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12
08
2013
larevolucionpersonal

118 – ELOGIO DE LA LENTITUD (1) – en La Revolución Personal

Por: Dhyanamurti

Interesante libro de Carl Honoré (In Praise of Slow: How a Worldwide Movement Is Challenging the Cult of Speed).

Elogio de la lentitud. Un movimiento mundial desafía el culto a la velocidad de Carl Honoré:

Vivimos en la era de la velocidad. El mundo que nos rodea se mueve con más rapidez de lo que jamás lo había hecho. Nos esforzamos por ser más eficaces, por hacer más cosas por minuto, por hora, cada día.Desde que la revolución industrial hizo avanzar el mundo, el culto a la velocidad nos ha empujado hasta el punto de ruptura. Elogio de la lentitud es la primera mirada de gran alcance a los movimientos defensores de la lentitud que se abren paso a oficinas, fábricas, barrios, cocinas, hospitales, salas de concierto, dormitorios, gimnasios y escuelas.

Elogio de la Lentitud - Carl Honoré

Elogio de la Lentitud – Carl Honoré

La era del furor. La gente nace y se casa, vive y muere en medio de un tumulto tan frenético que uno pensaría que enloquecerán. (William Dean Bowells).

Una tarde bruñida por el sol del verano de 1985, mi viaje de adolescente por Europa se detiene en una plaza de las afueras de Roma. El autobús que ha de llevarme a la ciudad lleva veinte minutos de retraso y no parece que fuera a aparecer. Sin embargo, el retraso no me molesta. En vez de ir de un lado a otro por la acera o llamar a la compañía de autobuses y presentar una queja, me pongo los auriculares del walkman, me tiendo en un banco y escucho a Simon y Garfunkel, que cantan sobre los placeres de hacer las cosas despacio y el momento duradero. Cada detalle de la escena está grabado en mi memoria: dos chiquillos dan patadas a una pelota alrededor de una fuente medieval, las ramas de los árboles rozan un muro de piedra y una anciana viuda lleva verduras a casa en una bolsa de mallas.

Avancemos velozmente quince años, y todo ha cambiado. El escenario es ahora el ajetreado aeropuerto romano de Fiumicino, y yo soy un corresponsal de prensa extranjero que se apresura a tomar el vuelo de regreso a Londres. En vez de dar puntapiés a los guijarros y sentirme eufórico, camino a grandes zancadas por la sala del aeropuerto, maldiciendo en silencio a toda persona que se cruza en mi camino a un ritmo más lento. En vez de escuchar música popular con un walkman barato, hablo por el móvil con un director de periódico que se encuentra a miles de kilómetros de distancia.

En la puerta me coloco al final de una larga cola, en la que no hay nada que hacer más que esperar. Soy el único incapaz de estar mano sobre mano. Hacer que la espera sea más productiva parece que sea menos espera, así que me pongo a hojear un periódico. Y es entonces cuando tropiezo con el artículo que acabará por inspirarme para escribir un libro acerca de la lentitud. He aquí el titular que me llama la atención: «El cuento para antes de dormir que sólo dura un minuto». A fin de ayudar a los padres que han de ocuparse de sus pequeños consumidores de tiempo, varios autores han condensado cuentos de hadas clásicos en fragmentos sonoros de sesenta segundos. Hans Christian Andersen comprimido en un resumen para ejecutivos. Mi primer reflejo es gritar ¡eureka! Por entonces estoy trabado en un tira y afloja con mi hijo de dos años, a quien le gustan los relatos largos leídos despacio y con muchas digresiones. Pero todas las noches procuro echar mano de los cuentos más cortos y se los leo con rapidez. A menudo nos peleamos. «Vas demasiado rápido», se queja. O, cuando me dirijo a la puerta: «¡Quiero otro cuento!». En parte me siento atrozmente egoísta cuando acelero el ritual a la hora de acostarse el pequeño, pero por otra parte no puedo resistirme al impulso de apresurarme para hacer el resto de las cosas que figuran en mi agenda: la cena, el correo electrónico, leer, revisar facturas, trabajar más, las noticias de la televisión…

Dar un paseo largo y lánguido por el mundo del doctor Seuss no es una opción factible. Es demasiado lento.

Así pues, a primera vista, la serie de cuentos para antes de ir a dormir reducidos a un minuto parece demasiado buena para ser cierta. Sueltas de carrerilla seis o siete «cuentos» y terminas antes de que hayan pasado diez minutos: ¿podría haber algo mejor? Entonces, cuando empiezo a preguntarme con qué rapidez Amazon podrá enviarme toda la serie, aparece la redención en forma de interrogante: ¿acaso me he vuelto loco de remate?

Mientras la cola ante la puerta de embarque serpentea hacia la última comprobación del billete, doblo el periódico y me pongo a pensar. Mi vida entera se ha convertido en un ejercicio de apresuramiento, mi objetivo es embutir el mayor número posible de cosas por hora. Soy Scrooge con un cronómetro, obsesionado por ahorrar hasta la última partícula de tiempo, un minuto aquí, unos pocos segundos allá… Y no se trata sólo de mí. Todas las personas que me rodean, los colegas, los amigos, la familia, están atrapados en el mismo vórtice.

En 1982, Larry Dossey, médico estadounidense, acuñó el término «enfermedad del tiempo» para denominar la creencia obsesiva de que «el tiempo se aleja, no lo hay en suficiente cantidad, y debes pedalear cada vez más rápido para mantenerte a su ritmo».

