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16
09
2013
larevolucionpersonal

123 – ELOGIO DE LA LENTITUD (6) en La Revolución Personal

Por: Dhyanamurti

Con esta sexta parte concluimos el examen al Interesante libro de Carl Honoré (In Praise of Slow: How a Worldwide Movement Is Challenging the Cult of Speed).

Elogio de la lentitud. Un movimiento mundial desafía el culto a la velocidad de Carl Honoré:

“Este análisis parece incluso más cierto en nuestro tiempo, cuando el mundo entero es una tienda y todos los hombres y mujeres, meros compradores. Tentados y encandilados a cada momento, tratamos de amontonar tanto consumo y tantas experiencias como nos sea posible. No sólo deseamos una buena profesión, sino también seguir cursos de arte, ejercitarnos en el gimnasio, leer el periódico y todos los libros de la lista de los más vendidos, salir a cenar con los amigos, ir al club, practicar deportes, mirar la televisión durante horas, escuchar música, dedicar tiempo a la familia, comprar los adminículos de moda, ir al cine, disfrutar de intimidad y tener una satisfactoria vida sexual con nuestra pareja, ir de vacaciones a lugares remotos y, tal vez, incluso realizar alguna actividad como voluntarios. El resultado es una corrosiva desconexión entre lo que queremos de la vida y lo que, de una manera realista, podemos tener, lo cual alimenta la sensación de que nunca hay tiempo suficiente. Mi propia vida encaja en esa pauta. Los hijos dan mucho trabajo, y la única manera de sobrevivir a la condición de padres es reducir los compromisos sociales y otras actividades.

Pero he descubierto que hacer eso es difícil. Quiero tenerlo todo. Así pues, en lugar de recortar mis aficiones, me las ingenio para embutirlas en un horario que ya está a punto de reventar. Tras haberme escabullido para jugar una hora más al tenis, me paso el resto de la jornada corriendo para recuperar ese tiempo.

Conduzco más rápido, camino más rápido y me salto párrafos de los cuentos para antes de dormir.

Como todo el mundo, recurro a la tecnología para que me ayude a comprar más tiempo así como la oportunidad de sentirme menos apresurado. Pero la tecnología es un falso amigo. Incluso cuando te ahorra tiempo, a menudo estropea el efecto al generar toda una nueva serie de deberes y deseos. Cuando llegó la lavadora, a comienzos del siglo XX, liberó a las amas de casa de una pesada tarea que requería horas y les despellejaba los nudillos.

Entonces, en el transcurso de los años, a medida que aumentaban los criterios de higiene, empezamos a lavar la ropa con más frecuencia. El resultado es que el cesto rebosante de ropa para lavar es un elemento tan habitual de la vivienda moderna como el montón de facturas en la esterilla de la entrada.

El correo electrónico es otro ejemplo. En el lado positivo, une a la gente como jamás había ocurrido, pero la facilidad de su uso ha desembocado en un abuso desenfrenado, pues todo el mundo hace clic en la casilla de enviar sin pensarlo dos veces. A diario la superautopista de la información transporta más de cinco mil millones de correos electrónicos, muchos de ellos notas superficiales, chistes groseros y spam. Para la mayoría de nosotros, el resultado es una escalada cotidiana del Monte Emilio.

Tales son las presiones que soporta nuestro tiempo, que incluso al más devoto apóstol de la lentitud le resulta difícil no apresurarse. Tomemos el caso de Satish Kumar, un ex monje jainista que, en los sesenta, se trasladó a pie desde su India natal hasta Gran Bretaña y, desde entonces, ha recorrido a pie gran parte del mundo. Hoy vive en Devon, al suroeste de Inglaterra, donde publica Resurgence, una revista bimensual que abraza muchas de las ideas del movimiento Slow. Me encuentro con Kumar una tarde veraniega perfecta en el Hyde Park de Londres. Menudo y delgado, vestido con un traje de lino, camina serenamente entre las hordas de patinadores, corredores y gente que deambula apresurada. Nos sentamos a la sombra de un árbol. Kumar se quita los zapatos y los calcetines y hunde en la larga hierba los pies que tanto han viajado. Le pregunto por la enfermedad del tiempo.

