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Tal vez no sea novedad estoy que voy a decir, pero de un tiempo para acá creo que los cronistas del Caribe colombiano son en realidad juglares que se colaron en el periodismo y la literatura. Todos ellos herederos de los juglares vallenatos, pero también descarriados a los que se les ocurrió escribir en lugar de agarrar un acordeón y ponerse a cantar de pueblo en pueblo.
La lista de estos juglares-cronistas es larga, pero por ejemplo yo pienso en Gabriel García Márquez, Juan Gossaín, Jorge García Usta, Alberto Salcedo Ramos y el autor de mis más recientes lecturas, Eligio García Márquez, hermano menor de Gabriel y culpable de dos libros que he leído con especial deleite: “Tras las claves de Melquiades”, publicado en 2001 y “La tercera muerte de Santiago Nasar”, publicada en 1987, y que es la crónica de la filmación de la película “Crónica de una muerte anunciada”, basada en la novela homónima de Gabriel García Márquez y dirigida por Francesco Rosi, por allá por 1986, con un reparto de lujo que contaba entre sus protagonistas a Rupert Everett y a la bellísima Ornella Muti.

Todos estos autores que mencioné son poseedores de eso que nos suena tan familiar: “la magia del Caribe colombiano”. Esa “magia” a la que se ha aludido desde el famoso boom de la literatura latinoamericana, presidido por Gabriel García Márquez, tiene un significado menos abstracto, menos volátil, más aterrizado. No se trata solamente de una capacidad especial, un talento o un don para describir sucesos fantásticos como si fueran cotidianos, en el fondo, los cronistas colombianos (y muy especialmente los del Caribe) han trasladado – y esta es una modesta apreciación personal – el oficio del juglar a la literatura e incluso al periodismo, y ahí radica, si no toda, gran parte de la “magia” que tanto se habla.


La tradición de los juglares vallenatos tiene su antecedente histórico más remoto en la juglaría provenzal, heredera de la juglaría catalana. La juglaría provenzal fue algo así como una juglaría catalana más elaborada, más lograda estéticamente. El juglar, ese personaje que va de pueblo en pueblo llevando historias de las más variadas, intervino creando un estilo y un canon artístico puntual, a pesar de tratarse de una forma libre de cantar. Eso mismo sucedió con el juglar vallenato, quien a veces cantaba las trovas de otros compositores, pero las intervenía nuevamente y este solo ejercicio derivaba en una composición colectiva. Pero, claro está, todo esto que hablo sobre juglares y juglarías, no lo aprendí por ósmosis, sino que me lo enseñaron otros dos juglares (aunque uno de ellos sea cachaco con un corazón sospechosamente caribe), me refiero a Daniel Samper Pizano y Juan Gossaín, quienes elaboraron en compañía una intervención, un discurso, cuando fueron incorporados a la Academia Colombiana de la Lengua en 2004. Este discurso, que ya es todo un documento de referencia sobre las relaciones, transformaciones y adecuaciones de los juglares y la juglaría vallenata en el caribe, me llegó caído del cielo (mentira: cortesía de un gran amigo que lo encontró por ahí) y se apareció justo en medio de mis pequeñas obsesiones de juglares y cronistas. El caso es que este documento contiene un párrafo que cito acá, para recalcar la relación tan estrecha del juglar vallenato, o más bien, su influencia en la obra de los cronistas del Caribe, dicen Daniel Samper Pizano y Juan Gossaín:
“Al mismo tiempo, no cabe duda de que la imaginería del canto vallenato ha contribuido a la creación de ese mundo habitado por episodios maravillosos pero reales que García Márquez elevó al mito de Macondo. La deuda de nuestro Premio Nobel con el universo poético, humorístico y fantástico que ya habían empezado a amasar los cantos vallenatos ha sido reconocida de manera pública y vehemente. ¿De dónde, si no de esta fuente, toma García Márquez la arcilla para modelar personajes y aventuras que quebrantan risueñamente las leyes naturales y se acogen a todos los anacronismos sin que nadie se mosquee? De allí que el propio autor, en un acto de justicia que honra por igual a él y a nuestros juglares, haya declarado que Cien años de soledad “no es más que un vallenato de 350 páginas”.

