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11
03
2013
Miguel Mendoza Luna

ASESINOS CANÍBALES

Por: Miguel Mendoza Luna

“La humanidad había tardado milenios en sofocar impulsos culturalmente aceptados en sus orígenes (la antropofagia, entre otros) para recuperarlos mediante fórmulas del lenguaje poético o familiar”. Julio Ramón Ribeyro.              

El reciente escandaloso caso del policía neoyorquino Gilberto Valle, acusado de conspirar y planear el ataque violento de mujeres (incluida su esposa), con el objetivo de devorar sus cuerpos, una vez más alerta a la sociedad sobre la extraña compulsión caníbal que puede emerger en algunos casos de homicidio sexual. ¿Se trata el canibalismo de un estado regresivo, involutivo?, o ¿acaso del advenimiento de un nuevo aterrador capítulo de nuestra especie?, ¿responde a una secreta fantasía sádica que albergan algunos seres humanos?

El consumo de carne como parte de los actos de agresión sexual no es nuevo en los expedientes de los asesinos en serie. Desde los perturbadores homicidios cometidos por Jack el destripador, en 1888, hasta casos como los del estadounidense Jeffrey Dahmer o el inglés Dennis Nilsen -ambos responsables de docenas de asesinatos en la década de 1980- se reconocen aterradoras prácticas caníbales como parte del modus operandi de este tipo de criminales.

Jeffrey Dahmer, el caníbal de Milwaukee

Jeffrey Dahmer, el Caníbal de Milwaukee

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Dennis Nilsen, asesino en serie y necrófilo.

En Brasil, entre 1991 y 1992, causaron estupor los 14 crímenes cometidos por Marcelo Costa, un joven llamado en los medios el Vampiro de Niteroi, el cual bebía la sangre de sus víctimas y les extraía los corazones. De forma similar aconteció en 1999, en la zona venezolana del Tachira, cuando Dorángel Vargas, un marginal llamado el Comegente, sembró el terror al asesinar y canibalizar a una docena de habitantes de la calle.

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Marcelo Costa de Andrade, El vampiro de Niteroi

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Dorángel Vargas, asesino y caníbal en serie.

En París, en 1981, el japonés Issei Sagawa asesinó y canibalizó a una bella joven europea de la cual era compañero de estudios literarios. Sagawa, después de ser capturado y enjuiciado por el cruel homicidio, apenas pasó un breve tiempo recluido en tierras francesas. Luego fue deportado a su país donde, absurdamente, quedó libre y se convirtió en una suerte de celebridad en torno al tema caníbal, incluso llegó a publicar varios libros al respecto.

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Issei Sawaga, asesino caníbal.

En Alemania, en el año 2001, Armin Meiwess, de 43 años,  por medio de un chat en Internet entabló diálogos con otras personas interesadas en el tema del canibalismo. Posteriormente lanzó su nefasta propuesta de encontrar un hombre que deseara ser canibalizado; fue así que contactó a Bern Brandes con el cual pactó asesinarle para luego devorar su carne. El siniestro ritual fue consumado e incluso grabado en video. Durante el juicio, la fiscalía alemana pudo demostrar que aunque Brandes deseaba ser devorado por Meiwess, este -además de manipular la patología masoquista de Brandes-, disfrutó del atroz proceso. Al final, se le desenmascaró como un cruel y astuto psicópata que pretendió simular ser un benefactor de su víctima.

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Armin Meiwess, el canibal de Rotemburgo.

Ante estos casos, en primera instancia se podría pensar, como lo hicieran los criminólogos de principios del siglo XX, que tales actos de canibalismo implican la regresión del ser humano a estados primitivos y salvajes. No obstante, al repasar el largo camino durante el cual nos convertimos en seres capaces de experimentar empatía, sentimientos genuinos y considerar a los otros como iguales, descubrimos que tal carrera evolutiva ha implicado precisamente la exclusión de tales comportamientos.

Incluso el mito del salvaje caníbal ha quedado atrás, apenas permanece relacionado con prácticas mágicas o de carácter simbólico. La imagen del aborigen caníbal, auspiciada por algunos cronistas que ni siquiera pisaron tierras americanas, ha caído en descredito; las imágenes de hombres blancos amarrados y sumergidos en ollas africanas, ya hacen parte de una historia irreal, fantástica, de nuestros antepasados.

Además de la evidente perversión que implica el canibalismo, su práctica se relaciona con un código de poder donde el asesino erige una invasión total sobre su víctima. Tal antropofagia con motivaciones hedonistas define la expresión máxima de sometimiento y degradación de un ser humano sobre otro. Es entonces reflejo del vacío supremo que experimentan y el cual pretenden llenar de forma literal.

El riesgo de las fantasías caníbales

La defensa del caso Valle alega que tan solo se trató de una fantasía sexual fetichista (un “juego de rol”), y como tal esto no debería representar delito alguno. Este argumento, que por supuesto genera controversia sobre los límites de ciertas acciones humanas y sus alcances morales y por supuesto reales, falla en la medida en que ignora a propósito dos aspectos cruciales.

Primero, una fantasía sexual que implica matar, violar o canibalizar a otro ser humano deriva de un desajuste psicológico grave que refleja un carácter sádico y una personalidad psicopática. Segundo, de acuerdo a Robert Ressler (autoridad máxima en asesinos en serie), el paso inicial de un criminal de este tipo implica una etapa de fantasías sexuales sádicas que tarde o temprano conducirán a dicho sujeto a actuar en la realidad.

Ressler afirma que las fantasías sexuales que implican contenidos violentos o de abuso sexual, son una alerta de la peligrosa condición emocional de un ser humano. De acuerdo a los expertos en crímenes sexuales, una persona que ante su mundo interior poblado de horror y crueldad no se sorprende, que además experimenta complaciente y placenteramente imágenes de sometimiento y ultraviolencia, debería pedir ayuda psicológica o psiquiatra inmediata, antes de que sea demasiado tarde.

En el proceso contra el oficial Valle, si el argumento del “juego de rol” llega a ser aceptado, derivaría en la peligrosa aceptación legal de que las violencias y deseos perversos interiores del ser humano no hacen parte de su ser real.  Desestimaría toda la historia de la psicología y reduciría al ser humano al nivel puro de sus actos.

Los seres humanos debemos ser responsables (moral y legalmente), no solo de nuestros actos, sino también de nuestros pensamientos, incluso de nuestros apetitos; si estos nos controlan y derivan en planes de crueldad y sadismo, entramos en el territorio donde realidad y fantasía son una sola cosa. Recordemos que muchos casos de homicidio sexual han evidenciado que la fantasía caníbal funciona como un tipo de premeditación. Los diversos casos que hemos citado y muchos otros de asesinos en serie, se iniciaron en torno a un oscuro proceso mental que delataba la necesidad de cruzar la delgada línea de la fantasía antropófaga.

Resulta más probable que el canibalismo expresado por estos asesinos ( y por aquellos que sueñan con hacerlo) no refleje un estado regresivo, atávico, sino uno aterradoramente “nuevo”, en el cual emergen seres que solo mediante la aniquilación del otro logran experimentar placer. Estos monstruos humanos que fantasean con comerse a otro, como escribió Julio Ramón Ribeyro sobre el caso Sagawa, tarde o temprano deciden tomar la metáfora al pie de la letra.

