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Cuando confirmé que su sonoro apodo Jack el Destripador, casi un slogan con impacto de marketing, en efecto provenía de una serie de cartas donde se reconocía la autoría de varios homicidios de mujeres, me di a la tarea de investigar todo lo posible sobre su identidad. Pronto descubrí que no era una leyenda urbana, que no era un enemigo ilusorio del ilusorio Sherlock. Con el paso de los años, con nuevas películas y decenas de libros digeridos sobre el caso real, el enigma que se desprende de la invocación de su nombre y el imán oscuro que irradia su “apellido” nunca se agotaron. Las diversas fuentes consultadas me confirmaron una y otra vez que Jack fue un astuto asesino que se burló y evadió a las autoridades y detectives reales que intentaron atraparlo y que además nunca comprendieron la lógica de sus atroces actos. En la actualidad, se acepta que de manera episódica, entre agosto y noviembre de 1888, Jack mutiló salvajemente a por lo menos cinco prostitutas (algunos teóricos hablan de seis o siete) de la zona marginal conocida como Whitechapel, en el este de Londres. En el primer homicidio, cortó el cuello de la mujer al punto de separar su cabeza y apuñaló sus órganos genitales; a la segunda víctima le cortó el vientre y extrajo su útero. La tercera corrió mejor suerte, al parecer el asesino fue interrumpido justo en el momento del corte fatal del cuello; el Destripador se alejó unas calles y encontró a otra prostituta a la cuál mutiló salvajemente y le extrajo los intestinos. La misión del asesino era anular por completo la identidad de las víctimas. Liquidar su atractivo sexual. Su largo cuchillo era la suma de todo el odio de los hombres a las mujeres, de su primordial temor. El 9 de noviembre, la quinta víctima, una bella joven irlandesa llamada Mary Kelly, le permitió definir su firma: en la habitación rentada por ella, el Destripador tuvo más de dos horas para destruir por completo su cuerpo. Esta vez extrajo el corazón. Si no fuera por las cartas que el asesino envió a las autoridades y a las agencias de prensa, a pesar de la brutalidad de sus crímenes, habría pasado desapercibido. Su autonombramiento, su tono retador, su cinismo, eran las evidencias -entonces incomprensibles- de una mente enferma capaz de pasar inadvertida. Los diarios de la emergente y rentable industria periodística de entonces, vendieron miles de ejemplares donde se anunciaban las horrendas hazañas del asesino londinense. Las imágenes (dibujos e incluso fotografías) de las mujeres mutiladas les permitieron ganar más lectores. Al final de mi personal búsqueda del Destripador, comprendí que lo importante no era saber exactamente quién estaba detrás de su nombre. Sus actos de horror no habían tenido nada que ver con conspiraciones; ni se trataba de un pintor obsesionado con las prostitutas. Lo esencial del misterio era comprender el sentido de sus siniestros rituales, entender que Jack, quien quiera que fuera, había inaugurado una forma de crimen que definiría los siglos por venir: asesinatos mediáticos con sentido dramático, alimentados por el espíritu perverso de su entorno. Aunque el asesino de Whitechapel desapareció de las enfermas calles de la entonces ciudad más grande del mundo, sus cientos de imitadores posteriores se han encargado de actualizar su código de ultraviolencia. Los medios contemporáneos no se han quedado atrás al publicitar las acciones de los nuevos destripadores. Jack se esfumó sin dejar rastro, no sin antes evidenciar la deformación de su cultura y de su entorno, disimulada detrás de las exageradas normas de etiqueta y rebuscadas convenciones sociales que pretendían eliminar todo rastro de animalidad evolutiva. En una de las cartas atribuidas al Destripador, acompañada de un paquete, enviada el 16 de octubre de 1888 al presidente del Comité de Vigilancia de Whitechapel, podemos leer: “Desde el Infierno. Estimado señor Lusk: le envío la mitad del riñón que arranqué a una mujer. Lo había guardado para usted. La otra mitad la freí y me la comí. Estaba exquisita. Si espera un poco más quizá le envíe el cuchillo ensangrentado con el que lo corté”. En efecto, Jack el Destripador vivía en el infierno, pero no en uno particular tan solo fabricado con sus fantasías de superioridad donde el canibalismo definía su estatus. Su locura, su maldad, no provenía exclusivamente de su mente solitaria; era consecuencia de su contexto histórico, de la hipocresía que disimulaba que detrás de la expansión del gran Imperio británico y su consolidación como potencia, existían la prostitución infantil, el tráfico de carne humana, las violaciones sin castigo, el racismo, el abuso de los trabajadores, etc. La única conspiración en la historia del Destripador es el encubrimiento que hizo la realeza de la miseria a la que tenía sometida a su “amado pueblo”. La represión y la exclusión social de la mujer (paradójicamente ordenada por una mujer), que enunciaba que su evidente poder debía ser sometido, fueron el llamado final a la acción del asesino. Por supuesto que Jack no fue un héroe. Por supuesto que sus actos fueron deplorables, pero gracias a él descubrimos que bajo la estupenda mesa del té los elegantes caballeros victorianos ocultaban un cadáver de mujer. Todo crimen guarda una secreta relación con las formas de vida de su época. Los asesinos son hijos de su tiempo.