—Hacer que el tiempo sea finito y entonces imponer la velocidad en todos los aspectos de la vida es una dolencia occidental —responde—. Mi madre solía decirme: Cuando Dios hizo el tiempo, lo hizo en abundancia, y tenía razón.

Replicó que su madre se pasó toda la vida en el campo indio, y sin duda, la presión para acelerar, para derrotar al reloj, es irresistible en el mundo moderno.

—Sí, eso es verdad hasta cierto punto. Como vivo aquí, también yo cedo al apresuramiento, a la velocidad. A veces no hay otra manera para cumplir con las fechas límite de la revista.

Cuando uno vive en Occidente, lucha continuamente para que el reloj no lo domine.

Un avión se desliza en lo alto, emitiendo un sonido quejumbroso. Kumar consulta su reloj. Su próxima cita, la presentación de un libro, tiene lugar dentro de quince minutos.

—He de irme —me dice con una leve sonrisa—. No quiero llegar tarde.

La enfermedad del tiempo también puede ser un síntoma de un malestar existencial más profundo. En las etapas finales antes de la extenuación, a menudo la gente acelera para no enfrentarse a su desdicha. Kundera cree que la velocidad nos ayuda a bloquear el horror y la aridez del mundo moderno: Nuestra época está obsesionada por el deseo de olvidar y, para realizar ese deseo, se entrega al demonio de la velocidad; acelera el ritmo para mostrarnos que ya no desea ser recordada, que está cansada de sí misma, que quiere apagar la minúscula y temblorosa llama de la memoria.

Otros opinan que la velocidad no es una huida de la vida, sino de la muerte. Mark Kingwell, profesor de filosofía en la Universidad de Toronto, ha escrito de una manera perceptiva sobre el moderno culto a la velocidad. Cuando nos reunimos para tomar café, desvía la conversación de los motores de cohete y la banda ancha de Internet.

—A pesar de lo que cree la gente, la discusión acerca de la velocidad nunca se centra realmente en el estado actual de la tecnología —me asevera—. Profundiza mucho más, se remonta al deseo humano de trascendencia. Es difícil pensar en el hecho de que vamos a morir; es desagradable, así que continuamente buscamos maneras de distraer la conciencia de nuestra mortalidad. La velocidad, con el aflujo sensorial que conlleva, es una estrategia de distracción.

Nos guste o no, el cerebro humano está acondicionado para la velocidad. El desplazamiento veloz, con el peligro, la vibración, la emoción, la palpitación, la embriagadora experiencia sensorial que lo acompañan, nos estimula. La velocidad libera dos sustancias, la adrenalina y la noradrenalina, que también recorren el cuerpo durante el acto sexual. Kundera da en el clavo cuando habla del éxtasis de la velocidad.

Y no sólo gozamos al ir rápido, sino que también nos acostumbramos a ello, incorporamos la velocidad a nuestro ser. La primera vez que conducimos por una autopista a 120 kilómetros por hora, tenemos la sensación de que corremos mucho. Luego, al cabo de unos minutos, nos parece algo rutinario. Si entramos en un carril de acceso y frenamos hasta reducir a 50 kilómetros por hora, el descenso de la velocidad nos resulta irritantemente lento. El hábito de la velocidad alimenta una necesidad constante de más rapidez. Cuando nos acostumbramos a los 120, sentimos la tentación de apretar un poco más el acelerador, de ir a 130, 140 o más.

En 1899, un ingeniero belga construyó el primer automóvil diseñado puramente para superar los récords de velocidad. Tenía forma de torpedo y lo impulsaban dos motores eléctricos. El nombre del vehículo resumía nuestro anhelo de ir cada vez más rápido: La jamais contente [Quien nunca está satisfecho].

La maldición del hábito de la velocidad va más allá de la carretera. Lo vemos en la navegación por la Red. Nunca estamos satisfechos de la velocidad de nuestra conexión a Internet. Cuando empecé a navegar con un módem de banda ancha, parecía funcionar a la velocidad de la luz. Ahora es algo corriente y moliente, incluso un tanto cachazudo. Cuando una página no se carga al instante, pierdo la paciencia. Incluso un retraso de dos o tres segundos basta para hacerme pulsar el ratón a fin de acelerar las cosas. La única respuesta parece ser una conexión más rápida.