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Gilberto Valle, acusado de planear homicidios y actos caníbales.

 

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26
02
2013
Miguel Mendoza Luna

LA ESTRATEGIA DEL VILLANO

Por: Miguel Mendoza Luna

DICAPRIO

Al descubrir al personaje del terrateniente Calvin Candie, interpretado por Leonardo Di Caprio en la película Django desencadenado (Tarantino, 2012), aunque relegado en las nominaciones al Oscar, reconocemos que ha nacido un nuevo villano memorable. Su a la vez carismática y divertida presencia, su carácter volátil que amenaza con estallar, logran que el espectador se aferre a su silla y permanezca en tensión total a la espera de su posible siguiente reacción.

En efecto, un buen villano de ficción logra una mezcla única de contradicciones: aunque parezca sensato, al final actuará de acuerdo a su oscura lógica que solo persigue generar en los demás todo el daño posible; su aparente excesiva bondad resultará proporcional a su capacidad de crueldad; sus actos en apariencia mediados por el bienestar común, derivarán en proyectos exclusivamente personales y narcisistas. Su placer y triunfo llegará mediante la dolorosa caída de sus oponentes.

Los villanos en la ficción introducen el conflicto, ponen a prueba a los héroes, simbolizan la oscuridad que habita en todos los seres humanos. Las grandes tragedias griegas, las obras de Shakespeare, y hasta las modernas series de televisión, no tendrían el poder de conmoción dramático si no fuera por la presencia de estos astutos y viles antagonistas. En la realidad nos aterran los malos, pero en la ficción son irremplazables.

Los villanos, desde el punto de vista arquetípico, actualizan la figura de la sombra, del carácter siniestro de cada ser humano, la cual espera agazapada su oportunidad para tomar control del yo. En las culturas antiguas la sombra simbolizaba el alma oscura, el ser dividido.

Modernamente, los villanos equivalen a la idea de disociación, de fractura psíquica que conduce a la emergencia de una dimensión trasgresora que atenta, no solo contra la identidad, sino contra el equilibrio de la bondad humana. Se les suele relacionar con las diversas formas de locura, como ocurre con los malos de Batman: su maldad deriva de su locura.

Los personajes que encarnan el mal también representan el poder de los sentimientos reprimidos, los traumas profundos, las culpas, la dualidad que enfrenta todo ser humano al momento de decidir sobre su destino. Son la forma del otro que nos habita, del cual tememos nos derrote y nos sustituya definitivamente. Genio, grandeza, sensibilidad extrema, vanidad, ambición, han sido los villanos memorables de muchos seres humanos.

Aquí va la lista de algunos de los mejores (peores) villanos del cine y la literatura, que ojalá los lectores completen y comparen con sus respectivos temidos favoritos:

-Ricardo III (protagonista del drama del mismo nombre, escrito por William Shakespeare, 1593): modelo del tirano político, cuyo resentimiento personal, marcado por su deformidad física, se convierte en ambición y en ansía de poder. Elimina a todo aquel que se opone a su ascenso al trono de Inglaterra y de esa manera arrastra  a su nación a un terrible baño de sangre.

-Lady Macbeth (personaje de la tragedia Macbeth, de William Shakespeare, 1606): mujer definida por la codicia insaciable; instigadora del asesinato de los rivales políticos de su esposo al trono de Escocia. La culpa de los crímenes que orquesta, se revela en la obsesión por lavarse las manos de la imborrable y fantasmal sangre de sus víctimas.

-Don Juan Tenorio (personaje mítico español, recuperado, entre otras, en la obra El burlador de Sevilla, atribuida a Tirso de Molina, 1630): el amante insaciable, monógamo en serie; jamás verdaderamente interesado en las mujeres que seduce, apenas alienado en su vanidad como hábil conquistador. El placer obtenido de aquellas con las que comparten su lecho, es un pretexto para su verdadero objetivo: reinventarse a sí mismo, una y otra vez, en su banal soledad.

-Marquesa de Merteuil y el Vizconde de Valmont (protagonistas de Las relaciones peligrosas, de Pierre Choderlos de Laclos, 1782): encantadores aristócratas franceses, cuyo deporte favorito consiste en seducir a ingenuos jóvenes a los que conducen a la cama para luego vanagloriarse epistolarmente de sus triunfos sexuales e incluso destruir sus reputaciones. El amor verdadero, del cual se sentían inmunes debido a su experticia para seducir, termina por destruirlos.

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-Annie Wilkes (personaje de la novela Misery, de Stephen King, 1987; en el cine interpretada por Kathy Bates): erotomaníaca, fanática de un escritor al cual condena al encierro obsesionada con la idea de que él la convierta en parte de su mundo de ficción y así conciba, por fin, su obra maestra. En el libro le corta un pie al escritor para mantenerlo bajo su dedicada tutela.

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-Coronel Hans Landa (personaje de la película Bastardos sin gloria, de Quentin Tarantino, 2009, interpretado por Christoph Waltz): oficial de las SS, perseguidor de ciudadanos judíos que han adoptado nuevas identidades. Entabla largos y maquiavélicos interrogatorios con sus víctimas para así disfrutar de la agonía mental de dichos interlocutores. Insensible cazador que recuerda la aterradora inhumanidad de los nazis reales.

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-Hannibal Lecter (personaje de las novelas de Thomas Harris, interpretado en el cine por Anthony Hopkins): brillante médico y psiquiatra, experto en literatura medieval. Exquisito gourmet, cuyo ingrediente secreto de cocina son los órganos de sus víctimas. Otro de sus oscuros placeres: descifrar el momento de quiebre, el origen de la debilidad de los seres humanos, raza que desprecia y de la cual siente pesar.

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-Enfermera Mildred Ratched (personaje de la novela Alguien voló sobre el nido del cuco, de Ken Kesey, 1962; en el cine encarnada por Louise Fletcher): además de reprimir y castigar a los internos del sanatorio mental en el cual trabaja, de hacer sus vidas aún más miserables, ocupa su tiempo en encontrar la forma de extinguirles el alma. Fármacos y lobotomías son sus finales medios para condenar a los enfermos mentales al silencio.

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-Rodion Raskolnikov (protagonista de la novela Crimen y castigo, de Fiódor  Dostoievski, 1866): después de asesinar con un hacha a una prestamista y a su bondadosa hermana, intenta huir de la culpa derivada de tales actos. Su humanidad, apenas perdida durante el terrible rapto de crueldad, termina por someterlo y recordarle que la única forma de diferenciarse de los demonios es aceptando la responsabilidad total de los crímenes cometidos.

-El guasón (personaje del comic Batman, interpretado en el cine por Heath Ledger): convierte la figura del tierno payaso en la de la locura perversa; hace de la risa perpetua  un arma letal. Su bizarro maquillaje, las falsas historias sobre las cicatrices de su cara, nos recuerdan que los “disfraces” que escogemos para nuestras vidas, son a veces la verdadera expresión de nuestra identidad.

