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28
02
2013
Marco Antonio Valencia

Un hombre que fabricaba vasijas de barro

Por: Marco Antonio Valencia

El filósofo Lou Marinoff en su libro “Más Platón y menos Prozac” nos cuenta que todos los problemas de la vida moderna, hace rato ya fueron tratados, pensados y resueltos de manera positiva por los más grandes filósofos de la humanidad.

Es decir, que bajo el cielo de la Tierra, no hay nada nuevo. Llorar de amor, temer a la muerte, vivir en soledad, tener conflictos con la ética, no hallarle sentido a la existencia, afrontar cambios  laborales y familiares…  todo eso y hasta más, ya fueron temas de  preocupación de nuestros antepasados, y por tanto… las respuestas a todas las preguntas y angustias de la vida, ya existen.

Por eso, la filosofía en la escuela no puede ser ni será nunca un relleno pedagógico, sino una necesitad vital para aprender a pensar y a vivir. Un arma para entender mejor los conflictos terrenales y existenciales que preocupan al hombre.

Quisiera sumarme a la propuesta del filósofo diciendo que todos los temas del hombre, igualmente, ya han sido tratados o visionados por dos mil años de literatura.  Los libros no son espejos, pero en algo reflejan nuestro paso por la Tierra.

Por ejemplo, hace algunos días muchos empresarios y políticos, – dueños del sistema en que vivimos-, se rasgaron las vestiduras en público con el escándalo de los sombreros voltiaos  “made in China” que venden en Cartagena a veinte mil pesos; mientras que los originales, hechos a mano por artesanos de la Costa Atlántica en muchas horas de oficio, con hambre y dificultades, valen ochenta mil; y que los consumidores, claro, prefieren comprar los chinos por baratos. 

¡Cuento viejo!, esa historia ya nos la contó hace rato el Premio Nobel de Literatura nacido en Portugal, José Saramago, en un libro que se llama La Caverna, para advertirle al mundo sobre los peligros del neoliberalismo.

Narra el escritor la historia de un hombre que fabricaba vasijas de barro a mano, vive en el campo y el dinero que  le pagan por su trabajo escasamente le sirve para no morir de hambre. Pero un día que lleva sus vasijas al supermercado le rechazan el pedido, y le devuelven las anteriores porque la gente ahora compra materas sintéticas, que duran más y son más baratas. Joder: ¡toda una sentencia de muerte! (lean el libro, es una maravilla). Obra que a su vez, tiene un referente simbólico: “El mito de La caverna de Platón”.

Pero a la gran prensa colombiana le falta mencionar qué otros sectores de la economía manual y artesanal también tienen sus días contados en el resto del país.

Me refiero a las señoras que hacen los bizcochos de achira en Fortalecillas, cerca de Neiva, o a las familias que viven de hilar canastos y sombreros en Sandoná, Nariño; entre otros miles de ejemplos que podría citar a lo largo y ancho del país, donde cada región tiene su artesanía.

No podemos negar la modernidad con sus aperturas económicas. Pero como seres inteligentes, conscientes, educados, humanos, solidarios… podemos enseñarle a las gentes de hoy, y a las nuevas generaciones, además de valores, ética y actitud positiva…  el valor del artesano y sus artesanías. Porque tenemos que ser y vivir firmes con lo nuestro. 

 

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