A medida que seguimos acelerando, nuestra relación con el tiempo es cada vez más difícil y disfuncional. Cualquier manual de medicina te dirá que una obsesión microscópica por el detalle es un clásico síntoma de neurosis. El impulso implacable de acepillar el tiempo como si fuese una tabla, convirtiéndolo en piezas cada vez más pequeñas —por cierto, hacen falta quinientos millones de nanosegundos para chascar los dedos—, nos hace más conscientes de su paso, más deseosos de sacarle el máximo partido, más neuróticos.

La misma naturaleza del tiempo también parece haber cambiado. En los tiempos antiguos, la Biblia enseñaba que hay una época para cada cosa y un tiempo para cada propósito bajo el cielo, un tiempo para nacer, morir, sanar, llorar, reír, amar, y así sucesivamente. Cervantes observó en Don Quijote que no son todos los tiempos unos. Sin embargo, en un mundo que no para las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, todos los tiempos son iguales: pagamos las facturas un sábado y vamos de compras el domingo, nos llevamos el ordenador portátil a la cama, trabajamos de noche, desayunamos a deshora… Nos burlamos de las estaciones comiendo fresas importadas en pleno invierno y bollos de Semana Santa durante todo el año.

Con los teléfonos móviles, los Blackberrys, los buscapersonas e Internet, ahora todo el mundo y todas las cosas están permanentemente a mano.

Algunos opinan que una cultura de actividad permanente puede hacer que la gente se sienta menos apresurada al darle la libertad de trabajar y hacer gestiones cuando lo desee. Esto es ilusorio. Una vez se han borrado los límites, la competencia, la codicia y el temor nos estimulan a aplicar el principio de que el tiempo es oro a cada momento del día y de la noche. Por ello ni siquiera el sueño es ya un refugio de la prisa. Millones de personas estudian para examinarse, aprenden lenguas extranjeras y ponen al día las técnicas de administración escuchando cintas mientras dormitan.

En la página web Sleep Learning, el ataque contra lo que en el pasado fue el único período en que podíamos aflojar la marcha sin sentirnos culpables aparece disfrazado de interesantes oportunidades de mejora personal: Las horas durante las que no está despierto, la tercera parte de su vida, ahora no son productivas. ¡Utilice ese enorme potencial para avanzar en su carrera, mejorar su salud y aumentar su felicidad!.

Tan grande es la neurosis causada por el tiempo que nos hemos inventado una nueva clase de terapeuta para tratarla: el gurú de la administración del tiempo. Algunos de sus consejos, expuestos en innumerables libros y seminarios, tienen sentido. Muchos de ellos recomiendan hacer menos cosas a fin de hacerlas mejor, un dogma central de la filosofía del movimiento Slow. No obstante, la mayoría no ataca la causa fundamental de nuestro malestar: la obsesión por ahorrar tiempo.

Por el contrario, la permiten. En 2000, David Cottrell y Mark Layton publicaron 175 Ways to Get More Done in Less Time [175 maneras de hacer más cosas en menos tiempo]. Escrito en una prosa jadeante, acelerada, el libro es un manual para maximizar la eficiencia, para ir más rápido. El consejo número 141 es sencillamente: ¡Hágalo todo más rápido!.

Y en esas cuatro palabras los autores resumen con esmero lo que está mal en el mundo moderno.

Piense en ello por un momento: hágalo todo más rápido. ¿Tiene realmente sentido leer a Proust aplicando las técnicas de la lectura rápida, hacer el amor en la mitad de tiempo o cocinar todas las comidas en el microondas? La respuesta es sin duda negativa, pero el hecho de que alguien haya podido escribir las palabras hágalo todo más rápido subraya hasta qué punto hemos descarrilado y con qué urgencia debemos replantearnos todo nuestro estilo de vida.

No es demasiado tarde para enderezar las cosas. Incluso en la era del cuento para antes de dormir que sólo dura un minuto existe una alternativa a hacerlo todo más rápido. Y, aunque parezca una paradoja, el movimiento Slow está creciendo con rapidez”.

Veranera o Bunganvilia

Veranera o Bunganvilia

Categoria: General

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