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-Harry Powell (personaje de la novela de Davis Grubb La noche del cazador, llevada el cine en 1955, interpretado magistralmente por Robert Mitchum): un falso predicador, con los nudillos tatuados con las palabras Love and hate, va en busca de un botín oculto de un robo y está dispuesto a matar a dos niños que se interponen en su camino. Su frase más famosa, emitida mientras cruza sus dedos para ilustrar el gran conflicto humano por excelencia: “amor y odio libran una encarnizada batalla en la que siempre triunfa el segundo”.

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-Antonio Salieri (personaje histórico modificado en la película Amadeus, 1984, interpretado por F. Murray Abraham): de acuerdo a la película, ofrece a Dios su castidad y trabajo a cambio de superar el genio del joven Mozart, pero sus composiciones musicales apenas logran sobrepasar la mediocridad. Carcomido por la envidia y el resentimiento frente al genio insuperable de Amadeus, conspira para enloquecerlo y enfermarle; concibe un plan para hacerle creer que su difunto padre le reclama desde el más allá una composición final, la cual será su obra maestra.

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-Elle Driver (personaje de la saga Kill Bill, 2003, interpretado por Daryl Hannah): miembro del Escuadrón Asesino Víbora Letal. Persigue sin compasión a la vengadora Beatrix Kiddo, de la cual siempre ha sentido envidia por su noviazgo con Bill, el líder del extinto grupo. Perdió su ojo derecho en manos de su maestro de artes marciales, al cual envenenó como represalia. Este personaje es la evidencia de que la belleza y el poder físico no son suficientes para aplacar el ansía de los celos.

ELLE DRIVER

-Anton Chigurh (personaje de la novela No country for old men, de Cormac McCarthy; en el cine interpretado por Javier Bardem): asesino a sueldo, con el peor peinado de la historia del cine, según el mismo actor que le dio vida. Psicópata imperturbable, innovador en cuanto al arma usada: una pistola de perno cautiva, activada por un compresor de aire, la cual dispara a la frente de sus víctimas. Incansable en las tareas homicidas que se le encargan. En medio de una guerra de traficantes de drogas, Chigurh, inmune al dolor ajeno e incluso al propio, va detrás del hombre equivocado en el lugar equivocado. Clara alegoría de las consecuencias de relacionarse con dinero ensangrentado.

CHIGURN

Los villanos de la ficción nos alertan sobre nuestras propias zonas oscuras, de las sombras que nos cobijan y anhelan tomar el control. Recordemos el relato La sombra, de Benito Pérez Galdós, donde un enamorado celoso persigue al presumible amante de su prometida para finalmente descubrir que aquel usurpador es su propia sombra. Ese terrible villano, el peor de todos, le dice al celoso: “yo soy lo que usted piensa, su idea fija, su pena intima. Esa desazón inexplicable soy yo”.

Lo más impactante y a la vez interesante de los entes de ficción que encarnan la maldad es reconocer la génesis de su siniestro carácter, aquel tortuoso pasado que los transformó en monstruos. De igual manera, algunos villanos de la realidad soportan y ocultan una génesis biográfica que los arrojó a la oscuridad. Sin embargo, la gran mayoría no necesitaron de tales orígenes; la maldad emergió de sus propias decisiones, de sus propios apetitos. Esos villanos resultan más aterradores e incomprensibles.

 

 

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18
02
2013
Miguel Mendoza Luna

LA CULPA DE LA ASESINA

Por: Miguel Mendoza Luna

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MYRA HINDLEY, ASESINA EN SERIE

“¿Le aflige acaso el verse sumergido por mucho tiempo en la oscuridad? Pues de usted depende que esa oscuridad no sea eterna.”  Crimen y castigo, Fiódor Dostoievski

Myra Hindley (1942-2002), la mujer más odiada de Inglaterra, fue la cómplice de cinco homicidios y violaciones cometidos por su novio Ian Brady (1938-), entre 1963 y 1965. Ella era la encargada de engañar a las jóvenes víctimas (aproximadamente entre 10 y 16 años) y conducirlas a los campos desiertos de Manchester donde Brady aguardaba para atacarlos.

Desde que Myra inició su romance con Brady y pasó de ser una joven puritana de Manchester a convertirse en una cruel cómplice en el asesinato de niños, apenas transcurrió un año.

Después de cada crimen, ella y Brady enterraban los cuerpos y después tenían relaciones sexuales sobre las improvisadas tumbas. Incluso se conoce una grabación de audio en la cual ella participa del horror y la agresión sexual de uno de los jóvenes raptados. La responsabilidad de Brady en tales actos no dejaba dudas, la de Myra, en su condición de mujer, despertó aún más la ira del pueblo inglés.

Una vez arrestada la pareja y durante el proceso de investigación de los llamados asesinos de Moors, Hindley se aferró al argumento de inocencia. Incluso, cuando se descubrieron otros crímenes cometidos por la pareja que no habían salido a la luz, ella señaló su secundaria participación en la aterradora saga de homicidios.

Las fotos que evidenciaban el cambio de apariencia de una chica inocente a una mujer de aire perverso, sumadas a las declaraciones incriminatorias de su novio, socavaron la poca confianza que alguna vez despertó. El corto ciclo biográfico de su transformación, su activa ayuda en la forma de atrapar a las víctimas, terminaron por condenarla a cadena perpetua.

MYRA HINDLEY AND IAN BRADY PICTURED ON SADDLEWORTH MOOR, YORKSHIRE, BRITAIN

MYRA HINDLEY E IAN BRADY, EN SADDLEWORTH MOOR, ZONA DE LOS HOMICIDIOS

Antes de morir en prisión (como consecuencia de una infección pulmonar) Myra pasó 36 años manifestando una y otra vez arrepentimiento por lo ocurrido. Su clamor de inocencia, que buscaba que se le dejara en libertad, se basaba en que ella era una víctima más del “manipulador y astuto” Brady.

Una y otra vez pidió perdón a las familias y a la opinión pública. Ninguno de los padres creyó en sus palabras. Ningún juez aceptó su apelación. En una carta que escribió a una de las madres afectadas declaró: “entiendo su odio, señora, por supuesto, pero créame, no me odia tanto  como me odio a mí misma”.

La pregunta que deriva de esta historia salta a la vista: ¿se puede seguir adelante, se puede vivir después de haber cometido un asesinato como los perpetrados por Myra Hindley? La idea de que esta mujer en realidad se arrepintió aparece más para acomodarse a nuestra necesidad de creer que los demás seres humanos son iguales a nosotros.

O ella, en realidad, se veía a sí misma como una víctima más o simplemente era una más de sus mentiras. En ambos casos, tenemos la evidencia de su incapacidad para asumir la complicidad en tan atroces crímenes. Su pretensión de libertad apuntaba cínicamente sobre el dolor provocado.

El solo hecho de pedir su libertad, de solicitar clemencia, anuló toda credibilidad frente a su presumible arrepentimiento. El mismísimo acto de expresar la culpa que soportaba, la frase “lo siento”, terminó por ofender aún más a los familiares y al país completo. Seguir viva, respirar, con cinco crímenes de niños sobre su espalda, eran los signos que perturbaban a los ingleses e impedían que la perdonaran.

Nunca sabremos si sus disculpas eran ciertas, solo sabemos que llegó hasta el final, que pudo seguir por su propia voluntad apenas quebrantada por una enfermedad.

