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19
01
2013
Miguel Mendoza Luna

EL ORIGEN DEL MAL

Por: Miguel Mendoza Luna

hannibal-lecter1Ante los asesinatos, las masacres, los actos de violencia que se reconocen a diario en los diferentes medios, por supuesto que surge la necesidad de pensar en la causa, en el origen que ha posibilitado la emergencia de la crueldad, del sadismo, del horror. Por lo general las causas de tales crímenes se buscan “afuera”, incluso se persiguen en la escena ilusoria de lo sobrenatural.

Es común que ante historias de crueldad inexplicable, se caiga en la trampa de apelar a explicaciones metafísicas sobre el mal. Tal vez el mal irracional, como una fuerza que amenaza el plan de todas las cosas, sea una invención moral o incluso un simple recurso de la literatura y el cine para aliviar nuestras conciencias.

Por ejemplo, en el cine la maldad infantil se justifica por medio de una invasión extraterrestre o de una fuerza oscura  que toma el control sobre los inocentes niños (La villa de los condenados, Los niños del maíz); también se explica por medio de la posesión diabólica (La profecía, El exorcista); en el peor de los casos se culpa a la herencia genética (La semilla del mal). El recurso más común es la imagen del niño maltratado que deviene maltratador (El dragón rojo, Dexter, Hannibal).

Tanto las causas biológicas del mal como las sociales, las psicológicas y las sobrenaturales, se reúnen en un mismo punto que las hace fallar y liberan de responsabilidad al ser humano: se presentan como asuntos externos, fuerzas que nos gobiernan sin que podamos resistirnos. Por supuesto, la maldad puede poseer un componente instintivo, pero el ser humano evolucionado ha dirigido su cerebro y su estructura psíquica, no solo hacia al placer, sino hacia el autocontrol.

De acuerdo a John Kekes, el mal como problema moral se entiende como un ataque a las condiciones del ser humano (la violación, el asesinato, etc.); implica la motivación malévola de los hacedores del mal (el deseo consciente de maltratar y sacar provecho o placer de la situación; la premeditación la crueldad); el daño serio y excesivo causado por sus acciones (la violencia extrema contra la víctima); y la falta de una excusa moralmente aceptable de sus actos (todo lo contrario a una acción de legítima defensa; el crimen con motivaciones económicas o sin motivación alguna: agredir por placer; actos de violencia que manipulan un orden social o una regla moral, etc.).

A muchos oficiales nazis, responsables de crímenes durante la Segunda Guerra, una vez se les cuestionó sobre las atrocidades cometidas, se hizo evidente que los dos primeros aspectos señalados por Kekes, estuvieron justificados por el tercero: ellos decían obedecer órdenes de acuerdo a un patrón moral de lo correcto, definido por su nación y su gobierno.

Los asesinos en serie, como Luis Alfredo Garavito, usan la misma justificación, pero incluso de forma más aterradora: crean su propio sistema de valores, en el cual sus perversiones resultan válidas. Los uxoricidas, asesinos de sus esposas, no difieren mucho; al percibir a sus parejas como objetos, crean sobre ellas un sistema de creencias que los salvaguarda de culpas y les otorga permiso de maltratarles.

Todos estos asesinos se reúnen en una misma mesa: su maldad suprema emerge en la incapacidad de reconocer la atrocidad de sus crímenes. Algunos asesinos se justifican, otros ni siquiera se toman el trabajo de reparar en sus acciones, después de todo se sienten a gusto consigo mismos y escandalosamente no dudan en que hicieron “lo debido”.

Pensar en el mal, no solo como un tejido social, político, cultural, que conduce a una nación al genocidio o a un hombre solitario a matar (y por supuesto lejos de explicaciones sobrenaturales), sino como una estructura integrada a nuestra forma de ser, resulta más comprometedor y difícil de asimilar, pero puede resultar más iluminador.

Si el mal se asume como aquellas decisiones exclusivas del individuo basadas en el puro interés personal (en nuestros apetitos, ambiciones, etc.), que además implican lastimar o dañar a los otros y convertirles en medios para la propia gratificación, es probable que empecemos a reconocer nuestra responsabilidad en los grandes problemas del mundo.

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Opinión por:

sandrapalacios

20 enero 2013 a las 22:59
  Responder

Siempre me fascinó el personaje de Hannibal Lecter. ¿Se han dado cuenta que el objeto de su venganza siempre son personas que han hecho terribles males a sus semejantes?. Hannibal nunca atacó personas inocentes. Naturalmente que es un vangador patológico que actúa por venganza, fuera de la Ley. Pero a diferencia del sicópata que asesina inocentes porque fue violado o martirizado en su niñez, Lecter castiga solo objetivos que han hecho un gran mal a la humanidad como género. En Hannibal Lecter se trata de una “maldad” racional y lúcida. Su justificación ética en el filme de De Laurentis radica en la pregunta que le hace al policía que representa la Ley, a propósito de los criminales de guerra Nazis: ¿Dónde estaban ustedes cuando esos horrores se cometieron?

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