En “La tercera muerte de Santiago Nasar”, Eligio García Márquez es un testigo privilegiado del rodaje de la película basada en “Crónica de una muerte anunciada”. Sin pretenderlo, “este cronista” – como se refiere a sí mismo en la obra – hace una relectura de la obra de su hermano mayor que está compuesta la mitad por un hecho real sucedido en 1951, y la otra mitad por la imaginación delirante de García Márquez, acompañada de 30 años de búsqueda paciente de las claves para narrar esa historia de la mejor forma posible. Eligio se va por este camino de juglares y uno termina olvidándose por ratos de que él está hablando de una obra literaria, de que está dando cuenta de los pormenores de una filmación y se interna en el corazón de un Mompós desbarajustado por la llegada de una troupe de italianos, franceses, ingleses, que pusieron patas arriba a todo un pueblo por una filmación. De repente, Eligio también se pierde en ciénagas, en mitos, en detalles que sólo un buen observador y un mejor escuchador puede captar para después transmitirlos al lector y cumplir así con su oficio de juglar. Además de dar cuenta de las innumerables dificultades que enfrentó este rodaje, entorpecido por el clima caprichoso y azaroso de Mompós y Cartagena, por los traspiés burocráticos, problemas de producción y entre medio hasta un escándalo con García Márquez por derechos de autor, Eligio también dejó que el viento de esa “magia” Caribe se deslizara por algunos párrafos. En uno de mis capítulos preferidos de este libro, el autor nos revela cómo se construye un lugar físico (casa, palacio, mansión) con la suma de varios lugares dispersos: “una alcoba en Londres, un comedor en París, el baño en Nueva York” y cierra con esta pequeña revelación: “El procedimiento es normal en la ficción y de idéntica forma procedió García Márquez al describir el pueblo de la novela: un imaginario mosaico de fragmentos de muchos pueblos vividos y soñados por él”.
Sería muy extenso seguir refiriéndome a todos los demás cronistas y sería también un pecado hablar apuradamente de ellos en una sola entrada, puedo perfectamente dosificarlos para otras más, pero sí quiero decir que esta herencia del juglar vallenato que han adoptado literariamente, primero Gabriel García Márquez, y muy posteriormente su hermano Eligio (esto sin demeritar en ningún momento la rigurosa investigación que precede a sus obras como cronistas), Alberto Salcedo Ramos, Juan Gossaín (sin duda se me quedan algunos en el tintero), es un valor estético que enriquece la narración, que une, que hermana, periodismo y literatura en un solo género auténtico, muy delicioso para el lector, porque lo trata en todo momento como a ese testigo privilegiado de una historia cualquiera que le quedará grabada en la memoria.
Para que no quede duda de que los cronistas también son juglares, Daniel Samper Pizano y Juan Gossaín terminaron su discurso en la Academia Colombiana de la Lengua en 2004 con una frase que me tomo deliberadamente para despedirme por hoy: “Es lo mismo que hemos hecho toda la vida, a conciencia plena de que no somos más que juglares sin música. Es decir, cronistas.”
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Opinión por:
ferjaramillo
27 Noviembre 2009 a las 8:41
Uy, Adolfo Valencia. Preguntale a Daniel de donde sacó el apellido Gnecco (creo que asi es como se escribe) y entenderás lo de juglar vallenato que carga a las espaldas. Rolos, rolos, lo que se llaman rolos… ya no existen. Hay mucho, mucho bogoteño: Bogotanos costeños, manizaleños, caleños, antioqueños. De eso si hay mundos.
Opinión por:
adolfo-valencia
27 Noviembre 2009 a las 0:24
¿Daniel Samper con corazón Caribe? Daniel samper es puro humor bogotano, otra cosa es que tenga una cultura amplia y le guste el vallenato y admire a diferentes figuras caribeñas, pero es rolo rolo, criado en el Moderno, de tradicional familia cachaca y consentido de la élite bogotana. Muy buen escritor pero de Caribe muy poquito.
Opinión por:
ajsince
26 Noviembre 2009 a las 17:03
en verdad leer algo escrito por estas personas es ver la realidad magica del caribe colombiano, aunque creo que te falto mencionar a otro gran juglar david sanchez juliao.
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