La revelación que nos estremece deriva de la aceptación de que personas como Myra Hindley nunca han dejado de dormir bien por sus terribles crímenes. Cuando un asesino en serie es incapaz de detenerse tras el horror provocado, tenemos la clara evidencia de su vacío moral.

En Crimen y castigo (1866), de Fiódor Dostoievski, Raskolnikov comete dos violentos asesinatos. De manera ingenua, a veces cínica, a veces argumentada, pretende huir de sí mismo, de su conciencia; imagina que si la ley, el sistema, no le atrapa será liberado de toda responsabilidad. Su propio demonio, el de la culpa, al final el verdadero vehículo de la justicia, se impone en su cabeza para atormentarle indefinidamente.

Pretender salir ileso de lo ocurrido resulta inútil y además termina por aumentar su desprecio para con sus víctimas y sus familiares. Solo el sufrimiento por los actos cometidos promete su redención. Debe pagar por su crimen. Razonar sobre el asesinato le resulta inútil: cometió un terrible acto que no da lugar a justificación alguna. La culpa debe aplastarlo; si acaso sobrevive al remordimiento, es probable que pueda reinventarse como ser humano.

Al igual que Raskolnikov, muchos asesinos, ladrones, estafadores, políticos corruptos, pretenden salir impunes a pesar del daño cometido e incluso son incapaces de reconocer la desproporción de su castigo frente al crimen cometido. La estela de las tragedias que desencadenaron no les toca en lo más mínimo. Al parecer, son incapaces de experimentar arrepentimiento genuino o definitivamente no son seres humanos.

Raskolnikov prosigue su vida decidido a afrontar su responsabilidad. Huir o suicidarse le resultan actos de cobardía que rebajarían aún más su condición. Resulta difícil creer que la persistencia de Myra Hindley tuviera que ver con un verdadero acto de arrepentimiento o de expiación; tal vez era inmune a su propio dolor y eso la convierte en alguien aún más cruel y peligroso.

Al final de sus días, de acuerdo a algunas cartas, Myra reconoció que su responsabilidad en los crímenes era superior a la de Ian ya que ella sí reconocía la diferencia entre lo bueno y lo malo. La racionalización de sus actos pasados es perturbadora: nadie la empujó al abismo y este solo existía dentro de ella.  Ian fue el pretexto de su caída.

Tanto la historia de Raskolnikov como el caso de Myra Hindley nos advierten sobre las fatales consecuencias de pactar con nuestra propia oscuridad, de erigir y manipular nuestros propios tribunales de conciencia; nos recuerdan que perdonarnos a nosotros mismos no nos exime del dolor causado.

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11
02
2013
Miguel Mendoza Luna

LOS HOMBRES QUE NO AMABAN A LAS MUJERES

Por: Miguel Mendoza Luna

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“Pandemia de violencia sexual contra las mujeres en Sudáfrica”; titulares internacionales o locales sobre ataques con ácido o relacionados con violaciones; nuevos expedientes de homicidios cometidos por esposos o novios. En suma, asistimos a un siniestro panorama que reitera, día tras día, los tentáculos de la agresión contra las mujeres.

De acuerdo a los informes que se suelen presentar en todos estos casos, se repite el dato de la crueldad extrema contra la víctima (la muerte es consecuencia de una brutal golpiza o de un sádico ataque con arma blanca, etc.); y también la desfeminización, término que define la anulación brutal de la identidad física y sexual de la agredida (ataque con ácido, mutilación, etc.), reflejo de la necesidad del atacante de eliminar por completo el estatus corporal y existencial de la mujer. No solo la asesina, sino que además denigra su cuerpo.

La larga tradición de crímenes cometidos contra la mujer en todo el mundo y también en Colombia, por fin se pone en tela de juicio mediática y en algunos sectores ha despertado voces de protesta y de llamado al cambio. Las mujeres se han unido para denunciar y decir “no más”. Pero todavía falta un giro social que permita extirpar absurdas creencias y valores acerca de la mujer como objeto.

En la obra Otelo (1604), de William Shakespeare, su protagonista delira gradualmente convencido de la infidelidad de su pareja, Desdémona. Yago, resentido amigo de Otelo, le ha hecho creer que en efecto su pareja le traiciona. Finalmente, Otelo asesina a la mujer, erigiendo así su paranoica y absurda retaliación (recordemos que lo que más preocupa a Otelo, durante la instigación de Yago, es la pérdida de su honor). El efecto dramático que logra la historia se acrecienta debido a la inocencia de Desdémona.

Mucho más allá de la magnitud literaria de esta pieza teatral, resulta necesario afirmar con contundencia que si acaso Desdémona fuese en realidad infiel o deseara abandonar a su pareja por sus posesivos celos o porque sencillamente se cansó de él, dichas acciones no le darían NINGÚN DERECHO a Otelo de asesinarla. No existe motivo alguno que justifique el maltrato contra la pareja. Los  motivos culturales que animan al maltrato –y que erróneamente nos  llevan a pensar: “ya que otros lo han hecho antes por cientos de años, así debe ser”- tampoco deben aceptarse como justificaciones para tales violencias.

La idea del honor masculino basado en la posesión sexual de la mujer o incluso en el control de su virginidad (Otelo, al asesinar a su pareja, pretende re-instaurar su honra ante el mundo: la vergüenza frente a los demás hombres le resulta más incomoda que incluso la presumible consumación de la traición), es un absurdo cultural, núcleo de miles de homicidios pasionales.

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En la mayoría de casos de uxoricidio (asesinato de la pareja conyugal) cometidos por hombres, absurdamente los agresores señalan a la mujer como la responsable de su ira. La ultraviolencia que se reconoce en estos casos evidencia, además del odio posesivo contra la mujer, la noción del atacante de que la víctima es un vil objeto que “si no es suyo, no será de nadie”. Esta misma idea, bajo diferentes matices, lamentablemente también subyace en varios aspectos de nuestra cultura.

En el lenguaje cotidiano de muchos hombres colombianos se denota una marcada necesidad de señalar posesión (“mi mujer”); en el inconsciente colectivo, con patetismo, flota la idea de que ciertos actos cometidos por la mujer deben ser castigados o que generan comportamientos trasgresores que incitan a la violencia sexual (su forma de vestir, su actitud corporal hacia los hombres, etc.). De padres a hijos, de hogares patriarcales a las nuevas generaciones, se sigue transmitiendo el presumible valor de inferioridad y de servilismo de la mujer.

La infidelidad masculina, pelear físicamente por la posesión de una novia e incluso populares ideas del tipo “los hombres en la cocina…”, son actos percibidos y celebrados como jerárquicos y necesarios para definir el rol de “macho”. Por el contrario, si un hombre es fiel o realiza tareas tradicionalmente encargadas a la mujer, puede convertirse en materia de burla, en centro de chistes que señalan su presumible inferioridad y “falta de pantalones”.

Nos escandalizamos del sometimiento de la mujer en países orientales, pero en el nuestro la situación no es alentadora. Las estadísticas locales de maltrato contra las mujeres son aún más escabrosas. La asimetría social de los sexos permanece y aún implica un poder jerárquico de los hombres sobre las mujeres, incluso en ambientes laborales.

