saber qué fusil agarrar, para qué trinchera irme. Porque uno no puede vivir en esta vida sin una trinchera clara, no, qué tal, uno no puede andar excusándose en que sólo quiera por trinchera la literatura. No, no, no.
Y por eso yo me ‘pongo las pilas’, aunque hay cosas en la política que son tan incomprensibles (una dictadura sangrienta o una disfrazada de democracia), tan absurdas (un reforma de salud que prácticamente prohíbe a los enfermos sentirse mal), tan despreciables (dinero público en los bolsillos de privados), tan abominables (falsos positivos), tan ridículas (caudillos buenos para la lora), que uno a veces tiene que ayudarse, en el afán de entender, de una buena copa de literatura… Bah… para qué me voy a andar con cosas, no tengo por qué mentirles, no una… dos, tres, cuatro copas, la botella (¿biblioteca?) entera.
Bueno, ya que estamos, quiero confesarles la verdad-verdadera y para ello (¡qué terquedad, caray!), me voy a valer del libro Fuga sin fin, del escritor austriaco Joseph Roth: al protagonista de esta novela, Franz Tunda, su hermano le dice lo siguiente: «no creas (…) la actividad política es nociva para el arte». Y yo sé que es una obra de ficción, pero por si las moscas, y como prefiero mil veces dedicarme al arte, no quiero averiguar si esa frase esconde una gran verdad.
—
Toda la serie de las crónicas rodantes:
[1]El hijo bastardo del Transmilenio
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marpet
11 Febrero 2010 a las 19:28
Laura , cordial saludo.Comparto contigo la fiebre de la literatura.Me agrada tu blog. lamento sea tan poco asiduo y talvez sea una cosa emocional, mas que racional.
En fin, un Blog es solo un Blog y el compromiso no existe, escribes porque quieres y te da la gana, nada mas y nada menos.
De todas maneras leerte con mayor asiduidad seria muy grato.
Cordial saludo.
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arturobelano
5 Febrero 2010 a las 20:40
Aunque haces bien en no apasionarte por la politica, me parece que ello obedece a tu condicion de casi adolescente…
Y en particular el hecho de que asi sea hace que busque para leer tu blog inocente a veces pero siempre apasionado por la lectura.
Acabo de terminar de leer y me da un poco de nostalgia lo confieso, La Tejedora De Coronas de Don German Espinosa, autor injustamente opacada por GGM…
Opinión por:
alvaroisaza
4 Febrero 2010 a las 20:08
Doña Laura: le confieso que me da envidia. Yo toda la vida me he procupado por quién es el Presidente de la República, qué hace, como piensa, qué hace el Congreso, como fallan los jueces, por qué tenemos desplazados, guerrilla, paramilitares, por que tenemos desempleados, si se justifican o no los vendedores ambulantes, qué hacen nuestros campesinos y como sobreviven, por qué tenemos problemas con nuestros vecinos y, atérrese, por qué les tocó el presidente Chávez a los venezolanos, cuando nos aprobarán el TLC en los Estados Unidos, por qué tenemos narcotráfico, cómo todos los días 44 millones de colombianos se levantan a cumplir con su deber para que este país salga adelante y muchas cosas más. Créame que la envidio.
Opinión por:
pacman
4 Febrero 2010 a las 15:12
que decir, solo que absolutamente en desacuerdo el hombre es un ser político (honestamente no recuerdo de quien es la frase o la idea, pero no es mia).
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