La primera vez que escuché su nombre fue en la película Murder by the cree (1979), transmitida por televisión nacional. En ella el detective Sherlock Holmes se daba a la tarea de atrapar al asesino de varias prostitutas que laboraban en el distrito inglés de Whitechapel, durante el otoño de 1888. El argumento desembocaba en una compleja conspiración que involucraba a la reina Victoria de Inglaterra y a su nieto, candidato al trono, que había dejada embarazada a una prostituta. (En 2001, la película From hell volvió a retomar la misma idea con la ingenua promesa de novedad).
Es común que ante historias de crueldad inexplicable, se caiga en la trampa de apelar a explicaciones metafísicas sobre el mal. Tal vez el mal irracional, como una fuerza que amenaza el plan de todas las cosas, sea una invención moral o incluso un simple recurso de la literatura y el cine para aliviar nuestras conciencias. Por ejemplo, en el cine la maldad infantil se justifica por medio de una invasión extraterrestre o de una fuerza oscura que toma el control sobre los inocentes niños (La villa de los condenados, Los niños del maíz); también se explica por medio de la posesión diabólica (La profecía, El exorcista); en el peor de los casos se culpa a la herencia genética (La semilla del mal). El recurso más común es la imagen del niño maltratado que deviene maltratador (El dragón rojo, Dexter, Hannibal). Tanto las causas biológicas del mal como las sociales, las psicológicas y las sobrenaturales, se reúnen en un mismo punto que las hace fallar y liberan de responsabilidad al ser humano: se presentan como asuntos externos, fuerzas que nos gobiernan sin que podamos resistirnos. Por supuesto, la maldad puede poseer un componente instintivo, pero el ser humano evolucionado ha dirigido su cerebro y su estructura psíquica, no solo hacia al placer, sino hacia el autocontrol. De acuerdo a John Kekes, el mal como problema moral se entiende como un ataque a las condiciones del ser humano (la violación, el asesinato, etc.); implica la motivación malévola de los hacedores del mal (el deseo consciente de maltratar y sacar provecho o placer de la situación; la premeditación la crueldad); el daño serio y excesivo causado por sus acciones (la violencia extrema contra la víctima); y la falta de una excusa moralmente aceptable de sus actos (todo lo contrario a una acción de legítima defensa; el crimen con motivaciones económicas o sin motivación alguna: agredir por placer; actos de violencia que manipulan un orden social o una regla moral, etc.). A muchos oficiales nazis, responsables de crímenes durante la Segunda Guerra, una vez se les cuestionó sobre las atrocidades cometidas, se hizo evidente que los dos primeros aspectos señalados por Kekes, estuvieron justificados por el tercero: ellos decían obedecer órdenes de acuerdo a un patrón moral de lo correcto, definido por su nación y su gobierno. Los asesinos en serie, como Luis Alfredo Garavito, usan la misma justificación, pero incluso de forma más aterradora: crean su propio sistema de valores, en el cual sus perversiones resultan válidas. Los uxoricidas, asesinos de sus esposas, no difieren mucho; al percibir a sus parejas como objetos, crean sobre ellas un sistema de creencias que los salvaguarda de culpas y les otorga permiso de maltratarles. Todos estos asesinos se reúnen en una misma mesa: su maldad suprema emerge en la incapacidad de reconocer la atrocidad de sus crímenes. Algunos asesinos se justifican, otros ni siquiera se toman el trabajo de reparar en sus acciones, después de todo se sienten a gusto consigo mismos y escandalosamente no dudan en que hicieron “lo debido”. Pensar en el mal, no solo como un tejido social, político, cultural, que conduce a una nación al genocidio o a un hombre solitario a matar (y por supuesto lejos de explicaciones sobrenaturales), sino como una estructura integrada a nuestra forma de ser, resulta más comprometedor y difícil de asimilar, pero puede resultar más iluminador. Si el mal se asume como aquellas decisiones exclusivas del individuo basadas en el puro interés personal (en nuestros apetitos, ambiciones, etc.), que además implican lastimar o dañar a los otros y convertirles en medios para la propia gratificación, es probable que empecemos a reconocer nuestra responsabilidad en los grandes problemas del mundo.
Ante los asesinatos, las masacres, los actos de violencia que se reconocen a diario en los diferentes medios, por supuesto que surge la necesidad de pensar en la causa, en el origen que ha posibilitado la emergencia de la crueldad, del sadismo, del horror. Por lo general las causas de tales crímenes se buscan “afuera”, incluso se persiguen en la escena ilusoria de lo sobrenatural.
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