La publicidad más ultramoderna no ayuda mucho, reitera la imagen de la mujer como objeto (un comercial de un desodorante masculino incluso la equipara a un grupo de sumisos animales; otros la relegan eternamente al rol de ama de casa obligada a limpiar y cocinar). La constante sobre-exposición del cuerpo femenino como territorio de deseo, es otro de los datos que consumimos a diario y que configuran simbólicamente la imagen de la mujer cosificada.

Frente a este desalentador panorama, por fortuna muchas mujeres han roto tales esquemas; diferentes sectores encabezados por mujeres, con algunos hombres sumados a la causa, se han levantado para denunciar, protestar y educar. Diversas organizaciones en todo el país luchan valientemente contra tales violencias. Algunas campañas publicitarias invitan a los hombres a reflexionar sobre su agresividad y su forma de ver a las mujeres. Algunos hombres y también muchas mujeres han roto con la tradición machista al comprender que la cultura patriarcal se equivocó en sus configuraciones de poder social. Muchos y muchas han cambiado su lenguaje y también sus formas de relación medieval, las cuales sometían a la mujer como objeto de un contrato servil.

En los llamados crímenes pasionales, desafortunadamente también salta a la vista que muchas veces las víctimas han permitido un gradual abuso por parte de sus compañeros. No es hora de juzgarlas, en estos casos el único villano, como en Otelo,  es el agresor, pero no obstante debemos señalar que las mujeres que aceptan en silencio el maltrato deben replantear su esquema de valores, su nivel de autoestima, e incluso deben pedir ayuda psicológica o legal para superar la situación de maltrato antes de que sea tarde.

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Además de estar atentos a signos de agresión contra la mujer en personas de nuestro entorno (familia, trabajo, escuela, etc.), de nuestro deber de reinventarnos en las nociones genéricas de respeto, es urgente educar a las nuevas generaciones en valores de igualdad, donde el mensaje central debe ser que las mujeres no son una propiedad.

Los hombres que aún no saben amar a las mujeres (ya sea a través de la agresión, del machismo, de la exclusión, de la sobreprotección cosificadora, de la sexualización abusiva, etc.), además de reiterar una equivocada tradición, no han comprendido que las relaciones humanas no se basan en el dominio, mucho menos en la posesión. Tal vez, ellos se odian a sí mismos por su incapacidad de amar, por temor a aceptar su vulnerabilidad, por sucumbir al demonio de su propia inseguridad. En relación con los celos, leemos en Otelo: “Son los celos un monstruo engendrado y nacido de sí mismo”.

Por ahora, desafortunadamente, estos hombres no son una especie en vía de extinción, pero su época ha llegado a su fin.

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07
02
2013
Miguel Mendoza Luna

EL DISCRETO ENCANTO DEL ESTAFADOR

Por: Miguel Mendoza Luna

 

 

“-Tengo una motocicleta japonesa excelente con algunos daños menores.

-¿Qué daños?

-Un agujero en el tanque.”

Nueve Reinas

 

Existe una fiel tradición en las películas sobre estafadores que implica dos condiciones: sus protagonistas deben ser tipos atractivos o por lo menos seductores (los entonces jóvenes Paul Newman y Robert Redford en El golpe (1973); el dúo George Clooney-Brad Pitt, en la nueva saga de Ocean’s Eleven;  los irresistibles Ricardo Darín y Gastón Pauls, en Nueve reinas (2000); y al final de la historia, dichos personajes deben ser exaltados como una especie de antihéroes que logran, con candidez y con los bolsillos llenos, burlar a las autoridades.

Desde la puesta en escena original de Ocean’s eleven (1960) -encabezada por el encantador Frank Sinatra, seguido de sus estupendos amigos del Rat Pack, hasta su saga remake dirigida por Steven Soderbergh, que ya va en Thirteen-, el estafador y los divertidos socios que conforman su banda han seducido con truculencia al público para que este les apoye indolentemente en sus acciones criminales. Si el dinero robado pertenecía a un banco o a un casino resulta mayor la diversión y el apoyo incondicional de los espectadores para que los estilizados, astutos y tecnológicos bandidos se salgan con la suya.

Las estafas reales, desde el básico paquete chileno (que en Chile no existe, se conoce así en Colombia y Venezuela) hasta los complejos fraudes virtuales, implican por lo menos dos elementos para funcionar: la ambición monetaria de la víctima, y la creación de un relato que haga soñar al estafado con un futuro próspero. En el primero, el estafador asume que su víctima es, en cierta medida, igual a él: un ser ávido de dinero fácil. El estafador apela a la instintiva codicia humana. Su truco resulta muy básico: abre la puerta de una generosa despensa donde no tienes que trabajar para conseguir sus tesoros allí contenidos.

 

En el segundo elemento, el más interesante, emerge la indudable imaginación del estafador: es capaz de tejer un entramado narrativo que seduce a la víctima y le conduce ilusoriamente a un anticipado final feliz. Su habilidad como contador de historias le confiere el poder de sumergir al estafado en un estado de somnolencia moral, en el cual pierde todo principio de realidad. Recordemos que, contrario a lo que se suele creer, la mayor parte de estafas se realizan sin necesidad de someter a las víctimas con sustancias. La única droga inyectada es la que ya portan los estafados: la voracidad de fácil fortuna.

La mayoría de casos exitosos de estafa juegan con un tercer recurso: la inserción en el relato de un elemento insólito, absurdo e incluso sobrenatural: “debajo de su casa habita una guaca”; “si invierte con nosotros podrá alojarse en Dubai en el hotel más lujoso del mundo”; “un espíritu malévolo domina su vivienda”; “su ser querido puede ser atado a usted en cuestión de horas”; “si consume nuestro producto adelgazará en tan solo una semana”, “su abuelo le envía un mensaje desde el más allá”, “envíe este correo y recibirá un millón dólares”, etc., etc. Al parecer las estafas funcionan igual que las novelas de Dan Brown: entre más inverosímil el pretexto argumental, por más estúpido que parezca, más creíble resultará.

 

Un aspecto clave de la estrategia del estafador es fingir vulnerabilidad y presentarse como un simple y amable samaritano que no sacará provecho de la situación. Insiste en que a él no le interesa el dinero ni desea ganar nada más que el servicio que pueda prestarnos. En cuestión de minutos se convierte en nuestro mejor amigo. Manipula el mecanismo humano que permite que nos relacionemos socialmente: creer que todo mundo es igual de bueno que nosotros. Son populares los casos de estafadores que fingen ser sobornados o incluso simulan convertirse en víctimas del estafado: “tú quédate con el maletín con el dinero y yo, pobrecito, con el Rolex falso”.

Un grupo más arriesgado adopta identidades estupendas para desplumar a los incautos codiciosos, como fue el caso del colombiano Juan Carlos Guzmán, vinculado a varios casos por estafa y hurto en lujosos hoteles de Estados Unidos, Francia, Japón e Irlanda. Guzmán se presentaba como sobrino de un presidente, hijo de una princesa alemana o el protegido de un importante industrial. En un exclusivo hotel de Londres suplantó a un millonario árabe e ingresó en su habitación. El botín final del dinero y los artículos robados: 40 mil libras esterlinas. Se le ha llegado a comparar con el mítico Frank William Abagnale Jr., el camaleónico estafador interpretado por Leonardo DiCaprio en Atrápame si puedes (Spielberg, 1999).

