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03
12
2012
Jaime Santirso

Real Madrid y Atlético: historia de una inferioridad

Por: Jaime Santirso

No sabían muy bien cómo habían llegado hasta allí. El Real Madrid se encontraba al borde del abismo, contemplando una marejada salvaje, amenazante aunque todavía lejana. Escondidos entre el calendario y camuflados un par de puestos por encima, Atlético y atléticos se relamían ante el privilegio de empujar a su vecino hacia las profundidades de las que ellos volvían correteando a ritmo alegre. Llegó el día de la ejecución y el que iba a ser verdugo se convirtió en saco de boxeo. Su víctima le saltó encima y se aprovechó de él para catapultarse lejos del peligro. El Atlético acabó la noche sentado entre los restos de una fiesta convertida en desgracia, con los ojos empañados por unas lágrimas que saben a conocido.

Se enfrentaban dos personalidades futbolísticas poco amigas de mimar el balón. El Cholo, orgullosamente contrario a entronar la posesión como arma e instrumento, frente a Mourinho, constructor de una máquina vertical, una oda al contragolpe leída a velocidad mareante. Puede que esa fuera la razón por la que ninguno se llevó a la cama a Fortuna, que se movía esa noche por otra ciudad. Los blancos durmieron con Victoria, una musa más facilona que se acuesta con cualquiera, aunque no se lo haya ganado. El ansiado enfrentamiento se convirtió en un episodio más de una pelea fraternal. Ni tan cobarde ni tan incapaz, el Atlético intentó no ser manoseado. Se presentó en el Bernabeú valiente, seguro de sí mismo, disimulando su anemia con maquillaje y aparentando que 12 años de derrotas no pueden lastrar su atrevimiento.

No exhibió el Madrid una superioridad humillante ni se salió con la suya en un destello fugaz entre la genialidad y la suerte. Tampoco ofreció el Atlético una lucha épica ni hizo gala de una inferioridad soberbia. Fue un partido plano, aburrido, monótono. Los rojiblancos se estrellaron una y otra vez contra las líneas juntas del Real Madrid mientras el Tigre Falcao se movía famélico sin un balón al que hincarle el diente. Ver como alguien coge carrera para lanzarse contra un muro no es emocionante, triste ni divertido. Es previsible. El Atlético no supo a nada y Cristiano se lo engulló como una aspirina, sin sufrimientos ni saboreos.

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El Atlético hoy escribirá tristes cartas de amor, escuchará música deprimente y jugueteará con la idea del suicidio. El desdentado sonriente ha vuelto a llorar de impotencia, recreando una escena que parece más razonable y apropiada. Su historia tiene un protagonista bipolar y esquizofrénico, y está hecha de desencuentros, ilusiones tiradas por el retrete, viejas joyas brillantes y una fórmula secreta a partir de victimismo y amor propio. Puede que por eso, cuando al levantarse abra las ventanas para dejar salir los fantasmas de una pesadilla recurrente, vuelva a sonreír al ver que a pesar del mal rato todavía miran a su vecino desde arriba. El Atlético bailará con el privilegio de la despreocupación mientras el fútbol le deje, ilusionado ante la posibilidad de que antes de que se enciendan las luces y llegue el final de la fiesta, dispondrá de otra oportunidad para convencerse de que siempre hay tiempo para soñar, por ejemplo, con ganar al Real Madrid.

Jaime Santirso

@jsantirso

 

PD: Y hasta que ese día llegue, confórmense con recordar una noche de octubre de 1999.

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Categoria: General

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