Hoy, todo el mundo sufre la enfermedad del tiempo. Todos pertenecemos al mismo culto a la velocidad. En aquella cola, para embarcar en el avión que me llevaría de regreso a Londres, empecé a reflexionar sobre las preguntas que constituyen el núcleo de esta obra:¿por qué estamos siempre tan apresurados?, ¿cuál es el remedio contra la enfermedad del tiempo? Y ¿es posible, o incluso deseable, hacer las cosas más despacio?

En estos primeros años del siglo XXI, cosas y personas por igual están sometidas al apremio de la máxima rapidez. No hace mucho, Klaus Schwab, fundador y presidente del Foro Económico Mundial, expuso la necesidad de correr, en términos escuetos: Estamos pasando de un mundo donde el grande se come al pequeño a un mundo donde los rápidos se comen a los lentos.

Esta advertencia resuena mucho más allá del mundo darwiniano del comercio. En estos tiempos ajetreados, todo es una carrera contra reloj. El psicólogo inglés Guy Claxton cree que ahora la aceleración es como una segunda naturaleza para nosotros: Hemos desarrollado una psicología interna de la velocidad, de ahorrar tiempo y lograr la máxima eficiencia, una actitud que se refuerza todos los días.

Pero ahora ha llegado el momento de poner en tela de juicio nuestra obsesión por hacerlo todo más rápido. Correr no es siempre la mejor manera de actuar. La evolución opera sobre el principio de la supervivencia de los más aptos, no de los más rápidos. No olvidemos quién ganó la carrera entre la tortuga y la liebre. A medida que nos apresuramos por la vida, cargando con más cosas hora tras hora, nos estiramos como una goma elástica hacia el punto de ruptura.

Sin embargo, antes de seguir adelante, debo dejar una cosa clara: este libro no es una declaración de guerra a la velocidad, ya que ésta ha ayudado a rehacer el mundo de manera extraordinaria y liberadora.

¿Quién quiere vivir sin Internet o los vuelos en reactor? El problema estriba en que nuestro amor a la velocidad, nuestra obsesión por hacer más y más en cada vez menos tiempo, ha llegado demasiado lejos. Se ha convertido en una adicción, una especie de idolatría. Aun cuando la velocidad empieza a perjudicarnos, invocamos el evangelio de la acción más rápida. ¿Te retrasas en el trabajo? Hazte con una conexión más rápida a Internet. ¿No tienes tiempo para leer esa novela que te regalaron en Navidad? Aprende la técnica de la lectura rápida. ¿La dieta no ha surtido efecto? Prueba con la liposucción. ¿Demasiado atareado para cocinar? Cómprate un microondas. No obstante, ciertas cosas no pueden o no deberían acelerarse, requieren tiempo, necesitan hacerse lentamente. Cuando aceleras cosas que no deberían acelerarse, cuando olvidas cómo ir más lentamente, tienes que pagar un precio.

La argumentación contra la velocidad empieza por la economía. El capitalismo moderno genera una riqueza extraordinaria, pero al costo de devorar recursos naturales con más rapidez de aquella con la que la madre naturaleza es capaz de reemplazarlos. Centenares de miles de kilómetros de selva tropical húmeda amazónica desaparecen todos los años. El abuso de la pesca al arrastre ha hecho que el esturión, el róbalo chileno y muchos otros peces figuren en la lista de especies en peligro de extinción.

El capitalismo va demasiado rápido incluso para su propio bien, pues la urgencia por terminar primero deja muy poco tiempo para el control de calidad. Tomemos el ejemplo de la industria informática. En los últimos años, los fabricantes de software han adquirido el hábito de sacar rápidamente sus productos a la venta, antes de que hayan sido sometidos a pruebas exhaustivas. El resultado es una epidemia de incidentes, virus y fallos técnicos que cuesta a las empresas miles de millones de dólares todos los años. Luego está el costo humano del turbo capitalismo. En la actualidad existimos para servir a la economía, cuando debería ser a la inversa. Las largas horas en el trabajo nos vuelven improductivos, tendemos a cometer errores, somos más infelices y estamos más enfermos.

Los consultorios médicos están llenos de gente con dolencias producidas por el estrés: insomnio, jaquecas, hipertensión, asma y problemas gastrointestinales, por mencionar sólo unos pocos trastornos. La actual cultura del trabajo también está minando nuestra salud mental. El agotamiento era algo que veías sobre todo en personas de más de cuarenta años —señala un experto londinense—. Ahora veo hombres y mujeres treintañeros, e incluso más jóvenes, que están completamente agotados.

La ética del trabajo, que puede ser saludable con moderación, se ha desmadrado. Consideramos la extensión de la vacacionitis, la aversión a hacer unas vacaciones como es debido. En una encuesta entre cinco mil trabajadores del Reino Unido realizada por Reed, un 60% respondió que no pensaba utilizar todos los días de vacaciones a los que tenía derecho en 2003. De media, los estadounidenses no utilizan la quinta parte de sus vacaciones pagadas. Ni siquiera las enfermedades pueden seguir manteniendo al empleado moderno fuera de la oficina: uno de cada cinco estadounidenses va a trabajar aunque debería estar acostado en casa o en el consultorio de un médico.

Flores del jardín 4 - Fotografía: EPM.

Flores del jardín 4 – Fotografía: EPM.

Categoria: General

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