Relatos como Las mil y una noches presentan varios episodios de estafa y de seductore ladrones de tesoros; incluso el pobre Don Quijote es asaltado en su locura y engañado muchas veces por inescrupulosos hombres a lo largo de su caballerosa travesía. Los mitos griegos e incluso los americanos remiten a sucesos de engaño y astucia; muchos de sus héroes se destacan por su habilidad para engañar (Odiseo, por ejemplo). Es indudable que la fascinación y el primordial atractivo de los relatos de estafa apela a nuestro perverso morbo de asistir silentes al momento en que otros sucumben al engaño.

 

Cuando el dinero sustraido es el nuestro, la risa se desvanece de nuestras caras. Cuando somos las víctimas que pagan una cantidad absurda por un objeto estúpido sin valor real, nos sorprendemos con nuestra vulnerabilidad. Terminamos desnudos ante el precio pagado por la ambición. También, cuando recibimos las cuentas de pago con altos intereses, comprendemos que la gran estafa de nuestro tiempo se podría llamar consumo.

No olvidemos que otra de las característica obligatorias del género narrativo de estafa implica que al final del relato el espectador también sea estafado, (recordemos el giro sorprendente de Nueve reinas, o el inesperado desenlace de la clásica Testigo de cargo, de 1957, o sencillamente repasemos cientos de oscuros episodios de nuestra historia nacional), y sonría complacido ante su propia inocencia, convencido de que en la vida real nunca sería tan estúpido como para caer.

 

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04
02
2013
Miguel Mendoza Luna

LA ILUSIÓN DE LAS MÚLTIPLES PERSONALIDADES

Por: Miguel Mendoza Luna

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Desde que Robert Louis Stevenson publicó la novela El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde, en 1886, la literatura y el cine, incluso el comic, no han abandonado las historias en las cuales los protagonistas presentan dos o más personalidades que habitan en conflicto dentro de un mismo cuerpo. Si Freud definió los límites del inconsciente, Stevenson se encargó de fabricar una figura capaz de explicar el combate eterno entre el bueno y el malo que habita el interior de nuestras mentes. Se considera que los protagonistas de esta novela permiten comprender la posible división de la personalidad, incluso permiten disculpar nuestras malas acciones: “no era yo, lo siento”. El asunto de que eran dos, cada uno con su propia identidad, recuerdos, deseos, tal vez no resulte ser tan cierto.

Kenneth Bianchi (1951- ), un asesino y violador en serie de más de doce mujeres, cuando fue interrogado por las autoridades afirmó sufrir de “múltiples personalidades”. Declaró que un hombre que habitaba en su cabeza era el responsable de tales crímenes. Bajo hipnosis las varias personalidades de Bianchi emergieron una tras otra: un vulnerable niño, una mujer seductora, y finalmente el hombre malo… Por fortuna, los psiquiatras de la Fiscalía no cayeron en su trampa. El único trastorno verdadero sufrido por Buono era la incapacidad para sentir remordimiento de sus actos, y su única otra personalidad era su primo Angelo Buono, su socio criminal.

Entre 1977 y 1978, en Los Angeles, California, Bianchi emprendió junto con su primo una estela de salvajes homicidios de prostitutas. Torturaron y estrangularon a sus víctimas, cuyos cuerpos arrojaron en las colinas, de ahí su apodo mediático: the hillside stranglers.

Lo de fingir diversas identidades para escapar al castigo, lo había copiado de algunas películas y de casos reales donde los criminales se habían salido con la suya mediante forzadas actuaciones de voces e identidades invasoras.

En 1976, se publicó el famoso caso Sybil, el cual daba evidencia de que una mujer -de nombre real Shirley Mason- poseía una docena de personalidades (ya en la década de 1950, se había dado publicidad al caso de Eva, mujer con tres presumibles identidades). Con el paso del tiempo, se ha aceptado que esta historia clínica se trató de un burdo fraude o por lo menos de una “trampa ilusoria” manipulada por la misma Sybil, en la cual cayó su psiquiatra, que una vez supo que tenía en frente una mentirosa, además obsesionada con ella,  no dio un paso atrás y siguió, ávida de fama y dinero, con el asunto.

No obstante, a pesar del debate científico que despertó este caso y de su indudable carácter fraudulento, dejó sembrado un delirio cultural sobre las múltiples identidades que hasta el día de hoy cuesta desmentir. Después de la adaptación cinematográfica del caso Sybil, de menos de cien casos de múltiples personalidades registrados en Estados Unidos, se pasó a más de 40.000,

Aunque dentro de la comunidad científica se tenga cada vez más certeza de la irrealidad de tal trastorno (y se reconozca que, en el peor de los casos, se trataría de un tipo de psicosis donde el paciente experimenta dicha división, pero sin perder del todo memoria identitoria de sus actos), el síndrome de Jekyll y Hyde es uno de los favoritos de Hollywood. Desde Psicosis (Hitchcock, 1960), pasando por El club de la pelea (Fincher, 1999), hasta El cisne negro (Aronofsky, 2010), la fantasía de la múltiple personalidad no ha dejado de ser una fórmula argumental efectiva que siempre despierta fascinación.

Probablemente, dicha fórmula no se agote debido a que en tales historias, por ridículas y poco inverosímiles que parezcan, el público se siente reflejado: o bien porque teme no ser lo que cree ser, o porque desea ser otro que no es, o porque se siente atrapado, limitado, en el que es. La multiplicidad nos define mucho mejor que la unidad y las historias de ficción suelen revelar el poder (a veces oscuro) del que decide ser ese otro, que en realidad era él.

Nos atraen las historias de las múltiples personalidades así como nos atraen nuestros propios cambios de identidad; nos miramos en el pasado, uno o dos años, y con sorpresa no reconocemos nuestros actos: “pero cómo pude…”, nos reprochamos frente a situaciones del pasado reciente. Esos que ya no somos, también éramos, y claro, aún somos, pero nos cuesta aceptarlo.

La psicología moderna, para referirse a los cambios extremos de conducta, se refiere al concepto de disociación; la psiquiatría y el DSM IV insisten en hablar de trastorno de identidad disociativo. La noción de conducta bipolar es bien conocida por el público no especializado; nos referimos a nuestros amigos como “ciclotímicos.” Cuando alguien se porta diferente a lo habitual, popularmente se exclama que se “rayó”.

En algunas ocasiones nos percibimos como extraños, no nos reconocemos en el espejo, incluso nos sorprendemos frente a ciertas ideas que cruzan por nuestras mentes y que, presumiblemente, resultan ajenas a nuestra habitual forma de ser. Incluso nuestros actos toman caminos insospechados. Por lo general, una vez superada la brecha entre ese “extraño que nos ha visitado” y nuestro querido yo, volvemos a ser nosotros (o lo que creemos que somos). Asumimos que esos fragmentos invasores son simples rezagos de un mundo por completo ajeno. Nos aferramos a la unidad, a la ilusión de ser uno solo. A veces ignoramos que aquel que estuvo en nuestro lugar por esos días, se ha quedado y ha sustituido al viejo yo.

Temor a la pérdida de identidad, pero también necesidad de ruptura flotan en el ambiente de nuestros tiempos. No somos algo estático y eso puede asustar.

Es hora de recordarle a los que no han leído la novela -e incluso a los que la hemos leído con descuido-, dos detalles (advertencias) aterradores que no se suelen mencionar: primero, en realidad Jekyll y Hyde eran uno solo. Uno amable. Uno horripilante. Dos rostros indisolubles de un mismo ser humano. Segundo: el bueno de Jekyll eliminó a Hyde, no porque le odiara y quisiera proteger a los demás de su presencia, sino debido a que lo amaba y temía que el mundo no lo comprendiera.

Casos reales como el del cruel asesino en serie Keneth Bianchi, nos enseñan que la verdadera dinámica de la novela de Stevenson no es la de un hombre bueno que se convirtió en uno malo, sino la de un hombre malo que simplemente fingía ser uno bueno.

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28
01
2013
Miguel Mendoza Luna

LA FABRICACIÓN DE UN MONSTRUO

Por: Miguel Mendoza Luna

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En su cuerpo no se detectaron los genes de la maldad. No sufrió traumas ni agresiones durante sus primeros años. Su mente fue lesionada de otra manera. El objetivo de quienes deseaban fabricarle era inmunizarlo frente al dolor, convertirlo en un ser indiferente a los demás. Presumiblemente poderoso.

Durante la infancia y aún en la adolescencia se le mantuvo convencido de que él era el mejor en todo lo que hacía; los que estaban a su alrededor ni siquiera existían, eran simples objetos dispuestos para su beneficio personal.

Después de cometer una falta o un delito menor, le insistieron en que no era responsabilidad suya, que los demás eran los equivocados y las leyes se habían creado para violarlas. Lo importante, le dijeron, era que nunca lo descubrieran; debía ser más cauteloso para seguir libre.

Nunca le trazaron un límite para su comportamiento, ni le explicaron que todas las acciones humanas tenían consecuencias que se debían asumir; lo convencieron de que, mientras le trajera beneficio personal, todo lo que él hiciera era correcto. Todo valía para alcanzar el placer propio.

Cada vez que encontraban oportunidad alimentaron su vanidad, pero no solo para animarlo sino para que se convenciera de que el resto de mortales eran inferiores a él. Ya fuera su belleza, sus éxitos, sus propiedades, etc., todos eran dorados trofeos que debía exhibir para humillar a los demás.

Frente a los problemas de los otros, frente al sufrimiento de personas menos favorecidas, le dijeron: “es culpa de ellos, se lo merecen”. No debía detenerse a ayudar a nadie, eso retardaría su meta.

Le insistieron que solo por medio de la fuerza física y de la agresión a los demás demostraría su valentía, si además degradada a sus contrincantes mucho mejor.

Lo convencieron de que su cuerpo era un instrumento que podía usar sin límites, que debía usar exclusivamente para su beneficio y sin tener reparo alguno para alcanzar su propio placer; le explicaron que su cuerpo no era un templo, sino una fuente de insaciables y perversos deseos alcanzados mediante el dolor de los demás.

Cuando arrojó un papel por la ventana de un automóvil o cuando golpeó a otros o cuando cometió un robo menor, nunca lo reprendieron ni le enseñaron el valor del respeto; fue el inicio de una larga carrera de atropellos contra los demás.

Se le permitió tomar sin reparo alguno las ideas y el dinero de aquellos que se cruzaron en su camino.

El poder y la posición social se convirtieron en sus únicos objetivos; se le insistió que para alcanzarlos todo valía. Todo. Si otros sufrían por su ascenso, mucho mejor.

Le enseñaron a manipular a los que lo rodeaban; se le instruyó en cómo ser un perfecto hipócrita. Pronto comprendió que los sentimientos reales no eran importantes, de hecho si los experimentaba debía suprimirlos. Los sentimientos eran un estorbo. Se le hizo creer que su soledad era una fuente inagotable de placer, además allí nadie lo molestaría con reproches sobre lo que era correcto. Si integraba a alguien en su vida era como simple fachada o para usarlo y luego desecharlo.

Al final del proceso, frente al espejo, comprendió complacido que hiciera lo que hiciera no se sentiría mal por sus actos, que el mundo estaba allí para tomarlo por la fuerza. Terminó por estafar, robar, violar, matar, torturar…

Por fin era lo más cercano a los que sus creadores soñaron cuando empezó el proceso. Cuando se volvió contra ellos, estos se sorprendieron aterrados. Olvidaron que los monstruos suelen destruir a sus creadores.

 

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21
01
2013
Miguel Mendoza Luna

DESDE EL INFIERNO, ATENTAMENTE: JACK EL DESTRIPADOR

Por: Miguel Mendoza Luna

ygLa primera vez que escuché su nombre fue en la película Murder by the cree (1979), transmitida por televisión nacional. En ella el detective Sherlock Holmes se daba a la tarea de atrapar al asesino de varias prostitutas que laboraban en el distrito inglés de Whitechapel, durante el otoño de 1888. El argumento desembocaba en una compleja conspiración que involucraba a la reina Victoria de Inglaterra y a su nieto, candidato al trono, que había dejada embarazada a una prostituta. (En 2001, la película From hell volvió a retomar la misma idea con la ingenua promesa de novedad).

Cuando confirmé que su sonoro apodo Jack el Destripador, casi un slogan con impacto de marketing, en efecto provenía de una serie de cartas donde se reconocía la autoría de varios homicidios de mujeres, me di a la tarea de investigar todo lo posible sobre su identidad. Pronto descubrí que no era una leyenda urbana, que no era un enemigo ilusorio del ilusorio Sherlock.

Con el paso de los años, con nuevas películas y decenas de libros digeridos sobre el caso real, el enigma que se desprende de la invocación de su nombre y el imán oscuro que irradia su “apellido” nunca se agotaron. Las diversas fuentes consultadas me confirmaron una y otra vez que Jack fue un astuto asesino que se burló y evadió a las autoridades y detectives reales que intentaron atraparlo y que además nunca comprendieron la lógica de sus atroces actos.

En la actualidad, se acepta que de manera episódica, entre agosto y noviembre de 1888, Jack mutiló salvajemente a por lo menos cinco prostitutas (algunos teóricos hablan de seis o siete) de la zona marginal conocida como Whitechapel, en el este de Londres. En el primer homicidio, cortó el cuello de la mujer al punto de separar su cabeza y apuñaló sus órganos genitales; a la segunda víctima le cortó el vientre y extrajo su útero.

La tercera corrió mejor suerte, al parecer el asesino fue interrumpido justo en el momento del corte fatal del cuello; el Destripador se alejó unas calles y encontró a otra prostituta a la cuál mutiló salvajemente y le extrajo los intestinos. La misión del asesino era anular por completo la identidad de las víctimas. Liquidar su atractivo sexual. Su largo cuchillo era la suma de todo el odio de los hombres a las mujeres, de su primordial temor.

El 9 de noviembre, la quinta víctima, una bella joven irlandesa llamada Mary Kelly, le permitió definir su firma: en la habitación rentada por ella, el Destripador tuvo más de dos horas para destruir por completo su cuerpo. Esta vez extrajo el corazón.

Si no fuera por las cartas que el asesino envió a las autoridades y a las agencias de prensa, a pesar de la brutalidad de sus crímenes, habría pasado desapercibido. Su autonombramiento, su tono retador, su cinismo, eran las evidencias -entonces incomprensibles- de una mente enferma capaz de pasar inadvertida.

Los diarios de la emergente y rentable industria periodística de entonces, vendieron miles de ejemplares donde se anunciaban las horrendas hazañas del asesino londinense. Las imágenes (dibujos e incluso fotografías) de las mujeres mutiladas les permitieron ganar más lectores.

Al final de mi personal búsqueda del Destripador, comprendí que lo importante no era saber exactamente quién estaba detrás de su nombre. Sus actos de horror no habían tenido nada que ver con conspiraciones; ni se trataba de un pintor obsesionado con las prostitutas. Lo esencial del misterio era comprender el sentido de sus siniestros rituales, entender que Jack, quien quiera que fuera, había inaugurado una forma de crimen que definiría los siglos por venir: asesinatos mediáticos con sentido dramático, alimentados por el espíritu perverso de su entorno.

Aunque el asesino de Whitechapel desapareció de las enfermas calles de la entonces ciudad más grande del mundo, sus cientos de imitadores posteriores se han encargado de actualizar su código de ultraviolencia. Los medios contemporáneos no se han quedado atrás al publicitar las acciones de los nuevos destripadores. Jack se esfumó sin dejar rastro, no sin antes evidenciar la deformación de su cultura y de su entorno, disimulada detrás de las exageradas normas de etiqueta y rebuscadas convenciones sociales que pretendían eliminar todo rastro de animalidad evolutiva.

En una de las cartas atribuidas al Destripador, acompañada de un paquete, enviada el 16 de octubre de 1888 al presidente del Comité de Vigilancia de Whitechapel, podemos leer:

“Desde el Infierno.

Estimado señor Lusk: le envío la mitad del riñón que arranqué a una mujer. Lo había guardado para usted. La otra mitad la freí y me la comí. Estaba exquisita. Si espera un poco más quizá le envíe el cuchillo ensangrentado con el que lo corté”.

En efecto, Jack el Destripador vivía en el infierno, pero no en uno particular tan solo fabricado con sus fantasías de superioridad donde el canibalismo definía su estatus. Su locura, su maldad, no provenía exclusivamente de su mente solitaria; era consecuencia de su contexto histórico, de la hipocresía que disimulaba que detrás de la expansión del gran Imperio británico y su consolidación como potencia, existían la prostitución infantil, el tráfico de carne humana, las violaciones sin castigo, el racismo, el abuso de los trabajadores, etc. La única conspiración en la historia del Destripador es el encubrimiento que hizo la realeza de la miseria a la que tenía sometida a su “amado pueblo”. La represión y la exclusión social de la mujer (paradójicamente ordenada por una mujer), que enunciaba que su evidente poder debía ser sometido, fueron el llamado final a la acción del asesino.

Por supuesto que Jack no fue un héroe. Por supuesto que sus actos fueron deplorables, pero gracias a él descubrimos que bajo la estupenda mesa del té los elegantes caballeros victorianos ocultaban un cadáver de mujer. Todo crimen guarda una secreta relación con las formas de vida de su época. Los asesinos son hijos de su tiempo.

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19
01
2013
Miguel Mendoza Luna

EL ORIGEN DEL MAL

Por: Miguel Mendoza Luna

hannibal-lecter1Ante los asesinatos, las masacres, los actos de violencia que se reconocen a diario en los diferentes medios, por supuesto que surge la necesidad de pensar en la causa, en el origen que ha posibilitado la emergencia de la crueldad, del sadismo, del horror. Por lo general las causas de tales crímenes se buscan “afuera”, incluso se persiguen en la escena ilusoria de lo sobrenatural.

Es común que ante historias de crueldad inexplicable, se caiga en la trampa de apelar a explicaciones metafísicas sobre el mal. Tal vez el mal irracional, como una fuerza que amenaza el plan de todas las cosas, sea una invención moral o incluso un simple recurso de la literatura y el cine para aliviar nuestras conciencias.

Por ejemplo, en el cine la maldad infantil se justifica por medio de una invasión extraterrestre o de una fuerza oscura  que toma el control sobre los inocentes niños (La villa de los condenados, Los niños del maíz); también se explica por medio de la posesión diabólica (La profecía, El exorcista); en el peor de los casos se culpa a la herencia genética (La semilla del mal). El recurso más común es la imagen del niño maltratado que deviene maltratador (El dragón rojo, Dexter, Hannibal).

Tanto las causas biológicas del mal como las sociales, las psicológicas y las sobrenaturales, se reúnen en un mismo punto que las hace fallar y liberan de responsabilidad al ser humano: se presentan como asuntos externos, fuerzas que nos gobiernan sin que podamos resistirnos. Por supuesto, la maldad puede poseer un componente instintivo, pero el ser humano evolucionado ha dirigido su cerebro y su estructura psíquica, no solo hacia al placer, sino hacia el autocontrol.

De acuerdo a John Kekes, el mal como problema moral se entiende como un ataque a las condiciones del ser humano (la violación, el asesinato, etc.); implica la motivación malévola de los hacedores del mal (el deseo consciente de maltratar y sacar provecho o placer de la situación; la premeditación la crueldad); el daño serio y excesivo causado por sus acciones (la violencia extrema contra la víctima); y la falta de una excusa moralmente aceptable de sus actos (todo lo contrario a una acción de legítima defensa; el crimen con motivaciones económicas o sin motivación alguna: agredir por placer; actos de violencia que manipulan un orden social o una regla moral, etc.).

A muchos oficiales nazis, responsables de crímenes durante la Segunda Guerra, una vez se les cuestionó sobre las atrocidades cometidas, se hizo evidente que los dos primeros aspectos señalados por Kekes, estuvieron justificados por el tercero: ellos decían obedecer órdenes de acuerdo a un patrón moral de lo correcto, definido por su nación y su gobierno.

Los asesinos en serie, como Luis Alfredo Garavito, usan la misma justificación, pero incluso de forma más aterradora: crean su propio sistema de valores, en el cual sus perversiones resultan válidas. Los uxoricidas, asesinos de sus esposas, no difieren mucho; al percibir a sus parejas como objetos, crean sobre ellas un sistema de creencias que los salvaguarda de culpas y les otorga permiso de maltratarles.

Todos estos asesinos se reúnen en una misma mesa: su maldad suprema emerge en la incapacidad de reconocer la atrocidad de sus crímenes. Algunos asesinos se justifican, otros ni siquiera se toman el trabajo de reparar en sus acciones, después de todo se sienten a gusto consigo mismos y escandalosamente no dudan en que hicieron “lo debido”.

Pensar en el mal, no solo como un tejido social, político, cultural, que conduce a una nación al genocidio o a un hombre solitario a matar (y por supuesto lejos de explicaciones sobrenaturales), sino como una estructura integrada a nuestra forma de ser, resulta más comprometedor y difícil de asimilar, pero puede resultar más iluminador.

Si el mal se asume como aquellas decisiones exclusivas del individuo basadas en el puro interés personal (en nuestros apetitos, ambiciones, etc.), que además implican lastimar o dañar a los otros y convertirles en medios para la propia gratificación, es probable que empecemos a reconocer nuestra responsabilidad en los grandes problemas del mundo.

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